—¡¿QUÉ?! —exclamaron los tres niños a la vez, mientras se miraban entre ellos con los ojos tan abiertos que, de haber inclinado un poco la cabeza, se les hubiesen salido.

—Si, verán… —empezó a decir el gigante, pero se detuvo al notar la presencia de Sophia, la miró fijamente y sus ojos negros, que más bien parecían escarabajos, se le llenaron de lágrimas.

Harry, quien pensó que el gigante desconfiada de su amiga, se apresuró a presentarla.

—¡Hagrid! —le llamó dando un paso adelante— E-ella es mi mejor amiga, Sophia Black…

Harry no había terminado de había terminado de hablar cuando Hagrid se abalanzó sobre Sophia, la alzó en brazos y la estrujó en un fuerte abrazo.

Sophia cerró los párpados fuertemente para evitar que los enmarañados vellos de su barba le picaran los ojos. Trató de zafarse, aunque sólo le sirvió para que el gigante reforzara su agarre. Sin saber que hacer, Lily se le colgó de un brazo a Hagrid, pidiéndole que soltara a su amiga, y sin una mejor idea, Harry la imitó.

—Lo siento —se disculpó mientras regresaba a la niña al suelo—. Dudo que te acuerdes de mi, pero te conocí cuando eras una bebé. Estuve presente el día que naciste.

Sophia le sonrió divertida mientras se arreglaba el cabello revuelto, y estuvo a punto de preguntarle cómo había sido aquello cuando una estruendosa carcajada de Lily la interrumpió.

—Pareces un duende —le dijo entrecortadamente mientras la señalaba.

Sophia miró su atuendo extrañada y lo entendió todo. Traía el suéter y pantalón verde y los zapatos rojos. Harry también comenzó a reírse, así que, sin saber que más hacer, resopló frustrada y se dio la vuelta indignada.

Un rato después, cuando ambos se hubieron calmado, se disculparon con Sophia hasta que la convencieron de contarles qué hacía Dumbledore en su casa, sin embargo, Hagrid les interrumpió alegando que tenían que partir hacia Londres para comprar las cosas para Hogwarts. Sophia estuvo a punto de preguntar si podía ir, sin embargo se abstuvo, ya que, por lo que entendió, Harry y Lily, o más bien Harry y Hally, acababan de conocerse y enterarse de que eran hermanos. Debían aprovechar el viaje para conocerse un poco.

"Ahora lo entiendo todo" pensó. "Espera a que regrese a la casa, tío Ted".

Así pues, Sophia se despidió de ambos y les prometió que la próxima vez que los viera, les contaría todo a cambio de que ellos le contaran sobre el viaje.

Cuando regresó a la casa, el profesor Dumbledore ya se había marchado. Sophia fue a la sala y tomó la caja que había dejado sobre el sofá, y se dispuso a ir a su habitación cuando tío Ted la llamó a la cocina.

—¿Pudiste hablar con tu amiga, pequeña? —preguntó mientras sacaba unas galletas del recipiente y le extendía una a Sophia.

—Tú lo sabías —afirmó mientras tomaba la galleta, sin dejar de verlo a los ojos.

—Si no te lo dije fue por la misma razón por la que no le contaste la verdad a Harry.

Sophia enarcó una ceja y se dio la vuelta para seguir con su camino.

—¿Te parece si vamos mañana a Londres por tus cosas para Hogwarts? —oyó preguntar al tío Ted a sus espaldas.

—Como digas —respondió sin detener el paso.

Llegó a su habitación y volvió a abrir la caja, donde también había dejado la carta de Hogwarts. Curiosa, la abrió y leyó detenidamente:

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA

Director: Albus Dumbledore (Orden de Merlín, Primera Clase, Gran Hechicero, Jefe de Magos, Jefe Supremo, Confederación Internacional de Magos).

Querida señorita Black:

Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el Colegio Hogwarts de Magia. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios.

Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 31 de julio.

Muy cordialmente, Minerva McGonagall, directora adjunta.

Desdobló una segunda hoja que no había visto antes y la leyó:

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA

UNIFORME

Los alumnos de primer año necesitarán:

— Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).

— Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.

— Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).

— Una capa de invierno (negra, con broches plateados).

(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre.)

LIBROS

Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:

— El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.

— Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.

— Teoría mágica, Adalbert Waffling.

— Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.

— Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.

— Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.

— Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.

— Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble.

RESTO DEL EQUIPO

1 varita.

1 caldero (peltre, medida 2).

1 juego de redomas de vidrio o cristal.

1 telescopio.

1 balanza de latón.

Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE ALOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.

Sophia se preguntó si lo que había en su cámara de Gringotts sería suficiente para comprar estas cosas durante los siguientes siete años, que es lo que Dora le había dicho que duraba la educación en Hogwarts. Ese detalle se le escapó al profesor: ¿de cuánto dinero disponía? No es que le interesara, pero esperaba tener el suficiente para no ser una molestia para sus tíos por lo que quedara de vacación, así como devolverles el dinero que hasta ahora habían gastado en ella, que tampoco era una fortuna, y ellos jamás se habían mostrado sino encantados con la presencia de la niña, pero aún así…

Sophia dejó a un lado la carta y sacó el pequeño vestido de la caja. Después de todo, tal vez si sería suficiente lo de su cámara, ya que dudaba que ni siquiera unos trabajadores de clase media, aún en el mundo mágico, pudiesen vestir a su hija con atuendos tan finos, ya ni hablar del prendedor o el medallón.

Se sacó del bolsillo el medallón y lo abrió, fijándose esta vez con más detalle en las fotografías que albergaba. Se fijó en el vestido negro de encaje que llevaba la mujer, el cual le ceñía el cuerpo, aunque sólo se le viera hasta un poco debajo de los hombros. Parecía una modelo de las revistas de tía Andromeda. Su cabello castaño claro resplandecía con la luz del sol. No se veía qué tan largo era hasta que ella se pasaba la mano por él y dejaba un mechón entre sus dedos, dejando en claro que no se lo cortaba seguido. Aunque su expresión era elegante y un tanto altiva, sus brillantes ojos marrones delataba cierto amor, cierta ternura. Sophia se preguntó si ya había nacido ella cuando se tomó la fotografía. Fue hasta la segunda vez que se pasó la mano por el cabello, que Sophia pudo ver dos anillos en su dedo, uno plateado con un diamante enorme en él, y una alianza dorada.

Y su padre. Ver a su padre fue cono verse a ella misma, salvo por que él estaba ligeramente bronceado. Traía el cabello un poco largo, rizado y muy bien peinado. Al arreglarse el saco se le caía un poco sobre los ojos, por lo que echaba la cabeza hacia atrás y volvía a guiñar el ojo, antes de regresar a aquella expresión altanera, ligeramente parecida a la de su esposa, y así como ella, no perdía en nada su atractivo sino al contrario. Al llevar sus manos a las solapas del saco, Sophia vio la alianza que el traía en su dedo, la gemela de la de su esposa. Sus ojos se mostraban un tanto distraídos, como desinteresados en el alrededor, sin embargo, en ellos también distinguía ese brillo especial que le impidió a Sophia convencerse por completo de que él o su esposa fuesen malas personas… o al menos de que no la quisieran aunque sea un poquito.

"Si son unos asesinos —pensó mientras aferraba el guardapelo a su pecho—, eso no me consta, ni que fueran seguidores de ese energúmeno. Como dice la doctora Corazón, no siempre es verdad lo que está a la vista".

Y así, decidió hacer caso a aquél dicho que tanto le gustaba a Dora: Inocente hasta que se demuestre lo contrario.

Decidida, se abrochó la cadena dorada del medallón al cuello y se lo metió bajo el suéter, guardó las demás cosas en la caja y la metió bajo su cama. Se dio cuenta del tremendo calor que hacía y se sintió ridícula al traer un suéter en pleno verano. Se puso la camiseta más holgada que encontró y bajó a preguntarle a tío Ted si podía acompañarle a recoger a Dora a Londres (donde tuvo que pasar la noche anterior por unos requerimientos de su ingreso a la academia).

—¡Maldita sea! —exclamó Sophia al tropezar con una de las sillas de la cafetería, otra vez.

Ted Tonks soltó una carcajada alegre ante la demostración del colorido vocabulario de su sobrina , mientras ambos recibían miradas reprobatorias del resto de clientes del lugar. Ambos salieron ignorando olímpicamente los comentarios de la gente hacia ellos. "¡Qué niña tan malcriada!" y "Qué hombre más irresponsable" decían detrás de ellos.

—Debes admitir que no están tan equivocados —comentó el tío Ted mientras se colocaba el sombrero de viaje.

—¡Oye! Yo no soy… ¡Ah! ¡Estúpido poste! —exclamó luego de chocar de frente contra un poste de luz.

—¿Decías, James Dean? —preguntó el adulto alzando una ceja.

Sophia se acomodó la chaqueta y se adelantó unos pasos indignada.

—Pareciera que has cambiado de lugar con Dora. Llevas tropezándote todo el día. ¿Tendrá algo que ver con que hoy sea tu cumpleaños?

Sophia se giró a él y sonrió de lado mientras alzaba una ceja.

—¿Ahora crees en esas tonterías? ¿Qué sigue? ¿Me leerás la palma de la mano? Porque te aviso que no están del todo limpias.

Ted estuvo a punto de responder con otra puya, pero su hija apareció corriendo y casi se lo lleva por delante. Habían decidido ir a Londres un día después de lo planeado para que Dora les acompañase, y de una vez, comprarle un regalo de cumpleaños a la niña.

—Ya era hora —dijo Ted mientras se acomodada el abrigo—. Escucha, Sophia, Dora te acompañará al callejón Diagón. Yo debo ir al ministerio a arreglar un asunto de su ingreso a la academia.

Luego de despedirse de Ted, Sophia y Dora entraron al pequeño bar que estaba junto a la cafetería, el famoso "Caldero Chorreante". Entraron y Sophia tuvo que forzar los ojos para ver más allá de los cinco metros. Era un lugar pequeño y algo sucio. Habían unas cuantas brujas apiladas en una esquina, jugando naipes y fumando. Habían varias personas en las otras mesas, pero ninguna les prestó atención hasta que el calvo cantinero exclamó:

—¡Válgame Dios!

El cantinero, que Sophia podría jurar que tenía lágrimas en los ojos, salió de la barra y se dirigió a ellas a toda prisa.

—Puede que mis ojos me engañen —dijo con la voz entrecortada—, pero ¿no es ésta la nædàr?

A la sola mención de aquella palabra Sophia se tentó, mientras los demás clientes del bar se levantaban de sus asientos. Dora había tomado su varita con sigilo, cuando el cantinero dejó salir un grito de emoción y le estrechó la mano efusivamente a Sophia.

—Es un verdadero honor conocer a la nædàr.No sabe cuánto tiempo esperé a que llegara este día…

Y así como él, varias personas se acercaron a saludarla, a presentarse y a pedirle incluso su autógrafo. Pasaron cinco minutos antes de que Dora perdiera la paciencia y arrastrase a su prima por el bar hasta llegar al pequeño patio. Sophia miró confusa el lugar preguntándose que hacían ahí.

—De la que se salvó mi padre, bola de tontos hostigadores… —murmuró Dora para sí misma mientras apuntaba su varita al muro frente a ella—. Tres arriba… dos horizontales… ¡Listo!

Dora tocó tres vece un ladrillo con su varita, y en el centro de éste, apareció un agujero que poco a poco se hizo enorme, lo suficiente para dejar pasar a un gigante como Hagrid.

Ambas pasaron por el agujero y llegaron a una calle adoquinada, muy alegre y llamativa. A ambos lados de la calle habían tiendas diferentes, pero todas igual de llamativas, desde una tienda de calderos hasta el emporio de la lechuza, tiendas de escobas, de pociones embellecedoras, de túnicas, de ingredientes para pociones…

—Bienvenida al Callejón Diagón —dijo Dora con tanta satisfacción que a Sophia le dio la impresión de que ya lo tenía ensayado—. Pero no te emociones. Primero debemos ir por dinero.

Siguieron por la calle mientras Sophia buscaba con la mirada una tienda de varitas, hasta que llegaron a un edificio enteramente blanco. Un gnomo, más o menos una cabeza más bajo que Sophia les saludó antes de entrar y encontrarse con un segundo par de puertas, sobre las cuales habían unas letras grabadas que decían:

Entra, desconocido, pero ten cuidado

Con lo que le espera al pecado de la codicia,

Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,

Deberán pagar en cambio mucho más,

Así que si buscas por debajo de nuestro suelo

Un tesoro que nunca fue tuyo,

Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado

De encontrar aquí algo más que un tesoro.

—Debes estar loca para querer robar en Gringotts —comentó Dora—. Pero tranquila, con tus tres cámaras, dudo que algún día tengas necesidad de hacerlo.

Esta vez, fueron dos gnomos los que les abrieron las puertas para entrar a un amplio vestíbulo de mármol. Habían unos cien gnomos sentados en taburetes más altos que Sophia. Algunos escribiendo en libros de cuentas, otros contando monedas y otros revisando piedras preciosas. Había un centenar de puertas de salida, por las que las personas eran guiadas por gnomos. Dora se dirigió a un gnomo desocupado que, al oír su voz, Sophia tuvo la impresión de que era un… ¿gnomo hembra? ¿Gnoma? Como sea, pero ella creyó que era un gnomo femenino.

—Buenos días —saludó Dora—. Venimos a sacar dinero de la cámara de la señorita Sophia Black.

—Por supuesto —le respondió el gnomo—. ¿Me permite su llave?

—Por supuesto —dijo Dora mientras Sophia le extendía la llave al gnomo.

El gnomo examinó de cerca la llave y se la devolvió a Sophia.

—Todo en orden. Haré que alguien las acompañe a su cámara. ¡Felwiik!

De inmediato, apareció un segundo gnomo que las guió hacia una de las puertas de salida. Para sorpresa de Sophia, llegaron a un angosto pasillo cavernoso y oscuro que se inclinaba hacia abajo. Felwiik silbó y un carrito minero llegó hasta ellos por los rieles que, Sophia acababa de darse cuenta, estaban en el suelo.

Los tres subieron al carrito y Sophia pudo notar lo tensa que se había puesto su prima. El carrito comenzó a descender a gran velocidad, zigzagueando abruptamente. A Sophia le pareció molesto al principio, y empezó a sentir ganas de vomitar. Dora a su lado no estaba mejor, ya que su color de cabello pasó de ser el típico rosa chicle a un verde oscuro bastante sugerente.

Al fin, el carrito se detuvo frente a una pequeña puerta a un lado del pasillo, y Sophia tuvo tiempo de soltar un par de maldiciones antes de que el gnomo abriera la cerradura de la puerta con su llave. Una ráfaga de humo verde le dio directo en la cara, haciéndola decir otra serie de palabrotas antes de abrir los ojos.

Dentro de la cueva, que se extendía por unos cincuenta metros frente a ella, habían montañas de monedas de oro que le doblaba, e incluso triplicaban su estatura, habían otras pilas de monedas de plata y montículos de monedillas de bronce.

—Anda, coge lo que quieras —le dijo Dora dándole un pequeño empujón.

—¿De quién es todo esto? —consiguió preguntar en medio de su estupor.

Dora la miró divertida.

—¡Pues tuyo, tonta! ¿De quien más, sino?

Sophia la miró indignada.

—Me refiero a que de dónde salió todo esto. ¿Cómo demonios hace una persona para conseguir todo esto? —preguntó lanzándole una mirada despectiva al lugar.

Dora palideció y su cabello se tornó violeta.

—Escucha… es tarde, y aún tenemos que ir a comprar las cosas. ¡Apresúrate!

Sophia decidió no insistir, aunque se dijo a sí misma que obtendría la respuesta. Llenó su bolsa de tela con monedas de plata y bronce. Iba a salir si tocar las de oro pero Dora llenó otro bolsito con éstas y se lo arrojó.

—Créeme, vas a necesitarlo —le dijo antes de salir de la cueva.

El gnomo cerró la puerta y los tres volvieron a subir al carrito. El viaje de regreso estuvo aún peor que el de ida, a tal punto que le provocó arcadas a Sophia. Salieron del banco cubriéndose los ojos, aún sin acostumbrarse a la luz del medio día.

—Ahora debes ir por tu uniforme. ¿Te molesta si vas sola? Acabo de ver a un ex compañero de Hogwarts y me gustaría saludarlo.

Sophia la miró con reprobación y negó con la cabeza.

—Dejando sola a tu prima de diez años para ir a ligar. Muy buen ejemplo, Nymphadora.

Sophia le dio la espalda y caminó hacia el lugar donde hacían túnicas, dejando atrás a una sonrojada Nymphadora.

—¡Que no me llames así! —la oyó gritar mientras entraba a "Madame Malkin".

Al entrar, una bruja regordeta y sonriente, que Sophia supuso era Madame Malkin, se le acercó.

—¿Hogwarts, preciosa? —le preguntó antes de que Sophia pudiera hablar la boca.

Sophia asintió y fue casi arrastrada por la mujer al fondo de la tienda, le ayudó a subir a un escabel y le pasó una larga túnica negra por el cuello, comenzando a ajustarla. Sophia levantó la vista y vio a otra niña subida en el escabel junto al suyo. Era castaña y su cabello también estaba rizado, solo que, al contrario del de Sophia, lo traía enmarañado. Al parecer eran de la misma edad, y Sophia no se sorprendió de ser unos centímetros más alta que ella.

—¿Tú empiezas Hogwarts este año? Porque yo sí. He estado leyendo mucho este verano. Me he aprendido todos los libros de texto, naturalmente. Espero hacerlo bien. Soy la primera bruja en mi familia, ¿sabes? Fue una verdadera sorpresa cuando me enteré. Mis padres pensaron que era una broma. Un empleado del ministerio tuvo que venir y explicarnos todo cuando recibí mi carta. Soy Hermione Granger, por cierto, ¿y tú?

Dijo todo tan rápido que Sophia se sintió de nuevo en el carrito de Gringotts.

—Yo… yo ni siquiera he abierto los libros —dijo un tanto pérdida— D-digo, soy Sophia Black.

Madame Malkin estaba tan concentrada en su trabajo que afortunadamente no le ponía la más mínima atención a la plática.

—¿Tú eres la nædàr? —preguntó exaltada— Lo se todo sobre ti. Eres una de las brujas más poderosas que existen. Tú figuras en varios libros sobre Historia de la Magia y Grandes magos y brujas del milenio. Aún no puedo creer que hayas sobrevivido a un enfrentamiento entre mortífagos y aurores.

—Yo no sabía que aparecía en un libro.

—¿No? De ser tú, buscaría toda la información que pudiera. En Historia de la magia moderna, Defensa contra las Artes Oscuras y Grandes eventos mágicos del siglo XX. Tú apareces en el capítulo tres, Dos capítulos antes que los mellizos Potter…

—¿Ellos también están ahí? —preguntó Sophia interesada por primera vez en aquella conversación, recordando que el día anterior Sophia había llevado a Hally a Little Whinging, donde ambos mellizos le contaron con lujo de detalles todo el rollo de "los niños que vivieron".

—Por supuesto que sí. ¿Has oído hablar de ellos? Deben ser personas muy interesantes. Me encantaría tener la oportunidad de hablar con ellos. Según sé, este año ingresan a Hogwarts. ¿No sería genial que estuviésemos en la misma casa? Por cierto, ¿en cuál casa te gustaría estar? He oído que Gryffindor es la mejor, además, Dumbledore estuvo allí, aunque Ravenclaw no suena tan mal…

—Bien preciosa, lo tuyo está listo.

Madame Malkin interrumpió a la chica en su monólogo, entregándole a Sophia sus uniformes. Sophia bajó del escabel aliviada de dejar de oír a aquella niña tan latosa.

—Supongo que nos veremos en Hogwarts —dijo la chica a modo de despedida.

—Sí, supongo —le respondió Sophia luego de pagarle a Madame, salió corriendo y vio que Dora se despedía de su "ex compañero".

Juntas se dirigieron a la droguería, donde a pesar del insoportable olor a huevo pasados y repollo podrido, Dora tuvo que sacar a rastras a su prima, ya que aquella encontraba todo aquello tan llamativo y tentador…

Compraron el telescopio, el caldero y demás, y se dirigieron a por los libros a un lugar llamado Flourish y Blotts. Había tantos libros, y de tantos tipos que Sophia no pudo evitar comprar algunos extra, de hechizos, pociones avanzadas y una que otra novela de algún autor mago. Sin embargo, antes de poder salir de ahí, un joven pálido y con un tic en el ojo se acercó a ellas.

—Va-vaya no pued-do cr-creerlo, pe-pero si es Soph-Sophia B-Black. P-permit-teme presentarme, so-soy el p-profesor Quirrel. Si seré tu p-profesor d-de Defensa c-contra las ar-artes o-oscuras.

Sophia apenas y pudo estrechar le la mano antes de que una multitud parecida a la del Caldero Chorreante la rodeara, y de nuevo, Dora la sacó de allí como pudo.

—Es hora de ir por tu mascota —le dijo mientras la arrastraba al Emporio de la Lechuza.

Cinco minutos después, Sophia salió de ahí cargando a un búho negro que no dejaba de verla con sus enormes ojos dorados, al que decidió llamar Áyax. Ni siquiera había visto las demás lechuzas, ya que lo primero que vio al entrar al oscuro recinto fueron esos enormes ojos, y poco le había importado la advertencia de la empleada sobre lo agresiva que era esa ave. Porque cuando Sophia Black quiere algo, poco o nada importa lo demás.

—Bien, terquedad encarnada —le llamó su prima—, ahora sólo nos queda la varita.

Sophia la miró extrañada.

—¿Enserio necesito una? Digo, el profesor Dumbledore dijo que… que la gente como yo podía hacer magia sin necesidad de una.

Dora se encogió de hombros y siguió caminando.

—Es cierto, pero es mejor prevenir. Tal vez no la necesites pero puede que te la exijan, ya que está en la lista.

Llegaron a la tienda de peor aspecto en la calle. Era pequeña, y se notaba mal cuidada, casi abandonada. Sobre la puerta, unas letras doradas decían: «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.».

Entraron al lugar, haciendo resonar una campanilla. Estaba vacío, salvo por una silla larga donde se sentó Dora. Sophia pasó su vista por las cajas alargadas que estaban apiladas hasta el techo.

—Buenos días —la saludó un hombre de aspecto tétrico a pesar de su sonrisa amable.

—Hola —le devolvió el saludo la niña, aunque más que un saludo pareció una pregunta.

—Ah, si —exclamó quien al parecer era el señor Ollivander mientras se acercaba a Sophia—. Sophia Black. Estaba esperando ansioso tu visita. Eres tan parecida a tu padre, incluso tienes sus ojos. Si, recuerdo bien cuando él vino por su varita. Roble, 28 centímetros, flexible. Excelente para los duelos.

Sophia podía ver su reflejo en los ojos del anciano frente a ella. También eran grises, solo que en un tono diferente a los de Sophia, muchísimo más claros que los de Sophia, casi llegando al blanco.

—Tu madre, por otra parte, se decidió una de sauce, 27 centímetros de largo, inflexible. Igual de poderosa y excelente para encantamientos. Bueno, he dicho que ella se decidió, pero en realidad la varita elige al mago.

Sophia pensó que, de ser así, ninguna varita querría escogerla.

—¡Nymphadora! —exclamó Ollivander centrando su atención en Dora— ¡Nymphadora Tonks! Pino, veinte centímetros, flexible. ¿Verdad?

—Así es, señor.

—Si, excelente varita. Muy buena para transformaciones —dijo antes de volver a ver a Sophia—. Muy bien, Sophia, ¿con qué mano sujetas tu varita?

—Eh… soy diestra… —respondió Sophia mientras una cinta medidora le pasaba por todo el cuerpo.

—Extiende tu brazo. Eso es. —Midió a Sophia del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza. Mientras medía, dijo—: Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, Sophia. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago.

La cinta no había terminado de medirla cuando el señor Ollivander se dirigió a uno de los estantes y sacó una caja, le sopló el polvo y sacó una varita de empuñadura redonda, la observó un momento y se la entregó a Sophia

—A ver esta. 20.2 centímetros, arce y pelo de unicornio.

Cuando Sophia la agitó, la silla donde estaba Dora se hizo astillas, dejando caer a su prima al suelo.

—Esta no, entonces —dijo Ollivander tomando de nuevo la varita, sacó la suya y apuntó a lo añicos de la silla. Movió su muñeca y dijo ¡Reparo! Y la silla volvió a ser como antes.

Probaron otras siete varitas y, al contrario de lo que se pudiese pensar, el señor Ollivander estaba cada vez más emocionado.

—Veamos… - murmuró para sí mismo— No creo que… Oh, pero eso no es posible… A no ser que… ¿Será?

Se dirigió al último estante y de la parte más alta sacó una caja bastante más empolvada que las otras. La abrió con cierta dificultad y sacó de ella una varita distinta a las otras. Era del mismo color completamente sin empuñadura, y tenía unos extraños símbolos grabados a lo largo, que la recorrían por completo.

—A ver ésta. Ébano y núcleo de fibra de corazón de dragón, veintiocho centímetros. Flexible y llamativa. La combinación perfecta para los duelos.

Al momento en que sus dedos hicieron contacto con la varita, Sophia sintió un calor intenso recorrerlo el cuerpo entero, y cuando la tomó en su mano, tuvo la sensación de que la varita era parte de ella, como una extensión de su brazo. La agitó esperanzada y de la punta, salieron chispas rojas, doradas y plateadas tan intensas que Sophia tuvo que cerrar los ojos.

—¡Al fin! —exclamó Dora en broma.

El señor Ollivander le aplaudió emocionado antes de tomar la varita y regresar la a su caja plateada, la envolvió en papel de embala y se la entregó a Sophia, quien le pagó seis galeones antes de salir.

Antes de irse, Dora arrastró a su prima a una tienda de ropa y le compró una capa negra con capucha.

—¿Y para qué demonios quiero esto, Dora? —preguntó Sophia examinando la capa, que puesta le llegaba hasta los tobillos— Digo, además de que me veo genial en ella.

Dora rodó los ojos mientras la jalaba de la mano por la calle. Aunque debía reconocer que le quedaba bien con las ropas oscuras que llevaba. Claro que eso no era algo que pudiese decírsele a Sophia Black sin correr el riesgo de que su enorme ego tomara el control de su cuerpo y alardeara de "lo obvio". Era el precio que tenían que pagar luego de dejarla ver películas de James Dean a sólo dos semanas de haber salido del hospital.

Llegaron al Caldero Chorreante, pero antes de entrar, Dora se cambió el cabello a rojo fuego, se alargó la nariz y redondeó su rostro, le enrolló el cabello a Sophia y le colocó la capucha, estirándola lo más que pudo para que le cubriera los ojos. La tomó de la mano y le indicó que no hablara hasta que ella le avisara.

Una vez afuera, Dora le quitó la capucha de la cara y regresó su apariencia a la normalidad. Le explicó que no quería otro episodio como los de hace rato. Se sentaron en una banca en la acera y esperaron a que Ted pasara por ellas.

Al llegar a casa, dejaron todo en el cuarto de Sophia, donde tía Andromeda la esperaba con un gran baúl negro. Tío Ted y a fueron a la cocina por algo de comer, mientras tía Andromeda le indicaba a Sophia que se sentara en la cama.

—Éste baúl le perteneció a tu padre —dijo con voz melancólica—. Fue el que utilizó cuando asistió a Hogwarts. Él… tuvo una pelea muy fuerte con su madre cuando ya era mayor, y ella me lo envió a mi como una broma de mal gusto. Yo tampoco me llevaba… no me llevo muy bien con mi familia. En fin, entenderé si no quieres usarlo, sólo pensé que te sería útil. Tiene las siglas "S. B." grabadas y así no tendrás que comprar uno.

Sophia pasó su mano por el baúl que, para ser tan viejo, conservaba un muy buen estado.

—Me quedo con él, tía, gracias.

Andromeda le dio un abrazo a su sobrina antes de bajar a la cocina a "asegurarse de que Ted y Dora no se coman las galletas del postre", prometiéndole avisarle cuando la cena estuviese lista.

Sophia regresó su atención al baúl y lo examinó. Se sacó el medallón de la camisa y contempló un momento las fotos de sus padres. Le dio de comer a Áyax y bajó a la cocina a ayudar a tía Andromeda con la cena.

Ya mañana les contaría a los chicos lo ocurrido. Justo después de darles sus regalos de cumpleaños, claro está.