Sophia sonrió encantada al notar la cara de Malfoy cuando este la vio entrar a ella, a Ron y a los mellizos en el Gran Comedor el día siguiente al "duelo".

Esa mañana, ella y Hally habían quedado en que la noche anterior había sido la más increíble y emocionante de sus vidas, y que sin dudas tenían que repetirla. Por supuesto sabían que Ron y Harry se negarían, Neville haría un desastre o se orinaría en los pantalones, y ni hablar de Granger; por lo tanto, solo serían ellas dos la próxima.

Una semana después Sophia y Hally ya llevaban tres excursiones nocturnas por el castillo, y justamente habían empezado la noche posterior a la salida para el "duelo"; aunque debían admitir que aquello no había sido del todo una buena idea.

El hecho de que Hermione no les dirigiese la palabra solamente les facilitó las cosas, ya que esta vez podrían estar seguras de que nadie les seguiría.

Habían a la sala común a la misma hora que la noche anterior y salieron por el agujero del retrato de la dama gorda, dispuestas a recorrer el castillo de pies a cabeza... o lo que alcanzaran antes del amanecer.

Decidieron empezar por el vestíbulo, y de ahí hasta donde las guiaran los pasillos secretos, las puertas ocultas y los túneles escondidos.

Abrieron cada retrato esperando hallar un túnel detrás; sin embargo, no lo encontraron sino hasta que abrieron el séptimo, que era de unas mujeres tomando el té, quienes no dejaron de criticar el cabello desordenado de Hally y los pantalones de niño de Sophia (los cuales habían sido heredados de Dora).

Sophia había estado a punto de patear el cuadro, pero entonces escucharon un ruido desde una de las salas laterales del vestíbulo, y tuvieron que meterse al túnel para no ser descubiertas.

Anduvieron unos minutos por el estrecho túnel hasta que llegaron al final, que era bastante cerca de donde Fred y George dijeron que estaban las cocinas.

Tuvieron tiempo para encontrar y recorrer otros tres túneles secretos antes de que empezara a salir el sol, y no podían sentirse más felices por ello. Sin embargo, decidieron que no lo harían todas las noches, ya que solamente pudieron dormir tres horas antes del desayuno, y estuvieron durmiéndose sobre sus platos de avena.

Ahora, claro, ya conocían por lo menos quince pasadizos, y habían quedado en que una vez conocieran todos los de adentro, se dedicarían a buscar los que llevaban al exterior.

—Pero lo mejor fue cuando Parvati le quitó a Parkinson un mechón de pelo del grosor de su puño.

Una semana después se seguía hablando sobre la pelea colectiva en los jardines, aunque la historia ya se había deformado bastante, y las versiones de sus participantes diferían unas de otras: en algunas, a Crabbe lo habían petrificado, en otras a Parkinson la dejaron calva, otros decían que Malfoy había hecho una piscina con la sangre que le salía de la nariz, e incluso hubo alguien que dijo que hubieron muertos, pero que Dumbledore logró encubrirlo todo.

—No, lo mejor fue cuando llegó la señora Hooch y vio lo que ocurría—dijo Seamus—. Apuesto a que ni cuando pierde su equipo de quidditch se pone tan pálida.

—¿Hooch? —preguntó Sophia alzando una ceja— ¿Qué me dices de McGonagall? ¡Por un momento creí que había muerto de la impresión! —quienes la escucharon rieron fuertemente— Juro por Merlín que dejó de respirar por unos segundos.

—Pero nada se compara con la cara que puso Snape cuando vio la nariz de Malfoy —dijo Hally junto a la rubia.

—Es que temía que a él también le quedara un pico de águila por nariz —se burló Sophia, haciendo reír de nuevo a los demás.

Con la pelea, Sophia y Hally se habían hecho bastante más populares que antes, y ahora incluso chicos de séptimo las saludaban y se reían de las anécdotas que contaban en el desayuno. Sin embargo, ellas no estaban dispuestas a cambiar a sus amigos, y prueba de ello era que seguían sentándose junto a Harry, Ron, Lee y los gemelos.

Y como todos los días, cientos de lechuzas invadieron el gran comedor cargando el correo. Esta vez, sin embargo, seis lechuzas blancas venían cargando un paquete alargado, y justo cuando Áyax se paró en la mesa para esperar su tostada, las lechuzas dejaron caer el paquete sobre la mesa, haciendo caer al suelo el desayuno de Harry.

—¡Oigan! —se quejó Hally— ¿Qué no saben que no es correcto desperdiciar la comida?

Sophia aún no empezaba a burlarse del comentario de Hally cuando el tocino y tostadas de Harry fueron devorados por el grupo de lechuzas, dejando el suelo tan limpio como si nunca se hubiese untado de desayuno americano.

Sophia y Hally se pararon tras Harry y leyeron sobre su hombro la tarjeta que venía con aquel paquete:

NO ABRAS EL PAQUETE EN LA MESA Contiene tu nueva Nimbus 2.000, pero no quiero que todos sepan que te han comprado una escoba, porque también querrán una. Oliver Wood te esperará esta noche en el campo de quidditch a las siete, para tu primera sesión de entrenamiento.

Profesora McGonagall

—¡Yo no querría una! —se quejó Sophia— Yo querría el permiso para traer una al colegio.

—¡Una Nimbus 2.000! —gimió Ron al ver la nota— Yo nunca he tocado una.

—¿Potter y Black?

Harry, Hally y Sophia se giraron para ver a una chica de Hufflepuff de primer año parada tras ellos, extendiéndoles una nota.

Hally la tomó y Harry y Sophia se juntaron a ella para leerla, pero la pelirroja se giró hacia su hermano antes de abrirla.

—Descuida, hermanito. Siempre que el "Potter" va antecedido o precedido por un "Black", se refieren a mí.

Harry resopló ante la lógica de su hermana antes de regresar a su asiento.

Hally le sonrió burlona, pero de todas formas leyó el pergamino en voz alta.

Sophia Black y Hally Potter,

Su castigo tendrá lugar ésta noche inmediatamente después de la cena. Deberán limpiar los vestuarios de los equipos de quidditch.

Sean puntuales.

Profesora McGonagall.

Harry miró a ambas niñas con la ceja alzada, creyendo imposible que ya llevaran mínimo veinte castigos, al menos de los que él se había enterado.

—¿Qué hicieron esta vez?

Sophia se llevó el dedo índice a la barbilla, fingiendo que trataba de recordar su delito.

—Veamos... Ya nos castigó por encerrar a Norris en un armario, por arrojarle a Parkinson nuestra poción decolorante, por hacer explotar la poción de Bullstrode, por llamar a Bullstrode rinoceronte, por empujar a Bullstrode al lago negro (—Juro por Merlín que desconocía que ella no sabía nada —se defendió Hally.), por enviarle a Snape cartas de amor falsas de parte de Bullstrode, por dejar calvas a Patil y Brown...

—¡Aguarda! —la interrumpió Hally— No nos han castigado por eso, ¿recuerdas? Minerva solamente nos bajó puntos.

—Cierto —recordó Sophia alzando las cejas—. Esas bobas de Patil y Brown. Te apuesto a que McGonagall no se habría dado cuenta si esas dos no fueran tan lloronas.

—Bien —sentenció Hally—. Nuestra próxima broma a ese par dependerá de qué tan malo resulta el castigo.

—Aguarda —dijo Ron—. ¿Quieres decir que buscarás venganza contra ellas por que te castigaron por hacerles una broma?

Hally lo miró con una expresión de seriedad total.

—No. Digo que buscaremos venganza, Garras y yo. ¿No es cierto, Garras?

Sophia estaba a punto de responder que sí, cuando una pequeña paloma de papel pasó volando hasta posarse en la mesa frente a ella. Áyax miró la paloma un momento y estuvo a punto de lanzarle un picotazo cuando, con una pequeña explosión, la pequeña figura de papel se rompió en varios pedazos. Luego, ante los confundidos ojos de Sophia, los trozos de papel volvieron a unirse sobre la mesa, formando una pequeña nota escrita con tinta azul.

Te ves muy bonita hoy.

D.

Sophia miró la nota sin saber qué hacer. Jamás había recibido algo como eso, y las únicas personas que le habían dicho que era bonita eran todos como mínimo diez años mayores que ella. ¿D? ¿Quién demonios es ese? Se preguntó mientras miraba a la gente en su mesa preguntándose si no sería alguna broma de los gemelos, y estuvo a punto de preguntarles cuando Hally soltó un agudo chillido justo junto a su oreja.

—¡O por Dios! ¡Esto no es cierto!

Sophia no tuvo tiempo de reaccionar cuando Hally tomó la nota entre sus manos y saltando como posesa junto a ella.

No pasó mucho para que todos los demás centraran curiosos su atención en la pelirroja.

—¡Aw! —chilló la pelirroja leyendo la nota— .Creerlo. ¡Te han enviado una carta de amor!

—¡¿QUÉ?! —Preguntó Harry con los ojos abiertos como platos, mientras Ron veía a Hally con la boca abierta.

—Me has oído, hermanito, mira.

Harry tomó la nota y la leyó junto con Ron, y Sophia no supo por qué, pero el rostro de su mejor amigo se volvió casi tan rojo como el cabello de Ron.

—¿E-estas segura que era p-para ti? —preguntó Harry con dificultad, evitando hacer contacto visual con su amiga rubia.

—Bueno...

—¡Claro que era para ella! —respondió Hally exaltada—, la paloma voló hasta ella. ¿Para quién más podría ser?

—Ya Hall, respira ¿quieres? —se quejó Sophia— Ni que te la hubieran mandado a ti.

—Cállate, Black. Ahora sólo falta saber quién la envió.

—Alguien con buen gusto, por supuesto —respondió Sophia echándose el cabello hacia atrás, aunque en realidad se preguntaba quién le habría mandado la nota.

—No creo que sea de Gryffindor, ya que un león habría tenido el valor de decírtelo de frente —argumentó Hally—, y nadie está tan loco como para hacerte una broma así luego de la fractura en la nariz de Malfoy... ¿Ustedes qué creen, chicos?

Ron hizo una mueca de incomodidad, pero aún así le echó un vistazo a la nota que aún era sostenida por Harry.

—Pues... no soy un experto, pero esa letra no parece la de alguien de primero —dijo al ver la buena caligrafía—, además, es raro que alguien utilice tinta azul. Por lo general se ocupa negra.

—Así que es un chico mayor —dijo Hally subiendo y bajando las cejas de manera sugerente—, y con estilo propio. ¿Qué opinas tú, hermanito?

Harry, quien hasta el momento no había despegado la vista de la nota, se puso pálido.

—Yo... yo creo que voy a dejar el paquete a la habitación. No quiero llegar tarde a Transformaciones. Ven Ron.

El pelirrojo tomó un último panecillo de canela y se fue tras un Harry muy nerviosos, demasiado en opinión de Sophia.

—Niños —murmuraron Sophia y Hally, aunque mientras la primera lo hacía confundida por la actitud del azabache, la pelirroja lo hacía con una sonrisa, sospechando con bastante seguridad el porqué de la reacción de su hermano.

—¿Se puede saber el por qué de este alboroto, jovencitas?

Ambas niñas se voltearon para encontrarse con George mientras Fred tomaba la nota que Harry había dejado caer al suelo en su huida.

—Lo que pasa, mi querido Georgie —dijo Hally sonriendo radiante—, es que alguien le ha enviado a Garras una carta de amor.

Los gemelos intercambiaron una mirada, y de repente, Fred parecía enojado.

—¿Qué? —preguntó con tono de desprecio, sosteniendo la nota con dos dedos— ¿Esta notita? Yo diría que alguien te ha querido jugar una broma, muñeca. No debería importarte tanto.

Sophia frunció el ceño. Gracias a Hally ni siquiera había podido decidir como sentirse al respecto. Y es que, ¿quién le mandaría una nota como esa? ¿Con qué intención? ¿Y por qué demonios no había firmado?

A parte, no le gustaba para nada el tono en el que le hablaba Fred, como si fuera imposible que alguien de verdad fuera a mandarle algo así a ella.

—¿Por qué no? —preguntó indignada cruzándose de brazos— ¿A caso no soy lo suficientemente bonita como para gustarle a alguien? ¿Eso es lo que piensas, pelirrojo?

El rostro de Fred se volvió completamente blanco mientras Hally le quitaba de las manos la nota.

—¡NO! D-digo, yo... y-yo no...

—Er... Fred —intervino George nervioso—, hermano, tenemos que ir a ese otro lugar ¿recuerdas?

Acto seguido, George arrastró a su gemelo hasta salir del gran comedor, dejando a una Sophia confundida y a una Hally preocupada.

—No puede ser —susurró la pelirroja antes de que Honey le picoteara la mano izquierda reclamando ser alimentada.

.

.

.

La comida de la cena desapareció de sus platos y entonces supieron que era hora de pagar por su "delito". Sophia y Hally se despidieron de Harry (quien todavía seguía sin ver a Sophia a los ojos) y Ron antes de partir hacia el campo de quidditch.

—Más te vale mostrarnos la escoba cuando llegues, hermanito —lo amenazó Hally mientras se alejaban hacia la salida.

—No entiendo porqué tanto alboroto por una simple escoba —se quejó Sophia mientras llegaban al vestíbulo.

—¿Bromeas? ¡Es una Nimbus 2.000! ¡Es la mejor escoba que se haya inventado nunca!

A Hally le brillaron los ojos de sólo recordar la escoba que ella y su hermano habían visto en aquel escaparate en el callejón Diagon.

—Sí, la mejor del mundo hasta que el año entrante salga una nueva y mejorada, y el año siguiente otra, y al siguiente otra, y...

—¿Por qué siempre tienes que arruinarle los sueños a los demás?

—¿Por qué siempre tienes que ser tan cursi? —preguntó Sophia con una sonrisa ladeada— ¿Qué es esa estupidez de los sueños? ¿Y qué demonios tiene que ver con esa escoba nueva de Harry?

—No lo entenderías —dijo Hally girándose indignada antes de entrar en el campo de quidditch.

Había cientos de asientos elevados en tribunas alrededor del terreno de juego, para que los espectadores estuvieran a suficiente altura para ver lo que ocurría. En cada extremo del campo había tres postes dorados con aros en la punta, parecidos a los palitos de plástico con los que los niños muggles hacían burbujas, sólo que éstos eran de quince metros de alto.

A un costado estaban las puertas de los vestidores, donde Sophia y Hally debían limpiar. Se dirigieron hasta allí y vieron que, quienes estuvieron jugando aquel día, habían dejado las escobas tiradas junto a la puerta; las escobas y una pelota roja muy parecida a un balón de fútbol.

Hally salió corriendo hacia las escobas y a Sophia no le quedó de otra que seguirla; sin embargo, justo antes de llegar, dos sombras gigantescas salieron de la puerta de los vestidores, seguidas de una sombra más pequeña.

—¿Otra vez castigadas, Potter y Black?

La voz de Draco Malfoy llegó a los oídos de Sophia como el sonido más molesto y desagradable del mundo, en especial por el sonido que adquiría cuando estaba resguardado por los mastodontes de Crabbe y Goyle.

—¿Y eso a ti qué te importa, Malfoy?

Malfoy le dedicó una mirada de desagrado a Hally mientras sus guardaespaldas daban un paso adelante.

—Me importa porque ustedes dos no deberían seguir en el colegio, sobre todo tú, Black.

Sophia dejó salir una risa desganada y lo miró con los ojos entrecerrados.

—¡Aw! No me digan que al pequeño bebé dragón aún le duele el puñetazo de hace una semana. Pobre bebé dragón.

—¡Cállate! —exclamó furioso— Si mi padre se enterara de ello...

—Pero no lo hará —lo cortó Sophia—, su hijo es demasiado cobarde como para admitir que fue golpeado por una niña y ni siquiera pudo defenderse.

Malfoy la miró como si quisiera matarla y, por un momento, Sophia creyó que le ordenaría a sus gorilas que lo hicieran; sin embargo, éstos retrocedieron hasta donde estaban las escobas.

—Espero que no tengan mucho que empacar, Black. No creo que la profesora McGonagall las perdone si no cumplen con su castigo.

En ese momento, Crabbe y Goyle pasaron entre ellas y Malfoy, ambos montados sobre las escobas que había afuera. Agudizando su vista, Sophia pudo ver que Crabbe llevaba bajo el brazo la pelota roja.

Al girarse para encarar a Malfoy, éste ya montaba otra de las escobas y se alzaba en el aire en dirección opuesta.

—¿Qué hará ahora el dúo Potter-Black? —les gritó Malfoy cuando ya estaba fuera de su alcance— No pueden venir por los tres al mismo tiempo. Jamás terminarán antes de que McGonagall o Filch aparezca para ver si cumplieron. ¡Buena suerte de regreso en el mundo muggle!

—Eso lo veremos —murmuró Sophia antes de correr hacia el resto de escobas que estaban afuera.

Tomó las dos que se encontraban en mejor estado y le pasó una a Hally, quien se limitó a acomodarse las gafas antes de montarse en ella.

Ambas dieron una enérgica patada en el suelo y se elevaron como lo habían hecho en la clase de vuelo. Sin embargo, esta vez era diferente. Esta vez no sólo era elevarse unos metros sobre el suelo. Esta vez tendrían que avanzar hasta donde Malfoy, Crabbe y Goyle y quitarles las escobas y la pelota. Pan comido.

—Espera aquí —le dijo Sophia a Hally—. Tengo un plan.

Sophia empujó un poco el mango de la escoba hacia adelante sin mucha idea de lo que tenía que hacer, y casi se cae del asombro al ver que la escoba empezaba a avanzar.

—Mierda, lo estoy haciendo —murmuró antes de lanzarse hacia los tres Slytherin, quienes estaban juntos a unos cincuenta metros de ella.

—¿Qué pasa, Black? —dijo Malfoy con una sonrisa en el rostro— ¿Es que tu amiguita no heredó el talento de su hermano?

Sophia miró con disimulo la pelota bajo el regordete brazo de Crabbe, antes de sonreírle descaradamente a su primo.

—Voy a advertirte solo por esta vez, dragoncito, regrésame las escobas o te irá peor que la semana pasada.

Malfoy palideció un poco, pero al ser consiente de que él tenía a Crabbe y Goyle de su lado, y que ellas solo eran dos niñas, la sonrisa reapareció en su rostro.

—Si tanto quieres las escobas, entonces ven por ellas, gatita.

Sophia soltó una carcajada y lo miró con sorna.

—¿Qué? ¿Acaso el gran Draco Malfoy está bromeando conmigo?

La sonrisa socarrona de Malfoy se borró enseguida, y un ligero color rosa cubrió sus mejillas antes de girarse.

En ese momento, mientras Malfoy pensaba en qué contestar y sus mastodontes lo veían esperando ordenes, Sophia llevó una mano a la espalda e hizo una seña con los dedos, que rezó para que Hally viera.

Al estar tan alto, ninguno de los tres niños se dio cuenta de que Hally pasó volando por debajo de ellos hasta que embistió por detrás a Crabbe, quitándole la pelota en el proceso.

Malfoy entornó los ojos cuando vio a Hally sostener la pelota en alto y, con un gesto con la cabeza, le indicó a Crabbe que la siguiera.

Hally a su vez le hizo un gesto a Sophia, indicándole que volara hacia la derecha mientras ella tomaba el camino contrario antes de escapar de las garras de Crabbe.

Hally iba a toda velocidad, resguardando la pelota bajo el brazo, y esperó a que Crabbe estuviera lo más cerca posible de ella para hacer descender la escoba de súbito y arrojarle la pelota a Sophia con todas sus fuerzas.

Sophia atrapó la pelota a unos cincuenta metros de donde Hally la había lanzado, alzándola en el aire presumiendo su gran atrapada.

Malfoy apretó la mandíbula y envió a Goyle tras Sophia.

Sophia decidió que sería divertido ver a Goyle mareado sobre una escoba, por lo que, sin pensar siquiera en lo que estaba haciendo, empezó a zigzaguear con la escoba, dando peligrosas vueltas de vez en cuando, logrando desorientar a Goyle.

Vio que Hally ya volaba inquieta cerca de ella, y Crabbe la seguía de cerca, así que le lanzó la pelota a unos veinte metros por delante.

Afortunadamente, Hally captó la idea de Sophia a tiempo y se lanzó a todo lo que daba sobre la pelota, tomándola y elevando la escoba a tiempo para que Crabbe no le tomara el vuelo de la túnica.

Por supuesto, Sophia notó que Goyle no dejaba de seguirla, y se le ocurrió un plan para deshacerse de ambos mastodontes.

Giró la escoba y emprendió el vuelo a toda velocidad en dirección a Hally, como si quisiese estrellarse de frente con ella.

Hally la miró como si estuviera loca, hasta que Sophia le guiñó un ojo y le señaló con la cabeza a Goyle. Hally pareció entender la indirecta, porque sonrió ampliamente y aumentó la velocidad de su vuelo.

Sophia dio gracias a que los cerebros de Crabbe y Goyle eran tan pequeños que ninguno de los dos se daba cuenta de lo que pasaba.

Justo antes de estrellarse una con la otra, Sophia giró la escoba hacia la derecha y Hally hacia la izquierda, librándose del choque por poco. Quienes no se libraron fueron Crabbe y Goyle, quienes no tuvieron tiempo para girarse y, soltando alaridos de miedo y dolor, se estrellaron uno contra el otro, cayendo al suelo aturdidos y sin poder levantarse.

Sophia y Hally se acercaron y chocaron los puños de lo más contentas.

—¿Y qué haremos con bebé dragón? —preguntó Hally señalando a Malfoy con la cabeza.

Sophia se giró y lo vio, temblando y más pálido incluso de lo que ya era, y una malvada idea le llegó a la mente.

—¿Te parece si lo escoltamos a las gradas?

—Yo voy por la derecha —dijo la pelirroja captando la idea—, tú ve a la izquierda.

Ambas volaron hacia Malfoy a toda velocidad. Al darse cuenta, el Slytherin se giró e intentó huir.

Rápidamente, Sophia y Hally lo alcanzaron y cada una de colocó a un lado de él, dejándolo atrapado en medio.

Malfoy empezó a chillar, en especial cuando notó que las niñas lo dirigían hacia las tribunas.

—¡Ahora! —exclamó Sophia y ambas se separaron de Malfoy justo un segundo antes de llegar a los asientos, haciendo que el chico (que había cerrado los ojos aterrado) se estrellara de lleno contra ellos.

—Creo que volar no es lo tuyo, dragoncito —se burló Sophia antes de bajar y recoger la escoba en la que iba Malfoy.

El chico ni siquiera se atrevió a mirarla, demasiado avergonzado y adolorido, ni siquiera pudo levantar el rostro del suelo de la tribuna.

Sophia y Hally descendieron hasta donde Crabbe y Goyle, aún tendidos en el suelo, trataban de recordar sus propios nombres.

Sophia le pasó a Hally la escoba de Malfoy y tomó las de los mastodontes, que afortunadamente no habían sufrido gran daño, y volvió a montar su escoba para guardarlas en los vestidores junto con la pelota (que Hally no había soltado en todo el rato).

—¡El mejor castigo de mi vida! —exclamó Hally haciendo una pirueta en el aire que casi la tira de la escoba.

—Si sigues haciendo tanto escándalo te escuchará todo el castillo, mono de circo —dijo Sophia entre risas.

—Tal vez no todo el castillo, Black, pero de seguro nosotros sí.

La voz de la profesora McGonagall les hizo perder el equilibrio y ambas cayeron de las escobas lanzando gritos de terror. Como siempre, Sophia cayó acostada bocabajo, y Hally le cayó sentada encima.

Como pudo, Sophia se sacó a Hally de encima y, mientras la pelirroja buscaba sus anteojos en el suelo del campo, Sophia clavó la vista en las puertas de la entrada, donde la profesora McGonagall las veía con censura, Harry con la boca abierta y un chico alto y corpulento, al parecer de Gryffindor, con una expresión esperanzada en el rostro.

—Gracias por la ayuda —murmuró Hally cuando encontró sus lentes y se incorporó, limpiando los cristales con el dobladillo de su túnica.

La pelirroja se colocó los lentes y un escalofrío le recorrió la espalda cuando vio a la jefa de Gryffindor frente a ellas.

—Esto... ¡Profesora McGonagall! —exclamó Hally tratando de sonar lo más tranquila posible— Q-qué milagro verla fuera del castillo. Hace una tarde hermosa, ¿no le parece? Un día ideal para dar un paseo por...

—Guárdese sus trucos, Potter. Ninguno le servirá esta vez.

—¡Pero profesora! —saltó Sophia— Han sido ellos los que han empezado. Malfoy y sus mandriles han venido y...

—¡Señorita Black! No le permito que le falte el respeto a sus compañeros.

—Pero ellos vinieron a buscar pleito. Nosotras...

—Basta, Black. Vi lo que pasó, y te aseguro que el joven Malfoy y sus secuaces recibirán su debido castigo por intervenir en el vuestro —dijo sin cambiar su expresión severa—. Lo que no apruebo es su método para resolver sus problemas. ¿Es que no pensaron en avisarme o esperar a que llegara para supervisar?

—¡Pero ellos nos provocaron!

McGonagall miró a Hally por encima de sus gafas.

—¿Y desde cuando un Gryffindor cae tan bajo como para ceder ante las provocaciones de un Slytherin? Y en lo que respecta a su castigo... ¡Wood!

El chico corpulento que la acompañaba junto con Harry dio un paso adelante sin despegar la vista de Hally y Sophia.

—Creo que hemos encontrado a tus cazadoras —dijo McGonagall enérgicamente.

La cara del tal Wood se iluminó, mientras que Sophia y Hally veían a McGonagall como si acabara de declararle su amor a Dumbledore.

—No —dijo Hally sonriendo nerviosa—, ya en serio. Díganos cuál será nuestro castigo, profesora. ¿Limpiar los servicios del segundo piso?

—¿Detención por un mes? —le siguió Sophia.

—¿Limpiar la sala de trofeos?

—¿Limpiar la sala de transformaciones?

—¿Peinarle la barba al profesor Dumbledore?

—¿Lavarle la ropa a la profesora Sprout?

—¿Bañar a la señora Norris?

—¿Lavarle el pelo a Snape?

—¿Destapar...? ¡Oye! Ni loca pongo mis manos sobre eso. No quiero ahogarme con toda esa grasa que trae encima.

—¿Y tú crees que yo quiero ponerle un dedo encima a la amante de Filch? Estas mal, Colmillos.

Mientras las niñas seguían buscando razones cada vez más ridículas para no acercarse al profesor de pociones o a la gata del conserje, la profesora McGonagall las miraba con asombro y reprobación a la vez; Wood escribía algo en una pequeña libreta y murmuraba de forma vehemente cosas como "estrategia" y "coordinación exacta" y Harry se golpeaba la frente con la palma de su mano.

—¡Suficiente! —exclamó McGonagall perdiendo la paciencia— Ustedes dos, jovencitas, deberían empezar a tomarse más en serio las cosas. ¡Están en un colegio, por Merlín! Deberían apreciar más...

Mientras la profesora McGonagall las sermoneaba, Sophia pensaba en la posibilidad de formar parte del equipo de quidditch, y ciertamente no le agradó. Claro que ella era una gran fanática del deporte, pero de ahí a practicarlo había mucho trecho, ya que para estar en un equipo debía de seguir reglas, cumplir horarios y trabajar en equipo; tres factores imposibles de cumplir para Sophia.

—... así que a menos de que quieran limpiar el despacho de Filch por un mes, ambas aceptarán entrar al equipo de quidditch de Gryffindor como cazadoras.

De repente, la idea de pertenecer al equipo no le pareció tan mala a Sophia, y al menos estaría con Harry y Hally.

—¡Por supuesto que nos uniremos! —saltó Hally emocionada— ¿Dónde firmo? ¿Qué hay que hacer?

Sophia se encogió de hombros y dejó salir un suspiro.

—Si no hay de otra...

La profesora McGonagall la observó por un momento antes de girarse hacia Harry y el tal Wood.

—Wood, tengo entendido que venías a explicarle las bases del juego al joven Potter.

—Así es, profesora —respondió él levantando la vista de su libreta.

—Bien, en ese caso la señorita Potter se queda aquí para que también le explique a ella todo lo que deba saber.

Sophia abrió la boca, pero de nuevo la profesora pareció leerle la mente.

—No, Black, usted regresa conmigo al castillo. Tengo entendido que usted es prácticamente una experta en quidditch así que no necesitará esta explicación.

Sophia resopló y rodó los ojos. Siempre ella.

—No me haga reconsiderar su castigo, señorita Potter —le dijo McGonagall a Hally antes de dar media vuelta y empezar a caminar hacia el castillo.

Sophia se despidió de los mellizos con la mano y empezó a caminar perezosamente tras la profesora, hasta que recordó lo que había pasado esa noche.

—Hey, profesora McGonagall.

McGonagall la miró por el rabillo del ojo sin dejar de caminar.

—¿Qué pasa con Malfoy, Crabbe y Goyle? —una sonrisa malvada se formó en sus labios— ¿Va a dejarlos toda la noche ahí?

—No sea incoherente, Black. En cuanto encuentre al conserje Filch le pediré que los recoja y los lleve con el profesor Snape, quien se encargará de su castigo.

Sophia abrió la boca indignada.

—¿Quiere decir que no habrá castigo para ellos?

—Dije que el profesor Snape se encargará de ello.

—¡Exacto!

Llegaron al vestíbulo y la profesora McGonagall se detuvo para hablar de frente.

—Creo que usted no está en posición de discutir, ¿no le parece, Black?

Sophia chasqueó la lengua y desvió la mirada.

—Diga lo que quiera, profesora, pero sabe que tengo razón. Además... yo ni siquiera sé si quiero estar en el equipo.

—¿Y eso por qué? —preguntó McGonagall confundida— Según tenía entendido, usted es una gran fanática de quidditch.

Sophia sonrió de lado.

—Sí, pero también ha de tener entendido que no soy fanática de las reglas, y estar en un equipo implica seguir muchas de ellas. No creo aguantarlo mucho tiempo.

McGonagall guardó silencio un momento.

—Bueno, supongo que no lo sabrá si no lo intenta. Además, a los señores Potter les haría mucho bien tener a su mejor amiga a su lado.

Siguieron caminando en silencio hasta llegar a la entrada a la torre de Gryffindor, McGonagall dijo la contraseña y la señora gorda abrió el retrato.

—Por cierto, Black —la detuvo la profesora—, no sé cómo vayas a tomar esto pero... tu padre tampoco quería unirse al equipo de quidditch cuando estudiaba en Hogwarts. Su mejor amigo tuvo que convencerlo para que lo hiciera. Al final, aceptó entrar como cazador y terminó siendo capitán del equipo. No digo que sea el mejor ejemplo pero... —suspiró— Lo que quiero decir es que no sabrás que tan buena eres en algo o qué tanto te apasiona si no lo intentas.

Sophia estaba en shock. No podía creer lo que estaba escuchando y menos que la misma McGonagall se lo estuviera contando.

McGonagall se aclaró la garganta para llamar la atención de Sophia.

—¿Qué espera? Suba —dijo McGonagall—. Mañana tiene Transformaciones a primera hora y no quiero que usted y Potter lleguen tarde otra vez, ¿quedó claro?

—Sí, profesora —dijo Sophia antes de subir por el agujero.

Dentro de la sala común (que por suerte estaba desierta), Sophia se desplomó en el asiento más cercano a la chimeneas in poder creerse todo lo que había pasado en un solo día. Primero, la dichosa nota del admirador secreto; segundo, Hally y ella habían entrado al equipo de quidditch sin siquiera intentarlo; y tercero, la mismísima Minerva McGonagall le había contado que su padre había estado en el equipo de quidditch en su paso por Hogwarts, y que además llegó a ser capitán.

Se sentía abrumada. No tenía idea de que pensar al respecto. ¿Cómo demonios se suponía que debía actuar luego de saber que, como ella, su padre no había querido unirse al equipo de quidditch de su casa en un primer momento? Lo que la llevaba a preguntarse a qué casa había pertenecido en Hogwarts.

Se sentía tan miserable por no saber ni siquiera eso. Al menos los gemelos sabían que sus padres habían estado en Gryffindor, que los habían amado como a nada en el mundo y que si habían muerto había sido por protegerlos a ellos.

¿Y qué tenía ella? Solamente sus nombres y un relicario con sus estúpidas fotos. Claro, además de saber que su madre se suicidó luego de tratar de entregarla a Voldemort y que su padre estaba en la cárcel por múltiple asesinato y que muy probablemente jamás lo volvería a ver.

Sophia era consciente de que no debería interesarle conocer más sobre esas personas, que a pesar de fueron las que le dieron la vida, también le dieron la espalda cuando más los necesitaba, y todo por seguir las órdenes de ese maldito obseso a la pureza de la sangre. Sin embargo, deseaba conocer más, necesitaba conocer más, quizás porque no creía, o no quería creer que sus padres hayan sido tan malos; o simplemente porque desde que recuerda ha tenido tendencias masoquistas y quería seguir ahondando en el remolino que era su pasado solo para terminar por destruirse a sí misma.

Lo único cierto era que ahora más que nunca estaba decida a averiguar más sobre sus padres. Sobre todo porque le enfermó la idea de ser la última en enterarse de las cosas, en especial cuando tenían que ver directamente con ella.

.

.

.

El primer Halloween de Sophia en el castillo había resultado bastante interesante.

Primero, el profesor Flitwick los puso a trabajar en parejas durante la clase de Encantamientos, y mientras ella y Hally habían formado una pareja, y Harry y Seamos Finnegan otra, al pobre de Ron le había tocado justamente con Hermione Granger.

A dos meses de compartir habitación y clases con ella, Sophia se había dado cuenta que Hermione no era tan mala como parecía, simplemente tenía problemas para interactuar con los demás. Y quién la culparía, siendo la única chica hija de muggles en el curso. Pero aún con eso, Sophia se negaba a dar el primer paso. Claro que estaba dispuesta a hablar con ella, e inclusive tratar de ser su amiga, pero según su punto de vista, era Hermione quien debía buscar un acercamiento entre ellas, y no al revés.

Ese día Hally había amanecido, según ella, perezosa para todo lo que no fuera quidditch o Transformaciones, así que sin importarle que Flitwick la descubriera, se quedó dormida sobre su escritorio.

Al no tener ni con quien hablar, Sophia empezó a practicar el hechizo que Flitwick les indicó.

—¡Wingardium Leviosa! —exclamó por segunda vez, y la pluma que Flitwick les había entregado empezó a levitar sobre la mesa hasta llegar a topar contra el techo.

—¡Oh, excelente! —exclamó Flitwick aplaudiendo— Miren todos, ¡la señorita Black lo ha logrado!

—Lo estás diciendo mal. —regañó Hermione a Ron—. Es Win-gar-dium levi-o-sa, pronuncia gar más claro y más largo.

—Dilo, tú, entonces, si eres tan inteligente —dijo Ron con rabia.

Hermione hizo el conjuro y su pluma empezó a elevarse hasta que estuvo a un metro sobre su cabeza, y recibió otro aplauso de Flitwick.

Al terminar la clase, Sophia les dijo a Harry y Ron que se adelantaran mientras ella despertaba a Harry, cosa que consiguió haciéndole cosquillas en la nariz con la pluma que había hecho levitar.

—Uff... no vuelvo a dormirme en Encantamientos —dijo Hally bostezando mientras ambas entraban al salón de Defensa Contra Las Artes Oscuras—, esas son las sillas más incómodas de todo el castillo.

—Exacto —dijo Sophia arrojando sin ninguna delicadeza su bolso al suelo junto a su asiento—. Nada que ver con las de Defensa. ¡Dios! Podría cambiar mi cama por una de estas sin problema.

Sophia se sentó en su silla, estiro sus brazos lo más que pudo y dejó salir un bostezo. Puso sus pies sobre su escritorio y apoyó la silla en las patas traseras, cruzando sus brazos tras su cuello.

Sin embargo, esa posición no duró mucho, ya que cuando Quirrell empezó a hablar sobre los peligros del veneno de doxy (por cuarta clase consecutiva) cuando se dio cuenta de que Hermione no estaba en su asiento habitual, justo al frente de la clase.

Aquello le pareció bastante extraño a Sophia, ya que Hermione se tomaba muy enserio todo lo relacionado a los estudios, así que al terminar la clase le preguntó a los chicos si sabían algo, y mientras Ron se encogió avergonzado en su asiento en el Gran Comedor, Harry le contó lo que había pasado después de clase.

Sophia se sintió terrible cuando lo escuchó, ya que le hizo recordar la manera en que la trataban en la escuela en Little Whinging solamente por ser diferente.

—¡Eres un tonto, Ronald Weasley! ¡Y tú también Harry James! —exclamó Sophia sin poder controlarse, haciendo que ambos nombrados la miraran con miedo (Harry sabía que Sophia solo lo llamaba por sus dos nombres cuando en verdad estaba furiosa con él)— ¿Cómo se les ocurre hacer semejante estupidez? ¿Y qué si es una maldita sabelotodo? ¿Y qué si es una puta rata de biblioteca? ¿Acaso alguno de ustedes dos es perfecto? ¿Lo eres tú, señor tengo demasiados hermanos pero no me esfuerzo en lo más mínimo para destacar? ¿O tú, señor me he olvidado de que alguna vez me trataron como a un puto fenómeno solo porque ahora todo el puto mundo me adora por algo que ni siquiera recuerdo? ¿Saben qué, par de idiotas? Por mí pueden tomar toda su puta mierda hipócrita y metérsela por el...

Hally, quien no sabía si reír o unirse a la discusión, le tapó la boca a Sophia antes de que alguno de los profesores la escuchara.

—Calma, Garras, que si McGonagall llega a oírte serán otras dos semanas de castigo.

Sophia se relajó y Hally retiró su mano.

—Hey, Patil, ¿sabes donde está Granger?

—En el baño de niñas —respondió Parvati, visiblemente intimidad a por el tono de Sophia.

Y sin mirar siquiera a Ron o a Harry, Sophia se echó el bolso al hombro, tomó un par de relámpagos de chocolate y caminó con paso decidido hacia afuera del gran comedor, con Hally detrás de ella.

Sophia entró al baño con un portazo y echó a las chicas que se veían al espejo de los lavabos.

—¿Granger? Sabemos que estás aquí.

—¿Y qué? —se oyó la voz temblorosa de Hermione dentro de uno de los cubículos— ¿Vienes a burlarte de mi Black? ¿Crees que no fue suficiente lo de Ronald? ¿Qué le faltó?

Sophia rodó los ojos y dejó que Hally tratara de dialogar con ella, aunque media hora después no había conseguido mucho.

—... además, ¿no deberían estar en clase?

Sophia resopló cansada.

—Lo mismo va para ti, Granger. Además, no entiendo por qué le has dado tanta importancia a lo que ha dicho Ron.

—¿Y a caso no tiene razón?

Sophia y Hally se miraron sorprendidas ante la declaración de Hermione.

—¿A caso no soy una sabelotodo insufrible sin ningún otro talento que memorizar libros?

—¿Eso es lo que crees? —preguntó Sophia calmada.

—Es lo que todos piensan de mi.

—¿Y a quien le importa lo que piensen los demás? Mierda, si a mi me hubiera importado cuando entré a la escuela en Surrey creo que me habría suicidado el primer día.

Hally miró a su mejor amiga y se dio cuenta de que en verdad, Sophia estaba haciendo un gran esfuerzo por hacer salir a Hermione. Nunca habían hablado de sus malos ratos con nadie, ni siquiera entre ellas mismas, y por lo que se veía, Sophia lo haría por Hermione.

—Al parecer —siguió la rubia—, no es bien visto que una niña se vista como James Dean y mucho menos que actúe como él.

» Cuando llegué a vivir con mis tíos ni siquiera sabía lo que era una radio. No tenía idea de nada. Una de las primeras cosas que hizo mi prima para ayudarme a adaptarme al mundo fue rentar varias películas de moda para que las viera. La primera fue "Rebelde sin causa".

—Mi madre odia esa película —dijo Hermione aún escondida en el cubículo—. Dice que promueve la rebeldía, la delincuencia y la inmoralidad.

—No hables sin haberla visto —respondió Sophia tranquilamente—. La primera vez que la vi yo ni siquiera entendí el argumento. Sólo veía a James Dean con sus chaquetas y su motocicleta. Él era tan genial, no le importaba lo que pensaran los demás. Él era lo que era y punto, el resto del mundo podía opinar lo que quisiera, pero él no cambiaría por ninguno de ellos, porque ninguno de ellos importaba. Y luego esta Madonna.

—Ella es un muy mal ejemplo, Sophia. No deberías...

—Ella es genial —siguió Sophia ignorando la interrupción de Hermione—. Ella tiene estilo propio y no lo cambia solo porque un par de viejas amargadas frunsan el ceño y la llamen inmoral.

» Es por eso que ellos dos son mis ídolos. Ellos son o fueron como quisieron ser, sin importar lo que la gente diga. Por eso, cuando empecé la escuela muggle no me importó que me molestaran por vestirme como yo quisiera o portarme como yo quisiera.

» Y tú tampoco deberías dejar que lo que piensen un par de zoquetes te afecte, Hermione. ¿Qué importa si piensan que eres una odiosa sabelotodo? No tienes que cambiar sólo para agradar les. Tú tienes que ser tú, y si a ellos no les gusta, pues los mandas a la mierda y listo.

—¿Es por eso que eres tan maleducada? —preguntó Hermione luego de un rato en silencio.

—Oh, no —respondió Hally—. Eso solo lo hacía para molestar a las monjas que dirigen el orfanato donde vivo, y la costumbre se le pegó.

—Aún así, no entiendo por qué tomarías de ejemplo a esas... personas. Hay cientos de figuras famosas a las que pudiste tomar como modelos a seguir. ¿Por qué ellos?

» Yo... Yo pasé tantos años encerrada en mi habitación en el asilo, que ni siquiera recordaba cómo era el exterior. Literalmente me caí de la impresión cuando volví a ver la luna.

» No sé si lo sepas, Hermione, pero antes de vivir con mis tíos yo... Yo estuve internada en un hospital psiquiátrico.

Hermione jadeó sorprendida. Tío Ted le había contado a Sophia que esa parte de su historia no era conocida. Todo el mundo creía que ella había sido enviada a una casa de seguridad en el mundo muggle. Los únicos que sabían la verdad eran los Tonks, Dumbledore, Kingsley, ojoloco y ella. Claro que ahora también lo sabían Hermione y los mellizos.

—Luego de que Voldemort fuera derrotado, Dumbledore me llevó a un orfanato muggle dirigido por monjas en Gales. Eso fue el 1 de noviembre de 1980, dos días antes de mi primer cumpleaños. Según Dumbledore, mi magia había empezado a manifestarse mucho antes de lo normal, y eso espantó a las monjas.

»Según él, las monjas intentaron de todo. Psicólogos, médicos, incluso intentaron un exorcismo, pero el sacerdote no encontró pruebas suficientes para hacerlo.

» El 1 de enero de 1981 me internaron en el hospital psiquiátrico Saint Anthony en Gales. Desde que entré, me la pasé siendo drogada, maltratada y electrocutada, hasta que el 2 de noviembre de 1989 el profesor Dumbledore me sacó de allí y me llevó con los Tonks.

» Ahora ya no puedo recordar casi nada de lo que pasó en el hospital, ni siquiera recuerdo de qué color eran las sábanas de mi cama, o si al menos tenía una cama. Pero lo que jamás olvidaré es lo que se siente estar encerrada. Mi ventana estaba sellada con tablas y tenía como diez candados.

» Estar atrapada es la peor sensación que podrías sentir, Hermione. No puedes salir y caminar sobre el pasto, no puedes pasear bajo la luz del sol, no puedes ni siquiera salir al pasillo. Estás atrapada sin poder hablar porque las enfermeras te amordazan y te vendan los ojos para que no las veas tampoco. No puedes caminar ni en tu propio cuarto porque la mayor parte del tiempo estás amarrada de manos y pies a la cama, y cuando te llevan a tus terapias de electroshock o te dan tus baños con hielo te llevan en una silla de ruedas vieja e incomoda con una sustancia pegajosa en el asiento...

Hallyda puso una mano sobre el hombro de Sophia, haciendo que esta parara de hablar de inmediato. De vez en cuando, a Sophia le daban ciertos "ataques". Ella no recordaba casi nada del hospital, pero cuando tenía estos "episodios", era como si alguien más hablara por ella y describiera todo lo que le hicieron a ella durante esos años.

Sophia se limpió las lágrimas que había empezado a derramar sin darse cuenta, preguntándose qué tanto habría dicho. Ella era consciente de lo que pasaba cuando tenía un ataque, pero no siempre recordaba todo lo que decía.

—James Dean era libre. Tenía sus cosas malas, y un mal pasado, pero eso no le impedía ser quien era o hacer lo que quisiera. Igual que Madonna. Es por eso que los admiro. Ellos no se quedaron atrapados. Y tampoco yo lo haré. Y tú tampoco deberías. Nadie debería.

Luego llego el turno de Hally, quien derramó unas cuantas lágrimas mientras contaba que ella no supo su nombre hasta que Hagrid se lo dijo, así como que tenía un hermano mellizo y la manera en que habían muerto sus padres. Contó cómo nadie en el orfanato se acercaba a ella porque unas niñas la vieron levitando un lápiz y empezaron a llamarla fenómeno o poseída, y que su primera amiga había sido Sophia.

Hablando de todo aquello se les fue el resto de la tarde, y ni cuenta se dieron de que había llegado la hora de la cena.

—Yo... —empezó Hermione, cuando un ruido afuera del baño la interrumpió—¿qué fue eso?

Ni Sophia ni Hally pudieron responder, ya que estaban atónitos viendo un troll de tres metros parado justo frente a ellas.

—Demonios –murmuró Sophia justo cuando Hermione salió del baño y pegó un grito de terror.

Sophia retrocedió hasta la pared opuesta a la entrada junto con Hally y Hermione, tratando de pensar en algo antes de que el asqueroso troll las matase a las tres.

El troll no había dado ni tres pasos cuando detrás de él se escuchó la voz de Harry.

—¡Distráelo!

Mientras el troll se giraba hacia Harry, Sophia al fin tuvo una idea tanto estúpida como efectiva.

—Hall, saca a Hermione de aquí —murmuró antes de elevar sus manos en dirección hacia el lavabo más cercano.

Usó todas sus fuerzas y concentración mientras oía a Ron gritarle al troll y golpearlo con un tubo. Al fin, el lavabo se despegó de la pared y fue directo a la cabeza del troll, quien cayó de espaldas y casi aplasta a Harry.

Sophia pudo escuchar unos gritos a lo lejos, al parecer llamándola, pero todo lo que pudo hacer fue maldecir en voz baja antes de que todo se volviera negro.