PEONÍA

Cuando corté

La peonía,

El jardín quedó vacío

- Takahama Kyoshi


Bokuto no está seguro de lo que significa la flor, pero de todos modos se la está tatuando. El sonido de la máquina por momentos le parece un rugido; en otros, un susurro lejano que apenas si alcanza a escuchar. Lo mismo sucede con la aguja que inyecta la tinta en su blanca piel. Como el amor, a veces duele y a veces no.

―La peonía es una flor muy hermosa, ¿no es así? ― Pregunta la chica.

―Sí, me gustan mucho. Son mis flores favoritas ―. Acepta.

―No muchos hombres se tatúan flores.

―¿De verdad?

―Sí, es poco común. ¿Hay algún motivo por el que lo estés haciendo además de que te gusten?

―¿Debería tenerlo?

―Oh, no, para nada. Sólo es curiosidad.

―Pues… supongo que sí lo tengo.

―¿Es así?

―Sí, así es. Me recuerda a alguien.

―¿Alguna clase de novia?

Aunque con un deje de amargura, Koutarou ríe.

―Sí, supongo que sí.

―Escogiste un buen diseño. Estoy segura de que va a gustarle.

―Eso espero.

No piensa contarle a la tatuadora que nadie va a ver ese tatuaje; al menos no la persona por la que se lo está haciendo. De hecho, es por eso mismo por lo que se lo está haciendo, porque como Peón[1], busca alguna forma de luchar contra lo efímero de la existencia humana. Si no lo lleva en la piel, como parte de sí, tiene miedo de que el tiempo se ocupe de lavar sus recuerdos, que llegue la vejez y algún día no recuerde cómo debe escribir su nombre. Tiene miedo de que todos dejen de hablar de él y una mañana despierte sin saber quién era o si alguna vez lo conoció. Tiene miedo de matarlo y enterrarlo con todas las cosas que ya no recuerda al día de hoy. Quiere tatuarse una peonía como la sinécdoque de algo más grande, porque eran sus flores favoritas, porque se niega a olvidar a Akaashi.

Y es que siempre ha pensado que el olvido es la verdadera muerte.

―¿La amas mucho?

―Sí, ¿por qué?

―Es un lugar poco común para hacerse un tatuaje.

―¿Sí?

―Sí… bueno, eso creo. Llevo algunos años tatuando personas, pero casi nadie se tatúa por aquí. Va a ser un problema si alguna vez quieres quitarlo.

―¿Por qué querría quitarlo?

La mujer se encoge de hombros.

―A veces la gente se arrepiente, ya sabes… o terminan con la persona y eso. No estoy diciendo que te vaya a pasar, pero es bastante común.

―Pero… para terminar con una persona debes de… cansarte de ella, ¿no? O algo así, como… tener problemas o esas cosas. Creo. Es decir, no entiendo cómo funciona el amor y el desamor, pero creo que, si te enamoras de un modo, tienes que seguir el modo inverso para desenamorarte…

―En realidad, no te entiendo del todo. Supongo que sólo debes asegurarte de que no te rompa el corazón.

―Estoy seguro de que eso nunca va a pasar ―. Admite, casi inflando el pecho con orgullo.

―Tienes mucha confianza.

―¡Me lo dicen todo el tiempo!

Ambos ríen un poco, pero en el fondo Bokuto sabe que no es que tenga confianza en sí mismo, o en Akaashi. Es simplemente que los muertos son incapaces de defraudar a los vivos y Keiji nunca le rompió el corazón. Sin embargo, tal vez él sí fracturó el suyo. No es algo que pueda saber ahora; más allá de las especulaciones, nunca sabrá si ese tiempo que decidió tomarse fue o no la gota que derramó el vaso. Todo lo que sabe es que Akaashi floreció y se marchitó más pronto de lo que él hubiera esperado. Paradójicamente, siente que soportó más de lo que cualquiera hubiera podido soportar en su sitio.

Después de todo, él no es nadie para juzgarlo.

La máquina sigue sonando mientras él inspecciona la lámpara que cuelga del techo, cerrando uno y otro ojo para distraerse jugando con la perspectiva. Cuanto siente que sus ojos se humedecen, se dice a sí mismo que es porque la aguja ha tocado un punto especialmente sensible. Así pasan los minutos mientras se hunde en meditaciones que no tienen un final. Una media hora después, vuelve a incorporarse. La mujer le cubre la zona con un plástico fino, le da una hoja con indicaciones y se despide de él. Bokuto sale por la puerta, con un tatuaje de peonía sobre el pecho, a la altura del corazón.


[1] Un antiguo mito cuenta la historia de que la madre del dios griego Apolo ofrece una peonía al mortal Peón, médico de los dioses, en el Monte Olimpo. La peonía puede también simbolizar la compasión, sobre la base de otra leyenda que dice que Peón se convirtió en una peonía evitando su muerte física.