La melodía de una canción que no recordaba haber oído nunca le resonaba en la cabeza, como cuando Hally cantaba una de sus canciones improvisadas y luego la melodía se le quedaba sonando en la cabeza por horas, sin recordar la letra completa.
Empezó a abrir los ojos con lentitud y se topó con algo que más que sorprenderla, la inquietó: Albus Dumbledore estaba sentado en una silla junto a su cama, tarareando el himno de Hogwarts mientras le quitaba la envoltura a uno de sus deliciosos y adictivos dulces de limón.
—¿P-profesor? —dijo sentándose.
Dumbledore dejó medio envuelto el dulce y miró a Sophia, sonriendo cuando la vio restregarse los ojos, bostezar ampliamente y estirarse lo más que pudo, justo como un pequeño gato.
—Veo que ya estás despierta. ¿Gustas un dulce de limón? —preguntó extendiéndole uno.
—Creí que nunca lo preguntaría —respondió Sophia tomando el dulce, haciendo que el director se riera—. Por cierto, profesor, ¿qué hace en el dormitorio de niñas?
Dumbledore la miró por un momento antes de responder.
—No estamos en el dormitorio de niñas, pequeña. Estamos en la enfermería.
¿Qué demonios?
—Dime, Sophia, ¿qué es lo último que recuerdas?
Sophia hizo una mueca. Le dolía la cabeza, más que cuando Dora la golpeó con el sartén por accidente. Y vaya si le había dolido aquel golpe.
Como un relámpago, todo se le vino a la cabeza, desde que peleó con los chicos hasta que le lanzó el fregadero al troll. Estuvo a punto de contarle a Dumbledore, pero recordó que más de alguna vez la habían castigado por hablar de más.
—¿Cuál es la versión oficial?
Sí, definitivamente sí había valido la pena escuchar al tío Ted sobre las redadas del Ministerio.
Dumbledore sonrió y negó con la cabeza.
—Igual a tu madre, siempre un paso adelante —m.i.e.r.d.a—. La versión oficial es que un troll inexplicablemente logró entrar al castillo, y mientras todos los alumnos fueron enviados a sus dormitorios, la señorita Granger creyó tener lo necesario para derrotar al troll, que la señorita Potter y tú fueron a buscarla cuando notaron su ausencia y luego Harry y el señor Weasley fueron tras ustedes —de seguro Ron y Harry le echaron la culpa—. Desgraciadamente los cinco quedaron atrapados en el baño de chicas junto con el troll, sin embargo, tú lograste neutralizarlo lanzándole un lavabo en la cabeza.
—No lo maté, ¿verdad? —preguntó la niña afligida.
Dumbledore volvió a sonreír.
—Afortunadamente, lo único que hiciste fue dejarlo inconsciente el tiempo suficiente para que fuera llevado de nuevo a su hogar en las montañas sin mayor inconveniente. Tú, por otro lado, no fuiste tan afortunada, ¿no es así?
—¿Yo... me desmayé?
—Efectivamente. Según la enfermera, madame Pomfrey, perdiste el conocimiento a causa de la cantidad de energía que utilizaste para arrojar el lavabo, sumado al hecho de que no ingeriste ningún alimento desde el desayuno, lo cual, permíteme decirte, me hace dudar de que la "versión oficial" sea la verdadera versión de los hechos.
Sophia se sonrojó avergonzada.
—¿C-cómo es que acabé aquí?
—El profesor Snape te trajo. Él, junto con la profesora McGonagall y el profesor Quirrel los encontraron en el baño justo después de que perdieras la conciencia. Según palabras del profesor Snape, Minerva casi se desmaya al verte inconsciente. Como sea, el profesor Snape te cargó hasta aquí, seguido muy de cerca de tus amigos y la profesora, ya que el profesor Quirrel tuvo otra crisis.
Sophia rodó los ojos. Tonto Quirrel, exagerada Minerva, bipolar Snape.
—Claro que toda acción trae sus consecuencias, y la profesora McGonagall tuvo a bien restarle a Gryffindor cinco puntos debido a la imprudencia de la señorita Granger. Aunque luego les subió otros veinte gracias al acto heroico tuyo y de tus amigos.
Sophia sonrió, sabía que Minerva los amaba, o al menos a ella. Luego la sonrisa se le borró.
—Pero... ¿Por qué está usted aquí?
Dumbledore sacó otro par de dulces de su túnica y le respondió mientras le ofrecía uno.
—Sucede que esta mañana, mientras veía el amanecer sentado sobre el tejado de la torre norte, sentí la urgente necesidad de hacer algo diferente, algo fuera de lo común, así que pensé que sería buena idea visitar a una pequeña amiga mía que al parecer había sufrido una descompensación mágica la noche anterior.
Sophia casi se traga su dulce. ¿Dumbledore la consideraba su amiga? ¿El mago más grande de la historia -según le había dicho Dora- la llamaba amiga? Claro que ella era consciente de la simpatía que sentía el director hacia ella, pero de ahí a llamarla amiga había mucho trecho.
Esperen a que tío Ted se entere de esto.
—Espere... ¿A qué se refiere con eso? Deso-despo-despen...
—Descompensación.
—Eso.
—Significa que utilizaste tus poderes sin contar con la energía necesaria, ya que era la hora de la cena y tú no habías comido desde el desayuno —Dumbledore se inclinó hacia adelante y la miró por encima de sus gafas—. Dime, Sophia. ¿Hay algo que quieras agregar a la versión oficial?
Sophia bajó la mirada. No quería mentirle, y menos después de decirle que era su amiga, pero tampoco estaba dispuesta a echar de cabeza a los chicos.
—No, señor —respondió alzando sus ojos grises y clavándolos en los azules del director—. No hay nada que quiera agregar a la versión oficial.
Dumbledore sonrió meneando la cabeza.
—Astuta y leal. Una combinación muy poderosa, y si se usa de manera correcta, muy beneficiosa. Por cierto, creo que aún no has visto los regalos que te han enviado tus compañeros.
Dumbledore señaló la mesa junto a la cama de Sophia, la cual estaba hasta el tope de todo tipo de dulces, desde varitas de regaliz hasta calderos de chocolate.
—¿Todo eso es... Para mí?
—Todo tuyo. De parte de admiradores que escucharon que fuiste tú quien derrotó al troll.
Sophia frunció el ceño. ¿Derrotarlo? Si lo único que hizo fue lanzarle el lavabo a la cabeza. De todos modos estiró su mano hacia la mesa y tomó dos ranas de chocolate.
—Tenga, profesor —dijo extendiéndole una de las ranas al director, quien la aceptó con una sonrisa.
Siguieron comiendo dulces por un rato más, mientras el profesor le contaba historias de su juventud a la niña.
Media hora después, mientras Dumbledore le contaba cómo había convertido accidentalmente a su antiguo maestro de transformaciones en una cabra, la puerta de la enfermería se abrió, dejando entrar a cuatro niños y un semigigante, todos igual de agitados.
—¡Oh, Soph! —exclamó Hally echándosele encima, aprisionándola en un fuerte en incómodo abrazo— Gracias a Dios estas bien. Dime, ¿cómo te sientes? ¿Estas bien? ¿Te duele algo? ¿Te sientes mal? ¿Cuántos dedos ves?
—Ya, Potter, no exageres. Estoy bien, ¿no me ves?
Hally la ignoró y volvió a abrazarla antes de hacerse a un lado y dejarle espacio a su hermano.
Harry también la abrazó, aunque su abrazo duró menos y al separarse, Harry tenía las mejillas rojas. 'Raro'.
—¿Te sientes mejor, Soph?
Sophia rodó los ojos pero no dejó de sonreír.
—Sí, Jamesie, estoy bien.
Harry abrió la boca, probablemente para protestar por los apodos que le ponía su amiga, pero Hagrid levantó a Sophia de la cama y la abrazó con -demasiada- fuerza.
—¡Oh, Sophia! Estaba tan preocupado. Cuando me enteré... Tú inconsciente... ¡Un troll!
—Eh, Hagrid —le llamó Dumbledore —, ¿por qué no vuelves a poner a Sophia en la cama? Aún debe estar algo débil...
—Oh, sí, sí, claro...
Al fin, Sophia pudo volver a respirar en paz.
—No debiste preocuparte, Hagrid —respondió Sophia mientras abrazaba a Ron—. Todo el tiempo lo tuve controlado.
—¡Sophia! —la reprendió una voz chillona que Sophia reconocería donde fuera.
—Sabes que es cierto, Hermione —dijo mientras se dejaba abrazar por la castaña.
—Sí, claro —bufó Hally—. Por eso te desmayaste en pleno baño.
Sophia le sacó la lengua y volvió a recostarse sobre su almohada.
—Yo, eh, sólo vine a dejarte esto, Sophia.
Hagrid le extendió una caja de cartón, dentro de la cual había una docena de galleta-ladrillos recién horneados.
—Gracias, Hagrid —respondió la azabache sonriendo. Ya le encontraría un buen uso a asas galletas de cemento, muy probablemente en su próxima broma, ya fuera a Malfoy o a Parkinson.
Luego de eso, Dumbledore anunció que se retiraba, llevándose a Hagrid con él.
—Por cierto —dijo el director desde la puerta—, madame Pomfrey debe regresar en unos minutos. Le dije que podía tomar su almuerzo en el gran comedor mientras yo cuidaba de su única paciente, y la hora del almuerzo casi termina. Estará furiosa cuando se entere de que Sophia despertó y no le avisé. ¡Ya qué!
Sophia sonrió de lado. Vaya que tenía amigos raros.
—No me digas que todo esto te lo enviaron a ti.
Sophia se giró a ver a Hally, quien apuntaba a la mesa junto a su cama, la cual después de media hora junto a Dumbledore, sólo tenía la mitad de dulces que al principio.
—Dumbledore dijo que me lo enviaron mis admiradores.
Sophia vio a Harry removerse incómodo, pero no le dio importancia. En su lugar, se giró hacia la mesa y les dijo a sus amigos que se sirvieran.
—Oh, por San Merlín —susurró Hally tomando algo de sobre la mesa—. Dime por favor que ya la habías visto.
Sophia miró lo que Hally tenía en la mano, y sus ojos se abrieron como platos. Era una palomita de papel, exactamente igual a la que le habían enviado el día en que se unió al equipo de quidditch.
Hally le extendió extendió la palomita a Sophia, y en el momento en que esta hizo contacto con sus dedos, se desbarató sobre su regazo como lo hizo aquella otra vez, formando una nota con los pedazos sobrantes. Ésta, sin embargo, era algo más larga que la anterior:
Fuiste muy valiente anoche, fierecilla, muy Gryffindor de tu parte. Espero que estés mejor. Extrañé tu lindo rostro en el desayuno.
–D.
Sophia sintió sus mejillas calentarse, lo cual la enojó bastante. ¿Quién demonios se creía ese tipo para decirle esas cosas? O escribirlas, o lo que fuera. El que alguien le dijera esas cosas la ponía nerviosa, bastante nerviosa. Y el no saber quién lo hacía sólo la ponía peor.
Claro que no tuvo tiempo de reaccionar adecuadamente, ya que en ese momento, Pomfrey entró hecha una fiera y los echó a todos de la enfermería. Se veía tan enojada que Hally sólo tuvo tiempo de arrebatarle la nota a Sophia de las manos y guardársela en la túnica antes de salir corriendo tras sus amigos.
Y por el resto del día el único pensamiento que ocupó la mente Sophia era que tenía que averiguar quién demonios era este dichoso D y deshacerse de él antes de que pudiera seguir avergonzándole con más de sus dichosas palomitas.
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—No, ¡es imposible que no hayas hecho trampa!
—Vuelves a decir eso, Fred Weasley, y tendrás el cabello rubio por una semana.
—Admito que sería un rubio sexy, pero ¡vamos! Tienes que haber hecho algo. Nadie me ha ganado nunca en Snap explosivo.
—Excepto Bill.
—No me ayudes, Georgie.
Sophia bufó y cerró los ojos, tratando de calmarse.
Era la noche antes del primer partido de quidditch, y ya que Harry y Hally habían ido a pedir de vuelta un libro que Snape les había quitado esa mañana, y Hermione estaba ayudando a Ron con su ensayo de Encantamientos, Sophia pensó que sería bueno desestrezarse jugando una partida de Snap Explosivo. Y ahí estaba ella ahora, aguantando la escena que le había montado Fred Weasley aka la peor reina del drama de todas, solamente porque le ganó en la primer partida.
Sophia se sorbió la nariz, se acomodó su bufanda púrpura con la estrella del Pride of Portree y maldijo en voz baja por el frío que había empezado a invadir el castillo desde el inicio de Noviembre. Desde el incidente con el troll y su plática con Dumbledore.
Desde ese día, Hermione había empezado a juntarse con ellos, y ya no era una odiosa adoradora de la disciplina y de todo lo que es aburrido. Ahora incluso les ayudaba con sus tareas, en especial a los mellizos y a Sophia, ya que con todas las prácticas del equipo, apenas y les quedaba tiempo para dormir. Maldito Wood y su falta de vida social.
Y las prácticas se habían vuelto aún peor con el frío. El estúpido frío que los tenía a todos moqueando o estornudando. Y lo peor era que ni sólo afectaba a los alumnos, sino también a las lechuzas encargadas de la correspondencia. Y Áyax no era la excepción. El pobre había llegado al dormitorio esa misma mañana con las alas entumecidas, y Sophia no había dudado en envolverlo en cada bufanda, jersey y calcetín de lana que había encontrado.
Y ahora que lo recordaba, ya iba siendo hora de ir a verificar que su bolita de plumas, lana y algodón siguiera respirando. Jamás se perdonaría si algo le pasara a su hermoso, huraño y engreído búho.
—Sí, lo siento chicos pero debo llevármela a... A hablar cosas... cosas... de chicas... ¡Hasta mañana!
La voz de Hally se oyó como un murmullo lejano, pero Sophia se dio cuenta de que había estado justo junto a ella, ya que enseguida sintió que la jalaban hacia las escaleras del dormitorio femenino. Ni siquiera pudo despedirse de los chicos... claro que, con la escenita de Freddie-Queen, era mejor no hablarles hasta mañana.
—¿Y bien? —preguntó Hermione, quien al parecer también había subido con ellas al dormitorio— ¿Vas a contarnos qué pasó?
—Bien —respondió Hally sentándose a la orilla de su cama —. Cuando Harry y yo nos dirigíamos a la oficina de Snape para pedir el libro, nos dimos cuenta de que ninguno de los dos sabía dónde estaba esa dichosa oficina, así que decidimos ir a la sala de maestros. Pero...
Hally hizo una pausa. De esas pausas tontas que según ella le daban drama a lo que decía.
—Pero... —la apuró Hermione con impaciencia.
—Pero cuando entramos vimos una escena tan perturbadora e increíble, que le juré a Merlín que dejaría de hacer bromas por el resto de mi vida si me concedía una cámara en ese instante.
Otra pausa.
—¿Y? —volvió a insistir Hermione.
—Y nada, que Merlín no me dio mi cámara, así que podré seguir haciendo bromas hasta que me muera.
—¡Hally!
—Déjate de juegos y dinos lo que viste, Lilian o te juro que te golpearé.
—Ok, ok, sensibles —murmuró Hally antes de seguir con su relato—. Snape estaba sentado, con la túnica subida, dejando al descubierto su pierna llena de sangre. Filch también estaba ahí, él le estaba pasando vendas.
Hermione se cubrió la boca espantada, y Sophia suspiró. Ya sabía a dónde quería llegar la pelirroja.
—Pero lo peor fue lo que Snape le dijo —Hally se aclaró la garganta y trató de imitar la voz de Snape, arrastrando las palabras —: ¿Cómo es posible que alguien pueda vigilar tres cabezas a la vez?
—Bien —dijo Sophia—. Dumbledore lo envió a revisar si lo que guarda el perro sigue seguro, y el perro decidió que el buen Sevie se veía demasiado delicioso como para no darle una provadita. ¿Eso era todo?
En realidad, Sophia sabía perfectamente que Hally —y apostaba que también Harry— pensaba que Snape había tratado de robar ese lo-que-sea que guardaba el perro de tres cabezas, pero a Sophia la idea no la convencía. Había visto muchas telenovelas junto a tía Andromeda como para saber que nada es lo que parece, y que a veces el personaje menos pensado era el villano. Merlín sabía lo mucho que se aprendía en las telenovelas.
—¿A caso no lo entiendes, Garras? ¡Snape fue quien metió el troll al castillo! ¡Él quería una oportunidad para entrar a la trampilla sin que nadie se diera cuenta, y usó al troll para distraer a los demás!
—Pero Hally —dijo Hermione—. Sé que el profesor Snape parece malo, pero no creo que sea capaz de intentar probar algo que Dumbledore custodia.
—¡Exacto! —exclamó Sophia con vehemencia— Dumbledore es el mago más poderoso del mundo, no creo que haya alguien que pueda engañarlo. Y debe confiar mucho en él si lo tiene dando clases en Hogwarts.
Hally suspiró.
—Aun así, creo que sería bueno tenerlo vigilado por si acaso.
—Lo que digas Colmillitos, descansa —dijo Sophia caminando hacia su cama—. Buenas noches, Herms.
—Buenas noches, a ambas.
Sophia abrió las cortinas de su cama y se encontró con la acusadora mirada dorada de su búho.
—¡Oye! Era esto o dejarte morir congelado —explicó mientras se metía en la cama sin molestarse ni en quitarle toda la ropa que envolvía a su búho, ni en ponerse su pijama antes de dormir.
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—Te dije que no comieras tantas salchichas fritas —dijo Sophia.
Hally hizo una mueca.
—¿Quién te entiende, mujer? A Harry casi lo matas porque no comió nada en el desayuno, ¿y a mi me quieres lapidar porque sí lo hice?
Sophia rodó los ojos. 'Merlín, dame paciencia'.
—Pero nadie te mandó a comerte todas las salchichas de la fuente.
Sin embargo, Sophia no podía culparla. Ella misma se había comido cinco tostadas con mermelada, y todo por los nervios del bendito partido.
Mientras entraban a los vestidores para la charla de Wood, Sophia echó un vistazo hacia las gradas, pensando que enserio había demasiada gente. Aunque claro, el partido sería de Gryffindor contra Slytherin, así que era lógico que hubieran tantos espectadores. Eso y que nadie quería perderse del primer partido de la nædàry de los niños que vivieron.
Sophia negó con la cabeza antes de entrar a los vestidores, donde se colocó su túnica escarlata con el número 8 y su apellido en la espalda, los cuales iban en letra dorada; se puso sus zapatos deportivos y se trenzó el cabello para que no se le viniera a la cara en pleno vuelo.
Wood se aclaró la garganta para pedir silencio.
—Bueno, chicos —dijo.
—Y chicas —añadió la otra cazadora del equipo, Angelina Johnson.
—Y chicas —dijo Wood—. Éste es...
—El grande —dijo Fred Weasley
—El que estábamos esperando —dijo George.
—Nos sabemos de memoria el discurso de Oliver —les dijo Fred a Sophia y a los mellizos—. Estábamos en el equipo el año pasado.
—Callense los dos —ordenó Wood—. Éste es el mejor equipo que Gryffindor ha tenido en muchos años. Y vamos a ganar.
—Bien. Ya es la hora. Buena suerte a todos.
Entraron al campo, en medio del cual la señora Hooch los esperaba con su escoba en mano.
Sophia miró de nuevo hacia los hacientos, donde en medio de tanto alumno vio los estandartes que habían hecho Seamus y Dean con unas sábanas que la rata de Ron había arruinado. En una decía "Harry Potter para presidente", en otra " Hally Potter es la ley" y en otra "Sophia Black, princesa de Gryffindor". También tenían una con el león de Gryffindor, dibujado por Dean y hechizado por Hermione para que cambiará de color.
Al fin, la señora Hooch dio la orden para que los equipos subieran a sus escobas, y en el momento en que montó su Nimbus 2000, Sophia sintió que toda la tensión que tenía desaparecía.
Sophia sonrió. Al día siguiente de ser reclutada para el equipo, le había mandado una nota a tía Andromeda para que sacara dinero de su cámara en Gringotts y le comprara la escoba (su intención era comprar también la de Hally, pero ella se le adelantó diciendo que ya había ordenado la suya). Y no fue hasta que voló por primera vez en esa escoba, que entendió la obsesión de Hally por la famosa Nimbus. Aquello era algo de otro nivel, nada parecido a las escobas del colegio.
—Y la quaffle es atrapada de inmediato por Angelina Johnson de Gryffindor... Qué excelente cazadora es esta joven y, a propósito, también es muy guapa...
—¡JORDAN!
—Lo siento, profesora.
Sophia sonrió divertida. Cuando Lee le dijo que él era el comentador no podía creerlo, y menos cuando los gemelos le contaron lo terrible que la pasaba la profesora McGonagall con lo poco objetivo que era el chico.
—¡Garras!
El grito de Hally la hizo volver al partido.
Luego de un par de jugadas fallidas de Slytherin, Hally fue capaz de quitarle la quaffle a uno de ellos, y se dirigió a toda velocidad hacia los postes de Slytherin mientras Lee hablaba de lo bonita que era.
Cuando uno de los cazadores le bloqueó el paso, Hally le pasó la quaffle a Sophia, quien esquivó una bludger que le iba directo a la cabeza. Frente a ella había medio equipo de Slytherin, pero gracias a jugar a las atrapadas tanto tiempo con Hally y a escapar de matones junto a Harry, Sophia pudo pasarlos sin problemas.
Voló con rapidez hacia el poste izquierdo de Slytherin, que era el que defendía en aquel momento el guardián, y justo cuando el tipo pensó que Sophia tiraría, la rubia le pasó la pelota a Hally, quien venía volando desde atrás.
Hally atrapó la pelota y la arrojó al aro derecho, por lo que el guardián no tuvo tiempo de llegar, y aquel se convirtió en el primer gol de Gryffindor, el primer tanto que marcaba Hally y la primera jugada maestra del dúo Black-Potter, porque Black-Potter sonaba muchísimo mejor que Potter-Black.
Siguieron así por un rato, incluyendo a Angélica en algunas de las jugadas. Los vítores y aplausos de aquel primer tanto les habían dado el ánimo de soltarse y empezar a jugar como en los entrenamientos, sin presión. Tanto era así, que pronto Gryffindor estuvo cien puntos arriba de Slytherin.
Luego el partido se vino abajo.
Sophia notó que Hally había dejado de seguirle las jugadas, la buscó con la vista y la encontró junto a Harry. Ambos se aferraban a sus escobas mientras sus escobas vibraban y se movían violentamente en el aire.
—¡Fred! ¡George! —llamó Sophia a los gemelos, mientras uno de los cazadores de Slytherin marcaba el primer tanto para su equipo.
Sophia les señaló hacia donde estaban Hally y Harry y enseguida se lanzaron ambos hacia los mellizos con Sophia detrás.
Sophia jadeó asustada cuando, al querer Fred acercarse a Harry para pasarlo a su escoba, la Nimbus del azabache se batió en el aire y subió aún más alto, y lo mismo pasó con la de Hally.
—Mierda —murmuró Sophia, con las manos temblorosas.
Los gemelos, al ver que no podían acercarse, se dejaron caer y empezaron a volar en círculos bajo los mellizos, esperando al menos poder atraparlos si se caían de las escobas.
Al ver que no podía hacer nada más por sus amigos, Sophia giró su escoba y regresó al partido, donde ahora además de marcar tantos, tendría que esquivar las bludgers y esperar a que Angelina recordará las jugadas de los entrenamientos.
—Y la guapa de Sophia robó la bludger... ¡Por Merlín, qué maniobra! Venga... Sophia tira y...¡FALTA! ¡UNA BLUDGER LE HA DADO EN LA MUÑECA! Maldito hijo de p...
Esta vez la profesora McGonagall no corrigió a Lee, y más bien parecía que coreó lo que él dijo.
Luego de un par de duras jugadas, una bludger le dio en la muñeca a Sophia, quien no pudo contener un grito adolorido que no se escuchó gracias a las protestas y abucheos de las gradas de Gryffindor. Sentía como si le hubieran golpeado con un mazo. Definitivamente, ya no podría seguir jugando.
Sophia estuvo a punto de caer de su escoba cuando un par de fuertes brazos la rodearon desde atrás.
—Eh, muñeca ¿qué tienes?
—Fred —gimió Sophia—... Harry y... Hal-lly...
Fred frunció el ceño.
—Ya están bien muñeca. Sus escobas volvieron a ser normales. Harry... Él atrapó la snitch... ¿Qué pasó, Soph?
Sophia se sostuvo la muñeca y volvió a gemir adolorida.
—B-blud-gerr...
Fred ayudó a bajar a Sophia y la llevó al ala médica, donde la enfermera le vendó la muñeca y le dio una poción para el dolor. Según ella, solamente había sido una torcedura, y no había nada de qué preocuparse. Incluso llamó a Sophia exagerada, pero la azabache estaba tan aliviada con la poción que ni siquiera le tomó importancia.
Al salir del ala médica, se reunió con el resto del equipo y felicitó a Harry por haber atrapado la snitch, aunque ahora el azabache parecía más concentrado en la muñeca bendada de su amiga que en su reciente victoria.
Sophia le dio las gracias a Fred por ayudarla y mientras él iba con George y Lee para celebrar, Hagrid la cargó sobre sus hombros y se fueron junto con Hermione, Ron y los mellizos hacia su cabaña a tomar el té.
—Era Snape —explicaba Ron—. Hermione y yo lo vimos. Estaba maldiciendo tu escoba. Murmuraba y no te quitaba los ojos de encima.
Sophia lo miró mal desde el suelo, en donde jugaba junto a Fang.
—Tonterías —dijo Hagrid, que no había oído una palabra de lo que había sucedido—. ¿Por qué iba a hacer algo así Snape?
—Descubrimos algo sobre él —dijo Harry a Hagrid—. Trató de pasar ante ese perro de tres cabezas, en Halloween. Y el perro lo mordió. Nosotros pensamos que trataba de robar lo que ese perro está guardando.
Hagrid dejó caer la tetera.
—¿Qué saben de Fluffy? —dijo.
—¿Fluffy?
—Ajá... Es mío... Se lo compré a un griego que conocí en el bar el año pasado... y se lo presté a Dumbledore para guardar...
Sophia hizo nota mental de preguntarle cuánto le había costado. No le vendría nada mal tener un Fluffy.
—¿Sí? —dijo Harry con nerviosismo.
—Bueno, no me pregunten más —dijo con rudeza Hagrid—. Es un
secreto.
—Pero Snape trató de robarlo.
Sophia rodó los ojos.
—Tonterías —repitió Hagrid—. Snape es un profesor de Hogwarts, nunca
haría algo así.
—Entonces ¿por qué trató de matar a Hally y Harry? —gritó Hermione.
Los acontecimientos de aquel día parecían haber cambiado su idea sobre
Snape.
—Yo conozco un maleficio cuando lo veo, Hagrid. Lo he leído todo sobre ellos. ¡Hay que mantener la vista fija y Snape ni pestañeaba, yo lo vi!
—Les digo que están equivocados —dijo ofuscado Hagrid—. No sé por qué la escoba de Harry reaccionó de esa manera. .. ¡Pero Snape no iba a tratar de matar a un alumno! Ahora, escuchadme los tres, os estáis metiendo en cosas que no os conciernen y eso es peligroso. Olvidaos de ese perro y olvidad lo que está vigilando. En eso sólo tienen un papel el profesor Dumbledore y Nicolás Flamel...
—¡Ah! —dijo Harry—. Entonces hay alguien llamado Nicolás Flamel que está involucrado en esto, ¿no?
Hagrid pareció enfurecerse consigo mismo.
Sophia suspiró mientras le rascaba la panza a Fang. Al parecer, estas vacaciones de Navidad iban a hacer de todo, menos descansar.
