Camino a Casa
O
O
Hoy es uno de esos días perdidos.
Amanezco dentro de la cama en nuestra pieza 1, pero ni siquiera tengo memorias reconocibles de cómo llegué ahí o en qué minuto crucé la puerta. Sé que tengo los ojos hinchados de tanto llorar porque apenas y puedo abrirlos bien y la cabeza me punza irremediablemente. Todas las cositas de la pieza dan vueltas a mi alrededor.
Hay tanto silencio en la pieza 1, que por momentos creo que la Antonia no está acostada al lado mío. Darme la vuelta solo para cerciorarme de que ella está durmiendo ahí me parece la cosa más dura y difícil de la tierra; incluso cuando quisiera, siento que no soy capaz de hacer nada. Un día perdido significa que nada será como siempre ni en nuestra pieza 1 ni en la pieza 2. Me convierto en un bulto inmóvil debajo de las sábanas que apenas se levanta para ir al baño. No hablo con nadie, no dejo la cama, no salgo de la pieza y solo tengo ganas de dormir, encerrándome en mí con los recuerdos que no hacen más que apabullar mi corazón, que ya es un nudo estropeado en el piso roto de vinílico.
No había tenido un día perdido desde hace años. Cuando llegué acá, todos los días eran días perdidos. Me quedaba noches y mañanas sin hacer nada en el cuartito que compartía con el Daniel y con el Miguel, demasiado entumido como para intentar moverme o sacar fuerzas de algún lado. Entonces era chico y no me importaban las consecuencias. Un día perdido significaba estar encerrado con el Luciano, con el Martín y con el Gringo en la pieza de atrás durante horas; para mí eso no tenía ni un peso. Sentía que no había nada porqué vivir. En secreto, esperaba que un día al Luciano y al Gringo se les pasara la mano y que Martín no estuviera ahí para limpiarme la sangre, pero eso nunca sucedió. Mi último día perdido fue cuando la Antonia tenía un mes. De repente abrí los ojos en la mañana y la vi a ella, tan chica, moviendo las manitos y retorciéndose mientras lloraba de una manera que me partía el alma. No pude no más. Ni siquiera le di el pecho. Me tapé entero hasta que Martín llegó.
La Antonia nunca me ha visto verdaderamente en un día perdido así que no sé cómo voy a explicárselo cuando sea capaz de hablar. En un día perdido estoy despierto, pero no de la forma correcta, estoy aquí, pero no realmente. Solía quedarme en la cama todo el día. A mí se me ocurre pensar no más que ahora que el Martín no va a estar, los días perdidos serán un lujo extraño.
La mano de la Antonia encima de mi pelo me lanza un primer llamado silencioso. Ella es lo suficientemente delicada como para darse cuenta de que las palabras entre nosotros a veces están de más. Cierro los ojos y, sin embargo, la Anto no parece tener ni una intención de desistir. Sigue con la boca cerrada, amoldándose a mi cuerpo e intentando meter sus manitas entre mis brazos y yo sé que puede sentir mis escalofríos de la misma forma que yo siento su desesperación. No me ha preguntado nada, no me ha cuestionado nada. Se queda ahí y me ofrece su apoyo incondicional, su amor dulce, puro y eterno.
En realidad, la Antonia es lo único que hay aquí. Lo único que es mío.
— ¿Estás triste?
Esas son las dos primeras palabras que rompen el mutismo. A veces quiero llorar siempre, llorar siempre y mucho.
— No —le contesto en un susurro, pero no me atrevo a mirarla a los ojos. — Solo tengo un día perdido.
— Date la vuelta —me pide. Ni siquiera se atreve a moverme, ni a preguntar qué es eso, solo deja su mano quieta sobre mi brazo. Los días perdidos que corrían cuando yo estaba por mi cuenta acá en la casa nunca me hicieron sentir culpa o remordimiento. Yo solo los vivía. Sentía rabia con todo el mundo, odiaba al Martín más que a cualquiera; eran una necesidad, un pequeño triunfo para mí, una rebeldía inservible que me atrevía a exponer sin miedos. Hoy, un día perdido me parece una punzada dolorosa. La mano de la Antonia encima me quema. Me debato lacerantemente entre cubrirme la cabeza con las frazadas o girarme y enfrentar la cara de mi hija.
Al final, yo soy débil a la Antonia. Al mismo tiempo que ella es mi fuerza, ella es toda mi debilidad.
— Estuviste llorando —la Anto susurra y yo no entiendo por qué habla tan despacio, si nadie más puede escucharnos. Hoy no quiero mentirle.
— Sí.
—Dijiste que no estabas triste.
— Tenía ganas de llorar.
— La gente llora cuando tiene pena —le sonrío a la Antonia como puedo. Quisiera sacar mi mano y quitarle de la mejilla el mechón de pelo que se le cuela encima, pero ni siquiera tengo fuerzas para eso. Soy un trapo lacio y acabado.
— No siempre —contesto lentamente— También lloran por felicidad. Cuando tú naciste, yo lloré.
— ¿Por qué? —pregunta ella, con el ceño fruncido. Todavía estamos los dos hablando despacito, para que nadie nos oiga en nuestra pieza 1 cerrada por completo.
— Porque estaba muy feliz.
La Anto no dice nada y yo tampoco. Quiero mirarla a los ojos, pero sus ojos no están interesados en verme, así que observo a la mesita que se empina justo al lado. Puedo verlo todo incluso dentro de la oscuridad que nos cae encima. La lámpara arriba de la mesita es celeste y es muy vieja, como todo lo que hay en nuestro dormitorio. Igual que el closet, que el librero, que la mesa grande, que la tele y la cama… Uno a veces no es consciente de cómo pasa el tiempo. Mi cara es un papel en blanco. Me pregunto de repente si todavía me buscan, si todavía la gente dice algo de mí. ¿La Tita seguirá rezando por mí? ¿Seguirá creyendo en mí?
— Ma.
¿Qué pensará la Tita cuando sepa de la Antonia?
— Ma.
— ¿Mmm?
— ¿En qué pensás?
— En ti. Pienso siempre en ti.
— Tengo un poquito de hambre —yo siento que es una confesión, como si de alguna manera la Antonia se sintiera mal por decirlo. Quiero tanto que su voz me dé fuerzas o ganas de pararme y seguir nuestro día como todos los días, pero nada ocurre.
— Perdón —es lo único que tengo para decirle. — No tengo ganas de levantarme.
La Antonia me mira a la cara y se queda callada.
— Voy a hacerme los cereales y la leche yo.
— No —la Anto tiene el poder de hacerme tener los ojos abiertos siempre, en cada momento. Es mi brújula, mi guarida y mi único pilar. Yo no puedo hacer a mi hija vivir la soledad porque ella todavía tiene cinco años y no está sola. Yo estoy con ella, yo voy a estar para siempre con ella. Ser capaz de admitir y comprender eso me hace pensar que no soy un completo desastre aún. — ¿Te acordai que… habíamos dicho que ya no ibai a tomar papa nunca más?
— Sí —la voz de la Antonia parece expectante.
— Sí —yo repito— ¿Qué te parece si te dejo tomar papa… toda la papa que querai —la cabeza me da vueltas— solo por hoy día?
Su mirada está clavada en mi pecho.
— ¿Mmm? —insisto— Solo por hoy. No tengo ganas de levantarme ni de cocinar, pero puedes tomar papa.
— ¿Qué vas a tomar vos? —me pregunta de repente y yo sonrió instantáneamente.
— Nada —le contesto— No quiero nada.
Por segundos la Anto no se atreve a hacer ni una cosa y yo empiezo a pensar que mi pecho ya no significa para ella lo que significaba hace días. No ha pedido desde el momento en que dijimos que se había acabado. Ha permanecido con obediencia alejada de mí. Asalta mi mente la idea de que capaz que ya no haya leche. Entonces todo sería una muy mala opción. La Anto no lee mi mente esta vez y, cuidadosa, levanta mi polera de dormir y se acurruca cerca, me pide permiso con la mirada. Yo cierro los ojos, la invito por completo.
— Puede que no haya tanta —prefiero advertir— Que no haya tanta como antes.
La Antonia presiona sus labios encima de mi pezón y sus dientes me mandan escalofríos. Siento que no hay nada. Que su succión es una acción sin valor, inútil. Estoy seco, incapaz de alimentar a mi guagua, la Antonia succiona y succiona por tiempo que yo no puedo contar. De repente bajo mi mirada y veo la boca de la Anto pegada a mí; su bozo y sus comisuras están manchadas de blanco. Su succión es más suave, más delicada, menos rasposa y menos demandante. Fluye sola. Yo puedo sentirlo. Vuelvo a cerrar los ojos, me acomodo en la almohada, todo en mí grita volver a los sueños. Un día perdido ahora no es solo mío. La Antonia es mía. Y eso significa que las cosas que haga yo, serán las cosas que haga ella. Los días perdidos de ahora en adelante serán nuestros días perdidos.
El día se pasa como niebla. El sueño llega a mí en forma de olas. A veces estoy despierto, pero con los ojos cerrados. Otras veces mi mirada está tan ciega que apenas puedo ver lo que hay a mi alrededor. Vuelvo a caer y duermo por horas o minutos o capaz que por segundos no más, nada en la pieza 1 es seguro ahora. En momentos voy al baño. Algunas veces, cuando me despierto, noto que la Antonia está pegada aún a mi pecho, pero no la oigo succionar. En otras ocasiones, ella está durmiendo con la cabeza metida en la almohada, pero mi polera sigue levantada hasta mis hombros. Yo no la bajo. Volverá a tomar y no le quiero fallar.
Como la pieza 1 está toda oscura, no puedo ver qué hora marca el reloj. Tampoco puedo oír demasiado, a excepción de la respiración de la Antonia, aspirando todo de mí. Yo entiendo cómo la reconforta acostarse a mi lado, dormir con su nariz acurrucada en mi cuello, agarrar con su manito la parte de arriba de mi pijama azul. Durante casi seis años, solo hemos sido ella y yo. Martín estuvo, Martín siempre estaba, pero era como un fantasma, invisible muchas veces, apareciéndose en la pieza de noche o muy temprano, nunca quedándose, casi como si ni ella ni yo tuviéramos el derecho de notarlo. Eso siempre me hace creer que la pieza 1 (así, oscura, silenciosa) es mi cuerpo y que la Antonia sigue dentro de mí, bien aferrada a mi útero. Me gusta pensarlo porque eso significa que, mientras ella esté en mi guatita, nadie puede hacerle nada.
Cuando me giro y quedo de espaldas, alejando a la Anto con una suavidad desmedida, no puedo evitar seguir pensando en Martín. Puedo pensar en Martín cuando la Antonia está durmiendo, así ella no es capaz de darse cuenta. Martín a veces es una paradoja, una contradicción. Me abraza y pega sus labios en mi oreja y me susurra hasta que me quedo dormido. Cuando no tiene ganas, me da la espalda y lo escucho roncar. Es dos en uno, negro y blanco, un gris extraño. No logro comprenderlo nunca. A Martín no le gusta que yo ande con preguntas, así que, con el correr del tiempo, he dejado de lado la curiosidad.
Pero eso no evita que, adentro de mi cabeza, me lo cuestione todo. Vienen de repente no más, las preguntas. Algunas veces me agarro el pelo con las manos y callo las voces. Necesito el silencio para no volverme loco. Necesito que se callen todos, pero no ella. Ella puede hablar las veces que quiera. La Antonia es mi puente a la cordura. La única realidad que conozco es la que forman las tardes que gastamos bailando para no morirnos de aburrimiento.
Sin embargo, con Martín es difícil. Mis sentimientos y nuestras vivencias son un absurdo. Lo primero que vi de Martín, esa noche, fueron sus ojos: verdes y profundos incluso en la oscuridad que había ahí en el bar. Nos miramos, largo y tendido, y yo juré que ambos lo habíamos sentido. Una especie de chispa eléctrica, revoloteando entre los dos. Fue una sensación nueva e inesperada, que me hizo sonreír apenas él se inclinó en la barra. Me ofreció un trago, le dije que yo no tomaba. Por lo menos, que no tomaba cuando estaba trabajando. Insinuó una bebida. Le sonreí, como una manera de dar las gracias y no me preocupé. Yo tenía veintitrés y era más ingenuo de lo que mi edad debería suponer. Más imbécil, en realidad. Demasiado confiado. Hasta el día de hoy, no le he preguntado a Martín el porqué.
Había un montón de omegas en ese bar esa noche, omegas mucho más atractivos que yo. Omegas rubios, turistas, hasta betas encantadores. Cualquiera hubiera sido una mejor elección que yo, pero, probablemente, eso no era lo que pensaba Martín. Entre toda la multitud, puso sus ojos sobre mí. Durante mis primeros meses en la casa de masajes, yo pensaba que eso había sido una maldición y me quemaba la cabeza encontrar la razón y el motivo que habían llevado a Martín a elegirme a mí por encima de los demás. Iba a odiar cualquier detalle en mi cara o en mi ropa o en mi cuerpo o en mi forma de hablar o qué se yo, en mí, que hubiera gustado a Martín y al resto de los fiolos. Yo sentía que era mi culpa. ¿Le coqueteé a Martín demasiado? ¿Debería haberme quedado callado e ignorarlo? ¿Debería haber rechazado la bebida en cuanto noté cómo sus labios se curvaban y cómo sus ojos penetraban en mí? Si yo hubiera hecho eso, estaría ahora mismo en Chile, con mi Tita, con mi trabajo y con mis amigos. Pero estaría sin la Antonia.
Esta ardillita no abre los ojos. Busca como cuando era guagua, solo con la nariz, el olor mío y mi pecho delgado. Yo me doy la vuelta, entonces puede tomarme cuantas veces quiera. Otra vez, sus dientes me mandan frío. Le toco el pelo, deslizo mis dedos por su cabello largo y marrón. A la Anto se le ha ido oscureciendo el pelo. Cuando nació, era una bola rosada con pelusas rubias en la cabeza y ahora su cabello es casi tan marrón como el mío (no tanto igual, el mío es más oscuro). Sus ojos son como siempre. Es raro, yo sabía poco de las guaguas antes de darme cuenta de que la Antonia estaba creciendo oculta y silenciosa en un ladito de mí. Sabía lo teórico. Las horas de sueño ideales, la comida necesaria, lo provechoso de amamantar. Mientras más tiempo la Antonia me tome del pecho, mejor. No imaginé seis años, pero no había en realidad ninguna razón para detenerse.
La Antonia es una dulce combinación mía y de Martín. Yo la imaginé durante los nueve meses. La dibujé un par de veces, pero mi vaticinio no era bueno. Al principio, esperaba una guagua que, aunque blanca, tuviera el pelo oscuro y los ojos oscuros, como yo. Pensaba en un niño. De ninguna manera la Antonia fue un fracaso o una decepción. La quise con locura desde el momento que supe que ella era una realidad.
Me encanta la manera en que la Antonia es un ángel. No pregunta por Martín, no hace ni un ruido. Se queda succionando en el silencio más profundo y no me mira a los ojos. Yo la entiendo. No quiere ser inoportuna y se guarda todas las dudas solo para ella. Su cabecita debe estar a punto de estallar, sin ser capaz de digerir ni de comprender realmente el porqué. No sé cómo voy a decirle que lo que Martín tenía que contarme no tiene nada que ver con su cumpleaños, o, por lo menos, que no tiene que ver de una buena manera. Saber que su papá no estará para su cumpleaños va a ser un pisotón tremendo. Enterarse de que no veremos a Martín nunca más probablemente va a significar el fin del mundo para ella.
Yo no sé si decirle la verdad que Martín quiere hacernos creer, porque si resulta que Martín está mintiendo y planea no regresar jamás por nosotros, voy a romperle el corazón a la Antonia. Va a esperar y a esperar, como Penélope, por alguien que no va a volver más. Es difuso, porque mi vida con Martín se ha basado en una serie de promesas que yo quiero creer, que creo en realidad, aunque al final resulten ser solo palabras vacías. Como la vez que le pedí que le hiciera saber a mi Tita que yo estaba vivo. No sé si lo cumplió, pero la Tita nunca más apareció en las noticias. Estaba tan enojado entonces, tenía tanta rabia y miedo. Traté de escapar trepando la muralla, pero me caí y me quebré un dedo. No me llevaron a ningún hospital, obviamente, y entablillaron mi dedo con cualquier cosa. Nunca se recuperó. Todavía me duele y ya no lo puedo mover mucho, pero, esa noche, Martín me agarró y me hizo jurarle que nunca más volvería a tratar de irme de la casa; si lo hacía otra vez, así me acuerdo que dijo, a él ya no le iban a importar las cosas que el Gringo y el Luciano me hicieran.
Una cosa por otra, en todo caso. Así como yo tenía mis arranques de histeria, sabía que el Martín, de alguna manera misteriosa, siempre fue débil hacia mí. Por algo el elegido fui yo. Por algo se fijó en mí, por algo me invitó a un trago a mí. Yo podía aferrarme a eso, como la única forma que tenía en ese momento de sobrevivir en la casa. Lloré y le supliqué que le hiciera saber a mi Tita, de cualquier manera, que yo estaba vivo. La espera y la incertidumbre me mataban y yo sabía que a ella también. Nunca nos habíamos separado porque desde que mis papás murieron éramos mi Tita y yo contra todos; yo estaba seguro de que ese mensaje ínfimo, que podía haber sido tomado por mentira o por falsedad, le daría a ella una fuerza indescriptible y una serenidad infinita.
Al Martín no le gusta verme llorar, no puede soportarlo. Se le ponen los ojos rojos a él o evita mirarme y se muerde los labios. Siempre es lo mismo. Termina cediendo después de un rato, como si nunca se le hubiera pasado por la cabeza aceptar algo así o como si yo lo tuviera harto. Esa vez cedió, pero ayer no lo hizo. La Antonia se pasa la lengua por los labios, parece que quiere toser. No hace nada. Me quedo quieto. Mis pensamientos corren apurados. Martín dijo que lo había hecho, que le había mandado la nota a mi Tita, pero la Tita nunca más salió en la tele y yo jamás pude saber si eso era verdad o no. Tuve que confiar en que el Martín había cumplido su palabra. Una semana después, mi celo apareció y él me marcó. Martín lo sabía desde el principio, pero yo no me di cuenta. Bastaron catorce días para que un test me dijera que la Antonia estaba en camino. Entonces me sentí salvado.
— Ma —la vocecita de la Antonia se cuela de repente. Miro hacia abajo. Ella tiene los ojos cerrados. Habla como si estuviera aún en sueños.
Pensé que teníamos un acuerdo tácito para no hablar más hasta mañana.
— ¿Qué? —respondo también en un susurro. Nuestra estúpida, pero juguetona idea de hacer el menor ruido posible me enternece y me molesta de formas extrañas.
— ¿Ya es de noche?
— No sé.
La Antonia me mira a los ojos. Sus cejas gruesas, delineadas y marrones contrastan incluso en la oscuridad con sus ojos verdes. Yo lo puedo ver.
— Voy a hacer pipí. Me da miedo hacer pipí en la oscuridad.
— Está bien —bostezo despacio. Me duele la mandíbula. — Puedes prender la luz, pero cierra la puerta.
— No. No te podría ver.
— Pero yo voy a seguir aquí. Nunca me voy de aquí.
No hay ninguna otra constante más verdadera que esa, tampoco una en la que la Antonia puede confiar más. El peso de la rutina y de la costumbre, el valor de nuestras acciones repetidas es gigante en su cabeza tan chiquitita. No ha conocido otra vida más que esta. No sabe que hay algo más allá afuera para mí también. Por alguna razón, la salida al mundo exterior es un privilegio negado para mí, pero no para ella. Yo sé lo mal que se siente cada vez que Martín la lleva a pasear o a comer o a comprar. La Anto siente pena por déjame a mí aquí, solo. Así debe imaginarme las veces que ella se va. En nuestra pieza 1, oscura, fría y yo solo.
— ¿Te lavaste las manos? —es más una pregunta genérica la que sale de mi boca. Solo por hoy, en realidad no podría importarme menos si es que la Antonia se echó jabón y abrió la llave. Pero eso es lo que le pregunto cada vez que ella va al baño y quiero que crea que las cosas siguen siendo las mismas que antes, que no hay nada nuevo en nuestra dinámica.
La Antonia no me contesta, supongo que asiente con la cabeza y se va al living-comedor. Escucho, nada más, que mueve una silla y yo puedo imaginar que está encaramándose encima. La puerta entrecerrada del dormitorio no me permite ver más. Al cabo de unos segundos, la Antonia aparece otra vez en el umbral de la puerta del dormitorio. La deja un poco abierta, camina hasta la cama y se mete dentro. Se hace una bolita caliente cerca de mí, me levanta la polera hasta los hombros. Me atrevo a acariciarle el pelo, a mimarla como a una gatita regalona. A ella, que es lo único que es mío.
— ¿Querés saber qué hora es? —dice como si fuera un secreto.
— ¿Qué hora es? —repito yo.
— Las doce y cuarto.
— De la mañana.
— De la noche.
Parpadeo confundido.
— No puedo creer que el tiempo se pasó tan rápido.
— Tengamos otro día perdido mañana —la Antonia envuelve con sus labios mi pezón, pero antes de ponerse a mamar, me propone: — Tengamos solo días perdidos hasta mi cumpleaños.
Le vuelvo a pasar la mano por el pelo, cierro los ojos. Me dejo ir por completo. Es solo ella, yo y el sonido dulcísimo de su succión acaparadora. Podría vivir así por el resto de mis días.
Daniel se me acerca cuando estoy pidiéndole a la Cata que me compre una crema de leche y cobertura de chocolate. Según Martín, ninguna de esas cosas es tan cara así que solo le paso un billete de 200 pesos. Guárdame el vuelto, la amenazo. La Cata se sonríe. La Cata es mi amiga, es una tipa feliz y buena, pero es una adicta, así que no puedo confiarle nada realmente importante. El Martín le pidió que me ayudara con las cosas que necesitara comprar y a la Cata no le gusta decepcionar al Martín. A nadie le gusta aquí decepcionar al Martín, pero parece que al Martín sí le gusta decepcionar a otros.
El Daniel apesta a alfa. Desde hace algunas semanas, hay un gallo moreno que viene cada noche a acostarse con él. Él me ha contado que a veces paga por toda la noche y yo no lo creo. Daniel es un omega, es bonito, pero nada más. Es paraguayo y nunca me he enterado si también le pusieron algo en el trago para traerlo aquí, o si acaso vino por su propia voluntad. No creo igual, aunque hay gente aquí que llegó sola y Daniel nunca se ve triste ni decaído y yo me lo encuentro siempre riéndose o burlándose o haciendo algún comentario mordaz o chistoso. Pero él es eso, no más. En realidad, no es nadie importante aquí. Por lo que sé, ni siquiera terminó el colegio. Él no es el favorito de nadie. El Luciano ni lo pesca, el Gringo cree que es demasiado indio.
Pero yo pienso que al Daniel siempre le gustó el Martín. O le gustó la dinámica que existe entre el Martín y yo. Habrá querido siempre un alfa que lo cuidara, un fiolo que estuviera pendiente de él, un marido que lo preñara para así subir de estatus. Cualquier cosa, en verdad, para ser alguien adentro de la casa de masajes. Es gracioso, como él lo desea. Yo ni siquiera lo deseaba y sucedió.
— ¿Es verdad lo que dicen de Martín? —yo no puedo identificar demasiado bien su tono de voz. Está en un lugar entre la burla y la curiosidad. Me doy vuelta sin intenciones de un enfrentamiento real. Parece que nunca he sido del gusto de Daniel.
— ¿Qué cosa dicen de Martín? —opto por una nueva pregunta para contestar. El olor de Daniel me hace fruncir la nariz, hace que me pique y que tenga náuseas. — Oye, después de trabajar de verdad deberíai bañarte. Estai demasiado marcado para ser un omega que trabaja en un prostíbulo.
Daniel aprieta los dientes, entonces yo sonrío muy poquito.
— Martín se va a ir a Europa. Te va a dejar acá. A vos y a la pendeja. Le importás una mierda. ¿Te creíste de verdad que iban a vivir juntos y felices? ¿Qué eras especial? El Luciano nos dijo a todos lo que te va a pasar cuando Martín se vaya. —El Daniel puede pelear conmigo siempre que quiera. Puede echarme tanta mierda como quiera. Yo soy grande y puedo defenderme. Pero si habla de la Antonia otra vez, si se refiere a ella de nuevo de esa forma, voy a quemarlo. — Yo no voy a irme de la casa hasta verte de la misma forma que hemos estado todos nosotros.
— Martín nos va a venir a buscar —modulo despacio, ronco y profundo— ¿Vei esto? —incluso me atrevo a señalar la cicatriz en mi cuello, casi mimetizada ya con mi piel blanca pero notable aún, altanera ahí para que todos puedan ver— Esta me la hizo el Martín. Significa que los dos somos uno. Yo sé que no lo podí entender, porque para el cliente que viene a verte todas las noches tú no eri más que un hoyo para llenar.
Hay veces en las que me sorprendo de mí mismo. Pero Daniel me da rabia. Él no es una buena persona, es un buitre. Feliz de patearme en el piso cuando me he derrumbado. Amargo y venenoso, como una víbora también. Martín se ha encargado todos estos años de mantenernos a raya, de dejar al Daniel en el lugar que se merece. Me duele la cabeza solo al mirar la cara de él, siento que me voy a desmayar. Las cosas van a cambiar tanto sin Martín. Apenas pensarlo me hace sentir enfermo. Cuando despertamos hoy en la mañana, hubo instantes en los que no podía recordar nada. Esos segundos valiosísimos en los que el día solo comienza como uno nuevo, sin ni una sombra atrás; pensé que los iba a tener por siempre. Pero entonces me acordé. Los ojos de la Antonia bien abiertos encima de mi cabeza me lo recordaron todo.
Intento no pensar en Martín, pero es inevitable. Martín es mi base. De repente empiezo a creer que no es tan grave, que él no se va a demorar demasiado y que nos iremos los tres a cualquier país y la vida va a seguir como siempre. Eso quiero. Me imagino cualquier cosa con tal de no caer en el pánico o largarme a llorar en el piso de la pieza. Estoy aterrado. Martín es todo desde hace tanto. No hay otra raíz para mí, ni otro cimiento que conduzca a algo firme, sin él estoy solo, estamos solos.
Las manos me deben estar tiritando. Siento la espalda húmeda. Por eso el Daniel y la Cata me siguen mirando.
— Cata —pronunciar su nombre es hasta difícil ahora— Cata, tráeme luego las cosas, porfa. Las necesito luego. Las dos. Búscalas en otra parte si en el kiosco no hay. El Martín sabe —le miento— Así que te va a tener pendiente. Tráeme el vuelto por favor.
La plata es otra cosa de la que preocuparse. Hay tantas que creo que la cabeza me va a estallar.
El camino a nuestra pieza 1 es frío. Desde hace tiempo que no notaba los pasillos oscuros, la humedad en las paredes, el viento que se cuela incluso en invierno. El contraste con nuestra casita es tan grande. La casa de masajes es seguramente muchísimo más amplia, pero la casita es de nosotros. Allá están los dibujitos de la Antonia. Allá huele a los dos. La puerta a la pieza 2 me recuerda la muralla que existe entre mi hija y yo y la gente de la casa de masajes, que nunca nos ha querido bien.
La llave, entonces, la llave después. Miro la cama sin hacer, la ventilación ha durado más de lo que debería. La ventana en lo más alto está abierta, tengo que cerrarla. Otra llave. Anto, grito. Giro la perilla. La Antonia está sentada en el futón, pero la tele no está prendida. Tiene su cuaderno en las manos.
— Ya —le digo, cerrando por dentro— Le pedí a la Cata que me comprara las cosas. ¿Vamos a hacer el almuerzo?
— Estoy escribiendo.
Me contesta así, sin más. Yo frunzo el ceño.
— ¿Qué estai escribiendo? ¿Ese es el cuaderno que te trajo el Martín?
— Sí.
Nos quedamos en silencio. Mi entrecejo se arruga más.
— ¿Qué estai escribiendo? —le insisto, caminando hacia ella. La Anto se pone de pie y cierra su cuaderno, pero no lo deja encima de la mesa, sino que se lo guarda debajo del brazo y va hacia el dormitorio. — Antonia.
— Todo. Desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir.
— ¿Para qué?
— Quiero escribir.
— Bueno, escribe después —sus acciones no reclutan de mí en ese momento tanta atención. Mi paso es apresurado, de hecho. Voy a la cocina, echo agua en el hervidor, pongo el enchufe. — Anto, ¿querí comer fideos?
— ¿Con salsa?
— Sí, ¿por qué no?
— Ya.
— Pon la mesa, entonces.
No sé a dónde dejó el cuaderno la Antonia. A veces pienso que tiene un escondite secreto en algún lugar del dormitorio o de la pieza 1, pero en realidad no hay lugar de esta pieza que yo no conozca así que eso es medio descabellado. Además, sería como una sorpresa. Y ella prefiere que las sorpresas sean sorpresas incluso sabiendo de antemano de qué se tratan. Es un acertijo que descifro cada día.
Cuando estamos comiendo, mientras vemos lo que sucede con las protestas contra las reformas de Macri, alguien toca la puerta de la pieza 2. Dejamos el tenedor de inmediato y nos miramos ambos con los ojos abiertos como platos. No puede ser Martín. Martín solo metería la llave y abriría sin tapujos. Me pongo de pie, pero mantengo a la Antonia sentada. Ella no vuelve a enrollar los fetuccini en el cubierto de plata. La puerta es tocada de nuevo, aprieto la perilla. Después saco la llave, como un movimiento reflejo. Y lo escuchamos, la voz al fin.
— Manuel. Manuel, soy yo. María.
Se nos arrancó un suspiro de alivio, yo no podría negar eso. Nos sonreímos los dos como tontos. Teníamos miedo de nada, al final. Aunque acá siempre hay razones para tener miedo. Le susurré a la Antonia "no te muevas" y abrí la puerta de nuestra pieza 1, corrí hasta la puerta de la pieza 2 y giré la llave. La María estaba sola parada allá afuera, pero me aseguré mirando para todos lados solo por si acaso. Con la cara le pregunté qué era lo que la hacía caminar hasta nuestras piezas. Ella nunca viene por acá.
— ¿Están bien? —al principio no me contesta y yo creo entender a dónde va la situación.
— Sí, estamos bien. Estábamos almorzando.
— Disculpa —modula ella— No sabía. Bueno, mejor ser rápida.
— ¿Te mandó el Martín? —yo no pude evitar preguntar y la María me respondió asistiendo con la cabeza. — ¿Qué quiere?
— Va a venir hoy a despedirse.
Se había quedado adentro, como el ruidito molesto de algún insecto que siempre está ahí, recordándote que existe.
— Sí, verdad. Es martes.
— Sí. Me llamó y va a venir en la tarde, porque se va en la noche. Quiere que estés presente, que la Antonia esté presente.
Trago saliva, pero muy disimuladamente.
— No sé si vamos a estar. No le he contado a la Antonia.
— ¿No has pensando en cómo vas a explicarle que su papá ya no va a estar?
— María.
La María me queda mirando y no me gusta el peso de sus ojos.
— Es tu hija y tú verás cómo le contarás, pero Martín se va en la noche y necesitas decírselo ahora. O deberías. No por ti, por el bien de ella. Si en realidad eres un buen papá, cuéntale. Rómpele el corazón antes de que se lo rompa Martín.
— ¿Te lo pidió él? —tuve que ser frontal, solo para cubrir los miedos— ¿Te llamó y te pidió que me dijeras todo esto?
— Sí, pero yo también soy mamá y no soportaría ver que otra persona le hiciera daño a mi hijo.
De repente, la voz de la Antonia. Ma. Suena preciso e indicado, el tono justo, la palabra correcta para romper la escena. Veo a los ojos a la María y ella me sostiene la mirada. Por instantes, nuestro encuentro es crudo. La María es la Madama, escaló desde los cuartitos y ahora ella recluta, ella no trabaja. Es la culpable de que la vida de tantas niñas y de tantos niños y de tantos adolescentes se convierta en suspiros y manoseos y violaciones en la casa de masajes. Es curioso cómo, aun así, se preocupa por lo que la Antonia pueda llegar a sentir. Supongo que nota que somos diferentes, que la Antonia es distinta porque nació de mí y yo, como la María, no pertenezco aquí.
— Llega a las ocho. Aún es temprano. Piénsalo. Piensa en las palabras indicadas. Al fin y al cabo, va a volver, ¿o no? Va a volver y es la esperanza de Antonia, como la lucecita a la que persigues al final del túnel. Si mantienes la esperanza, entonces apenas la verás sollozar la partida.
La vuelta a la pieza 1 es dolorosa y nublada, como si mis ojos estuvieran empañados, pero no he llorado nada. Cierro con llave de la misma forma tediosa de todos los días, miro el mismo televisor de todos los días y cuando curvo la cabeza, ahí está la Antonia, justo como sucede desde hace casi seis años. No se ha comido nada desde que me fui. Apuesto a que los fideos ya se enfriaron. Me siento en la cabecera, la Antonia no dice ni una palabra, solo me mira. Pruebo un fetuccini. Está helado, pero me lo como igual. La tele sigue sonando y es un ruido vacío. Esta niñita nunca quita sus ojos de encima de mí. No es hasta que me como todos los fideos, que consigo tener el valor. Las palabras de la María me martillean la cabeza.
— Oye, Anto, ¿te acordai de que el Papá tenía que decirnos algo?
Un pestañeo de la Antonia y yo no aguardo ni su respuesta para seguir.
— ¿Sí? —vuelvo a preguntar.
— Sí.
— Sí. Cuando estabas durmiendo, antes de ayer, él vino.
La Antonia arruga el entrecejo. Yo no espero una pataleta, pero de todas formas suspiro profundamente y miro hacia el techo. Por primera vez, noto que la falta de ventanas en nuestra pieza 1 es agobiante.
— ¿Y por qué no me despertaste? Íbamos a contar historias de terror.
— Era muy tarde, los niños no están despiertos a esa hora.
— ¿Por qué llegó tarde?
— Porque no estaba seguro de venir.
— ¿Por qué?
— Porque lo que tenía que decirme nos iba a lastimar, por eso.
Macri está dando un discurso en la tele, bla, bla, bla.
— El Papá no nos lastima. Él nos quiere mucho.
— Obvio, él te adora. A él también le duele.
— ¿Qué cosa? Ma. —me tengo que quedar callado, siento la garganta seca y me pican las manos. La Anto me entierra sus dedos en el antebrazo, entonces la miro a los ojos— Ma.
— Pero no va a ser por tanto tiempo —es inútil y tonta la forma en la que trato de sonreír, me debe tiritar la boca. La cara de la Antonia es una pintura hecha a pincelazos, inseguros pero feroces, creadores de un remolino. — Nos va a mandar a buscar. Super luego. Se va hoy del país, pero va a venir a decirnos chao, no podemos irnos con él, pero cuando tenga todo listo en España, ¡en Europa, Anto! ¿Te gustaría conocer Europa? Allá vamos a vivir. Cuando tenga todo listo en España, el Martín va a llamar, nos va a decir "Manu, Anto, voy por ustedes" y vamos a volver a estar los tres como en nuestra casita. Te prometo que así va a ser. Él lo juró.
La pieza 1 es una nebulosa. Todo en casa es difuso y luminoso. Las paredes giran, la tele se queda callada, hay un boom boom sonando una y otra vez (parece que es el boom boom de mi corazón o el de la Antonia, que son lo mismo). No tengo ni una palabra, ni siquiera una idea recóndita o inapropiada, no hay nada, hay sequedad, hay estancamiento y luego, el dolor. Inalterable al principio, haciéndose paso entremedio de su pecho y del mío de un momento a otro, como si en realidad nunca lo hubiésemos estado esperando. Como una sorpresa mal hecha de la que nos damos cuenta en el minuto en que nuestros ojos juntos dicen más de lo que siquiera podríamos expresar con la boca o con las manos. La pieza 1 nunca fue lugar de tormento ni de soledad ni de dolor, pero hoy es el lugar de la tristeza.
Y me siento incapaz, un estropajo húmedo y desteñido que no tiene la fuerza de contener el llanto de la guagua que salió de su interior caliente. Inservible en su más íntimo rol, en su papel único, en su cometido más dulce. Indigno de poseerla, indigno de pertenecerle. Y no cierro los ojos, ni siquiera cuando puedo sentir que el agua me moja las mejillas. No podría soportar dejar de mirarla si es que aquello pudiera alejarla de mí. Siempre atenta, siempre alerta y fuerte, despierta, la Antonia se come su llanto, aprieta los dientes, pero todo está ahí, en su carita enrojecida. Me duele el alma y no consigo sosiego ni calma. Es la confesión más cruel y la única que no es mía.
— Pero dijo que me iba a llevar a la playa para mi cumpleaños.
Me gusta mucho escribir esta historia :) Ya se pueden ir dando cuenta de cuáles son las condiciones en las que Manu vive. Cómo llegó ahí, qué es ese lugar y quién lo trajo. Por cierto, perdón si alguien se siente incómodo con el tema de la lactancia masculina, pero encuentro que es super necesario y conmovedor en la historia, demuestra el nivel de intimidad y el amor que se tienen Manuel y su hija.
Gracias por leer!
