—Creo que tengo idea de lo que sucedió —dijo la profesora McGonagall—. No hace falta ser un genio para descubrirlo. Se inventaron una historia sobre un dragón para que Draco Malfoy saliera de la cama y se metiera en líos. Supongo que les habrá parecido divertido que Longbottom oyera la historia y también la creyera, ¿no?
—¡Claro que no, profesora!
—¡Nosotros nunca...!
—¡Silencio!
Sophia y Hally se callaron de inmediato.
Luego de atraparlos en afuera de la torre, Filch los llevó al despacho de la profesora McGonagall, quien los esperaba junto a Neville que había sido atrapado tratando de avisarles que Malfoy iba tras ellos.
—Potter, Black —continuó la profesora en tono frío—, no tienen idea de lo decepcionada que estoy de ustedes dos. Especialmente de ustedes dos. He llegado a soportar sus infracciones al reglamento de la escuela porque hasta el momento no habían sido más que bromas "inofensivas". Pero arriesgar la vida de dos de sus compañeros al sacarlos de sus camas a media noche, en tiempos tan peligrosos como estos, es simplemente inaceptable. Pensé que eran diferentes, pensé que tú eras direfente...
McGonagall soltó un largo suspiro. Sophia no entendió lo que quiso decir. ¿Diferentes? ¿Diferentes a quién? ¿A quiénes?
—Hace años hubo una pareja de "bromistas", justo como ustedes, haciendo chiquilladas estúpidas como colocar gusanos en la comida de sus compañeros o hechizar sus pergaminos para que no pudieran escribir en ellos.
La mirada de McGonagall se clavó en la pared, aunque parecía como si mirara algo más allá, como si fuera una imagen muy lejana.
—Incluso a los profesores les hacía gracia. ¡Merlín incluso yo desvié la vista un par de veces! Pero entonces... —McGonagall apretó con fuerza la pluma que tenía en su mano hasta que los nudillos se le pusieron blancos— las bromas se volvieron más pesadas, más peligrosas, hasta llegar al punto de poner en peligro de muerte a otro alumno. Claro que, al no haber pruebas de su culpabilidad, no fueron expulsados, pero todo el mundo sabía que fueron ellos.
McGonagall se aclaró la garganta. Su voz parecía a punto de quebrarse, como si hablar de eso le costara toda la fuerza que tenía.
—Ahora ninguno de los dos... ninguno de ellos vive. Ambos fueron de mis alumnos más estimados, y no pasa un solo día en que no piense en ellos. Pero hay momentos en los que creo, que lo que les pasó les estuvo merecido.
Filch soltó una risa macabra cuando McGonagall acabó, como expresando su acuerdo.
La profesora sacó un pañuelo y se limpió la nariz sonoramente, se aclaró la garganta y volvió a mirarlos a ellos.
—Hasta hoy me he negado firmemente a creer que ustedes dos puedan llegar a ser como su... como ellos, pero luego de lo que han hecho esta noche -porque no tengo duda de que ustedes dos son las principales responsables-, ya no estoy tan segura de eso.
Sophia apretó los puños y su cara se puso roja. Quería decirle a la profesora que ella jamás podría en peligro la vida de otro estudiante, excepto a Malfoy, aunque tomando en cuenta que el "Dragoncito" había sido uno de los "afectados", prefirió callarse.
—Estoy tan disgustada —exclamó McGonagall—. Seis alumnos fuera de la cama en una noche. ¡Nunca he oído una cosa así! Tu, Hermione Granger, pensé que tenías más sentido común. Y tú, Harry Potter... Creía que Gryffindor significaba más para ti. Los cinco sufrirán castigos... Sí, tú también, Longbottom, nada te da derecho a dar vueltas por el colegio durante la noche, en especial en estos días: es muy peligroso y se les descontarán cincuenta puntos de Gryffindor.
—¿Cincuenta? —resopló Harry. Iban a perder el primer puesto, lo que había ganado en el último partido de quidditch.
—Cincuenta puntos cada uno —aclaró McGonagall.
Sophia casi se va de espaldas. Ni cuando le rompió la nariz a Malfoy le descontaron tantos puntos. ¿Cómo era capaz McGonagall de quitarle 250 puntos a su propia casa?
En ese momento, Hally cayó de rodillas frente al escritorio, rogándole a la profesora que no lo hiciera.
—Ponte de pie, Potter, no vas a lograr nada. Ahora vayanse a la cama. Ya les haré saber sobre su castigo. Sí, Potter, aún con todos esos puntos perdidos servirán un castigo. ¡Black, levanta a Potter antes de que sean otros cincuenta puntos menos para Gryffindor!
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Para la mañana siguiente la noticia ya se había corrido, y las reacciones de los demás eran justo como Sophia esperaba. Todos los Gryffindor los insultaban, les hacían malas caras o los ignoraban. Incluso los Ravenclaw y Hufflepuff los miraban mal, ahora ya no había nadie entre Slytherin y la Copa de las casas. Y justo por eso, los Slytherin que se encontraban los felicitaban y les agradecían. La Copa de las casas no podía importarle menos a Sophia, pero tampoco quería que Slytherin se quedara con ella.
Aunque la cosa era peor para los mellizos y para Sophia, al ser los más conocidos. Neville ni siquiera se les acercaba, y Hermione ya no llamaba la atención en clases.
El único que se mantuvo a su lado fue Ron. Incluso los gemelos les habían dado la espalda, pero lo peor para Sophia había sido la fría mirada que le mandó Fred en el desayuno antes de sentarse junto a Angelina Johnson en lugar de junto a ella, como siempre.
Lo único que logró animarla, o al menos hacerla sentir alivio, fue la dichosa palomita que volaba hacia ella.
No dejes que te afecte, preciosa. En una semana o dos se les olvidará lo que pasó. Una fierecilla como tú no debería sentirse mal por unos cuantos idiotas hablando idioteces. Ahora sonríe, o yo también me pondré triste.
Pd: Está bien, eso fue patético, pero tenía que intentar algo para animarte.
Pd2: No soy tan cursi, ok?
-D.
Sophia sonrió divertida. Por lo menos su "admirador secreto" no le había dado la espalda.
El resto de la semana, Sophia se la pasó hechizando Slytherins que se le acercaban a agradecerle, contenta de tener una excusa para usar los hechizos que Dora le había enseñado para cuando algún chico quisiera "pasarse de listo", sea la que sea eso.
No fue sino hasta el viernes en el desayuno que Sophia se acordó del castigo, cuando McGonagall les mandó notas a los cinco diciéndoles que a las once se presentaran en el vestíbulo para reunirse con Filch.
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Una enorme sonrisa llena de malicia se apareció en el rostro de Sophia cuando vio a Malfoy esperando junto a Filch en el vestíbulo. Se le había olvidado que también al albino lo habían atrapado fuera de la cama aquella noche.
—¡Mira, Hally! —exclamó Sophia con fingida sorpresa— ¡Filch nos ha traído una serpiente para jugar! ¿No es genial?
—Ya lo creo, Soph —respondió la pelirroja sonriendo—, no puedo esperar a que empiece el castigo. La de diversión que tendremos con la serpientita.
La cara de Malfoy se puso aún más pálida de lo que estaba.
—¡Oiga! —le gritó Malfoy a Filch, que empezaba a caminar a los jardines con su lámpara de gas— ¿No va a hacer nada? ¿Acaso no escuchó lo que...?
—¡Callense todos! —exclamó Filch— les sugiero que guarden sus energías. Es una lastima que hayan abandonado los viejos castigos... Colgarlos de las muñecas, del techo, unos pocos días. Yo todavía tengo las cadenas en mi oficina, las mantengo engrasadas por si alguna vez se necesitan... Bien, allá vamos, y no piensen en escapar, porque será peor para ustedes si lo hacen.
Sophia quería darse la vuelta y correr, hasta que escuchó la voz de Hagrid llamarlos. Si Hagrid los cuidaba, no podría ser un castigo tan malo, ¿cierto?
Eso pensó, hasta que Filch mencionó el bosque prohibido.
—¿El bosque? —repitió Malfoy, y no parecía tan indiferente como de costumbre— . Hay toda clase de cosas allí... dicen que hay hombres lobo...
Sophia rodó los ojos y le pegó en la nuca al Slytherin.
—Sólo hay hombres lobo en luna llena, estúpido.
Malfoy la miró mal.
—No vuelvas a tocarme con tus sucias manos...
La sonrisa malvada de Sophia volvió. Esto iba a ser interesante.
—¿Y qué harás, princesa? Aquí no hay ningún mastodonte que te proteja, dragoncito albino, así que mejor prepárate.
—Volveré al amanecer —dijo Filch— para recoger lo que quede de ellos — añadió con malignidad. Se dio la vuelta y se encaminó hacia el castillo, agitando el farol en la oscuridad.
Entonces Malfoy se volvió hacia Hagrid.
—No iré a ese bosque —dijo con miedo.
—¡Oh, la princesita tienen miedo! Pobre princesita. ¿No es tierna, Hall?
Pero Hally estaba muy ocupada riéndose como para responderle a Sophia.
—Lo harás, si quieres quedarte en Hogwarts —dijo Hagrid con severidad—. Hicisteis algo mal y ahora lo vais a pagar.
—Pero eso es para los empleados, no para los alumnos. Yo pensé que nos harían escribir unas líneas, o algo así. Si mi padre supiera que hago esto, él...
—Te dirá que es así como se hace en Hogwarts —gruñó Hagrid—. ¡Escribir unas líneas! ¿Y a quién le serviría eso? Harán algo que sea útil, o si no se irán. Si crees que tu padre prefiere que te expulsen, entonces vuelve al castillo y toma tus cosas. ¡Vete!
—Mejor hazle caso a Hagrid, Draqui —dijo Sophia haciéndose la inocente—. Nos harías un favor a todos si te vas de la escuela.
Malfoy no se movió. Miró con ira a Hagrid, pero luego bajó la mirada
Se acercaron al límite del bosque y Hagrid les señaló un sendero que se adentraba al bosque.
—¿Ven eso? —preguntó Hagrid señalando manchas de líquido plateado en el sendero— Es sangre de unicornio.
A Sophia se le revolvió el estómago. Sangre. Significaba que el animal estaba herido. Que necesitaba ayuda.
—¿Unicornio? —murmuró intentando mantener el poco equilibrio que le quedaba, las piernas y las manos empezaron a temblarle y escalofríos le recorrían la espalda una y otra vez. Su corazón comenzó a palpitar con más fuerza y rapidez.
Hally miró a Sophia con temor.
—Hoy vamos a investigar. Buscaremos al unicornio herido. Talvez tengamos que acabar con su sufrimiento...
Hagrid no había terminado de hablar cuando Sophia empezó a devolver su cena sobre los zapatos de Malfoy.
—¡Argh! ¡Mi padre definitivamente se enterará de esto!
Malfoy se alejó lo más que pudo, y Harry le sostuvo el cabello a Sophia para que no se ensuciara.
—¿Estás bien? —preguntó Hagrid preocupado— Talvez sea mejor que esperes en la cabaña. Ya hablaré con Dumbledore mañana, estoy seguro que él entenderá...
—N-no —murmuró Sophia tratando de enderezarse—, estoy bien. Y-ya pasó.
Hagrid la miró sospechoso por un momento, pero asintió.
Sophia no podía dejar que mataran al unicornio. Si lo encontraba antes que Hagrid, tal vez ella o Hermione podrían hacer algo por él. Si había un rastro de sangre, quería decir que el unicornio había podido correr luego de ser herido, por lo que su herida no podía ser tan grave, ¿cierto?
Hagrid esperó un momento a que Sophia terminara de componerse, mientras Malfoy se limpiaba sus zapatos con hojas de los árboles más cercanos.
—Vamos a dividirnos en dos grupos —dijo Hagrid—. Hermione, Harry y Hally vendrán conmigo, y Sophia, Neville y Malfoy irán con Fang. Así cubriremos más terreno.
Sophia se sentía muy mal como para discutir. Al principio, se moría por quedarse sola con Malfoy para jugarle alguna broma, pero ahora lo único que quería era encontrar al unicornio, curarlo y llevárselo a casa de los Tonks. Total, tía Andromeda no podía ser alérgica a los caballos.
Sacó su varita y lanzó chispas rojas de ella, como Hagrid les dijo, antes de seguir a Neville, Malfoy y Fang por el sendero.
Hally miró a Sophia hasta que la cabellera azabache desapareció en el bosque, y le lanzó una mirada de preocupación a Harry. Ninguno de los dos entendía lo que le pasaba a su mejor amiga, pero sabían que debía ser muy malo para ponerle el rostro tan verde, y en especial cuando no aceptó la oportunidad que le dio Hagrid de saltarse el castigo.
Harry le tomó la mano a su hermana y la apretó en señal de apoyo. Ambos empezaron a caminar tras Hagrid y Hermione esperando que la noche acabara de una vez.
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—¿Quién está ahí? —gritó Hagrid—. ¡Déjese ver... estoy armado!
Una extraña criatura apareció en el claro donde estaba el grupo de Hagrid, y Hally no supo qué era. De la cintura para arriba, un hombre, con pelo y barba rojizos, pero por debajo, el cuerpo de pelaje zaino de un caballo, con una cola larga y rojiza.
—Oh, eres tú, Ronan —dijo aliviado Hagrid—. ¿Cómo estás?
Se acercó y estrechó la mano del centauro.
—Que tengas buenas noches, Hagrid —dijo Ronan—. ¿Ibas a dispararme?
—Nunca se es demasiado cuidadoso —dijo Hagrid, tocando su ballesta—. Hay alguien muy malvado, perdido en este bosque. Ah, éstos son Hally y Harry Potter y ella es Hermione Granger. Son alumnos del colegio. Y él es Ronan. Es un centauro.
—Nos hemos dado cuenta —dijo débilmente Hermione.
—Genial —murmuró Hally con asombro.
—Buenas noches —los saludó Ronan—. ¿Estudiantes, no? ¿Y aprenden mucho en el colegio?
—Eh...
—Un poquito —dijo con timidez Hermione.
—Un poquito. Bueno, eso es algo. —Ronan suspiró. Torció la cabeza y miró hacia el cielo—. Esta noche, Marte está brillante.
—Ajá —dijo Hagrid, lanzándole una mirada—. Escucha, me alegro de haberte encontrado, Ronan, porque hay un unicornio herido. ¿Has visto algo?
Ronan no respondió de inmediato. Se quedó con la mirada clavada en el
cielo, sin pestañear, y suspiró otra vez.
—Siempre los inocentes son las primeras víctimas —dijo—. Ha sido así durante los siglos pasados y lo es ahora.
—Sí —dijo Hagrid—. Pero ¿has visto algo, Ronan? ¿Algo desacostumbrado?
—Marte brilla mucho esta noche —repitió Ronan, mientras Hagrid lo miraba con impaciencia—. Está inusualmente brillante.
—Sí, claro, pero yo me refería a algo inusual que esté un poco más cerca de nosotros —dijo Hagrid—. Entonces ¿no has visto nada extraño?
Otra vez, Ronan se tomó su tiempo para contestar. Hasta que, finalmente, dijo:
—El bosque esconde muchos secretos. Sirius se comporta extraña esta noche.
—¿Sirius? —preguntó Hally extrañada.
—La estrella más brillante del cielo nocturno —respondió Ronan señalando la estrella que más resaltaba en el cielo—. Aunque se ha estado opacando en los últimos años. Los últimos diez años...
—¡Sí, sí! —lo interrumpió Hagrid nervioso— Entonces ¿no has visto al unicornio?
Un segundo centauro interrumpió a Hagrid. Éste era de pelaje más oscuro y parecía más salvaje que Ronan.
—Hola, Bane —saludó Hagrid—. ¿Qué tal?
—Buenas noches, Hagrid, espero que estés bien.
—Sí, gracias. Mira, le estaba preguntando a Ronan si había visto algo extraño últimamente. Han herido a un unicornio. ¿Sabes algo sobre eso?
Bane se acercó a Ronan y miró hacia el cielo.
—Esta noche Marte brilla mucho —dijo simplemente—, y Sirius cada vez menos.
Hally se preguntó por qué tanta insistencia con Marte y Sirius. ¿Acaso eso significaba algo malo? Sabía que Marte significaba guerra, lo aprendió de escuchar el programa de los signos del zodiaco que ponía una de las encargadas del orfanato cada jueves, pero no creía que los centauros creyeran en eso, hasta que Hagrid les dijo que, de hecho, los centauros son astrólogos.
—¡Hagrid, mira! —exclamó Hermione alterada— ¡Chispas rojas!
Harry y Hally se miraron asustados. ¿Le habría pasado algo a Sophia?
—Me importa una mierda lo que le pase a Malfoy —dijo Hally cuando Hagrid se fue en dirección a las chispas—, pero si le pasa algo a Soph...
Harry le puso una mano en el hombro a su hermana. Él también estaba aterrado. Sophia era la primer amiga que había tenido, era la persona que más lo conocía, incluso más que Hally. No podía imaginarse lo que sería de él si Sophia no hubiera llegado a estudiar a su escuela.
—Y el pobre Neville está aquí por nosotros —añadió Hermione.
—Cálmate, Hally —pidió Harry al ver que Hally empezaba a temblar—. Conociendo a Soph lo más seguro es que le haya hecho alguna broma a Malfoy, quizás lo asustó para que lanzara las chispas...
—¡Pero tú la viste, Harry! —exclamó la pelirroja llevándose las manos a la cabeza— ¡Parecía que iba a desmayarse en cualquier momento! Oh, no. ¿Y si se desmayó? ¿Y si Malfoy le hizo algo? ¿Y si volvió a vomitar?
Harry suspiró cansado. Sabía que Sophia se estaba sintiendo mal, pero no era momento para pensar en eso. Él conocía a Sophia, sabía que no bajaría la guardia mientras estuviera con Malfoy, pero no sabía qué tan alerta estaría sintiéndose tan mal. Y Neville no sería de mucha ayuda...
—¿Quieres dejar de llorar de una vez?
Harry sintió el alivio recorrerlo cuando escuchó la voz quejumbrosa de Sophia tras los arbustos.
Hagrid se veía furioso. Sophia venía en medio de él y Fang, y tras ellos, Malfoy y Neville.
Neville venía temblando, con la cara palidísima, Sophia parecía irritada y Malfoy venía sosteniendo un pañuelo contra su nariz.
—¡Mi padre se enterará de esto! —decía Malfoy con dificultad— Hará que te expulsen del colegio y a ti que te despidan...
—Pues yo no le tengo miedo a tu papi, dragoncita oxigenada...
—Malfoy se ocultó tras de Neville y lo asustó, haciendo que lanzara las chispas rojas —explicó Hagrid irritado—. Cuando llegué, Sophia estaba sobre él golpeándolo donde podía. Yo hubiera dejado que siguiera, pero no podía dejarlos a ustedes solos por mucho tiempo.
Harry sonrió un poco, pero la sonrisa se le borró cuando vio que el rostro de Sophia había empezado a ponerse verde.
—Harry, tú seguirás con Sophia, Malfoy y Fang. Neville, tú te vienes con nosotros —dijo Hagrid.
—Mierda —murmuró Sophia, lo suficientemente alto para que Harry, Hally y Malfoy la oyeran.
Malfoy también se quejó y volvió a amenazarlos a todos con su padre, pero Hagrid se giró hacia Harry y le habló en voz baja:
—Malfoy no se quedará tranquilo, y Sophia sabe ponerlo en su lugar. Siento enviarte a ti, pero Hermione no dejaría que Soph volviera a golpearlo, y si mando a Hally, probablemente lo maten entre las dos.
Harry asintió. Él habría hecho exactamente lo mismo de estar en el lugar de Hagrid.
El grupo de Harry empezó a caminar por el sendero, tratando de caminar todos a la par. Malfoy no quería quedarse atrás, pero tampoco quería darle la espalda a Sophia, y no es que Harry lo culpara. Merlín sabía que Sophia era malvada cuando quería.
—Oh, no —murmuró Sophia cuando notó que la sangre que había en en camino comenzaba a hacerse más espesa.
Sin pensarlo, salió corriendo hacia donde el rastro la llevara. Un segundo tarde podría significar la muerte del unicronio, y Sophia no estaba dispuesta a dejar a un pobre animal tener una muerte tan lamentable.
—¡SOPHIA! —gritó Harry antes de salir corriendo tras ella junto a Fang.
Harry notó a Malfoy correr tras ellos, probablemente temeroso de quedarse solo y perderse. Los árboles eran cada vez más gruesos, bloqueando más y más la luz de la luna. Harry jamás había estado más agradecido de que el cabello de Sophia tuviera esos destellos azules, porque si no, no podría haberla seguido tan lejos.
Sophia siguió corriendo desesperada, pidiendo con todas sus fuerzas a quien fuera que la oyera que el unicornio siguiera vivo.
Harry corría tras ella, como siempre había sido. Desde que escapaban de la pandilla de Dudley en Little Whinghin, Sophia siempre iba adelante. A ella no le gustaba huir, siendo como era siempre prefirió confrontarlos aunque acabara con un golpe o dos, pero cuando huían, Harry siempre dejaba que fuera ella adelante.
Hubo un momento en que Harry la perdió de vista, y entró en pánico. Siguió las manchas de sangre seguro de que Sophia también las seguía. Además, Fang había pasado demasiado tiempo con ella, seguro podría encontrarla siguiendo su olor.
Pasó por unos arbustos y encontró a Sophia parada dándole la espalda, pero no se logró detener a tiempo y se estrelló contra ella, cayendo ambos al suelo.
Harry rodó y cayó en el suelo junto a ella, quien había vuelto a quedarse quieta con la vista clavada hacia el frente.
Estuvo a punto de preguntarle qué había ocurrido cuando vio las lágrimas que caían por las mejillas de su mejor amiga.
—¿Qué...?
Harry siguió la mirada de Sophia y entendió lo que pasaba. Frente a ellos, tendido en el suelo, estaba el cuerpo sin vida de un unicornio. Su pelaje blanco brillaba más que la luz de la luna, pero sus ojos entreabiertos estaban apagados. Tenía una enorme herida en el cuello, por donde salían hilos de sangre plateada.
Sophia y Harry aún estaban en el suelo, con Fang y Malfoy de pie tras ellos, cuando escucharon un ruido entre los arbustos.
Harry miró cómo atónito una figura encapuchada se arrastró de los arbustos en dirección al unicornio. Miró a Sophia y vio que la azabache no había dejado de ver al animal muerto, como si no hubiera notado a la figura moviéndose frente a ellos.
De repente, el puchero triste de Sophia se transformó en una expresión iracunda que Harry jamás había visto en ella. Sus ojos parecían echar llamas y su cara se puso totalmente roja.
—¡NO! —exclamó tratando de ponerse de pie.
Harry miró hacia el unicornio y vio que la criatura estaba sobre el unicornio muerto, bebiendo su sangre por la herida del cuello.
—¡DETENTE MALDITO BASTARDO! —gritó Sophia, y Harry tuvo que echársele encima para que no fuera tras la criatura— ¡ASESINO! ¡MONSTRUO! ¡PAGARÁS POR ESTO MALDITO HIJO DE...!
De repente, la criatura se giró hacia ellos, se giró y caminó hacia ellos. Malfoy y Fang salieron corriendo. Harry abrazó a Sophia y le dio la espalda a la criatura, tratando de evitar que Sophia se soltara y se le echara encima al extraño ser.
La criatura se acercó más y más a ellos, y la cicatriz de Harry empezó a doler. Por un momento pensó que sería el fin. Que acabaría su vida con la cicatriz quemándole la frente y con Sophia gritando groserías como el más obsceno de los marineros.
Fue entonces que un centauro saltó frente a ellos y atacó a la criatura. Harry se aferró con fuerza a Sophia, que no dejaba de gritar y patalear, y no la soltó hasta que la criatura huyó del ataque.
Sophia se soltó del agarre de Harry y salió corriendo hacia el unicornio, cayendo de rodillas junto a él.
—¿Estás bien? —preguntó el centauro.
Harry lo miró y noto que no se trataba de Ronan ni Bane.
—Sí... ¿Qué ha sido eso?
El centauro no le contestó. Lo observó de piez a cabeza y miró con atención su cicatriz.
—Tú eres el chico Potter —dijo, giró su cuerpo y miró a Sophia— y ella es la nædàr.
Harry miró a Sophia, que se había quitado la túnica y la oprimía sobre la herida del unicornio, murmurando cosas como 'resiste' y 'yo te ayudo' una y otra vez.
—¿C-como lo sabes? —preguntó Harry con tristeza en su voz— ¿Cómo sabes quién es ella?
—Los centauros fuimos los primeros en saber de su llegada al mundo —contestó el centauro sin apartar la vista de Sophia—. Nosotros fuimos los primeros en enterarnos de la venida del ser más puro que habita entre los magos.
Harry resopló incrédulo. 'Pura' sería la última palabra con la que describiría a Sophia. Aún así, no creía que ningún otro mago o bruja se habría adentrado corriendo en el bosque prohibido para auxiliar a un unicornio, y mucho menos estar dispuesto a pelear con una criatura encapuchada y de apariencia peligrosa.
El centauro caminó hacia el unicornio y dobló sus patas, agachándose hasta quedar al nivel de Sophia. Harry fue tras él y vio como le ponía una mano en el hombro a la azabache, que trataba de despertar al unicornio.
—Ya es tarde, pequeña —le habló suavemente—. No hay nada que puedas hacer por él. Ha muerto.
—¡NO! —exclamó Sophia tirando su capa empapada de sangre al suelo. Se sacó el jersey y lo puso sobre la herida, quedando sólo con una delgada camisa de botones puesta.
—Soph, basta —pidió Harry tomando el rostro de la azabache entre sus manos—. Esta muerto. Ya no...
—No, no, no, no...
Sophia sacudió la cabeza violentamente. No iba a dejar morir al unicornio. No podía abandonar a un pobre animal malherido en medio del bosque. 'Sólo debo cerrar la herida' pensó. No sabía cómo, pero debía llevarlo cuanto antes con Madame Pomfrey.
—Temo que debo sacarlos de aquí cuanto antes, Sophia Black —dijo el centauro poniéndose de pie.
Sophia soltó un grito desesperado cuando sintió al centauro rodearle la cintura con sus brazos. Empezó a patalear y se aferró con fuerza al cuello del unicornio.
—Por favor... Déjame ayudarlo... —rogaba sin soltar al unicornio— Aún podemos salvarlo...
Cuando al fin logró separar a Sophia del unicornio, el centauro hizo que Harry se subiera a su lomo.
De repente, Bane y Ronan llegaron galopando al claro.
—¡Firenze! —rugió Bane—. ¿Qué estás haciendo? ¡Tienes un humano sobre el lomo y otro en brazos! ¿No te da vergüenza? ¿Es que eres una mula ordinaria?
—¿Te das cuenta de quiénes son? —dijo Firenze—. Es el chico Potter. Mientras más rápido se vaya del bosque, mejor.
Sophia aprovechó la conmoción para safarse del agarre de Firenze y tomoar de nuevo su lugar junto al unicornio.
—No dejaré que mueras, pequeño —murmuró acariciándole el frío rostro al unicornio—. No te dejaré sólo... No voy a abandonarte...
Una mano se puso sobre la suya. Sophia alzó la vista y vio a Harry, que la miraba con lágrimas en sus ojos.
—Soph, detente —susurró, acariciándole el dorso de la mano con su pulgar—. Ya es tarde. Cuando llegamos él ya estaba muerto. Esa bestia ya lo había matado. No podemos hacer nada. Está muerto.
—¿Muerto?
Harry cerró los ojos un momento. Sophia seguía llorando, pero al menos ya estaba entrando en razón. Parecía como si hubiera tenido un ataque de pánico cuando vio al animal tendido en el suelo.
—Sí —dijo volviendo a abrir los ojos—. Ya no hay nada que hacer.
Sophia hizo un puchero. Harry pensó que iba a contradecirlo, que empezaría a gritar y patalear de nuevo, pero no lo hizo.
—¿Me ayudas a enterrarlo?
Harry la miró sorprendido.
—No puedo dejarlo así —dijo con la voz quebrada—. No puedo irme de aquí dejando su cuerpo expuesto así... ¿Y si el bastardo que lo mató regresa? ¿Y si alguien más intenta...?
Harry sonrió con tristeza.
—Te ayudaré a enterrarlo.
—¡Claro que no!
Ambos niños voltearon a ver a Bane, quien los miraba furioso.
—No deberían estar tocando al unicornio —los reprendió—. Ustedes no tienen derecho a...
—¡Bane, basta! —exclamó Firenze dando una patada en el suelo— No puedes hablarle así a la nædàr. ¿O es que tampoco has podido reconocerla a ella?
Bane retrocedió y guardó silencio.
—No puedes enterrar a un unicornio, Sophia Black —dijo Ronan.
Sophia frunció el ceño, y estuvo a punto de preguntar por qué, cuando el unicornio empezó a brillar intensamente, cegando a los presentes por un momento.
Cuando el brillo se desvaneció, Sophia vio con asombro que el unicornio ya ni estaba allí. En su lugar, había una hermosa y extraña rosa plateada.
Firenze se acercó, cortó la flor y se la extendió a Sophia.
—Tu intensión era salvar la vida del unicornio. Esta es su forma de agradecerte. Ve y ponla en una vasija con tierra, y cuando regreses a tu hogar plantala en el jardín.
Sophia tomó la flor con cuidado y dejó que Firenze la tomara de nuevo en sus brazos. Harry volvió a subirse en su lomo y se alejaron del claro, dejando atrás a Bane y Ronan.
Sophia iba distraída con su flor, hasta que escuchó a Harry preguntarle a Firenze qué era lo que mató al unicornio.
—Matar un unicornio es algo monstruoso —dijo Firenze—. Sólo alguien que no tenga nada que perder y todo para ganar puede cometer semejante crimen. La sangre de unicornio te mantiene con vida, incluso si estás al borde de la muerte, pero a un precio terrible. Si uno mata algo puro e indefenso para salvarse a sí mismo, conseguirá media vida, una vida maldita, desde el momento en que la sangre toque sus labios.
Sophia se quedó pensando. Ella habría preferido morir a tener que matar al unicornio. ¿Qué clase de ser enfermo y retorcido mataría a un animal tan hermoso? Y más si con ello se maldecía a sí mismo.
Siguieron avanzando, mientras acariciaba los pétalos de su flor y Firenze le ayudaba a Harry a concluir que Voldemort estaba tras la piedra filosofal.
Al fin, se encontraron con el grupo de Hagrid, quien le agradeció a Firenze por su ayuda.
Sophia les contó cómo había obtenido la flor, aunque se guardó su pequeña crisis, sabiendo que Harry no diría nada tampoco.
Salieron del bosque y se encontraron con Filch, quien los acompañó hasta la torre de Gryffindor y luego se fue a dejar a Malfoy a Slytherin.
Mientras Harry les contaba a Hally, Hermione y Ron todo lo que pasó, Sophia tomó uno de los floreros que habían sobre las mesas de la sala común, pasó las flores que habían en él a otro florero y metió su rosa en él.
Sophia suspiró cuando escuchó a Harry decir que Snape quería la piedra para resucitar a Voldemort. Si eso era cierto, tenían que andarse con cuidado de ahora en adelante.
Con toda la conmoción, ni Hally ni Harry recordaron mencionar lo que dijeron los centauros sobre Marte y Sirius.
