—¿Profesor? ¿Q-qué demo...? ¡Digo! Buenos días, profesor.

Al contrario de lo que cabría esperar, la sonrisa de Dumbledore se ensanchó ante la reacción de la niña.

—Sophia —intervino el tío Ted, quien también parecía divertido con la situación—, el profesor Dumbledore ha venido para hablar contigo. Por favor, toma asiento.

—¿Es necesario que sea ahora? —preguntó Sophia con una ligera nota de pánico en su voz.

Tía Andromeda la miró con reprobación.

—¡Sophia! Esto es serio. El profesor Dumbledore ha venido desde Hogwarts...

Sophia la miró indignada.

—Lo mío también es serio —le dijo frunciendo el ceño antes de mirar de nuevo a Dumbledore—. Por favor, profesor. ¿No podría esperar hasta el medio día.

—¡Pero niña! —intervino de nuevo su tía, quien parecía estar perdiendo la paciencia— ¿Qué puede ser más importante que...?

Dumbledore le hizo un gesto con la mano a la mujer para que callara, interrumpiéndola, y sin borrar su sonrisa, miró a la niña.

—¿Qué es eso tan importante que tienes que hacer, pequeña? Claro, si es que puedes decirme.

Sophia lo miró como si fuera la única persona cuerda en el mundo.

—¡El cumpleaños de mi mejor amigo! No lo veo desde hace una semana y no puedo arriesgarme a que, justo hoy, los imbéciles de sus tíos lo dejen salir y no me encuentre.

Sophia estaba segura que tía Andromeda la hubiera reprendido por el lenguaje si Dumbledore no hubiese hablado en ese momento.

—¿Y ese amigo tuyo no será, por casualidad, Harry Potter?

Sophia abrió los ojos y lo miró sorprendida.

—¿Cómo lo sabe?

—Digamos que, como dicen por ahí, un pajarito me lo dijo.

Sophia entrecerró los ojos y miró recelosa a tío Ted.

—¿Ah, sí? ¿Y qué más le dijo este... "pajarito"?

Dumbledore intercambió miradas confidentes con el matrimonio Tonks. Sophia enarcó una ceja al notar que los tres adultos parecían a punto de romper en carcajadas.

—El pajarito sólo respondía preguntas, Sophia —se defendió Ted—. ¿Qué querías que hiciera? Los pajaritos no mienten, y menos ése.

Sophia lo miró incrédula y sonrió de lado.

—¿Ah, no?

El color abandonó completamente el rostro de Ted Tonks.

—Este... —balbuceó nervioso al notar la inquisitiva mirada de su esposa— ¿N-no crees que sería mejor si le dices ya, Albus?

—No te preocupes, pequeña —le dijo Dumbledore—. No creo que puedas ver hoy al señor Potter.

—¿Porqué lo dice? ¿Está bien? ¿Le pasó algo? ¿Qué le hicieron sus tíos? Dígame que no le pusieron un dedo encima porque sino...

—¡Sophia! —intervino Andromeda tratando de calmar a su alterada sobrina— Cálmate. Deja que el profesor te explique.

Sophia inhaló y exhaló tres veces antes de mirar a Dumbledore a los ojos, como exigiéndole que le explicara.

—Verás, Sophia. Tengo entendido que estabas al tanto de que tu amigo Harry es un mago.

—Déjeme adivinar —dijo ella rodando los ojos y viendo fugazmente a Ted—. El pajarito.

—Éste día te será imposible verte con Harry ya que desde anoche se encuentra en compañía de Rubeus Hagrid, el guardabosques de Hogwarts. Él le ha llevado la carta de ingreso al joven Potter y éste día lo llevará a comprar el material para la escuela.

La enorme sonrisa que Sophia había esbozado al escuchar de la carta, se borró cuando oyó la palabra "comprar".

—¿P-pero cómo se supone que lo hará? —preguntó preocupada—No creo que los tacaños de sus tíos le den un solo centavo.

—Ya te contará él cuando lo veas —le respondió el profesor con una enigmática sonrisa—. De hecho, creo que esta misma tarde podrás verlo. Pero bueno, he venido desde muy lejos a una hora muy temprana. Andromeda, ¿podrías traernos un poco de té, por favor?

—Enseguida —respondió la mujer antes de desaparecer por la cocina.

Una vez servido el té, Sophia tomó asiento en el sofá frente a Dumbledore, visiblemente más relajada de que al fin se hayan dignado a decirle la verdad a su amigo.

—Ahora, Sophia, permite me explicarte la razón por la que he venido —dijo el profesor sacándose un sobre grueso de pergamino amarillento de la túnica para entregársela a la niña—. Ésta es tu carta de Hogwarts.

Sophia leyó sorprendida la dirección escrita en tinta verde.

Señorita S. Black.

Tercera habitación del segundo piso.

Afueras del pueblo.

Rickman.

Surrey.

Antes de que Sophia pudiera reaccionar, el profesor comenzó a hablar.

—Como bien sabes, las clases comienzan el 1 de septiembre. La razón por la que he decidido entregarte la carta personalmente y no por medio de una lechuza, como es habitual, es porque, antes de que vayas a Hogwarts, es necesario que sepas ciertas cosas que podrían afectarte en el colegio.

Sophia lo miró a los ojos, delatando su impaciencia en su mirada.

—Quiero ser yo quien conteste todas esas preguntas que te has estado haciendo desde que te saqué del hospital. No me gustaría que te enteraras por comentarios de desconocidos o por lo que dicen los libros al respecto.

Sophia enarcó una ceja y se obligó a guardar silencio. ¿Cómo que lo que dicen los libros? ¿Y por qué demonios tendría la gente que comentar algo sobre ella?

Dumbledore guardó silencio un momento, como si intentara escoger las palabras correctas para expresarse.

—¿Recuerdas lo que te dijo tu antigua compañera de cuarto antes de morir? ¿Recuerdas que se refirió a ti como la última nædàr? —Sophia asintió lentamente, ¿entonces era verdad? ¿No era una simple incoherencia de una mente atormentada?— Pues permíteme decirte que, efectivamente, eres la nædàr. No me atrevería a decir que la última, aunque debo admitir que es probable.

«Te lo explicaré —le dijo al ver la expresión de confusión de la niña—. Hace miles de años, existió un pueblo llamado Nædën. Los prodige eran magos, que se distinguían del resto por tener la capacidad de realizar magia sin varita. Habitaban la isla que ahora se conoce como Skye, en donde tú naciste. Eran un pueblo pacífico, se contentaban con lo que tenían y ayudaban a quien lo necesitaba, hasta que la maldad del mundo exterior los alcanzó.

«Hubo un grupo de magos que creía que la existencia de los næditas era una amenaza para los demás. Por otro lado, habían quienes pensaban que sus poderes serían de gran utilidad para las batallas que empezaban a surgir entre asentamientos de magos.

«Pronto, los næditas se vieron acorralados. Por un lado, por los que deseaban acabar con su existencia, y por el otro, por quienes deseaban esclavizarlos. A pesar de ser más poderosos, los næditas eran inferiores en número, por lo que se vieron rápidamente superados.

«De aquella batalla sólo sobrevivieron las mujeres, ya que ninguno de los hombres aceptó vivir si eso implicaba que tendrían que servir a fines tan egoístas como las guerras.

«Los magos vencedores tomaron a las mujeres, pensando que si tenían hijos con ellas, éstos heredarían los poderes de sus madres. Esto les dio resultado, pero sólo con las niñas, y no con todas. Los bebés varones nacían sin éstos poderes, y muchos de ellos resultaron ser squibs».

Sophia escuchaba atenta la explicación de Dumbledore, preguntándose qué tendría que ver con ella todo lo que le estaba contando.

—Pronto, dejaron de nacer niñas con el "don", como ellos le llamaban, hasta que ya no quedó ninguna. Las videntes decían que era un castigo a los magos que les esclavizaron, ya que en aquellos tiempos las mujeres tenían prohibido participar de las guerras.

«Sin embargo, cien años después del deceso de la última nædita, volvió a nacer una niña con éstos poderes, cien años después nació otra y cada vez nacían entre intervalos de tiempo más amplios. A éstas niñas se les denominó nædàr. La última de la que se tiene registro (y la única de la que se sabe el nombre en la actualidad) es la antigua bruja Morgana. O más bien, la que era la última hasta que llegaste tú».

A pesar de la sorpresa por lo que acababa de oír, Sophia no pudo evitar notar el deje de pesar en la voz del profesor.

Dumbledore miró sus manos y guardó silencio un momento. Sophia se esforzó como nunca antes lo había hecho para guardar silencio. Por mucho que haya estado esperando este momento, sabía que no ganaría nada con presionarlo.

—Ahora, Sophia, inicia la parte complicada del relato. Temo que debo pedirte que seas paciente y escuches con atención, sin interrupciones —le pidió, Sophia asintió con la cabeza—. Hace veinticinco años, surgió un poderoso mago, tan talentoso como oscuro. Supongo que tus tíos te habrán explicado acerca de los prejuicios de algunos magos por lo que ellos llaman la pureza de la sangre.

Sophia volvió a asentir.

—Pues bien. Este mago, quien se hacía llamar Lord Voldemort, empezó a difundir sus ideas sobre la pureza de la sangre y su defensa mediante la erradicación de los magos hijos de muggles de la comunidad mágica.

«Lord Voldemort reclutó a varios magos poderosos, y su reputación empezó a extenderse por todo el país. La situación se tornaba cada vez peor, ataques a las familias de magos hijos de muggles, reclutamiento obligatorios, desapariciones misteriosas... En pocas palabras, entramos en guerra, una guerra que duró once años.

«No puedo contarte todo, pero creo que tu amigo Harry te contará lo suficiente —dijo, notando la expresión de duda en el rostro de Sophia—. Verás, hace casi diez años, Lord Voldemort atacó la casa de los padres del señor Potter, asesinando los a ambos. Sin embargo, y esto es lo que más controversia ha causado, cuando atacó al pequeño Harry, algo salió mal. Lord Voldemort fue derrotado por un niño de apenas un año de vida»

Sophia sintió un hueco en el estómago. Siempre sospechó de aquella historia del accidente de coche que los Dursley le habían dado a su amigo, pero jamás pensó que la verdad resultaría ser tan... Cruel.

—Te preguntarás que tiene que ver esta historia contigo, aparte de que se trate de tu mejor amigo, claro está. Pues bien... —titubeó un momento, tomó una bocanada de aire y volvió a ver a la niña a los ojos— Lord Voldemort había sido informado de la identidad de la nædàr, la cual era un secreto para la gran mayoría. Esa noche, 31 de octubre de 1981, tú ibas a ser entregada a Voldemort para que éste te tomara como su aprendiz.

A Sophia se le fue el poco color que le quedaba en el rostro.

—Esto que te voy a decir es muy fuerte, pero todo el mundo mágico lo sabe y tarde o temprano te enterarás. Tus padres eran partidarios de Lord Voldemort.

Sophia no recordaba haberse sentido tan mal en toda su vida. Toda una vida preguntándose quienes eran sus padres, tratando de imaginarios, de recordarlos, para que al final resultaran ser aliados de un asesino psicópata.

—Dijo eran —susurró aún con la mirada pérdida, más para sí que para el profesor—. ¿Están muertos?

Dumbledore respiró hondo antes de continuar.

—Tu madre fue quien te iba a entregar a Lord Voldemort. Ella misma te había llevado al lugar donde se encontraría con él cuando éste acabara con Harry. Ya habían varios mortífagos (seguidores de Voldemort) ahí. Sin embargo, un grupo de aurores llegó al lugar, alertados por un espía en las filas oscuras. Tu madre... se quitó la vida luego de asesinar a cuatro aurores.

Sophia mantenía la expresión neutral, más por el shock que le causaba enterarse de todo tan de repente.

Al no obtener ninguna reacción, Dumbledore decidió continuar con el relato.

—Tu padre, por otro lado, se encuentra con vida, pero condenado a cadena perpetua en la prisión de Azkaban acusado de traición y de matar a trece personas un día después de la derrota de Voldemort.

Sophia apretó los puños con fuerza. Era demasiada información, demasiadas ideas en su cabeza. Quería pedirle a Dumbledore que no le contara nada más, pero sabía que no habría otra oportunidad de conocer la verdad.

—¿Y cómo terminé en el manicomio? —preguntó tratando de ignorar los deseos de estallar que la embargaban.

—En el enfrentamiento contra tu madre y el grupo de mortífagos, sólo un auror sobrevivió. Éste narró cómo había visto a tu madre apuntarse con la varita ella misma luego de matar a los demás aurores. Asimismo, reveló que en el fuego cruzado, vio cómo una maldición asesina te impactó.

«Sin embargo, cuando yo llegué a la escena momentos después, descubrí que, en realidad tu seguías con vida. El auror creyó que habías muerto ya que es imposible sobrevivir a dicha maldición, sin embargo, lo tuyo era un caso a parte».

Dumbledore bajó la mirada, mientras jugaba con sus pulgares. Parecía como un niño antes de confesar una travesura ante su madre.

—Comprenderás que ante la situación que se vivía, eran muy limitadas mis opciones. No sólo habías sido llevada ahí para unirte a Lord Voldemort, sino que tus padres acababan de declararse públicamente seguidores del señor oscuro, además de que, aún entonces, habían personas que no veían con buenos ojos el que existiera una persona con poderes como los tuyos.

«No tenías más familia del lado de tu madre, y la familia de tu padre no sería una buena influencia para ti. No podía traerte con los Tonks sin correr el riesgo de que aquellos otros familiares trataran de llevarte con ellos, o que algún mago resentido con las acciones de tus padres intentara desquitarse contigo.

«Así, pues, decidí que lo mejor sería llevarte a un orfanato muggle donde tendrías la oportunidad de crecer sin exponerte a las consecuencias de ser quien eres.

«Sin embargo, y como es obvio, el plan no resultó como esperaba. El orfanato donde te dejé era dirigido por monjas, en Gales. No tomé en cuenta el hecho de que tú no eras cualquier bruja, que lo más seguro era que tu magia se manifestaría de manera diferente a la del resto de niños magos.

«La noticia de que habías sobrevivido aquella noche se corrió por todo el mundo mágico, aunque nadie más supo que, efectivamente, habías recibido una maldición asesina.

«No fue sino hasta hace poco más de un año que me di a la tarea de buscarte. Necesitaba que te familiarizaras con el mundo mágico para cuando llegara el momento de tu ingreso en Hogwarts. Imaginarás mi sorpresa cuando, en el orfanato, fui informado de tu ingreso en una institución de rehabilitación psiquiátrica.

«Gracias a uno de los rumores que corrían entre las encargadas me enteré de que, desde que llegaste al orfanato, empezaron a suceder cosas extrañas a tu alrededor. Habían fallas eléctricas, cosas cambiaban de lugar, color e incluso de forma... Tu comportamiento también resultaba extraño. No te gustaba que te cargaran y pasabas de mal humor todo el día, por las noches lloraban sin control hasta quedarte dormida de madrugada, y no te agradaba la compañía de los otros niños.

«Me enteré de que pasaste alrededor de un año así, y durante el siguiente año pasaron tratando de averiguar que era lo que te ocurría. Incluso intentaron recurrir a un exorcismo, sin embargo, no consiguieron las pruebas que requerían para llevarlo a cabo.

«Según ellas, la encargada de aquel entonces decidió llevarte a un hospital psiquiátrico que funcionaba con donaciones de la clase alta galesa. Ese fue el único dato que pudieron darme sobre el lugar donde te habían llevado. Los siguientes tres meses me los pasé buscándote junto con algunos amigos del ministerio de magia, y tu tío Ted, claro. Debo añadir que fue una suerte que te hayamos encontrado justo la noche antes de tu cumpleaños».

Sophia ya no sabía qué hacer. No sabía qué pensar. No quería pensar en sus padres. Ya tendría tiempo de llorar amargamente unas horas, cuando no hubiese nadie enfrente que la viera. Era demasiada información para procesarla toda de una sola vez.

Vio la carta en sus manos y entonces lo recordó.

—¿Qué hay de Lily? —preguntó de repente, exaltando a los tres adultos frente a ella.

—¡Sophia! —le reprendió Andromeda consternada— Acaban de contarte la historia de tu pasado "desconocido", ¿y tú preguntas que hay con tu amiga?

Sophia la miró con impaciencia, para luego ver directamente a los ojos del profesor, exigiendo una respuesta a su pregunta.

—Usted me ha traído mi carta, y dice que el guardabosques de Hogwarts le ha dado la suya a Harry. ¿Quiere decir que los demás ya recibieron la suya? ¿Sabe cuándo le llegará la suya a mi amiga Lily?

—Lily... —repitió Dumbledore para sí mismo, mirando hacia la nada, como si estuviese perdido en sus recuerdos.

Sophia no pudo más con su impaciencia y se levantó, dejando en el sofá el sobre de pergamino.

—Profesor, le agradezco mucho que haya venido y me haya contado la verdad, pero en este momento debo ir a ver a mi amiga...

El profesor le hizo una seña para que se detuviera, se acomodó las gafas de media luna y le indicó que volviese a sentarse.

—Esto solo tomará un minuto —le dijo mientras tomaba la caja que le extendía el tío Ted—. Esta caja me la dieron en el orfanato. Son las cosas que llevabas contigo el día en que te dejé con ellos.

Dumbledore abrió la caja y sacó algo que a Sophia le pareció un trozo de tela. Se lo extendió a Sophia y entonces pudo ver que se trataba de un vestido rojo de algodón. Estaba viejo y un poco roído, pero era evidente que era fino. El cuello era redondo y las mangas de tres cuartos. Le habrá quedado a una bebé de un año o algo así.

—Ese es el vestido que traías puesto el día que pasó todo, con el que te llevé al orfanato —dijo mientras sacaba otra cosa de la caja, un prendedor con la forma de un león rugiendo.

Dejó la caja de lado y rebuscó en su túnica. Sophia pensó que sacaría dulces de limón, hasta que vio la pequeña llave dorada que sacó. Junto a esta, iba un trozo de pergamino doblado. Dumbledore lo desdobló, lo examinó un momento y se lo entregó a Sophia junto con la llave.

—Esta, pequeña, es la llave de tu cámara en Gringotts, el banco de los magos. Y en el pergamino están anotados los números de ésta cámara, la de la familia Black, y la de la familia Sinclair.

Sophia miró curiosa la llave, y leyó el pergamino:

Cámara personal de la Srita. Sophia Black: 713

Cámara de la familia Black: 642

Cámara de la familia Sinclair: 619

Sophia regresó su atención a Dumbledore.

—Con esa llave podrás acceder a la cámara que está a tu nombre, sin embargo, a las otras dos no podrás tener acceso hasta que cumplas la mayoría de edad.

A Sophia se le revolvió el estómago al caer en cuenta. Aquellas cámaras contenían dinero mágico, según recordaba que le había explicado tía Andromeda. Estuvo a punto de devolverle la dichosa llave y el pergamino al profesor, no queriendo tener dinero que Dios sabe de donde lo sacaron sus padres, hasta que el profesor, como si adivinas lo que iba a hacer, le dijo:

—El dinero de tu cámara te servirá para costearte los gastos de Hogwarts. Podrás comprar los materiales que necesitas, el uniforme, tu varita, los libros de texto…

Dumbledore sonrió como si supiese que había dado en el clavo. Sophia les había rogado desde que llegó a sus tíos que la dejasen trabajar por sus gastos, obteniendo un rotundo no como respuesta. Sophia se imaginó que al "pajarito" se le había ido la lengua también en eso.

El profesor volvió a tomar la caja y se la extendió a Sophia. Ella pensó que se la daba para que guardara las cosas que le había dado, hasta que vio que, en una esquina, había una pequeña bolsa blanca de tela, amarrada con un cordoncillo de lana. La tomó en sus manos, la abrió y sacó un medallón dorado en forma de corazón, en él habían incrustações de diamantes que formaban un corazón más pequeño, y en medio una cruz formada con cinco diamantes más grandes que los demás.

Lo abrió y descubrió dos fotos mágicas dentro, una a cada lado. A la derecha, una hermosa mujer castaña vestida de negro le miraba con suficiencia, se pasaba una mano por el ondulado y largo cabello y sonreía de lado; en su muñeca traía un brazalete plateado, que destellaba tanto como sus brillantes ojos marrones. Y del lado izquierdo, un hombre tremendamente guapo guiñaba un ojo y se acomodada el saco negro, con un movimiento de la cabeza se echaba hacia atrás el cabello negro, descubriendo unos refulgentes ojos grises.

A Sophia se le llenaron los ojos de lágrimas al descubrir de quienes se trataba. No había sido muy difícil identificarlos, ya que descubría varios rasgos de sí misma en ellos: la palidez, la sonrisa ladeada y algunos gestos en la mujer; los ojos grises, el cabello rizado, la nariz y varias facciones en el hombre.

—Ellos son… —susurró más para sí misma que para el profesor, sin levantar la vista de las imágenes.

—Ellos son tus padres —dijo Dumbledore en tono suave al notar la incapacidad de Sophia para articular las palabras—. Evanna Elis Black, de soltera Sinclair, y Sirius Orion Black.

Una lágrima se le escapó a Sophia, quien no dudó en limpiársela y restringirse los ojos para eliminar de las demás. Apuró su taza de té para deshacer el nudo en su garganta y cerró el medallón. Metió las demás cosas en la caja y la puso junto a ella, quedándose con el medallón en su mano.

Sophia sintió aprensión al pensar en todo lo que el profesor le había revelado en menos una hora, por lo que decidió dejar todo para después y concentrarse en algo más simple, algo más sencillo.

—¿Qué hay de Lily? —preguntó sin pensar, se volvió a mirar al profesor y lo miró fijamente a los ojos— ¿Ya recibió ella su carta?

Y por un largo minuto, nadie dijo nada: Sophia esperando su respuesta, Ted y Andromeda desconcertados por el desvío de su sobrina, y Dumbledore devolviéndole la mirada con una expresión divertida. El profesor miró su reloj de doce agujas y volvió sus ojos a los de la niña.

—En este momento debe estar recibiéndola, pequeña.

Sophia abrió exageradamente los ojos y se despidió rápidamente del profesor. Sin darles tiempo de detenerla, salió corriendo de la casa, tomó su mochila y se montó en la bicicleta. Salió camino al pueblo sin ponerse los protectores por la vía más corta al orfanato.

Mientras llegaba al orfanato, los que se quedaron en la casa de los Tonks eran un mar de confusión.

—¿Cómo es posible? —preguntó Andromeda aún desconcertada— Ni siquiera le importó enterarse de todo. Han sido días y noches discutiendo de lo mismo. No pasaba un día en el que no preguntara por sus padres o su pasado, y ahora que el mismo Dumbledore viene y se lo cuenta todo, actúa como si nada hubiese pasado y se va de lo más tranquila a jugar con su amiga.

—Andy, debes reconocer que no ha de ser fácil enterarte de que eres la nædàr, que tus padres fueron magos oscuros y que hubieron personas que intentaron matarte cuando apenas eras una bebé. Es normal que quiera irlo procesando de a poco... No me imagino lo que dirá cuando vea las bóvedas en Gringotts.

Albus Dumbledore se mantenía callado, con la vista aún fija en la puerta por la que hacía ya diez minutos había salido Sophia Black ignorando las órdenes de su tía. Él era el único que entendía lo que le ocurría a aquella niña. Y es que bien podía ser un calco casi exacto de su padre, tanto en cuerpo como en espíritu, pero no cabía duda alguna que el cerebro, y en especial la astucia, no venían de nadie más que de su madre.

Sino, de qué otra manera pudo haberse dado cuenta que sus amigos eran magos. Y no sólo eso. Él estaba seguro que aquella niña sabía más de lo que decía, o al menos lo sospechaba.

Sophia casi atropella a un par de personas antes de llegar a su destino. Llevó su bicicleta hacia la parte de atrás del muro que rodeaba el orfanato, la recargó contra un árbol y se dispuso a trepar por el muro, mochila a cuestas.

Eran casi las ocho de la mañana. Dumbledore había resumido su historia de vida en una hora, tal vez menos. Sin embargo, ahora no quería pensar en eso. No podía pensar en eso. Primero debía asegurarse de que su mejor amiga recibiera su carta, porque ni crea Dumbledore que su colegio de magia y hechicería dejaría a Lily afuera, por muy prestigioso que sea.

Llegó a la cima del muro y se sentó sobre él, dejando sus piernas colgar del lado interior de éste. Se impulsó con sus manos y se dejó caer, rezando internamente para no romperse ningún hueso en el trayecto hacia el suelo. Era la primera vez que lo hacía, y el hecho de que el dichoso muro midiera dos metros (sino es que más) de alto, no la ayudaba.

Por suerte (dependiendo de donde lo vieras), algo amortiguó su caída. Por desgracia, ese algo no era ni tan cómodo ni tan grande, por lo que se lastimó más de lo que hubiese hecho de haber caído directo en el suelo.

Rodó por el suelo con los ojos cerrados, apartándose de lo que le amortiguó la caída y empezó a maldecir en voz baja.

—¿A quién demonios se le ocurre poner gnomos de jardín en un orfanato? —exclamó mientras se sobaba la cabeza— Maldición, malditos estúpidos infradotados...

—¿Sophia?

La niña dio un respingo al escuchar su nombre, reconociendo la voz que le llamaba al instante. Abrió los ojos sobresaltada y se puso en pie de un brinco.

—¿Harry?

Sophia miraba desconcertada a su mejor amigo, quien estaba sentado en el suelo sobándose la espalda. Le ayudó a ponerse las gafas de nuevo y le tendió la mano para que se incorporase.

—¿Qué haces aquí? —preguntó mientras Harry se sacudía la tierra de sus pantalones— ¿Cómo llegaste? ¿Recibiste tu carta?

—Yo no... Espera, ¿Como sabes de la carta? Acaso tú...

Sophia abrió la boca emocionada, pero unos fuertes pasos le interrumpieron. Ambos se giraron en dirección del ruido y vio anonadada a un hombre enorme, con una barba tan larga y enmarañada como su cabello. Avanzaba hacia ellos seguido de lo que parecía una persona, un niño a juzgar por su estatura.

—Harry James Potter —dijo sin darse cuenta de la presencia de Sophia—, permite me presentarte a tu hermana melliza, Hally Lillian Potter —finalizó mostrando a la pelirroja mejor amiga de Sophia, Lily.