CAPÍTULO 2.

Phoenix deshizo su maleta después de pasar una estupenda Navidad en Kurain. El moreno lo había pasado genial, pero no podía quitarse de la mente cómo acabó la cena del día quince: Edgeworth se marchó diciéndole algo muy doloroso y Phoenix no había querido presionarlo después. Maya solo insistía en que su plan había dado resultado, y que tratara de hablar con él lo antes posible cuando volviera de Europa. Phoenix lo había intentado, pero el fiscal no parecía querer coger el teléfono, seguiría pensando en él como un entrometido. A sabiendas de que podría arruinar lo único en el mundo que le unía con Miles Edgeworth, Phoenix se plantó en su apartamento, y allí estuvo esperando tres horas. Cuando su reloj dio las nueve la noche, Edgeworth subía la escalera para encontrarse con un cansado Wright reclinado en el descansillo, junto a su puerta.

—Edgeworth…

—Debí pensar que esto no se quedaría así… —susurró el joven mientras sacaba la llave del bolsillo y abría. Ignoró totalmente al abogado, quien por supuesto lo siguió dentro, cerró la puerta, se quitó el abrigo y se quedó en el recibidor, esperando a que el fiscal lo reconociera, moviendo sus piernas en señal de nerviosismo.

—Dispara, Wright. Tienes cinco minutos.

Phoenix elevó la vista para encontrarse con Edgeworth, ya sin abrigo pero con su traje de faena, y también en zapatillas. Se paró a una distancia prudencial, con los brazos en el pecho, como si quisiera protegerse.

—¿Estás mejor?

—Es obvio que sí.

—Yo… eh… estoy preocupado. Nunca te había visto llorar así.

—Ya puedes olvidarlo.

—No quiero. Te pasa algo y tiene que ver conmigo.

—Bueno, bueno, Wright siempre creyéndose tan importante. ¿Te molestaría si te dijera que no tiene que ver contigo?

Phoenix había pensado encontrarse con un Edgeworth algo cabizbajo y triste, no con este hombre con las barreras totalmente levantadas. Estaba claro que él no iba a soltar prenda. Si Edgeworth iba a jugar a hacerse el fuerte, él tomaría la iniciativa.

—Sí.

La respuesta salió como si contuviera molestia, o como si el fiscal estuviera harto.

—No puedes tener a todos adorándote.

Phoenix giró la cabeza con fuerza

—No lo necesito. Tú, por otro lado… siempre me ha preocupado lo que pienses de mí.

Edgeworth lo miró, descolocado, pero pareció recuperarse. Miró hacia el suelo, se subió las gafas en un gesto casual y estableció:

—No creo que eso le guste a tu pareja.

Se hizo el silencio por unos segundos. Phoenix sabía que no tenía demasiado tiempo. La mano, ahora en el bolsillo de su pantalón, apretaba el puño, con el corazón a cien. No quería hacerlo, pero no conseguiría nada sin eso.

—Edgeworth, te dejaré en paz, no te diré nada si me aseguras que no tengo nada que ver en tu dolor del otro día —y avispado, de su bolsillo hizo aparecer el magatama de Maya, que refulgió al contacto con las luces de la sala.

La mirada de Edgeworth se tornó dura y afilada.

—No tengo nada que decir, márchate.

"¿De qué tienes miedo, Edgeworth?"

El magatama brilló y Phoenix se quedó sin aliento al contemplar el candado más extraño que jamás había visto. Durante la utilización del magatama con algunas personas, había exceso de candados, candados de otro color, grandes, pequeños, pero jamás de este calibre: era un solo candado, grande, ancho, en su lado derecho salían pequeñas anillas de candado bloqueando a su vez tres candados de arriba abajo. Y, sorpresa, estaba teñido de rojo y azul.

"Joder. ¿Qué es eso? La sola visión me aterra".

—Wright —la cabeza de Edgeworth había caído hacia un lado, y su brazo derecho apretaba el izquierdo, como si se sintiese acorralado—. Si aprecias la vida que tienes ahora, no lo hagas.

Phoenix volvió a observar el candado. ¿Qué podía hacerle tanto daño a su amigo Miles? Él creía haberlo salvado, qué equivocado estaba… y las palabras, firmes y seguras, salieron de su boca antes de haber pensado:

—Quiero liberarte de eso.

—Te arrepentirás, pero si hace que dejes de venir a buscarme y permanezcas a siete metros de mí, adelante.

—A veces puedes ser muy hiriente —dijo Phoenix, agarrándose el corazón de forma involuntaria.

—Solo es un aviso. Estás a tiempo.

Volvió a contemplar ese candado tan inaudito; rojo y azul… tres candados en uno, cubriendo a su vez lo que parecía un secreto relacionado con otros secretos pequeños. Lo hubiera dejado. En realidad, sentía como si estuviera invadiendo su intimidad. Pero maldita sea, ese candado lo relacionaba a él. ¿Qué podía haberle hecho a Edgeworth para que abrigara tales traumas? ¿Tal vez lo había insultado de pequeño? ¿Quizá lo odiaba porque cuando volvió después de dejar esa horrible nota Phoenix lo trató como basura?

—Me entristece pensar estar relacionado con algo así, y me pregunto, ¿qué he podido hacerte para que te sientas tan mal?

—No has hecho nada, Wright. No quieras saberlo, sal por esa puerta y sé feliz.

Phoenix, en lugar de pensarse las cosas, caminó unos pasos hacia él. Edgeworth se envolvió de nuevo en sus propios brazos.

—Sé que… destruí tu historial impoluto.

—No vas a rendirte —lamentó el fiscal, con profunda tristeza.

—No. No lo haré. Si hay algo más que atenaza tu vida, Edgeworth, lo machacaré.

El fiscal no cambió un ápice su rostro. Le miró con una honda y silenciosa súplica.

—Nuestra amistad se romperá.

—¿Por qué dices eso?

—Lo hará.

—Miles… me estás asustando. Claro que no pasará eso. No, por mi parte, al menos.

Phoenix sentía latir su corazón como si aquello fuera el descubrimiento de su vida.

—Lo hará, porque después no podrás verme con otros ojos. Piénsalo, Wright.

—No tengo nada que pensar, quiero la verdad.

—La verdad puede ser dolorosa, o incómoda.

—Pero te libera, Edgeworth —lo miró audaz, seguro de que a Edgeworth se le estaba pasando por la mente la resolución de su juicio como acusado. Él sufrió mucho por aquello, pero dejó de tener pesadillas, y de creerse culpable del asesinato de su padre.

El fiscal cerró los ojos, se cruzó de brazos, aspiró con calma y al resoplar, le temblaron los labios.

—Dispara, Wright. Pero hazlo bien, no me dejes malherido.

Phoenix asintió. El no ser capaz de romper todos los candados dejaba una huella en la persona, después de haber indagado en la herida. Apretó los puños.

"Vamos allá".

—T-te… ¿te hice algo cuando éramos pequeños, algo que te afectó de forma negativa?

—Sí —contestó Edgeworth sin dudar.

"Mierda, sí que le hice algo después de todo". Apretó los puños aún más y le dio mil y un motivos, recuerdos desdibujados en su mente, algo entre ambos que hubiera causado algún conflicto de intereses. Edgeworth se sonrió, pero su cara solo reflejaba tristeza.

—No podría haberme enfadado contigo por nada de eso.

—Mierda —Phoenix ni siquiera había roto un primer candado y ya acusaba el cansancio.

"Piensa, Phoenix, es como si estuvieras interrogando a un acusado. Mia aconsejaba dar la vuelta a la situación. Si eso no le molesta a él… tengo que buscar algo que me haya molestado a mí".

El abogado recordó las cartas que le escribió cuando Miles se fue lejos, con los von Karma. Ninguna de ellas fue respondida.

—¿Tiene que ver con las cartas que te escribí? —el candado tembló y se hizo añicos. Edgeworth asintió.

—Me llegaron todas, pero solo me traían problemas. Manfred me regañaba y cuando vi que llegaban más y más trataba de alcanzarlas antes que él. Me pilló varias veces, y tuve mi castigo.

—Maldito asesino…

—No tiene caso, ya. Está donde debe estar, siéntete orgulloso.

—Siento que esas cartas te causaran problemas… no era mi intención.

—Es evidente, Wright —asintió Edgeworth con un rubor en la cara—. Te agradezco que fueras tan insistente, de todos modos.

—Hey, creo que tengo otro motivo por el que puedes estar molesto conmigo. ¿Qué tal cuando volviste de Alemania después de un año sin dar señales de vida?

El candado superior al que se había hecho añicos se rompió. Phoenix dio un salto, sin poder contener su alegría.

—¡Pero Edgeworth! ¡En realidad, esos candados los debería tener yo! ¿Por qué te molestas tú si la decisión fue tuya?

—No lo entiendes, Wright. Con la derrota de Manfred, no solo cayó su historial, cayeron también las bases sobre lo que yo había sido educado, entrenado y manipulado. Y además de eso, me empecé a preguntar qué significaba ser fiscal. Me hiciste buscar respuestas en mí mismo sobre una profesión que no elegí voluntariamente.

—Está claro —pero no podía dejar de alegrarse de que, hasta el segundo candado, Phoenix no le hubiera hecho daño de forma intencionada.

Sin embargo, aún quedaba otro mini-candado y el más grande, que debía ser duro de pelar. Volvió a inspirar aire, con firmeza.

Había muchas épocas en su vida después. Phoenix trató de nombrar casos, momentos, como el secuestro en el caso Engarde, o el juicio de Iris en el que él actuó como abogado… el candado no se movía.

¿Qué hubo importante en su vida, después de todo eso?

Trucy.

El caso Gramarye. Edgeworth negó con la cabeza.

Durante todo ese tiempo, tampoco vio al fiscal. Phoenix lo pasó bastante mal, y agradeció mucho el apoyo de Apollo, que consiguió desenterrar la verdad del malvado Kristoph.

—No sé, Edgeworth… después vino la época oscura. ¿Qué podría dolerte de todo eso?

—Tu pérdida de distintivo.

—¿Eso? Bueno, ya sé que no fue sabio no haber investigado la prueba que trajo Trucy, pero a veces uno confía y… ¿te molestó que no siguiera ejerciendo de abogado? ¿Acaso te molestó pensar que lo había falsificado?

—Nunca dudé de tu inocencia, Wright. Si, realmente, hubiera sido así, sé que hubieras tenido un motivo poderoso para hacerlo.

"Maldito candado, no se rompe. ¿Qué le dolió a Edgeworth de todo eso? Piensa, Phoenix. Maya vendría de ayuda ahora, que canaliza mejor. Pero no, esto es entre Miles y yo. He de esforzarme en averiguarlo".

¿Cómo era la vida de Wright? Ya no salvaba vidas, ni ayudaba a otros, había pasado al otro lado, el de los repudiados. Cuidaba de Trucy, malvivía trabajando en un club nocturno jugando al póker. Apollo y Trucy fueron su salvavidas. Edgeworth y Maya estuvieron ocupados con sus respectivos trabajos.

Un momento.

En el juicio contra Edgeworth, ¿quién fue la persona que lo sostuvo?

—¿Te… molestó no estar ahí para mí?

Un rubor se extendió por la hermosa cara del fiscal. Phoenix trató de acercarse, conmovido, cuando el tercer candado cayó. Edgeworth retrocedió, asustado.

—Wright…

—¿Son estos tus grandes secretos? ¿Eso crees que pienso de ti, que me has fallado?

Los ojos del fiscal se aguaron.

—¡No me pediste ayuda! Tú estuviste para mí cuando… cuando desenmascaraste toda la pantomima de mi padre, y ni una llamada tuya, Wright. Me enteré por Gumshoe. ¿Sabes cuántas veces me he maldecido por no haberte ayudado?

Phoenix lo agarró del brazo.

—Venga, Edgeworth, gracias a ti pude volver a ser letrado. ¿Qué parte de "eres importante en mi vida no entiendes"?

—¡No sigas por ahí!

Phoenix lo miró, enfadado. Edgeworth se agarraba el corazón. Sin duda, aquello no era todo. Si no rompía el candado mayor, quedaría tocado. Aunque no mucho más tocado que él. Ver a su rival, amigo, a su persona especial, delante de él, tan herido, tan afectado y querer consolarlo, sentir deseos de compartir tu vida… sintió arder su garganta.

—Edgeworth —el fiscal lo miró, aún agachado por el dolor físico enlazado a esos candados emocionales. Pronto le impedirían respirar—. No puedo dejarte así y lo sabes. Revela eso que tanto daño te produce. Te juro por lo más sagrado que jamás dejaré de hablarte, de preocuparme por ti y de quererte.

Edgeworth permaneció doblado, con la mirada perdida.

—La cena —pronunció el abogado—. Esto, al parecer, tiene que ver con la cena del otro día.

Edgeworth movió la cabeza a uno y otro lado, musitando "por favor".

—En realidad… —se permitió pasear por la sala—, todo está relacionado, por eso tus candados salen de uno más grande. Ese gran secreto, ¿soy yo?

¿Qué podrías esconder de mí que fuera doloroso para ti, Miles?

El fiscal, que se había enderezado, palideció.

—En realidad, nunca me hubiera gustado usar el magatama. Pensé que podrías sincerarte conmigo sin esto —la pequeña joya volvió a reverberar, energía imbuida de un enorme poder—. Esto sí me duele.

Edgeworth lo miró, atónito. No podía creer cómo ese pedazo de materia podría estar dándole tanto dolor de cabeza.

—Si me remito a los hechos, me pregunto si, al igual que todos los candados que te aprisionaban me afectan a mí de alguna forma, ¿ocurrirá lo mismo con este? Dime, Edgeworth —Phoenix no pudo evitar señalarlo como si estuviera señalando una contradicción en el juzgado—, ¿acaso tiene que ver con lo que dijo Larry en la cena, después del brindis de Maya? ¿Por qué Gumshoe se quedó tan sorprendido? ¿Por qué Maggey se tapó la boca? ¿Por qué tú pareciste… desolado?

El gran candado tembló, desequilibrando a Edgeworth, quien se apoyó en el suelo, mientras su otra mano agarraba su pecho.

—T-te lo advertí.

Phoenix, repentinamente esperanzado, se agachó junto al fiscal y lo agarró de los hombros, exigiendo un cara a cara. No sabía quién estaba más afectado entonces, si Miles por la prisión de las cadenas o él por el bombeo irregular del corazón.

—Miles… cuando crecimos y nos volvimos a ver en el tribunal, hablaste de unos sentimientos innecesarios hacia mí —Phoenix escuchó un "tsk" de parte del otro, como si estuviera dando en la diana. Sin embargo, el fiscal seguía dirigiendo la vista al suelo—. Eso que sientes… ¿te ha impedido vivir plenamente? ¿te ha hecho infeliz?

Miles se estaba quedando sin aire. Las cadenas lo aprisionaban. Agobiado, alzó la cara, teñida de ruegos.

—Duele…

—¿Es el sentimiento lo que duele, o cómo actúo yo frente a él?

—Me…ahogo —Phoenix lo apretó más, como si sujetarlo fuese a librarlo de todo mal. Ver así a su amigo… ¿por qué Edgeworth se castigaba tanto? ¿Por qué se sentía tan indigno de él?

—¿Me… odias? —probó Phoenix, conteniendo la respiración, deseando que dijera que no, pero entendiéndolo si lo haría.

—Sí, m-mucho.

—¿Es posible, Miles, después de tanto tiempo? —se acercó a él, a su oído, a susurrarle lo que su alma quería también confesar—. ¿Es posible que no solo me quieras como a un amigo?

El candado tembló terriblemente durante largo rato, y Phoenix se asustó. Edgeworth lo agarró con ambos brazos, hundió la mirada en él, pero sus ojos se habían vuelto blancos, ausentes. Una solitaria lágrima descendió de uno de ellos.

—Temo que este candado… no pueda abrirse solo con palabras —y se acercó, encontrándose con una barrera: los brazos de Miles eran de acero. En ese instante, Miles podría haber movido un coche solo con la fuerza de ese bloqueo. Phoenix, inusualmente inspirado, lo miró con adoración: ¿qué podía romper la fuerza más inmensa del universo?—. Yo también te amo, Miles Edgeworth.

La barrera desapareció, los brazos, ahora laxos, cayeron a los lados, precipitando el cuerpo hacia delante. Los brazos de Phoenix, siempre preparados, lo recibieron, y cuando los tímidos pero decididos labios de Wright se posaron sobre los de su némesis, hubo una alteración en el Universo, los envolvió una energía indestructible, liberadora… las cadenas se volvieron lazos, y los apretaron, como si su destino fuera no volver a estar separados jamás.


Cuando Edgeworth se despertó, ya no estaba en el suelo, sino sobre el sofá. Su cabeza reposaba sobre las rodillas de Wright, y tenía un ligero mareo. Se mesó las sienes, incorporándose.

—¿Q-qué ha pasado?

Wright no dijo nada, solo lo miró con una sonrisa. Esperó a que el fiscal se sentara, se recuperara, respirara y recordara.

Romper candados tenía un riesgo, pero a cambio se obtenía la verdad. Esa verdad la estuvo guardando el fiscal durante años, demasiado tiempo. Los candados, fortalecidos, lo aprisionaban privándole de toda libertad emocional, aunque en el exterior su máscara funcionara.

Así, Edgeworth, recordando el momento en que el otro invadió su apartamento, pasando por el interrogatorio, hasta la aniquilación total de sus barreras, se sintió desnudo. Ya no tenía secretos para Phoenix Wright, era la primera vez mostrándose auténtico en su presencia. No se dio cuenta hasta entonces de todo el dolor acumulado. Su espalda liviana, sus hombros, relajados, no tenían peso que sostener. Y para llegar a aquello, Phoenix tuvo que revelar su secreto también.

Edgeworth se tapó la boca, consciente de todo. Él conocía los loco-candados. No se abrían si uno no decía la verdad. Y Wright… le había besado. Y aquello no podía ser fingido.

El abogado tocó su hombro, tratando de hacerle dar la vuelta y poder mirarlo a la cara.

—No me mires.

—No hay nada ya que esconder, Miles —dijo Phoenix con voz calmada. Se sentía tan contento, tan feliz de saber que el gran secreto fuera eso. Quería gritarlo al mundo.

—¿Por qué lo hiciste? —inquirió, rojo como una cereza.

—Tenía que liberarte.

—No… esto no funciona así —Edgeworth negó con la cabeza, aún sin comprender.

Miles notó el cuerpo del abogado acercándose, sentándose de forma que ambos se tocaban. Hubo un silencio eterno, en el que fueron acomodándose, como si estuvieran explorando su espacio personal, sin invadirlo.

—¿Cómo te sientes?

Edgeworth se miró las manos, cerró los ojos.

—Es… extraño. Desnudo, pero aliviado.

Phoenix quiso saber desde cuándo existían esos sentimientos en Edgeworth, pero el fiscal no podía precisar, siendo que desde pequeño al trasladarse con los von Karma, Manfred los etiquetara como sentimientos estúpidos e inútiles y entrenara al pequeño Miles a relegarlos a un rincón oscuro de su psique con la promesa de no ser un buen fiscal si no se olvidaba de ellos.

—¿Podemos hablar ahora de lo que ocurrió el día de la cena?

Miles dudó. No quería poner en ese compromiso al abogado.

—Seguro que lo deduces, con tu increíble intuición. Siempre lo haces.

Phoenix le cogió la mano con cariño.

—Pero no va a cambiar nada entre nosotros —le aseguró, y Edgeworth respondió con un "eso ya lo sé" con tono fastidioso.

—Me callé esos sentimientos porque nunca pensé ser correspondido. Ni siquiera creí que pudiera gustarte un hombre. Me pediste hacer de abogado para una ex tuya.

—Mmmm. Disculpa si eso te causó algún dolor, no era mi intención. Yo jamás creí que pudieras fijarte en mí. Siempre que hablábamos de algo relacionado con el romanticismo, tú soltabas alguna frase rechazándolo.

Un silencio los envolvió, después del cual, Miles, mirando hacia la estantería, declaró:

—Espero que comprendas que a partir de ahora no acudiré a tus cenas, ni a tus reuniones; habla tú con Larry, no estoy de humor para explicarle nada.

Phoenix se mordió el labio, culpable. Por inercia, apretó aún más la mano al fiscal, que el otro entendió como un gesto de fuerza, de ánimo. Algo así como "está bien, Edgeworth, saldrás adelante".

—¿Por eso dijiste que se rompería nuestra amistad?

—Sí, Wright. Ya te advertí. Sé que tú no harás ni caso, pero ahórrame el dolor de verte con otra persona. Soy humano y también sufro.

Phoenix miró al suelo, con un nudo en la garganta. ¿Cómo le decía ahora que todo había sido una pantomima?

"Hey, Edgeworth, no hagas ni caso, he utilizado a un hombre bueno para poder hacerte daño, y de esa forma sonsacarte tus sentimientos".

Después de eso no solo no tendría la amistad de Edgeworth, es que el tipo lo odiaría para siempre.

—No debes preocuparte por mí, estaré bien. Al fin y al cabo, he podido vivir todos estos años.

—Nadie debería tener que vivir así —susurró el abogado con pesar.

—¿Dices?

—Nadie debería tener que vivir así —repitió Phoenix, mirándolo con firmeza a los ojos. Aún tenía la mano sobre la de Edgeworth, y éste bajó la mirada.

—Es la vida, Wright. No puedes cambiarlo.

Deshacerse de su agarre pronto lo dejó de nuevo frío, pero era lo correcto. Phoenix Wright ya tenía una persona en su vida y no era él. En la cena colapsó precisamente al contemplar una ínfima posibilidad de que lo suyo hubiera florecido, aunque no hubiera dado fruto después.

Edgeworth se levantó para despedirlo, pero el otro le tiró de la manga. Asombrado, recorrió la vista con lo que reposaba en su otra mano: la joya verde de Maya. Como elevara las cejas en señal de instrucciones, Phoenix habló:

—Sostenlo tú ahora, Miles. Es lo justo.

El fiscal lo miró. ¿Pretendía Wright quedarse también desnudo ante él? No entendía… ya no había nada que hacer. Debió haberle abrazado entonces en aquel callejón, pero supo que si lo hacía, es posible que llegara a forzarlo.

—Adelante —pidió Phoenix, cerrando los ojos—. Confío en ti.

—Wright —el fiscal volvió a sentarse—. ¿Has considerado que conocer esto que me ocultas pueda seguir dañándome?

—Sí. Pero sabiendo que vas a borrarme de tu vida, hazlo sabiéndolo todo.

Miles miró a los ojos a su rival, cuya mano libre estaba cerrada en un puño y los labios le temblaban. Por un momento quiso abrazarlo, pero estaba fuera de lugar, además, él no se expresaba de ese modo. ¿Por qué ese deseo de contacto repentino?

"Esta maldita joya va a cambiar mi personalidad".

Miles permitió a Phoenix pasarle el magatama, y lo sintió cálido y pesado sobre la mano.

—No sé cómo utilizarlo, no tengo tanta experiencia como tú —se avergonzó, pues en el tribunal él era muy competente y seguro de sí; con esa joya, que reaccionaba a los sentimientos, no tuvo muy buena práctica en su día, aunque al final consiguiese resolver todos los enigmas.

—Claro que sí, eres el mejor haciendo deducciones. Imagina que esto es un juicio y yo soy el acusado. Señalar culpables es lo tuyo, Miles.

Añadió una sonrisa, que hizo al fiscal girar la cara ante ese halago. Los halagos le incomodaban, pero que lo hiciera Phoenix Wright hacía emanar de su pecho un calor muy agradable, un fulgor merecedor de conservarse.

—¿Qué es lo que me ocultas, Phoenix Wright? —alzó la joya, aceptando el desafío. Phoenix sonrió, pero una sombra de pesar cayó sobre sus ojos.

Las cadenas aparecieron, seguidas de tres candados con diferente aleación. Uno parecía de hierro, otro de cobre y otro de plata. Eran pequeños.

—Vaya. Para haberte confesado, hay cosas que guardas.

—Sí. Debes saber que nunca quise hacerte daño, y que los sentimientos por mi parte, vienen de lejos.

Edgeworth enrojeció. Ese hombre no pararía con sus frases. Lo señaló.

—En cualquier caso eres culpable, lo dice este sacataga —Phoenix trató de ocultar la risa, sin éxito.

—Perdón, perdón. Estoy listo.

Miles le sondeó, preguntándole por qué guardar un secreto relacionado con su infancia, pero nada se movió. Debían ser, entonces, retos recientes. Es posible que tuvieran que ver con su actual novio, y Miles no tenía ninguna gana de sondear sobre él. Trató de ponerse su máscara de fiscal para no dejarse herir por nada.

—Maggey dijo algo en la cena. Lo siento, estuve escuchando. Dijo que el señor Hope debía ser un buen partido, porque tú nunca habías estado con nadie. Sin embargo, ella se enteró del tema de Iris por Gumshoe. ¿Tal vez quería decir que nunca habías estado con un hombre?

—Evadí la pregunta por una razón —Phoenix lo miró con una pena inmensa.

El candado de plata se rompió. Edgeworth jadeó, sorprendido. ¿Esto no iba en orden? ¿No deberían caer primero los otros dos?

—Esto no te va a gustar, Miles. Por favor, no me odies —suplicó Phoenix cogiendo su brazo como si fuera a acabarse el mundo.

—Eso ya lo veremos.

Siguió, impasible, su juego como en el tribunal. Era la única forma de llegar al final sin mucho tiempo, sin mucho dolor, la única forma de despedir a Wright por esa puerta para siempre.

—Sí estuve con un hombre, Edgeworth, pero no debes temer nada. Ese hombre no me amó, solo me utilizó para destruirme. No hay nada ya que pueda hacerme sentir por él más que desprecio.

Miles arrugó el entrecejo, entre sorprendido y dolido, pero recordó seguir el juego.

—Ese hombre, está relacionado con las leyes, ¿verdad?

Entró en apnea. No sabía con quién podría destruirle más saber la identidad de ese malnacido. No podía ser Blackquill, tampoco Klavier, no parecía tener problemas para relacionarse con él…

Un momento. ¿Por qué pienso solo en fiscales?

Wright siempre se ha sentido atraído por abogados, por sus ideales, su forma de defender a los demás.

—Wright… ¿era un abogado?

—Sí, pero ahora está en prisión.

Miles dedujo con facilidad.

—Kristoph.

Phoenix asintió, con la cabeza baja. No quería elevarla y ver la reacción de Miles, ahora que sabía que en ese entonces lo quería.

—Perdóname. Mi carrera era una mierda, no tenía dinero, empecé a ejercer de padre soltero, a entrenar a un pupilo y por una temporada él pareció la luz en mi vida.

Miles no dijo nada. Conocía ese sentimiento, lo había vivido con Manfred von Karma, esa empatía surgió de forma natural. Le entristeció saber aquello.

—Yo creo… creo que salí con él porque me recordaba a ti. Su profesionalidad era brillante, le admiraba, y tú estabas lejos y jamás habías dado señales de querer nada conmigo.

—¿Le querías? —interrogó Miles mirándolo a los ojos.

Phoenix elevó la mirada.

—Creo que solo me obsesioné con él. Tampoco quiso que nadie se enterara. Fue un secreto muy bien guardado. Ni Apollo ni Trucy lo saben. Todavía hoy me levanto, preguntándome por qué le di una pequeña parte de mí, cuando no mereció nada.

Miles arrujó el entrecejo. ¿Por qué era para él tan importante que no lo quisiera? Bueno, tenía orgullo. Quería seguir siendo el único en el corazón de Phoenix, aunque eso contradijese sus inexistentes acercamientos hacia él.

—¿Qué hay del señor Hope? ¿También te has obsesionado? —Edgeworth no pudo evitar un deje de burla, sin embargo, la destrucción del candado de hierro lo pilló por sorpresa.

—No. Solo es una tapadera.

—¿Disculpa? —Edgeworth se quedó a cuadros—. ¿Alguien te ha chantajeado?

Phoenix fue a responder en negativo, pero paró a tiempo. ¿Era un chantaje haber salido con Larium Hope para la cena de Navidad? A pesar de ser una idea de Maya, él lo había consentido… se tapó la cara, avergonzado.

—En realidad, quería llamar la atención de una persona. Te doy asco, ¿no?

Si hubiera sabido que eso estallaría esa reacción en ti, jamás lo habría consentido.

Ahí estaban, todos sus secretos desvelados. Phoenix creyó que si Edgeworth escuchaba el tema de Kristoph, quedaría devastado. Sin embargo, parecía haber entendido, o, al menos, no había huido.

—Parece que funcionó —Miles Edgeworth se sorprendió a sí mismo diciendo esto, pero ¿qué sentido tenía seguir ocultando cosas?—. De todos modos, no pareces el tipo que haga algo así. Fue Maya Fey, ¿no?

El candado de cobre chasqueó, rompiéndose en dos pedazos. Phoenix Wright quedó libre, sin cadenas, despojado de cualquier secreto. Ahora tenían desnuda el alma. Phoenix se desplomó en el sofá.

—Me alegra haberte contado todo. Me siento aliviado de que ya no haya barreras, y muy afortunado de que tengas sentimientos por mí.

Miles no respondió, solo miró hacia un lado, muerto de vergüenza. Si el abogado había recurrido a esa artimaña para llamar su atención, aunque fuera de rebote, la vida parecía haber puesto final a ese baile de secretos, a ocultar sus corazones solo por no creer en el otro.

La gran pregunta era, ¿y ahora qué? ¿Podrían dos amigos continuar siendo amigos sabiendo que se desean? ¿Sería sensato cruzar una línea con el riesgo que eso implicaba?

Phoenix parecía tenerlo claro. Recogió el magatama, ahora sobre la mesita de centro del salón, y se levantó, dispuesto a marcharse.

—Supongo que tienes mucho que asimilar. Te dejaré solo ahora.

Edgeworth, con el alma ya partida desde que el hombre le hubiera dicho lo de la tapadera, agarró a Wright de la sudadera y exclamó:

—¡E-espera!

El moreno se volvió, extrañado. Se sentó al otro lado del fiscal y le cogió la mano, con una sonrisa enorme. Era fácil apreciar la felicidad en Phoenix. Edgeworth se sintió responsable de eso. Bajó la mirada hacia su mano derecha, cobijada entre las del abogado. Miles notó cómo la calidez lo inundaba, no sólo físicamente, sino en todos los niveles. Abrió la boca para decir algo, pero le resultó extremadamente incómodo. Entonces, como siempre, Phoenix lo sorprendió:

—¿Puedo besarte? Cuando rompí tu candado me quedé un poco triste porque no me respondiste —Edgeworth tosió ante la previa situación embarazosa, pero como no contestara, Phoenix agregó—. Olvídalo, abrazarte estará bien.

Sin apenas darle tiempo a reaccionar, en una milésima de segundo tenía a Phoenix Wright montado a horcajadas sobre él. Sus largos brazos lo cobijaron, sintió su aliento en la oreja, y entonces una de las manos recorrió su nuca. Los vellos de su cuerpo se erizaron, y el corazón bombeó a mil por hora. Sus manos, posadas sobre la cintura de Phoenix de forma casual, lo apretaron sin pensar, poniéndole de algún modo más cerca de lo que jamás había tenido a nadie en su vida. La respiración se volvió errática, y Miles creyó que moriría hiperventilando. Phoenix lo miró entonces con cariño, sonriendo, con un movimiento lento y sensual le desprendió de las gafas y posó la boca dulcemente sobre la suya. Miles no tenía ni idea de qué hacer, pero su cuerpo sí, moviéndose al compás del de su compañero, respondiéndole el beso como si hubiera llegado al oasis después de una caminata por un largo desierto. Sintió como si su pecho fuese a explotar.

—Dios… cómo te deseo —le dijo la ronca voz del abogado al oído, enviando sensaciones desconocidas a todo su ser.

Miles, como respuesta, jadeó y volvió a besarlo. No tenía ninguna experiencia en ese campo, pero de repente sentía querer practicar con Phoenix. Puso más fuerza en uno de los brazos para intercambiar posiciones. El moreno acabó boca arriba sobre el sofá, ahora con Miles sobre él. Éste aún notaba temblar sus manos, pero el deseo le estaba nublando la razón. Se encontró repartiendo besos por la mandíbula de Phoenix, por su cuello. Todo parecía un sueño. El hombre, el único hombre que había creído en él más que en sí mismo… Se sentía tan afortunado de gustarle… las pullas en el tribunal tan solo eran provocadas por Edgeworth debido a su frustración, nunca pensó que el otro pudiera responderlas. Hundió una de las manos en el pelo del abogado, y la textura rebelde y tosca le sorprendió. Tiró de él, y Phoenix jadeó, arqueando su cuerpo hacia él.

—Oh, Miles, no pares.

Miles observó la inusual expresión de Phoenix, entre ruego y dolor y se le antojó tan sensual que en su mente lo desnudó. Volvió a besarlo, más lentamente esta vez, familiarizándose con el movimiento, la calidez, bebiendo de su abogado de una forma que jamás había soñado, porque cuando supo etiquetar sus sentimientos, decidió aceptarlos pero nunca alimentarlos.

Qué equivocado estaba. Miles podía ver cómo se rendía Phoenix ante él, cómo le pedía más, cómo a través de palabras le guiaba, sin dejar de dar.

Miles necesitaba más contacto físico y su cuerpo, antes de rodillas sobre el del abogado, se fundió sobre él. Ambos jadearon ante el contacto de sus troncos y la parte baja, y Miles se apartó enseguida, volviendo a la postura anterior. Los brazos de Wright, quien había empezado a frotarse contra él, trataron de volver a atraparlo.

—¿Qué pasa? —susurró Phoenix al notarlo alejarse.

—N-no voy a aguantar —Miles guiñó el ojo, algo avergonzado—. Demasiada estimulación en un día.

Phoenix se incorporó, comprendiendo, y sugirió ir a la habitación y explotar juntos. Desnudos. Edgeworth se puso muy nervioso, bloqueándose otra vez. Phoenix le cogió de la mano y lo llevó al dormitorio.

Una pequeña joya verde había quedado olvidada en el sofá, relegada como algo insustancial después de haber realizado un trabajo duro.

FIN


FF_FF

26/11/17

04/12/17