Las rodillas le temblaban con cada paso que daba. No estaba acostumbrada a caminar más que para ir al baño una vez al día. Siempre que la llevaban a sus "terapias", la sedaban antes de sacarla de su habitación.
Dumbledore abrió la puerta con un movimiento de su varita y los guió a ambos afuera.
La niña sintió su corazón acelerarse. Aquella era la primera vez que ponía un pie fuera del edificio desde que tenía memoria.
Dumbledore sintió a la niña soltarse súbitamente de su brazo. Las piernas de la niña le temblaron y cayó al suelo de rodillas, con la vista clavada en la enorme esfera brillante en el cielo.
—¿Te gusta la luna, pequeña?
—Luna —repitió la niña.
La única ventana que había en su habitación había estado sellada con tablas de madera desde siempre. En el tiempo que llevaba en el asilo, jamás había visto el mundo exterior, ni siquiera un rayo de sol se podía colar a través de las tablas.
—¿Nunca habías visto la luna? —preguntó Dumbledore con tristeza.
—La he visto antes —corrigió la niña sin poder dejar de ver la luna—. Sólo no la recordaba.
La niña estaba segura de que la había visto antes. Sabía que no había nacido en el hospital. Una vez oyó a las enfermeras decir que un par de monjas habían llegado una noche y la habían dejado allí por que pensaban que estaba poseída. Esa noche, por lo menos esa noche, tuvo que haber visto la luna aunque sea un poquito.
Sus ojos se llenaron de lágrimas ante aquella realización. No había vuelto a ver a la luna desde la noche en que llegó al hospital. Una noche que ni siquiera recordaba.
—He pasado tanto tiempo en la oscuridad, que había olvidado lo bonita que es la luz de la luna.
Dumbledore se pusonde rodillas frente a ella y colocó una mano sobre su hombro.
—La vida es como un laberinto, no sabemos qué nos depara en cada esquina que doblamos, y durante ese recorrido podemos llegar a perder muchas cosas, pero lo que realmente importa es apreciar lo que ganamos.
»Tú, mi niña, has perdido mucho en tu corta vida, pero esta noche has ganado una oportunidad muy valiosa. En tu encierro perdiste recuerdos del mundo libre, pero esta noche has empezado a conocer el mundo de nuevo. Esta noche has vuelto a conocer a la luna, y pronto, volverás a conocer lo que es vivir en libertad.
La niña bajó la mirada.
—Adrasta me enseñó esa palabra, pero no me dijo lo que significaba. Dijo que la definición de Libertad sólo la entienden quienes han sido libres, y yo siempre he estado cauitiva.
—Pues a partir de hoy dejarás de estarlo.
Dumbledore se puso de pie y y le extendió una mano a la niña, quien la aceptó y empezó a caminar con él hacia el bosque.
Caminaron un buen rato hasta que llegaron a un claro con un enorme tronco derribado en el suelo. Dumbledore ayudó a la niña a sentarse sobre él y tomó asiento junto a ella.
—¿Profesor?
—¿Sí?
—¿Usted sabe cómo me llamo?
Dumbledore suspiró recordando el expediente encogido en su bolsillo y todo lo que había leído en él.
—Tu nombre completo es Sophia Altair Black. Naciste el 03 de noviembre de 1980 justo después de media noche en la casa de tus padres en Portree, capital de la Isla de Skye en Escocia. Pesaste 590 gramos y mediste 31 centímetros. Naciste con solo veintisiete de gestación, por lo que eras más pequeña que un bebé normal. Tu madre fue Samantha Elise Black née Grayson, y tu padre es Sirius Orion Black.
Se quedaron en silencio unos minutos mientras la niña procesaba la información. Había pasado de no saber ni su nombre, a saber incluso cuánto había pesado cuando nació en menos de dos minutos.
—Sophia —dijo su nombre sin poder creerlo.
Dumbledore buscó en uno de sus bolsillos y sacó un par de bolitas brillantes.
—¿Gustas un dulce de limón?
La niña, Sophia, miró la bolita que Dumbledore le extendía y la tomó con cuidado. Adrasta no le había hablado de dulces.
Sophia miró cómo Dumbledore desenvolvía su dulce y se lo metía a la boca, copiando cada movimiento.
Sophia suspiró al sentir el delicioso sabor de aquel dulce. Sabía muchísimo mejor que cualquier pastilla o jarabe que le hayan dado jamás. El problema ahora era que no sabía que más hacer con él.
—¿Debo tragarlo ahora?
Dumbledore la miró un momento antes de negar con la cabeza.
—Solo mantenlo en tu boca hasta que se derrita. Si lo tragas ahora, podría quedarse atorado en tu garganta.
Sophia cerró la boca y mantuvo el caramelo lo más lejos que pudo de su garganta. Sería una tragedia si muriera justo ahora que había sido liberada.
Ambos se quedaron sentados, comiendo dulces de limón durante veinte minutos, hasta que tres figuras aparecieron entre los árboles, haciendo que Sophia casi se trague un caramelo del susto.
El primero era un hombre alto, con la piel oscura y un sombrero extraño. El segundo era más bajo, tenía varias cicatrices en la cara y uno de sus ojos eran más grande y azul que el otro. El tercero era el más bajo, tenía el pelo amarillo y estaba vestido completamente de azul.
—¡Ah, amigos míos! —exclamó Dumbledore— ¡Me preguntaba cuándo se nos unirían!
—Parece que Newt ganó la apuesta, Albus —dijo el hombre más pequeño sonriendo—. ¡La has encontrado tú!
—Aunque si lo piensas, no fue una apuesta justa —dijo el hombre de color—. Su cuñada debió haberle dicho quién la encontraría.
—¿Quieren dejar de cotillear, señoritas de instituto? —se quejó el hombre de los ojos raros— Creo que no necesito recordarles que estamos en una misión, ¡no en una maldita fiesta de té!
—Calma, Alastor, asustarás a nuestra pequeña invitada —dijo Dumbledore, luego se dirigió a Sophia—. ¿Me permitirías presentarte a mis amigos, Sophia?
Sophia lo pensó un momento. No le gustaba estar rodeada de muchas personas. Según los doctores del asilo, Sophia sufría trastornos antisociales. No sabía lo que significaba, pero tampoco quería averiguarlo.
Asintió no muy segura, pero se relajó un poco cuando Dumbledore no la obligó a ponerse de pie como él.
—Él es Kingsley Shacklebolt —dijo señalando al hombre de color—. Uno de los hombres más honestos y leales que he conocido. Y vaya que he conocido a muchos.
Kingsley la miró con una enorme sonrisa, e hizo una pequeña reverencia con la cabeza.
—Es un honor conocerte, Sophia.
—Él es Alastor Moody. Qué no te engañe su aspecto. Una vez que lo conozcas no será más que un enorme oso de algodón.
El hombre de los ojos distintos miró mal a Dumbledore, pero luego uno de los ojos se giró a verla a ella y la examinó de arriba a abajo.
—Y él es Ted Tonks. La esposa de Ted, Andromeda, es prima de tu padre. Te quedarás con ellos y su hija Nymphadora hasta que llegue el momento en que vayas a Hogwarts.
El hombre más bajo la miró con una cálida sonrisa, se acercó a ella lentamente y puso una rodilla en el suelo para quedar a la misma altura.
—No sabes lo feliz que nos hace que vengas con nosotros, Sophia. Tu tía Andy está tan feliz por tener a otra niña en casa. Y Dora no deja de hablar de todo lo que le va a enseñar a su prima.
Los ojos de Sophia se llenaron de lágrimas. Nunca nadie le había hablado con tanto cariño en su vida. Incluso las enfermeras que llevaban años atendiéndola, le hablaban con desprecio y la insultaban siempre. Y ahora ese extraño llegaba de la nada y le hablaba con tanta gentileza.
Ted vio las lágrimas en los ojos de la niña, pero prefirió ignorarlas. No quería presionarla o asustarla haciendo preguntas, así que le extendió el pequeño paquete que cargaba.
—Toma, linda. Estos son unos dulces especiales llamados grageas.
Sophia tomó la cajita en sus manos.
—G-gracias —murmuró mirándolo a los ojos.
—No tienes nada que agradecer, cielo.
Kingsley se acercó lentamente y le extendió otro paquete.
—Estas son varias de regaliz. No sabía si te gustarían más las rojas o las negras, así que te traje de ambas.
—Toma —dijo Moody, dándole un paquete un poco más largo.
—¿Moscas de café con leche? —se quejó Kingsley— ¿Es en serio, ojoloco?
—¡Cierra la boca!
Sophia tomó los paquetes y les agradeció a ambos sin alzar mucho la voz.
—Te aconsejo que no los abras hasta mañana, Sophia —dijo Dumbledore—. No es bueno comer dulces con el estómago vacío.
Sophia miró a Dumbledore confundida. Él ya le había dado varios dulces de limón sin preocuparse por si había comido o no. ¿Por qué no podía probar los otros dulces ahora?
Dumbledore ignoró la mirada de Sophia y tomó una pequeña roca del suelo.
—¡Portus! —exclamó apuntándole a la roca con su varita, haciéndola brillar por un momento.
—Vaya, vaya, Abus. ¿Creando trasladores no autorizados frente a tres oficiales del Ministerio?
—Efectivamente, Alastor —dijo Dumbledore como si nada—. ¿Sabes? Eso me recuerda a la vez que un joven Ravenclaw le lanzó a su profesor de pociones un hechizo que lo envió un mes a la enfermería. Recuerdo haber tenido que desmemorizar a un par de elfos para evitar que expulsaran al pobre chico...
—Chantajista infeliz...
Dumbledore sonrió y le dio la roca a Ted. Luego se giró hacia Sophia y extendió su mano.
—Sophia, ¿podrías ponerte de pie, por favor?
Sophia hizo una pequeña bolsa con su camisón y para meter sus dulces, tomó la mano de Dumbledore y se puso de pie.
Ted se acercó a ella y le mostró la roca.
—Esto es un traslador. Va a llevarnos a casa, pero el viaje es un poco... difícil, la primera vez. ¿Te molestaría si te cargo? Prometo no dejarte caer.
Sophia lo miró un momento, luego miró a Dumbledore y luego a la luna, que se veía entre las copas de los árboles.
—¿P-podré ver la luna allá?
Ted sonrió ampliamente, extendiendo sus brazos hacia ella.
—Todas las noches, pequeña.
Lentamente, Sophia soltó la mano de Dumbledore y dejó que Ted pudiera sus brazos a su alrededor.
Ted la cargó y Sophia cerró los ojos, recostando su cabeza en el hombro de "su tío". Nunca antes la habían cargado con tanto cuidado.
—Por cierto —dijo Dumbledore—, feliz cumpleaños, Sophia.
Sophia no tuvo tiempo de responder, porque de inmediato todo empezó a dar vueltas, haciendo que se aferrara aún más a Ted.
Cuando la sensación término, Dumbledore, Kingsley, Moody y el bosque habían desaparecido, y en su lugar había una casa verde de dos pisos, rodeada por una cerca.
—Bienvenida a la casa Tonks en Rickman, Surrey —dijo Ted caminando hacia la casa—. Tu nuevo hogar.
