Sofía abrió los ojos aterrada al sentir una cosa húmeda, blanda y pegajosa sobre su rostro.

—¡GUSANO! —gritó aterrada, poniéndose de pie de un salto.

Se pasó las manos por la cara y buscó en el suelo en busca de la cosa que la había despertado, cuando un ladrido detrás de ella le llamó la atención.

—¿Fang? —preguntó confundida, luego notó la enorme lengua que salía de la boca del perro— ¿Eras tú?

Fang ladró contento, haciendo que Sophia soltara un suspiro aliviada. No tenía problemas con que un perro le lamiera la cara, pero desde que vio un gusano por primera vez había desarrollado una peculiar fobia hacia ellos.

—Entonces no hay problema—dijo Sophia sentándose—. Por cierto, ¿qué hacemos aquí afuera?

Fang volvió a ladrar y se le echó encima, tirándola al suelo, lo que la hizo recordar lo que había pasado con Hagrid y luego cuando jugaba con Fang.

Luego de un rato, Fang dejó de lamerle el rostro a Sophia y se echó junto a ella, poniendo su cabeza en el estómago de la rubia.

Sophia se limpió la baba de los ojos y miró hacia el cielo, se dio cuenta de que ya estaba anocheciendo.

—¿Cuánto tiempo llevamos aquí, bonito? —preguntó acariciándole la cabeza al perro.

—Pues no sé Fang, pero yo diría que unas dos horas.

Sophia levantó la cabeza para ver a Hally parada frente a ella.

—Lárgate, Potter. ¿No ves que estoy ocupada?

—Lo siento, Sophie. No quise interrumpir tu cita.

Sophia rodó los ojos y volvió a echar la cabeza para atrás.

—Ya sabes que el tío Ted no me deja tener perros, así que déjame disfrutar del tiempo que paso con ellos.

Hally se rió, y en lugar de marcharse, se acostó junto a Sophia.

—Siempre me lo pregunté. ¿Por qué no te dejan tener perros? Es decir, has tenido palomas, pollos, una oveja, una caja con hormigas y un gallo —dijo contando con los dedos de las manos—. ¿Qué hay de malo con que tengas una mascota normal? Digo, aparte de que no eres normal.

Sophia la golpeó en el brazo, sonriendo de todos modos.

—La tía Andromeda es alérgica. Además, ¿qué hay de malo con mis mascotas, eh? Con la única que estoy de acuerdo es con la oveja, pero tío Ted la vendió antes de que cumpliera una semana con nosotros.

Hally soltó una carcajada.

—Jamás olvidaré cuando se la ganaste a ese tipo en la feria del pueblo. ¿Quién iba a decir que una cosita escuálida como tú le iba a ganar a ese tanque en el concurso de comer pastel de carne?

Sophia sonrió al recordar esa feria, la misma en donde tío Ted se ganó a Pepper en el concurso al mejor pastel de pollo. Irónico.

—El tipo se confió. El concurso decía que quien comiera la mayor cantidad de pie de manzana en menos tiempo, y en los diez minutos reglamentarios él solo se comió la mitad de lo que yo.

—Moraleja: Jamás te confíes de las personas pequeñas. Son hijos del diablo, todos ellos.

Sophia rodó los ojos.

—¿Tengo que recordarte que soy más alta que tú, pelirroja sin gracia?

—No por mucho tiempo —respondió Hally restándole importancia—. Cuando lleguemos a la adolescencia, voy a ser más alta y más bonita que tú, mis pechos serán más grandes que los tuyos y tu rostro se llenará de granos.

Sophia se echó a reír, contagiando también a Hally.

Hally siempre había dicho que, cuando crecieran, Sophia sería más plana que una tabla, y que ningún chico querría salir con ella, por muy bonito que fuera su rostro.

—Claro, Potter —dijo Sophia cuando se calmó—. Quiero verte diciendo eso cuando tengas que rellenar tus sostenes con naranjas para no verte como un burro de planchar.

—¿Así como tú? —contestó la pelirroja.

—Tengo once años, Potter. ¿A qué edad crees que llega la pubertad?

—Cuando das tu primer beso.

Sophia se quedó helada. ¿Acaso Harry le contó?

—Qué estupidez —respondió tratando de disimular su sorpresa—. La pubertad llega cuando un hombre llamado Andrés llega a visitarte.

Hally frunció el ceño.

—¿Andrés?

—Sí, Andrés.

—Pero yo no conozco a ningún Andrés.

Sophia se encogió de hombros.

—Eso es lo que Dora me dijo. Yo estaba viendo una película con tío Ted y una chica mencionó la pubertad, le pregunté a Ted lo que significaba y él me dijo que le preguntara a Dora. Y Dora me dijo que la pubertad era cuando Andrés venía a visitarte. Dijo que venía una vez al mes, pero cuando le pregunté a qué venía, ella no me quiso decir.

—Tal vez a hacer esas cosas prohibidas que ella hace en la Academia con sus "amigos" —comentó Hally subiendo y bajando las cejas.

—No lo creo —dijo Sophia arrugando la nariz—. Ha de ser para entregar una poción o algo.

—¿Una poción? —preguntó Hally— ¿Para qué? ¿Para hacer crecer los pechos?

Sophia resopló tratando de ocultar el echo de que estaba tanto o más perdida que Hally en todo ese tema de Andrés y la pubertad.

—Hablas mucho sobre el crecimiento de pechos, Hall. Empezaré a pensar que te agradan más los cuerpos de las niñas que los de los niños.

—Bueno, ya que tú estás acaparando a todos los chicos, creo que al final no me quedará de otra.

Sophia rodó los ojos.

—¿Y quiénes son 'todos los chicos' según tú?

—Ya sabes, el tipo que te manda las palomitas, mi hermanito el tarado, y más recientemente nuestro querido Freddie.

—Sabes, a veces deseo ser como tú —comentó Sophia—, tan fea que ningún chico voltea a verme.

—Idiota —murmuró Hally frunciendo el ceño—. Pero no vas a negar que alguno de ellos te interesa.

Sophia se sentó, haciendo que la cabeza de Fang se deslizara a sus piernas.

—¿Interesar? —preguntó haciendo una mueca— Hablas como esas mujeres de las telenovelas de tía Andromeda. Hally, tengo once años. Lo único que me interesa ahora es encontrar una forma en que McGonagall no sospeche de mí cuando hago una broma.

Hally se sentó, quedando cara a cara.

—¿Entonces qué fue lo que pasó en la torre de astronomía? ¿Y por qué no me has contado?

—Algo me dice que ya sabes la respuesta —respondió la azabache mirándola con seriedad—, a ambas preguntas.

Hally se quedó callada un momento, suspiró pesadamente y se echó para atrás, quedando tendida en el suelo de nuevo.

—Obligué a Harry a decírmelo. Esta confundido, ¿sabes?

—Pues no debería.

Hally la miró alarmada.

—¿Que no debería? ¡¿Que no debería?! ¡Besó a su mejor amiga! ¡Claro que debería! ¡Tú también deberías!

Sophia rodó los ojos, se puso de pie junto a Fang y estiró los brazos.

—Solo fue un beso, Hall, no es como si nos hayamos casado. Eso no va a cambiar nada. Harry seguirá siendo mi mejor amigo y yo su mejor amiga.

—¿Quieres decir que... que no te gusta Harry?

Sophia la miró indignada, sus mejillas más rojas que el cabello de Hally.

—¡NO! Harry es mi amigo, casi como mi hermano. Además, a mi no me gusta nadie, a menos que cuentes a Richard Gere.

Hally rió mientras se ponía de pie.

—No sé por qué te gustó tanto esa película. Yo ni la entendí.

Sophia la miró indignada.

—Disculpate, Potter, pero 'Mujer Bonita' es una de las mejores películas que he visto en mi vida.

—Lo dices porque sólo has visto cinco películas en tu vida —respondió Hally rodando los ojos—. Además sólo te gustó porque Richard es un bombón.

Sophia la golpeó en el hombro. Era cierto que Richard Gere estaba como quería, pero la película también le había gustado mucho.

.

.

.

Ya habían pasado unas semanas del partido de quidditch. Todo parecía haber vuelto a la normalidad excepto por una cosa: Quirrel.

Desde que Harry les contó que Snape amenazó a Quirrel para que le dijera cómo llegar a la piedra filosofal, los cinco habían cambiado su forma de comportarse con el profesor de Defensa.

Harry y Hermione le sonreían siempre que lo veían y Ron amenazaba a todo el que se burlara de su tartamudeo. Sophia y Hally, por otro lado, dejaron de gastarle bromas, tomando a Snape como nuevo blanco, a parte de Malfoy y Parkinson, claro.

Otro cambio lo hizo Hermione, alargando las sesiones de estudio, alegando que en unas semanas empezarían los exámenes.

Ya los tenía estudiando todas las tardes en que no había entrenamiento de quidditch, y casi le da un ataque cuando una de esas tardes, Sophia le dijo que no planeaba acompañarlos.

Sophia le dijo que no necesitaba estudiar. No lo había hecho en la escuela en Little Whinghin y aún así sus notas habían sido buenas, así que no veía el caso de estudiar tanto algo que ya sabía.

Al final, Sophia logró escabullirse de las garras de Hermione y se fue corriendo hacia los jardines, donde anduvo vagando por un rato cerca del límite del bosque, hasta que sintió un calor abrazador.

—¿Hagrid? —murmuró extrañada al ver que el calor provenía de la cabaña del guardabosques.

—¡HAGRID! —gritó y salió corriendo hacia la cabaña cuando vio que Hagrid entraba en ella con una enorme cantidad de leña.

—¡S-sophia! —exclamó nervioso, la hizo entrar y puso la leña en el suelo junto a la mesa, antes de cerrar la puerta de nuevo.

—¡Huff! ¡Qué calor! —exclamó Sophia viendo la chimenea encendida— Hagrid ¿cómo puedes estar así?

—¿Oh? N-no es na-nada... Sólo...

Sophia frunció el ceño y se asomó a la chimenea, viendo el enorme caldero que colgaba en ella.

—Esta vacío —murmuró extrañada al ver que no había nada en el caldero—. ¿Qué tramas Hagrid?

Hagrid dio un respingo, pero antes de que pudiera responder, Sophia notó algo en medio del fuego de la chimenea, debajo del caldero. Un enorme huevo negro.

—Oh, Merlín divino... —murmuró recordando haberlo visto en la clase de Quirrel— ¿Cómo? ¿Cuándo? Hagrid...

—Lo gané —dijo Hagrid— anoche... En un juego de cartas con un extraño en la taberna del pueblo.

—¿Y crees que vaya a nacer? —preguntó Sophia sin despegar la vista del huevo.

—Pues espero que sí —dijo más tranquilo.

—Pero, ¿qué harás cuando nazca? ¿Cómo harás para criarlo? ¿Sabes cómo alimentarlo?

—Bueno... Yo... N-no ha de ser t-tan difícil, digo, crié a Fang sin tener idea de lo que comen los perros...

—Hagrid, un dragón no es un perro —dijo Sophia frunciendo el ceño, pero luego, una sonrisa se formó en su rostro—. ¿Qué te parece si vamos a la biblioteca? Hay una sección de dragones ahí. Apuesto que ha de haber algún libro sobre cómo criarlos.

El rostro de Hagrid se iluminó, y prácticamente arrastró a Sophia hasta la biblioteca, contándole en el camino sobre cómo había encontrado a Fang cuando era un cachorro.

—... y le dije a Dumbledore que me había seguido a casa. Él no me creyó, claro. Es el hombre más inteligente que haya...

Ambos se escabulleron en la biblioteca, y Sophia lo guió a la sección de dragones, teniendo cuidado de que nadie los viera.

—Mira este —dijo Hagrid mostrándole un libro que sacó de la parte alta del estante—: 'Crianza de dragones para placer y provecho'.

—¿Y qué tal éste? —dijo Sophia, sosteniendo el libro más grueso que encontró en la parte baja del estante— 'Dragones del huevo al cielo. Guía para cuidadores de dragones'.

Hagrid lo miró emocionado.

—¡Oi, Hagrid, Sophia!

Sophia y Hagrid se miraron con pánico al escuchar la voz de Ron. Rápidamente, ocultaron los libros tras la espalda y salieron a saludar. Harry, Hally, Ron y Hermione estaban en una de las mesas, con varios libros y pergaminos en ella.

Sophia casi le lanzó el libro a Ron en la cabeza cuando el pelirrojo mencionó la piedra filosofal en voz alta, y Hagrid tuvo que invitarlos a su casa más tarde para hablar.

—¿Qué les pasa a esos dos? —preguntó Hally al ver alejarse al extraño dúo— ¿Y qué llevaban en la espalda?

—No lo sé —dijo Ron confundido—. Iré a ver en qué sección estaban.

Harry y Hally se miraron confundidos. ¿Qué estarían tramando? O más bien, ¿qué estaría tramando Sophia? ¿Y por qué estaba arrastrando a Hagrid con ella? Sus expresiones se llenaron de horror junto a la de Hermione cuando oyeron a Ron gritar desde la sección donde habían estado Sophia y Hagrid.

—¡DRAGONES!

.

.

.

Ya había pasado una semana desde que se enteraron del huevo de Hagrid, un Ridgeback Noruego, según los libros. Hermione había conseguido engañar a Hagrid para que les dijera quiénes habían ayudado a esconder la piedra, y Hagrid había sido muy específico: Sprout, Flitwick, McGonagall, Quirrel... y Snape.

Ahora tenían otra cosa más de qué preocuparse. Si Snape había colaborado a esconder la piedra, iba a ser mucho más fácil para él robarla.

Claro, que Sophia no había dejado que eso, sumado a las sesiones interminables de estudio y los duros entrenamientos la detuvieran para ir todos los días a la cabaña de Hagrid para ver si el huevo aún no se abría. Según el libro, ya quedaba poco tiempo.

Justo ese día, durante el desayuno, les llegó una nota diciendo que ya estaba por nacer. Ron quería que faltaran a Herbología para poder ir, pero Hermione se negaba firmemente. Por desgracia, Malfoy parecía haber oído la conversación.

Al terminar de desayunar, cuando los chicos se dirigían al invernadero, Sophia y Hally les dijeron que debían regresar a la torre.

—Es que olvidé mi corbata —dijo Sophia señalándose el cuello de la camisa.

—Y yo voy a ayudarle a buscarla —siguió Hally.

—Pero si tú nunca usas corbata —dijo Hermione, aunque para cuando terminó de hablar, Sophia y Hally ya habían salido corriendo de ahí.

Iban a irse directo a la cabaña, pero Sophia recordó la cámara que Dora le había dado para Navidad, así que se fueron primero a la torre de Gryffindor por ella.

Ambas llegaron corriendo a la cabaña, ansiosas de ver a un dragón por primera vez en sus vidas.

El huevo ya tenía algunas grietas, y comenzaba a moverse de vez en cuando. Harry, Ron y Hermione llegaron cuando la lección terminó, y justo después de que entraron, el huevo empezó a abrirse.

El dragón parecía un pequeño paraguas negro, tenía el hocico largo, los ojos naranja saltones, sus alas eran más largas que su cuerpo y un par de cuernitos empezaban a salirle en la cabeza.

—Qué linda —murmuró Sophia sintiéndose hipnotizada, luego de haberle tomado la foto.

El dragón le mordió el dedo a Hagrid, quien se autoproclamó su madre, pero un ruido afuera lo hizo pararse y ver por la ventana. Malfoy los había espiado.

.

.

.

Pasaron los días y Malfoy no se molestaba en esconder que sabía su secreto, que los tenía en sus manos. O eso creía él.

—¡Petrificus Totalus!

Malfoy se giró justo a tiempo para ver los cuerpos de Crabb y Goyle ponerse totalmente rígidos antes de caer al suelo, como si fueran de piedra.

Sophia y Hally aparecieron ante Malfoy, apuntando sus varitas hacia él. El Slytherin sacó su varita, pero Sophia gritó ¡Expeliarmus! Haciendo que la varita de Draco volara hacia ella.

Sophia atrapó la varita, se la pasó a Hally y caminó hacia Malfoy. Avanzó hacia el, lo tomó del cuello de la camisa y lo estrelló contra la pared del pasillo, haciéndolo gemir de dolor.

—Escúchame bien, primito. No quiero que andes por ahí divulgando los secretos de nadie, ¿entendido?

—N-no sé d-de q...

—¡Claro que lo sabes! —exclamó Sophia, presionando la punta de su varita contra el cuello de Malfoy— Lo sabes muy bien, maldito albino cobarde. Sólo quiero que te quede claro, que si me llego a enterar de que has abierto la boca, te arrancaré la lengua y se la daré de comer a los hipogrifos. Así me aseguraré de que no vuelvas a andar revelando secretos ajenos. ¿Entendiste, primita querida?

Draco dudó, desviando su mirada. Sophia presionó más su varita al cuello de Draco y este asintió asustado, apretando los ojos.

—Por cierto —susurró Sophia para que Hally no la oyera—, dile a tus papis que gracias por el libro.

Sophia le soltó el cuello y ella y Hally desaparecieron del pasillo tan rápido como llegaron, sin molestarse en deshacer el hechizo que les lanzaron a Crabb y Goyle.

—¿Crees que vaya a decirle a alguien? —preguntó Hally entiendo a la sala común.

Sophia se rió entre dientes.

—¿Y decir qué? ¿Que fue amenazado de muerte por un par de niñas dulces e inocentes?

—Perdóname, Garras, pero no creo que logres convencer a nadie con ese argumento.

Sophia rodó los ojos.

—Lo que quiero decir, cerebro de maní, es que no creo que al dragoncito le guste que se enteren de que un par de niñas lo hicieron mojarse sus braguitas, ¿entiendes?

.

.

.

—No.

—¿Qué?

—¿Cómo que no?

—Sabes que estará mejor allá...

—¡He dicho que no, joder!

—Sophia, no crees que estas siendo un poco egoísta...

Sophia miró indignada a Hermione.

—¿Egoísta? ¿Yo? ¡Pero si son ustedes los que quieren deshacerse de Norberto! ¡Son ustedes los que ya no quieren que esté con Hagrid!

—¡Porque él no pertenece aquí! —exclamó Hermione— Norberto tiene que estar con otros dragones, en espacio abierto, con los cuidados que requiere. No en la cabaña de Hagrid bebiendo whiskey de fuego y quemándole la cola a Fang cada vez que respira.

Sophia resopló resignada. Entendía perfectamente el punto de Hermione, pero también quería a esa lagartija escupefuego.

Pero lo que realmente la molestaba era que nadie le hubiera contado del plan para enviar a Norberto a Rumania. Si no hubiera bajado esa noche a la sala común para buscar su libro de pociones (se lo arrojó a Seamus cuando el chico insinuó que Snape estaba enamorado de ella y por eso la trataba tan mal, y no se molestó en recogerlo), no habría descubierto a Harry, Hally y Hermione a punto de salir por el retrato con la capa de invisibilidad en mano.

—¿Y por qué no me dijeron, eh?

—Porque sabíamos que te pondrías así —respondió Harry abriendo el retrato.

—Anda ya —dijo Hally siguiendo a su hermano—. Lleva tu trasero de regreso al dormitorio. Regresamos en un par de horas.

Sophia rodó los ojos y salió por el retrato tras ellos.

—Si crees que voy a dejar que se vayan así como así, estas más drogada de lo que pensé, Potter.

Hally abrió la boca para discutir, pero Harry las calló.

—Ahí viene Filch —susurró, esperó a que Hermione cerrara el retrato tras ella y echó la capa sobre los cuatro.

Filch pasó frente a ellos sin notarlos, pero la señora Norris se acercó y tocó el pié de Hally con sus garras. Hally sacó su varita y le lanzó un hechizo que la empujó hacia atrás, haciéndola maullar.

—Idiota —susurró Sophia.

Al ver a Filch acercarse a ellos, Hermione sacó su varita y lanzó un hechizo hacia unas armaduras al otro lado del pasillo, haciendo que el conserje cambiará de dirección.

Filch salió corriendo hacia las armaduras y los cuatro niños salieron de ahí tan rápido como pudieron, aunque Hally se paró y volvió a lanzarle el hechizo a la señora Norris con un poco más de fuerza.

—Gata idiota.

.

.

.

Sophia vio las cuatro escobas acercarse a ellos y aferró con fuerza la caja que contenía a Norberto.

Cuando llegaron a la cabaña y Hagrid les dijo que le puso un peluche a Norberto, Sophia casi se puso a llorar. No entendía cómo un simple dragón podía causarles problemas a sus amigos. O más bien, sí lo entendía, pero no lo aceptaba.

Era cierto que era un poco violento y letal, pero con Sophia el dragón más bien se comportaba como el cachorro que Hagrid decía que era, y ahora tendría que entregarlo para, seguramente, no volverlo a ver jamás.

—Voy a extrañarte, lagartija —susurró antes de entregarle la caja a uno de los amigos de Charlie, el hermano de Ron que se haría cargo de Norberto.

—No te preocupes pequeña —le dijo uno de los muchachos—. Charlie ama más a sus dragones que a su propia madre. Tu bebé no podría estar en mejores manos.

—Más les vale —murmuró Sophia mientras dejaba que el chico tomara la jaula, antes de colocar le el arnés que la sujetaba a las escobas.

Unos minutos después, Hally, Hermione y Harry caminaron hacia la escalera, pero Sophia seguía mirando hacia donde desaparecieron Norbert y los amigos de Charlie.

Soltó un suspiro y caminó para alcanzar a Harry, que se había quedado esperándola mientras Hermione y Hally bajaban.

—Cuando seamos mayores, te compraré tres cachorros para ti sola —le prometió Harry pasándole un brazo sobre los hombros.

—Más te vale, Potter —respondió Sophia tristemente, mientras bajaban las escaleras.

Al bajar, Sophia estuvo a punto de pedirle a Harry que la cargara en su espalda hasta la sala común, cuando el rostro de Filch se apareció ante ellos.

—Maldición.