La gran puerta se abrió y tras ella apareció una bruja alta y de rostro severo que traía una túnica verde esmeralda. Al verla, Sophia supo que sería buena idea evitar tener problemas con ella, al menos hasta mañana.
Miró a Hally, quien al parecer estaba pensando lo mismo, ya que encorvó un poco la espalda para que aquella bruja no le viera el cabello mojado. Sophia sonrió de lado antes de flexionar las rodillas para que tampoco la viese a ella.
—Los de primer año, profesora McGonagall —dijo Hagrid.
—Muchas gracias, Hagrid. Yo los llevaré desde aquí.
McGonagall. Sophia sonrió y procuró recordar aquél nombre.
La profesora los llevó por el vestíbulo de paredes de mármol hasta una pequeña habitación lateral, donde les explicó cómo sería su estancia en Hogwarts. Dijo que habían cinco casas: Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. Según ella, tomarían las clases junto al resto de miembros de su casa, se sentarían con ellos en el gran comedor y pasarían los tiempos libres en las salas comunes de sus respectivas casas.
Mencionó también que cada alumno podría ganar puntos para su casa alcanzando metas y logros, pero también podría perderlos si cometía alguna infracción. Luego, dijo algo que puso pálida a Sophia.
—La Ceremonia de Selección tendrá lugar dentro de pocos minutos, frente al resto del colegio. Les sugiero que, mientras esperáis, arréglense lo mejor posible.
Sophia jaló a Hally hacia abajo cuando notó los ojos de McGonagall pasar por cada uno. Dio gracias a que la sala fuera tan pequeña que todos estaban bastante apretados, por lo que la profesora no las notó. Sin embargo, lo que sí notó fueron las túnicas empapadas de las gemelas odiosas, ya que jadeó indignada.
—¡Por Merlín! ¿Se puede saber qué es lo que les ha ocurrido, señoritas?
Las gemelas parecieron hacerse pequeñas ante la severa mirada de McGonagall. Por un momento, Sophia pensó que no dirían nada, pero una de ellas pareció enojada porque sólo se les retase a ella y a su hermana.
—Fueron unas niñas… —dijo nerviosa— Ellas nos lanzaron al lago.
La profesora McGonagall echó un vistazo al resto de niños, y al no encontrar a nadie más con la túnica empapada (ni Sophia ni Hally habían tenido el valor de salir de su escondite entre las demás túnicas), negó con la cabeza y abrió la boca para seguir reprendiendo a las niñas, cuando alguien tocó a la puerta y habló desde afuera.
—¿Profesora McGonagall? La ceremonia está por empezar.
La profesora suspiró con impaciencia, sacó su varita y con un movimiento, les secó las túnicas y el cabello a ambas niñas.
—Que no se vuelva a repetir —les dijo antes de dirigirse a los otros—. Vuelvo en un momento. Por favor, esperen aquí.
—¿Cómo crees que hagan para decidir quién va a cada casa? —preguntó Harry nervioso.
—Creo que es una especie de prueba —respondió Ron—. Fred dice que duele mucho, pero creo que era una broma.
—Ha de serlo —comentó Hally riendo.
Sophia se dio una palmada en la frente y le golpeó el brazo a Hally.
—¡Idiota! —susurró molesta— ¿Acaso quieres que nos descubra la profesora?
Hally rodó los ojos.
—Ella no está aquí.
—Pero esas tontas gemelas sí, y podrían tratar de acusarnos… de nuevo.
Hally resopló y estuvo a punto de responderle a su amiga, pero varios gritos en la parte de atrás la interrumpieron. Ambas niñas giraron y jadearon impresionadas al encontrarse con cerca de veinte fantasmas cruzando desde un lado de la habitación y desapareciendo en la pared opuesta.
Uno de ellos, al que los demás se refirieron como el Fraile Gordo, se acercó a ellos. Dijo haber pertenecido a la casa de Hufflepuff. Sophia se puso de pie para preguntarle como se sentía estar muerto, mientras Hally quiso saber cómo era la ceremonia de selección de las casas, sin embargo, en ese momento vieron a la profesora McGonagall aparecer por la puerta, por lo que tuvieron que volver a esconderse.
McGonagall les indicó que formaran una fila y la siguieran al gran comedor.
Sophia jaló a Hally hasta el final de la fila, procurando que la profesora no las viera. Salieron de la habitación y cruzaron de nuevo el vestíbulo, hasta llegar a unas puertas dobles por las que pasaron para entrar al gran comedor.
Era un hala enorme, iluminada por cientos de velas flotando sobre cuatro enormes mesas situadas a lo largo del salón, donde los estudiantes ya estaban sentados.
—¿En serio serán de oro los cubiertos? —le preguntó Hally a Sophia mientras avanzaban hacia la tarima que había en la cabecera del comedor, donde además estaba la mesa de los profesores.
—Eso sería algo snob, ¿no crees? —respondió Sophia mientras veía hacia el techo, aunque más bien parecía ser el cielo, ya que estaba negro y lleno de estrellas.
Ni siquiera el parloteo de Hermione pudo arruinarle aquel momento.
—Es un hechizo para que parezca como el cielo de fuera, lo leí en la historia de Hogwarts —iba diciendo la castaña.
La profesora los llevó hasta la tarima, donde los dejó frente a los otros alumnos, dándoles la espalda a los profesores.
Sophia recorrió el salón con la vista. Ella y Hally se habían quedado en una esquina de la tarima evitando miradas tanto de los profesores como de los alumnos. En la última mesa de la izquierda, encontró a los gemelos Weasley junto a Lee, quienes parecían estar buscándolas con la vista.
Vio a la profesora McGonagall poner un banco de cuatro patas frente al grupo de primer año, y sobre él, un sombrero puntiagudo de mago, bastante viejo, sucio y remendado. Entonces, el sombrero abrió un agujero cerca del borde, que más bien parecían una boca, y comenzó a cantar:
Oh, podrás pensar que no soy bonito,
pero no juzgues por lo que ves.
Me comeré a mí mismo si puedes encontrar
un sombrero más inteligente que yo.
Puedes tener bombines negros,
sombreros altos y elegantes.
Pero yo soy el Sombrero Seleccionador de Hogwarts
y puedo superar a todos.
No hay nada escondido en tu cabeza
que el Sombrero Seleccionador no pueda ver.
Así que pruébame y te diré dónde debes estar.
Puedes pertenecer a Gryffindor,
donde habitan los valientes.
Su osadía, temple y caballerosidad
ponen aparte a los de Gryffindor.
Puedes pertenecer a Hufflepuff
donde son justos y leales.
Esos perseverantes Hufflepuff de verdad
no temen el trabajo pesado.
O tal vez a la antigua sabiduría de Ravenclaw,
Si tienes una mente dispuesta,
porque los de inteligencia y erudición
siempre encontrarán allí a sus semejantes.
O tal vez en Slytherin harás
tus verdaderos amigos.
Esa gente astuta utiliza cualquier medio
para lograr sus fines.
¡Así que pruébame!
¡No tengas miedo!
¡Y no recibirás una bofetada!
Estás en buenas manos (aunque yo no las tenga).
Porque soy el Sombrero Pensante.
Todo el comedor estalló en aplausos cuando el sombrero terminó su canción. Éste se inclinó hacia las cuatro mesas y luego se quedó rígido otra vez.
—¿Tanto teatro sólo para decirnos que debemos probarnos ese tonto sombrero? —susurró Sophia indignada, haciendo que Hally se llevara el puño a la boca para evitar soltar una carcajada.
En ese momento, la profesora McGonagall desenrolló un pergamino y se dirigió hacia ellos.
—Cuando yo los llame se pondrán el sombrero y se sentarán en el banco para que sean seleccionados. ¡Abbot, Hanna!
—¡Maldita sea! —susurró Sophia disgustada— No me digas que esto es en orden alfabético.
Hally la miró un momento mientras el sombrero gritaba Hufflepuff y la mesa de la derecha estallaba en aplausos para Hanna.
—¡Black, Sophia!
—Está bien —dijo Hally—, no te lo diré.
Sophia la habría golpeado de no ser porque acababan de llamarla a ella. Algo que la extrañó fueron los murmullos que surgieron cuando la llamaron, a diferencia del silencio que reinó cuando llamaron a la chica anterior.
—¿Black?
—¿Ha dicho Black?
—¿Se refiere a la nædàr?
Sophia empezó a caminar y giró la vista hacia los que aún faltaban por pasar. Hally hacía como si tomara un sombrero en su cabeza y se lo bajaba al pecho, como habían visto que hacían los hombres cada vez que había un funeral en Rickman. Ron alzaba ambos pulgares mientras le sonreía y Harry simplemente sonreía nervioso. En su camino, vio al chico que los trató mal en el tren, su "primo" Draco, quien la miraba con la boca abierta, probablemente asustado por ver que la "hija de muggles" en realidad era su prima perdida.
Sonrió altanera y giró su vista a la última mesa de la izquierda, donde los gemelos Weasley y Lee le sonreían y cruzaban los dedos.
Tomó un mechón de cabello que le cayó sobre los ojos para pasarlo tras su oreja, y entonces recordó que tanto su cabello como el resto de ella seguía empapada. Miró con cuidado a la profesora McGonagall y se dio cuenta que ella también la veía, solo que con los ojos entornados y los labios fuertemente apretados.
Al fin, se sentó en el banco y rezó porque el sombrero no se molestara por que lo mojara con su cabello. Suspiró, se puso el sombrero y esperó.
—¡Oh! —dijo una vocecilla—. ¿Pero qué tenemos aquí? Una Black… hacía años que no recibía una, y no una cualquiera, por lo que veo. Ya veo… eres igual a él. Con el talento y la inteligencia de una Ravenclaw, aunque tu espíritu rebelde me impide enviarte ahí. Eres tan leal como la propia Helga Hufflepuff, pero rencorosa. Sí, sí, puedo verlo. Rencorosa y vengativa. Serías una excelente Slytherin. Sí, veo aquí la astucia de Salazar…
—¡NO TE ATREVAS! —exclamó casi sin pensar.
Un jadeo general se escuchó, seguido de varios cuchicheos. Aunque Sophia no tenía la culpa. Ron les había contado en el tren la mala fama de la casa de las serpientes, y no le interesaba para nada estar allí.
—Digo, no —susurró Sophia al sombrero—. No quiero estar en Slytherin.
—Veo que sabes lo que quieres —siguió el sombrero—. Pero tienes razón. Vienes de Slytherin, pero no perteneces a Slytherin. Si… Tu corazón… Todo esta ahí. Tu corazón lo supera todo. Sin duda, tú eres ¡GRYFFINDOR!
Sophia se quitó el sombrero aliviada y miró a sus amigos antes de caminar con lentitud hacia la última mesa de la izquierda, donde todos aplaudían enérgicamente, pero nadie más emocionado que los gemelos Weasley, quiénes gritaban "¡tenemos a la nædàr! ¡tenemos a la nædàr! ".
Un chico pelirrojo, muy parecido a los gemelos, con una insignia con la letra "P" en el pecho, se levantó y le estrechó la mano emocionado. Resultó ser que, efectivamente, era hermano de los gemelos, Percy, un año mayor que ellos.
—Por favor, permíteme ayudarte —dijo sacando su varita, y con un movimiento, secó por completo a Sophia, quien para sorpresa incluso de sí misma dio las gracias al chico.
Sophia tomó asiento junto a los gemelos, con quienes chocó las palmas y miró el resto de la selección con desinterés, esperando a que llegara el turno de sus amigos. Sin embargo, sintió un vuelco en el estómago cuando a Hermione Granger la designaron para Gryffindor, recordando lo que dijo la profesora McGonagall sobre compartir dormitorio con los de su casa.
La chica llegó a la mesa, pero se sentó del otro lado, junto a Percy., y comenzaron a hablar sobre lo ansiosos que estaban por que iniciaran las clases, o algo así.
Miró curiosa la mesa de los profesores, encontrándose con Hagrid sentado en la orilla, cerca de la mesa de Gryffindor, quien la miró sonriente y alzó los pulgares. Sophia le devolvió la sonrisa y el gesto, y miró al resto de miembros de la mesa. Había una mujer con un sombrero de hojas, una con el cabello negro muy revuelto, incluso vio a un enano. En la silla de oro del centro, vio sentado al profesor Dumbledore, y Sophia tuvo la sensación de que la había estado mirando antes de que ella se girara a verlo.
Respiró aliviada al ver que Malfoy era de inmediato enviado a Slytherin, reduciendo así las posibilidades de "convivencia familiar".
Luego, otro baldazo de agua fría, mientras que a Padma, una de las gemelas a las que tiraron al agua, la enviaban a Ravenclaw, a Parvati la seleccionaban para Gryffindor.
—¡Potter, Hally!
Otra serie de murmullos y preguntas sobre si ella era la niña que vivió. Sophia vio cómo su amiga salió de su escondite y caminaba nerviosa hacia el banco. La profesora McGonagall tenía la misma expresión de cuando pasó Sophia, al igual que Malfoy en la mesa de Slytherin.
Vio a Hally sentarse en el banco y ponerse el sombrero. Por un segundo Sophia pensó que el sombrero se tardaría tanto como se tardó con ella, sin embargo, Hally acababa de ponerse el sombrero cuando éste gritó su decisión:
—¡GRYFFINDOR!
Sophia sonrió de lado mientras la mesa volvía a estallar en aplausos y vítores. Los gemelos empezaron a silbar y a gritar, esta vez: "¡tenemos a una Potter! ¡tenemos a una Potter!".
Hally caminó con una enorme sonrisa hacia la mesa de Gryffindor, donde fue calurosamente recibida. Percy volvió a sacar su varita y también la secó a ella. Vio a Sophia y chocó las palmas con los gemelos antes de sentarse junto a Sophia.
Sophia miró a Hally y sonrió de lado.
—Ya sabía yo que no podrías vivir sin mí.
—¡Harry Potter!
Ambas voltearon a hacia la tarima, donde Harry caminaba nervioso hacia el banco. Las miró de reojo y ambas sonrieron mientras Sophia alzaba los pulgares y Hally cruzaba los dedos. El chico se puso el sombrero, y luego de unos minutos, el sombrero gritó su veredicto.
—¡GRYFFINDOR!
La mesa de los leones estalló en aplausos, mientras los gemelos gritaban: "¡Tenemos al Potter! ¡Tenemos al Potter!" y Sophia y Hally silbaban. Harry llegó con ellas y les abrazó antes de sentarse frente a Hally. Luego los gritos de los gemelos se convirtieron en: "¡Los tenemos a los tres! ¡Los Potter y la nædàr! ".
Ahora solo quedaban tres chicos. A la chica la enviaron a Ravenclaw, y mientras la mesa de las águilas aplaudía, la profesora McGonagall llamó a Ron, quien caminó nervioso alternando su vista entre el banco y la mesa de Gryffindor. Se puso el sombrero y, justo como había pasado con Hally, no pasó ni un segundo cuando el sombrero ya se había decidido.
—¡GRYFFINDOR!
Ron bajó aún mareado de la tarima, y luego de recibir una felicitación demasiado formal por parte de Percy, se desplomó en una silla junto a Harry, frente a Sophia.
La profesora McGonagall enrolló el pergamino y se llevó el sombrero mientras Dumbledore se ponía de pie y extendía los brazos, al parecer bastante contento de ver a los alumnos de nuevo.
—¡Bienvenidos! —dijo—. ¡Bienvenidos a un año nuevo en Hogwarts! Antes de comenzar nuestro banquete, quiero decirles unas pocas palabras. Y aquí están, ¡Papanatas! ¡Llorones! ¡Baratijas! ¡Pellizco!... ¡Muchas gracias!
Todo el mundo empezó a aplaudir mientras Dumbledore se sentaba de nuevo.
—Ese sujeto está loco —susurró Hally a Sophia.
—No tienes ni idea —respondió la rubia mientras fijaba su vista de nuevo en la mesa, donde se encontró con unos ojos negros que, según le pareció, la habían estado viendo fijamente.
Jamás había visto a ese hombre, pero por alguna razón le pareció haber visto sus ojos en alguna parte. El tipo vestía de negro, traía el cabello oscuro largo y parecía grasiento, y la nariz ganchuda no ayudaba en nada a su aspecto.
—¿Fred? —preguntó al gemelo junto al cual estaba sentada— ¿Quién es ese tipo de negro en la mesa de los profesores?
Fred giró hacia la tarima y volvió a mirarla, con una mueca en el rostro.
—Es Snape, el profesor de pociones. Aunque todos sabemos que su verdadero objetivo es el puesto de Quirrel.
Quirrel… El joven tartamudo de la tienda de libros. Miró la mesa de los profesores de nuevo y pudo reconocerlo bajo un enorme turbante púrpura, mientras hablaba nerviosa mente con Snape, quien (Sophia podría jurarlo) había estado mirándola de nuevo.
—¿Y qué enseña Quirrel?
—Defensa Contra Las Artes Oscuras, aunque no creo que sea capaz de defenderse a sí mismo de un doxy, no veo cómo pueda enseñarnos a defendernos del verdadero peligro.
—Pero tranquila —intervino George inclinándose tras su hermano para verla—. Hace años que los maestros de Defensa solamente duran un curso.
Sophia sonrió divertida mientras regresaba su vista a la mesa de profesores, ésta vez fijando su vista en Dumbledore. Abrió los ojos alarmada cuando se dio cuenta que tanto él como el resto de profesores estaban comiendo. Se giró indignada para contárselo a Hally, sin embargo, ella también estaba comiendo, al igual que el resto de alumnos.
Miró la mesa y se quedó con la boca abierta. Los platos frente a ella estaban repletos de comida de todo tipo: carne asada, pollo asado, chuletas de cerdo y de ternera, salchichas, tocino y filetes, patatas cocidas, asadas y fritas, pudín, guisantes, zanahorias, salsa de carne, salsa de tomate y, por alguna extraña razón, bombones de menta. Todo, salvo los bombones y las zanahorias, se veía delicioso.
Tan pronto como pudo, llenó su plato y empezó a comer. Jamás había tenido la oportunidad de comer tantas cosas deliciosas. No era que la comida de la tía Andromeda no fuese sabrosa, pero ella no solía cocinar cosas no-saludables.
Mientras comía, Sophia trató de poner atención al fantasma de Gryffindor, Sir Nicholas, quien les mostró a los chicos la razón por la que le apodaban "Nick Casi Decapitado", dejando caer su cabeza sobre su hombro, como si tuviese una bisagra en el cuello. Sin embargo, estaba demasiado concentrada viendo las estrellas del techo.
Recién había descubierto su debilidad por las chuletas de ternera, cuando fijó su vista en el fantasma de Slytherin, el Conde Sanguinario, según Sir Nicholas. El Conde, un fantasma de aspecto terrorífico (aunque a Sophia no le daba miedo) y con la ropa manchada de sangre, estaba sentado en la mesa de su antigua casa, más específicamente junto a Malfoy, quien no se veía muy cómodo con el fantasma.
En un momento, Malfoy la miró, y se puso aún más pálido de lo que era, luego un ligero tono rosa le cubrió las mejillas y desvío la mirada, fijándola en su plato. Sophia enarcó una ceja y se preguntó si el sonrojo sólo había sido su imaginación.
Regresó su atención a su plato y cuando hubo acabado con el último trozo de chuleta de ternera, los platos quedaron tan limpios como si nunca se hubiese comido en ellos, y un momento después apareció el postre: Trozos de helados de todos los gustos que uno se pudiera imaginar; pasteles de manzana, tartas de melaza, relámpagos de chocolate, rosquillas de mermelada, bizcochos borrachos, fresas, jalea, arroz con leche...
Sophia tomó un par de relámpagos y descubrió que su jugo de calabaza se había convertido en leche tibia. Cerró los ojos al beberla, disfrutando de esa sensación reconfortante, cuando notó que la conversación se había dirigido a las familias.
—Yo soy mitad y mitad —dijo Seamus Finnigan, un chico rubio de primero—. Mi padre es muggle. Mamá no le dijo que era una bruja hasta que se casaron. Fue una sorpresa algo desagradable para él.
Los demás rieron.
—¿Y tú, Neville? —preguntó Ron.
—Bueno, mi abuela me crió y ella es una bruja —dijo Neville—, pero la familia creyó que yo era todo un muggle, durante años. Mi tío abuelo Algie trataba de sorprenderme descuidado y forzarme a que saliera algo de magia de mí. Una vez casi me ahoga, cuando quiso tirarme al agua en el puerto de Blackpool, pero no pasó nada hasta que cumplí ocho años. El tío abuelo Algie había ido a tomar el té y me tenía cogido de los tobillos y colgando de una ventana del piso de arriba, cuando mi tía abuela Enid le ofreció un merengue y él, accidentalmente, me soltó. Pero yo reboté, todo el camino, en el jardín y la calle. Todos se pusieron muy contentos. Mi abuela estaba tan feliz que lloraba. Y tendríais que haber visto sus caras cuando vine aquí. Creían que no sería tan mágico como para venir. El tío abuelo Algie estaba tan contento que me compró un sapo.
—¿Qué hay de ti, Sophia? —preguntó Seamus— ¿Cómo es tener una prima metamorfomaga?
Sophia sonrió aliviada de que no le haya preguntado por sus padres biológicos o su pasado en el hospital.
—¿Metamorfomaga? —dijo Dean Thomas, otro chico de primero.
—Sí, magos que nacen con la capacidad de cambiar su apariencia física, sin necesidad de un hechizo o una poción —repitió Sophia la explicación que le había dado tío Ted—. Mi prima Dora lo es. Es genial, ya que puede cambiarse el color y la forma del cabello, el color de ojos y la forma de su rostro. Puede hacerse picos de pato o haber que le salgan bigotes de gato. Es muy divertido verla transformarse.
—Ojalá tú tuvieras esa capacidad —intervino Hally, mirando con desprecio fingido a su mejor amiga—. Así no tendríamos que verte ese rostro todo el tiempo.
Sophia frunció el ceño fingiendo estar confundida, tomó una cuchara y miró su reflejo en ella.
—Pero qué estupideces dices —dijo echándose el cabello hacia atrás—. Solamente estas celosa. Pero quien te culparía. Con esa cara de trasero de gallina, cualquiera lo estaría.
Mientras "discutían" Dean y Seamus miraron interrogantes a Harry, quien simplemente se encogió de hombros.
—Ellas son así.
—¿Algo más para agregar, extensiones baratas?
—Sí —dijo Sophia fingiendo pensárselo—. Dos cosas de hecho. La primera: mi cabello es cien por ciento natural; la segunda: yo no tengo la culpa de que tú tengas un nido de pájaros en la cabeza.
Hally estaba a punto de responder, pero un quejido de Harry las interrumpió.
—¿Qué ocurre? —preguntó Sophia preocupada.
—No es nada —negó Harry mientras giraba a preguntarle algo a Percy.
—La cicatriz le ha dolido —le respondió Hally susurrando—. Lo he visto tocar se la frente.
—Pero, ¿por qué? —inquirió en el mismo tono suave.
—No lo sé. Por cierto, ¿quién es el narizón de negro en la mesa de los profesores?
—Es Snape, profesor de pociones. Aunque según Fred lo que realmente quiere es enseñar defensa contra las artes oscuras.
Hally asintió pensativa, pero su semblante cambió cuando regresó su vista al pastel de manzana que se había servido, y en menos de dos minutos, se lo terminó entero.
Sophia por su parte, se terminó el último relámpago y apuró la copa con leche, la puso de nuevo en la mesa y suspiró satisfecha. Desde ahora, así como las chuletas de ternera serían su comida favorita, los relámpagos de chocolate serían su postre favorito.
Por último, también desaparecieron los postres, y el profesor Dumbledore se puso nuevamente de pie. Todo el salón permaneció en silencio.
—Ejem... sólo unas pocas palabras más, ahora que todos hemos comido y bebido. Tengo unos pocos anuncios que hacerles para el comienzo del año.
»Los de primer año deben tener en cuenta que los bosques del área del castillo están prohibidos para todos los alumnos. Y unos pocos de nuestros antiguos alumnos también deberán recordarlo.
Los ojos relucientes de Dumbledore apuntaron en dirección a los gemelos Weasley, y por una milésima de segundo, sobre Hally y Sophia.
—El señor Filch, el celador, me ha pedido que les recuerde que no deben hacer magia en los recreos ni en los pasillos.
»Las pruebas de quidditch tendrán lugar en la segunda semana del curso. Los que estén interesados en jugar para los equipos de sus casas, deben ponerse en contacto con la señora Hooch.
»Y por último, quiero decirles que este año el pasillo del tercer piso, del lado derecho, está fuera de los límites permitidos para todos los que no deseen una muerte muy dolorosa.
Sophia frunció el ceño. ¿A quién demonios se le ocurría poner un colegio junto a un lugar tan peligroso? Aunque le resultaba emocionante el poder ir a explorar ese lugar.
—¡Y ahora, antes de que vayamos a acostarnos, cantemos la canción del colegio! —exclamó Dumbledore.
Sophia sonrió ampliamente al ver las sonrisas forzadas de los profesores.
Dumbledore agitó su varita, como si tratara de atrapar una mosca, y una larga tira dorada apareció, se elevó sobre las mesas, se agitó como una serpiente y se transformó en palabras.
—¡Que cada uno elija su melodía favorita! —dijo Dumbledor—. ¡Y allá vamos!
Y todo el colegio vociferó:
Hogwarts, Hogwarts, Hogwarts,
enséñanos algo, por favor.
Aun que seamos viejos y calvos
o jóvenes con rodillas sucias,
nuestras mentes pueden ser llenadas
con algunas materias interesantes.
Porque ahora están vacías y llenas de aire,
pulgas muertas y un poco de pelusa.
Así que enséñanos cosas que valga la pena saber,
haz que recordemos lo que olvidamos,
hazlo lo mejor que puedas, nosotros haremos el resto,
y aprenderemos hasta que nuestros cerebros se consuman.
Al final, ni Sophia ni Hally pudieron evitar reír cuando escucharon a los gemelos cantar el himno en marcha fúnebre.
Cuando terminaron, Dumbledore les dirigió unas últimas palabras antes de enviar a los alumnos a sus salas comunes.
Percy dirigió a los de Gryffindor a la torre donde estaba la casa. Sophia estaba prácticamente dormida e iba agarrada del hombro de Hally para evitar tropezar. Apenas y notó a las personas de los retratos girarse y susurrar entre ellos. Casi por instinto, se llevó la mano al pecho, donde, a través de la túnica, pudo sentir el medallón donde iban las imágenes de sus padres.
Estuvieron caminando un rato, subiendo escaleras y atravesando puertas ocultas, hasta que se toparon con unos bastones que flotaban en el aire. Percy se acercó a ellos y uno de éstos le cayó en la cabeza.
Resultó que se trataba de Peeves, un duende, o poltergeist según los muggles, que habitaba Hogwarts. Percy logró aumentarlo cuando le amenazó con llamar al Barón Sanguinario, quien se supone es el único que lo puede controlar.
Percy los dirigió al final del pasillo, donde se encontraba un retrato de una mujer bastante gorda con un camisón rosa encima.
—¿Santo y seña? —preguntó la mujer.
—Caput Draconis —dijo Percy.
El retrato se balanceó hacia adelante y dejó ver un agujero redondo. Sophia y Hally esperaron a que el nudo de gente se deshiciera para poder entrar. Ambas estaban demasiado cansadas como para luchar por entrar primero. Entraron en una sala redonda, muy acogedora, con varios sillones y una chimenea.
Percy les indicó a las niñas la puerta que conducía a su dormitorio, y entonces Hally y Sophia abrazaron a Harry y se despidieron de Ron, Lee y los gemelos antes de seguir a las demás niñas. Tras la puerta se encontraron con unas escaleras en forma de caracol, lo que le recordó a Sophia que estaban en una de las torres. Subieron un poco hasta encontrar una puerta que tenía sus nombres escritos: Black, Sophia – Brown, Lavender – Granger, Hermione – Potter, Hally – Patil, Parvati.
Dentro se encontraron con cinco camas con cuatro postes y cortinas de terciopelo rojo. Al pie de cada cama estaban sus respectivos baúles. El de Sophia, aquél que había sido de su padre, estaba al pie de la cama junto a la ventana, y al otro lado de la ventana estaba la cama con el baúl de Hally. Luego estaba la puerta, la cama de Parvati, la de Lavender, la puerta del baño y, al otro lado de la cama de Sophia, estaba Hermione.
Sophia no tuvo tiempo de pensar en ello. Estaba demasiado cansada. Se despidió de Hally y corrió las cortinas de su cama. Se cubrió con la cobija y se quitó el medallón, les dio un vistazo a sus padres y lo guardó bajo la almohada.
Inmediatamente, se quedó dormida, sin embargo, una pesadilla, como las que tenía a diario en el hospital, o una vez cada cuatro o cinco días con los Tonks, la despertó.
Estaba sola, en el bosque, y el cielo estaba nublado. De repente, un chorro de luz verde le impactó en el pecho y la lanzó hacia atrás. Adolorida, se puso de pie y buscó a quien se lo había lanzado. Luego, escuchó una voz fría llamarla desde atrás. Se giró y vio a una persona, cubierta completamente por una capa negra, y lo único que se le veía eran los furiosos ojos rojos. Éste encapuchado le extendió la mano y volvió a decir su nombre, pero entonces un gran perro negro y una serpiente Cobra Real se interpusieron entre ellos, viendo al encapuchado. El perro tenía los pelos del lomo erizados y gruñía ferozmente, mientras que la serpiente estaba en posición vertical, siseando lista para atacar. Sophia trató de acercarse a ellos, pero una pequeña sombra, como de un ratón o una rata, pasó delante de los animales, y el encapuchado les lanzó un chorro de luz, haciéndolos desaparecer. Por alguna razón, Sophia se sintió aterrorizada de no ver al perro y a la serpiente, pero cuando estuvo a punto de gritar, el encapuchado la tomó fuertemente del brazo izquierdo. Sophia sintió un terrible fuego recorrerle aquél brazo antes de despertar sudada y agitada.
No sabiendo qué más hacer para calmarse, tomó el medallón de debajo de la almohada y miró un rato a sus padres, antes de volver a caer rendida por el sueño.
