Este Drabble fue inspirado en el capítulo #126 de Dragon Ball Super
"No los dejes de lado"
Estaba inmóvil, estrellado contra esa inmensa roca, esperando a que el dolor de su cuerpo cesara. Apenas podía respirar; los golpes del nuevo Dios lo estaban abatiendo. En algún momento se le pasó por la cabeza darse por vencido, que ya no podía más y que descansaría de una vez por todas ante tanta pesadilla. Pero luego recordó.
Recordó por qué todo esto comenzó, por qué justamente él había aceptado venir a un torneo como este, y también devolvió a su mente la imagen de su único discípulo: Kyabe.
¿Quién lo hubiera imaginado? El príncipe de los saiyajin, ¿entrenando a un saiyajin de otro universo? Además de eso, casi increíblemente, le había tomado cariño. Pero eso ya no era tan raro para él; después de tanto tiempo su corazón se había ablandado, lo suficiente como para querer, pero no para desvanecer su duro orgullo. Y no, jamás admitiría que vio fortaleza en ese muchacho, y que por ello lo admiraba. Jamás sería capaz. Jamás diría que se sentía admirado, importante y emocionado. Sin embargo, tenía la capacidad de cumplir con su palabra, cosa que pocos lograban y que en cambio él, siempre que estuvo vivo, cumplió sus promesas.
En estos momentos de crisis recordó… ¡no! De hecho, siempre recordaba esa promesa, esa que él le había hecho diciendo ir al planeta de Kyabe, por más que implicara ir de un universo a otro. Y no solo eso, prometió ganar, prometió pedir su deseo y revivirlos a como diera lugar. Pero para eso realmente debía ganar, no fiarse de nada ni nadie. Debía conseguir su cometido, aprovechar su nueva forma y vencer a todos los que se interpusieran en su camino.
—¡Para ese fin, he dejado de lado todo lo innecesario! —dijo Toppo, envuelto en esa aura purpura, imponente y erguido, listo para lanzar su próximo ataque contra el saiyajin—. ¡Universo siete, desaparece!
Y allí estaba Vegeta, estático en su lugar sin poder moverse, detestando a ese nuevo Dios, acomodando sus ideas, sus pensamientos y recordando.
Lo primero era recordar.
—¿Desechó todo lo innecesario? ¡No me jodas!
Cerró sus ojos, presa de ese enorme poder que venía hacia él con la intención de aniquilarlo, de sacarlo de la pista y que todo finalmente se acabara para él.
En ese momento las imágenes se hicieron más claras: su esposa que tanto amaba, su hijo del que estaba tan orgulloso, su bebé que anhelaba abrazar apenas volver a casa, y sobre todo Kyabe, ese chico al que pensaba ver otra vez, llevándolo a otro universo con ojos llenos de ilusión.
«Bulma…», su primer y único amor, por la que todo comenzó, por la que los sentimientos nacieron. Con la que sentó cabeza y a la que prometió amar el resto de su vida.
«Trunks…», su razón de quedarse en la tierra y ser un padre y el ejemplo como parte de su familia. El niño por el que se sentía responsable, orgulloso y honrado.
«Bura...», a quien le debía tiempo, su nueva vida, por quien más deseaba regresar, regalarle besos, mimos. Demostrarle cariño casi a escondidas.
«Mi promesa a Kyabe…», arrojó en su mente, como otro de sus motivos para salir vivo de esta masacre, y porque de en serio deseaba sonar cumplidor y un gran maestro.
«Mi orgullo como saiyajin…», lo que siempre lo mantuvo en pie. Su primer y más grande consejero de la vida: su enorme ego. El que siempre estuvo vivo en él desde que comenzó a tener uso de razón.
«Todo lo que soy», soltó al final como guinda del pastel. Porque tenía razón. ¿Qué hubiera sido de él sin todo lo anterior? Además de su orgullo, ¿qué más le deparaba la vida si no hubiera estado con Bulma jamás? ¿La muerte, la desolación? No se iba a parar a pensar en eso, no iba a buscar una respuesta, tampoco deseaba viajar al pasado para reparar en algo que se hubiese arrepentido. Porque no estaba disuadido por su pasado, al contrario, estaba tan agradecido por todo lo que le había tocado, incluso a ese irritante de Kakarotto.
—¡No soy como tú! —gritó a todo pulmón—. ¡No me echo atrás por nada!
La energía que antes venía hacia él desapareció de su camino. Su cuerpo, el que antes parecía inmóvil y cansado, ahora se movía ágilmente y a gran velocidad. Nadie podía verlo. Pensaba pelear con todas sus fuerzas, utilizar su más preciado poder: el de sus seres queridos.
¡Qué ironía! ¿Verdad?
Eso le recordó, entre recuerdos y recuerdos, la primera vez que hizo algo parecido. Aquella vez cuando dio su vida por sus seres queridos, cuando abrazó a su hijo, cuando se despidió de ellos antes de entregarse a la muerte y luego simplemente se convirtió en cenizas. Recordó la técnica, recordó la forma en la que su corazón latía desesperado, recordó el dolor de sus extremidades, de su cuerpo. Y recordó la tristeza que le causaba saber que no volvería, que olvidaría todo lo maravilloso que a duras penas había conseguido: su esposa, su hijo, su gran rival y amigo, si así podía decirse. Pero, al igual que el ave fénix, renació de las cenizas, apareció otra vez sorprendiendo a todos, recolectando el respeto y amor que ganó después de su más grande hazaña.
Esta vez no era muy diferente, su corazón latía de la misma manera, la desesperación estaba latente. Las ideas se ordenaban al igual que aquella vez. Pensar que acabaría muerto no era la excepción. La técnica no se le pasaba de largo.
¿Sacrificarse otra vez era correcto?
Después de todo era por su familia, su futuro, su orgullo y su discípulo. Si él no ganaba estaba seguro que Kakarotto cumpliría el mismo deseo con las súper esferas. Pero también pensó en ganar, no dejaba de entusiasmarse con ello. No iba a perder, no él, no el príncipe de los saiyajin. No se iba a dejar vencer tan fácilmente.
Si Kakarotto jamás lo derribó, mucho menos lo harían otros insectos.
Usó la técnica. Era el Hakai contra su cuerpo, contra su energía. Era su espíritu contra la destrucción, su esperanza contra la desesperación. Y, aunque durante el proceso creyeron que realmente iba a morir, todo finalmente se iluminó. ¿Quién saldría vencedor?
¿Justicia o destrucción? ¡No! Ninguna de las dos.
El ganador de este encuentro fue el príncipe de los saiyajin. Ese hombre de hierro, nervios de acero, espíritu destructor, pero corazón puro.
Al final si fue diferente. Conllevó la misma técnica, fue la misma situación: sintió todo lo que ya había sentido, casi dijo adiós a la nada y su cuerpo expulsó todo lo que había dentro del cascarón.
Pero ahora superó a los Dioses. Ahora era digno de ser llamado Dios saiyajin, tal vez hasta ser un candidato para Dios destructor. ¿Pero de que servía ese título? ¿De qué le servía?
Ningún universo, ningún poder, ningún puesto ni nada iba a ser tan importante como lo que realmente quería. Jamás nada se compararía con los que realmente deseaba estar.
Sus seres queridos eran todo lo que necesitaba, eran su oxígeno, su fuerza, su vida y por ellos lo daba todo.
Ellos eran su universo, y si su universo era destruido, entonces ya nada era algo para él.
Por eso nunca los dejaba de lado, por eso siempre estaban en su cabeza, en su alma y corazón, porque a fin de cuentas… ellos representaban quien era, quien fue y quien siempre sería: el gran príncipe saiyajin.
Fin.
