Capítulo beteado por Yani y Flor. Infinitas gracias por toda su ayuda, chicas.
Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 8
Bella
—¡No jodas! —exclamó Rose después de que le conté las nuevas noticias—. Edward no puede ser tan tonto para pedirte que hagas un esfuerzo en aceptar a la bruja.
Jake también soltó una risotada junto a Rose. Los tres comíamos en la pequeña cocina, aprovechando que no había comensales.
—¿Qué harás? —Jake estaba interesado en saber—. No creo que cambie en unas semanas.
Encogí mis hombros al tiempo que las palabras brotaban:
—Me duele que su llegada afecte la pequeña unión que habíamos creado Ariel y yo. La niña ha vuelto a poner una barrera entre nosotras, como si no quisiera hablar más conmigo.
Un brazo de Rose me rodeó los hombros.
—Sácala de tu casa, Bella —dijo—. Porque no dudes que si la bruja se metió fue por algo y te aseguro que no es bueno.
Me quedé pensando el resto del día en las palabras de Rose. También hablé un par de minutos por teléfono con Renée y le dije que no podía visitarla porque me sentía cansada.
Llegar a casa fue diferente: Esme preparaba algún guiso en la cocina porque el olor a salsa de tomate llegaba hasta el recibidor.
Debo ser amable. Quizá no sonriente, pero sí educada.
Me dirigí a la cocina y al verla las palabras de amabilidad salieron por la ventana, su sola presencia me retorcía las tripas. Sin embargo, eso no era mi coraje sino todo el desastre que había en la cocina.
—¡Oh por Dios, Chelsea! —exclamó en el teléfono, era obvio que estaba en una conversación con ella—. Mi hijo sigue amando ese platillo que tanto le hacías, hace algunas semanas me pidió que le preparara patatas con carne en salsa roja y justo pidió que fuera almendrado.
Me contuve. Inhalé profundamente y apreté los puños. No iba a lanzarme sobre ella por más que quisiera hacerlo.
Respiré.
Y en el transcurso las dudas empezaron a aparecer como flashes en mi cabeza. Hacía tiempo Edward había mencionado que amaba las patatas con carne en salsa roja, también dijo que su madre le cocinaría ese platillo y que llegaría tarde a casa.
Cerré los párpados solo un par de segundos después de entrar a la cocina y hacerme notar.
Me crucé de brazos, mirándola.
—Nadie te pidió que prepararas comida —espeté—, no te quiero en mi cocina.
—Te hablo más tarde, cariño —dijo en la bocina antes de finalizar la llamada—. Estoy tratando de ser útil, no pensé que te molestara que usara la cocina.
—Me molesta que traigas estúpidos platillos que ella preparaba, eso es lo que me enfada.
—No tengo la culpa de que sean los favoritos de mi hijo.
Entonces la rabia subió a mi garganta como lava ardiente.
—¿Por qué? —inquirí. No sabía exactamente qué quería saber, solo la maldita pregunta salió de mis labios, tal vez en el fondo tenía una necesidad de ser aceptada o al menos respetada por ella—. ¿Por qué lo haces?
—Tus problemas de inseguridad son cada vez más evidentes, niña —se burló.
—No tengo ningún problema con nada excepto contigo que vives en mi casa. Tener que soportarte se está volviendo un dolor de cabeza.
—Lo mismo opino, querida.
—Bien, no me soportas, pues vete —señalé la puerta—, aquí no eres bienvenida.
—Veremos quién de las dos sale primero.
—Es estupido y desgastante estar discutiendo cada cinco minutos, no creo soportarlo. Eres una mujer mayor que se supone debería respetar, pero ¿sabes qué? El respeto se gana y si tú no me respetas no tengo por qué respetarte.
—¿Quieres decir que esto es una guerra?
—Tómalo como quieras, solo no olvides que me desquitaré.
Salí de la cocina maldiciendo entre dientes. Y nada mejoró cuando llegó la hora de cenar y Edward degustó feliz el platillo que su ex le preparaba. Me llené de coraje cuando incluso mi hijo pidió doble ración.
Me estaba volviendo loca de celos, pero eso fue solo el principio de lo que se avecinaba.
Ella fue más hábil y más astuta.
Se empezó a adueñar de mi cocina y los platillos favoritos de Edward se sirvieron cada tarde.
Habían transcurrido dos semanas con Esme en casa. No soportaba más, sin embargo, para lo que no estaba preparada era para un cambio de planes con mi esposo.
—No vayas —susurré infantilmente en el pecho de Edward.
Con sus manos en mi rostro, me hizo mirarlo.
—Es un buen contrato, Bella. Nos dará buena estabilidad económica por algún tiempo.
—No importa, no quiero que te vayas. —Envolví mis manos en su torso—. Por favor, no.
Edward había aceptado a su cargo la remodelación de unos apartamentos, lo cual nos vendría bien porque era un pago jugoso que nos dejaría sin preocupaciones por algunos meses. No obstante él tenía que salir del pueblo y estar por un tiempo en Seattle. Ir y venir no era precisamente lo más inteligente, no cuando el combustible estaba con los precios por las nubes, la única solución era permanecer allí la semana entera y viajar el fin de semana con nosotros.
—Estaré aquí puntual cada viernes, lo prometo, nena. Solo serán dos meses que estaremos viéndonos cada fin de semana.
Dos meses sonaban como toda una vida, era demasiado para estar viviendo así.
Sacudí la cabeza sin querer aceptar.
Después de minutos de estar suplicando en su pecho, terminé por resignarme. Era su trabajo y yo nunca había intervenido, no tenía por qué hacerlo ahora.
—Tengo miedo.
Edward esbozó una tímida sonrisa al escucharme.
—¿Por qué? No comprendo, Bella, nunca antes te habías puesto así.
—No me siento a gusto con tu madre —fui honesta—, no la quiero aquí.
Lo vi exhalar y tirar de su pelo, en un acto reflejo de desesperación.
—Pensé que había mejorado su relación y que estaban intentando llevarse bien.
—No podemos llevarnos bien cuando ella no puede dejar de mencionar a tu ex, habla todo el tiempo con ella sin importar que yo esté presente. De verdad, Edward, esto es insostenible, no puedo más.
—Tal vez podría hablar con Emmett y pedirle que la lleve con él. La casa de mi madre no está lista aún, hicieron el cambio de tuberías, solo falta conectar las instalaciones y verificar que queden bien. Supongo que llevará algún tiempo porque harán algunos cambios en tuberías del gas también.
—¿Emmett no irá con ustedes?
—No. Él cubrirá algunos trabajos de aquí, así que se quedará con otra cuadrilla de trabajadores.
—¿Por qué se quedará él y no tú?
—La remodelación de los apartamentos es más compleja —me explicó—, quizá suena petulante, pero tengo más experiencia que mi hermano. Confiaron en mí para el trabajo y no puedo fallar.
Me sentí orgullosa. No podía portarme como una cría y hacerlo sentir como la mierda.
—Te echaré de menos —le dije volviéndolo a abrazar.
Sus manos apretaron mi cintura mientras él sonreía con un rostro más tranquilo.
Nos besamos con rudeza antes de caer sobre la cama. Seguíamos practicando para hacer un bebé.
—No quiero ser suave —murmuró mientras sus labios se deslizaban por mi cuello.
—No lo seas.
Reímos un poco antes de estrellarse de nuevo nuestros labios en otro beso ardiente.
Sus caderas se molían contra las mías sin reparos, podía sentir su dureza empujándose contra mi centro, creando una deliciosa fricción.
Sacó mi blusa por encima de mi cabeza y fue directo contra mis senos, los cuales degustó con su boca mientras me aferraba con las manos a su nuca.
—Papá… —la voz de Ariel nos hizo detenernos—, papá, ¿podemos hablar?
Edward resopló.
—Sí —su voz fue estrangulada haciéndome reír—, dame unos minutos.
—Te quedarás con las ganas —me burlé viendo el bulto bajo la tela del pantalón.
—Me las pagarás, cariño —dijo poniéndose la camiseta y caminando hacia el baño.
Desanimada me senté en el medio de la cama y lo vi salir de la habitación.
—Hola, princesa, ¿qué pasa? —escuché que preguntó.
No debería estar de metiche escuchando detrás de una puerta conversaciones ajenas que no me incumben, en cambio me quedé esperando que Ari hablara. Incluso apoyé mi oreja en la madera.
—La consejera pidió hablar con ustedes —murmuró—, mañana a las nueve de la mañana.
—¿Por qué? No tengo ningún correo electrónico sobre ello.
—No lo tendrán, es algo mío. Le acabo de avisar a mamá y ella estuvo de acuerdo .
—Bien, ahí estaré. ¿Quieres adelantar algo?
—No. Esperaré a mañana, solo te adelanto que no es nada malo, papi.
Mis tripas volvieron a retorcerse. ¿Qué diablos me pasaba? ¿Por qué me había vuelto tan celosa?
No quería pensar, pero las imágenes de Edward compartiendo con Chelsea se ralentizaban en mi cabeza. Ellos hablando en cercanía por su hija.
Listo.
¡Ya basta! Me he vuelto una maldita celosa, justo la misma causa que llevó al divorcio a Edward y Chelsea.
.
—No puedo creer que te estás mordiendo las uñas —articuló Rose cuando eran las nueve de la mañana.
No había dejado de ver el reloj desde que llegué al restaurante.
—Edward está con Chelsea en una junta en la escuela de Ari.
—Ahora entiendo tu mal humor.
—¿Qué me pasa, Rose? —pregunté—. ¿Por qué me he vuelto tan insegura?
Ella frunció sus labios. Y se acercó sobre la barra.
—Quizá es normal. Te ha jodido tanto la bruja que seguramente ya hizo mella en tus pensamientos —me dio un suave apretón en la mano—, no permitas que gane y defiéndete.
Sentí que mis hombros se hundían.
—Te juro que quiero arrastrarla por toda la casa y darle una patada para sacarla y darme el tiempo de cerrar la puerta en su cara.
Rose se rio.
—No lo pienses y hazlo. Te dejará una gran satisfacción, nena.
—Sabes bien que no soy maleducada, jamás podría hacer algo así.
—¿Y por qué no? —me retó con su manos en la cintura—. Si ella no te respeta tú tampoco tienes por qué hacerlo y que se joda.
—Le he advertido que así será. Pero es tan desgraciada que no ha parado de provocarme. ¿Sabes lo último? Prepara los platillos que Chelsea le hacía a Edward.
—Es una perra.
—Lo hace para molestarme, solo que Edward no se da cuenta. Él parece feliz de que su madre se haya adueñado de mi cocina y lo que es peor, es que Matt también cayó ante su sazón mientras Esme solo me observa burlona. Sabe que está ganando.
—¿Por qué no aprovechas ahora que Edward estará fuera y te deshaces de ella? Digo, igual la bruja no tendrá cómo fastidiarte ya que su nene no estará en casa.
—¿Qué crees que deba hacer?
Rosalie rio y sus ojos azules brillaron malvados. Algo se le había ocurrido.
—Puedo ir a visitarte —expuso sonriente—, mis niños han querido ir a jugar con Matt, tal vez los lleve estos días, si tú quieres.
—Cuéntame, ¿cómo vas con Royce?
Ella suspiró ruidosamente. La alegría que había en sus ojos ya no estaba más.
—Te contaré en otro momento —comentó—, desde que le expuse el divorcio, todo ha empeorado.
Mis ojos se agrandaron.
—No sabía que te querías divorciar, ¿desde cuándo?
Los iris azules de Rose me evaluaron cohibidos, quizá sintiéndose mal por haber hablado de más.
Ella y sus mellizos habían formado parte de mi vida por muchos años. No comprendía su inestabilidad en las últimas semanas, quizá ahora todo estaba tomando sentido.
Los dedos de ella se arrastraron por la barra, viéndose nerviosa.
—Hay muchas cosas que quiero contarte —murmuró—, solo dame tiempo.
Fui yo quien le dio un apretón a su mano, ganándome una mirada de agradecimiento.
—Estoy contigo, Rose.
—Lo sé.
—Dejen el chisme —gruñó Harry saliendo de su oficina—, hay clientes que atender.
Rose asintió alejándose de nuevo hacia las mesas.
No me podía concentrar en mi amiga cuando mis pensamientos estaban del todo con Edward y Chelsea.
Edward
Abrí la boca.
Y no era que estuviera dudando del talento de mi hija sino que era demasiado prematuro para que ella tuviera una beca en un conservatorio de música.
Ariel usaba el saxofón desde que tenía cuatro años. Le habíamos comprado uno en una tienda de segunda mano y ella se maravilló de inmediato. Desde entonces se había dedicado a perfeccionar el arte del instrumento con tutoriales de YouTube.
Ahora ella estaba en una clase optativa de créditos y por supuesto que había elegido orquesta.
—¿Qué pasará con sus clases regulares? —quiso saber Chelsea—. Si la escuela de música está en Seattle y no aquí en el pueblo.
—No hay ningún problema —nos explicó la consejera—. Ustedes son libres de elegir los días que ella asistirá; también hay clases los fines de semana, así no afectará sus clases regulares. Porque la condición para que ella conserve su beca es que mantenga las notas en sus clases.
Ariel exhaló una risa completamente emocionada. Parecía estar a punto de gritar eufórica y ponerse a brincar por toda la habitación.
—A ustedes les toca elegir lo más conveniente —agregó.
Chelsea y yo compartimos miradas, sonreímos cómplices. No podíamos negar lo orgullosos que estábamos de nuestra hija y del equipo que seguíamos haciendo por ella.
—Ahora que estarás en Seattle quizá pueda quedarme contigo, papá —asumió mi hija—. Mamá me puede llevar los viernes y quedarme ahí los fines de semana.
Pestañeé. Lo hice anonadado porque eso significaría que sería más difícil volver a casa.
Abracé a Ariel y la felicité antes de que volviera a sus clases.
—¿Estarás en Seattle? —preguntó Chelsea cuando salíamos de la oficina y caminábamos por el pasillo.
—Mmm, sí. —Fue toda mi respuesta.
—Oye, sé que he sido grosera contigo —dijo—, pero tienes que entenderme, no es fácil, Edward. Nunca lo ha sido.
—Y no lo será mientras sigas haciendo todo más complicado.
—¿Crees que yo tengo la culpa? —increpó—. ¿Qué hay de ti? ¿Quién salió huyendo y diciendo que nuestra relación era insostenible?
Me rasqué la nuca y caminé hacia el estacionamiento. No caería de nuevo en provocaciones porque bien sabía que ella era experta en hacerse la víctima.
—Huye, Edward, porque es lo único qué haces bien. Huir antes de aceptar tu culpa.
Me di la vuelta, mirándola.
—Te conozco tan bien, Chelsea.
—¡No me digas! —espetó irónica—. ¿Me conoces? Si eso fuera cierto no me hubieses dejado sabiendo que tengo un trastorno.
—No empieces, lo nuestro se acabó hace años. Hemos seguido adelante.
—¡Tú seguiste! —me señaló—. Me dejaste sola lidiando con mis alucinaciones y con mi hija.
—No me cambies las cosas, Chelsea. Porque te has válido de todo para seguirte entrometiendo en mi vida.
—Según tú, ¿cómo?
—No me hagas hablar —siseé siguiendo mi camino.
—¡Cobarde! Eso es lo que eres.
Me volví para mirarla, para enfrentar sus ojos y saber si era capaz de negarme en mi cara la verdad.
—Y tú una manipuladora —rugí—, porque no me negarás que casualmente enviaste a mi hija a vivir conmigo cuando nunca me la quisiste prestar, cuando te rogué infinidad de veces que necesitaba tiempo con ella, nunca aceptaste y justo cuando estoy recién casado lo hiciste. Eso solo significa que quieres manipularme por medio de ella, pero no resultará, Chelsea, ¡ya no!
—¿Es verdad eso?
Escuché la voz de Ariel detrás de mí y me arrepentí al instante de haber hablado.
No sé qué piensan de este capítulo y realmente me gustaría saberlo.
Una vez más agradezco infinitamente sus comentarios y el interés que tienen con la historia: Adriana Molina, Pepita GY séque tu coraje será más grande. Flor McCarty-Cullen, dery 05, jupy, Gabby352, Jade HSos, Car Cullen Stewart Pattinson, Diannita Robles, miop, piligm, Torrespera172: gracias Perita por contar un poco de ti, solo me alegro porque hayan podido liberarse de ese yugo. francicullen, Cary, Liz, PaolaValencia, Isis Janet, Maribel 1925 pronto resolveréesa duda. Coni Salinas Ríos, sucederá. Veronica, Daniela Masen, Cassandra Cantu, Daniela, Elizabeth Marie Cullen, sabemos que si. Kasslpz, Lili Cullen-Swan, Adriu, nada bueno trae su presencia. Wenday14, Lupita Pattinson Cullen, mony17 Edward sabe que su madre no acepta a Bella pero descubrirá muchas cosas más. ALBANIDIA, Dulce Carolina, Claryflynn98, Valeria Sinai Cullen, Rosemarie28, Nikyta, sucederá muy pronto, saraipineda44, muy tonto. Lizdayanna ay, no sé qué decirte. mrs puff, Estefania Rivera tienes razón pero no falta mucho para que explote. Cinthyavillalobo le toca soportar mucho. rociolujan bruja será un calificativo bonito Esme es mucho peor. Sandy56 gracias a ti. Y comentarios Guest.
Gracias totales por leer 💍
