Diclaimer: Los siguientes personajes son de un anime escrito por Mirsuro Kubo, sólo fueron utilizados por mí para protagonizar esta triste historia.
Advertencias: Ninguna
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Fragmento 4: El deber es primero
Yuri despertó de ese sueño tan pesado que parecía eterno en el que se había sumido. Junto a él yacía un ser arrodillado que le contemplaba con una expresión de tristeza en el rostro. Un sobresaltado rubio se incorporó casi de un salto y contempló alrededor, estaba en esa casa humana donde había decidido quedarse hasta que su misión se completara, a su lado estaba Otabek con la cabeza gacha y el semblante decaído. De inmediato pensó en lo peor, en la peor de todas las situaciones, por lo que de inmediato lanzó una patada al joven a su lado.
Otabek se dejó golpear y se dejó caer al suelo con toda la fuerza que le propinó ese golpe. Se sentía culpable por lo que había hecho, pero ese era su trabajo después de todo, esa era la misión que le habían encomendado y debía llevarla a cabo sin importar de quien se tratase, en ese sentido era muy parecido a su antítesis rubia. Se limpió levemente la sangre que le corría del labio antes de voltearse a ver a un agitado y débil muchacho intentar ponerse de pie y correr hacia la universidad, pues a esa hora era en ese lugar donde encontraría a Yuuri. Sin embargo, al intentar levantarse volvió a caer al suelo o al menos habría caído si sus brazos no lo hubieran sostenido.
― ¡Suéltame idiota! ―le gritó mientras pataleaba e intentaba hacer que ese tipo lo bajara.
―Te caerás de nuevo ―le comentó antes de volverlo a sentar en el suelo. ―Lo lamento mucho, Yura ―le dijo nuevamente ante la mirada de odio que estaba recibiendo del menor.
― ¿Por qué lo hiciste? ―Era una pregunta tonta y hasta obvia, si un demonio se quedaba tanto tiempo junto a un ser celestial era para absorber su energía hasta que llegue el punto en que ese ser celestial colapse, a eso le llamaban "dominio demoníaco". Pero Otabek no había absorbido su energía en todo ese tiempo juntos, pero ahora, cuando se había decidido a vigilar a Yuuri, había decidido absorberle hasta el punto de dejarlo inconsciente y tener le descaro de esperar a que despierte. ― ¿Acaso Yuuri…? ―comenzó a decir, pero la palabras se le atoraron en la garganta. ―Tengo que ir por Yuuri ―dijo e intentó ponerse de pie nuevamente.
― ¡Espera! ―le sostuvo Beka, de nuevo. ―No puedes irte, que un demonio "domine" a un arcángel genera daños muy severos de los cuales los arcángeles no se recuperan pronto…
Le había comenzado a explicar los procedimientos que había llevado a cabo y se había disculpado de todas las manera posibles por su accionar, pero todo era en vano pues para Yuri no había algo que perdonar. Era más que obvio que ese era el deber de Otabek, un demonio de alto rango que estaba allí nada más y nada menos que para frustrar los planes de cualquier arcángel que se le cruzara en el camino. Yuri había pasado junto a él y había causado que ese demonio no se le despegara de al lado, y aunque él tampoco quería separarse, ambos pertenecían a bandos contrarios y tenían prohibido no sólo ser amigos, como ya lo eran, sino tener una relación profunda. Eso conllevaba un castigo peor que el destinado a Yuuri.
En medio de la charla que le estaba brindando Beka a su amigo, pudo ver cómo éste estiraba la mano y le tocaba el hombro. En cuestión de segundos comenzó a sentir como la energía fluía a través de su brazo y llenaba su cuerpo por completo. Se sentía vivo de nuevo, mientras que su contrincante había perdido el conocimiento y caído al suelo con la suavidad que el otro brazo de Yuri le permitió.
―A menos que roben la energía de un demonio, en ese caso la recuperación será inmediata ―dijo nuevamente el menor antes de ponerse de pie y salir corriendo rumbo a la universidad.
Podía sentir como si sus pies se elevaran en el suelo mientras corría hacia la universidad temiendo lo peor pero sabiendo que lo peor era lo más factible. Una vez estuvo en la puerta ingresó en ese gran edificio para comenzar a rastrear a Yuuri. Tardo un poco más en encontrarlo, pero al final lo hizo, mas se quedó helado en el umbral de la puerta del salón ante lo que estaba sintiendo.
El aura de Yuuri había cambiado, su aroma era diferente inclusive, su esencia no era la misma que él había conocido hacía ya mucho tiempo. Algo había cambiado en él, algo intangible le había hecho ser un ser diferente. El aura pura y perfecta que lo solía rodear había desaparecido por completo, sus ojos dulces y serenos le habían abandonado dando paso a un par de ojos que reflejaban los recuerdos de la noche anterior y el deseo de que se repita. Se estremeció al sentir y ver el ser imperfecto en el que se había convertido ese hermoso ángel guardián. El ser más bello y puro reducido a un ser imperfecto e impuro, todo por el deseo carnal.
El muchacho de lentes que intentaba prestar atención a la clase no pudo evitar sentir la presencia de un ser diferente, de alguien que no reconoció de inmediato. Al voltear en la dirección de donde provenía esa esencia, pudo reconocer a Yurio, como él solía llamarle. Se estremeció, pero había tomado una decisión y estaba seguro de que podría afrontar las consecuencias de la misma. Suspiró e inspiró levemente, dándose valor a sí mismo y acto seguido contempló a Victor quien se había sentado un par de asientos debajo de él, pues el salón tenía forma de teatro griego.
Contempló a su amado por unos minutos, no quería separarse de él, quería seguir viéndolo todos los días y seguir pasando momentos a su lado. Quería seguir sintiendo su piel contra la propia, sus besos y caricias que eran más hermosos que cualquier otra cosa que haya probado en su vida. El fruto prohibido, la manzana prohibida, eso era Victor Nikiforov y él le amaba con todo su ser. Mas no le quedaba otra opción más que aferrarse a la poca fe que le quedaba y enfrentar las consecuencias de sus actos, no había otro camino que hacer.
Después de que lo miró por mucho tiempo, Victor se dio vuelta. De inmediato Yuuri se sonrojó y le hizo señas de tal modo que el otro entendiera que iba a salir de clases por un rato. El de cabellos plateados asintió con la cabeza antes de que el otro tomara sus cosas y saliera de aquel salón, quizás por última vez.
