Diclaimer: Los siguientes personajes son de un anime escrito por Mirsuro Kubo, sólo fueron utilizados por mí para protagonizar esta triste historia.

Advertencias: Muerte de un personaje

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Fragmento 5: Choque celestial

Guiándose apenas por los deseos de cumplir con su deber y de afrontar la realidad a que ambos estaban sometidos, los dos seres sobrenaturales terminaron en la azotea del gran edificio universitario. Se contemplaban mutuamente, sus miradas parecía que podrían cortar el aire con el sólo contacto entre ellas. Dentro de sus corazones reinaba la confusión, pero el deber era lo que prevalecería en el corazón y la mente del arcángel.

―Yuuri, Ángel de la Guarda de Victor Nikiforov, has pecado gravemente ―comenzó a sentenciar el rubio mientras un par de enormes alas blancas con un plumaje importante, se desplegaban desde su espalda. ―Esto debe ser castigado severamente con la caída y la reasignación a otro humano ―dijo para finalizar la sentencia que había hecho.

―Pues me niego a aceptarlo ―respondió el acusado al tiempo que a sus espaldas se desplegaban otro par de alas iguales o más bellas que las de su contrincante. ―No dejaré que me separes de Victor sin luchar.

― ¡Yuuri, recapacita! ―le gritó el rubio adoptando una posición de batalla adecuada y dejando que en sus manos apareciera una lanza dorada que parecía mucho más poderosa que cualquier arma de humanos o inmortales. ―No tienes que hacer esto, sólo acepta la sentencia. Yo no quiero luchar contra ti y quisiera que fueras feliz, pero el deber es el deber…

―Amo a Victor, y no me separarás de él fácilmente… ―dijo el otro dejando que sus ropas cambiaran a un atuendo más adecuado para un ángel de su talla, con ropas blancas y radiantes como sólo las de un ángel pueden serlo. En su mano izquierda se hizo presente un escudo y en su mano derecha una espada, ambas doradas como el oro y con un poder similar a la lanza de Yuri.

― ¡Debes cumplir con tu deber! ―gritó nuevamente el arcángel perdiendo de a poco la paciencia pero debatiéndose sobre su accionar.

― ¡Que tú te condenes a la infelicidad no significa que yo deba hacer lo mismo! ―gritó Yuuri dejando salir lo que realmente pensaba y lo que realmente sabía de la relación prohibida que Yuri compartía con ese demonio cuyo nombre no conocía.

El rubio pudo sentir como si su corazón se quebrara en pedazos, como si su vida se cayera fragmento a fragmento. Su respiración se agitó y su vista se nubló levemente por las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos, sus manos tomaron con más fuerza esa arma que ya sostenía con el peso del deber, pero en ese momento las dudas se disiparon de su mente. Iba a matar a ese ángel si era necesario, ese iba a ser el mejor castigo por su insolencia y por sus pecados. Con un grito que no quedó atorado en su garganta se lanzó al ataque contra ese ser que se defendió con el escudo.

La lanza chocó contra el escudo causando que ambas energías colisionaran con la fuerza suficiente como para que los dos salieran disparados hacia atrás. Los dos seres celestiales desplegaron sus alas con una belleza y un porte que los hacía dignos de la hermosura de la inmortalidad, se miraron nuevamente pero ya no había ni bondad ni dudas en sus miradas, ambos estaban decididos a luchar entre sí con tal de hacer su voluntad prevalecer. En cuestión de segundos se elevaron en el cielo, causando que la atmósfera cambiara levemente, sólo alguien con mucha percepción podría haber visto esa batalla que se iba a desarrollar en los aires.

Las armas doradas chocaban una contra la otra en una pelea donde dos corazones destrozados se enfrascaban con una ira y una rabia considerables. Destellos dorados y celestes se desplegaban de los choques constantes de espada y lanza, de lanza contra escudo y de espada contra los grilletes de oro sólido que sólo los arcángeles podían usar. La fuerza de ambos era enorme y, pese a la fuerza con que se atacaban mutuamente, ninguno podía vencer al otro, la fuerza de ambos seres era muy similar. Los ángeles de la guarda poseen una energía especial y diferente a la de los ángeles comunes que hace que su poder y fuerza se equipare a la de un arcángel. En este caso, Yuuri y Yuri tenía poderes y energías similares, aunque la del primero se manifestase en forma de flamas azules y la del segundo en forma de llamas doradas debido a su alto rango en la jerarquía celestial.

A medida que la pelea avanzaba, los ángeles iban sobrevolando el cielo de la ciudad sin que los ojos mortales, o al menos sin que todos los ojos mortales, les contemplaran. Las nubes se aglomeraban en el firmamento y pronto los rayos y truenos se hacían presentes en el mismo, la lluvia sería inminente mientras ellos se enfrascaban en esa cruenta batalla entre voluntades. Voluntades tan fuertes como sus cuerpos inmortales, pero que pronto se aplacarían a causa del cansancio y el uso exagerado de energía producto de las emociones que les embargaban y que les llevaba a pelear con todas sus fuerzas.

Fue durante una de las maniobras de Yuuri que su contrincante vio la oportunidad para enganchar su lanza con la empuñadura de la espada contraria. El de cabellos azabaches dejó caer la espada debido al fuerte corte que recibió en la muñeca, que de inmediato comenzó a sangrar. Ante los ojos sorprendidos del dueño de esa sangre, su oponente aprovechó la oportunidad para atacarlo con fuerza y patearlo justo en el estómago. La fuerza de la patada hizo que el ángel guardián comenzara a caer.

Yuuri desplegó sus alas y pudo planear con la fuerza del aire, aunque el viento mojase sus plumas no iba a dejarse vencer por eso. Se colocó delante de su enemigo quien contemplaba la sangre de la muñeca contraria caer de a gotas y perderse en el abismo del cielo. Se suponía que los ángeles no sangraban, por ser seres inmortales, pero Yuuri era un ángel que había caído en el pecado, por lo que su cuerpo ahora era más mortal y manifestaría sufrimientos mortales. Eso al ángel guardián no le importaba, debía ganar la batalla por su amado Victor, aunque sólo contase con su escudo para defenderse.

Pronto la pelea se reanudó con un joven arcángel atacando a diestra y siniestra a su oponente, sin miramientos y sin compasión; debía de cumplir con su deber a como dé lugar. Pronto la lanza y el escudo chocaron nuevamente, pero la debilidad de Yuuri hizo que sólo él fuera lanzado hacia atrás y provocara que cayera levemente hacia el suelo. Pese a que se repuso y volvió a contraatacar aunque fuera sólo con sus puños, fue bloqueado por las pulseras de oro que su superior ostentaba que no logró hacerle ningún daño.

―Lo siento… amigo ―dijo con suavidad Yuri cuando tomó con su mano libre la mano con la que Yuuri sujetaba el escudo sólo para clavarle la lanza en el costado derecho del pecho. Ambos vieron con asombro la sangre brotar de esa gran herida que se había formado en el pecho de ese ser ahora ya no tan inmortal como había sido antes.

El dolor le invadió el cuerpo, nunca había sentido tanto dolor como en aquel momento, nunca se había visto sangrar con anterioridad, por lo que era una experiencia realmente chocante para su mente. Pero ya no había marcha atrás, comenzaba a ver con mucha dificultad la silueta de su contrincante aún a través de la capa de agua que formaba la lluvia a su alrededor. Con el resonar de un trueno sintió cómo el rubio le soltaba la muñeca y redirigía su lanza hacia otra zona de su cuerpo.

Intentó esquivar ese ataque que sabía sería devastador, más en su condición actual, pero el dolor le impidió moverse a mucha velocidad, por lo que el contacto fue inminente. De un solo corte, el arcángel había logrado cortar parte del ala izquierda de su oponente. Yuuri comenzó a caer en círculos pero intentaba mantenerse en el aire, razón por la cual el rubio, con lágrimas en los ojos que eran disimulados por la lluvia, cortó parte del ala derecha.

Victor… Lo lamento tanto…

El cuerpo del ángel guardián de Victor cayó en picada dejando un rastro de sangre en su caída. El agua de la lluvia disimulaba las lágrimas del ángel caído que no podía soportar no sólo el dolor físico que le había provocado su superior, sino el dolor emocional que le había causado el tener que abandonar a su amor. Perder esa batalla había significado para él perder la vida que anhelaba, perder a su amado y a su propio ser. Sería obligado a renunciar a todo lo que había deseado en la vida, su amor sería destrozado en pedazos, por eso las lágrimas le siguieron hasta que su cuerpo cayó en medio de un baldío. Con un estruendo casi sordo, el cuerpo casi sin vida de ese ser celestial cayó en medio de un contenedor de basura metálico, rebotó y cayó al suelo enlodado por la lluvia en contacto con la tierra y la basura. En ese sitio deplorable se resignó a morir entre llanto y dolor.