—¿Snape va a ser el árbitro? ¿Cuándo ha sido árbitro en un partido de quidditch? No será imparcial, si nosotros podemos sobrepasar a Slytherin.
Al escuchar las palabras de George, se congeló en su lugar, con el puñado de lodo que había estado a punto de lanzarle a Hally aún en su mano. ¿Que Snape QUÉ?
—¿Cómo que ese estúpido murciélago va a ser árbitro? —preguntó exaltada, pisando fuertemente al acercarse a George y los demás.
—¿Sevie de árbitro? —preguntó Hally acercándose, aunque ella parecía más divertida que alterada— ¿Los murciélagos grasientos saben montar escobas?
Los otros miembros del equipo se acercaron a Wood quejándose. Si Snape actuaba como árbitro, era obvio que perderían.
—No es culpa mía —dijo Wood—. Lo que tenemos que hacer es estar seguros de jugar limpio, así no le daremos excusa a Snape para marcarnos faltas.
—No creo que baste con eso, pero sigue soñando sueños tan bonitos, Olie, mira que es gratis.
Olivier miró mal a Sophia antes de ordenarles que continuaran con la práctica. Y que pararan de arrojarse lodo entre sí.
Las clases ya habían empezado hacía dos meses atrás, y la nieve le había dado paso a lluvias torrenciales que habían dejado el campo de quidditch hecho un lodazal. El escenario perfecto para hacer una guerra de bolas de lodo.
Mientras se lanzaba la pelota con Hally y Angelina, Sophia vio a Harry persiguiendo la snitch al otro lado del campo, lo que la hizo soltar un suspiro. Luego de aquella noche en la torre habían hecho las paces, ninguno de los dos mencionó nada de lo que pasó en la torre de astronomía, sin embargo, Harry actuaba un poco raro.
Al terminar el entrenamiento, Harry las apuró para ir directo a la sala común, pero antes de salir del campo, alguien tomó a Sophia de la mano, deteniéndola.
—Hey, muñeca, ¿a dónde con tanta prisa?
—A la sala común —respondió alzando una ceja, notando que también Harry y Hally se habían detenido—. ¿Por qué?
—Bueno, me preguntaba si a su alteza le importaría acompañarme a la lechucería —dijo Fred haciendo una exagerada reverencia—. Es que ya sabes, debo enviarle una carta a la madre de mis hermanos, y no quiero hacerle el mal trio a Georgie.
Sophia miró hacia el campo y vio a George muy animado hablando con Angelina.
—En ese caso —dijo tomando la mano que Fred le ofrecía— te concederé el honor de acompañarte. A ustedes dos los veo después.
Harry se quedó mirando la mano de Sophia unida a la de Fred, la miró a ella con ojos serios y se dio la vuelta para volver al castillo. Hally se golpeó la frente con la palma de la mano, se despidió de Sophia y Fred con la mano y salió corriendo a alcanzar a su hermano.
—Eso fue... ¿raro? ¿Qué le pasa al pequeño Harold, eh?
Sophia se encogió de hombros, tratando de ignorar la reacción de su mejor amigo.
—Ha de estar de mal humor por lo de Snape.
—No lo culpo —dijo Fred empezando a caminar—. El tipo nunca ha sido árbitro. Me pregunto qué habrá pasado.
—¿Qué no es obvio? ¿Qué mejor para amargarle aún más la vida a sus tres alumnos más odiados que hacerlos perder un juego de quidditch contra sus estúpidas serpientes?
—Bueno, supongo que no nos queda más que verle el lado bueno.
Sophia lo miró alzando una ceja.
—Sevie no tiene lado bueno, Freddie.
Fred rió ligeramente negando con la cabeza.
—Me refiero al lado bueno de que vaya a ser el árbitro.
—Eso tampoco tiene lado bueno.
—Claro que sí —dijo el pelirrojo apretando ligeramente su mano, la cual no había soltado desde que salieron del campo de quidditch—. Sólo piénsalo: Snape sobre una escoba, a varios metros de altura, expuesto a una caída o un golpe de una bludger lanzada por algún golpeador poco cuidadoso...
Una sonrisa malévola se formó en el rostro de Sophia. Le gustaba como sonaba eso.
—Sería una verdadera tragedia. Aunque...
—¿Aunque? —la alentó Fred.
—Aunque tal vez si una de esas bludgers le diera en la cara, podrían componerle su naricita ganchudita.
Fred se echó a reír llevándose la mano libre al estómago.
—Eso... Eso sería gran-grandioso...
—Solo piénsalo, Freddie. Imagina lo agradecido que estaría Sevie con ese golpeador. Talvez incluso le otorguen el premio por servicios especiales al colegio.
Siguieron bromeando sin soltarse las manos hasta que llegaron a la lechucería, aunque Sophia no tenía ganas de entrar.
—Ve tú. Yo no quiero subir tantas gradas.
—Venga, muñeca, no seas perezosa.
Sophia lo miró indignada.
—Disculpa. Tengo todo el derecho a ser perezosa. Wood nos ha tenido practicando desde antes del mediodía. Estoy hambrienta, mojada, sucia, mis pies me duelen y siento como si mis brazos se fuesen a... ¡Fred Weasley! ¡¿Qué crees que estas haciendo?!
Sophia pataleaba y golpeaba sin mucha fuerza la espalda de Fred, quien la cargaba como un costal de papas por la escalera de la lechucería.
—¡Ah, ah! Nada de eso, muñeca. Dijiste que me acompañarías. Sólo te ayudo a cumplir con tu palabra.
Sophia suspiró derrotada y se dejó cargar por el resto de las escaleras, hasta que Fred la bajó y llamó a una de las lechuzas del colegio.
—Así es mejor —aclaró Fred cuando Sophia lo miró interrogante—. No creo que Errol, nuestra lechuza, aguante un viaje más.
Mientras Fred le amarraba la carta a una de las patas de la lechuza que había elegido, Sophia le echó un ojo al lugar tratando de encontrar a Áyax. Aunque, conociéndolo, debía estar dormido o echándose un 'gustito' –como decía el tío Ted– con alguna lechuza de ahí. Sophia suspiró resignada. Su búho era un promiscuo.
—Ah, está hecho —exclamó Fred dejando ir a la lechuza, quien emprendió el vuelo de inmediato.
Fred se giró y se fue acercando lentamente a Sophia sin quitarle los ojos encima, lo cual la puso bastante nerviosa.
—¿Alguna vez te dije lo lindos que son tus ojos?
Sophia abrió la boca sin saber qué decir.
—¿E-eso crees?
A medida que Fred se acercaba, Sophia retrocedía, hasta que se topó con la pared.
—Oh, sí. Jamás había visto ojos tan brillantes.
Fred alzó la mano derecha y la puso sobre la mejilla de Sophia, acariciándola con su pulgar.
Sophia no sabía qué hacer. Una parte de ella quería apartar su mano de un manotazo, empujarlo lejos y salir corriendo a esconderse bajo su cama, pero la otra quería quedarse ahí, mirando directo en los ojos azules de Fred.
De repente, Fred empezó a inclinarse hacia ella con los ojos cerrados, justo como había hecho Harry en la torre de astronomía.
Justo entonces se escuchó un fuerte graznido que retumbó en toda la lechucería. Sophia vio un destello gris claro pasar frente a ella.
—OH, Merlín...
Áyax se le había lanzado a la cara a Fred, arrojándolo al suelo. Y, como si eso no fuera suficiente, el búho empezó a rasguñar y picotear la cara al pelirrojo, batiendo las alas como loco y graznando como si la vida se le fuera en ello.
Sophia se quedó estática por un momento, viendo como su búho atacaba sin piedad a la persona bajo él, mientras Fred trataba de quitárselo de encima sin mucho éxito.
—¡ÁYAX JOHN BLACK! —exclamó saliendo de su estupor— ¡Tienes cinco segundos para soltarlo antes de que te desplume!
Casi de inmediato, Áyax batió sus alas y salió volando hasta posarse en la repisa de la ventana más cercana, manteniendo sus grandes ojos dorados en la figura adolorida de Fred. Sophia podía jurar que el pájaro estaba frunciendo el ceño.
—Oh, Fred, ¿estás bien? —preguntó arrodillándose junto a él, notando las pequeñas heridas que su búho le había dejado por toda la cara— ¿Quieres ir con Pomfrey?
—N-no, descuida —dijo/gruñó el pelirrojo, sentándose lentamente con ayuda de Sophia—. Es mi ego el que quedó destrozado. Vaya que es fiera esa palomita tuya, muñeca.
Sophia miró enojada a Áyax, quien dejó de mirar de forma asesina a Fred y la miró a ella, como si supiera que sus enormes ojos dorados eran la debilidad de Sophia.
—Siempre ha sido huraño, pero jamás había atacado a alguien, o al menos no enfrente de mí —trató de explicarse Sophia, cuando una idea se le vino a la cabeza y una enorme sonrisa se formó en su pálido rostro—. ¿Sabes? Tal vez si hago que lo castren, deje de ser tan violento.
Sophia oyó un graznido de indignación tras ella, pero se negó a mirar a su búho. Fred en cambio, soltó una ligera carcajada.
—No creo que debas ser tan drástica —dijo levantándose del suelo y extendiendo sus manos para ayudar a Sophia—. El niño solamente defendía a su mamá.
Sophia se rió un poco, pensando en lo que el "niño" debía de estar haciendo antes de interrumpirlos.
—Pues el niño estará castigado por un mes sin jamón en el desayuno.
Áyax soltó un graznido agudo, que más bien sonó a "¡mamá!", haciéndolos reír a ambos.
—Y no quiero que se vuelva a repetir, ¿eh, jovencito? Porque a la próxima te mando a castrar y ve tú a saber cómo harás con todas tus lechuzas.
Esta vez varias lechuzas graznaron enojadas, lo que le dio una idea a Sophia de cuánta diversión tenía su búho por ahí.
—Venga ya, muñeca —dijo Fred aún riéndose—. Debo llevarte a la sala común antes de que Harrikins venga a buscarte.
Sophia lo miró extrañada, pero Fred solamente le sonrió antes de echársela al hombro para bajar las escaleras.
—Por cierto —comentó el mientras bajaban—, ¿quién en el mundo le pone John a un búho? O más bien, ¿quién le pone dos nombres y apellido a un búho?
Llegaron al final de las escaleras y Fred la bajó, le tomó la mano y empezó a caminar con ella al castillo.
—Todo el mundo tiene dos nombres, y mi búho no sería la excepción.
—Pues te admiro por criar a tu hijo tú sola, sin miedo a lo que el mundo piense de ti —bromeó Fred—, pero ¿por qué John? Digo, ya nos dijiste que Áyax fue un guerrero griego, pero ¿John?
—¿Sabes lo que son las películas?
Fred frunció el ceño, pero asintió con la cabeza.
—Lee nos habló de ellas en primer año.
—Pues yo no lo supe hasta que tío Ted me lo explicó unas semanas después de mudarme con ellos. Para esa navidad mis tíos se fueron a visitar a unos familiares, así que Dora y yo nos quedamos en casa comiendo comida enlatada y durmiendo hasta las diez.
—El paraíso —comentó Fred sonriendo.
—El día antes de Navidad fui a darle mis regalos a Harry y Hally, y cuando volví a casa Dora me recibió con una extraña caja en forma de libro, diciendo que era una película. Dijo que se había estrenado a principios del mes y que un amigo se la había conseguido en VHR, lo que sea que eso signifique.
Llegaron a la entrada del castillo y se dirigieron a la sala común, ignorando las miradas de disgusto que los demás les dirigían al verlos llenos de lodo por el entrenamiento.
—La película se llamaba Edward Manostijeras. Dora dijo que me parecía mucho a él cuando recién salí del hospital.
Sophia sonrió recordado los posters de la película pegados en su habitación. En realidad sí parecía Edward al salir del hospital, con las cicatrices y todo.
Fred frunció el ceño. Nunca vio la pelicula, pero recordaba haber visto posters de la película pegados en las tiendas junto al caldero chorreante. Vio a la chica junto a él y no le cupo en la cabeza cómo es que alguien así pudo haberse visto como un semi-cadáver de pelo enmarañado.
—La película me gustó mucho, y me sentí identificada con Edward.
Fred levantó una ceja, haciéndola reír un poco.
—Hubo un tiempo en que la única diferencia entre él y yo eran las manos. Y que él es hombre.
Aquello era cierto. Cuando llegó a vivir con los Tonks todo era muy confuso. No sabía cómo interactuar con personas normales, que no fueran enfermeras, doctores o directores en túnicas púrpura. Cuando le hablaban, se les quedaba mirando fijamente hasta que ellos dejaban de mirarla, no se sentía cómoda hablando con nadie. Tomó una semana para hacerla asentir o negar con la cabeza, como si fuera un perro en entrenamiento.
—A Edward lo interpretó un actor norteamericano llamado Johnny Depp. Dora estaba enamorada de él, así que para molestarla, le puse su nombre a mi búho.
Antes de que Fred pudiera responder, un grito llamó la atención de ambos, giraron una esquina y se encontraron con Neville Longbottom tirado en el suelo, con las piernas pegadas una a la otra. 'El maleficio de Piernas Unidas' pensó, recordando la última clase de Encantamientos.
—¿Quién te ha hecho esto, Nev? —preguntó antes de sacar su varita y hacer el contra-maleficio.
—G-gracias —murmuró Neville incorporándose con dificultad—. Fu-fue Malfoy. Dijo que necesitaba a alguien con quien practicarlo.
Sophia frunció el ceño. Desde que volvieron a iniciar las clases había estado buscando pretextos para atacar a Malfoy sin que Hermione la regañara, y Neville se lo acababa de dar.
—Tú sólo espera a que nos crucemos con ese imbécil oxigenado y sus lame botas, Nev —dijo pasándole un brazo sobre los hombros—. Le enseñaremos lo que es meterse con nosotros.
Neville se sonrojó, pero logró sacar una débil sonrisa. Sophia y Hally solían defenderlo cuando Malfoy o sus gorilas se metían con él, aunque Neville seguía mostrándose un poco tímido con ellas.
—¿Y a ti qué te pasó en la cara? —preguntó Neville, viendo los rasguños en el rostro de Fred.
—Solo te diré esto, querido Neville —respondió el pelirrojo fingiendo seriedad—: Jamás te acerques a una madre soltera si no eres amigo de su hijo primero.
Neville lo miró confundido, y Sophia como si fuera a matarlo.
—Anda Black, lleva a Nevs a la sala común. Yo debo ir a asegurarme que Georgie no me haya hecho tío aún.
—¿Qué fue eso? —preguntó Neville cuando Fred desapareció de la vista.
—Sólo ignoralo, Nev. Sólo ignoralo —respondió Sophia mientras empezaban a caminar hacia la sala común.
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—Tienes que estar bromeando.
—Nicolás Flamel —susurró Hermione— es el único descubridor conocido de la Piedra Filosofal.
—¿La qué? —preguntaron Sophia, Ron y los mellizos a la vez.
—¡Oh, no lo entiendo! ¿No saben leer? Miren, lean aquí.
El antiguo estudio de la alquimia está relacionado con el descubrimiento de la Piedra Filosofal, una sustancia legendaria que tiene poderes asombrosos. La piedra puede transformar cualquier metal en oro puro. También produce el Elixir de la Vida, que hace inmortal al que lo bebe.
Se ha hablado mucho de la Piedra Filosofal a través de los siglos, pero la única Piedra que existe actualmente pertenece al señor Nicolás Flamel, el notable alquimista y amante de la ópera. El señor Flamel, que cumplió seiscientos sesenta y cinco años el año pasado, lleva una vida tranquila en Devon con su esposa Perenela (de seiscientos cincuenta y ocho años).
—Tanto problema para venir a hallarlo en una rana de chocolate —se quejó Sophia dejándose caer en el sillón.
Habían pasado la mitad de su tiempo libre intentando averiguar quién era Nicolás Flamel para encontrarlo en el cromo de una rana de chocolate que Harry le dio a Neville como consuelo por lo que Malfoy le hizo. La vida era una perra aveces.
—¿Quiere decir que, quien está tras la piedra, la quiere para hacerse millonario? —preguntó Hally desconcertada.
—Eso, o vivir eternamente —respondió Sophia encogiéndose de hombros.
—No es raro que Snape la busque —se quejó Harry—. ¡Cualquiera la querría!
—Tal vez si la obtenga pueda comprarse un buen champú —se burló Sophia.
Sophia también pensaba que Snape estaba tras la piedra, pero a veces Harry la hartaba con tanto que hablaba del murciélago.
—O se haga una operación para corregirse la nariz —dijo Hally, como siempre, siguiéndole la corriente a Sophia.
—O comprarse una novia.
—No lo creo —dijo Hally pensativa—. No creo que haya mujer en el mundo capaz de venderse a 'eso', no importa el precio.
—Bueno, Filch encontró pareja, ¿no?
—Buen punto...
—¿Terminaron? —preguntó Harry viéndolas con seriedad.
—No —respondieron las dos al mismo tiempo.
—Entonces, ¿qué excusa pondrán para no jugar el partido contra Slytherin? —preguntó Ron viéndolas a las dos— Según sé, Gryffindor tiene cazadoras suplentes.
—Cierto —concedió Hermione—. Ustedes dos podrían faltar sin afectar al equipo.
Sophia y Hally jadearon indignadas, llevándose una mano al pecho y mirándola como si le hubiera salido una segunda cabeza del cuello.
—¿Cómo te atreves?
—¿Cómo osas?
—¡Esto es indignante!
—¡Blasfemia!
—¡Sacrilegio!
Hermione rodó los ojos. Ya estando acostumbrada a sus formas de ser y sus reacciones dramáticas, las dejó seguir hasta que Sophia levantó la mano para callar a Hally.
—Granger, Granger, Granger. ¿Cómo puedes compararnos a Hally y a mí, sobre todo a mí, con simples suplentes?
—Además, ¿quién dijo que faltaríamos?
—P-pero Snape...
—Yo no le tengo miedo a ningún sujeto grasoso cara de buitre, Ronald —respondió Sophia enojada, para luego sonreír con malicia—. Además, Fred y yo ya discutimos algunas formas de hacerle pasar un buen partido a Snape.
Ron sonrió ante el comentario, Hermione frunció el ceño preocupada y Harry tensó la mandíbula y apartó la vista.
—Espero que no estén pensando hacerle alguna broma pesada al profesor —la reprendió Hermione—. ¡Podrían expulsarlos!
—Sólo si nos descubren —dijo Sophia restándole importancia.
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Sophia caminó fuera de los vestidores estirándose. Harry acababa de contarles a ella y a Hally que había visto a Quirrel y Snape discutiendo sobre cómo burlar a Fluffy. Otra prueba más de que el murciélago estaba tras la piedra.
Harry y Hally salieron corriendo a buscar a Ron y Hermione para contarles, pero Sophia no tenía muchas ganas de correr. Estaba decepcionada por lo poco que había hecho durante el partido. Apenas cinco minutos después del inicio, Harry atrapó la snitch. No había dejado ni que Sophia marcara, ni que intentara tirar a Snape de la escoba.
Empezó a caminar por los terrenos cuando un potente ladrido llamó su atención.
—¡Fangs! —gritó contenta, abriendo los brazos para recibir al enorme perro de Hagrid, que se acercaba corriendo hacia ella.
Fang la tacleó y empezó a lamerle la cara y a mover la cola contento.
—¡Fang, para ya! —exclamó Hagrid.
El perro se bajó de Sophia, pero se quedó sentado junto a ella. Sophia se incorporó riéndose y limpiándose la baba que Fang le dejó en la cara.
—Lo siento —se disculpó Hagrid—. Este tonto se encariña muy rápido, y como tú vienes seguido...
—No importa —lo interrumpió Sophia acariciándole la cabeza a Fang.
Hagrid la felicitó por haber ganado el partido, y Sophia aprovechó la oportunidad para quejarse de lo corto que había sido y de lo poco que había podido hacer.
—Harry debe ser realmente bueno para atrapar la sntich en tan poco tiempo. Él y Hally vuelan igual a su padre.
—¿Conociste a sus padres? —preguntó Sophia, recordando de pronto una promesa que había hecho antes de llegar a Hogwarts.
—¡Claro que sí! —exclamó Hagrid— Ya llevaba un tiempo siendo guardabosques de la escuela. Los mellizos se les parecen tanto.
—Oye, Hagrid, ¿podría pedirte un favor?
Hagrid la miró sorprendido, pero enseguida asintió entusiasmado.
—¡El que sea! Tú solo dilo y el viejo Hagrid te ayudará.
Sophia sonrió radiante.
—¿Crees que podrías ayudarme a conseguir fotos de ellos? De los padres de los mellizos. Es que le prometí a Hally que le conseguiría al menos una, y tú eres el único que puede ayudarme.
Con la última frase, el peludo rostro de Hagrid se iluminó. '¡Lo tengo!' pensó emocionada.
—Yo... ¡Claro que puedo! Empezaré a reunirlas tan pronto acabe con el nido de doxis en la oficina de Filch. Voy a enviarles cartas a todos los que fueron sus compañeros de curso. Mary McDonald, Alex Brown, Joseph McArthur, Remus Lupin, Alessya Steven...
Hagrid empezó a caminar hacia el castillo mientras seguía enlistando nombres que Sophia no conocía, dejándola a ella y a Fang olvidados en medio del césped.
—Nunca he jugado con un perro al aire libre —le dijo Sophia a Fangs—. ¿Qué tal una carrera hasta el límite del bosque prohibido?
Fangs ladró contento y salió corriendo hacia donde Sophia había señalado, dejándola atrás.
—¡Oye! —se quejó empezando a correr tras él— Ya ni en los perros se puede confiar.
Sophia llegó al límite del bosque, donde Fang la esperaba. Estaba lista para hacerle una rabieta al perro tramposo, pero un intenso dolor en el pecho la detuvo.
Sentía como si alguien le clabara un cuchillo justo en medio del pecho. Cayó de rodillas, con las manos en el pecho tratando de parar el dolor. Empezó a marearse y la vista se le puso borrosa. Ahora también le dolía la cabeza, pero el dolor en el pecho no desapareció. Oyó a Fang ladrar junto a ella, aunque se escuchaba como si estuviera del otro lado del jardín.
Lo último que vio fue la borrosa imagen de Fangs saltando y ladrando como loco, antes de que todo se volviera negro.
