Cuando me miras así
Por Cielo Azul A - Clarycinder.
==Capítulo Doce==
Candy se levantó del comedor y fue directo a la biblioteca donde la esperaba la tía Elroy, se encontraba dubitativa ante las acciones de ella, por más que lo pensaba no le venían a la mente argumentos convincentes al proceder de la anciana.
Toco a la puerta y escucho la voz que le indicaba el pase, ella entro y quedo frente a frente a la tía, en ese momento sin siquiera imaginarlo sintió la fuerte mano de la anciana sobre su mejilla, eso la aturdió, no sabía que pasaba, porque esa actitud, acaso había enloquecido.
-¡Tía!, ¿Qué significa esto?, pregunto sin medir la intensidad de sus palabras.
-¿Duele?, respondió la anciana con otra pregunta.
Candy seguía tocándose la mejilla y las lágrimas amenazaban con escapar de sus ojos, no sabía a ciencia cierta si había dolido la actitud de la tía o el golpe en si.
-Candice, imagina que has perdido a William, que esa mujer hubiese logrado su cometido y tu no haber movido ni un solo dedo, de verdad me hierve la sangre de solo recordar lo sucedido, solo Dios sabe que logre sacarla.
-¿Logro sacarla?
-Sí, acaso pensaste que había salido por su propio pie, por supuesto que no, esa mujer la debiste haber puesto en su lugar desde el primero momento en que sus ojos indicaban deliberadamente el deseo de arrebatarte a William.
-¡Tía! -exclamo sorprendida por el rumbo que tomaban las cosas, la golpeaba, la reñía y al final le confesaba los últimos acontecimientos.
-¿Por eso salió el día de ayer a Chicago?, pregunto Candy
-Así es Candy, quiero que entiendas que hay momentos para ser dama y momentos en que uno debe olvidarse por completo del significado de esa palabra y defender sin titubear en ningún momento.
-¿Amas a William? Pregunto la tía Elroy en tono sereno
El rubor invadió sus mejillas y de repente sintió que la fuerza faltaba en sus piernas y en cualquier momento podría caer, ¿Por qué me pregunta eso?, se preguntó a sí misma y no sabía si ser sincera o simplemente evadir la respuesta, y si profundizaba en su respuesta, si descubría que su amor por Albert yacía hace tiempo y que ni ella misma lo había descubierto hasta que lo había sentido perdido.
Se dijo a si misma que debía ser sincera con esa anciana que mostraba apoyo hacia ella desde que se había instalado de nueva cuenta en su casa.
-Sí, respondió en tono neutro.
-Entonces jamás vuelvas a cometer un error de esta magnitud, que tu intuición de mujer siempre este alerta a defender lo que es tuyo, tu familia, tu esposo, tu amante.
¡Vaya!, le sorprendieron esas palabras, jamás imagino de la tía la palabra "amante" en su boca y tal hecho la dejo un tanto desconcertada, ni ella misma lo entendía aun, así que agradeció su consejo y el hecho de que no preguntara más de la cuenta sobre su reciente confesión, después de su consejo prosiguió a contarle detalladamente como había logrado sacar a Alejandrina de la mansión Andrew
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Alejandrina ya tenía un plan entre manos, así que cuando todos salieron de casa era el momento de ponerlo en marcha, nuevamente se vio en el espejo, retoco un poco su maquillaje, roció perfume en partes estratégicas de su cuerpo y acomodo nuevamente su peinado.
Al bajar ya un coche la esperaba y así indico la dirección al chofer.
-Buenas tardes. -saludo ella a la secretaria, y con paso firme se dirigió a la oficina, mientras una secretaria intentaba detener su abrupta aparición e iba directo a la oficina sin pedir permiso o tener cita.
-Señorita, por favor, no puede pasar, necesito anunciarla.
Sin más, sintió el portazo casi frente a sus narices, la secretaria deseo no encontrarse ahí cuando Albert saliera de su oficina preguntando por la interrupción.
-William, ¿Cómo estás?; la silla de su escritorio estaba contra la pared y no podía verlo, pero sabía que estaba ahí.
-Me alegra de estar aquí y saber que puedes ser solo para mí, sin el estorbo de esa "noviecita" insignificante que te conseguiste, de verdad no entiendo tu necedad por casarte con ella, conmigo podrías tener mucho, mucho más de lo que puedes imaginar, ¿ lo sabes?, verdad.
El silencio sepulcral de la oficina la inundaba, ella no obtenía respuesta y se intrigaba por ello, sabía cómo es Albert y que probablemente estaría diciéndole unas cuantas verdades, pero a ella le satisfacía ese silencio, pensado que esto podría ser una señal de cambio de planes y por fin deshacerse de la "enfermera".
Poco a poco fue trazando su camino para llegar a donde Albert estaba sentado, por alguna razón se detuvo antes de llegar, no entendía el silencio.
-¿Qué pasa William?, tanto es tu sentimiento de culpa por ilusionar a una muchachita, es mejor así, ella no encaja en nuestro mundo y es mejor que socialice con los de su clase, vamos, mejor di que aceptas mi propuesta, sabes que mi mundo está a tus pies, yo estoy a tus pies, un si es lo único que necesito.
En ese momento un carraspeo cortó el silencio.
-Ya veo que necesitas escuchar más de mí para decidirte, William, que necesitas de mi para entender que soy capaz de todo por ti, ¿Qué me entregue a ti, aquí y ahora?, por supuesto que lo haría sin dudarlo, solo la oscuridad de mi habitación y mis sueños más íntimos son testigos de cuanto deseo eso, sentir tu piel, tus manos, tu aliento en mí.
-Basta, he escuchado suficiente de usted, grito una voz fuerte, quien giro la silla para encontrarse cara a cara con esa descarada mujer.
-Por Dios, esta es su forma de conquistar a un hombre, ofreciéndose sin ningún pudor y amor propio, tan poco valiosa se considera que tiene que andar mendigando el amor de un hombre.
Alejandrina se quedó boquiabierta al ver a esa mujer frente a sus ojos, que estúpida había sido para no darse cuenta.
-¡Sra. Elroy!, escapo un intento de voz de su garganta.
-Ahora entiendo la urgencia por salir de casa, claro venía a ofrecérsele a mi sobrino, en el fondo no la culpo, se lo atractivo que es él e infinidad de mujeres serían capaces de ofrecérsele por nada.
-Todo esto es un mal entendido.
-Srita. Ferrer, acaso quiere que le recuerde sus últimas palabras, creo que eso no es un mal entendido, por supuesto que no, como comprenderá no consentiré de forma alguna en que regrese a una casa tan respetable como mi casa, la casa de la familia Andrew, la casa que será el hogar de la futura Sra. Andrew, que por supuesto ella si es una dama.
Alejandrina estaba roja de la furia de cómo habían cambiado las cosas, como era posible que su plan hubiese fracasado.
Aún sin haber terminado de escuchar lo que le diría la anciana sabia que ya todo estaba perdido, ella era su carta fuerte para poder llegar a William y sin su apoyo ahora sería imposible, se maldijo a si misma por lo estúpida que había sido al no cerciorarse que William realmente estaba en su oficina.
-Por cierto, créame que su plan no habría funcionado, mi sobrino es demasiado caballero para una "mujerzuela" como usted, y por favor no se tome la molestia de regresar, me tome el tiempo de empacar sus cosas, así que tome el coche que la está esperando abajo, la llevara a un hotel en donde su padre vendrá por usted.
La anciana salió del despacho dejando a una Alejandrina perpleja y llena de furia, no podía créelo, simplemente esto había sido demasiado.
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-Espero que después de esto que te he dicho abras los ojos a tu realidad Candy, y jamás permitas que algo así suceda nuevamente ante ti, por muy damas que debamos ser, para todo hay un momento y cuando se trata de nuestros seres amados, debemos permitirnos salirnos del patrón que nos marca la sociedad.
Terminaron de hablar y Candy se despidió con un efusivo abrazo, al parecer la tomo por sorpresa por la respuesta que le dio ante esa acción, ella le regalo un intento de sonrisa y Candy salió a toda prisa, eran demasiadas emociones para un solo día, era una infinita euforia por lo que le esperaba, Albert, después de esa noche de fiesta solo quedarían unas cuantas semanas para desposarse con él, compartir su vida con él, pero en realidad no sabía qué tanto cambiara su relación al estar casados, deseo que su amistad perdurara por sobre todas las cosas, se ruborizo solo de pensar que dormiría en la misma cama con él, y su mente volaba a pensamientos que la hacían estremecer.
La noche cayó en la mansión de los Andrew y cada día era una hora menos para los próximos eventos, Candy no deseaba esperar a Dorothy para que le ayudase a cambiar, era una mujer autosuficiente y de verdad le incomodaba tener a alguien hasta para esa actividad.
Candy tomo su ropa de dormir se cambió y se metió a la cama, por más que deseaba no podía sacar esos pensamientos íntimos de su cabeza y por un momento lo único que la distrajo fue idear un plan para hacerla de Cupido, ya verían esos cuatro que no podrían resistirse más, sobre todo Sebastian e Isabella, por Anchie y Elizabeth se les veía bastante interesados el uno por el otro así que no necesitaban mucha ayuda, al finalizar tomo su libro pero este en lugar de ayudar la hizo pensar más, hasta que por fin el cansancio del día la venció y cayó en un profundo sueño.
Ya de regreso y en el tren después de un viaje sin respuestas.
-William, ¿sucede algo?, pregunto George al ver la angustia en la cara de Albert.
-Ya no puedo, a veces tengo la impresión que no se quiere encontrar conmigo, ¿Por qué?, acaso pretende una nueva oportunidad, pero a decir verdad tal vez yo haría lo mismo si la perdiera.
-Creo que te precipitas en tus deducciones.
-No, yo no podría amarla y después dejarla -eso sería la más grande estupidez que intentaría hacer. -suspiro y trato de calmar ese descontrolado pensamiento cambiando de tema.
- Es mejor calmarse son demasiados acontecimientos en tan poco tiempo, debes de disfrutar la noche en la que se hará oficial tu compromiso con la señorita Candy.
Albert se quedo un momento en silencio, definitivamente eso era algo que le ayudaba a calmar, saber que solo quedaban unas horas para anunciar su compromiso y solo unas semanas para tenerla junto a él, sin horarios, sin reservas, sin protocolo, solo ellos dos.
-Mejor dime, ¿cómo les fue en el viaje?, ¿ya están instalados?-pregunto Albert, un tanto impaciente.
-Sí, todo está bien, de acuerdo a tus instrucciones se les asigno un automóvil, desean reunirse contigo para platicar de los pormenores que tienen.
-Por favor dime la hora más próxima que tengo e infórmale que vamos para allá –de esa forma el intento concentrarse en sus múltiples pendientes, en la reunión que tenía por delante y en su hermosa prometida que se colaba en cada uno de sus pensamientos y también porque no decirlo de sus deseo, eso era algo inevitable que le pasaba más a menudo.
Mientras tanto en la mansión una Candy aún se siente cansada, no pudo conciliar el sueño y solo logro dormir un poco casi entrada el alba, el insistente canto de los pájaros y los rayos del sol persisten en despertarla, que daría por unas horas más de sueño, de pronto los recuerdos llegan.
-¡Por Dios!, hoy es el día, porque Dorothy no me despertó antes.
Salió rápido de la cama, fue al baño, el agua caliente le ayudo a relajarse, se vistió y bajo a desayunar algo, casi se atraganto por la rapidez en la que comió, sintió el deseo de libertad, mucha libertad para poder calmar las emociones que salían a borbotones de su corazón, al cruzar el umbral de la puerta el verde de sus ojos se reflejó en los azules ojos que más amaba.
-¡Albert!
-¿Cómo estas princesa?, sin esperar respuesta de ella la tomo en sus brazos y reclamo sus labios como si en ello se le fuera la vida, solo la dejo libre hasta que sus cuerpos les exigían más oxígeno.
-Bien gracias y tú.
-Extrañándote y esperando que este tiempo que falta se vaya como un suspiro para poder decir que por fin eres la Sra. Andrew.
El rubor subió por sus mejillas sintiendo que invadía su cuerpo, no comprendía porque le sucedía eso, jamás se había sentido así, ni siquiera cuando Albert la beso por primera vez.
La tomo de la mano y se fueron caminando por el amplio jardín de la mansión.
-No creí poder verte a esta hora.
-Y yo no creo poder soportar tanto tiempo alejado de ti, sin poder verte. -¿Cómo te sientes?
-Nerviosa y emocionada
-¿Te gustan esas emociones?
-Si
-¿Y tú?
-Emocionado y nervioso, me gustan estas nuevas emociones y me alegro saber que tú eres la causante de ellas.
Llegaron hasta un gran árbol cerca del lago y así se detuvieron, ella se recargo en el tronco y él se acercó a ella tomándola de la barbilla.
-No tienes por qué sonrojarte Candy, sé que estas son nuevas vivencias para ambos no todos los días uno compromete su vida para compartirla con otra persona, pero yo estoy aquí para ayudarte a calmar y para que tú me ayudes a tener calma de igual forma.
Él le sonrió y ella intento articular palabra.
-Shhhh, puso su dedo índice sobre los labios de ella.
-Solo disfruta por favor.
De esa forma el volvió a tomar sus labios de una forma suave y paciente, calma era lo que ella necesitaba, el beso avanzo y se hizo más intenso hasta llegar a lo apasionado, no solo eran sus bocas en contacto, eras sus lenguas saboreándose el uno al otro.
La mente de Candy estaba nublada por las sensaciones, la coherencia había huido desde el momento en que vio a Albert, cuando definitivamente pensaba que eso no sucedería, Dios, ¿Qué es esto que siento?, ¿Por qué esta necesidad de sentirlo, de tenerlo junto a mí?, las palabras de Albert se interpusieron a sus dudas y se dejó llevar por ese contacto.
El beso siguió siendo apasionado y él aprisionaba su cuerpo contra el árbol, tomando sus manos y entrelazando sus dedos, era abrumador ese contacto, jamás lo habían tenido de esa forma, ella soltó su mano pues no solo quería sentirlo, deseaba tocarlo, acaricio sus rubios cabellos los cuales eran suaves como la seda, él en un movimiento suave bajo su mano y la coloco en su pierna y fue subiendo poco a poco hasta llegar a la cintura de ella y de ahí seguir su recorrido hasta detener su mano sobre uno de sus pechos, cuando sus labios ya estaban jugando en suaves besos sobre el cuello de ella, en ese momento un pequeño gemido se escapó de sus labios.
La puerta sonó y el toque que daban sobre ella despertó a Candy de su excitante sueño, aunque la palabra seria emocionante, el color carmín subió por todo su rostro y una frustración se apodero de ella, pero ¿Qué había sucedido?, ¿Qué significaba todo lo vivido?, sin duda Isabella y su libro la habían llevado a ese sueño, solo recordar la emoción de Isabella al momento que le platico lo sucedido le hacían calmar, no imagino que Sebastian podría ser tan arrebatado con una dama, y las palabras que alguna vez le dijo él se hicieron presentes en su memoria, entonces significaba que se estaba enamorando de Isabella, que emocionante por fin demostraba interés en alguien, necesitaba confírmalo, tenía que hablar con él, pero bueno eso sería después de esta noche.
Dorothy la ayudo a vestirse lo más rápido posible para poder bajar al comedor a desayunar algo ligero, cuando de repente giro su mirada hacia una pequeña mesa que se encontraba junto al enorme ventanal de su habitación y ahí estaban esas hermosas rosas blancas saludándola, se acerco a ellas y vio que contenían una pequeña tarjeta.
Su corazón dio un vuelco y lo primero que imagino es que eran de Albert, tomo la tarjeta y la leyó detenidamente para embeberse las palabras que contenían.
"Este día iniciara un nuevo capítulo en el libro de tu vida, daría lo que fuera por ser el protagonista"
Que significaban esas palabras, no era Albert, la tarjeta no venia firmada y eso le hizo sentir una punzada en el corazón, ¿De quién eran esas flores?, no entendía y no quería enfrascarse en adivinar quien se había atrevido a mandarle algo sin siquiera revelar su identidad, este era el día de Albert y suyo así que no permitiría que nadie lo estropeara.
Salió enojada de la habitación después de haber leído la tarjeta y visto las rosas, aún con la confusión de sus pensamientos; bajo rápido a desayunar, debía darse prisa ya que le esperaba un ejército para disfrazarla en la dama que tenía que ser esta noche, aún le costaba enfrentarme a esta nueva forma de vida, sin embargo sabía que debía hacerlo, lo único que la reconfortaba es que Albert estaría a su lado para aligerar ese peso, solo ese excitante y delicado aroma llamado Albert la saco de sus pensamientos, después del sueño que tuvo junto a él, sus ojos no dejaban de mirarlo de forma distinta, por supuesto que estaba consciente que era un hombre sumamente guapo, atractivo, deslumbrante, pero ahora también lo veía sexy y pensar que compartiría más que una vida a su lado, por un momento el aire faltaba en sus pulmones de solo tener esos pensamientos.
Sentía una creciente emoción y dedujo que él se encontraba cerca, era como una forma en que su cuerpo empezaba a reconocer su presencia cuando lo tenía cerca de ella.
Sorpresivamente sintió unos brazos exquisitos que la rodeaban, los reconocería en cualquier parte y eso la hizo estremecer, algo que no paso desapercibido por el joven rubio.
-Princesa, ¿preparada para nuestra gran noche?
Esa simple pregunta le sonrojo, -Por supuesto. Le respondió lo más natural y segura que podía.
Él le tendió su mano y ella la acepto, así se dirigieron al gran salón donde seria la recepción, el salón estaba esplendido, decorado con arreglos florales, lámparas, una pequeña fuente, todo para lo que sería una gran recepción, llegaron al centro y la tomo de la cintura acercándola a él hasta donde la única distancia que los separaba eran sus prendas.
-Sabes, me encantaría que me regalaras este primer baile como mi futura esposa, lejos de las miradas de los demás, solo en la intimidad de nosotros mismos.
-Albert -Sus ojos se iluminaron cual niño que le dan su dulce favorito.
Ella coloco su mano sobre el hombro del rubio y él aprisiono más su cuerpo al suyo, se sentía flotar en las nubes mientras sus ojos cautivaron a los suyos, estudio cada una de sus facciones, sus finos rasgos, su pelo rubio alborotado, esos ojazos azules donde se perdía intentando descifrar sus pensamientos, pero ese minucioso escrutinio termino cuando el entreabrió los labios para decirle –Te amo.
Esas dos sencillas pero significativas palabras calentaron su alma y sintió su corazón henchir de todo el amor guardado para él, solo para él, los ojos como el cielo atraparon las esmeraldas, las sedujeron y las inmovilizaron, Candy se sentía tan viva viéndose en las profundidades de esos ojos azules donde el cielo y el mar se fundieron.
La mirada de Albert paso de sus ojos a los labios de ella, definitivamente tenia tantas ganas de probarlos, de volver a besarlos, de agregar un beso más a los ya anteriores dados.
Él fue inclinándose lentamente hasta acercar sus labios a los de ella, los acaricio y eso fue como el susurro de un beso, se separó de ella y le pregunto.
-¿Alguna vez te han besado?
Al principio ella no supo que responder, le tomó por sorpresa esa pregunta, más sin embargo se dio el valor de responder.
-Solo los labios de un príncipe me han besado y acariciado.
Albert le regalo una maravillosa y cegadora sonrisa, una que le lleno el alma y le desbordo el corazón, una que ilumino su mundo en ese momento y entonces no sabía que era posible sentir tanto y pensar que no había limites en ese sentimiento.
Su afirmación de amor la embriagaron y él sello esa afirmación con un beso dulce, sus suaves y tibios labios sobre los suyos, mientras se balanceaban sus cuerpos al compas de alguna melodía no existente, los brazos de Albert se hacían más firmes al sentir que la sostenía como su posesión más preciada y así es como ambos se sentían el uno por el otro, que el tenerse era lo más preciado en su vida, mientras seguían esa silenciosa música el acariciaba suavemente su espada, en movimientos rítmicos, haciendo crecer no solo ese sentimiento, también esa necesidad de hombre por no solo poseerla en alma sino también en cuerpo.
El beso empezó a demandar un poco más y ella simplemente deseaba satisfacer esa demanda que también era suya, su lengua hizo contacto con la de ella y no dudo en responder, ambas se enredaron poco a poco en un afán de conocerse y de pronto los besos tiernos que habían tenido se quedaron atrás y simplemente sentía que esa nueva forma de besar estaba llena de nuevas promesas, la promesa que un hombre le puede hacer a una mujer, de no lastimarla en ningún aspecto, de siempre amarla, cuidarla y respetarla.
El fue pausando lentamente la intensidad de esa nueva forma de besar, controlo su respiración junto a su cabello susurro a su oído "Te amo con cada parte de mi alma y de mi cuerpo", se inclino y fue bajando lentamente haciendo un camino de pequeños besos desde su cabello hasta su cuello y terminar nuevamente en sus labios, y de repente sentía que algo despertaba dentro de ella; agradeció que alguien llegara a interrumpir el descubrimiento de esas nuevas sensaciones.
El carraspeo de la persona que entro al salón –William, no deberías estar aquí, reprendió la tía abuela, Candy al ver a la tía le pareció ver algo de furia en sus ojos.
Albert se separo de ella, le regalo una intensa mirada y se acerco nuevamente a su oído, "el tiempo que nos separa de hoy hasta que seas mi esposa me parece una eternidad"
Le sonrío y beso su mano, al final lo vio alejarse poco a poco hasta llegar con la tía abuela, abrazarla y darle las gracias.
-Candy, la tía interrumpió sus pensamientos.
-Recuerda que aún eres la prometida de William, escenas de esta naturaleza no se dan en público.
-Lo siento tía, fue lo único que alcanzo decir, en ese momento lo que menos le importaba era la crítica de la tía, ese nuevo Albert que se había presentado ante ella le intrigaba, acaso seria así cuando ya fuéramos marido y mujer.
-Candice, ¿me estas escuchando?
-Sí, tía.
-Te pedí que subas a tu habitación para que empiecen a arreglarte.
-Claro, enseguida voy.
Salió cual alma perseguida directo a su habitación, al entrar en ella se dio cuenta que realmente se había quedado corta en pensar que un ejercito la ayudarían en su arreglo, eran más que un ejército, cabello, manos, vestido, maquillaje, se sentía abrumada y el tiempo parecía ir tan lento al estar en ese proceso, lo único que le hacia consiente que el tiempo avanzaba era ver la luz del día y el próximo ocaso a través de la ventana, su estómago era un nudo y sentía revolotear un sinfín de mariposas en el.
Por fin ese ejército termino su trabajo y ella estaba lista para enfrentarse al escrutinio de los invitados, se preguntaba si ella sería suficiente para alguien como Albert, él era tan fino, culto e inteligente, pero también humano, muy humano y sensible con sus semejantes, sin dejar de recordar lo guapo y sexy que era, esa última palabra aún le sonrojaba tenerla en la mente.
Agradecía el tener que esperar a que Albert fuera a buscarla a su habitación para poder llegar al gran salón de la recepción.
Se contemplaba en el espejo y veía la transformación que estaba frente a ella, quería que Albert se sintiese orgullo de llevarla de su brazo y aunque ella sabía muy bien que él exterior era intranscendente, pasajero eso no impedía que deseara ser una mujer hermosa para su deslumbrante príncipe, cerrando los ojos podía recordar cada detalle del momento en que él se presento ante ella con una actitud totalmente diferente a la que conocía, le gustaba mucho esa forma en la que él se mostró, aun sentía su fresco aliento en su cara y sus suaves y tibios labios sobre los suyos, sus intensos ojos que tomaban los de ella y la desarmaban por completo, esos ojos que eran un espejo para su alma; la puerta sonó y sin esperar a decir algo se abrió.
-¡Candy!. –William quedara más que impresionado con su futura esposa, afirmo Isabella
-¡Que hermosa te ves!, Candy se sonrojo un poco y le dio una sonrisa tímida, -¿Por qué esa cara?, pregunto Isabella.
Candy se sentía descubierta, casi en un pensamiento impropio y también el hecho de que necesitaba desesperadamente decir a alguien todos los pensamientos que rondaban por su cabeza, a veces se sentía tan sola sin poder platicar sus dudas más intimas de mujer con otra mujer, requería urgentemente de una mujer a quien platicarle y sin duda sentía que esa chica de sonrisa amable y algo destrampada era la indicada, algo que no sabía cómo explicar, aquella chica de ojos grises le despertaba un sentimiento de cercanía, casi de hermandad.
-Sabes, me gustaría poder platicar con alguien, le dijo casi en un susurro.
-Eso me parece muy bien, si tengo tu confianza creo que puedo escucharte.
Asintió con la cabeza e inicio su relato sobre lo que había sucedido con Albert, tanto en sueños como en el salón ese día.
-Vaya, jamás imagine un Albert tan expresivo, en todo el tiempo que tenemos de conocernos siempre ha sido un caballero en toda la extensión de la palabra, ni una novia, ni un rumor, nada, sí que eres la envidia de muchas.
El te ama, Candy, creo que es una forma de querer mostrarte no solo al amigo, ahora también al hombre, probablemente quiere ganar tu confianza en ese terreno; sobre tus sueños, no considero que sean impropios o fuera de lo normal, nos toco vivir en una época donde los tabús están a la orden del día, pero considérate afortunada de tener a William, el no es un hombre de esta época, va más allá de esta sociedad y sus exageradas reglas, somos seres humanos igual que los hombres con necesidades y deseos y creo que el te comprenderá siempre.
Sus palabras la calmaron de una forma indescriptible, confirmo que era la hermana que me hubiera gustado tener, le dio un cálido abrazo que me relajo.
Cerro los ojos por un momento y al abrirlos ahí estaba él, tan atractivo y elegante con ese Frac, tan esplendido y regalándole una sonrisa, una mirada desarmadora. - se quedó callado por un momento tan largo que se le hizo casi eterno, ella pensó probablemente no gustaba de lo que ahora veía.
-¿Preparada para nuestra noche?
-Por supuesto, respondió tratando de mostrar toda la seguridad de la que podía hacer acopio.
Tomo su mano y entrelazo sus delgados y largos dedos entre los de ella, ese simple toque le causaba mariposas en el estomago, la delicadeza y la suavidad de ellos eran maravillosos, en el umbral de la escalera que bajaba al salón todo se veía majestuoso, una recepción digna de reyes, luces, música, decoración, esa simple imagen le hizo sentir un escalofrío por su cuerpo, de pronto llego a su mente el recuerdo de las flores que había recibido en la mañana, en ese momento se había decidido a preguntarle a Albert si él era el autor de ese envío, sin embargo al intentar mover sus labios para decir lo que necesitaba el le sonrío y ella olvido por completo lo que tenía que preguntar, en el umbral de la escalera todas las miradas se fijaron en Albert y en ella, un ensordecedor aplauso se escucho en todo el salón y juntos bajaron poco a poco por las escaleras, en ese momento les acercaron unas copas.
-Damas y Caballeros es para mi un gran honor hacerlos participes en esta noche de la inmensa alegría, la alegría que la señorita Candice White me ha dado al aceptar ser mi esposa.
Ella sonrió como pensó que jamás lo había hecho y los invitados levantaron sus copas y brindaron al unísono por los futuros esposos, un nuevo aplauso inundo el salón y la música comenzó a tocar, él tomo su mano y se dirigimos al centro del salón para su primer baile oficial, acerco su cuerpo al mío y me empezó a llevar al compás de la música, sus ojos fijos en los de él, sus labios deseando los suyos, su alma cantando de alegría por ese hermoso momento.
En la siguiente pieza, diferentes parejas se fueron uniendo al baile mientras Albert la llevaba entre sus brazos y le susurraba palabras dulces y de amor que le hacían estremecer y en algún momento cruzo por su cabeza que ese realmente no era el lugar donde quería estar.
-Me gusta sentir tu cuerpo en mis brazos, pequeña.
Se ruborizo por completo ante su afirmación.
La mirada de Albert lo percibió pues le miro de una forma más intensa aún que sentido la cara arder del rubor.
-Quiero que nos conozcamos de otra forma, vamos a compartir mucho más que una vida y deseo que siempre tengas la confianza y seguridad que puedes expresarte conmigo con toda libertad, no importa lo que sea, confía en mi cariño.
-¿Cariño?
-¿Te molesta que te llame así?
Se oía tan bien de sus labios esa palabra, a Candy le gustaba, le gustaba mucho como sonaba.
-Claro que no, a decir verdad me gusta mucho como se escucha esa palabra de tus labios.
Me dio un beso ligero en los labios mientras el me seguía llevando hasta que la voz del maestro de ceremonias rompió el pequeño beso
-Damas y caballeros, un gran aplauso a los futuros esposos.
El lugar se lleno de aplausos mientras todos se quedaron estáticos en la pista.
-Damas y caballero, cambio de pareja.
Sin darse cuenta Candy se encontraba en los brazos de Sebastian e Isabella con Albert.
-¿Contenta?, pregunto Sebastian
-Esa palabra se queda corta, dichosa, eufórica, muy feliz.
Sebastian le dio un beso en la mejilla y Candy lo abrazo tan fuerte que pensó que podía lastimarlo.
-Sí, ya veo que estas más que feliz, eufórica y contenta, dijo risueño Sebastian
-Isabella me dijo lo que sucedió entre ustedes. –le dijo Candy
De pronto Candy pensó que era la primera vez que veía a un hombre sonrojarse como él lo estaba haciendo en este momento.
Se acercó a su oído y le susurro.
-¿Puedo confesarte algo?
-Por supuesto, es más me sentiría muy ofendida que no lo hagas siendo tu mejor amiga.
-Isabella me gusta mucho, demasiado, me gusta su frescura, su jovialidad y el amor por su familia, por vivir cada momento tan intensamente, sabes a veces me recuerda a ti.
-Vamos Sebastian, ella y yo estamos muy alejadas de parecernos, es una señorita de buen a cuna, de sociedad, culta, educada, una verdadera dama.
-Te prohíbo que hables de esa forma, tú eres una dama de sociedad en toda regla, una dama no solo es su educación, es su bondad, su alegría, sus ganas de siempre ayudar a sus semejantes.
-Eso lo dices porque me quieres, pero está bien no discutiremos eso esta noche.
-Pregúntale a Sir William si estoy equivocado, pero está bien, te dejare en paz por el momento, quiero que sigas feliz, eufórica y contenta.
El beso su mejilla y de pronto se sentía en la necesidad de preguntarle cosas de "hombres", ¿cómo le preguntaba?, no sabía cómo llevar la conversación a ese puerto, estaba consciente que no era el momento pero no tendría otra oportunidad para esto.
-Sebastian.
-Sí.
-Quiero preguntarte algo
-Dime
-Algo de hombres.
-Vaya, algo de hombres ¿no imagino que puede ser?
-Sabes, -Candy se ruborizo y mordió su labio mientras buscaba cuidadosamente las palabras a utilizar.
-¿Qué pasa?
-¿Cómo es la intimidad entre una pareja?
Sebastian clavo sus ojos verdes en Candy estudiando cada palabra que había utilizado para lanzarle la pregunta.
-Bueno, sí que es algo de hombres, pero también de mujeres.
Sebastian le sonríe y vuelve a besar en la mejilla a Candy mientras se aclara la garganta.
-Cada pareja es distinta y aunque básicamente la intimidad puede ser similar hay siempre algo que la hace muy distinta de una pareja a otra, ante todo debe haber confianza de que quien amas cuidara de tu cuerpo, buscara tanto su placer como el tuyo pero sobre todo si tú sientes placer él lo sentirá, las mujeres son distintas porque involucran más sentimientos que cuerpo a diferencia de los hombres, lo que si te puedo aconsejar es que jamás guardes silencio si algo no te agrada, eso nunca, pero también cada acto que te agrade hazlo de su conocimiento y déjate llevar, aleja cualquier pensamiento y temor, vive el momento.
Candy estaba intentando asimilar cada palabra que le decía Sebastian, sabía que con Albert podía tener todo eso, el siempre ha cuidado de ella en todos los sentidos.
-Damas y caballeros, cambio de parejas.
De pronto Candy ya no me encontraba en los brazos de Sebastian y cuando levanto la mirada se encontró con esos ojos marrones que le lanzaban desprecio y dolor.
-Neal, ¿Qué haces aquí?, pregunto Candy con voz de incredulidad.
-Vine a desearle felicidad a los futuros esposos, imagino que estas contenta de por fin haberlo atrapado porque estoy casi seguro que siempre supiste que él era el tío abuelo. –Le escupió a Candy prácticamente todas esas palabras y tal vez así dejar de sentir esa rabia contenida de saber que ella sería la mujer de otro hombre y que lastimosamente no era él.
-Tú no tienes la calidad de juzgar mis actos después de lo que estuviste a punto de hacer para obligarme a casarme contigo. –Candy le respondió con furia contenida en su voz, los recuerdos llegaron a su mente, la forma en que la engaño pensando ella que era Terry y después queriendo forzarla a casarse con él.
Los ojos de Neal la miraron con tanta ira y más dolor aún que por un momento temió que hiciera un escándalo y hacerle pasar un mal momento a Albert.
-Yo quería hacer de ti una verdadera dama, ver esa alegría en tus ojos por mi más no por ese hombre, ¿es su dinero lo que buscas? –Rebatió Neal con desdén cayendo de sus labios.
-Cállate, ni se te ocurra pensar algo semejante. –Candy se controlaba para no abofetearlo en ese momento.
-Se que no tengo ni lo más cercano a su fortuna pero puedo darte lo que desees, poner el mundo a tus pies.
-No deseo tener el mundo ni a nadie a mis pies, entiende, se trata de amor, afecto, de respeto; algo que jamás tuve con tu familia y lo que siempre recibí fue humillación y burla.
-Éramos unos niños y eso ya paso, todo seria distinto.
-No dudo que tú puedas ser una mejor persona, pero lo hecho, hecho esta y es mejor no hablar del pasado.
Neal la aprieta más contra su cuerpo que lo único que provoco es que Candy se sonrojase de vergüenza y coraje, como se atrevía a tomarla de esa forma, si no estuvieran en público lo pondría en su lugar como lo estaba buscando, con un buen par de bofetadas.
Al ver que Candy no decía nada por la forma de su agarre, Neal con voz melosa y profunda le replica. -Así que parece que no te desagrada que te tome de esta forma, si me permitieras yo podría demostrarte que tan afectuoso puedo ser.
De pronto ella siente la ausencia de esos indeseables brazos, sube el rostro y se encuentra con Albert que la hala a sus brazos en un movimiento rápido que le hace regresar la calma.
-¿Te encuentras bien? – pregunta Albert con el rostro serio y una mirada que no sabe cómo interpretar, molesta, gélida, gélida seria la palabra adecuada.
-Sí, gracias.
-Es mejor que tomes asiento, le dice el rubio mientras le toma de la mano entrelazando sus dedos con los de ella y la lleva fuera de la sala de baile y en el camino se detienen junto a Neal.
-Es la última vez que te acercas a ella, de lo contrario conocerás lo que este hombre puede ser capaz de hacer y ahora márchate.
+++++++++Continuara+++++++++
Muchas gracias por acompañarme, como verán ahora si me explaye más de la cuenta en este capitulo pero debo de confesar que llevaba más de tres años guardado celosamente en el ordenador por lo que me es posible ponerlo ya.
Aunque no responda sus comentarios, sinceramente los leo todos y los aprecio infinitamente.
