Sophia corría por los pasillos de Hogwarts sin rumbo fijo, con el único propósito de alejarse lo más posible de la torre de Gryffindor. Claro que no había salido corriendo de la sala común. Eso solo habría sido una muestra de debilidad. Luego de su discusión con Har... con Potter, se había dado la vuelta y había salido de la sala común como si saliera de la clase de Transformaciones a la de Pociones, con toda la calma del mundo.

Sin embargo, en el momento que pasó por el retrato de la entrada y oyó a Hally golpear a Harry y unas sillas moverse, tuvo que salir corriendo para que nadie viera las gruesas lágrimas que ya habían empezado a caer por sus mejillas.

Jamás se imaginó que Harry, su amigo, su mejor amigo, pudiera decirle algo tan hiriente, tan cruel. 'Tan cierto' dijo una vocesita maliciosa en su cabeza, aunque en ese momento estaba demasiado ocupada tratando de no tropezar con sus propios pies como para pensar en eso.

Pronto escuchó pasos seguirla, lo que la hizo correr aún más rápido, girando en cada esquina que encontrara, evitando los pasillos que conducían a escaleras para ganar tiempo, tratando de recordar en vano algún pasadizo que la llevara lejos. Escuchó una voz llamar por ella, una voz que no reconocía, que el dolor que nublaba sus pensamientos no le permitía identificar.

No supo cuánto tiempo pasó antes de dejar de escuchar los pasos, pero no se detuvo hasta que llegó al pasillo que daba a la oficina de Dumbledore, se limpió las lágrimas de la cara con la manga de su jersey y se sorbió la nariz antes de pararse frente a la estatua.

—Bizcochos de canela —dijo Sophia con una mueca. Era alérgica a la canela.

Cuando la estatua le dio paso, Sophia subió corriendo la escalera de piedra y tocó un par de veces la puerta de madera, la cual se abrió sola.

En el poco tiempo que llevaba de estar en Hogwarts, ya había estado un par de veces en la oficina de Dumbledore. Sin embargo, en ambas ocasiones había sido McGonagall la que la había llevado, y había sido para imponerle algún castigo por una broma demasiado pesada.

Ahora, en cambio, sin ninguna maestra de la tercera edad que le jalara las orejas, podía fijarse bien en lo que había en aquella oficina, que más bien parecía un museo sobre su cuento favorito: Alicia en el país de las maravillas.

Habían cientos de objetos de todos tamaños, moviéndose y haciendo todo tipo de ruidos sobre mesas altas y bajas. La mayoría eran plateados, muy brillantes, combinando de manera extrañamente bonita con las paredes doradas. Había un par de grandes ventanas, una mostraba el campo de quidditch mientras que desde la otra podía verse la torre de Gryffindor, la cabaña de Hagrid y los linderos del bosque prohibido.

En las paredes habían varios retratos de personas viejas, quienes la ignoraban por completo mientras leían o dormían. Al verlas, Sophia recordó qué estaba haciendo ahí y giró su vista al escritorio del director, sin embargo, la gran silla estaba vacía.

—Justo cuando te necesito —murmuró Sophia haciendo un puchero que pronto se convirtió en una sonrisa traviesa—. Bueno, supongo que no le importará si caliento su asiento por él.

Sophia avanzó lentamente por la oficina tocando todo lo que estaba a su alcance, subió las pocas gradas y rodeó el escritorio. Observó la silla por un momento y una ola de vergüenza le recorrió el cuerpo haciendo que sus mejillas se sonrojaran: la silla era demasiado alta, y para poder subirse tendría que saltar, o mínimo usar un banco.

—¡Ah, pero qué tenemos aquí! —exclamó una voz tras ella— ¡Pero si es la pequeña Walburga!

Sophia frunció el ceño y se dio vuelta para ver que, en uno de los cuadros, se encontraba el dichoso Cygnus Black.

—¡Yo no soy ninguna Walberta! Mi nombre es Sophia, ¿lo olvidaste? Bueno, tal vez te haga falta entrar en calor para recordarme. Además, ¿qué haces aquí?

Sophia sacó su varita, pero Cygnus levantó las manos en rendición.

—Ya sé quién eres, niña. Si te llamo así es porque verdaderamente te vez como Walburga cuando entró a Hogwarts. Respecto a qué hago aquí, bueno, no es de tu incumbencia.

Sophia trató de calmarse. Por más que le disgustara lo que el tipo decía, sabía que debía aprovechar para hablar con él. Necesitaba hablar con él, tenía que saber...

—¿Qué eras tú de Waldirga?

—Walburga —la corrigió Cygnus.

—Eso —dijo Sophia con impaciencia.

—Yo era su abuelo, padre de su padre, Pollux y tío de su suegro, Arcturus.

A Sophia se le revolvió el estómago y tuvo que sujetarse del escritorio tras ella para no caer.

—¿Q-quieres decir que Walbrega se casó con su primo?

—Querrás decir Walburga, y sí, de hecho. Yo era el hermano menor del padre de Arcturus, padre de Orion. Pero ¿Por qué te has puesto tan pálida?

—¡¿Cómo que por qué?! —gritó Sophia sin poder creerlo— ¡Me acabas de decir que mis abuelos se casaron siendo primos! ¡PRIMOS!

—Bueno —dijo Cygnus confundido—, ¿qué esperabas? ¿Qué mejor para un Black que otro Black, no? Además, no entiendo por qué te sorprende. La familia lo ha hecho por generaciones.

Sophia casi se cae al suelo de la impresión. ¿Generaciones? ¿Black's casándose entre ellos por GENERACIONES?

Sophia podía tener solo dos años viviendo en el exterior, pero hasta ella sabía que las relaciones entre parientes estaban mal, aún en el mundo mágico en donde hasta las relaciones entre personas del mismo sexo eran bien vistas.

Ahora entendía por qué la tía Andromeda no había querido decirle mucho sobre los Black. ¡Si eran todos una bola de asquerosos! ¡Engreidos! ¡Obsesos de la pureza de la sangre! ¡Hijos de...!

—N-no me digas que... No me digas que mis padres... Que ellos eran...

Cygnus la miró por un momento, pero pareció entender la pregunta.

—Dime, ¿quién es tu padre?

—Sirius.

Cygnus pareció pensarlo un momento.

—¿Sirius? Dime, niña, ¿Qué eres de Walburga?

—Su nieta —respondió arrugando la nariz con desagrado—. Soy hija de Sirius Orion Black, su hijo.

—Ah, sí, Sirius, el primogénito de Orion.. Pollux me habló de él... El se casó con Evan na, la única hija de los Sinclair... Sí, Oberon Sinclair era un poderoso y acaudalado mago, su familia era una de las más antiguas; él era tío sexto de Walburga por matrimonio. Su mujer, Leta, de soltera Lestrange era prima lejana de mi esposa...

Sophia hizo una mueca de disgusto. Por lo menos sus padres no eran primos, pero eso no quitaba al resto de la familia. Sin embargo, en ese momento no podía preocuparse por eso. Tenía preguntas y ninguna involucraba procreación entre primos.

—Dices que te hablaron de él. ¿Qué pasó? ¿No lo conociste? ¿Y quién es ese Pollux?

—Yo fallecí cuando Walburga tenía veinte años —dijo Cygnus secamente—. Al parecer la pobre tuvo problemas para darle a Orion un heredero, aunque, después de todo, pudo salir de aquella vergonzosa situación.

Sophia frunció el ceño. Por un momento olvidó que hablaba con uno de esos estúpidos sangre pura. Por supuesto que pensaría que las mujeres no eran más que incubadoras para sus herederos.

—Pollux es, o fue, mi primogénito, el padre de Walburga —dijo inflando el pecho de lo orgulloso que estaba, pero en seguida frunció el ceño confundido—. ¿Cómo es que no lo conociste, niña? Si él apenas murió hace un año.

—Qué te importa.

Cygnus alzó una ceja y Sophia se cruzó de brazos. No estaba en modo de explicar la montaña rusa que era su vida, y menos a un odioso sangre pura que llevaba Merlín sabe cuantos años muerto.

—De todos modos —siguió Sophia sin mirarlo—. Dices que has hablado con Pollux. ¿Cómo es que él no te habló de eso?

—La última vez que Pollux visitó mi retrato fue luego del cumplimiento del contrato entre tu padre y tu madre.

Los ojos de Sophia se abrieron como platos.

—¿Contrato?

—¡Por Merlín, niña! ¿Acaso no sabes nada?

Sophia apretó los puños con fuerza. Estaba perdiendo la poca paciencia que era capaz de mantener.

—O me dices de una vez qué quisiste decir, o te quemo la boca.

Cygnus arrugó la nariz y la miró como la miraban las madres de sus antiguos compañeros de escuela en Little Whinghin, con disgusto.

—Cuando Sirius nació , en 1959, fue nombrado heredero de la familia Black. Significa que él sería jefe de la familia al graduarse de Hogwarts —le explicó a Sophia como si fuera una retrasada. Claro que Sophia no sabía qué significaba ser 'heredero', pero el tipo no tenía derecho a asumir que era una boba.

—Luego, en el 62, nació Evanna. Su madre era ya de avanzada edad cuando la dio a luz, el parto se complicó y los sanadores dijeron que Leta no podría darle más hijos a Oberon. A pesar de los consejos de sus amigos, Sinclair se negó a repudiar a su esposa, por lo que lo único que le quedaba para asegurar su fortuna fue un contrato matrimonial.

—¡¿Un qué?! —gritó/preguntó Sophia.

—Un contrato para casar a su hija con algún miembro de una buena familia. De ese modo evitaría que algún rufián se aprovechase de su estado inferior como mujer y se apoderara de la fortuna Sinclair. ¿De qué otro modo crees que se dan los matrimonios entre nosotros los sangre pura?

'Maldito estúpido con complejo de caballo' pensó Sophia, recordando la vez que vio junto a su tío una carrera de caballos por televisión en donde uno de los comentaristas habló sobre los mejores caballos sangre pura de la competencia.

—En fin —siguió Cygnus—. Todo el mundo pensó que Oberon haría el contrato con Fleamont Potter, ya que ambos habían sido amigos en Hogwarts y Potter había tenido un hijo varón dos años antes...

Sophia cayó sentada en el suelo. '¿Potter?' pensó aterrada. '¡Merlín, Morgana, Circe y Bryan, que no sea lo que estoy pensando!'.

—¿Cómo se llamaba? —interrumpió Sophia, causando que Cygnus la mirara irritado— El hijo de Potter, ¿sabes cuál era su nombre?

—James —dijo Cygnus arrugando la nariz—. Potter llamó a su heredero James. Un sucio nombre muggle para el hijo de un traidor a la sangre.

Sophia se quedó helada. Acababa de enterarse de que existió la posibilidad de que su madre y el padre de los mellizos se hubieran casado. No sabía por qué, pero la mera idea ser hermana de Hally y Harry -en especial Harry- le hizo sentir un malestar en la boca del estómago.

—Como decía —siguió Cygnus ignorando la reacción de Sophia—, todo el mundo pensó que el contrato sería con Potter, pero unos días después se hizo público que Oberon había comprometido a su hija con el heredero de la familia Black, lo que significaba que desde el momento en que Evanna cumpliera los diecisiete años, tendrían un mes para llevar a cabo la boda. Claro que luego de que echaran a Sirius de la casa, su hermano menor quedó como heredero, y el contrato pasó a ser con él. Supongo que al final Sirius rectificó su camino, ya que Pollux dijo que fue él quien se casó con la chica Sinclair.

Sophia sintió algo romperse dentro de ella. ¿Eso significaba que sus padres se habían casado... por obligación? ¿Que ni siquiera se habían querido entre ellos?

'Eso explica por qué no me quisieron a mí' pensó mientras los ojos empezaban a arderle y el labio inferior a temblarle.

Las lágrimas ya empezaban a rodar -de nuevo- por sus mejillas cuando un ruido parecido al que hacía ella al vomitar llamó su atención.

En una perchera dorada cerca de la puerta estaba algo muy parecido a un pájaro, aunque muy viejo, arrugado y casi desplumado. El pájaro volvió a graznar como si la estuviera llamando, así que Sophia decidió ignorar los comentarios de disgusto de Cygnus hacia el ave y se acercó a la perchera, limpiándose las lágrimas en el camino.

—Hola amigo...—saludó no sabiendo cómo llamarlo.

Levantó su mano y la llevó temblorosa hacia el ave, temiendo que ésta fuese a enojarse y le picoteara un dedo. Le acarició la cabeza grisácea y el ave se levantó ligeramente, apoyándose en su mano.

Sin embargo, luego de un rato, el ave sacudió la cabeza y se alejó hasta el otro extremo de la perchera, donde comenzó a arder.

Sophia empezó a gritar por ayuda mientras trataba de apagar el fuego del pájaro con sus manos, pero se detuvo cuando notó que el fuego ni se detenía ni la quemaba a ella, así que se quedó quieta viendo como el ave chillaba una vez más mientras la envolvía una bola de fuego hasta que sólo quedó un puñado de cenizas bajo ella.

Sophia quería salir corriendo de allí antes de que Dumbledore llegase y pensara que ella le había hecho algo a su pájaro, pero aún así, no podía irse así como así. De todos modos ya todos los retratos la habían visto ahí.

De repente, las cenizas empezaron a moverse y un pequeño pollito de ojitos brillantes salió de entre ellas, con la piel igual de arrugada que el pájaro que se había quemado momentos antes.

—Hola a ti también, pollito —dijo Sophia acariciándole la pequeña cabeza caliente por las cenizas.

El pollito graznó en respuesta y se inclinó hacia su mano, justo como el pájaro...

—¡Ah, Sophia! Veo que has conocido a Fawkes.

Sophia dio un respingo y retiró su mano del pollito, quien emitió un sonido de queja ante la pérdida de contacto.

—Profesor... su gallo... y el pollito...

Dumbledore la miró sonriendo y caminó hacia su escritorio, sentándose en su demasiado alta silla.

Fawkes es un fénix, Sophia. Los fénix se prenden fuego cuando les llega el momento de morir, y luego renacen de sus cenizas.

—Oh... Yo creí que los fénix eran pájaros de fuego que vivían en montañas y eso...

Dumbledore rió mientras buscaba entre su túnica, sacó un par de dulces de limón y le extendió uno a Sophia, quien se acercó corriendo a tomarlo.

—Es una pena que lo hayas tenido que ver el día en que ha ardido —dijo Dumbledore mientras desenvolvía su dulce—. La mayor parte del tiempo es realmente precioso, con sus plumas rojas y doradas. Fascinantes criaturas, los fénix. Pueden transportar cargas muy pesadas, sus lágrimas tienen poderes curativos y son mascotas muy fieles.

Sophia frunció el ceño y volvió a acercarse a la perchera.

—Pues a mí me parece muy bonito así como está —dijo mientras volvía a acariciarlo.

—Veo que te ha tomado tanto cariño como tú a él —dijo Dumbledore divertido, aunque luego tomó un aire un poco más serio —. Pero dime, mi niña, ¿a qué debo esta inesperada, aunque agradable, visita?

Sophia soltó un suspiro. Con todo lo del incesto, el contrato y el pollito, se le había olvidado por completo a qué había venido. Vio de reojo el retrato donde había estado Cygnus, aunque ahora este estaba vacío.

—Quería preguntarle acerca de algo que encontré el otro día —empezó a decir, decidida a no involucrar a ninguno de los chicos.

—¿Y qué es eso que encontraste? —cuestionó el director viéndola por sobre sus gafas en forma de media luna.

—Un espejo —respondió sin mirarlo a los ojos.

Dumbledore guardó silencio un momento, se paró de su silla y se sentó en el suelo junto a la puerta, haciéndole señas a Sophia para que se sentara junto a él.

Sophia dejó al pollito que empezaba a quedarse dormido entre las cenizas y se sentó junto a Dumbledore, ambos apoyando la espalda en la pared y las piernas estiradas y cruzadas de los tobillos.

—¿Te refieres al espejo que los mellizos Potter les mostraron ayer a ti y al señor Weasley?

Sophia lo miró sorprendida y no supo que decir.

—¿C-cómo...?

—No necesito una capa para ser invisible.

Sophia hizo nota mental de ello. Luego le preguntaría cómo lo hacía.

—Así que —siguió Dumbledore—, tú y tus amigos, como cientos de alumnos antes que ustedes, han descubierto las delicias del espejo de Oesed.

Sophia bufó ante el comentario.

—Yo no las llamaría delicias... ¿Cómo dice que se llama el espejo?

—Espejo de Oesed.

—¿El espejo del Deseo?—preguntó Sophia confundida— ¿Quiere decir que muestra los deseos de las personas?

—Sí, pero no —contestó Dumbledore, confundiendo aún más a Sophia—. Nos muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón. Para los mellizos, que nunca conocieron a su familia, verlos rodeándolos. Ronald Weasley, que siempre ha sido sobrepasado por sus hermanos, se ve solo y el mejor de todos ellos. Para ti, que siempre te faltó el cariño de tus padres, los viste a ellos demostrándote su amor y cuidado. Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento o verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible.

—Sí... Sé a lo que de refiere —dijo Sophia abrazando sus piernas.

—Asumo que tiene que ver con tu estadía en el hospital Saint Anthony, ¿no es así?

—Exactamente, profesor.

Dumbledore suspiró pesadamente y se quitó las gafas para limpiarlas con una esquina de su túnica antes de volvérselas a poner.

—Sophia, escucha. Desde el día que te saqué del hospital y te envié a vivir con tus tíos he estado al pendiente de ti.

Sophia lo miró sorprendida, aunque los ojos de Dumbledore estaban clavados en la pared de enfrente.

Cada mes antes de que empezara el año escolar visitaba a tu tío Ted en su oficina en el Ministerio de magia y él me contaba sobre tus avances, como ibas en la escuela, como interactuabas con las personas a tu alrededor... Y sobre los amigos que habías hecho.

Sophia sonrió al recordar lo contentos que estaban sus tíos cuando les contó que había hecho un amigo en la escuela y otra en el pueblo. La tía Andromeda había saltado de alegría y el cabello de Dora se volvió rosa intenso.

—Y también me contó que, por más que te insistieran, tú jamás quisiste hablar sobre lo que había pasado en el hospital a parte de lo que me contaste a mi.

Sophia bajó la mirada y apretó el abrazo a sus piernas. Habían muchas cosas que no le había contado al profesor prácticamente nada de su vida en el hospital, salvo lo que pasó con Adrasta y cómo se enteró de que era una bruja. No le había contado sobre las otras cosas que recordaba, como las camisas de fuerza, las terapias de electroshock ni de su dependencia a ciertos medicamentos.

—Quiero que te quede claro, Sophia, que ninguno de nosotros te culpa por no querer hablar de ello. Comprendo que fueron tiempos muy difíciles para ti. Lo que viviste ahí dentro no es algo que una niña tan pequeña pueda superar de la noche a la mañana, y mucho menos hablar de ello con libertad.

Sophia ocultó su rostro entre sus rodillas avergonzada.

—No —dijo la niña con tono miserable—, pero también hice muchas cosas... Cosas que no están bien... que no deben hacerse...

Dumbledore guardó silencio un momento y Sophia luchó con todas sus fuerzas para no ponerse a llorar de nuevo. No quería que el director, el hombre que la había sacado de aquel infierno, se enterara de las lagunas permanentes que las sesiones semanales de electroshock habían dejado en su memoria. Mucho menos de que había rogado, amenazado y chantajeado a cuanta enfermera pudo para que le aumentaran la dosis de medicamentos, y que hubo una que incluso le había conseguido unas pastillas alucinógenas que le llevaba en la papilla, aunque aquello había acabado con la muerte de Adrasta.

—Y nadie te culparía por haberlas hecho, Sophia. Estuviste encerrada por años en un lugar en el que ningún ser humano merece estar. Las personas deberían admirarte por haber sobrevivido tanto tiempo y haber sido capaz de seguir adelante luego de salir.

—Sí, bueno —respondió la niña amargamente—. Ahora ya no sé si fue tan buena idea salir de ahí.

—Bueno —dijo Dumbledore en un tono más ligero, extendiéndole otro dulce de limón a Sophia, quien lo tomó enseguida—, como dicen los muggles: 'por algo pasan las cosas'.

Sophia se metió el dulce a la boca y una sensación reconfortante le recorrió el cuerpo.

—Y hablando de muggles —dijo el director buscando entre su túnica hasta que sacó una bolsa transparente con varias pelotitas de colores dentro—, ¿qué te parece si jugamos canicas mientras esperamos la hora del almuerzo?

—¿Canicas?

—Canicas.

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La profesora McGonagall sacó su varita y con un movimiento de muñeca arregló varios pergaminos que habían regados sobre su escritorio en una sola pila, los tomó entre sus manos y salió de su oficina con pasó firme.

Minerva siempre se había preciado de ser una responsable y honesta bruja a la que le gustaba mantener siempre su trabajo en regla y a tiempo, antes si era posible. Su cargo como profesora del colegio de magia más prestigioso del mundo mágico se lo exigía, sobre todo siendo además jefa de la casa de Gryffindor y directora adjunta del colegio.

Era por eso que, aún estando de vacaciones no se permitía descuidar su trabajo, y justo ahora iba en camino a entregar los borradores para los exámenes finales de transformaciones, los cuales se llevarían a cabo en Junio.

Nunca le importó lo que otros pensaran. No le importaba que sus alumnos, e incluso algunos colegas profesores, la vieran como a una vieja estirada y amargada. La educación de cientos de mentes jóvenes estaba en sus manos, y no podía permitirse errores no retrasos. Años de experiencia le habían enseñado a tenerlo todo listo y en orden.

—Bizcochos de canela —dijo en voz clara, justo como le hablaba a sus alumnos en clase.

Subió la escalera y revisó una vez más que sus pergaminos estuvieran completos y en orden antes de entrar a la oficina sin tocar antes.

Sí, Minerva McGonagall se tomaba su trabajo de docente muy en serio, sus alumnos eran lo más importante para ella -con mención especial a sus leones-, con años y años de experiencia como profesora.

Sin embargo, ni mil años de experiencia le hubieran servido para anticipar la escena que se presentaba ante ella: ahí, en la oficina del director, el mago más poderoso de la época y el más influyente del mundo mágico, estaba de rodillas, apoyándose con una mano y con la otra sosteniendo una canica entre sus largos dedos, la cual la apuntaba a una fila de canicas a no menos de un metro de distancia; y junto a él, Sophia Black, la nædàr, sentada sobre sus piernas, con un puñado de canicas en las manos y un pollo sentado sobre su cabeza.

Ambos giraron la cabeza para verla, se miraron entre ellos y volvieron a ella confumdidos.

—¿Puedo ayudarte en algo, Minerva? —preguntó Dumbledore sin moverse de su sitio en el suelo.

Minerva abrió la boca y volvió a cerrarla un par de veces antes de hablar.

—De hecho, Albus, venía a entregarte unos... documentos... importantes... ¡¿Qué demonios hace un pollo en la cabeza de Black?! —terminó preguntando, perdiendo la cabeza.

Sophia sonrió de lado preguntándose si en realidad eso era lo más inquietante de aquella escena para la profesora.

—Ese pollo es Fawkes —respondió Dumbledore como si nada—. Esta tarde volvió a prenderse fuego. Sophia estaba aquí cuando pasó y ambos se han tomado cariño.

McGonagall miró a Dumbledore estupefacta. Aún después de todos estos años, el viejo director seguía siendo capaz de sorprenderla, aunque no siempre eso significaba algo bueno.

—Ya casi es hora del almuerzo —fue lo único que dijo McGonagall antes de salir de la oficina, llevándose con ella sus pergaminos.

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Sophia suspiró mientras subía la escalera de la torre de astronomía.

Luego de la interrupción de la profesora McGonagall sólo habían jugado una partida más antes de que tuvieran que bajar a almorzar, con lo que Sophia recordó la razón por la que había llegado a la oficina de Dumbledore en primer lugar.

Al llegar al gran comedor, Dumbledore se había sentado en su lugar de siempre en la mesa de los profesores, mientras Sophia se fue a una esquina de la mesa de Gryffindor y empezó a comer, ignorando por completo las miradas de sus amigos -en especial la de Harry- clavadas en ella.

Había terminado su almuerzo en tiempo récord y se había ido del gran comedor mientras se subía el cierre de su chaqueta, con toda la intención de salir a pasear por los jardines hasta la hora de la cena.

Sin embargo, al doblar la esquina, escuchó varios pasos dirigirse hacia donde ella estaba y se escondió tras un pilar, desde donde vio a sus amigos correr hacia la salida.

—¿Estas segura que fue para allá? —escuchó decir a Harry con algo de desesperación en su voz.

—¡Que sí! —respondió Hally— Además iba cerrándose la chaqueta. Quiere decir que iba a salir...

Sophia no se había sentido con ganas de hablar con los chicos, por lo que se dirigió a un lugar donde nadie pensaría en buscarla, principalmente porque nunca había estado ahí más que para clase: la torre de astronomía.

Al llegar al techo, cerró la puerta tras ella y se sentó en el suelo, agradecida de que el cielo estuviese despejado a pesar de que fuese invierno.

Se quedó pensando y recordó lo que Cygnus Black le había dicho aquella tarde: sus padres, los que en el guardapelo y en el espejo se veían como la pareja perfecta, como un matrimonio feliz y acomodado, no eran más que una farsa.

Sus padres no se amaban. Se habían casado por obligación y probablemente el concebirla a ella también fue obligación. Tal vez se desagradaban tanto que sólo habían sido... 'íntimos' para concebirla a ella, y quizás el que haya resultado una niña y no un 'heredero' era la razón por la cual no la querían.

Desde que se enteró de los motivos por los que sus padres no estaban con ella se había preguntado por qué habían hecho todo aquello. ¿Por qué su padre había ido y asesinado a más de diez muggles en plena calle sin importarle que su hija y esposa se quedaran solas? ¿Por qué su madre se había reunido con mortífagos para que la llevaran con Voldemort y así poder entregarle a su hija, sin importarle lo que le pasaba a su esposo en ese momento?

Su padre había asesinado a sangre fría a esos muggles como muestra de lealtad hacia Voldemort, como prueba final de que no había nada en su vida que fuera más importante que ese genocida. Ni la mujer con la que lo obligaron a casarse, ni la pequeña niña que tenía su misma sangre y sus mismos ojos.

Su madre debió de haberse aliviado cuando se enteró de lo que su esposo había hecho. Se había desecho del esposo que le fue impuesto, y ahora sólo faltaría deshacerse del estorbo que le había dejado. Había llevado a su propia hija a aquella bodega para entregarla a Voldemort y poder vivir libre de recuerdos del hombre con el que la habían obligado a casarse.

Quizás ambos veían cosas del otro en ella, y por eso habían estado dispuestos a abandonarla sin mirar atrás, justo como lo habían hecho.

Quizás su padre no soportaba ver aquella bola de pelo lacio o la piel pálida de su esposa. Quizás su madre se asqueaba cada vez que veía esos ojos grises idénticos a los de su esposo, o las facciones que había heredado de él.

Y el que haya resultado que aquella niña era la nædàr sólo les había facilitado las cosas.

Estaba claro que Voldemort la querría en su poder, y al ser su padre su más fiel servidor, sólo era cuestión de tiempo.

Sirius iría a asesinar muggles en muestra de lealtad mientras enviaba a su esposa a entregar al estorbo al que llamaban hija. Matarían dos pájaros de un tiro: se ganarían sus puestos como los más leales servidores de Voldemort, y se desharían del estorbo con el que tenían que cargar, con la niña que debió haber sido el heredero de sus fortunas.

—¡Ya deja de llorar, maldita sea! —se regañó a sí misma limpiándose las lágrimas del rostro con brusquedad— ¿Por qué te importa tanto? Ni siquiera los conociste. ¡¿Y qué si no te querían?! Tú tampoco los quieres. ¡No necesitas de ellos! Ni de ellos ni de nadie...

Sophia empezó a golpear el suelo con los puños cerrados mientras lloraba y gritaba hasta que las manos empezaron a sangrarle.

—No los quiero. N-no los qu-quiero —repetía entre sollozos—. No... No los... N-no los quiero...

.

.

.

—...pierta... Sophia... ¡Sophia! Despierta...

—Mmm... ¿Qué demonios...? —se quejó Sophia mientras se incorporaba y se restregaba los ojos. ¿En qué momento se había quedado dormida?

—Tienes el sueño pesado, ¿sabías? —escuchó una voz quejarse junto a ella—. Por un momento pensé que tendría que llevarte cargando hasta la sala común.

Sophia frunció el ceño y miró a su supuesto mejor amigo con enojo.

—Sí, bueno, nadie te pidió venir a despertarme, ¿o sí? —replicó demostrando cuánta razón tenía el sombrero seleccionador: era una rencorosa.

Harry bajó la mirada y soltó un suspiro. Sabía que se lo merecía. En primer lugar, él no tenía derecho de hablar de los padres de la azabache de esa manera, y en segundo, Sophia no había hecho más que advertirles lo que pasaría si seguían yendo a ver el espejo, justo como el profesor Dumbledore hace un rato.

—Bueno —dijo rascándose la nuca nervioso—, no pensarás que iba a dejarte dormir aquí afuera.

Sophia jadeó asombrada cuando dirigió su vista al cielo y lo vio muy oscuro y nublado.

—¿Cómo supiste dónde estaba?

Harry sonrió aliviado. Si conocía a Sophia -y la conocía bien-, ese tono de voz significaba que lo había perdonado, o que al menos iba por ese camino.

—Siempre te gustaron los lugares altos y solitarios —dijo mirándola a los ojos—. Recuerdo que los gemelos dijeron que nadie venía aquí. Además, las azoteas siempre fueron tu escondite favorito.

Sophia rió, contagiando a Harry. Siempre que Dudley y su pandilla los perseguían, Sophia solía terminar subida en árboles o azoteas, y siempre jalaba a Harry con ella. Aquella era una buena manera de perder al ceboso de Dudley, pero siempre tenían problemas a la hora de bajar.

En poco tiempo ambos dejaron de reírse y notaron lo cerca que estaban sus rostros.

Los ojos de Harry siempre le habían fascinado a Sophia. Jamás en el tiempo que llevaba en libertad había visto unos ojos verdes tan brillantes, tan parecidos al chorro de luz que la impactaba en sus pesadillas, o como las esmeraldas en los aretes favoritos de la tía Andromeda. Jamás lo admitiría ante nadie, pero era justo por los ojos de Harry que el verde era su color favorito.

Harry siempre pensó que Sophia era la niña más bonita que había conocido. Nunca había visto a otra niña con los rasgos tan delicados o la piel tan blanca, como las muñecas de porcelana de la vecina de tía Petunia. Su cabello era tan negro como la tinta, resplandecía con destellos azules a la luz del sol. Sus ojos eran justo como el cielo cuando estaba a punto de caer una tormenta, aunque con la luz naranja de la tarde parecían del color de la plata líquida. Y aunque odiaba pensar en ella llorando, su rostro se veía hermoso con los ojos , la nariz y las mejillas rojizas.

—Tienes ojeras —murmuró Sophia sin romper el contacto visual—. Te has estado desvelando.

—Tú tienes los ojos rojos —respondió el en el mismo tono—. Has estado llorando.

Harry tomó uno de los mechones sueltos que le caían en la cara a Sophia y se lo colocó detrás de la oreja. Poco a poco, ambos se fueron acercando, confundidos por los nudos en sus estómagos y sus latidos sonándoles en los oídos.

Harry se inclinó un poco y los ojos de ambos se cerraron, hasta que una sensación extraña en sus labios los hizo separarse y abrir los ojos con asombro. Casi por inercia, volvieron a acercarse y sus labios se juntaron de nuevo, pero un ruido en las escaleras los puso alerta.

—¿Qué dices, pequeña? —se escuchó la voz de Filch subiendo las escaleras— ¿Crees que estén en la torre?

Sophia y Harry se miraron aterrados, pero Harry recordó cómo había llegado hasta ahí.

—¡La capa!

Se dio la vuelta y tomó la capa que había dejado en el suelo junto a él, los dos se pusieron de pie y Harry se las arrojó a ambos encima justo antes de que Filch y su gata entraran por la puerta.

El celador dio unos pasos en la azotea, dio un vistazo a los jardines y se regresó por donde vino con la señora Norris detrás de él.

—D-debemos volver a la sala común —dijo Harry nervioso, evitando mirarla a los ojos. No que Sophia lo mirara tampoco.

—S-sí, vamos —fue lo único que respondió Sophia.

El resto del camino fue silencioso, con ambos caminando tan lejos uno del otro como la capa se los permitía, hasta llegar a la sala común, donde una exaltada Hally le saltó encima a Sophia exigiendo saber a dónde había estado todo el día.

—Jugando canicas con Dumbledore —fue todo lo que dijo antes de separarse de la pelirroja y subir hacia su habitación, dejando a sus tres amigos confundidos.

—¿Y tú por qué estás tan rojo? —le preguntó Hally a su hermano con suspicacia, haciendo que Harry se pusiera más rojo aún.