El día siguiente había sido muy movido para Sophia.

Primero la visitaron los mellizos, Ron y Hermione. Al principio había sido incómodo para Hally y Hermione, pero luego de un par de bromas por parte de Sophia, ambas se habían tranquilizado un poco. Estaba claro que Sophia no olvidaría lo que pasó, pero al menos estaba dispuesta a dejarlo de lado, al menos por ahora.

Los mellizos la habían abrazado y le habían dado las gracias por el álbum de fotos. Ella les dijo que solamente le dio la idea a Hagrid, pero ellos le agradecieron de todas formas.

Ron logró convencer a Madame Pomfrey de quitar las cortinas, y Sophia vio por primera vez la montaña de dulces de todo tipo que habían para ella. Esta vez había casi el doble de los que le enviaron para el incidente del troll, pero esta vez Pomfrey no la dejó tomar ninguno. Según la enfermera, comer azúcar le haría daño al estómago de Sophia, ya que no había ingerido alimentos sólidos desde hacía una semana, por lo que tendría que guardarlos y comerlos en el tren de regreso a Londres.

Unos minutos después, Madame Pomfrey regresó y los echó a todos, enviándolos a preparar sus cosas para el viaje de regreso. Sophia había querido ir con ellos, pero la enfermera la detuvo, diciéndole que Dumbledore quería hablar con ella antes de que la dieran de alta.

Unos minutos después la puerta de la enfermería se abrió, pero no fue Dumbledore quien entró, sino Hagrid.

El guardabosques entró llorando de alegría al ver que Sophia ya había despertado. Se disculpó siento de veces por haber dicho cosas que no debía, pero finalmente logró calmarse cuando Sophia le mencionó lo mucho que los mellizos habían amado su álbum de fotos.

—Por cierto, a ti también te tengo algo.

Mientras Hagrid buscaba en sus cientos de bolsillos, Sophia se preguntó qué sería. No podría ser un álbum con fotos de sus padres. Dudaba qué alguien en su sano juicio conservara fotografías de un par de mortífagos, y mucho menos que se las enviaran como regalo a su pequeña hija.

—¡Aquí esta! —exclamó Hagrid sacando una caja de zapatos— Este... No es exactamente un regalo mío... No lo hice yo, pero... Sentí que debías tenerla, después de todo, es tuya... en cierto modo.

Hagrid abrió la caja, sacó una pequeña figura y la dejó en el suelo. Sacó su paraguas, apuntó a la figura en el suelo y exclamó ¡Engorgio!

—Merlín —murmuró Sophia al ver una enorme motocicleta aparecer en lugar de la pequeña figura.

—Esta... Tu pa... Sirius me la prestó... hace años, y no pude devolvérsela. El profesor Dumbledore dijo que podía dártela, siempre y cuando te advirtiera que sólo puedes conducirla cuando seas mayor de edad. Puedes llevarla en esta caja, solo tienes que tocarla con tu varita y decir el encantamiento encojedor. También vuela su le das tres veces al acelerador.

Sophia miró la motocicleta sin saber qué decir. Era la motocicleta con la que ella soñaba que volaba. La había visto tantas veces en sus sueños, que no le cabía duda de que era esa.

Los ojos de Sophia vagaron por la superficie de la máquina, desde las enormes ruedas hasta el asiento de cuero. La motocicleta era inmensa, aún si al lado de Hagrid parecía más bien la bici que había dejado en Rickman.

Desde donde estaba, vio algo que Hagrid tal vez había ignorado. Bajo el asiento había ignorado: bajo el asiento había un pequeño bolso marrón.

Mientras Hagrid estaba distraído volviendo a meter a sus bolsillos todas las cosas que había sacado mientras buscaba su regalo, Sophia estiró su mano y tomó el pequeño bolso, escondiéndolo bajo su cobertor.

Antes de que Pomfrey regresara, Hagrid le lanzó el encantamiento encojedor a la motocicleta, volviéndola a dejar como un simple juguete. La metió en la caja de zapatos y la colocó sobre la mesita junto a la cama de Sophia.

Hagrid se despidió de ella y se fue de regreso a su cabaña, no sin antes asegurarle que estaría en la estación de Hogsmade para cuando llegara la hora de marcharse.

Sophia aprovechó el momento a solas y sacó el bolso para examinarlo. Estava hecho de lana, y se cerraba con un gran botón azul. Sin pensarlo dos veces lo abrió y sacó un pequeño libro con forro de cuero. Al frente traía un hermoso diseño de corazón dorado con espinas alrededor, y en una esquina las iniciales "EB".

Cuando Sophia lo abrió, se dio cuenta de que no era un libro, sino un diario. Aunque más bien parecía un diccionario, ya que todo lo que había escrito eran hechizos. En tinta negra estaba el nombre del hechizo, en tinta verde el encantamiento, y en tinta azul la definición. Sin embargo habían algunos hechizos escritos con tinta roja, lo que indicaba que eran peligrosos. Todo estaba escrito con la misma letra elegante y angulosa que le recordaba un poco a la de Dumbledore.

Sophia sintió un nudo en la garganta al darse cuenta de a quién había pertenecido aquel diario. Todo lo que había en él había sido escrito por su madre. Cada punto y cada coma eran puño y letra de Evanna Black.

Sophia pasó algunas páginas, y una hoja se desprendió del diario y cayó sobre su cobertor. Al levantarla, Sophia se dio cuenta que no era una hoja, sino una fotografía. Estaba en blanco y negro, algo arrugada y tenía señas de haber estado doblada por mucho tiempo. Las personas en ella estaban inmóviles, y miraban fijamente a la cámara.

Eran una pareja. El hombre estaba parado, apoyado contra un árbol, vestía casual y su cabello estaba un poco largo. Tenía una enorme sonrisa que hacía que su rostro se iluminara, aún si se trataba de una vieja y maltratada foto. La mujer, por su parte, estaba sentada a unos pasos de él. Traía puesta ropa un poco "reveladora", como diría la tía Andrómeda, aunque de algún modo extraño no la hacía parecer bulgar. Su largo cabello oscuro caía sobre su espalda, dejando al descubierto su hermoso y perfecto rostro. Tenía una expresión altiva y un cigarrillo encendido en la boca.

Sophia los había reconocido de inmediato. Eran los mismos rostros que veía cada vez que abría su medallón. Giró la fotografía y se encontró con un escrito en la parte de atrás:

14/06/1980

Confirmado,en siete meses llega el mejor regalo de todos (mejor que el tequila mexicano que nos dio el padrino en la boda).

En siente meses nace nuestra cachorrita.

E&S.

Sophia no sabía qué pensar. Se suponía que sus padres no la querían, que sólo había sido un estorbo para ellos. ¿Por qué se referirían a ella como "el mejor regalo". La nota decía que en siete meses, y había sido escrita en Junio de 1980, lo que significaba que el bebé al que se referían había nacido en enero.

'No' pensó Sophia luego de un momento de pánico. La noche en que salió del hospital, Dumbledore le dijo que había nacido prematura, por lo que, definitivamente, se estaban refiriendo a ella.

—Por aquí, por favor.

Sophia reconoció la voz de Dumbledore, por lo que, tan rápido como pudo, puso la fotografía en medio del diario, metió el diario en el bolso y se colocó el bolso al cuello.

Vio a Dumbledore entrar, seguido del tío Ted, la tía Andromeda y una pareja de rubios que veían a los demás con muecas de disgusto.

La mujer vestía un largo vestido negro con encajes ceñido al cuerpo, su piel era blanca y sin ninguna imperfección a la vista, aunque eso podría deberse a la cantidad de maquillaje que traía puesto. Era muy hermosa, pero su mueca de desagrado la hacía ver más vieja de lo que probablemente era.

El hombre, por su lado, era bastante alto, con facciones aristocráticas y expresión de superioridad. Traía una túnica negra y en su mano llevaba un bastón, cuyo mango era una cabeza de serpiente plateada. Su largo cabello era más claro que el de la mujer, casi llegando al blanco, del mismo tono que cierto Slytherin que Sophia tenía la desgracia de conocer.

—¿Cómo te sientes, Sophia?

Sophia tuvo que morderse la lengua para no contestarle con una grosería. Jamás le perdonaría a Dumbledore el haber arriesgado las vidas de siento de niños, pero el tipo seguía siendo el director, y podría expulsará en cualquier momento.

—Me duele todo —murmuró haciendo cara de perrito lastimado. Eso siempre funcionaba con la enfermera, ¿por qué no intentarlo con Dumbledore?

—¿Necesitas algo, cielo? —preguntó tía Andromeda acercándose a su cama.

—Lo único que necesita es que la saquen de aquí —dijo la mujer rubia haciendo una mueca que se le hizo bastante familiar—. Este lugar debe estar lleno de enfermedades que portan los sangre sucias...

—Permítame recordarme, señora Malfoy, que en este colegio no se permite el uso de ese tipo de vocabulario.

—¿Lo dices por mí, cierto? —preguntó Sophia haciéndose la desentendida— Mi sangre aún tiene veneno de Voldemort, es normal que esté así.

—Vaya, vaya —siseó el hombre rubio dando unos pasos hacia Sophia—. Dime, niña, ¿que acaso tus... guardianes no te enseñaron que no deberías decir ese nombre? ¿Qué acaso no te enseñaron nada?

Sophia miró al tipo lanzarle miradas de desprecio al tío Ted. El sujeto era demasiado parecido a su hijo como para no saber quién era. Y si su parecido no sólo era físico, Sophia sabía exactamente su siguiente paso.

—Mis tíos me enseñan cosas útiles, no a ser una cobarde que teme decir el nombre de un sujeto que murió hace diez años.

—Deberías mostrar más respeto, jovencita...

—¿Respeto hacia quién? —interrumpió Sophia con descaro— ¿Hacia un asesino que no pudo contra un par de niños? ¿O hacia un riquillo con cara de estúpido que moja sus pantalones de solo escuchar el nombre del asesino?

—Mocosa insolente...

—Ahora, Lucius, te advierto que no toleraré ninguna clase de ofensa hacia ninguno de mis alumnos.

—¿Y qué hay de la falta de respeto de ella hacia mí?

—Ella es una niña de once años, Lucius. Puede que esto te suene extraño, pero los niños no tienen la madurez de los adultos, por lo que no es sensato esperar que se conporten con tal nivel de madurez.

La casa del tipo se puso totalmente roja, mientras Sophia se limitaba a sonreír con inocencia fingida.

—Sí, Luci, usa la lógica.

—Ahora a lo que vinimos —dijo Dumbledore ignorando el comentario de la ojigris—. Sophia, temos que tenemos ciertas... noticias que tal vez no sean de tu completo agrado.

Sophia miró a sus tíos confundida, pero ambos desviaron a vista, confundiéndola aún más.

—Como sabrás, la señora Malfoy y la señora Tonks son hermanas —la "señora" Malfoy hizo un ruido de protesta, pero Dumbledore la ignoró completamente—, lo que significa que ambas tienen el mismo parentesco respecto a ti. Pues verás, los señores Malfoy introdujeron una petición ante el ministerio para que se les permita hospedarte unas semanas durante este verano.

Sophia negó con la cabeza. No podía ser cierto. Dumbledore no podía hablar en serio. No podían mandarla a vivir en la misma casa que Draco hijo de p*ta Malfoy. Y mucho menos ahora que sabía la clase de patanes que eran los padres del albino.

—Vendrás a casa con nosotros —dijo tío Ted tratando de confortarla—, te quedarás una semana, te iras dos semanas con los Malfoy y luego pasarás el resto del verano en casa de tu amigo Ron. ¿Qué dices, pequeña?

Sophia volvió a negar con la cabeza. Esta vez sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Esta era la forma de sus tíos de decirle que ya no querían que viviera con ellos? ¿Acaso querían que se adaptara a los Malfoy y así no los volviera a molestar nunca más?

Como si le hubiera leído el pensamiento, tía Andrómeda le tomó las manos y le habló con un tono tranquilizador.

—Nosotros te queremos muchísimo, Sophia, pero los Malfoy quieren conocerte, y que te des una oportunidad de conocerlos. Te prometo que no será tan malo, ¿de acuerdo?

Sophia suspiró, pero asintió. No haría un berrinche inútil frente al par de idiotas que habían engendrado a Draco Malfoy. Eso sería la humillación total.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Sophia utilizando el tono más dulce de su repertorio, mirando a Lucius, quien asintió— No sabía que Draco tuviera dos mamá. ¿Quién de ustedes fue la embarazada?

Sophia tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no reírse mientras Dumbledore sacaba a unos furiosos Malfoy de la enfermería. Sophia sabía que no debió, no cuando tendría que pasar dos semanas en la casa de esos tipos, pero el cabello de Lucius era incluso más largo que el de su esposa. Simplemente no pudo resistir la tentación.

—Ted, Andy, si me disculpan, me gustaría discutir un par de cosas con Sophia a solas.

Cuando los tíos de Sophia salieron, Dumbledore se sentó en una de las sillas alrededor de su cama.

—Sé que tienes muchas preguntas que hacer —dijo mirándola a los ojos—. Temo que no podré responder a todas ellas, pero prometo no mentirte.

—¿Por qué? —preguntó Sophia cerrando los puños con fuerza— ¿Por qué no puede decirme toda la verdad?

—Aún eres muy joven para entender...

—Si solo vino a poner excusas, puede irse ya, profesor.

—No es una excusa, Sophia, es la verdad. Aún eres demasiado joven como para comprender...

—Le advierto, profesor, que sus excusas pueden haber funcionado con Harry, pero no conmigo.

Dumbledore miró a Sophia por un momento. Claro que no era lo mismo. Harry podía ser igual a su padre, pero tenía el mismo espíritu noble y amable que su madre. Sophia, por otro lado, además de parecerse a su padre, había heredado su mente aguda y su gusto por expresar su opinión de la forma más clara posible. Los argumentos que usó con Harry no servirían de nada con ella.

—¿Por qué no mejor empiezas con tus preguntas?

—Ya lo hice —espetó la niña mirándolo con enojo—, pero usted insiste en poner excusas en lugar de responderla.

—Te he dicho que no contestaré todas tus preguntas debido a que considero que aún no estás en una edad adecuada para manejar ese tipo de conocimiento.

—Sí tiene que ver conmigo tengo el derecho de saberlo, usted no tiene el derecho de ocultármelo.

—Lamento decirte que, sin importar lo que digas, mi respuesta será la misma —dijo Dumbledore con firmeza—. Ahora puedes empezar con tus preguntas.

Sophia suspiró. No quería darse por vencida, pero sabía que Dumbledore no le diría nada que valiera la pena.

—¿Por qué no enfrentó a Quirrel usted mismo? Hace meses que Snape sospechaba de él, no creo que "el mago más grande de la época" no haya tenido una idea de lo que pasara.

—Te pido que te calmes, Sophia. Podrías abrir...

—¡Al demonio las malditas heridas! —exclamó cansada de tanto juego— Fue usted quien le devolvió la capa a los mellizos. Usted quería que fueran y enfrentaran a Voldemort, ¿no es así? ¿Por qué?

Dumbledore suspiró. De repente, se veía cincuenta años más viejo.

—Temo que esa es una de las preguntas a las que no puedo responder.

Sophia cerró los ojos con fuerza. Sabía que Dumbledore le saldría con algo como eso. Claro, ¿quién estaría dispuesto a admitir que puso en peligro la vida de cientos de alumnos solo porque quería ver qué pasaba después?

—Entonces váyase.

—¿No quieres saber por qué el profesor Quirrel no pudo tocar a Harry? —preguntó Dumbledore confundido— ¿O cómo es que te curaste del veneno?

—No me interesa nada de lo que tenga que decirme, profesor —murmuró Sophia cubriéndose la cabeza con su almohada—. Ya no confío en usted.

La enfermería se quedó en total silencio por unos segundos. Sophia mantenía la almohada sobre su rostro, tratando de reprimir sus ganas de llorar. Recordó todas las veces que visitó la oficina de Dumbledore para escuchar la radio en su walkman o para jugar un rato a las canicas mientras mimaba a Fawkes. Recordó esos días que ya no volverían.

—Bien —dijo Dumbledore finalmente—, te dejaré para que descanses, pero antes debo informarte de un segundo cambio que ocurrirá este verano.

Sophia se suspiró y se quitó la almohada de la cara, pero mantuvo sus ojos fijos en el techo.

—Creo que no has oído hablar de la Mesa Redonda del Ministerio de magia. Verás, mientras le Wizengamot se ocupa de procesar a los magos que han cometido graves delitos, la Mesa Redonda se ocupa de la seguridad de los magos y brujas. En ella participan todos los miembros del Wizengamot más diez magos entre los que hay maestros y sanadores.

» Verás, cuando ocurrió el incidente con el troll, me llegó un mensaje de la Mesa Redonda, advirtiendo que, si volvía a suceder algún incidente que te enviara a la enfermería por tanto tiempo, ellos tomarían cartas en el asunto.

Los ojos de Sophia se llenaron de lágrimas. De seguro esos tipos iban a sacarla de la escuela y obligarla a permanecer encerrada en la casa de Malfoy o en algún lugar que ellos consideraran "seguro". ¿Y si no la dejaban volver a ver a sus amigos? ¿Volvería a estar encerrada? ¿La mandarían de regreso al hospital?

—Luego de enterarse de las consecuencias que sufriste por el enfrentamiento con el profesor Quirrel, la Mesa Redonda ha decidido que, a partir de hoy, un agente del ministerio te acompañe en todo momento.

Sophia abrió los ojos sorprendida. ¿Qué quería decir aquello? ¿Que ahora tendría que andar como Malfoy, con un mastodonte à su espalda en todo momento? Bueno, al menso eso era mejor que volver a estar encerrada.

—Este agente es un inefable. Los inefables son agentes especiales que trabajan en el lugar departamento de misterios. Nadie tiene claro lo que hacen, ni siquiera el propio ministro. Éste agente fue elegido ya que, aparte de su entrenamiento como inefable, tiene entrenamiento como sanador y como auror. Ciertamente es un currículo impresionante.

Sophia rodó los ojos. De seguro se trataba de un anciano estirado que la estaría regañando todo el día y no le dejaría hacer bromas. Con un sujeto así, la idea de volver a ser encerrada no sonaba tan mala. En eso, la puerta de la enfermería se abrió, dejando entrar una figura alta y masculina.

Sophia recorrió con su mirada al extraño de pies a cabeza. Se fijó en las botas de piel de dragón, admirando las brillantes escamas negras que las cubrían; los pantalones de cuero que ceñían sus piernas sin ser demasiado ajustados. Miró con curiosidad el grueso abrigo negro que le llegaba hasta abajo de las rodillas y la camisa negra que traía bajo éste, aunque lo que más le llamó la atención fueron sus uñas pintadas de negro y los extraños tatuajes que cubrían los dorsos de sus manos.

Entonces, el extraño hizo un movimiento, y los ojos de Sophia volaron a su rostro, el cual aún no había visto.

Sophia dejó salir un ligero jadeo cuando su mirada se conectó con un par de grandes y fríos ojos de un color azul que jamás había visto en su vida, haciéndola sentir un escalofrío que le recorrió la espalda entera.

—Sophia, permíteme presentarte al inefable Levi Draxler.