Al día siguiente, Sophia se levantó muy temprano. Demasiado temprano.

—Demonios —murmuró mientras veía su reloj marcar las seis en punto.

Estaba tan acostumbrada a madrugar para poder visitar a Harry que no necesitó tener un reloj despertador.

Sophia se sentó en su cama y se restregó los ojos. Por un minuto pensó en volver a dormir, pero recordó lo que tío Ted le había dicho en el andén: "Abre tu baúl cuando estés en Hogwarts".

Sophia abrió las cortinas de su cama y gateó sobre ésta hacia su baúl. Lo abrió esperando encontrar una dotación de dulces, chocolates o cualquier chuchería, sin embargo, a simple vista el interior del baúl estaba tal y como lo había dejado ella misma una noche antes de partir a Londres.

Empezó a registrar el baúl, haciendo a un lado los libros, las túnicas, las amadas chaquetas de cuero, hasta que se topó con el que se suponía era el regalo de tío Ted: su walkman. Sophia lo tomó, junto con los cascos. Ella no lo había traído porque se suponía que ese tipo de dispositivos muggles no funcionaban. Al reverso, traía una nota pegada:

Sophia,

Antes de que te fueras, le pedí a un amigo que le hiciera unos pequeños ajustes a tu walkman. Notarás que ahora tiene una antena de radio. Pues bien, es precisamente para que puedas escuchar las transmisiones de los partidos de quidditch, del Pride of Portree, por supuesto (aunque debo recordarte que los Kestrels van en primer lugar en la liga). Así mismo, la he arreglado para que funcione con la energía mágica, justo como la que tenemos en casa.

Buena suerte en la escuela, torbellino.

Muuuuy afectuosamente,

Ted Tonks.

Sophia sonrió emocionada. Lo que menos quería era perderse un partido de los Pride of Portree, su equipo de quidditch desde que se enteró de que ella había nacido en la isla de Skye, lugar donde se fundó el equipo. Al principio la noticia de que había nacido en una isla en territorio escocés la impactó, pero todo quedó olvidado cuando escuchó su primer partido de quidditch de los Pride, que fue precisamente contra los Kenmare Kestrels, el equipo de tío Ted, el cual terminó con una aplastante derrota de los de Portree sobre los Kestrels.

Sonrió satisfecha antes de volver a colocar el walkman donde estaba, volvió a correr las cortinas y se tumbó en la cama a esperar una hora más decente para levantarse, como las ocho treinta o más.

.

.

.

—¡Rápido!

—¡Espérame!

—¡Debes dejar de comer tanto chocolate!

—¡No te metas con mi chocolate!

Sophia y Hally bajaban corriendo las escaleras del segundo piso. Debían apurarse si querían comer algo antes de la primera clase.

Aquella mañana, cuando Hally se despertó, ella y Sophia eran las únicas en la habitación. La pelirroja le arrojó una almohada encima a la rubia para despertarla mientras se metía al baño. Diez minutos después salió, dejando entrar a una muy furiosa Sophia.

No tuvieron tiempo ni siquiera de peinarse, y Sophia ni siquiera se puso la corbata. Cuando bajaron, no había nadie en la sala común, así que no lo pensaron dos veces antes de salir corriendo al gran comedor.

Habían tenido la suerte de toparse con Nick Casi Decapitado, quien les había mostrado un atajo para llegar en la mitad del tiempo.

Llegaron al vestíbulo y se detuvieron al escuchar el bullicio dentro del gran comedor. Trataron de calmarse y Sophia volvió a meterse el guardapelo dentro de la camisa antes de entrar aparentando tranquilidad.

Mientras caminaban hacia donde estaban Ron y Harry, Sophia miró a la mesa de los profesores, donde varios de ellos las miraban fijamente.

—¿Por qué han tardado tanto? —preguntó Harry aliviado de verlas.

—He tardado en desenredarme el cabello —mintió Hally sirviéndose hot cakes.

—Pero si lo traes enredado —observó Ron confundido.

Sophia le dio un codazo en el brazo a su amiga mientras trataba un bocado de su cereal.

—Nos hemos tardado viendo mi walkman. Tío Ted lo ha modificado para que capte las transmisiones de los partidos de quidditch de la liga.

Los chicos la miraron emocionados.

—¿Cuál es tu equipo de quidditch? —preguntó Ron.

—Los Pride of Portree. ¿Y el tuyo?

—Los Chudley Cannons. Van novenos en la liga. Los Pride van terceros, ¿no es así?

—Así es. Solo los superan el Puddlemere United y los Kenmare Kestrels, aunque si ganan por más de doscientos puntos a los Tornados podrían quedar en segundo lugar.

—Pero el Puddlemere tendría que perder por cien puntos o más contra las avispas —intervino Seamus.

Así, cada vez más chicos se iban metiendo en la plática sobre la liga de quidditch, que terminó en discusión por las diferencias entre unos equipos y otros. Al final, Sophia se enteró de que era la única fanática de los Pride, al menos en Gryffindor.

Antes de que dieran las nueve, los estudiantes empezaron a vaciar el comedor y se dirigieron a sus clases.

Según el horario, ellos tenían la clase de Encantamientos, con el profesor Filius Flitwick.

Llegaron a una amplia sala en el segundo piso, y Hally y Sophia se apresuraron a tomar asiento antes que los demás. Se sentaron juntas, en la última fila, y pusieron sus mochilas en la mesa delante de ellas, reservándolas para Harry y Ron.

—¿Por qué hasta atrás? —preguntó Ron mientras se sentaba donde Sophia había puesto su mochila.

—Atrás siempre está la diversión —contestó Sophia sonriendo malvada, mirando de reojo a Harry, quien sonrió al recordar los asientos que él y la azabache ocupaban en su antigua escuela en Little Whinging.

—¿No te vas a poner la corbata? —cuestionó el azabache al ver que Sophia no traía puesta la prenda.

Sophia se encogió de hombros, recostándose contra el espaldar de la silla. Iba a responder cuando alguien carraspeó al frente de la clase. Todos se giraron a ver al diminuto profesor Flitwick, quien estaba parado sobre varios libros para ver sobre su escritorio.

—Antes que nada, procederé a pasar lista —dijo extendiendo un pergamino.

Flitwick chilló emocionado cuando leyó los nombres en la lista.

—¡Black, Sophia!

Sophia levantó la mano mientras trataba de equilibrar su silla en las dos patas traseras. El profesor Flitwick se giró hacia ella y la observó como si estuviese hecha de oro.

—¿Crees que se moje los pantalones? —susurró Hally confundida.

—Creo que ya se los mojó —contestó Sophia jugando con su pluma.

Cuando Flitwick reaccionó, continuó con la lista, hasta que llegó a los Potter. Con ellos se calló de los libros donde estaba parado, y Seamus tuvo que ayudarlo a pararse de nuevo. Cuando hubo terminado, el enano guardó el pergamino y siguió con la clase, que dentro de todo fue muy interesante.

Aunque todo se puso raro cuando Flitwick alzó la vista y las miró fijamente, a ambas. Empezó a murmurar con lágrimas en los ojos, aunque ninguna de las dos pudo escucharlo. Al salir de la clase, Seamus, que se había sentado hasta adelante, les dijo que el profesor había mencionado algo sobre "el dúo Potter-Black". Aunque ninguna de las dos entendió lo que significaba, decidieron no hacerle caso.

El resto de las clases resultaron ser igual de interesantes, aunque habían excepciones.

Sophia había descubierto que la herbología no era lo suyo, ya que las plantas requerían de tres cosas que ella no tenía: amor, paciencia y cuidado. En Historia de la Magia, Hally se la pasó leyendo su libro de transformaciones mientras Sophia dormía, y sólo se enteraron de lo que trató la clase cuando le preguntaron a Harry y Ron al final.

Una clase que sí le había gustado era astronomía, donde debían estudiar las estrellas, los planetas y demás cuerpos celestes desde la torre más alta del castillo. Lo único malo era que la clase la recibían los miércoles a media noche.

Al fin, llegó una materia en la que Sophia había estado muy interesada: Defensa Contra Las Artes Oscuras. Sin embargo, no todo resultó como lo esperaba.

—Ese Quirrel es un fraude —escupió irritada sentándose en la mesa de Gryffindor junto a los gemelos Weasley—. ¡Le tiene miedo a su estúpida sombra! ¿Cómo demonios quiere Dumbledore que una nenaza como él nos enseñe defensa?

—¿Y viste la cara que puso cuando Seamus le preguntó cómo había acabado con el zombie? —añadió Hally junto a ella, mientras ambas se servían salchichas.

—Se los dijimos —canturrearon los gemelos al unísono—. Nosotros ni siquiera hemos utilizado las varitas en la clase.

Harry y Ron se veían más decepcionados que enojados, como la mayoría en Gryffindor.

El jueves llegó la clase de transformaciones, y Hally no podía estar más emocionada. Sophia prefería no hacerse ilusiones luego de la decepción de Quirrel, pero algo le decía que aquella clase no sería tan mala: la clase la daba la profesora McGonagall, jefa de la casa de Gryffindor.

Llegaron al salón y los cuatro tomaron sus lugares, justo como en encantamientos y el resto de las clases, al final.

—Sólo espero que esto sea mejor que defensa —dijo Harry sacando la pluma de su mochila.

—Cualquier cosa es mejor que el tarado de Quirrel dictando l-la forma c-co-rrecta p-p-para en-f-frentar a u-un do-doxy —dijo Hally imitando al profesor de defensa, ganándose varias risas de sus compañeros.

Justo en aquel momento, la puerta del salón se cerró. La profesora McGonagall avanzaba hacia su escritorio mirando a los que se habían reído con reprobación, especialmente a Sophia y Hally.

—¿Por qué nos mira como si nos quisiese sacar los ojos con una cuchara? —le preguntó Hally a su amiga en un susurro disimulado.

—Mmm... —Sophia fingió pensarlo mientras se ponía el dedo índice sobre la barbilla— Podría ser que recuerde lo mojadas que estaban nuestras túnicas el día de la selección, o tal vez el que te haya visto burlándote de un profesor… o simplemente no le agrademos —añadió encogiéndose de hombros despreocupada.

—Transformaciones es una de las magias más complejas y peligrosas que aprenderán en Hogwarts —dijo la profesora McGonagall, captando la atención de la clase entera—. Cualquiera que pierda el tiempo en mi clase tendrá que irse y no podrá volver. Ya están prevenidos.

Mientras dijo lo último, regresó su vista hacia Sophia y Hally, aunque la desvío rápidamente, para transformar su escritorio en un cerdo y regresarlo a su forma original. Hally casi se para sobre se mesa emocionada.

—En mi clase no contará el qué tan buenos sean con la varita —siguió McGonagall—, sino el esfuerzo y el deseo de superación.

—Dile eso a Neville —dijo Sophia en voz baja para que sólo Hally pudiese oírla.

Hally tuvo que fingir un ataque de tos para ocultar su risa.

—¿Se encuentra bien, señorita Potter? —cuestionó McGonagall con cierta incredulidad en su voz.

Hally fingió aclararse dolorosamente la garganta antes de contestarle.

—Lo siento, profesora McGonagall.

Sophia tuvo que poner el libro frente a ella para que la profesora no notara lo mucho que le estaba costando contener la risa.

McGonagall les dictó unas complicadas anotaciones antes de entregarles una cerilla a cada uno para que las convirtieran en agujas.

Mientras movían sus varitas tratando de hacer el hechizo, Sophia había descubierto un par de veces a la profesora McGonagall observándolas.

—Creo que lo estás haciendo mal —le susurró Sophia a su amiga cuando la profesora les daba la espalda.

—¿A qué te refieres? —preguntó Hally, quien había estado muy concentrada en aquel ejercicio.

—La profesora no deja de vernos, y no se me ocurre otra razón que el que tú lo estés haciendo mal.

Hally miró a su amiga indignada mientras le apuntaba con su varita.

—¿Y quién dice que no eres tú la que se está equivocando?

—Nah —dijo Sophia restándole importancia—. Es más probable que tu estés mal. Tú eres la defectuosa de las dos.

—Idiota —susurró la pelirroja antes de volver a su ejercicio.

Al final de la clase, Hally fue la única que logró transformar por completo la cerilla en aguja.

—Felicidades, Potter —dijo McGonagall, aunque a Sophia le pareció que lo dijo con demasiada emoción—. Diez puntos para Gryffindor.

Sophia, por su parte, logró hacerla de metal, aunque conservaba su forma de cerilla, y Hermione hizo justamente lo contrario: su cerilla era planteada y puntiaguda, pero seguía siendo de madera.

Harry y Ron lograron lo mismo que el resto de la clase: resistirse a la tentación de encender la cerilla. Nadie más había hecho algún avance con su cerilla, pero McGonagall se veía muy contenta de que al menos ellas tres hubiesen avanzado en algo.

Cuando salieron de la clase, Hally chilló, deteniendo el paso de Harry, Ron y Sophia.

—¿Se puede saber por qué demonios traes puesta tu corbata?

Harry y Ron se giraron a ver a la rubia. Efectivamente, Sophia Black se había puesto (por primera vez desde que iniciaron las clases) su corbata del uniforme, aunque el nudo estaba algo flojo y debajo de donde debería ir.

Sophia se encogió de hombros y se metió las manos en los bolsillos de la túnica.

—Por consideración a McGonagall —dijo antes de empezar a caminar hacia el comedor.

Hally empezó a reír mientras alcanzaba a su amiga, dejando atrás a unos confundidos Harry y Ron.

A la mañana siguiente, Sophia y Hally llegaron al gran comedor a mitad del desayuno, como el resto de la semana. Sophia acababa de llenar su tazón de cereal cuando las lechuzas llegaron con el correo.

Normalmente, tanto Áyax como Hedwig y Honey, llegaban sin nada, solo a saludar, comer un poco y regresar a dormir a la lechucería. Sophia acostumbraba a untarle mermelada de fresa a una tostada y dársela a su búho, quien no se conformaba con cualquier bocadillo.

A Sophia le gustaba la manera en que su búho llegaba: volaba elegantemente sobre la comida y se paraba justo frente a ella, se quedaba quieto mientras su dueña le acariciaba la cabeza, le mordisqueaba la oreja y tomaba su tostada con mermelada antes de regresar con las demás.

—Sophia, Hally —las llamó Harry cuando las lechuzas se hubieron ido—. Hagrid nos ha invitado a su cabaña a eso de las tres. Ya le he respondido que iremos.

—Excelente, Harry —dijo Hally—, pero la próxima vez avísanos antes de aceptar invitaciones en nuestro nombre.

Harry miró fijamente a su melliza un momento antes de darse cuenta de que estaba bromeando.

—¿Qué clase tenemos ahora? —preguntó Sophia acabándose su cereal.

—Pociones dobles con Slytherin —respondió Ron—. Snape es el Jefe de la Casa Slytherin. Dicen que siempre los favorece a ellos... Ahora veremos si es verdad.

—Ojalá McGonagall nos favoreciera a nosotros —dijo Harry.

—Ya lo hará —comentó Sophia mientras jugaba con su corbata (la cual no traía puesta)—. Sólo es cuestión de tiempo para que nos tome el cariño suficiente.

—Oye —la llamó Hally—, sí sabes que la corbata se pone en el cuello, ¿cierto? La única vez que te he visto llevarla puesta ha sido en transformaciones, y ni siquiera la llevabas bien amarrada.

Sophia se encogió de hombros mientras trataba el bocado de cereal.

—No me gustan las corbatas, siento como si fueran correas. Si la llevo en transformaciones es sólo en consideración a Minerva.

Luego del desayuno, se dirigieron a las mazmorras, donde se impartía la clase de pociones. Hacia mucho más frío que en la parte de arriba del castillo, y como estaba bajo tierra, no habían ventanas, y por consiguiente, tampoco luz, salvo por las antorchas en las paredes.

Llegaron a la mazmorra indicada. Un lugar tétrico, aunque a Sophia le parecieron casi hipnóticos los animales dentro de frascos que habían en la habitación. Como en el resto de las clases, los cuatro se habían sentado juntos, Sophia junto a Hally tras Harry junto a Ron

El profesor Snape los miró a todos con cierto desdén, pero a nadie más que a Sophia y a los mellizos. Incluso había entornado los ojos cuando Sophia no apartó la mirada de la de él.

Como el profesor Flitwick, Snape pasó lista, deteniéndose cuando los mencionó a ellos tres.

—Por supuesto —dijo con la voz cargada de ironía—. Sophia Black… Qué honor.

Una chica de Slytherin, que según Hally se llamaba Pansy Parkinson, soltó una risilla tonta, al igual que los amigotes de Malfoy mientras éste sonreía burlón.

Snape siguió pasando lista, burlándose también de los gemelos. A ellos les llamó sus nuevas celebridades, y está vez Malfoy también rió abiertamente.

—Ustedes están aquí para aprender la sutil ciencia y el arte exacto de hacer pociones —comenzó. Hablaba casi en un susurro, pero se le entendía todo. Como la profesora McGonagall, Snape tenía el don de mantener a la clase en silencio, sin ningún esfuerzo—. Aquí habrá muy poco de estúpidos movimientos de varita y muchos de ustedes dudarán que esto sea magia. No espero que lleguen a entender la belleza de un caldero hirviendo suavemente, con sus vapores relucientes, el delicado poder de los líquidos que se deslizan a través de las venas humanas, hechizando la mente, engañando los sentidos... Puedo enseñarles cómo embotellar la fama, preparar la gloria, hasta detener la muerte... si son algo más que los alcornoques a los que habitualmente tengo que enseñar.

Por alguna razón, a Sophia le gustó mucho la forma en la que Snape había descrito la materia. Hally más bien parecía mareada. Harry y Ron, sentados frente a ellas, intercambiaron una mirada de sorpresa. Hermione más bien parecía ansiosa de demostrar que ella no era ninguna alcornoque.

—¡Potter! —dijo de pronto Snape, mirando a Harry—. ¿Qué obtendré si añado polvo de raíces de asfódelo a una infusión de ajenjo?

Sophia frunció el ceño. No recordaba haber leído sobre raíces de asfo… lo que sea en el libro de pociones. Vio a Hermione levantar la mano y agitarla en el aire, aunque Snape la ignoraba deliberadamente.

—No lo sé, señor —respondió Harry.

Sophia vio indignada el gesto burlón de Snape ante aquella respuesta, y se dio cuenta de que si le había preguntado aquello a Harry, era precisamente para eso, para humillarlo. No estaba segura de por qué, pero presentía que tenía algo que ver con aquello de la "fama", y ya se imaginaba quienes serían sus próximas víctimas.

—Bah, bah… Es obvio que la fama no lo es todo. Vamos a intentarlo contigo, señorita Black —dijo dirigiendo sus fríos ojos negros hacia ella—. ¿Dónde buscarlas si te digo que me encuentres un bezoar?

Sophia se obligó a sí misma a mantenerle la mirada a Snape, y decidió que él no podía con ella.

—Bueno, profesor —respondió mirándole directamente a los ojos serenamente—, para saberlo, tendría que saber qué es un bezoar y cómo luce, porque la verdad no tengo la menor idea de lo que eso sea.

Sophia dijo todo aquello tan tranquilamente como si hubiese respondido correctamente la pregunta. Luego, el silencio inundó la mazmorra, mientras Harry y Ron la miraban de reojo y Sophia le sonreía de lado.

Snape entornó los ojos y se acercó a ella con el ceño fruncido. Por un momento pareció que iba a responderle, pero algo en sus ojos pareció temblar antes de girar su vista a Hally.

—A ver, señorita Potter, ¿podría decirme cuál es la diferencia entre acónito y luparia?

—No lo sé, señor —respondió Hally con una amplia sonrisa—, pero parece que Granger sí lo sabe. ¿Por qué no se lo pregunta a ella?

Sophia fue de los pocos que rieron, y la única que lo hizo abierta y estruendosamente. Harry miró a su hermana entre preocupado y orgulloso, y Ron se reía cubriéndose la boca.

—Siéntate —gritó Snape a Hermione—. Para tu información, Potter, asfódelo y ajenjo producen una poción para dormir tan poderosa que es conocida como Filtro de Muertos en Vida. Un bezoar, señorita Black, es una piedra sacada del estómago de una cabra y sirve para salvarte de la mayor parte de los venenos. En lo que se refiere a acónito y luparia, es la misma planta, señorita Potter. Bueno, ¿por qué no lo están apuntando todo?

Sophia simplemente anotó el nombre de la poción que mencionó.

—Y los Gryffindor pueden agradecerles el haber perdido cinco puntos, señoritas. Aunque claro, no se podría esperar menos del dúo Potter-Black.

El modo en que había escupido sus apellidos terminó de convencer a Sophia. Snape los odiaba, a los tres.

El resto de la clase sólo fue de mal en peor. Snape los había puesto ha elaborar una poción sencilla para curar forúnculos en parejas. Sophia vio con desagrado como se paseaba por toda la mazmorra, criticando a todos, excepto a Malfoy.

—Debes triturar bien esos colmillos de serpiente, señorita Potter —dijo cuando pasó por su mesa—. No queremos que la poción se vuelva corrosiva, ¿verdad?

—Claro que no, profesor —respondió Hally aún sonriendo.

Snape arrugó la nariz y frunció el ceño antes de girarse hacia la mesa de Parvati y Lavender.

Cuando se alejó de su mesa, Hally se puso el par de colmillos que aún no había triturado, que eran los más grandes. Sophia tomó un par de garras de hipogrifo y ambas empezaron a fingir que eran leonas atacando a Snape por la espalda. Varios chicos las vieron, y empezaron a reír disimuladamente. Luego Parkinson también las vio y ahí se fueron otros cuatro puntos menos para Gryffindor, además de limpiar la mazmorra después de la clase.

Sophia miró a Parkinson con los ojos entrecerrados y se pasó el dedo índice por el cuello, como queriendo decapitarse, y luego la señaló a ella. Parkinson estuvo a punto de decírselo a Snape cuando una nube de humo verde y ácido se propagó por la mazmorra. Neville había volcado su caldero sobre la mesa.

Lo peor fue que, de algún modo, la poción derramada en el suelo empezó a quemar los zapatos de los alumnos, por lo que todos tuvieron que subirse en sus asientos. Neville por su parte lloraba, ya que una parte de la poción se había derramado sobre él.

—¡Chico idiota! —dijo Snape con enfado, haciendo desaparecer la poción con un movimiento de su varita—. Supongo que añadiste las púas de erizo antes de sacar el caldero del fuego, ¿no?

Hally apretó los puños al oír la manera en la que Snape le hablaba al pobre Neville

—Llévelo a la enfermería —ordenó Snape a Seamus. Luego se acercó a Harry y Ron, que habían estado trabajando cerca de Neville. —Tu, Harry Potter. ¿Por qué no le dijiste que no pusiera las púas? Pensaste que si se equivocaba quedarías bien, ¿no es cierto? Éste es otro punto que pierdes para Gryffindor.

—¡Eso no es justo! —exclamó Sophia de inmediato, viendo indignada directamente a los ojos a Snape— Harry no tuvo la culpa. Él no tenía por qué estar pendiente de la poción de Neville.

—Guarda silencio, Black —siseó Snape con desprecio—. No recuerdo haberte dado permiso para hablar. Cuando quiera tu opinión, te la pediré, pero mientras tanto te aconsejo que dejes de meterte en lo que no te concierne. Estos serán otros dos puntos menos para Gryffindor, y si vuelves a tratar de defender a tu amiguito temo que me veré obligado a enviarte a la dirección.

Sophia no apartó su mirada, y estuvo a punto de responderle que entonces se retiraba a la oficina de Dumbledore, cuando la campana que indicaba el final de la clase sonó.

—Creo que es hora de tu castigo, señorita Black. Más te vale dejar el salón reluciente.

—No se preocupe, profesor —respondió Sophia sonriendo de lado, utilizando el mismo tono de sarcasmo que él—. La mazmorra quedará tan limpia como si usted nunca hubiese entrado en ella.

Snape entornó los ojos captando el insulto de Sophia, abrió la boca para responder y una nube de humo, ésta vez azul, volvió a llenar la mazmorra.

Hally había tirado otro caldero sobre la mesa, derramando el líquido.

—¿Ups?

Snape las miró a ambas con claro desprecio antes de ordenarle a los demás que salieran, yéndose él también.

—¿Qué le pasa a ése tipo? —preguntó Sophia mientras avanzaba hacia donde Hally había derramado la poción.

—No lo sé —respondió la pelirroja frunciendo el ceño—. Puede que esté celoso de nuestra fama.

Sophia resopló cansada antes de dejarse caer en una silla frente a su amiga.

—Potter, Potter, Potter. Sueles decir cosas tan estúpidas que a veces me pregunto por qué te dejo ser mi amiga.

Hally sonrió ampliamente mientras se acomodaba las gafas.

—Yo sé que me amas, Mel, no es necesario que lo sigas disimulando.

Sophia tomó una de las garras de hipogrifo y se la lanzó a Hally, quien la esquivó por centímetros.

—Mejor cierra la boca y piensa en un modo de limpiar este chiquero.

—Puede que en el armario del conserje haya algo que podamos usar —sugirió Hally caminando hacia la puerta.

—¿Estás demente? —cuestionó Sophia, aunque se puso de pie y siguió a la pelirroja afuera de la mazmorra— ¿Acaso no has visto al conserje? ¡Filch nos despellejaría si nos ve rondar su madriguera!

—Eres una cobarde, Black —se burló Hally echando un vistazo al pasillo—. Bien, Harry y Ron nos esperan en la entrada a las mazmorras, así que tenemos que buscar otro camino para subir.

—¿Y cómo demonios piensas que haremos eso, señorita puedo-con-todo? ¿Acaso tienes un mapa del castillo? ¿O es que puedes atravesar las paredes como Nick? ¡Oh, ya se! Sabes volverte invisible.

Hally rodó los ojos antes de jalar a su amiga hacia el lado contrario de donde se salía de las mazmorras.

—La entrada a la sala común de Gryffindor está oculta tras un retrato, ¿no es así? Solo debemos buscar tras los retratos a ver si encontramos un pasadizo que nos lleve fuera de aquí.

Sophia bufó mientras ambas corrían por el oscuro pasillo.

—¿Y no te parece demasiado trabajo por limpiar una maldita mazmorra?

Hally ignoró a su amiga hasta que encontraron un retrato, más o menos del tamaño del de la señora gorda, solo que en éste había un hombre, de unos cuarenta años. La pintura estaba en blanco y negro y no se podían apreciar muchos detalles.

—¡QUÉ HACEN DOS GRYFFINDOR TAN CERCA DE SLYTHERIN! —gritó el hombre de la pintura al verlas.

—Nosotras solo…

—¡USTEDES NADA! —exclamó el hombre interrumpiendo a Hally— ¡ESPÍAS! ¡ESO ES LO QUE SON! ¡SANGRES SUCIAS ASQUEROSAS! ¡ESCORIAS DE LA INMUNDICIA! ¡ENGENDROS…!

—Creo que mejor cierras la maldita boca antes de que te queme la lengua, maldito imbécil —siseó Sophia apuntándole con su varita, logrando que el hombre se callara—. Buen chico. Ahora, ¿serías tan amable de indicarnos un camino oculto para salir de este chiquero al que llamas hogar?

El hombre en el retrato abrió los ojos ofendido y la miró con desprecio.

—¿Cómo te atreves, mocosa del demonio? ¡Acaso tus padres sangre sucia no te enseñan a respetar a tus superiores! ¿Cómo osas hablarme así a mí? ¡Al gran Cygnus I Black!

Sophia sonrió de lado, tratando de ignorar el comentario sobre sus padres.

—Pues escúchame bien, Cygnus —dijo haciendo salir una pequeña llama de su varita—: Me importa una maldita mierda quien demonios seas tú, pero si hablamos de respeto a los superiores, tú ni siquiera tienes el derecho a dirigirme la palabra. ¿Sabes quien soy yo? Soy Sophia AlgiebaMelania Black Sinclair, la nædàr, la maldita escoria a la que no le importa recibir un pequeño castigo por volver cenizas tu retrato si no cooperas, ¿quedó claro?

A medida que Sophia hablaba, Cygnus pareció hacerse pequeño en su lugar. Se había quedado muy quieto, y sólo reaccionó cuando Sophia le acercó la varita al borde del retrato.

—Dos retratos a la izquierda. El túnel conecta con el vestíbulo —dijo con voz temblorosa sin dejar de ver la varita.

—Así me gusta —dijo Sophia haciendo desaparecer la llama.

Cygnus la miró fijamente, como si la estuviese examinando, y antes de que ambas niñas se fueran, dijo:

—Eres igual a Walburga.

Sophia hizo gesto de sacar la varita y Cygnus retrocedió aterrado. Hally se echó a reír antes de salir corriendo junto a la rubia hacia el retrato del túnel.

Hally iba viendo de reojo a Sophia. Enserio tenía que haberle molestado aquél tipo… aunque en realidad ella era igual de grosera con el resto de la gente.

Llegaron al cuadro, en el cual había pintado un nido de serpientes retorciéndose unas entre otras. Hally abrió el retrato y encontró tras él un agujero, un poco más pequeño que el de Gryffindor, pero lo suficientemente grande para que pasaran por ahí.

Hally se metió y luego Sophia, quien cerró el retrato tras ellas.

¡Lumus! —susurró Sophia para alumbrar el oscuro túnel.

—¿Dónde aprendiste a hacer eso? —quiso saber la pelirroja mientras avanzaban a gatas por el túnel— Y lo del fuego también.

—Echándole un vistazo al libro de encantamientos. ¿Cómo más si no? ¡Ah, claro! Si para ti el único libro que contiene información relevante es el de Transformaciones, ¿no es así?

—¡Claro que no! —se defendió Hally— También defensa me parecía genial… hasta que vi a Quirrel, claro.

—Te acompaño en tu dolor —dijo Sophia con la voz cargada de sarcasmo.

Siguieron avanzando por el túnel mientras hacían chistes cada vez con menos sentido hasta que llegaron al retrato del vestíbulo. Hally pensó en abrirlo despacio para asegurarse de que nadie las viese, sin embargo, Sophia, que ya se estaba desesperando por la oscuridad y el calor, la empujó por el retrato. Hally sólo pudo reaccionar sujetándole la muñeca a la rubia, haciendo que ambas cayeran por el agujero.

Sin embargo, esta vez no sintieron el piso, sino dos bultos bajo ellas. Sophia estaba boca abajo sobre Fred Weasley, mientras Hally cayó sentada sobre la espalda de George.

—¡Fred! ¡George! —exclamó Hally al darse cuenta de los chicos, tratando de ponerse en pie— Yo… lo sentimos tanto. Nosotras no queríamos…

—¿Caer sobre nuestras espaldas? —preguntó George mientras ayudaba a Sophia a pararse.

—¿Utilizarnos para amortiguar su caída? —siguió Fred sonriendo.

—¿Hacer que besáramos el suelo?

—¿Aplastar nuestras cajas torácicas?

—No hay cuidado —terminaron al unísono.

Hally se sonrojó levemente, avergonzada. Sophia en cambio, sonrió de lado cruzándose de brazos.

—Díganme. ¿Eso de hablar al mismo tiempo les sale natural o lo ensayan antes?

Los gemelos se miraron entre ellos antes de echarse a reír divertidos.

—Vaya que tienes estilo, muñeca de porcelana —comentó Fred alzando una ceja, aunque mantenía la amplia sonrisa.

—Qué te puede decir —respondió Sophia encogiéndose de hombros para restarle importancia—. Nací con ello, pelirrojo.

—¡Ah, no! —exclamó Hally mientras jalaba a Sophia del brazo— No vas a ponerte a presumir, que no acabamos nunca. ¿Se te olvidó a que hemos venido?

Sophia miró hacia el agujero por el que habían salido, y se dio cuenta de la gran altura a la que estaba del suelo.

—Deben ser dos metros, ¿no? —murmuró la azabache mientras se acercaba a la pared.

—Así que…

—Les hemos salvado la vida.

Hally y Sophia se giraron a ver a Fred y George. Éste último dio un salto y cerró el retrato de un manotazo.

—Que astutas —comentó Fred—. A nosotros nos tomó un año descubrir éste túnel, ¡y ustedes lo han encontrado en su primera semana! Por cierto, ¿qué hacían en las mazmorras?

—Cumpliendo un castigo de Snape —contestó Hally antes de explicarles el por qué del castigo y todo lo que sucedió en aquella clase de pociones—. Así que para no preocupar a Harry ni a Ron fuimos a buscar algún otro camino. Sophia muy cortésmente amenazó al tipo de un retrato y éste nos contó del pasadizo hasta aquí.

—Así que ahora piensan entrar tranquilamente al armario de Filch y pedirle amablemente algunos trapitos —dijo Fred burlonamente.

Sophia se giró hacia Hally y frunció el ceño confundida.

—¿Cómo que pedirle? Pensé que entraríamos, los tomaríamos y regresaríamos a la mazmorra sin más.

Hally no se molestó en responderle a su amiga. Simplemente rodó los ojos y la volvió a tomar de la muñeca para salir de ahí.

—Si quieren nosotros podríamos distraer a Filch para que ustedes entren a su guarida —ofreció George señalándose a sí mismo y a su hermano, quien asintió en concordancia.

Los cuatro emprendieron su camino hacia el armario de Filch, y justo al llegar al pasillo desde estaba, los gemelos le indicaron a las niñas que se escondieran en una de las aulas vacías junto al armario. Fred sacó de su bolsillo una bengala, y George le apuntó con su varita para que ésta se encendiera y empezara un ruidoso vuelo en el pasillo. Estalló justamente frente a la puerta de armario, de donde inmediatamente salió el viejo conserje.

Fred y George dejaron que los viera antes de salir corriendo, logrando que el viejo Filch les siguiera junto a su segundo al mando: su amada gata, la Señora Norris.

Cuando ya no se oyeron las pisadas y gritos de Filch, ambas niñas salieron del aula y se precipitaron dentro del armario. Era un lugar pequeño y sin ventanas, con un olor a pescado frito que le revolvió el estómago a Sophia. En las paredes habían archivadores de madera.

Mientras Hally escogía entre los trapeadores el menos mohoso, Sophia se dio cuenta de que en uno de los archivadores estaban los nombres de Fred y George. Habrió la caja y sacó un trozo de pergamino de los muchos que habían dentro.

Nombres: Fred y George Weasley —leyó en voz alta—. Delito: alterar la poción de Jackson Brooks para hacerla estallar en clase. Castigo propuesto: doble detención.

—¿Qué es eso? —quiso saber la pelirroja, quien ya había elegido un trapeador medianamente decente.

—Creo que son fichas de infractores que ha atrapado Fitch. ¡Y mira! Fred y George son los únicos que tienen una caja para ellos solos.

—Claro que no —repuso Hally husmeando en las cajas de abajo—. Aquí hay siete cajas con el mismo nombre: "Merodeadores", y abajo están los años, de "Curso 1971-1972" a "Curso 1977-1978".

Sophia estaba a punto de agacharse pero en eso recordó que los chicos no les prometieron mucho tiempo, así que jaló a su amiga y ambas salieron corriendo de regreso al vestíbulo. Sophia juntó sus manos para hacerle banquito a Hally. La pelirroja puso su pie sobre las manos entrelazadas de la rubia y se impulsó para subir. Una vez dentro del agujero, Hally le extendió las manos a Sophia, quien primero le pasó el trapeador antes de subir.

Regresaron por el túnel y salieron por el retrato de la serpiente. Tuvieron que ocultarse tras una columna, ya que un grupo de chicos iba pasando. Salieron corriendo y ni siquiera notaron en qué momento pasaron frente al retrato de Cygnus I Black.

Media hora después estaban saliendo de las mazmorras (habían decidido dejar el trapeador dentro de otra mazmorra lejos de la que ellas limpiaron).

Encontraron a Harry y Ron sentados en el pasillo hablando sobre quidditch.

—… pero hasta ahora han tenido un buen promedio —decía Ron—. El único problema es el buscador, Martins, lleva tres temporadas sin atrapar una snitch como visitante.

—¿Defendiendo lo indefendible, Ron?

Ambos niños se sobresaltaron al escuchar la voz de la rubia tras ellos.

—¡Aw! —exclamó Hally— ¡Nos han estado esperando!

La azabache miró incrédula a su amiga arrojarse al cuello de Harry.

—Eres mi hermana —dijo Harry devolviendo el abrazo un poco avergonzado—. Por supuesto que iba a esperarte.

—Bueno —dijo Sophia con aire ofendido—. A mí que me parta un rayo, entonces.

Harry se puso de pie mientras Hally abrazaba a Ron, se acercó a la azabache y le extendió los brazos, como esperando a que ella lo abrazara.

—Vamos, no seas sensible, que sabes que también me quedé por ti.

Sophia lo miró y regresó a su pose ofendida negando con la cabeza.

—Ésta vez no caeré, Potter. Has herido mi pequeño corazón —dijo señalándose el pecho—. Jamás te perdonaré tal ofensa.

Harry enarcó una ceja y se inclinó para tomar su mochila, de la que sacó dos barras de chocolate. Le dio una a Hally (quien junto a Ron miraban unos cromos de ranas de chocolate del pelirrojo) y alzó la otra frente a Sophia.

—¿Ni siquiera por una de éstas?

Sophia miró la barra un momento antes de tomarla sin mucha delicadeza.

—De acuerdo —murmuró—. PERO no me pongas las manos encima —dijo alzando el dedo índice al ver que se acercaba con los brazos de nuevo extendidos—. Me gustaría conservar mi inocencia unos años más.

Hally se echó a reír, y Ron, aunque impresionado al principio, sonrió divertido. Harry se sonrojó levemente y rodó los ojos. El azabache conocía perfectamente cuánto le gustaban aquél tipo de bromas a su amiga, y que solamente las utilizaba con él cuando quería desquitarse alguna broma o comentario.

Los cuatro subieron a la torre de Gryffindor para dejar sus cosas antes de almorzar. En el camino, iban quejándose de la forma en que Snape demostraba su odio hacia Sophia y los mellizos, así como su favoritismo por Malfoy.

Esa tarde, Ron los acompañó a ver a Hagrid a su cabaña, en los linderos del bosque prohibido.

Hagrid les invitó a entrar mientras sostenía por el collar a su gran perro negro, Fang. Los cuatro saludaron al gigante y Fang se le echó encima a Ron, lamiéndolo por toda la cara. Hagrid mientras tanto les dio té y un poco de pastel que más bien parecía de piedra, aunque los cuatro niños fingieron disfrutar.

Mientras discutían sobre el odio que aparentemente Snape sentía por Sophia y los mellizos, la azabache jugaba con Fang, rascándole la barriga y tras las orejas. Y es que aquél gran perro negro se asemejaba bastante con el que solía aparecer en los sueños de Sophia. Aquél por el cual los perros eran sus animales favoritos desde que tiene uso de razón.

—Veo que te gustan los perros —comentó Hagrid alegremente—. ¡Y tú a ellos!

—Son mis animales favoritos —respondió Sophia mientras Fang le lamía el rostro.

Entonces, Harry empezó a leer un recorte del periódico que Hagrid tenía en la mesa:

RECIENTE ROBO EN GRINGOTTS.

Continúan las investigaciones del asalto que tuvo lugar en Gringotts el 31 de julio. Se cree que se debe al trabajo de oscuros magos y brujas desconocidos.

Los gnomos de Gringotts insisten en que no se han llevado nada. La cámara que se registró había sido vaciada aquel mismo día.

«Pero no vamos a decirles qué había allí, así que mantengan las narices fuera de esto, si saben lo que les conviene», declaró esta tarde un gnomo portavoz de Gringos.

—¿31 de Julio? —cuestionó Sophia mientras Fang la derribaba y se subía sobre ella a seguirla lamiendo— ¿Qué no fue ese el día que ustedes fueron al callejón Diagon?

Hagrid pareció tensarse, y esquivó todas las preguntas que le hicieron Harry y Hally. Aunque la reacción del gigante sólo había servido para confirmar las sospechas de Sophia: algo grave estaba pasando, y si Hagrid no quería decirles nada a ellos, era porque el secreto involucraba a Dumbledore, la persona a la que Hagrid le es más leal en la tierra.

Sophia vio de reojo las expresiones de los mellizos, y entonces supo que a partir de hoy, ninguno de los dos dejaría ni respirar tranquilos a los demás hasta conseguir las respuestas que buscaban.

Al oscurecer, Hagrid los acompañó hasta la entrada del castillo junto a Fang, quien no quería dejar de seguir a Sophia, por lo que Hagrid tuvo que cargarlo devuelta a la cabaña.

—Debemos averiguar qué era lo que había en aquella cámara —dijo Harry antes de entrar al gran comedor.

—Sí —sonrió Sophia mientras se pasaba la corbata alrededor del cuello—, porque a parte de la pila de tareas de McGonagall, el misterio de por qué Snape nos odia y la enemistad con Malfoy, no tenemos nada mejor que hacer que destaparle los secretos a Dumbledore.

Harry estuvo a punto de responderle, pero en eso unos chicos mayores de la mesa de Gryffindor se giraron a verlos.

—¡Bien hecho, Garras! —exclamó uno sonriéndole a Sophia.

—¡Estuviste genial Colmillos! —añadió el segundo, viendo esta vez a Hally.

Sophia y Hally se miraron confundidas, y mientras avanzaban junto a la, esa de Gryffindor hasta sus asientos junto a los gemelos, varios otros chicos se giraron a felicitarlas.

—¿Qué le pasa a ésta gente? —preguntó Sophia sentándose junto a Fred.

—Pasa que ya todos sabemos lo que hicieron en Pociones —respondió Lee sonriendo—, y creo que hablo por todo Gryffindor cuando digo que ustedes son mis nuevas heroínas.

—Así que por eso lo de Garras y Colmillos… —murmuró Hally para luego chillar emocionada— ¡Sophia! ¡Tenemos apodos!

El grito de Hally hizo que Sophia se atragantara con su jugo de calabaza y empezara a toser. Fred tuvo que darle palmaditas en la espalda hasta que se calmó

—Vuelves a hacer eso y te mato —siseó la azabache a la pelirroja.

Hally le sonrió mientras volvía a tomar asiento.

—Ya, deja el drama, Garras.

Sophia enarcó una ceja mientras se tragaba el bocado de puré de papa.

—No me digas que vas a tomarte eso enserio. ¿Quieres cambiar nuestros nombres por unos tontos motes que salieron de una pequeña broma en clase?

—Exacto.

Sophia lo consideró un momento. Sabía que si aceptaba, había una gran probabilidad de que esos apodos las persiguieran hasta terminar Hogwarts. Aunque por el otro lado, Garras no estaba mal, y hasta tenía estilo.

—De acuerdo —concedió la rubia encogiéndose de hombros—. De todas formas a ti te tocó el más tonto, Colmillos.

—No alucines —contraatacó Hally sonriente—. Colmillos es genial —se giró hacia sus amigos y hermano muy orgullosa de sí misma—. A partir de hoy seremos Colmillos y Garras, el dúo Potter-Black.

—A partir de hoy nosotras ponemos las reglas aquí, ¿capichi? —secundó Sophia mientras le pasaba un brazo por los hombros a Hally y ponía su expresión de sicario de la mafia italiana que tan bien le salía.

Todos los que la oyeron rieron divertidos ante los caracteres tan diferentes y geniales de las niñas. Lo que nadie notó fue la mirada de cierto grupo de profesores, que estaba entre la nostalgia y el temor a lo parecidas que eran ellas dos a cierto par de alumnos a quienes recordaban a la perfección, especialmente la profesora McGonagall.