ENGAÑO

Son un engaño
los poemas de muerte.
La muerte es muerte.

- Toko


A veces Oikawa-san no puede dormir. Se levanta en las noches, precedido de sueños inquietos que se revuelven en su cabeza y lo fuerzan a abrir los ojos a mitad de la noche. No sabe de dónde vienen, pero las imágenes se retuercen en su mente y dejan escapar vistazos que son como películas terribles a las que no puede ponerles pausa. La única certeza que tiene es la calidez de los brazos de Tobio rodeándolo. Y es que todo puede ser mentira o una invención de su propia mente. Pero no eso, no la forma en la que Kageyama se pega a él durante las noches o la manera en la que separa sus ojos medio adormilado y parpadea pesadamente como preguntando qué es lo que sucede.

― ¿Oikawa-san? ― Pregunta.

Su voz es apenas un susurro que se debate entre el sueño y la vigilia con predominancia del primero. Aunque es un sonido demasiado bajo, su corazón se calma y retoma una marcha pausada, latiendo contra sus costillas. Suelta un suspiro y se echa el cabello hacia atrás, limpiando en el proceso las gotas de sudor frío que recorren su frente. Se remueve hasta quedar sentado e inhala con fuerza, pasa saliva y busca con la mirada el reloj que tienen en la mesa de noche. Casi son las cuatro de la madrugada.

― ¿Tuviste un mal sueño? ―. Las palabras de Tobio se escuchan más claras. Lo siente removerse entre las sábanas y observa, por el rabillo del ojo, cómo se talla el rostro con las manos, espabilándose.

― Sí, algo así… ―. Acepta.

Hay momentos de vulnerabilidad que no pueden ser evitados. Así que Tooru no se esconde detrás de comentarios sarcásticos y bromas tontas. No trata de sonreír para minimizar lo que siente. Kageyama lo sabe, así que le pasa un brazo por los hombros y se acerca a él tanto como puede.

― ¿Y qué soñaste?

No está seguro de querer hablar de ello. Ni siquiera puede decir con certeza que recuerda la integridad del sueño. Todo lo que sabe es que la soledad que le inspira es demasiado grande. Visualiza algunas cosas, recuerda algunas sensaciones.

― …estaba corriendo detrás de ti ―. Susurra ―. Por algún motivo, era incapaz de alcanzarte. Estoy seguro de que te gritaba, pero tampoco me escuchabas ―. Confiesa. Hay algo extraño en hablar de eso en medio de la penumbra que se diluye sólo con la luz de la luna. Su mano busca la mano ajena, para asegurarse de que está ahí y aferra sus dedos con fuerza ―. …sentía una desesperación enorme, Tobio. Era como si te hubieras marchado, ¿sabes? Como si no estuvieras aquí… ―. Esta vez sí sonríe, aunque es más como un reflejo que porque haya rastros de felicidad en esa afirmación.

― Pero… tú sabes que yo no te dejaría, ¿verdad, Oikawa-san?

― Lo sé… ―. Afirma ―. Lo sé…

Acaricia el dorso de su mano sin ninguna prisa. Una, otra, otra vez. Traza círculos sobre su piel, se recarga en su hombro. Siente su respiración cálida golpeando su mejilla, su cuerpo delgado dándole cobijo. Oikawa sabe que eso no puede ser mentira. No hay manera en la que lo sea, se repite. Tobio está ahí, a su lado, como todas las noches desde hace ya varios años. Le habla cuando tiene malos sueños, le susurra palabras de aliento siempre que tiene insomnio, o cuando tiene pesadillas.

Y mientras toma su mano, le dice que es mentira lo que vio en ese sueño.

Ése, el que nunca se ha atrevido a contarle.