VIENTO DE OTOÑO

Veo pasar

En el viento de otoño

Mi amor secreto

- Suzuki Masajo


Desnudo sobre su lado de la cama, Atsumu está bastante seguro de que Narciso, de poder verlos, se moriría de celos en ese mismo instante. La puerta se encuentra sin seguro, pero cuando la manija gira, no duda ni un segundo de quién es el que entrará en la habitación. Osamu, con el torso al descubierto, cruza el marco de la puerta y vuelve a cerrarla; se acerca hasta la cama con esa expresión neutral que siempre tiene en el rostro, se sienta al borde del colchón y voltea a verlo. Sin necesidad de intercambiar palabras, Atsumu se remueve con pesadez hasta alcanzar sus piernas, dejando que su cabeza se recargue sobre sus muslos.

Ambos saben que sus padres llegarán en cualquier momento, pero ninguno se apura en su labor. Los dedos de Osamu se enredan en los mechones de su hermano y los peinan un par de veces. Por otro lado, Atsumu se dedica a pegar el rostro contra el abdomen de su gemelo, exhalando su aliento contra la piel y presionando los labios de vez en cuando. Están a la mitad de noviembre y no están seguros de cuánto tiempo más puedan soportar mantener ese secreto.

―Oye, no hagas eso.

―Mnh…

―'Tsumu, para…

―No.

Se hace el sordo, así que Osamu no insiste mientras siente los dedos de su hermano deslizar la pretina de sus pantalones. Siempre hace lo que quiere sin pedirle permiso a nadie, sin preocuparse de las consecuencias y, frecuentemente, sin pensar en los demás. Ante la luz mortecina que entra por la ventana, Atsumu logra exhibir la entrepierna ajena; la acaricia con una mano, aprieta un poco buscando endurecerla tanto como pueda. Separa los labios mientras escucha los suspiros contenidos que su amante empieza a soltar. No tarda mucho en tomarlo con la boca y permitir que se deslice tan dentro de su garganta como le sea posible a ambos. Succiona un poco y lo recorre con la lengua pacientemente. Con las ventiscas que ha traído el otoño, Atsumu agradece el calor que le brinda su gemelo. Aumenta el ritmo, se mueve con más ganas como si deseara engullirlo y esa idea no está muy lejos de la realidad; en su mente, son parte de la misma cosa y sólo la unión de ambos le permite sentirse completo. Por eso quiere devorar a Osamu y quiere que Osamu lo devore a él. Está seguro de que él piensa lo mismo.

―…cuidado con los dientes ―. Lo escucha decir en voz baja.

No necesita alzar la vista para imaginarse a su gemelo con los ojos cerrados, apretando los dientes cuando tiene ganas de soltar un jadeo o frunciendo el entrecejo de vez en vez. Siente cómo sujeta su cabello con más fuerza y eso sólo logra que sonría un poco, tanto como se lo permite la situación. Seguramente, si alguien los encontrara, la sonrisa desaparecería de su rostro. No… quizás se haría más grande. No sabe por qué deben mantenerlo en secreto, ni tiene la menor idea de por qué alguien podría encontrarlo como algo antinatural; jamás ha entendido por qué la gente hace un gesto de asco o utiliza un tono de desaprobación cada vez que pronuncia la palabra incesto. Osamu y el no van a tener hijos, así que el mundo debería dejar de tener miedo de que nazca un monstruo de dos cabezas y seis ojos; ninguno de los dos le está haciendo daño a nadie; todo lo que hacen es amarse el uno al otro como lo haría cualquier persona, con la diferencia de que han nacido como gemelos idénticos. ¿Por qué no pueden tomarse de las manos en público? ¿Por qué no pueden besarse? ¿Por qué no pueden decirle a todas esas desagradables mujeres que están juntos? ¿Por qué no pueden mirar a sus padres a los ojos y confesar que duermen en la misma habitación para hacer el amor todas las noches?

Mientras Osamu lo aparta para que se acomode en la cama, Atsumu no puede no sentir que todos esos sentimientos lo están asfixiando. Su hermano se deshace de sus pantalones y trepa hasta quedar encima de él, sobre las sábanas desordenadas. Luego le levanta las piernas por segunda vez en el día y él se prepara para lo que sigue; sabe que puede recibirlo sin dolor alguno. Busca sus ojos, los mismos que él tiene, esas facciones que conoce tan bien después de verse tantos años en el espejo. Su cuerpo se abre y el cuerpo de su hermano embona tan bien que parece que estuvieran hechos el uno para el otro, con el único fin de mantenerse unidos.

En medio de un vaivén acalorado, siente cómo los límites entre uno y otro desaparecen y cómo comienzan a fundirse lentamente. Sólo eso es capaz de disolver momentáneamente el nudo que se ha formado en medio de su pecho. Y es que puede que sea un mentiroso nato, pero la única verdad que desea gritarle al mundo tiene que ser mantenida en secreto y eso comienza a ser demasiado tortuoso. Como si entendiera lo que sucede y buscara distraerlo, Osamu se mueve con fuerza, empuja su cuerpo contra el cabezal y recorre su cuerpo con las palmas abiertas mientras jadea sin control, coreando sus propios sonidos. El viento silbante agita las cortinas y eriza sus pieles por momentos. Afuera los árboles sueltan sus hojas, ajenos a lo que sucede en esa habitación; con el pasar de los minutos se difuminan también sus pensamientos y, a cada instante, ambos se encuentran más cerca del éxtasis que les hará olvidarse de todo lo que les rodea.

―…'Samu….

―…ya…

Se limita a asentir. Apenas si es consciente de los gestos que está haciendo, pero puede ver que su hermano está disfrutando de ellos. De pronto se siente sobrexcitado, el placer lo envuelve desde el interior y se incrementa con la forma en la que Osamu acaricia su sexo. Siente su cuerpo arquearse de manera inquieta, sus caderas moviéndose sin permiso; desconoce su voz y desconoce todo, menos a la persona que tiene enfrente. Se aferra a las sábanas mientras llega, se deja arrastrar a una inconsciencia que dura apenas unos segundos y que está curiosamente sincronizada a la de su gemelo. Siente que su cuerpo, húmedo, quema desde las entrañas, agradecido por una semilla que nunca echará raíces al interior por más meses que pasen.

Cansados y satisfechos, se miran de frente una vez que Osamu se ha retirado. Juntan sus labios, enredan brazos y piernas y se pegan tanto como pueden, sin dejar de observarse en ningún momento. Abajo, la puerta se abre. Se escuchan los pasos de quien, suponen por su ligereza, es su madre. Luego de un rato escuchan su voz preguntando qué están haciendo antes de llamarlos a la cena.

―Estamos terminando de estudiar ―. Responde Osamu en voz alta, con el fin de que la mujer pueda escucharlo.

Lo ve suspirar y sabe que lo siguiente que hará es ponerse de pie y vestirse. A pesar de eso, siente el frío una vez que se aparta, como sucede siempre.

―Ve a ducharte ―. Le dice mientras se echa el cabello hacia atrás.

―Ugh, no tengo ganas.

―Debes limpiarte antes de bajar.

―¿Por qué?

―Sabes por qué.

―Es un fastidio… oye.

―¿Qué?

―Ya sabes… te amo.

Todo lo que obtiene es una sonrisa cómplice.

Es entonces cuando sabe que no será ese día, ni el siguiente, ni el próximo mes cuando bajen las escaleras y admitan que están juntos. No será el próximo otoño. Quizás, piensa Atsumu, no será en esta vida.