La niña estaba igual que en la fotografía, lo único que cambiaba era que ahora tenía aún más rasguños en su rostro, y las ojeras bajo sus ojos estaban aún más oscuras.

Sus ojos eran la única prueba de que no era un inferi. Un par de tormentosos ojos plateados, justo como los de su padre y abuela. Su mirada era penetrante, como si pudiera ver todos los secretos de la persona a quien veían, pero a la vez nebulosos, ocultando los secretos de su dueña.

Dumbledore le dio tiempo a la pequeña para que lo estudiara y se acostumbrara a su presencia. Seguramente era la primera persona que esa niña veía que no fuera un doctor o una enfermera, y no quería asustarla aún más.

—Buenas noches, pequeña —saludó suavemente.

La niña mantuvo su rostro inexpresivo, lo que hizo pensar a Albus que, quizás, todos estos años de medicamentos y maltratos la habían afectado más de lo que había pensado.

Al ser una niña mágica, la niña tenía una protección especial que la hacía tolerar el maltrato físico un poco más que los niños muggles. Sin embargo, la niña no sólo había sufrido físicamente.

—¿Puedes entender lo que digo, pequeña?

La niña había estado ahí desde que tenía un año y medio de vida. Para entonces su vocabulario no podía haber estado muy desarrollado, y las personas ahí no parecían tener la paciencia como para haberle enseñado.

La niña asintió.

—Excelente —dijo sonriendo—. Por favor, permíteme presentarme. Mi nombre es Albus Dumbledore.

Para sorpresa de Albus, la niña frunció el ceño al escuchar su nombre.

—Soy director de una escuela especial.

La niña alzó las cejas con asombro.

—Hogwarts.

Ahora fue el turno de Albus de sorprenderse.

—Así es, pequeña. Puedo preguntarte ¿cómo es que lo sabes?

La niña apartó la mirada y la clavó en una de las manchas que había en el suelo. Una enorme mancha oscura. Luego regresó sus ojos a los de Dumbledore, quien sintió como si alguien estuviera usando Legeremancia con él. Excepto porque las memorias que vio no eran suyas, sino de la niña.

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Primero, una chica rubia de unos veinte años, con un camisón igual al de la niña, era llevada a la fuerza por un par de enfermeras parecidas a Louise. Las enfermeras la acostaron en una cama junto a la de la niña y la amarraron fuertemente de las muñecas y los tobillos.

Aquí tienes a tu nueva compañera —dijo una de las enfermeras—. Adrasta Flint, una perra tan loca como tú.

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Una enfermera entró con un par de tazones llenos de una masa verde y marrón bastante desagradable. Dejó un tazón en la cama de la joven y se fue a la cama de la niña.

Veamos, loquita. Esta vez a la cocinera se le han caído un par de cucarachas a tu tazón. No te molesta, ¿cierto? Qué va, si tú ni siquiera entiendes lo que digo, esquizofrénica idiota.

Los ojos de la niña se enfocaron en el tazón que sostenía la enfermera, y éste salió volando de sus manos hasta estrellarse contra la pared.

La enfermera salió corriendo gritando espantada, dejando a las dos pacientes solas.

Adrasta miró a la niña un largo momento antes de patear su tazón para que cayer al suelo.

Tú eres una bruja —dijo antes de acostarse en la cama y darle la espalda.

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Adrasta y la niña estaban sentadas en la cama, una frente a la otra, mientras la menor trataba de enseñarle a hablar a la menor.

A-cer-ti-jo.

A-cer-ti-jo —repitió la niña con un poco de dificultad.

Bien, mañana te enseñaré a leer —dijo Adrasta bajándose de la cama—. La enfermera no tarda en venir.

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Adrasta estaba acostada en su cama mirando al techo fijamente. La niña se mantenía en su cama, escuchando atenta el relato de su compañera.

Luego mi tío le confirmó a mi madre que yo era una squibb, una persona de padres mágicos pero que no es mágica. Mi madre estaba tan avergonzada, y mi padre asqueado. Me botaron en el primer orfanato que pudieron y no miraron atrás. Logré escapar y pasaba los días robando para comer, hasta que me atraparon y me trajeron aquí luego de que les conté mi historia.

»En verdad espero que tus padres estén muertos —dijo girándose para verla—, porque si no, significa que a ti tampoco te querían y preferían que estuvieras aquí antes de quedarte con ellos.

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Una enfermera diferente a la anterior entró a la habitación, pero como la anterior, dejó un tazón en la cama de Adrasta y se giró a la cama de la niña.

Abre la boca, fenómeno —dijo extendiéndole la cuchara llena de masa grotesca—. No tengo todo el...

La niña jadeó horrorizada. Adrasta había quebrado su tazón de comida, tomó el trozo más grande y lo usó para cortarle la garganta a la enfermera, quien cayó al suelo y convulsionó un par de minutos antes de quedarse completamente inmóvil.

Fue un honor conocer a la última nædàr.

Sin darle tiempo de responder, Adrasta se cortó la garganta, haciéndose una herida más profunda que a la enfermera, muriendo casi al instante.

La niña miró fijamente ambos cuerpos sin vida frente a ellas, sin entender del todo lo que había pasado. Adrasta ya le había explicado lo que era la muerte, cómo las personas se quedaban dormidas y no volvían a despertar.

Sin embargo, Adrasta no le dijo que las personas podían hacer morir a otras personas, o que podían hacerse morir a sí mismas.

Pasó media hora antes de que otra enfermera entrara y descubriera aquella grotesca escena.

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Dumbledore volvió a abrir los ojos, encontrándose de nuevo con los de la niña.

—¿Tú me mostraste eso? —preguntó incrédulo.

La niña asintió sin apartar la vista. Albus tragó en seco. Sus poderes eran más grandes de lo que había previsto.

—¿V-va a llevarme?

Dumbledore se sorprendió al escucharla por segunda vez. Su voz era suave y un poco aguda, pero Albus pudo identificar el miedo en ella.

—Sí —respondió el director—. Te llevaré con unos familiares tuyos que te cuidarán hasta que llegue el tiempo en que vayas a Hogwarts. Asumo que sabes qué es Hogwarts, ¿cierto?

—Sí.

Dumbledore sonrió y extendió una mano hacia la niña para ayudarla a bajar del catre.

La niña dudó un momento antes de tomar su mano. Le costó trabajo bajar de la cama, puso sus pies descalzos en el frío suelo y tambaleó un poco, como si no estuviera acostumbrara a caminar.

—¡Oh, pero que tonto soy! Permíteme.

Dumbledore movió su varita y la sábana del catre se transformó en un par de sandalias pequeñas en los pies de la niña.

Mientras caminaban fuera del asilo, Albus notó que la niña no podía caminar correctamente, ya que prácticamente iba colgada de su brazo.

—¡¿Qué demonios le hizo al doctor Hanson?!

Dumbledore miró a la enfermera Louise parada frente a ellos en el vestíbulo apuntándoles con un revólver.

—Si me permite sacar la carta en mi bolsillo, entenderá todo esto, señorita Trapp.

La enfermera parecía sorprendida de que alguien haya recordado su nombre. Albus Dumbledore no había convivido tanto tiempo con Gellert Grindelwald y Tom Riddle sin haber aprendido uno o dos trucos de manipulación.

La enfermera lo pensó un momento antes de asentir, pero no bajó el arma.

Albus sacó un trozo de papel de su bolsillo y se lo extendió a la enfermera, pero cuando ésta se acercó a tomarlo, Dumbledore sacó su varita y la petrificó antes de que pudiera jalar el gatillo.

—Luego se ocuparán de ellos —le dijo Albus a la niña antes de salir del edificio.