Some boys kiss me, some boys hug me

I think they're O.K.

If they don't give me proper credit

I just walk away

They can beg and they can plead

But they can't see the light, that's right

'Cause the boy with the cold hard cash

Is always Mister Right,

Sophia Black coreaba distraídamente Material Girl mientras conducía casi en automático su bicicleta por las más que conocidas calles de Little Whinging. Se detuvo antes de doblar la siguiente esquina para subirle el volumen al walkman y ajustarse los auriculares. Si había algo que le gustaba de esta vida, era la música de Madonna... Y el chocolate, claro está.

'cause we are living in a material world

And I am a material girl

You know that we are living in a material world

And I am a material girl

Aprovechó la pausa en su viaje para tomar uno de los chocolates que tío Ted le había metido a escondidas en su mochila. A escondidas, porque a tía Andromeda no le gustaba que su familia consumiera demasiada chatarra. Por lo tanto, era deber del tío Ted el abastecer la casa y a sus habitantes de las mejores delicias azucaradas, que en el caso de Sophia, eran los chocolates.

Some boys romance, some boys slow dance

That's all right with me

If they can't raise my interest then I

Have to let them be

Some boys try and some boys lie but

I don't let them play

Only boys that save their pennies

Make my rainy day

Desenvolvió el pequeño chocolate Millan y se lo metió entero a la boca, disfrutando de magnífico sabor que le invadía el paladar. Vio su reloj de pulsera para confirmar que aún tenía veinte minutos para llegar a su destino: el parque de la calle Girasoles, el cual estaba a sólo cinco minutos de donde estaba ahora.

'cause they are living in a material world

And I am a material girl

You know that we are living in a material world

And I am a material girl

Living in a material world (material)

Living in a material world

Se metió el envoltorio en el bolsillo trasero de sus vaqueros. No había tiempo que perder. Volvió a colocarse la mochila en la espalda y se aseguró que sus rodilleras, coderas y casco de seguridad, siguieran en la canasta de la bicicleta.

Sophia sonrió de lado. ¡Lo que le diría tía Andromeda si la viera! Y es que esa fue la única regla que le pusieron cuando tío Ted le regaló la bicicleta: siempre, SIEMPRE debía usar los protectores. Naturalmente, Sophia no podía menos que desobedecerla. Claro que los tíos no sabían nada. Sophia no era tonta, y no estaba dispuesta a perder su medio de transporte. No cuando más lo necesitaba.

Boys may come and boys may go

And that's all right you see

Experience has made me rich

And now they're after me

'cause everybody's living in a material world

And I am a material girl

You know that we are living in a material world

And I am a material girl

Se ajustó la coleta que mantenía sujeto su largo cabello negro, si bien algunos rizos ya se habían desecho del agarre y caían a ambos lados de su flequillo. Sophia no lo admitía, pero agradecía que tía Andromeda no le haya cortado el cabello. Le gustaba tenerlo tan largo que aún rizado y sujeto, le llegara hasta la cintura, y le gustaba todavía más que las tontas niñas de su curso la envidiaran por ello.

A material, a material, a material, a material world

Con ese pensamiento, Sophia volvió a montar en su bicicleta, mientras escuchaba las últimas notas de aquella canción que tanto le gustaba para empezar a sonar Mind Games de John Lennon, su segundo beatle favorito. Agradecía enormemente que no fuera un día tan caluroso, tomando en cuenta que estaban a mediados de julio. Julio...

Ya había pasado casi dos años desde que el profesor Dumbledore la había sacado del hospital psiquiátrico. Casi dos años desde que había ido a vivir con tío Ted, tía Andromeda, y la hija de ambos, Nymphadora. Dora, como la llamaba su padre. Nympha, como la llamaban Sophia y su madre. Tonks, como la llamaba el resto del mundo.

La noche que llegaron, tío Ted la había llevado a un bonito cuarto de tonos rojos, en donde pasó la noche. No fue sino hasta el día siguiente que conoció al resto de la familia.

Nymphadora era una chica muy alegre y divertida, aunque un poco torpe. Cuando la vio le asombró un poco el inusual color rosa chicle de su cabello, porque jamás había visto algún paciente o enfermera con ese tipo de cabello. Luego, su prima le explicó que era una metamorfomaga, o sea, nació con la capacidad de cambiar su aspecto a voluntad y sin necesidad de magia.

Tía Andromeda, la esposa de tío Ted, era una mujer alta, bella y elegante. Tenía el cabello de un suave color castaño y los ojos azul pálido. Ese día, ella le dio una extraña bebida, una poción reestablecedora, con la cual Sophia, en un abrir y cerrar de ojos, pasó de ser poco más que un esqueleto andante, a verse como cualquier niña de nueve años. Con otra poción, tía Andromeda logró desenredar el nido de pájaros que era el cabello de su sobrina, aunque se había negado a contárselo.

A Sophia le tomó un mes comprender la razón por la cual su tía había insistido en llevarla todos los sábados al pueblo para abastecer la despensa: el físico de Sophia. Y no es que la tía Andromeda fuese una mujer superficial, pero por alguna razón le encantaba que sus amigas del pueblo vieran lo hermosa que era su sobrina. Al principio, Sophia había dudado de su teoría, sin embargo, esta se vio confirmada cuando escuchó los halagos que recibía sobre su largo y rizado cabello negro, su rostro de rasgos finos o sus brillantes ojos grises.

Sophia pensó que, de no ser por la escuela, tía Andromeda la llevaría al pueblo todos los días. Y es que la escuela de Sophia no estaba en el pueblo de Rickman, en cuyas afueras se encontraba la casa de los Tonks.

...

El día que Sophia llegó con los Tonks, o más bien, la madrugada, era 03 de noviembre de 1989. Su cumpleaños, según Dumbledore. Como el año escolar empezaba hasta en septiembre, tío Ted decidió enseñarle en casa los meses que quedaban para que así pudiese asistir a la escuela, por lo menos durante el año que le quedaba antes de ir a Hogwarts. Fue así como, una semana después, tío Ted llegó a casa con una lista de las escuelas primarias de la región.

Rickman era un pueblo pequeño, rural, aislado del resto de poblados de Surrey. La única escuela primaria que había era una dirigida por las monjas encargadas del orfanato, y no tenía tan buena reputación que se diga. Ademas, tanto los Tonks como Sophia sabían que habían sido monjas quienes habían dejado a la pequeña en el asilo, por lo que tenían muy claro que, si tenía que estudiar este año, no sería en Rickman. Así que se pusieron a revisar la lista, la cual contenía el nombre, dirección y datos generales de todas las escuelas primarias de Surrey… y alrededores.

Sophia leyó los nombres sin mucho interés. La mayoría estaban a una hora o más de Rickman en automóvil. No estaba dispuesta a hacer que tío Ted se levantara a las cinco de la mañana y que condujera una hora de ida y otra de regreso, sin contar las dos que le tomaría pasar por ella de regreso. Ya se le hacía que tendría que ir a la "escuela" del pueblo. No estaba dispuesta a ser una carga para nadie.

Y fue entonces que, como caída del cielo (aunque técnicamente sí cayó, ya que tropezó al bajar las escaleras), llegó la buena de Nymphadora con la solución: "cómprale una bicicleta a Sophia" había dicho, "así ella no tendrá que ir con las mojigatas del orfanato y podrá ir y venir cuando quiera".

Dicho y hecho. En menos de tres días tío Ted le dio a Sophia una bicicleta roja, individual, aunque traía una rejilla que bien serviría de segundo asiento, justo atrás del primero. Tenía una canasta blanca al frente, dentro de la cual se encontraba el equipo de protección.

Ahora solo debía escoger la escuela. No necesitó meditar para obtener la respuesta: la más cercana, sin contar la de las monjas, claro, la escuela primaria Sandway, la cual estaba sólo a una hora en bicicleta, en Little Whinging.

...

Sophia sonrió esperanzada cuando al fin llegó al parque. "Ojalá hoy sí venga" pensó mientras conducía su bicicleta hasta el rincón más alejado del parque. No era un parque muy concurrido, ya que, según lo tenía entendido, no muchos niños habitaban en ese vecindario. Sin embargo, no podía arriesgarse a que invitados no deseados se unieran a su reunión.

Se bajó de la bicicleta y la dejó apoyada contra un tronco seco. Se sentó recostando la espalda en el tronco del gran roble que marcaba el final del parque y el inicio del bosque. Cruzó sus piernas y puso su mochila sobre estas. Sacó otro chocolate y la cámara instantánea que los tíos le habían regalado para navidad. Una de las cosas que Sophia había descubierto de sí misma, era que le encantaba tomar fotografías.

Sonrió divertida cuando Bohemian Rhapsody empezó a sonar en su walkman. No comprendía cómo es que era la única a la que le gustaban este tipo de canciones. Muchas veces preguntó indignada cómo es posible que haya gente que no ame la voz de Freddy Mercury. Las respuestas que recibía no la convencían en lo absoluto. Sin embargo, una plática con el tío Ted le ayudó a entender que no todas las personas son iguales, por lo tanto, no todas tienen los mismos gustos, y eso era lo que hacía especial a cada ser.

Sin embargo, no todos pensaban como el tío Ted. Sophia frunció levemente el ceño al recordar su primer día de clases.

...

Las clases habían empezado la primer semana de septiembre. Tío Ted había insistido en llevarla su primer día, y Sophia había aceptado con la condición de que llevaran su bicicleta, para que él no tuviera que molestarse en ir a recogerla. La tía Andrómeda, por su parte, le dio una pequeña pulsera negra, la cual estaba encantada para guiarla de regreso a casa, al igual que la bicicleta.

Cuando Sophia puso un pie fuera del auto, todos los niños que ha estaban aún afuera, junto con sus madres, se giraron hacia ella. La niña pensó que era normal al ser ella la "niña nueva". Este pensamiento quedó desechado cuando se fijó en las miradas desagradables de los pequeños y las expresiones de disgusto de sus madres. ¿Qué tenía Sophia de malo?

...

Sophia sonrió ante el recuerdo. Ahora entendía que para las mujeres que vestían a sus hijos con suéteres sosos y a sus hijas con vestidos rosas con flores más rosas, resultaba extraño e inmoral ver a una niña en vaqueros, botas negras y camisetas con estampados de bandas de rock. Pero ¿qué se le hacía? Si ese era el estilo de Sophia, ninguna señora amargada con cara de hurraca tenía por qué molestarse, y mucho menos opinar al respecto.

Pero lo bueno no acababa ahí.

Al entrar al salón de clases, incluso la profesora la miró de arriba abajo con incredulidad. Sophia sonrió divertida. La profesora, quien se presentó como Virginia Walcott, le pidió de manera no muy cortés que se presentara. Sophia sonrió de lado y dijo:

—Black. Sophia Black.

La profesora le ordenó que tomará asiento para dar inicio a la lección. Sophia echó un vistazo a los pupitres. Había por lo menos cinco pupitres vacíos. Dos, que estaban hasta el frente, quedaron desechados de inmediato; lo que menos quería era estar en el campo visual de aquella arpía que se hacía llamar profesora. Otro estaba justo detrás de un rubio grandulón con aspecto de cerdo; fuera de la lista. El cuarto estaba junto a una pelirroja que máscara chicle con la boca abierta mientras garabateaba en su libreta con una pluma rosa; ni hablar.

El último asiento, el elegido, el ideal, estaba justo en la esquina. Caminó consciente de que todas las miradas estaban puestas sobre ella. Al llegar notó que el asiento contiguo al suyo, estaba ocupado. Sophia rodó los ojos. Demasiado bueno para ser cierto. Rogaba porque no fuera un idiota o una tonta, como parecían ser el resto de sus "compañeros". Se sentó y volteó para ver a su nuevo vecino, y fue así como conoció a su mejor amigo, su primer y hasta hoy único amigo…

—¡HARRY!

Sophia se puso de pie de un salto olvidando completamente sus anteriores pensamientos. Ahora, lo único que ocupaba su mente era llamar la atención de su amigo a toda costa.

Harry Potter era un chico delgaducho, aunque la ropa holgada que usaba no ayudaba mucho. Tenía un muy alborotado cabello azabache. Usaba unas gafas redondas que siempre iban pegadas con cinta adhesiva -producto de las veces que era golpeado en la nariz por su primo el cerdo rosa-. Era pálido y sus ojos eran de un color verde brillante que nadie más tenía, ni en Little Whinging, ni en Rickman. Lo más curioso del aspecto de Harry era la cicatriz en forma de rayo que tenía en la frente.

A Sophia aún le resultaba graciosa la manera en que se habían hecho amigos.

...

La profesora Walcott les había dictado toda la mañana, por lo que Sophia no pudo hablar con el chico junto a ella. Y no es que ella tuviera ansias de hacerlo. De hecho, Sophia nunca había hablado con otros niños. Siempre habían sido pacientes o enfermeras quince años mayores como mínimo, luego Dumbledore y sus amigos (que no eran jóvenes ni mucho menos), los tíos Ted y Andromeda, y Nymphadora, la cual era diez años mayor. Así que no, no tenía anchas de hablar con él ni con nadie.

La opinión de Sophia cambió cuando, en el recreo, vio que el cerdo gigante y una pandilla de chicos enormes le propinado una golpiza a, como ella lo llamaba, "su vecino".

Sophia tenía experiencia previa en combate. En el hospital, cada fin de semana, los doctores llevaban a los pacientes peligrosos a una sala vacía, en donde los hacían pelearse por las pastillas somníferas. Si bien los recuerdos del hospital habían empezado a borrarse de su mente, Sophia aún recordaba haber ganado una que otra pelea.

Además, Dora, cuyo sueño era ser auror, le había enseñado varias formas de defenderse en una lucha cuerpo a cuerpo. "La escuela primaria es como una jungla" le había dicho, "debes marcar tu territorio antes de que alguien más te someta al suyo".

Sin pensarlo dos veces, Sophia corrió y se abalanzó sobre uno de los chicos, el más grande de todos, por la espalda. Apretó lo más que pudo sus brazos alrededor del escaso cuello del mastodonte, quien empezó a moverse de un lado a otro para deshacerse de Sophia. Por el rabillo del ojo, vio que uno de los idiotas elevaba una pierna con la clara intención de, literalmente, patearle el trasero. Sophia apoyó las puntas de sus pies sobre el prominente trasero del chico al que estrangulaba, pasó sus manos a la cabeza y haló del rubio cabello, con lo que consiguió impulsarse hacia arriba, quedando sentada sobre los grasientos hombros. ¿El resultado? El puerco andante recibió la patada de lleno en su espalda baja, haciéndolo doblar las rodillas y caer al suelo.

Sophia se puso en pie de un salto. El chico que lanzó la patada, cerró el puño y lo dirigió hacia el rostro de la niña. Sophia pudo esquivarlo (por poco) y, parándose sobre el cuerpo adolorido del chico cerdo, tomó impulso, alzó su pierna derecha lo más que pudo y estampó el pie de lleno en la cara del chico, quien callo al suelo mientras dejaba escapar un quejido de dolor.

"Dos menos" pensó Sophia, "faltan dos".

El tercer chico, que por cierto no era tan alto como los demás (aunque tenía la misma cara de imbécil) corrió hacia ella con un grueso palo de madera en la mano. Sophia tragó saliva. Cuando el sujeto llegó hacia ella, Sophia esquivó el primer golpe y tomó el palo por la otra punta y empezó a jalar. Cuando sintió que el chico la jalaba también, tensó aún más su agarre a la vez que daba un brinco y estampada ambos pies justo en el estómago de su rival, quien soltó el palo y cayó de rodillas.

Sophia volteó para enfrentar al cuarto, quien aún tenía agarrado a "su vecino" por el cuello de su camisa. El cuarto mastodonte, al verla, le sonrió nerviosamente. Sophia lo miró fijamente y enarcó una ceja y, por reflejo, éste soltó al otro niño. Sophia utilizó toda su fuerza de voluntad para evitar reír, y, manteniendo su expresión seria, dio un paso hacia el cuarto matón. Ante esta simple acción de la niña, el chico salió corriendo aterrado. "Ya veo quien es el valiente del grupo" pensó Sophia satisfecha.

Sophia se habría echado a reír ahí mismo, sin embargo, alguien le agarró la muñeca y comenzó a jalarla. Levantó la vista y descubrió que se trataba del chico de anteojos al que le estaban dando la paliza, su vecino.

—¿Qué haces? —preguntó Sophia con una mezcla de curiosidad, nerviosismo y ansiedad. Jamás había hablado con otro niño de su edad.

—¡Corre! —exclamó el niño mientras la jalaba del brazo— ¡Debemos salir de aquí antes de que se recuperen!

Comprendiendo el mensaje, Sophia comenzó a correr, dejando que el niño la guiara. Llegaron a una parte desolada de la escuela, detrás del gimnasio. Ambos jadeaban por tanto correr. Cuando se hubo calmado un poco, Sophia comenzó a reír.

—¡Jamás pensé que les ganaría! —exclamó mientras trataba de controlar las carcajadas— Esto es increíble. ¡Mi primera pelea en la escuela! ¡En el primer día! ¡Y la gané! —siguió dando saltos de emoción— Ojalá tuviera una cámara.

Sophia dejo de saltar para ver al chico junto a ella, quien tenía una expresión de confusión en el rostro. Sophia enarcó una ceja. No estaba muy segura de lo que debía hacer ahora. ¿Talvez presentarse estaría bien?

—Oye…

—No debiste hacer eso —la interrumpió, aún con la cabeza gacha y sin verla a la cara.

—¿A qué te refieres?

—No debiste defenderme —aclaró a la vez que alzaba el rostro y clavaba sus singulares ojos verdes en los de ella—. ¿A caso no sabes quién soy?

—Eres… mi vecino de asiento… ¿no es así?

El rostro del niño se tensó aún más.

—Soy Harry Potter.

—Yo soy Sophia Black —respondió la niña confundida por el tono áspero del chico.

Ahora "Harry" parecía exasperado.

—Esos chicos de los que me defendiste eran mi primo Dudley y su pandilla.

—Pues lo siento, pero el que sea tu primo no le da derecho a tratarte de esa manera.

Harry rodó los ojos.

—Escucha. Te agradezco que me hayas salvado. Comprendo que al ser nueva no estés al tanto de cómo funcionan las cosas en la escuela, pero aquí, yo soy peor que un insecto. Dudley se ha encargado de que todos me desprecien y me traten mal. Así que, si no quieres que te pase lo mismo a ti, debes mantenerte alejada.

Sophia se sintió mal por el chico. De no ser por la poción de tía Andromeda, ella se vería terrible, literalmente como una loca, y apostaba lo que fuera a que la tratarían igual que a él.

—Es una suerte que los demás chicos de la escuela no me agraden.

—¿Qué? —preguntó Harry, creyendo haber oído mal.

—Desde que llegué, la mayoría de los niños me parecieron unos estúpidos. Y deben serlo para dejarse influenciar por un chiquillo seboso.

Harry sonrió un momento.

—Tú no lo entiendes. Todos aquí le temen a Dudley y su pandilla. Lo hacen porque temen recibir una golpiza si desobedecen.

Sophia frunció el ceño indignada.

—¡Entonces son unos cobardes! —exclamó— Pero tranquilo. Yo no lo soy —siguió más relajada mientras le extendía una mano— ¿Te gustaría ser mi amigo?

Harry miró anonadado a la chica. ¿Estaría loca? ¿Sería una broma? Pero ella le había dado una paliza a Dudley y sus matones. Así que, con una gran sonrisa, Harry estrechó la mano de su nueva (por no decir primera) amiga.

...

Y a partir de ahí se hicieron inseparables. Eran el raro y la loca.

—¡Sophia!

Harry corrió desde la mitad del parque hacia su amiga, notoriamente aliviado de verla. Sophia se prendió de su cuello, abrazándolo con fuerza. No había visto a Harry desde que terminó el curso, hace ya tres semanas. Al pobre lo habían castigado culpándolo de lanzarle una serpiente a su primo, cuando en realidad Harry no había tenido nada que ver... o casi nada.

—¡Potter! Pensé que no volvería a verte hasta que comenzara el siguiente curso.

—Y yo pensé que no te encontraría aquí —respondió el niño algo apenado—. No me digas que has venido estas tres semanas anteriores.

Sophia lo miró fingiendo estar ofendida.

—¡Por supuesto que sí! ¿Qué clase de amiga crees que soy, eh?

—La mejor —respondió Harry con una amplia sonrisa—. Pero aún así, no debiste hacerlo. Te dije que me tendrían castigado mucho tiempo antes de soltarme la correa.

Sophia rió entre dientes.

—El tiempo es relativo, señor Potter —alegó imitando el tono que solía utilizar su profesora de historia.

Con un par de bromas más, se dirigieron al lugar donde había estado Sophia antes, tras el gran árbol. Sophia se sacó la chaqueta de cuero marrón oscuro que traía puesta, la extendió en el suelo junto a ellos y vacío sobre ésta el contenido de su mochila: una pila bastante considerable de caramelos y chocolates de todo tipo.

Harry ahogó un grito de sorpresa.

—Definitivamente, eres la mejor —le dijo sonriente—. Pero, ¿estás segura que podemos comerlo todo?

Sophia lo miró divertida.

—¡Vamos, Harry! ¿Qué edad tienes? ¿Cuarenta? Potter, eres un niño. Comer dulces es tu trabajo. Además, ¿cuántas veces puedes comer dulces con los Dursley?

Al final (y como siempre sucedía) Harry terminó cediendo. Se pasaron toda la mañana (Harry llegó al parque a las 8:00 am) comiendo dulces, bromeando y hablando sobre sus poco comunes sueños.

Y es que Harry Potter y Sophia Black tenían más cosas en común de las que se creía. Ambos vivían con sus respectivos tíos, eran huérfanos desde bebés y no conocían nada sobre sus difuntos padres o el resto de su familia; ambos soñaban con cosas extrañas, y lo más curioso era que varios de sus sueños coincidían, como aquel de la motocicleta voladora o el de un anciano de barba blanca y rostro borroso. Aunque Sophia tenía una idea muy clara de quién era aquel anciano.

Asimismo, a ambos parecían conocerles muchas personas, ya que, sea que estuvieran juntos o separados, muchas veces les saludaban desconocidos que vestían ropas extrañas, incluso les regalaban dulces y, en un segundo, desaparecían.

Sobre eso se trató la plática de ese día. Sobre si sus vidas no serían en realidad un reality show que de transmitía noche tras noche. "Dos huérfanos relegados", "el roto y la descosida" o "los miserables" eran algunos de los títulos que, según ellos, podría tener el dichoso reality.

Y como nada, dieron las once y media am. La peor hora del día. Sophia observó deprimida a Harry ponerse de pie. Ella hizo lo mismo y corrió hasta su bicicleta. De la canasta sacó un paquete del tamaño de un ladrillo, y se lo entregó a Harry.

—Ten. Es tu regalo de cumpleaños. Ya sabes, por si no te vuelvo a ver hasta septiembre.

Harry negó divertido.

—Tonta. No debiste haberlo hecho. Ya tuve suficiente con los dulces. No debiste hacer que tu tía se esforzara en esto.

Sophia sonrió ladinamente.

—¿Y tu que sabes si se esforzó o no? A mi tía le encanta hornear. Esto fue más un calentamiento que un esfuerzo.

Y así, Sophia le metió el paquete bajo la holgada camiseta. "Si tu primo el cerdo lo ve, te quedarás sin nada" le dijo. La niña tomó su bicicleta, aunque no la montó, y acompañó a Harry a casa. Llegaron a Privet Drive, y al estar en frente del número cuatro, Sophia volvió a abrazar a Harry, montó su bicicleta y se fue, no sin antes recibir un regaño de Harry por no ponerse protectores.