—... Sin ustedes, nos ganó Ravenclaw, pero la comida será buena.
Harry asintió, pero su mirada estaba puesta en las cortinas que cubrían la cama donde descansaba Sophia del resto de la enfermería. Hermione y Hally llevaban ya un rato lanzando miradas a las cortinas, como queriendo preguntar, pero no se atrevían.
—Entonces, ¿ya la viste?
Harry negó con la cabeza a la pregunta de Ron.
—¿Entonces cómo sabes que está ahí? —preguntó Hally, quien no había hablado desde que ella, Hermione y Ron entraron a la enfermería.
Harry apretó los labios. En la semana que llevaba ahí, Madame Pomfrey no lo había dejado ni acercarse a la cama de Sophia. Las cortinas tenían hechizos para evitar que cualquiera que no fuera la enfermera las abriera.
Sí, las cortinas eran a prueba de intrusos, pero no a prueba de sonido.
—Lo sé porque la he oído gritar —respondió apretando los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos—. A veces despierta dando bocanadas de aire o llorando por el dolor que le causan sus heridas, pero la mayoría de las veces despierta gritando que Voldemort nos matará o...
—¿O qué? —insistió Ron.
—O sobre cosas que le hacían en el hospital.
Harry vio a Hally tratar de correr hacia la cama de Sophia, pero Hermione la sujetó del brazo. Ambas tenían lágrimas en los ojos, mientras Ron miraba hacia las cortinas con tristeza.
Harry sabía de los "ataques" de Sophia. Normalmente ella no recordaba casi nada de su estadía en el hospital, pero cuando algo la alteraba demasiado, se ponía a balbucear sobre los baños en tinas llenas de hielo o las terapias de electroshock que recibía en el psiquiátrico.
Harry no pudo evitar sentirse aliviado cuando la señora Pomfrey echó a sus amigos de la enfermería. No era que se la pasara de lo mejor ahí solo, pero le costaba bastante contener su enojo cuando veía a Hally y Hermione. Antes de pasar la prueba de Snape, Harry les dejó claro que tenían que llevarse a Sophia y a Ron de ahí sin importar qué, y en su lugar, Hally ayudó a Sophia a ir tras él, lo que acabó en el estado tan delicado de la ojigris.
—No deberías ser tan duro con ella.
Harry levantó la mirada, encontrándose con Andrómeda Tonks saliendo de las cortinas de la cama de Sophia.
Desde que llegaron, Andrómeda había ido a la enfermería todas las tardes a cuidar de Sophia. Según Dumbledore, Ted y Nymphadora habían estado ahí el primer día, pero el primero tenía que regresar a trabajar, y la segunda no tenía permiso de abandonar su entrenamiento.
—¿Aún no hay mejoras? —preguntó Harry al ver el par de cubetas que Andrómeda cargaba.
—Ya está volviéndose más clara —respondió la mujer con una pequeña sonrisa—. El Profesor Snape dice que en menos de una semana volverá a ser completamente roja.
Harry suspiró aliviado. Los médicos que revisaron a Sophia dijeron que para eliminar todo rastro del veneno tenían que hacerle varias transfusiones de sangre hasta que el color negro se desvaneciera por completo y recuperara el color rojo. No podían utilizar Pociones restablecedoras de sangre, ya que eso podría empeorar su estado, por lo que tendrían que utilizar donadores.
El problema era que, según los exámenes que le hicieron, Sophia pertenecía al grupo sanguíneo "O-", conocidos como "donadores universales". Según los médicos, mientras las personas como Sophia podían donar sangre a cualquiera, ellos sólo podían recibir donadores de personas del mismo tipo de sangre.
Afortunadamente, habían varias personas dispuestas a donar un poco de sangre con tal de que sus nombres aparecieran en el artículo del Profeta sobre el "accidente" que sufrió la nædàr.
—Iré a dejarle esto al profesor Snape y me iré —dijo Andromeda alzando las cubetas—. Descansa.
Harry miró a la señora Tonks salir de la enfermería. El Profesor Dumbledore le había pedido a Snape que estudiara la sangre envenenada de Sophia hasta que regresara a su color normal, por lo que los días antes de irse, Andrómeda le llevaba dos cubetas con la sangre negra antes de irse.
Al día siguiente, Hagrid se apareció en la enfermería llorando y culpándose por lo que les pasó a Harry y Sophia. Pero Hagrid no venía solo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Harry viendo a su hermana parada junto a Hagrid.
—H-Hagrid me pidió venir —respondió la pelirroja, conteniendo sus ganas de llorar al escuchar el tono frío que usó su hermano.
—Sí, yo... Yo les hice esto —dijo Hagrid les entregó un libro—. Sophia me dijo que ustedes no tenían fotografías de sus padres. Estuve mandando lechuzas a todos sus antiguos compañeros, y Dumbledore me dio el día de ayer para terminarlo.
Harry abrió el libro, encontrándose con fotos de sus padres en cada página. En algunas estaban los dos juntos, en otras estaba su madre y un grupo de chicas, o su padre y otros tres chicos. Incluso había una de su padre, los tres chicos y la profesora McGonagall haciendo la señal de paz y amor a la cámara.
Harry suspiró y abrazó por los hombros a su hermana, quien lloraba sin disimulo. Ambos se quedaron abrazados, mirando de vez en cuando las cortinas que ocultaban a la mejor amiga de ambos.
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Asomó su cabeza por la puerta de la enfermería, asegurándose de que no hubiera nadie más ahí. Madame Pomfrey había salido unos minutos antes hacia el gran comedor para el festín de fin de curso, dejándolo a él vigilando que nadie entrara.
Cerró la puerta tras de sí y caminó hacia las cortinas que ocultaban la cama de la única paciente en la enfermería. La única razón por la que se había ofrecido a hacer guardia durante el festín.
Abrió lentamente las cortinas, y la vio. Su rostro estaba pálido, a excepción de las líneas negras de sus venas y arterias. Tenía vendas en los brazos y cuellos, y los trozos de piel que se veían, estaban cubiertos por una crema verdosa. Su cabello estaba hecho un desastre, y sus labios estaban blancos y agrietados.
Sophia abrió los ojos lentamente. Hace un momento había despertado creyendo que aún estaba con Quirrel, pero casi de inmediato vinieron a su mente los momentos en que había despertado gritando, y Madame Pomfrey había tenido que sedarla para evitar una crisis.
Casi se echó a correr cuando vio a Sophia abriendo los ojos. Madame Pomfrey había dicho que la niña no despertaría en toda la noche, de lo contrario, él jamás se hubiera atrevido a entrar a la enfermería, y mucho menos a abrir las cortinas.
Sophia miró a la persona frente a ella sin reconocerla. Al principio pensó que era la enfermera, pero cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, se dio cuenta de que era un chico, un alumno a quien no reconocía. Era alto, castaño y tenía los ojos claros, traía puesta la túnica del uniforme y una corbata amarilla con franjas negras amarrada al cuello.
Sophia trató de hablar, pero su garganta estaba demasiado seca. El extraño pareció darse cuenta, ya que la ayudó a sentarse y le pasó un baso con agua de la mesita junto a su cama.
Ambos se miraron a los ojos un largo minuto sin saber qué decir. Él no se había esperado encontrarla despierta, y Sophia esperaba ver a la señora Pomfrey, no a un chiquillo desconocido.
—¿T-te sientes bien?
Sophia cerró los ojos. El cuerpo entero le dolía, sus extremidades estaban llenas de heridas que aún no cerraban por completo y su cuello le ardía. ¿Cómo le preguntas a alguien en ese estado si se siente bien?
—Sí, pregunta estúpida —se reprendió a sí mismo, moviendo las manos con nerviosismo—. Es obvio que no estás bien. Tienes esa odiosa crema en la cara y tienes más vendajes que una momia. Claro que te sientes mal. Yo también lo estaría si me hubiera pasado lo que a ti. No es que sepa lo que te pasó, me refiero a que si me hiera pasado a mí, yo estaría igual, y es una suerte que no fuera así. No es que crea que está bien que te haya pasado a ti, claro que no. ¿Qué idiota le desearía algo así a alguien como tú? Tú eres...
Sophia hizo un ruido con la garganta para que se detuviera. El chico se veía peor que Neville cuando Snape lo regañaba por estropear alguna poción. Su cara se iba poniendo cada vez más roja y sus gestos se volvían más torpes a medida que hablaba, lo cual incomodó bastante a Sophia.
—Genial —suspiró el chico pasándose una mano por el cabello—, ahora pensarás que soy uno de esos idiotas que habla y habla y no deja... Lo estoy haciendo de nuevo, ¿verdad?
Sophia rió ante la expresión desesperada del chico, haciendo que éste frunciera el ceño y cruzara sus brazos sobre su pecho.
—¿Te ríes de mí desgracia, eh? —se quejó fingiendo estar enojado— ¿No se supone que los Gryffindor son valientes y nobles que ayudan al necesitado? Reírse de un tonto no es muy Gryffindor de tu parte, señorita.
—Los Hufflepuff son humildes y amigables —respondió la azabache con una pequeña sonrisa—, no quejumbrosos y regañones. No eres un buen mapache.
De imediato, el chico dejo de sonreír y la miró confundido.
—¿Mapache?
—Ya sabes, el animal de Hufflepuff.
El chico empezó a carcajearse como si Sophia le hubiera contado un chiste. Ahora la confundida era Sophia. Era cierto que aún sentía los efectos de la poción para dormir, pero estaba lo suficientemente consciente como para saber lo que decía, y no había dicho ni un chiste. O al menos no uno tan gracioso.
—El... El animal de Huff... El animal de Hufflepuff no es un mapache —dijo el chico tratando de parar su risa—. Es un... Es un Tejón.
Sophia rodó los ojos. No era como si hubiera algún manual de Hogwarts en donde dijeran eso, y jamás había estado tan cerca de un Hufflepuff como para fijarse bien en el escudo de su casa. Además, ni el tío Ted ni Dora se habían molestado en corregirla. Pero ya se arreglaría ella con el par de traidores.
—¿C-cuál es la diferencia? —preguntó Sophia tratando de disimular su enojo con sus familiares.
—Pues que son animales diferentes —respondió el chico más tranquilo—. Verás, un mapache es... un mapache y un tejón, un tejón.
—No, ¿en serio? Todas mis creencias están mal —respondió Sophia con el tono más dramático que le permitía su estado—. ¿Qué me dirás ahora? ¿Qué un gato no es un cerdo, sino un gato? ¿O que las lechuzas no son patos, sino lechuzas?
—De acuerdo, me atrapaste, no sé cómo explicarte la diferencia. Sólo sé que son animales diferentes.
—Y luego se preguntan por qué el sombrero no los mandó a Ravenclaw.
—¿Te burlas? Al menos yo sí sabía que son animales diferentes.
Sophia trató de responder, pero un sintió un ardor alrededor del cuello que le impidió hacerlo. 'Las sogas' pensó, recordando los últimos momentos que pasó consciente antes de despertar en la enfermería. Se removió un poco y sintió el medallón de sus padres descansando sobre su pecho bajo la túnica de dormir que traía puesta.
Recordó haber despertado varias veces. Algunas, despertaba gritando y pataleando, pensando que aún estaba siendo ahorcada por la soga de Voldemort. Otras veces, la poca luz de la enfermería le hacía pensar que aún seguía encerrada en el hospital, lo que le traía toda clase de recuerdos que de un momento a otro volvía a olvidar.
Sólo hubo un par de veces en que despertó demasiado cansada como para siquiera moverse. Fue en uno de esos que logró escuchar las voces de Harry y Hagrid. Se había sentido tan aliviada de saber que Harry estaba vivo, que ni siquiera le importó si Quirrel había logrado resucitar a Voldemort.
—¿Te duele algo?
La voz del chico la trajo de nuevo a la realidad. Sophia lo miró un momento y luego a su alrededor, preguntándose por qué estaba él allí, por qué no había llamado a la señora Pomfrey.
—¿Pomfrey? —preguntó con dificultad.
—¡Oh, sí! —exclamó el chico volviendo a sonrojarse— Ella y Potter se fueron al gran comedor para el banquete de despedida. Junto a otros compañeros nos tocó hacer guardia con Filch, y yo me ofrecí a vigilar la enfermería.
Sophia lo miró con los ojos entrecerrados. Eso no explicaba por qué él había entrado a sus cortinas. Además, el chico no parecía lo suficientemente viejo o amargado para ser un prefecto. ¿Por qué estaría de guardia?
El chico pareció leerle la mente, ya que soltó una pequeña risa y se metió las manos a los bolsillos, antes de responder.
—Yo estoy en tercer año, pero como dice la profesora Sprout, nunca es tarde para empezar a ganar puntos para que te elijan para prefecto.
Sophia arrugó la nariz. Todos los prefectos que había conocido a lo largo de sus detenciones eran iguales, estirados, amargados, estudiosos a morir y caminábamos como si tuvieran un palo metido en el trasero. En resumen, todos eran como Percy Weasley.
—Oye, quita esa cara, ¿quieres? —pidió el chico sonriendo al ver la mueca de desagrado de Sophia— Los prefectos no son tan malos. Tienen su propio baño, pueden andar por el castillo de noche y tienen su propio compartimento en el tren.
—Sigue sin convencerme —murmuró Sophia tratando sin éxito de salir de la cama.
—¡Hey, hey! ¿A dónde crees que vas, pequeña? —preguntó tomando de los brazos a Sophia, quien de inmediato trató de zafarse del agarre.
—D-dijiste que Harry y Poppy... Que están en el comedor...
—Sí, Dumbledore le dio permiso a Potter de ir, y Madame Pomfrey debe estar allí. Es el banquete de despedida.
Sophia se mordió el labio inferior con nerviosismo. En ese banquete anunciarían qué casa ganó la copa. No era que le importara mucho que Gryffindor se la llevara, pero le daría un infarto si se la llevaba Slytherin. No podría volver a mirar a Malfoy a la cara.
—Debo ir... —murmuró Sophia intentando bajarse por el otro lado, pero el chico rodeó la cama y la detuvo antes de caer y romperse la nariz contra el suelo.
—¿Estas bromeando, cierto? No puedes ni pararte de la cama. ¿Cómo piensas llegar al gran comedor? ¿Reptando?
—Si hace falta.
Sophia trató de bajar de la cama de nuevo, pero sus piernas se enredaron en el cobertor. De no haber sido por el par de brazos que la atraparon, Sophia se habría estrellado contra el frío suelo de la enfermería. El chico la ayudó a acomodarse de modo que quedara sentada con las piernas colgando, le dio la espalda y se puso en cuclillas frente a ella.
—Pon tus brazos alrededor de mi cuello.
—¿Disculpa?
—¿Quieres llegar al gran comedor, no? —preguntó girando su cabeza un poco para mirarla— Si quieres llegar hoy, tendrás que aceptar mi ayuda. Pon tus brazos alrededor de mi cuello.
Sophia pensó en sus opciones. En realidad, no tenía opciones. El chico tenía razón, si quería llegar al gran comedor, tenía que dejarse cargar por un desconocido que bien podría abandonarla en un aula abandonada o secuestrarla y pedirle un cuantioso rescate a sus tíos.
—Ya que —suspiró antes de inclinarse hacia adelante y enrollar sus brazos alrededor del cuello de su "nuevo amigo".
—Sujétate fuerte —murmuró levantándose.
Sophia apretó su agarre lo más fuerte que pudo. Sintió cómo el chico llevaba las manos a sus rodillas, ayudándola a sostenerse, y sin perder tiempo, salieron de la enfermería.
—¿No puedes ir más rápido, mapache?
—Es tejón, y si voy lento es porque llevo una carga muy pesada. No te haría daño comer menos, ¿sabes?
—¿Me estas llamando gorda? —preguntó Sophia indignada.
—Solo digo, que si vas a comer tanto, podrías hacer un poco de ejercicio. Ya sabes, para mantenerte en forma.
Casi sin pensarlo, Sophia abrió la boca, cerró sus dientes alrededor de varios mechones de pelo del mapache y jaló tan fuerte como pudo.
—¡Hey! —exclamó el chico deteniéndose— ¿Acabas de morderme el cabello?
—¡Asco! —exclamó Sophia escupiendo y haciendo mala cara— ¿Acaso nunca te lavas el pelo? Sabe peor que las hojas de mandrágora.
—Para tu información yo... Espera, ¿cómo sabes a qué saben las hojas de mandrágora?
—Qué te importa —respondió la ojigris dando ligeras patadas para que el chico siguiera caminando. Ni muerta le diría que tuvo que comer hojas de mandrágora al perder una apuesta con Hally para ver quién podía comer más budín en cinco minutos.
Al no obtener otra respuesta, el "mapache" siguió caminando por los pasillos. Un par de veces tuvo que desviarse del camino para ocultarse de Filch o de alguno de sus amigos que hacía ronda, pero al fin lograron llegar al gran comedor sin ser vistos.
Con cuidado, el chico bajó a Sophia, dejándola sentada en el suelo con su espalda apoyada en la pared junto a la puerta.
—No podemos entrar —susurró él con la oreja pegada a la puerta—. Dumbledore ya empezó su discurso y Madame Pomfrey me matará si te ve. ¿Prefieres ir por comida a las cocinas?
—No. Quiero saber quién se llevó la copa.
—Vaya, no creí que fueras una de esas personas. No pareces de las que les interesan esas cosas.
—Lo único que me importa es que Slytherin no la gane —murmuró Sophia pasando su mano por una de las vendas que cubrían sus brazos—. Malfoy no me dejará en paz si eso pasa.
—¿Tanto te importa lo que Malfoy haga? —preguntó él desviando la mirada.
—Hay demasiado rencor entre nosotros como para que no me importe.
—Ahora sé que te dieron demasiadas pociones. Hablas como si estuvieras en una telenovela.
—Mi vida es mucho más interesante que una telenovela, muchas gracias.
El chico rió suavemente antes de sacar su varita, apuntar a la puerta y murmurar algo que Sophia no alcanzó a escuchar.
—Listo, con esto nos será más fácil escuchar.
Sophia sonrió débilmente al escuchar la voz de Dumbledore como si estuvieran en la misma habitación, y su sonrisa aumentó al entender lo que el director decía. ¡Estaba premiando a los chicos por lo que habían hecho para rescatar la piedra!
A Ron lo premió por el mejor juego de ajedrez que se haya visto en Hogwarts, y no era para tanto, si el chico prácticamente había vencido a la misma McGonagall. A Hermione la premió por su mente aguda, claro, si había resuelto un acertijo ideado por el mismo Snape. A Hally la premió por su lealtad, lo que hizo que Sophia apretara los puños con la poca fuerza que tenía. Iba a costarle mucho olvidar que la pelirroja había dejado a Harry solo tras la prueba de Snape.
Luego de Hally, la mencionó a ella. Según Dumbledore, Sophia había demostrado su fuerza de voluntad, el seguir adelante aún cuando, literalmente, era imposible dar un paso más. Sophia suspiró. Mas bien debían haberle restado puntos por su instinto suicida.
A Harry lo premió por su valor ante una situación tan difícil. Claro, si a sus once años había hecho por segunda vez lo que Dumbledore jamás se atrevió a hacer: enfrentarse a Voldemort. A Sophia nadie le iba a quitar de la cabeza que Dumbledore pudo haber evitado poner a niños de once años en peligro, si tan solo hubiera dejado de comer sus malditos dulces, se hubiera puesto los pantalones y hubiera encarado a Quirrel desde el principio.
Aún con todos esos puntos extra, Gryffindor apenas había conseguido empatar con Slytherin, pero como siempre, Dumbledore tenía un plan B. Le dio diez puntos a Neville por haber tratado de detener los en la torre. Diez míseros puntos por haber enfrentado a los únicos amigos que tenía en la escuela.
El enojo de Sophia fue cediendo rápidamente, siendo reemplazado por cansancio y dolor de cabeza.
—¿Estas bien? Te vez muy pálida.
—Cama —murmuró Sophia mientras los párpados se le cerraban por el sueño. Ya tendría tiempo de odiar a Dumbledore. Ahora lo único que quería era regresar a su cama en la enfermería.
Con cuidado, el chico volvió a cargar a Sophia y la llevó de regreso a la enfermería. Sophia murmuraba cosas sin sentido de vez en cuando, haciendo reír a su acompañante.
Cuando llegaron a la enfermería, dejó con cuidado a la niña sobre la cama y la acomodó para que quedara bajo el cobertor. Sophia estaba tan cansada que quedó dormida en el instante en que su cabeza tocó la almohada.
La miró unos momentos. Sus ojos viajaron de su rostro con ligeras marcas grises hasta su cuello cubierto de cremas y vendas. Sin embargo, habían trozos de piel que no estaban cubiertos, los cuales se veían rojos e irritados. Se preguntó cómo se habría hecho tanto daño. Claro que habían rumores de lo que había pasado, pero dudaba que fueran completamente verdaderos.
Alzó su mano para tocar el rostro de la azabache, pero un ruido en la puerta lo hizo salir de inmediato de las cortinas, alejándose varios pasos de éstas, justo a tiempo para ver entrar a Madame Pomfrey.
—¿Qué haces aquí, jovencito? —exclamó la enfermera poniendo sus manos en las caderas— Creí que te quedarías en la entrada para vigilarlo que nadie... ¿No estarás molestando a Black, verdad? Por que te advierto que si algo le pasó a esa niña, te mostraré por qué Severus Snape jamás se atrevió a volver a mi enfermería.
—N-no... Yo solo... Escuché un ruido dentro, y pensé que Black había despertado, pero no me atreví a mover las cortinas.
La enfermera caminó a paso veloz hacia las cortinas, manteniendo su vista escéptica sobre el Hufflepuff. Asomó su cabeza por las cortinas y se encontró a Black profundamente dormida.
—Esta bien, toma este pase —dijo dándole un pequeño trozo de pergamino que sacó de su túnica de enfermera—, así no tendrás problemas si alguien te detiene camino a tu sala común.
Madame Pomfrey mantuvo sus ojos puestos sobre él mientras caminaba hacia la salida. El Hufflepuff era uno de los chicos más decentes de la escuela, pero aún así ella no podía evitar tener sus sospechas. A los chicos de hoy les encantaba jugar a hacerse retos. Sus compañeros bien podrían haberlo retado a sacarle una foto a Black o algo así. Aún así, el chico se había quedado y Black estaba intacta, al menos le concedería eso.
—Gracias por cuidar la enfermería en mi ausencia, señor Diggory.
Al final decidí seguir aquí mismo (es culpa de la bipolaridad, no mía).
Después de cincuenta años, el penúltimo capítulo de La Piedra Filosofal! Pero no es mi culpa, sino de un niño llamado Miguel, su perro Dante y su amigo Hector ;)
La semana pasada vi la película Coco, y me la pasé tres días encerrada en mi cuarto llorando, cantando recuérdame y descargando imágenes de Gael García Bernal, que es la voz en inglés y en español de mi personaje favorito, Hector XD
En unos días subo el último capítulo y el primero del segundo libro.
Bye bye.
