Sophia llegó a la entrada del pueblo de Rickman a eso de las doce y media. Decidió irse por el atajo directo a la casa de los Tonks. Ya luego regresaría al pueblo. Se detuvo tras un grueso árbol para colocarse los protectores y el casco, y emprendió el camino.
Al llegar a la casa, guardó la bicicleta en el cobertizo, dejó los protectores en la canasta y se metió a la casa, no sin antes saludar a Pepper, el gallo que tío Ted se había ganado en la feria del pueblo dos semanas atrás.
Corrió hasta la cocina y saludó a tía Andromeda, quien terminaba de preparar el almuerzo. Ésta le sonrió mientras cortaba las últimas papas.
—Justo a tiempo, torbellino. Prepara el jugo de naranja y me ayudas a poner la mesa, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dijo Sophia sonriente. Le gustaba ayudarle a sus tíos en lo que fuera, ya sea a tía Andromeda en la cocina o a tío Ted en el "taller". Le ayudaba a no sentirse como una carga.
Y es que Sophia no podía evitar sentirse así. Si bien los tíos la trataban muy bien, y se llevaba excelente con Nymphadora (a pesar de la diferencia de edad), Sophia nunca había llegado a sentirse del todo cómoda ahí. Era una sensación extraña, como si perteneciera a otro lugar, como le pasaba en el hospital.
Era debido a ese sentimiento que Sophia mantenía la idea de que sus padres no estaban muertos. Eso y que nadie quería decirle nada sobre ellos. Lo único que sabía eran sus nombres, que se habían casado, y que su padre era primo de la tía Andrómeda.
Sophia no sabía si eran magos, si se habían querido como lo hacían los Tonks, si la habían querido a ella, ni siquiera sabía si había sido un bebé no deseado. A Sophia le parecía algo egoísta, y se asqueaba de sí misma al reconocer que, al menos una parte de ella, prefería pensar que sus padres habían muerto, antes que la idea de que la hubiesen abandonado a su suerte.
Cuando hubo terminado de hacer el jugo, fue por los cubiertos, para colocarlos en la mesa. Le ayudó a su tía a servir y fue a buscar a tío Ted.
Llegó a la cochera/taller/cuarto-de-relajación, donde, Sophia lo tenía comprobado, siempre encontrarías a Ted Tonks cuando no estaba en el trabajo.
Tío Ted trabajaba para el ministerio de magia fabricando nuevos artefactos para el mejoramiento de las actividades no mágicas de los magos. En otras palabras, era un inventor de dispositivos mágicos capaces de realizar tareas como cocinar, hacer la limpieza o conducir.
Este mes, tío Ted había estado trabajando en una escoba que se comiera la basura al terminar de barrer... Aunque al parecer le hacían falta varios ajustes, ya que el jueves pasado vomitó las cáscaras de plátano sobre el pantalón de su creador.
Para su sorpresa, Dora estaba junto a él. Lo que no le sorprendió fue que tío Ted la estuviera reprendiendo por haber tirado su caja de herramientas, dejando estas regadas por todo el suelo.
—Ya te he dicho que debes tener extremo cuidado al entrar aquí, Nymphadora.
Dora puso cara de haberse comido un limón.
—¡Que no me llames Nymphadora! —respondió dando una patada a una llave inglesa, lanzándola por los aires hasta estrellarse contra una de las ventanas, rompiendo el cristal.
—¡Nymphadora!
Sophia soltó una sonora carcajada, mientras se sujetaba el estómago. Siempre era lo mismo con Dora.
Una vez se hubo calmado, Sophia extendió sus manos frente a ella y cerró los ojos. Su tío y su prima vieron asombrados cómo la caja de herramientas que Nymphadora había tirado, se enderezaba sobre la mesa. Sophia apretó un poco los párpados y entonces, una por una, las llaves, tornillos y martillos fueron entrando a la caja.
Cuando terminó, Sophia abrió los ojos y se pasó la muñeca por la frente, limpiándose el sudor que le ocasionó el esfuerzo.
—Dice tía Andromeda que la comida está lista.
Tío Ted le lanzó una mirada reprobatoria. Ni a él ni a su esposa le gustaba que su sobrina utilizara su magia de esa manera. Si bien no le costaba hacer levitar algunas cosas, requería de cierto esfuerzo cuanto más peso manejaba, y las herramientas no pesaban precisamente como plumas.
Al verlo, Sophia reprimió el suspiro de cansancio y puso la mejor sonrisa que pudo. Sabía de sobra el disgusto que les causaba a sus tíos el que ella se esforzarse demasiado. Si bien a Sophia le parecía exagerado todo aquello. Siendo ella una bruja, lo más lógico era que practicara; y siendo ellos (sus tíos) brujos, lo más lógico era que la apoyaran. Claro que a ellos nunca les había visto agotarse al utilizar la magia, ni hacer magia sin utilizar sus varitas, como lo hacía ella.
Nymphadora le lanzó una última mirada de indignación a su padre antes de pasarle un brazo por los hombros a su prima y sacarla de allí. A pesar de la diferencia de edades (Nymphadora había cumplido los dieciocho a finales de enero, mientras que Sophia no tendría los once hasta dentro de cuatro o cinco meses), ambas se llevaban bien. No pasaban mucho tiempo juntas, ya que Nymphadora recién se había graduado de Hogwarts en junio y en septiembre iniciaba en la academia de aurores, mientras que Sophia se mantenía de allá para acá. Sin embargo, ambas se habían cogido cariño.
Se sentaron a la mesa y dispusieron a comer el filete con puré de papas que tan bien le quedaba a tía Andromeda. Tío Ted, Nymphadora y Sophia apuraron la comida, y casi no hablaron. Los tres tenían cosas importantes que hacer, y los tres iban con el tiempo justo. Dora incluso se atragantó un par de veces con la carne. Los tres acabaron en menos de diez minutos y cada quien lavó sus platos bajo la mirada de reproche de Andromeda.
Ted fue por el prototipo de escoba al taller y regresó a la cocina, se despidió de su esposa y sobrina y, casi a rastras, se llevó a su hija a la chimenea, donde mediante la Red flu, se dirigieron al ministerio de magia.
Sophia, por su parte, subió a su alcoba, se cepilló los dientes y se cambió las botas por unos tenis que ella misma había teñido de rojo con ayuda de Dora. Se colocó un chaleco negro sobre la camiseta blanca y deshizo su cola de caballo, se revolvió el cabello y se hizo una trenza como tía Andromeda le había enseñado. Tomó unas cuantas monedas de su alcancía y bajó corriendo las escaleras. Se despidió de tía Andromeda y fue al cobertizo por su mochila. Sonrió satisfecha al notar que ya estaba llena de dulces de nuevo. Siempre se preguntó de dónde sacaba tío Ted tantos caramelos, y cómo hacía para que su esposa no se diera cuenta.
Tomó también el walkman y se puso los auriculares. Se despidió de Pepper y salió corriendo en dirección al pueblo. No solía usar la bicicleta para ir a lugares cercanos, como el orfanato.
Llegando al pueblo, se metió por un par de callejones para llegar más rápido. Debía estar ahí a la una y media. Dobló unas cuantas esquinas más bajo la atenta mirada de los habitantes del pueblo. Si bien a Sophia le divertían las caras de susto que ponían las personas al verla, esta vez llevaba prisa.
Por fin, llegó al orfanato. El peor lugar del pueblo. O al menos eso le parecía a Sophia.
Ese edificio viejo y destartalado, con sus paredes viejas y ventanas rotas por las que de vez en cuando se veían a los habitantes del lugar, que más bien parecían títeres sin alma propia. Ese muladar que tanto le recordaba el hospital psiquiátrico donde pasó tanto tiempo recluida, sola, indefensa, y lo peor, sin ninguna razón en concreto para permanecer ahí.
Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos de su mente. Eso era parte del pasado, de su oscuro, turbio y misterioso pasado. Ya no estaba en el hospital con una muerte por sobredosis como única meta en su vida. No. Ahora se encontraba libre (dentro de lo que cabía), viviendo con buenas personas, comiendo dulces cada vez que quisiera y divirtiéndose con verdaderos amigos, uno de los cuales se estaba acercando a ella justo en ese momento.
—Más te vale haber traído dulces, porque sino, puedes regresarte por donde viniste.
Sophia enarcó una ceja, sonrió de lado y cruzó sus brazos, mirando con suficiencia a la persona frente a ella: se trataba de una niña, más o menos de su edad, un poco más baja que ella; traía una camiseta roja un poco vieja y unos shorts algo empolvados. Su cabello rojo oscuro estaba revuelto, como si acabara de pelearse con alguien; sus ojos marrones brillaban burlones tras unas gafas de montura redonda, muy parecidas a las de Harry...
—Veo que estás en modo idiota, así que mejor regreso mañana, a ver si para entonces me demuestras un poquito más de aprecio.
La chica soltó una carcajada y se acercó a Sophia, halándole la mochila.
—Oh, vamos. No seas sensible, que el papel de novia insatisfecha no te va. Y dame acá, que muero de hambre.
Sophia jaló de nuevo su mochila y le dio la espalda a la niña, caminando en dirección al bosque que se extendía justo detrás del orfanato.
—¡Por supuesto que te mueres de hambre! —exclamó Sophia sin pasión— Dejarías de ser tú si no.
—¿Y quién soy yo, según tú? —le preguntó la niña, uniéndose a ella en su andar.
Sophia se detuvo y la miró como si la estuviese evaluando, llevándose el dedo índice a la barbilla.
—Tú eres Lillian —dijo seriamente—, el mono mascota del orfanato.
Sophia tuvo que esquivar una patada de su amiga antes de estallar en carcajadas. Si algo había de bueno en ser amiga de Lily, era que ella siempre lograba hacerla reír, distraerla de todos esos pensamientos depresivos que hasta hace sólo dos minutos rondaban su mente.
Entre bromas cada vez más bobas, y sin adentrarse mucho en el bosque, llegaron al pequeño claro que les servía de escondite o "guarida", como le llamaban ellas.
Se sentaron en modo indio, una frente a la otra, y repartieron los dulces entre ellas. Pasaron toda la tarde haciendo chistes sobre lo cruel que había sido el destino con ambas. Esa era la diferencia entre la relación que tenía con Harry y la que tenía con Lily. Con Harry se divertía mucho, pero también debía esforzarse por distraerlo, que se olvidara al menos por esas horas de lo fatal que lo pasaba con sus tíos. Con Lily, por otro lado, podía tomarse las cosas más a la ligera, ya que, al igual que Sophia y que Harry, ella era huérfana.
Justo en el orfanato la había conocido. El primer fin de semana luego de empezar el colegio, Sophia fue a dar un paseo por el pueblo, e iba tan concentrada en su nuevo walkman, que al doblar la esquina del edificio, chocó con Lily. Sin embargo, a pesar de lo brusco de su primer encuentro, ambas se cayeron bien, al punto que Sophia solía bajar al pueblo cada sábado por la mañana, a pasar juntas el resto del día.
A Sophia le pareció muy irónico el hecho de que sus dos mejores (y únicos) amigos en el mundo sean huérfanos y que ni siquiera se acordase de sus padres. Y para colmo, Lily también soñaba con motocicletas voladoras.
Pero nada la impactó más que descubrir que, así como ella, Harry y Lily también eran magos.
Con Harry lo descubrió cuando éste hizo explotar de manera inconsciente la pelota de basketball con la que Dudley planeaba pegarle en la cara. A Lily, por otra parte, la había visto hacer levitar pequeñas ramas en el bosque.
Si bien Lily ya sabía su secreto, tía Andromeda le había prohibido decirle a Harry que era una bruja y él mismo un mago. "No te corresponde a ti decírselo, cielo" le había dicho.
A Lily también le resultaba bastante reconfortante tener a Sophia como amiga, ya que no tenía ninguna en el orfanato. Todas ahí la veían como un fenómeno, ya que nadie más podía levantar cosas con la mente como ella. Era bueno tener a alguien igual a ella, alguien que le hablara sobre la magia y que no se lo tomara todo tan enserio.
—Será mejor que nos vayamos —sugirió Sophia al ver bostezar a su amiga—. Estás a punto de quedar inconsciente y no estoy dispuesta a cargar contigo hasta el zoológico donde vives.
—Ja, ja, ja —le respondió sarcásticamente—. Si no tienes nada bueno que decir, cierra la boca, Mel.
Sophia frunció ligeramente el ceño antes de responderle con una grosería. No tenía idea de lo que les pasó por la cabeza a sus padres cuando decidieron ponerle tres nombres, y mucho menos que fueran Sophia, Algieba y Melania. Su primer nombre no la molestaba tanto, pero los otros dos eran tan extraños, no sabía de nadie más que se llamara así, y no soportaba que nadie la llamara así, ni siquiera sus tíos.
—Ya te dije que no me llames así —le reclamó mientras se comía el último chocolate de su parte.
—Entonces tú deja de llamarme Lily —contraatacó su amiga.
Sophia alzó una ceja y miró con desgana la mochila vacía.
—¿Cómo diablos debo llamarte entonces? ¿Mildred? Vamos Lily, eres tan boba que no sabes ni como te llamas… literalmente.
—¡Oye! Te recuerdo que tú estabas igual hace poco más de un año —le dijo frunciendo el ceño—. Yo por lo menos sé mi segundo nombre.
—Eso es porque sólo fuiste capaz de ver eso cuando leíste clandestinamente tu expediente, ¿recuerdas? Ni siquiera pudiste pararte frente a esas brujas vestidas de pingüinos y exigirles que por lo menos te dijeran cuál es tu nombre.
Sophia se puso en pie, sacudiéndose el polvo del pantalón y miró hacia la salida del bosque.
—Demonios. Ya han de ser como las seis. Tía Andromeda me matará.
—Por lo menos tú tienes a alguien que te mate si llegas tarde —murmuró la pelirroja mientras avanzaba con desgano hacia el orfanato.
Sophia la miró un momento inexpresiva, chasqueó la lengua y miró de nuevo el camino al pueblo.
—Si lo dices así suena estúpido.
Por el rabillo del ojo, Sophia vio a su amiga rodar los ojos divertida. Pasaron unos segundos de silencio cómplice hasta que Sophia tropezó con una raíz salida en el suelo, cayendo hacia el frente. Tanta fue su mala suerte que justo aterrizó en un charco de lodo.
No había terminado de caer cuando su amiga ya se reía de ella. Sophia se sentó y resopló frustrada. Estaba completamente llena de lodo. Se pasó el dorso de la mano por la cara para despejar sus ojos y le lanzó una mirada fulminante a la niña junto a ella.
Una sonrisa maliciosa se formó en su rostro mientras tomaba un poco de lodo en su mano. Esperó sigilosa a que su amiga voltear el rostro y le tiró todo el lodo que su mano fue capaz de tomar directo a la cara. Como ella se reía a carcajadas, se le metió un poco en la boca, cambiando las risas por una tos llena de asco.
Esta vez fue Sophia quien estalló en carcajadas.
—¡Esta me la pagas, Black! —oyó gritar mientras era empujada hacia atrás.
Lily se le había arrojado encima y ahora ambas rodaban sobre el lodo tratando de estrangularse una a la otra. Por un momento, Sophia tomó el control, se sentó a horcajadas sobre Lily y puso ambas manos sobre su cuello. Lily trató de zafarse, pero al verlo imposible, tomó un poco de lodo y se lo arrojó a su amiga. Cuando Sophia le soltó el cuello y se limpió el rostro, su amiga aprovechó para quitársela de encima y siguieron lanzándose bolas de lodo un rato más, hasta caer rendidas una junto a la otra.
Sophia se sentó sobresaltada al notar que ya había oscurecido bastante, se palmeó la frente y suspiró exasperada.
—¡Demonios! —exclamó mientras tomaba su mugrienta mochila, ya sólo con el walkman adentro— Eres una boba. ¡Por tu culpa van a castigarme hasta que entre a Hogwarts!
Lily se paró mientras Sophia empezaba a correr hacia el pueblo, y la siguió.
—Ya sólo falta un mes y medio —dijo la pelirroja emocionada.
—Así es —respondió Sophia sin dejar de correr— Pero no estoy dispuesta a pasarlo encerrada. ¡Tengo muchos asuntos importantes que arreglar antes de ir! ¿Cómo demonios los resolveré estando enjaulada?
Lily se acomodó los sucios anteojos y sonrió divertida.
—Asistir a citas con tu "mejor amigo" no cuenta como asunto importante.
Sophia la miró de reojo y chasqueó la lengua.
—¿Cuándo piensas parar con tus estupideces? El que tú no seas capaz de ver a un chico como tu amigo no significa que todas seamos iguales.
—Como digas —cedió sin ceder, ya que seguía con una sonrisa ladeada en el rostro.
Llegaron al orfanato y Sophia le golpeó el brazo con el puño cerrado. "Por idiota insinuosa" le dijo antes de salir corriendo a casa de sus tíos.
La primera parte del trayecto fue relativamente tranquila, si se deja de lado el hecho de que iba corriendo y atropelló a un par de personas a su paso. Sin embargo, llegó a la parte del pueblo donde las casas estaban cada vez más separadas, y no había iluminación en las calles, y apretó el paso.
Claro que no lo hizo por temor a la oscuridad. No. Qué va. Ni siquiera toparse con algún ladrón la aterraba, ya que en primer lugar, sabía defenderse, y en segundo, Rickman era un pueblo muy seguro en ese aspecto. Lo que si que le aterraba de pies a cabeza era la reacción que tendría su tía al verla aparecer a esas horas. Ni siquiera se había animado a ver su reloj de pulsera, para no tener que mentir cuando surgiera aquella pregunta: "¡¿Acaso no sabes la hora que es?!".
Llegó a los terrenos de la casa y suspiró esperanzada al ver que todas las luces estaban encendidas. Corrió hacia el cobertizo y sacó el walkman de su sucia mochila antes de tirarla sobre la bicicleta. Saludó a Pepper (quien para su sorpresa seguía despierto) y se metió a la casa.
Esa noche, Sophia recibió el sermón más largo de su vida. Su tía le dijo que estuvo a punto de irla a buscar. Tenía mucha suerte de que tío Ted y Dora no llegarían sino hasta la media noche. Naturalmente, Sophia trató de defenderse, y fue hasta entonces que su tía se dio cuenta de lo sucia que estaba.
Sin embargo, no la castigó. Nunca lo hacía. No importaba si quebraba un plato, si incomodaba a las mujeres del pueblo con preguntas indecorosas o si llenaba la casa de lodo. Su tía jamás la castigaba. Esta vez sólo la había mandado a bañarse sin derecho a replicar.
El 31 de julio de 1991 fue un día muy particular en la vida de Sophia Black, comenzando por el hecho de que no abrió los ojos sino hasta las seis cuarenta de la mañana. Y es que normalmente, Sophia se despertaba a las seis en punto para tener tiempo de tomar el desayuno antes de irse a ver a su amigo Harry. Esta vez a penas y tenía tiempo de ducharse si quería salir de la casa a las siete en punto, para llegar a las ocho al parque.
Arrojó frustrada el reloj contra la pared y maldijo a quien haya armado un artefacto tan defectuoso antes de meterse al baño. No tuvo tiempo de poner el agua caliente y pudo jurar que salieron algunos trozos de hielo de la regadera. Salió del baño y tuvo que regresarse a cepillarse los dientes.
Aún envuelta en la toalla, abrió el ropero de madera y sacó lo primero que encontró, que curiosamente era un suéter grande que le llegaba casi hasta las rodillas y unos pantalones algo ajustados, ambos de color verde. No dudó en ponérselos, más por la tardanza que por el hecho de que le gustara la "combinación".
Metió la mano debajo de la cama, donde normalmente estaban todos sus zapatos, y se dispuso a ponerse los que había sacado. Eran impares, y por un segundo pensó en ponérselos así, pero sabía que su tía no la dejaría salir así a la calle y tendría que regresar a cambiarlos, y no podía perder más tiempo.
Miró los zapatos que había sacado. Uno era de los que había teñido de rojo y el otro era azul con agujetas verdes. Decidió volver a meter la mano y ponerse el par del que sacara. Casi le un ataque de risa cuando sacó los rojos, pero no podía seguir perdiendo tiempo.
Bajó las escaleras corriendo mientras se desenredaba el cabello negro con los dedos y se dirigió a la cocina con un plan simple: tomar una manzana, salir por la puerta de atrás, tomar su bicicleta del cobertizo y salir lo más rápido posible a Little Whinging.
Y tal vez su plan hubiese funcionado de no ser porque su tía la llamó desde la sala de estar cuando estuvo a punto de abrir la puerta de la cocina.
—Sophia, cariño, podrías venir, por favor.
Sophia resopló mientras se daba la vuelta y avanzaba hacia la sala. ¿Qué le ocurría a tía Andromeda? ¿Qué no sabía que hoy, al ser el cumpleaños de su mejor amigo, había más probabilidades de verlo luego de casi una semana de reclusión con los Dursley?
—Tía —alargó Sophia entrando a la habitación—, lo que sea, ¿no puedes esperar a que regrese? Hoy es un día muy importante y yo...
Interrumpió su súplica cuando reconoció al hombre sentado sobre el sillón púrpura que solía ocupar Dora cuando estaba en la casa.
—Buenos días, Sophia —le saludó Albus Dumbledore con una sonrisa en el rostro.
