-7 años después-
3 años después de que Tsubaki fuera llevada a la fuerza al templo, la guerra culminó, dejando en pésimas condiciones a Japón y a sus habitantes. Tuvieron que pasar varios años, para volver a la normalidad que, alguna vez, llegaron a conocer.
Antes de los saqueos. Antes de tomar represalias con quienes no estaban de acuerdo con la guerra o las decisiones del gobierno. Antes de la escases de comida. Antes de la esclavitud y los abusos.
El pueblo de bambú, por su parte, comenzó a recibir apoyo de otras aldeas. Incluso el sacerdote Seikai, siempre estaba alerta por cualquier aparición de algún Youkai. Sin embargo, aún antes de que la guerra finalizara por completo, los monstruos dejaron de aparecer en momentos imprevistos.
Los exorcismos ya casi no eran necesarios. Pero el sacerdote no se rindió. Él los conocía mejor que nadie y sabía que debían estar escondidos en algún sitio. Por ello, envió a sus mejores subordinadas, a distintas misiones en aldeas vecinas. Si algún Youkai aparecía frente a ellas, debían liquidarlo para cobrar una recompensa y así, poder levantar el templo.
Su táctica funcionó de maravilla. Incluso llegaron al sitio nuevos seguidores, deseosos de aprender a combatir demonios. Uno de ellos, un chico de apenas 10 años, llamado Haku, era muy bueno con el arco. Cada vez que lo veía en el campo de entrenamiento; rodeado de otros seguidores del templo, Tsubaki recordaba los duros días que vivió durante su niñez.
Como la maltrataba la gente del pueblo de bambú porque quería algo de comer. Como despertó sus poderes espirituales. Como aprendió a controlarlos... sufriendo en el camino por los golpes que la señora Matsu y el sacerdote Seikai le daban a veces.
-¡Tsubaki-sensei! - el pálido chico de largo cabello negro y ojos castaños, la saludó a lo lejos con una gran sonrisa.
La gente que lo rodeaba, volteó hacia ella, curiosa, murmurando que se trataba de la estudiante más difícil que el señor Seikai había tenido en su vida.
Quería poner una mueca e irse de ahí... pero, por tratarse de Haku quien la saludaba, decidió contenerse, sonriendo, y levantando su mano para corresponder su gesto.
El chico se sonrojó. Emocionado, tomó otra flecha, colocándola en medio de su arco y la lanzó, dando como blanco el centro de la diana. Los presentes estaban tan encantados que lo alabaron con aplausos.
La joven de ahora 19 años, sonrió por unos segundos... hasta que escuchó un cuervo a la distancia. Con prisa, se retiró del campo de entrenamiento, dejando a Haku con una duda sin resolver en su mente. ¿A dónde iba?
PPPPP
-Ya te escuché, amigo, ya te escuché. - dijo, abriendo la ventana de su habitación, para dejar pasar al mismo cuervo que había salvado hace 7 años atrás.
El mismo que había hecho posible su encuentro con Madara.
Como cada mañana, llevaba en su pico una flor. Esta vez, se trataba de una anémona japonesa. Tomándola en su mano, la sacerdotisa bufó.
-¿Tratas de decirme que Madara volverá?
El cuervo aleteó y graznó en volumen bajo.
-Por una parte, quiero creer que así será. - comentó seriamente, colocando la flor en un jarrón que tenía en su mesita de noche. - Pero, por otro lado, me preocupa que se haya olvidado de mí.
Volando a su cama, el ave volvió a graznar, ladeando la cabeza hacia su derecha. Tsubaki sonrió.
-Tienes razón. Si quiero verlo de nuevo, tengo que ser positiva.
De pronto, tocaron dos veces a su puerta. Por ello, el cuervo salió volando de su habitación. Con él afuera, la joven se aproximó y la abrió un poco.
-El sacerdote Seikai quiere vernos en el comedor. - le comentó Tsuyu, de 17 años. - Dice que es urgente.
Tsubaki asintió en silencio. Cerró la puerta y se cambió de ropa, usando algo más adecuado para ver al viejo calvo.
PPPPP
-Midoriko será recibida y adoptada por el templo Higurashi. - anunció el sacerdote Seikai, sentado en medio de la gran mesa de madera, con los jóvenes y la señora Matsu, sentados a los lados. - Uno de sus monjes, la vio realizando un exorcismo en el pueblo vecino, así que le envió una carta al sumo sacerdote, explicándole lo ocurrido y este aceptó encantado.
-¡F-Felicidades, Midoriko! - exclamó Nazuna, aplaudiendo.
-¡Eres increíble! - le siguió Tsuyu, levantándose de su silla para abrazarla. - ¡Sé que te irá muy bien en ese templo!
Mientras los demás también se acercaban para felicitarla, Tsubaki, agachó la cabeza y apretó los puños.
-Ya veo... - pensó, recordando cómo llamó a Madara por horas, dándose cuenta, por las malas, que nunca aparecería. - así que tú también vas a abandonarme.
Parándose en silencio, ignoró la algarabía hecha por sus compañeros y se marchó del gran salón del templo, abriendo las dos puertas de par en par.
-Parece que la idiota no se tomó bien la noticia. - se burló Hiromi, ganándose un codazo por parte de Nazuna.
Apenada, Midoriko se levantó de su silla y la siguió por el brillante pasillo exterior de madera.
-¡Tsubaki, espera! - pidió, alcanzándola unos metros más adelante.
La mencionada se detuvo, sin molestarse en girarse hacia ella.
-Lamento no habértelo dicho antes. El señor Seikai ya me había contado de la carta, pero aún no era una...
-¿Por qué te disculpas? - cuestionó, interrumpiéndola de golpe y observándola por encima de su hombro derecho. - ¿Temes que no quiera seguir siendo tu amiga?
Midoriko bajó la mirada, entristecida y avergonzada. La joven de ojos verde esmeralda, se giró sobre sus talones y se acercó a ella para abrazarla, anonadándola.
-Tranquila. - le susurró con dulzura en el oído. - Sin importar en donde estemos, siempre seremos amigas. - al separarse, vio con una sonrisa comprensiva las lágrimas de su compañera.
-¡Es una promesa! - exclamó feliz, limpiándose los ojos.
De pronto, un grupo de niños que la reconoció, la llamó a la distancia, pidiéndole que les diera clases de conjuros. Al voltear hacia Tsubaki, suspiró.
-Quería que pasáramos toda la tarde juntas, qué mala suerte... - murmuró con confianza... antes de sonreírle por última vez a su amiga y marcharse con los infantes.
PPPPP
Al anochecer, Tsubaki se escabulló a las afueras del templo, ocultándose bajo un abrigo negro, como solía hacerlo cuando era niña.
Gracias a que ya había demasiada gente viviendo en el templo, como aprendices del señor Seikai o de alguna de sus compañeras, podía ir y venir las veces y el tiempo que quisiera.
No le importaba que la señora Matsu la encerrara en su cuarto por toda una semana. Ella viviría y gozaría su anhelada libertad, aunque fuera, po horas.
Llegando al lago, se quitó sus ropas de sacerdotisa, dejando ver debajo de estas el kimono blanco, que utilizaba para bañarse.
Tocando el agua con la planta de su pie derecho, comprobó que estaba más fría de lo normal. Lo supuso.
Ahora estaban en otoño y pronto pasarían al invierno. Si las estaciones continuaban cambiando, sería otro año sin estar al lado de su querido Madara.
De repente, antes de que pudiera meterse al interior del lago, escuchó un sospechoso ruido en los arbustos.
Quiso acercarse, pero no fue necesario. Ya que un Youkai, con alas de murciélago, salió de ahí, con la barbilla y el pecho cubiertos de sangre.
-¿Otra humana? - cuestionó al verla, sonriendo. - ¡Este debe ser mi día de suerte!
Quedándose en silencio, Tsubaki hizo una posición de manos, enviándolo de vuelta hacia los arbustos, con quemaduras en sus brazos.
-No soy una humana ordinaria, imbécil. - habló con autoridad. - Cómo te habrás dado cuenta, soy una sacerdotisa. Y si no quieres que te purifique aquí mismo, más vale que te largues.
-Desgraciada... - se quejó el demonio, gruñendo y frunciendo el ceño, antes de dar otro salto hacia ella. - ¡Haré que supliques por piedad!
Tsubaki ya iba a rechazarlo con otro conjuro, cuando, de repente, unas llamas negras lo incendiaron de golpe, haciéndolo experimentar un dolor demencial como ningún otro.
Mientras sus ojos buscaban con furia a su agresor, alcanzó a distinguir una sombra en la oscuridad, cruzada de brazos y apoyada en el tronco de un árbol.
-¡Tú...! ¡También eres un Youkai! ¡¿Por qué proteges a esta humana bastarda?! - exclamó, antes de que las llamas negras incrementaran, matándolo unos minutos después.
De las sombras de la noche, el hombre de ojos carmesí hizo acto de presencia, burlándose de lo mal que había quedado la criatura, por haber sido tan altanero.
-¿M-Madara-sama?
Entonces, escuchó la angelical voz de Tsubaki, por lo que volteó a ella. Percatándose de la transparencia de su kimono blanco, se retiró las partes de su armadura, que protegían sus brazos y su pecho, para quitarse el kimono negro que llevaba debajo y entregárselo a ella, tapándola por encima de su cabeza.
-Te advertí que había muchos demonios locos en este...
Quiso sermonearla como en su primer encuentro, pero, para su gran sorpresa, ella lo abrazó, refugiando su mirada en su camisa negra de mangas largas.
-Madara-sama... - lo llamó entre sollozos. - lo extrañé mucho.
Un segundo después, dándose cuenta de sus acciones, se apartó, ocultando sus manos por detrás de su espalda.
-Lo lamento. - comentó apenada, sin ser capaz de verlo a su rostro. - Debí preguntarle antes si podía abrazarlo.
Madara sonrió. Dio un paso hacia ella y la rodeó con sus brazos, sorprendiéndola.
-Yo también te extrañé. - le confesó al oído, separándose de la joven unos segundos después. - Mírate. Te has convertido en una hermosa mujer.
Su comentario la hizo sonrojar.
-¿D-De verdad? - cuestionó nerviosa. Él asintió.
-Y... ¿Por qué estás vestida así?
-Iba a bañarme. - explicó, evitando de nuevo sus ojos carmesí. - Con tanto ruido en el templo, es difícil tener un momento de paz.
-Conozco un sitio mejor que este. - dijo con confianza, agachándose a la tierra para recoger las ropas de Tsubaki. - Puedo llevarte. Pero tienes que vestirte de nuevo.
La sacerdotisa asintió y obedeció con una sonrisa. Al estar lista, siguió al Youkai a lo profundo del bosque, pasando varios árboles enormes, hasta llegar al otro lado del pueblo de bambú.
Con cuidado, subieron las escaleras de concreto que daban hacia un pasaje secreto, escondido y resguardado por las copas de los árboles. Llegando al final y haciendo a un lado unos arbustos, Tsubaki vio atónita las aguas termales que ahí yacían.
-Y esta no es la única sorpresa que tengo para ti. - comentó Madara, tomándola de su brazo izquierdo y conduciéndola al lugar que estaba detrás de las aguas.
Hacía tanto viento que su largo cabello negro se movía hacia su lado izquierdo.
-Hace poco, compré esta cabaña, junto con sus terrenos, para poder vivir contigo, Tsubaki. - declaró, sorprendiéndola aún más. - Claro, si ese es tu deseo.
Una sonrisa se curvó en sus labios... pero no duró mucho.
-Antes que nada... - habló seriamente, volteando de la cabaña hacía él. - me gustaría que me contara el motivo por el que se fue hace 7 años.
-¿No prefieres bañarte antes? Puede que sea algo largo de contar.
-Usted siempre me escuchaba cuando el señor Seikai y la señora Matsu me agredían. Es mi turno de oírlo. - comentó, sentándose en la tierra, con una perfecta vista del pueblo de bambú. - Además, si me convence, puede que lo invite a tomar el baño conmigo. - habló con picardía, haciéndolo bufar.
-Veo que no solo cambiaste físicamente, también te has hecho más descarada.
Tsubaki le sacó la lengua, poniendo en evidencia su lado travieso. Sin dejar de verlo, lo invitó con un ademán a sentarse a su lado izquierdo. Madara obedeció, apoyando sus brazos en sus piernas, sintiendo el viento, y con sus ojos fijos en el pueblo humano.
-Hace 7 años, antes de conocerte en el lago... el rey del inframundo, Naraku, me encomendó la ardua tarea de asesinar a los traidores de su reino. Demonios que se levantaron contra sus reglas, porque no les parecían adecuadas para su existencia. Las batallas fueron difíciles. Y más, porque... me enteré de que la mujer que amaba, Abi, era quien había planeado la rebelión.
FFFFF
-¡Muere, Madara! - bramó enfurecida, clavándole en su pecho la lanza que sostenía con fuerza en sus manos.
-Abi... - la llamó consternado, escupiendo sangre. - ¿Por qué?
-¡¿Y todavía te lo preguntas?! - sacando su lanza bruscamente de su cuerpo, lo miró con rencor. - ¡No tienes idea de la agonía por la que pasan las mujeres Youkai! ¡Ya estoy harta de esta situación y por eso lo destruiré todo!
FFFFF
-En nuestro encuentro... consiguió herirme de muerte con su lanza. - se llevó una mano a su pecho. - Sobreviví a su ataque, pero no podía moverme. Ahí fue cuando nos conocimos.
-Por eso tenía una mirada triste... - pensó Tsubaki, recordando cómo lo sacó del lago en aquella ocasión.
-Gracias a tus cuidados, conseguí recuperarme. Sin embargo, la mañana en la que ya no me encontraste, percibí el aroma de Abi...
FFFFF
-M-Madara... perdóname... - suplicó la mujer de largo cabello negro y ojos carmesí, llorando y cayendo de rodillas. - f-fui una estúpida al querer cambiar las...
Sin dejarla terminar, invocó el brazo derecho de susano'o, tomándola con la mano y estrujándola con fuerza, hasta que su cuerpo explotó, derramando una gran cantidad de sangre y carne en la tierra del bosque.
-No... - murmuró con tristeza y frialdad. - perdóname tú a mí, por convertirme en tu verdugo en lugar de tu esposo.
FFFFF
-Después de matarla, regresé al inframundo, donde le conté a mi rey lo que había sucedido. Y porque había tardado tanto tiempo en cumplir mi misión. - hizo una pausa, sacando un objeto del interior de su armadura. - En lugar de castigarme por ello, me recompensó con esto.
-¿Qué es? - interrogó Tsubaki, recibiendo un gran collar hecho con pedazos de obsidiana en forma de pétalos.
-Se le conoce como "collar une almas". - explicó. - Antiguamente, se usaba para llevar a cabo un ritual llamado "intercambio de corazón".
-¿Es cómo casarse?
-Algo parecido. El intercambio de corazón simboliza algo más que una simple unión terrenal. Es una unión que perdura por la eternidad. A menos, que una de las almas reencarne en un nuevo cuerpo. Pero, hasta entonces, gracias a esa unión, seríamos uno, sin importar nada.
Conmovida, Tsubaki guardó una parte del gran collar en el interior de sus manos y lo llevó a la altura de su boca.
-M-Madara-sama...
-Por favor, dime Madara. - pidió con una sonrisa, haciéndola sonrojar.
-Madara... - entonces, su inocente sonrisa, se tiñó de preocupación. - ¿Por qué quieres hacer eso conmigo? ¿No sería mejor que volvieras al inframundo?
-Aun después de nuestra unión, podría regresar sin problemas. No obstante, lo que yo busco... es estar lo más lejos posible de ahí.
La joven lo vio atónita.
-Después de conocerte y de matar a Abi con mis propias manos, entendí que ya no quiero pelear más. - tomó su mano izquierda y la llevó a su rostro para darle un beso en el dorso. - Solo deseo tener una vida pacifica a tu lado.
-¿Puedo pensarlo un poco? - cuestionó, siendo víctima de los nervios. - ¡N-No porque quiera rechazarte o algo similar! - aclaró enseguida, soltándose de su agarre. - ¡E-Es que...! ¡Es demasiado repentino y...!
En medio de su escándalo, él la atrajo a su pecho, abrazándola. Su calor la reconfortó como en los viejos tiempos.
-Claro que puedes pensarlo. - le susurró al oído. - No busco presionarte.
Separándose, la tomó de las manos y le sonrió. Ella le devolvió el gesto, juntando su frente con la suya, mientras el viento soplaba a su alrededor.
-Te agradezco que me lo hayas dicho todo. - comentó, poniéndose de pie. - Ahora regreso, voy a bañarme.
Se dio la vuelta y caminó con tranquilidad hacia las aguas termales, siendo seguida todo el rato por los ojos de Madara.
PPPPP
-¿Te veré mañana?
Un rato después, volvieron al templo y, usando la ventana, entraron al cuarto de Tsubaki, asegurándose de que no hubiera nadie en los alrededores que pudiera observarlos.
-Como quisiera tener algo que me dijera que nuestro reencuentro no fue otro sueño.
-Hay algo. - aseguró, llamando su atención. - Pero, antes de hacerlo, necesito saber si confías en mí. -
Tsubaki asintió sin pensar.
-Cierra los ojos.
Ella obedeció. Un instante después, sintió como la rodeaba de la cintura con su brazo. La atraía hacia él y juntaba sus labios con los suyos.
La estaba besando.
Quería abrir los ojos y verlo por sí misma. Pero se sentía tan agitada que tuvo que contenerse, soportando la vergüenza.
Un segundo después, se separaron. Abrió los ojos y dio un paso atrás, llevándose sus manos a sus mejillas. Tal y como lo había predicho, estaban rojas a más no poder.
-Abre tu camisa.
Fue lo siguiente que le pidió Madara, haciéndola parpadear atónita. Sin embargo, ella no dudaba... ¡Confiaba en él hasta el último minuto! Tranquilizándose por lo recién acontecido, respiró y obedeció, descubriéndose los hombros.
Madara, con gentileza, la tomó de los brazos y la giró hacia el espejo de cuerpo completo que tenía junto a la mesita de noche. En su hombro izquierdo, llevaba una marca compuesta por tres aspas negras.
-Si algo le sucede a tu cuerpo, esto me lo hará saber. - al soltarla, se dirigió de nuevo a la ventana. - Puedes ir a la cabaña cuando gustes. - comentó a modo de despedida, saltando del borde y encaminándose hacia las ramas de los árboles.
Tsubaki, mientras tanto, se acomodó la camisa y se abrazó sí misma con una sonrisa.
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-1 mes después-
Corriendo por los pasillos hasta salir del templo, Tsubaki llevaba consigo una cesta, envolviendo su contenido con un gran mantel.
Desde hace días que sus compañeros y la señora Matsu la sentían rara. Sin embargo, para no despertar el interés del sacerdote Seikai, decidieron ignorarla, ya que posiblemente estuviera planeando una tontería.
Incluso se había quedado sin tiempo para charlar con Midoriko, algo que la preocupaba en el fondo, ya que estaba por mudarse al templo Higurashi. Pero ella lo entendería, después de todo, eran amigas y se procuraban la una a la otra.
Escabulléndose al lago, tomó el mismo camino que Madara le había enseñado para llegar a su cabaña, apareciendo frente a las escaleras de concreto, luego de unos 15 minutos.
-¡Lord Madara! ¡Esto es muy difícil y agotador! - bramó Shisui en la cima, intentando arrancar de la tierra un enorme nabo. - ¡¿No le podemos pedir ayuda a alguien?!
-Shisui... - lo llamó seriamente, cavando un hoyo con una pala de madera. - si te sigues quejando, cocinaré un delicioso cuervo a las brasas.
-D-Dudo mucho que a la señorita Tsubaki le guste... - comentó nervioso, ganándose una mirada asesina por parte de su amo.
Hubiera tragado grueso en otras circunstancias... de no ser por la repentina llegada de la joven. Rápidamente, abandonó el nabo y se transformó en un cuervo, saliendo volando de ahí.
-¡Hola! - lo saludó con una sonrisa. El viento elevaba su largo cabello negro hacia su izquierda. Entonces, sus ojos verde esmeralda vieron fascinados los vegetales que salían del suelo. - ¡Qué bien! ¿Pronto vendrán por ellos?
Madara asintió. Tiró la pala y se sentó en la tierra.
-Es agotador ser granjero. - dijo, con la mirada perdida en el cielo. - Pero, sin duda, es más difícil ser general de un ejército Youkai.
-Tengo la cura perfecta para ti. - comentó la sacerdotisa entre risas, sentándose a su lado y sacando las cosas que llevaba en su cesto.
El hombre, inclinándose hacia adelante, quedó maravillado con un aroma en específico. No podía creerlo. Sobre la palma derecha de Tsubaki, se hallaba el corazón de un jabalí.
-Espero te guste. Lo atrapé especialmente para ti.
Madara lo tomó en sus manos. Olía delicioso. Y al dar el primer mordisco, su corazón latió de nostalgia y felicidad. Era como desayunar un buen plato hecho en el inframundo.
-Creí que lo habías olvidado.
-Para nada. - replicó, sonriendo al verlo tan concentrado en su comida. - Incluso puedo dejarte beber un poco de mi sangre.
Terminándose el corazón, Madara la miró serio. Tomó con delicadeza su brazo derecho, deslizando hacia atrás la manga de su haori negro, y lo llevó a la altura de su nariz.
-Desprendes un aroma delicioso. - confesó, con su boca a unos centímetros de su piel. - Ni siquiera la fruta Tsuchigumo se compararía contigo.
-¿Fruta Tsuchigumo?
-Un objeto místico que le permite a su majestad Naraku conservar su inmortalidad. - explicó. - Gracias a él, ha sido capaz de vivir por varios siglos. Sin embargo, antes de poder obtenerlo, tuvo que negociar con una humana para que se lo entregara, luego de que se la comió por accidente. Los monstruos la seguían a donde fuera porque su olor era delicioso y podía curar cualquier tipo de herida con su sangre.
Tsubaki asintió, fascinada con la historia de aquel objeto.
-Oye... - la llamó Madara, luego de unos segundos de silencio. - ¿Lo de tu brazo no era broma o sí?
-Jamás me atrevería a jugar con eso. - respondió sonriendo. - Adelante. Toma la sangre que gustes.
-¿De verdad? - cuestionó burlón, bajando su brazo y acercándose peligrosamente a ella.
Los latidos en su corazón eran fuertes. Una vez que puso sus manos en su espalda, llevó su boca al lado derecho de su cuello, clavándole sus colmillos. El dolor, en lugar de ser un inconveniente para la sacerdotisa, era excitante.
Sonrojada, y con las manos temblando, las llevó a su nuca y a su largo cabello negro, jadeando únicamente cuando sus dientes se clavaban unos milímetros más profundo. Después de unos segundos, Madara dio un último trago, separándose de ella. Ambos respiraban agitados.
-¿Podríamos...? - preguntó en voz baja, tragando saliva y siendo incapaz de verlo a los ojos. - ¿...hacer el intercambio de corazón esta noche?
Madara asintió. Se aproximó de nuevo a su cuello, para lamer sus heridas y los restos de sangre a su alrededor y luego, la abrazó.
-¿Esta noche en la cabaña? - preguntó.
Ella asintió, aferrando sus brazos a su espalda... sin percatarse que alguien los miraba desde las sombras hechas por los árboles a su alrededor.
Fin del capítulo.
