El sábado Sophia se negaba a levantarse antes de la hora del desayuno. Estaba harta de despertar a las seis de la mañana y aguantar las tonterías de Lavender y Parvati hasta que Hally se levantara a las ocho y media. Ésta vez sería la pelirroja quien esperara por ella.

Si bien no pudo aguantar más allá de las siete, ésta vez al menos había dormido una hora más. Lamentablemente, Hally aún no despertaba y Sophia no se encontraba de ánimos para luchar con el pesado sueño que se cargaba su mejor amiga.

Como las demás camas tenían las cortinas puestas, supuso que las otras tres (Lavender, Parvati y Hermione) seguirían dormidas, así que para no despertar a ninguna y tener que soportar sus estupideces, tomó pergamino, pluma, tinta, el libro de Pociones y su walkman, y bajó a la sala común con los cascos puestos y la música a todo lo que daba.

Se sentó en uno de los sillones individuales cerca de la chimenea y empezó a escribirle su carta semanal a sus tíos, apoyando el pergamino sobre el libro.

Queridos tíos:

¿Qué hay? Por aquí no hay nada bueno que reportar. Defensa Contra Las Artes Oscuras, que era la materia que más me interesaba, resultó ser todo un fiasco gracias al idiota poco apto profesor Quirrel. Y las demás clases tampoco son muy interesantes.

Me he dormido en Historia De La Magia, me llené el cabello de tierra en Herbología, y casi me caigo de las escaleras de la torre de astronomía. Las únicas clases que no están tan mal son Transformaciones y Encantamientos.

No. No hace falta que lo digas, tía Andromeda. Ya sé que no he mencionado Pociones, pero es que no sé en cuál de las dos opciones ponerla: no es tan mala porque lo he entendido todo y mi poción fue de las mejores. Aún así estuvo horrible, ya que el profesor parece odiarnos. Sí, en plural. A los mellizos y a mí. ¡Con decirles que a Hally y a mí nos ha castigado con limpiar la mazmorra después de la clase!

Sí, sí, ya sé que les suena increíble que me hayan castigado la primera semana de clases, pero sólo para aclararles, éste no ha sido mi primer castigo. Ya antes (el martes) Filch nos cachó a Hally y a mí según él "merodeando" por la zona prohibida.

Y hablando de Hally… Ya tenemos nuestros propios apodos. Así como lo leen. Los chicos de Gryffindor nos los han puesto luego de una pequeñita broma en Pociones. ¿Quieren saber cuáles son? El mío es Garras, y el de Hally es Colmillos. Tonto, ¿no?

¡Pero no tenemos la culpa! Si hemos hecho la broma es porque Snape realmente parece odiarnos a los tres. ¿Creen que sea uno de esos fetichistas que disfrutan haciendo sufrir a los demás?

Por cierto, gracias tío Ted. Realmente no sé si hubiera sobrevivido diez meses enterándome de los resultados del Pride por el periódico.

Bien… creo que no hay nada más que contar.

Con cariño,

Sophia Black.

Posdata 1: ¿Ustedes conocen o han oído hablar de una tal Walburga? Es que un tipo de un cuadro me dijo que me parecía a ella, pero jamás había oído hablar de ella… o él (uno nunca sabe).

Posdata 2: Por cierto, he quedado en Gryffindor. Los chicos también, y nos hemos hecho amigos de un chico llamado Ron Weasley de nuestro curso, y de sus hermanos mayores, Fred y George, y de el amigo de éstos, Lee Jordan.

Leyó la carta para asegurarse de que no le faltase nada por contar, y notó que había manchado la esquina superior izquierda del pergamino con tinta. No se molestó en limpiarla, aunque sabía que a tía Andromeda no le gustaría mucho aquello.

Se fue sola a la lechucería, ya que sabía lo difícil que era despertar a Hally cuando comía carne de res en la cena. Iba tan distraída que ni siquiera notó que la señora Norris la seguía desde el quinto piso, pero cuando lo notó, supo que sería un crimen no aprovechar aquella oportunidad.

Dejó la carta y el libro en el suelo antes de saltar le encima a la gata, forcejeó un momento con ella y la metió en el primer armario escobero que encontró. Le dio una patada a la puerta y soltó una carcajada cuando oyó el quejido del espantoso animal.

"De lo que te has perdido, Hally" pensó mientras recogía sus cosas y salía corriendo de ahí antes de que alguien la viera.

Al llegar a la lechucería, encontró a Áyax cómodamente acurrucado entre dos lechuzas que se veían muy contentas de estar junto a él. Sophia lo sabía, su búho era todo un casanova, y su idea se confirmó cuando, al ver a su dueña, Áyax emprendió el vuelo hacia ella, y las dos lechuzas aletearon frustradas.

El hermoso búho se posó sobre la muñeca de Sophia y dejó que su dueña le acariciara tras las alas.

—A ver, guapo, necesito que lleves esto a casa de los Tonks.

El búho voló hasta una de las ventanas y estiró su pata derecha en dirección a su dueña. Sophia sonrió antes de acercarse y amarrarle el rollo de pergamino en la pata.

—Espera por la respuesta y me la llevas a la habitación —le dijo rascándole tras el ala izquierda, le dio un beso sobre la cabeza y lo echó a volar—. ¡Y no le arranques los dedos a nadie esta vez!

Le subió el volumen a la música y bajó de la lechucería dispuesta a despertar a Hally y contarle lo que hizo con la señora Norris. "Si tan solo tuviera una cámara" pensó mientras bajaba los últimos escalones de piedra.

—Así que dime, ¿son todos tan estúpidos o solamente lo aparentan?

La desagradable voz de Pansy Parkinson llegó a los oídos de Sophia, seguida de las risitas tontas de Daphne Greengrass y Tracy Davis.

Sophia supuso que estarían molestando a algún niño de padres muggles, ya que esa era la actividad favorita de esas tres. Le bajó el volumen a la música y se metió las manos a los bolsillos del pantalón, donde en el derecho tenía guardada la varita.

—¡Ni lo son ni lo parecen! La única diferencia entre ellos y nosotros es que ellos no pueden hacer magia.

Sophia se sobresaltó al reconocer la voz de Hermione Granger. Oyó a Pansy jadear indignada y supo que era el momento de hacer su aparición, ni loca esperaría a que alguna de esas tres arpías le lanzara algún hechizo a su compañera de cuarto.

—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? —dijo saliendo a enfrentarlas— Más te vale no estar molestando a mi amiga, Parkinson.

Parkinson miró a Sophia con una sonrisa que se le hizo de lo más hipócrita.

—Buenos días, Sophia —dijo Pansy con voz chillona—. No sabía que fueras tan madrugadora.

—Y yo no recuerdo haberte dado permiso para llamarme por mi nombre, Parkinson. Ahora toma a tus perritos falderos y vete de aquí.

Muy a su pesar, Hermione se rió del comentario de Sophia, ganándose una desagradable mirada de las tres Slytherin.

—¿Sabes algo? Eres una deshonra para la familia Black y para el resto de nosotros, los sangre pura. Ya es lo suficientemente malo que hayas quedado en Gryffindor, ¿pero juntarse con semejante chusma? —Pansy hizo una mueca de asco apuntando con la cabeza a Hermione.

Sophia entornó los ojos y apretó los puños.

—Más te vale que cierres la boca antes de que mi puño se estrelle contra ella, Parkinson —la amenazó sin importarle que las Slytherin las superaran en número.

Parkinson, quien se veía muy segura de sí misma con sus "amigas", se rió como si Sophia hubiera contado un chiste.

—No me digas que vas a pelearte tú sola contra nosotras, tres Slytherin sangre pura, por defender a una hija de muggles.

Sophia sonrió de lado y alzó una ceja. Sabía perfectamente que podría con las tres, con o sin magia de por medio. No por nada había pasado todos los domingos del verano leyendo los libros de hechizos de Dora. Además, Granger era diez veces mejor en hechizos que las tres Slytherin juntas.

—¿Y por qué no? Estoy más que segura de que podemos con las tres.

—Yo que tú lo pensaba mejor, Sophia —dijo Parkinson tratando de imitar el tono "amenazador" de Malfoy—. No es muy recomendable andar por ahí haciendo ese tipo de amenazas, y menos cuando se tienen tantos enemigos.

—Yo que tú me largaba de aquí, Parkinson. Sophia nunca se lo ha pensado mucho para entrar en una pelea.

Las cinco niñas se giraron para ver una mata de pelo rojo oscuro (bastante desordenado) acercándose a ellas desde el castillo.

—¿Y a ti quien te habló, Potter? —chilló Parkinson molesta.

Hally se acomodó las gafas y sonrió ampliamente.

—Hablo en serio, Parkinson. Si conozco bien a Garras (y lo hago) , está a punto de lanzarte el hechizo más potente que se sepa. Y se sabe muchos, créeme.

Sophia estaba dispuesta a lanzarle un mocomurciélago a Parkinson, sin embargo, vio de reojo cómo el profesor Flitwick salía por las puertas del castillo, así que a regañadientes, guardó su varita antes de que el hombrecillo la viese y se metiese en más problemas.

Sin pensarlo mucho, jaló a Hermione y se fue al castillo junto a Hally, dejando a las tres Slytherin atrás.

—No debiste hacer eso.

Hally y Sophia pararon en seco al escuchar a Hermione, y se giraron a verla.

—¿A qué te refieres? —preguntó Hally.

Hermione parecía enojada, como si en lugar de haberla defendido, Sophia la hubiese dejado sola con las Slytherin.

—No debiste haberte enfrentado a ellas, Black. ¿Qué no te importa Gryffindor? ¡El profesor Flitwick pudo haberte restado puntos por pelearte con Parkinson!

Sophia cerró su puño con fuerza y sintió el impulso de golpearla tan fuerte en la cara como para romperle la nariz.

—¿Estás loca o qué, Granger? —exclamó Hally— Si Sophia se enfrentó a ellas fue por ti. ¡Ella te defendió! Te salvó de una segura paliza por el simple hecho de ser hija de muggles, ¿y a ti solo te importan unos malditos puntos?

—¿Sabes? —dijo Sophia sonriendo de lado— Debería darte la paliza que no te dieron esas idiotas, y créeme que te haría desear de verdad que yo no hubiese intervenido, pero creo que me limitaré a no volver a intervenir la próxima vez que alguien trate de romperte un par de huesos.

Sophia se dio la vuelta y siguió su camino junto a Hally, dejando atrás a una indignada Hermione.

—¿Qué demonios le pasa a esa mujer? ¿Le salvas el trasero arriesgando el tuyo, y así te paga?

Sophia rodó los ojos al escuchar a su amiga.

—Vamos, Colmillos. Tampoco es como si hubiera detenido una bala dirigida a ella con mi cuerpo, ¿o si?

—¿Y tú desde cuándo eres tan humilde, eh?

Sophia sonrió enarcando las cejas.

—Desde que tú te levantas antes de las ocho. Por cierto, ¿cómo demonios supiste dónde estaba?

—Conozco a mis mascotas como a la palma de mi mano.

Ambas siguieron bromeando hasta que pasaron por el armario escobero donde Sophia había "guardado" a la señora Norris.

—¡Cómo pudiste hacerme esto! —exclamó Hally cuando Sophia le contó lo que pasó— Haces la mejor broma que alguien haya podido hacerle al zarrapastroso de Filch, ¿y no puedes compartirlo con tu mejor amiga?

—Fue tu culpa por no despertar temprano —dijo Sophia encogiéndose de hombros.

Golpearon la puerta del armario y la gata volvió a maullar.

—Díganme que hicieron lo que creo que han hecho.

Ambas niñas se giraron para ver a los gemelos Weasley junto a Lee Jordan, quienes veían sonrientes de la puerta a las niñas.

—Eso depende de qué es lo que creas que hemos hecho —contestó Sophia cruzándose de brazos.

Fred sonrió alzando las cejas y le pasó un brazo sobre los hombros a su hermano.

—Creo que sabes qué es lo que creemos que han hecho.

Sophia iba a responderle cuando la señora Norris volvió a maullar desde adentro del armario.

Fred, George y Lee intercambiaron una mirada de asombro antes de romper en carcajadas.

—Lo dije y lo repito, ustedes son lo máximo —dijo Lee tratando de controlar su risa.

—Esto lo tienen que saber todos —dijo George secándose una lágrima falsa—. Aún no puedo creer que lo hayan hecho. ¡Han cumplido la fantasía secreta del 99.99% de habitantes del castillo!

—En realidad, Garras lo ha hecho sola —admitió Hally divertida.

—No quiero alarmante, George —dijo Fred con seriedad—, pero creo que me he enamorado.

—Pues qué crees. Yo también, hermano.

—Lo siento por ustedes, chicos —intervino Lee—. Yo la vi primero.

—Ella no tiene mal gusto —dijeron los gemelos a la vez.

—No, y tampoco estoy interesada —dijo Sophia—, así que no se hagan ilusiones.

Hally sonrió cuando los tres chicos resoplaron, y se acomodó los anteojos mientras le ponía una mano en el hombro a su amiga.

—Así es. El único chico que le interesa a Soph es mi hermano, así que ni lo piensen.

Sophia resopló y rodó los ojos, aportándole la mano a la pelirroja.

—Hall, en serio, debes dejar de drogarte. Esas porquerías te están pudriendo el diminuto trozo de cerebro que te queda.

Hally estuvo a punto de responder, pero entonces Filch apareció por una esquina llamando a gritos a la señora Norris. Ambas niñas intercambiaron una mirada antes de salir corriendo en la dirección opuesta, con los gemelos y Lee detrás de ellas.

Mientras corrían, oyeron a sus espaldas un grito de Filch, unos golpes a la puerta del armario, un maullido de Norris y otro grito de Filch. Veinte minutos después, los cinco estaban en el despacho de la profesora McGonagall, recibiendo un sermón mientras el odioso conserje los miraba rabioso desde una esquina, acariciando y besando a su preciada gata.

—… pero no creo que a ninguno le importe. Esta no es la conducta que espero de ningún alumno, mucho menos de mi casa. ¡Cómo se les ocurre! Jamás, en todos mis años enseñando en éste colegio, había visto que unos estudiantes se desquitaran con un inocente animal. ¡Jamás!

—Oh, no, profesora —dijo Filch en tono lúgubre, mientras se tragaba los mocos—. Esto ya pasó una vez, hace quince años. ¡Y fueron precisamente ellos quienes lo hicieron!

Sophia, quien junto a los demás permanecía callada ante el regaño de McGonagall, notó el casi imperceptible respingo que dio la jefa de Gryffindor cuando Filch dijo ellos. Se preguntó a quienes se referiría, ya que los gemelos, que eran los bromistas de la escuela, estaban allí también.

—¡La única diferencia fue que no pude atraparlos! Nadie, ni siquiera usted me creyó, pero estoy seguro de que fueron ellos. ¡Ellos! ¡Los malditos merodead…!

—¡Basta, Argus! —exclamó McGonagall— Puedes retirarte. Yo me encargo de sus castigos.

Filch se limpió las lágrimas de las mejillas con las sucias mangas de su túnica, tomó a la señora Norris en sus brazos y salió refunfuñando algo sobre tortura y cadenas.

Sophia miró a McGonagall y la encontró mirando el suelo, perdida en sus pensamientos, como acordándose de algo. Aquello no duró mucho, porque cuando Filch azotó la puerta al salir, la profesora pareció volver a la realidad y volvió su mirada dura hacia los delincuentes.

—¿Y bien? —cuestionó con severidad— ¿Ninguno tiene nada que decir? ¿Señores Weasley? ¿Jordan? ¿Potter? ¿Black?

—De hecho, profesora, yo sí tengo algo qué decir.

McGonagall la miró por encima de sus gafas, esperando a que siguiera.

—Yo fui quien metió a ese harapo… digo, a la señora Norris al armario.

Hally se mordió el puño para no soltar una carcajada, mientras los tres chicos la veían con los ojos abiertos, asombrados de la valentía de la niña.

—Lo hice cuando iba a la lechucería, y de regreso me encontré a Hally y mientras pasábamos por el armario nos encontramos a Fred, George y Lee.

—¿Me está queriendo decir que usted fue la única responsable de encerrar a la gata en el armario, a pesar de haber sido encontrados todos en la escena del crimen, señorita Black?

—Exactamente —asintió Sophia.

—No —dijo Hally—. Yo le ayudé, profesora. Garras… quiero decir, Sophia, solamente me está encubriendo como la gran amiga que es.

Sophia miró a Hally con los ojos bien abiertos, sin embargo, una mirada de Hally le dio a entender que, hiciera lo que hiciera, la pelirroja se mantendría firme en decir que ambas tuvieron la culpa.

—Señorita Potter, ¿está usted confesando haber actuado en complicidad con la señorita Black para agredir a la gata del conserje Filch?

—Así es. Oh, y ni los gemelos ni Lee tuvieron nada que ver. Ellos sí son inocentes.

Luego de un par de protestas de los gemelos, la profesora los sacó de su despacho a todos.

—Pronto les haré saber de su castigo, señoritas.

Esa noche, cuando bajaron al gran comedor para la cena, fueron recibidas con aplausos y felicitaciones por parte de la mayoría de los alumnos, así como miradas de reproche de algunos prefectos.

Ron y Harry casi se ahogaron de la risa cuando las niñas les contaron lo que había ocurrido, aunque a Harry le preocupó lo del castigo. "Talvez nos pone a limpiar el aula de transformaciones, o algo igual de aburrido" le había dicho Sophia.

El día siguiente, sin embargo, no fue tan divertido; en especial cuando se enteraron de que las clases de vuelo las recibirían con los de Slytherin.

—Perfecto —dijo en tono sombrío Harry—. Justo lo que siempre he deseado. Hacer el ridículo sobre una escoba delante de Malfoy.

—No sabes aún si vas a hacer un papelón —dijo razonablemente Ron—. De todos modos, sé que Malfoy siempre habla de lo bueno que es en quidditch, pero seguro que es pura palabrería.

—De seguro no sabe ni montarse bien en una escoba —apoyó Sophia—. Además, lo que realmente me interesa a mi es poder tirar de la escoba a unas cuantas serpientes.

—¿Y por qué no a todas? —preguntó Hally con una sonrisa.

—¿Y por qué no a ninguna? —dijo Harry— Ustedes ya han sido castigadas como diez veces en una semana, ¿no creen que ya fue demasiado?

Sophia abrió la boca para contestarle que nunca sería demasiado, pero Harry siguió hablando.

—No quiero que las expulsen. A ninguna de las dos.

—¡Oh, Harry! —exclamó Hally antes de envolver a su hermano en un fuerte abrazo.

—A veces eres tan lindo que se me sube el azúcar de solo escucharte —dijo Sophia con evidente sarcasmo, aunque le sonrió mientras le resolvía la mata de pelo azabache con la mano.

Harry la miró mal e intentó aplastarse el cabello con la mano, aunque sabía perfectamente que eso no funcionaría.

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.

.

Ni los mellizos ni Sophia habían recibido correspondencia a parte de la carta de Hagrid (Sophia sólo recibía una carta semanal de los Tonks que Áyax le llevaba directo a la habitación, en la noche), y Malfoy parecía haberlo notado, ya que siempre hacía un gran escándalo a la hora de abrir el paquete de golosinas que le enviaban desde su casa.

Mientras le daba a Áyax su tostada con mermelada, Sophia recordó la carta que había recibido el lunes en la noche, en respuesta a la que les envió a los Tonks el sábado.

Querida Sophia:

Por aquí todo está bien. Más aburrido sin Dora y sin ti, pero Pepper es una excelente compañía también.

No puedo creer que no llevaras ni una semana allí y ya te hayan castigado más de una vez. Cuando hemos leído la carta, he tenido que aguantarme las ganas de reír frente a tu tía, pero créeme que la he disfrutado mucho.

Por cierto, no creo que sus apodos sean tonos. Bueno, bueno, ¿para qué te engaño? Sí me han parecido un poquito extraños, pero he oído peores.

Tu tía y yo estamos muy contentos por ti. Estamos muy felices de que hayas quedado en Gryffindor (aunque, como te dije antes, Hufflepuff es la mejor de las cuatro), y de que los mellizos estén contigo. ¿Sabes? Yo conozco a los padres de tus nuevos amigos, ambos trabajan en el ministerio. Declan Jordan en el departamento de regulación de criaturas mágicas y Arthur Weasley en el departamento contra el uso incorrecto de objetos muggles.

A Dora también le va bien. Le ha costado un poco acostumbrarse a los horarios, pero creo que lo superará dentro de poco. Además, cree que su condición de metamorfomaga podría serle muy útil en camuflaje, así que se mantiene optimista.

Y respondiendo a tu pregunta… tu tía no quería decírtelo, pero creo que mereces saberlo. Walburga era la madre de tu padre. En realidad, tu padre se parecía mucho a ella físicamente, y como tu eres un calco suyo en femenino, creo que es lógico que digan que también te pareces a ella. O te parecías, ya que ella murió hace ya seis años.

Recordarás que tu tía te dijo que ella fue expulsado de la familia Black al casarse conmigo. Pues algo así le pasó a tu padre por defender la igualdad entre magos y muggles. La única diferencia es que a Dromeda la echaron a los veinte años, y a tu padre a los dieciséis.

Creo que eso es todo, pequeña.

Te queremos mucho,

Ted y Andromeda Tonks, y Pepper.

Posdata: No, no creo que el profesor Snape sea un fetichista. Probablemente en unas semanas se le pasa el enojo.

A Sophia aún le daba vueltas por la cabeza la idea de que pudiese parecerse tanto (físicamente, claro) a una mujer que fue capaz de echar a la calle a su propio hijo sólo por tener ideales distintos.

Sophia siempre había pensado que el amor de una madre hacia su hijo era incondicional, y aquello incluía el respetar las ideas y forma de ser de sus hijos, por muy distintas que fuesen a las suyas propias. Y claro, no pudo evitar preguntarse si su madre fue una maniática de la sangre pura como Walburga, y si a ella también la habría despreciado por no creer en lo mismo.

Otra cosa que le llamó la atención fue la razón por la que su padre había sido echado de casa. ¿Qué no se suponía que Voldemort despreciaba a los nacidos de muggles? ¿Entonces, por qué uno de sus mayores seguidores se había peleado con su familia por defenderlos?

Se llevó la mano al pecho y apretó el medallón a través de la túnica, y a penas le prestó atención a Neville y la nueva recordadora que aquella mañana le envió su abuela.

Sin embargo, la voz de la profesora McGonagall la sacó de sus pensamientos.

—¿Qué sucede aquí?

—Malfoy me quitó mi Recordadora, profesora.

Sophia siguió con la mirada hacia donde Neville señalaba, encontrándose con Draco Malfoy flanqueado por Crabbe y Goyle.

—Sólo la miraba —dijo Malfoy mientras dejaba la Recordadora de Neville en la mesa.

A las tres y media, Sophia bajó junto a los chicos al jardín, donde cerca del bosque prohibido les esperaban la señora Hooch, los Slytherin y veinte escobas los esperaban.

La señora Hooch les indicó que se colocaran cada quien junto a una escoba, extendieran la mano derecha y dijeran "arriba".

—¡Arriba! —exclamó Sophia, e instantáneamente su escondía se levantó del suelo hasta su mano extendida.

Giró su vista y vio que solamente ella, los mellizos y otros tres chicos lo habían logrado. Entonces, recordó algo que Harry le había dicho una vez: los caballos sienten el miedo. Probablemente las escobas también.

Luego, la señora Hooch les dijo que, cuando ella hiciese sonar el silbato, dieran una fuerte patada en el suelo, se elevaran uno o dos metros y se inclinaran suavemente para aterrizar.

Montaron en las escobas y la señora Hooch pasó corrigiéndoles las cosas en las que fallaban. Ni Sophia ni Hally disimularon su risa cuando la profesora pasó junto a Malfoy y le dijo que todos éstos años había montado de forma incorrecta la escoba.

Sin embargo, Neville dio la patada antes y empezó a ascender dando vueltas sobre sí mismo. Por un momento, Sophia pensó que aquello había sido genial, pero entonces Neville cayó de la escoba, fracturándose la muñeca al caer sobre el suelo.

La señora Hooch llevó a Neville a la enfermería y les ordenó a todos que mantuvieran los pies en tierra. Y como siempre, Sophia y Hally debían hacer exactamente lo contrario a lo que se les ordenase.

Sophia dio una patada y se elevó un metro, mientras Hally la imitaba, Harry y Ron las veían divertidos y Hermione Granger les miraba con reprobación.

—¡Miren! —oyeron decir a Malfoy— Es la baratija que le ha enviado la abuela a Longbottom.

Sophia y Hally bajaron de sus escobas, pero antes de poder llegar hasta Malfoy, Harry ya le había plantado cara.

—Trae eso aquí, Malfoy —dijo el azabache con tranquilidad.

—Creo que voy a dejarla en algún sitio para que Longbottom la busque... ¿Qué les parece... en la copa de un árbol?

—¡Tráela aquí! —rugió Harry, pero Malfoy había subido a su escoba y se alejaba.

No había mentido, sabía volar. Desde las ramas más altas de un roble lo llamó:

—¡Ven a buscarla, Potter!

Harry cogió su escoba.

—¡No! —gritó Hermione Granger—. La señora Hooch dijo que no nos moviéramos. Nos vas a meter en un lío.

Sophia y Hally se pararon frente a Hermione y miraron a Harry decididas.

—No te preocupes, hermanito —dijo Harry sonriendo con malicia—. Nosotras te cubrimos.

—Así es —secundó Sophia—. No dejaremos que ningún chivato vaya y llame a Hooch —añadió mientras le mandaba una significativa mirada a Hermione, quien solo bajó la vista.

Todos vieron asombrados cómo Harry, a pesar de no haber volado nunca antes, parecía saber exactamente lo que hacía.

—¡Tíralo de la escoba, Harry! —gritó Sophia al ver cómo su amigo se lanzaba hacia Malfoy.

—¡Eh! —exclamó Hally— ¡Harry, cálmate! ¡Creo que Malfoy se ha mojado los pantalones!

Varios empezaron a reír mientras le aplaudían a Harry, pero se quedaron callados al ver que Malfoy lanzaba la Recordadora y Harry se lanzaba en picada tras ella. Afortunadamente, Harry atrapó la Recordadora a unos metros del suelo, dándole tiempo de enderezar la escoba y aterrizar como si fuese un profesional.

Sophia y Hally salieron corriendo a felicitarle, pero antes de poder llegar hasta él, una severa voz las hizo parar en seco.

—¡HARRY POTTER!

Sophia se giró para ver justo a la última persona que le hubiera gustado que viera a Harry.

—Nunca... en todo mis años en Hogwarts...

La profesora McGonagall estaba casi muda de la impresión, y sus gafas centelleaban de furia.

—¿Cómo te has atrevido...? Has podido romperte el cuello...

—No fue culpa de él, profesora...

—Silencio, Hally.

—Pero Malfoy..

—Ya es suficiente, Weasley. Harry Potter, ven conmigo.

—¡No! —exclamó Sophia sin pensar— Él no ha tenido la culpa. Fue éste imbéciles de Malfoy…

—¡Cuide ese vocabulario, señorita Black!

—Pero es que…

—He dicho basta, Black. Potter, sígame.

La profesora McGonagall se llevó a Harry hacia el castillo, y Sophia no podía estar más decepcionada de la jefa de su casa. ¿Cómo podía pensar que un chico como Harry iba a hacer semejante locura por puro gusto? ¡Era obvio que le habían provocado! Pero McGonagall ni siquiera les dejó explicarle.

—Al fin van a expulsar a Potter.

Sophia sintió que le hirvió la sangre cuando escuchó a Malfoy arrastrar aquellas palabras. El muy imbécil estaba mirando en la dirección en que se habían llevado a Harry, y parecía muy feliz consigo mismo por haber sido él el causante del castigo de Harry.

Sin pensárselo mucho, e ignorando a los enormes Crabbe y Goyle tras Malfoy, Sophia dio un par de zancadas hacia ellos, cerró su puño y lo estampó con tanta fuerza como pudo contra la nariz de Malfoy, quien cayó de espaldas lanzando un chillido de dolor. Vio de reojo como Seamus y Dean se le lanzaban encima a Crabbe y Ron y Hally hicieron tropezar a Goyle, tirándolo hacia adelante.

Una vez resuelto aquel problema, Sophia se le lanzó encima a Malfoy y le dio un par de puñetazos más antes de que dos pares de manos la levantaran y la echaran hacia atrás.

Ahora, Greengrass y Davis le sujetaron los brazos a la espalda mientras Goyle, quien se había deshecho de Hally, cerraba su puño y se lo enterraba brutalmente en el estómago a Sophia, quien cayó de rodillas sobre el pasto.

—¿Eso es todo lo que tienes, cara de búfalo? —preguntó adolorida, tratando de recuperar el aire que le faltaba.

Goyle levantó su pierna hacia atrás, y luego hacia adelante para patearle la cara a Sophia, pero justo antes del impacto, Hally le pateó la pierna que tenía en el suelo, y Goyle lanzó un ronco alarido antes de caer acostada en el suelo.

Greengrass se le lanzó encima a Hally, pero Sophia se paró como pudo y de un salto se le guindó del cuello a la Slytherin.

Cuando la señora Hooch regresó, se encontró con una imagen que más parecía de una batalla campal que una clase de vuelo.

Seamus y Dean se mantenían sentados sobre el cuerpo inerte de Crabbe, Parvati y Lavender le jalaban el cabello a Pansy, Ron amenazaba con un palo de escoba a Goyle, Sophia y Greengrass daban vueltas en el suelo agarrándose los pelos una a la otra, Davis huía de Hally, y Malfoy daba vueltas sobre el césped, llenándolo de la sangre que le salía a chorros de la nariz. Hermione, Blaise Zabini y Theo Nott eran los únicos que no peleaban con nadie.

Las siguientes dos horas que faltaban para la cena las pasaron en la oficina de la profesora McGonagall, compareciendo ante la jefa de Gryffindor, Snape y la señora Hooch.

Ni siquiera habían sido llevados a la enfermería los que peor se encontraban. Malfoy seguía sangrando, a Pansy le faltaban varios mechones de cabello en la coronilla, Seamus tenía un ojo morado y Sophia tenía un par de cortes en el brazo y uno que le sangraba en la ceja, además del labio partido y los nudillos le sangraban.

—¡Pero fueron ellos los que empezaron! —se quejó Parkinson cuando decidieron castigarlos a todos.

—Me importa muy poco quién fue el que el que empezó, señorita Parkinson —dijo McGonagall con severidad—. Todos ustedes fueron sorprendidos peleándose al mejor estilo muggle durante una clase, y eso es motivo suficiente para expulsarles del colegio. Así que le recomiendo que se calle o le daré doble castigo por protestar.

Sophia y Hally le sonrieron burlonas a Pansy, pero una mirada dura de la profesora les obligó a borrar sus sonrisas.

Al final, a cada quien se le aplicó un castigo diferente, salvo a Hally y Sophia, quienes tendrían un mes de detención con Snape. Sin embargo, los padres o tutores de todos serían notificados.

—Al menos ustedes no tendrán que limpiar la sala de trofeos un mes. ¡Tienen idea de cuantas cosas hay allí! Filch no me quitará los ojos de encima hasta que pueda ver su reflejo en cada trofeo.

—Si, Ron, pero Filch no pone cara de querer despellejarte vivo cada vez que te ve como hace Snape con Harry, con Soph y conmigo.

Mientras los miembros de Gryffindor castigados (que eran todos los del curso salvo Granger y Harry) bajaban por las escaleras, cada quien iba quejándose del castigo que le tocó, pero ninguno era tan desagradable como el de Hally y Sophia.

—Por lo menos ahora sabemos que no expulsaron a Harry —dijo Sophia cuando llegaron al vestíbulo.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Ron sin entender.

—Pues porque McGonagall no lo ha mencionado, y si no nos expulsaron a nosotros por pelearnos en clase, es obvio que no lo harían con él por haber volado sin permiso.

Las sospechas de Sophia se vieron confirmadas al encontrarse con Harry en la entrada del gran comedor. Hally, como siempre, lo abrazó con fuerza haciendo un gran escándalo. Ron también lo abrazó aliviado, pero cuando Sophia le revolvió el pelo, el chico se puso pálido y frunció el ceño.

—¿Qué te ha pasado en la cara? —preguntó señalando los cortes en la ceja y el labio, luego vio al resto de chicos que venían con ellos— ¿Y qué les pasó a ustedes?

—Adentro te lo contamos —fue lo único que dijo Sophia antes de entrar al gran comedor.

Para sorpresa del grupo, fueron recibidos por aplausos y vítores desde las mesas de Gryffindor, Hufflepuff y Ravenclaw, aunque los que más alboroto armaban eran los leones.

Parvati y Lavender cuchicheaban sonrojadas al ver a algunos chicos de quinto guiñarles un ojo, Seamus y Dean parecían a punto de llorar estrechando tantas manos como podían, Ron iba sonrojado hasta las orejas tratando de sonreír, y Hally y Sophia hacían reverencias exageradas para sus "admiradores".

Aunque no todo era risas, ya que la mesa entera de Slytherin los miraba con desagrado y en la mesa de profesores, la mayoría parecían escandalizados o atónitos por la reacción de las otras tres casas.

—¿Ahora sí me dirán qué ocurrió? —preguntó Harry cuando se sentaron en su esquina de la mesa (que los demás les tenían reservada).

Entre los tres le contaron a Harry con lujo de detalle todo lo que ocurrió, y por supuesto, varios Gryffindor se apiñaron alrededor de ellos para escuchar también. Contaron desde el fenomenal puñetazo que Sophia le propinó a Malfoy hasta la llegada de Hooch.

Por supuesto que no todos estaban fascinados con aquél relato, ya que Percy Weasley y Hermione Granger dispersaron a la gente cuando el relato hubo terminado.

—Deberían estar avergonzados, no vanagloriarse por haber actuado como cavernícolas —dijo Hermione con el señor bastante fruncido.

—De lo único que me avergüenzo es de no haber podido tirarle aunque sea un diente a Parkinson —respondió Sophia viendo a Hermione como la profesora McGonagall la vio mientras la regañaba—, aunque debo admitir que Patil y Brown hicieron un gran trabajo con ella.

Hermione la miró mal antes de irse a sentar lo más lejos que pudo de ellos. Por supuesto, Harry también se enojó, ya que estuvieron a punto de ser expulsados, pero aún así disfrutó del hecho de que alguien haya puesto en su lugar a Malfoy.

—Ahora es tu turno, hermanito —dijo Hally señalando a su mellizo con la cuchara con la que se comía su pastel de hígado—. Cuéntanos cómo te fue con Minerva mientras nosotras librábamos la tercera guerra mundial.

—Bien, pero no deben decírselo a nadie —les dijo Harry a los tres.

—No lo haré —dijo Ron.

Sophia y Hally intercambiaron una mirada antes de levantar la mano izquierda mientras la derecha se la ponían sobre el pecho.

—Juro solemnemente no decir ni una palabra a nadie —dijeron ambas al unísono.

Harry empezó a contarles cómo McGonagall lo había llevado con Wood, capitán del equipo de quidditch de Gryffindor, y lo habían hecho buscador del equipo. El buscador más joven que haya habido en un siglo.

Justo cuando el día parecía haber terminado, Malfoy apareció con su nariz curada, retando a Harry a un duelo de magos.

—No lo sé, Harry. Malfoy estuvo a punto de ser expulsado hoy. ¿En serio crees que se arriesgaría a que Filch lo atrape? Además, Malfoy es un cobarde, no creo que se atreva a enfrentarte...

—Basta, Sophia. Malfoy me retó. No voy a echarme para atrás.

Sophia suspiró. No es que ella creyera que Harry era un cobarde, pero sabía que Malfoy sí lo era.

Esa misma noche, Sophia y Hally esperaron a que Lavender y Parvati terminaran de chismear y bajaron a la sala común. Para su mala suerte, no habían pisado el último escalón de la escalera cuando escucharon la voz chillona de Hermione Granger.

—No les importa Gryffindor; ¿verdad? Sólo les importa lo suyo. Yo no quiero que Slytherin gane la copa de las casas y ustedes van a perder todos los puntos que yo conseguí de la profesora McGonagall por conocer los encantamientos para cambios.

—Te recuerdo, Granger, que yo también conocía esos encantamientos y que he ganado muchos más puntos que tú en Transformaciones —intervino Hally, enojada de ver cómo aquella molesta chiquilla se tomaba el atrevimiento de regañar a su hermano.

—Vámonos —dijo Harry jalando a Sophia y Hally de las manos, mientras Ron abría el retrato de la señora gorda y salía por el agujero.

—Más les vale regresar ahora a sus camas —iba diciendo Hermione mientras los seguía a través del agujero.

—Vete —le gruñó Ron.

—Muy bien, pero les he avisado. Recuerden todo lo que les he dicho cuando estén en el tren volviendo a casa mañana. Son tan...

Sophia vio como Granger se regresaba a la entrada, pero la dama gorda no estaba en el retrato. Granger se regresó y decidió acompañarlos, haciendo enojar a Ron.

Sophia rió sin ganas, la miró como si fuera lo más gracioso que existiese y empezó a caminar junto a Harry por el pasillo.

—No lo harás —le ordenó Ron.

—¿No creerán que me voy a quedar aquí, esperando a que Filch me atrape? Si nos encuentra a los cuatro, yo le diré la verdad, que estaba tratando de detenerlos, y ustedes me apoyarán.

—Eres una caradura —dijo Ron en voz alta.

—Y además cobarde —escupió Sophia—. Si estás aquí es porque tú lo quisiste. Ninguno de nosotros fue y te trajo a rastras desde tu cama, ¿o sí? Nada de lo que estamos haciendo te incumbe, te interesa ni te afecta. No fuiste invitada tampoco, por lo que la única culpable de que estés aquí eres tú. Así que haznos un favor y acepta tu responsabilidad en esto, no les eches la culpa a los demás de algo que tú misma has buscado.

Y es que, si algo realmente enfadaba a Sophia además de los soplones, eran los cobardes, y al decir aquello, Hermione solo le había demostrado que era ambas cosas. Además, a Sophia aún le dolía que Hermione haya sido la única de Gryffindor que se mantuvo al margen de su pelea colectiva contra los Slytherin.

Granger abrió la boca para responder, pero Harry la interrumpió. Habia escuchado algo. Al principio creyeron que sería la señora Norris, pero sólo era Neville, que se había quedado afuera de la torre.

—¡Gracias a Dios que me han encontrado! Hace horas que estoy aquí. No podía recordar el nuevo santo y seña para irme a la cama.

—No hables tan alto, Neville —le riñó Hermione—. El santo y seña es «hocico de cerdo», pero ahora no te servirá, porque la Dama Gorda se ha ido no sé dónde.

—¿Cómo está tu muñeca? —preguntó Harry

—Bien —contestó, enseñándosela—. La señora Pomfrey me la arregló en un minuto. Por cierto, he visto a los Slytherin en la enfermería ésta tarde. ¿Es cierto lo que dicen? ¿Apalearon a Malfoy y los suyos en la clase?

—Ni yo lo habría dicho mejor —dijo Hally orgullosa de sí misma.

—¿Ves esto, Nev? —preguntó Sophia señalándose las cortadas en el rostro— Son heridas de guerra.

—Bueno, mira, Neville, tenemos que ir a otro sitio —intervino Ron—. Nos veremos más tarde...

—¡No me dejéis! —dijo Neville, tambaleándose—. No quiero quedarme aquí solo. El Barón Sanguinario ya ha pasado dos veces.

—Si nos atrapan por su culpa —gruñó Ron furioso, viendo a Hermione y Neville—, no descansaré hasta aprenderme la maldición de los demonios, de la que nos habló Quirrel, y la utilizaré contra ustedes.

—Yo sé hacerla, Ron —le apoyó Sophia, mirando igual de irritada a Hermione—. De eso no te preocupes.

Hermione abrió la boca, probablemente para decir que era imposible que Sophia supiese aquello, ya que, según Quirrel eso era conocimiento de cuarto año (claro que Sophia, que se había leído todos los libros de defensa de Dora, sí se sabía como hacer la maldición de los demonios), pero Harry la hizo callar con un gesto y les indicó a todos que lo siguieran.

Llegaron a la sala de trofeos y esperaron a que llegara Malfoy. Por supuesto, Sophia tenía su varita empuñada en caso de que a Malfoy se le ocurriese alguna treta. Aunque si era sincera, todo aquello le olía muy mal, en especial porque llevaban veinte minutos esperando.

Aburrida, empezó a pasearse por los estantes, leyendo las inscripciones de los trofeos, hasta que se topó con algo de verdad interesante.

—¡Eh! ¡Harry, Hally! ¡Vengan!

Cuando los mellizos llegaron, ella les señaló una placa de bronce, con el escudo de Gryffindor encima, en la cual se leía: "–James Fleamont Potter. –Lily Johanna Evans. Premios anuales curso 1977-1978".

Los mellizos se miraron entre ellos y se inclinaron sobre el estante para ver mejor la placa, mientras Sophia se retiraba un poco para darles su espacio. Siguió mirando los estantes y se preguntó si alguna placa allí tendría el nombre de su madre o su padre, aunque era probable que si alguna vez la hubo, ésta haya sido retirada hace diez años.

—Olfatea por allí, tesoro. Talvez se hayan escondido.

Los seis dieron un respingo, y de pronto, las sospechas de Sophia se vieron confirmadas: Malfoy había engañado a Harry; el muy imbécil le había hecho creer que llegaría solo para sacar a Harry de la cama, y se lo dijo frente a ellas porque sabía que ellas no dejarían ir al azabache solo, y encima de todo le había avisado a Filch, porque era obvio que Filch sabía que habría gente justo allí, justo entonces.

Todos salieron corriendo por la puerta más alejada de donde habían oído la voz de Filch, y llegaron a una amplia sala llena de armaduras. En eso, escucharon a Filch entrar en el salón de trofeos y Neville entró en pánico, tirando una armadura a su paso.

Los seis echaron a correr.

El pánico se apoderó de todos, salvo de Sophia y Hally, quienes más que afligidas estaban emocionadas por la aventura. Sophia vio cómo Neville empezaba a rezagarse, y no podía permitirse perder contra Filch, así que buscó entre los cuadros alguno que pudiese tener un pasadizo oculto, hasta que encontró uno que, según recordaba, llevaba cerca de la sala de Encantamientos, a kilómetros de allí.

Abrió el cuadro y todos se metieron sin rechistar, y mientras Sophia volvió a encender luz con su varita, Hally los guió hasta la salida del túnel.

Al fin salieron, y empezaron a buscar la manera de regresar a la torre de Gryffindor, cuando Peeves se les apareció enfrente.

—¿Qué hacen ustedes aquí, novatos? —dijo con malicia— ¿Qué no saben que pasear por los pasillos de noche está prohibido? Temo que tendré que avisar a Filch.

—¡No, por favor! —pidió Harry, mientras Sophia y Hally le lanzaban miradas de advertencia al duende.

—Debo hacerlo. Es por su bien.

Entonces, Ron pasó a su lado, dándole un golpe que pareció enojar a Peeves.

—¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA! —gritó— ¡SEIS CHIQUILLOS FUERA DE LA CAMA!

Los seis pasaron corriendo bajo el duende, aunque Sophia le lanzó una roca que había en una ventana que le dio justo en la cabeza y le aumentó el volumen a sus gritos.

—Maldito soplón —gruñó antes de chocar junto a los demás contra una puerta.

—¡Es el final! —exclamó Ron al oír los pasos de Filch acercarse— ¡Mi madre va a matarme!

Sophia pensó en la posibilidad de ser expulsada, recordando la amenaza de McGonagall, y por un momento se sintió mal por ello, aunque no se arrepintió, ya que nadie podía quitarle el bienestar que sintió al romperle la nariz al idiota de Malfoy.

—¡Apártate! —exclamó Hermione, le quitó la varita a Harry y susurró— ¡Alohomora!

Abrió la puerta y todos entraron tan rápido como pudieron antes de que Filch llegara al pasillo. Sophia se puso junto a Harry contra la puerta y escuchó a Filch discutir con Peeves antes de marcharse. No le extrañó que no los buscara ahí, ya que se suponía que esa puerta debía estar cerrada.

—¡Déjame, Neville! —dijo Harry— ¿Qué pasa?

Sophia miró hacia atrás y vio exactamente lo que pasaba: un gigantesco perro negro, tan grande que ocupaba todo el espacio entre el suelo y el techo, les miraba fijamente.

Al principio, el perro estaba quieto, mirando a Sophia fijamente, como si estuviera hipnotizado, hasta que Ron jadeó aterrado. Las tres cabezas miraron a los otros niños dentro de la habitación y mostraron sus dientes, como preparándose para atacar.

Sophia no tenía muy claro lo que pasó después. De un momento a otro los seis estaban fuera de la habitación, corriendo lo más rápido que podían hacía la torre de Gryffindor.

Luego de una pequeña discusión con Hermione, los seis se fueron a dormir. Sin embargo, Sophia no podía quitarse de la cabeza a aquel perro giganqueUtesco de tres cabezas. ¿En qué demonios pensaba Dumbledore al traer a un animal así a una escuela llena de niños? No era que le desagradara el perro. Los perros eran sus animales favoritos. El problema era que ese perro en particular, parecía no tener problemas en devorar a cualquiera que entrara a su habitación.