Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.
Step#3
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Akane tenía pesadillas, como cualquier persona normal. Y, como cualquier persona, solía despertarse entre la noche y deambular para sosegar el susto. Sin embargo, esa verdad universal, no era argumento suficiente que le permitiera acostumbrarse a las repentinas visitas que interrumpían su sueño renovador.
Esa ocasión no fue la excepción y profirió un gritó de horror, que rompió la pulcritud de la noche, cuando visualizó a Akane arrodillada junto a él mientras lo regresaba de la inconsciencia.
— ¡Shhh! —Akane le tapó la boca con ambas manos—. No grites, despertarás a todos —susurró preocupada, liberando sus labios.
—Me asustaste —aclaró con la voz más serena que pudo evocar, al tiempo que estrujaba la camiseta de dormir por la región izquierda de su torso. Definitivamente tener a Akane en su habitación, tan entrada la noche, era algo a lo que difícilmente podría aclimatarse.
—Lo siento. —Se disculpó visiblemente apenada, ocultando sus ojos tras el flequillo.
—Vale, vale. No pasa nada, creo que yo también exageré un poco —admitió con ligereza—. Es que aún se me hace raro, ¿sabes? Es decir, ¡míranos!
No recordaba muy bien como es que llegaron a este nivel de confianza y permisión. Pero fue una noche, justo como ahora, que Akane irrumpió en su habitación sin ninguna ceremonia, sacudiéndolo y llamándolo con urgencia. Cuando su consciencia se aclaró, sufrió un susto de muerte. Y como era de esperarse, con la guardia baja, vulnerable y avergonzado, no pudo evitar insultarla tachándola de pervertida, fisgona y aprovechada. Sin embargo, Akane no sucumbió a sus hostigaciones, se limitó a observarlo con los ojos empapados, el gesto compungido y los hombros temblorosos. Eso lo alarmó, más aún cuando se percató de la palidez de sus labios. Acercó la mano para tocar la nívea mejilla y el roce le envió un fugaz escalofrío. Estaba helada. De súbito, su prometida liberó las lagrimas contenidas y se arrojó hacia él, aprisionándolo en un férreo abrazo. Aquello lo dejó en trance, no sabia que hacer o responder, ¿desde cuándo Akane se mostraba afectada, ante él, sin miramientos? ¿Estaría soñando acaso?, ¿había muerto quizá? ¿Tal vez alguien la había hechizado?, ¿poseída probablemente? ¡No sabía que pensar! Regresó a la realidad cuando los temblores de Akane aumentaron en intensidad y, de cualquier modo, permitió que ella sollozara en su pecho. Pese a ser plenamente consciente que su corazón se agitaba desbocado. Maldito traicionero.
Había sido una pesadilla horrible, según palabras de Akane, pero no era la primera. Le confesó que esos terribles sueños la abrumaban en ocasiones, desde que regresaron de la misión en Jusenkyo. Y de eso ya pasaban tres semanas. Ella tenía dos tipos de pesadillas. Las primeras figuraban, en efecto, las terribles tribulaciones que sufrió en China y las segundas, de las cuales nunca podía acordarse, sólo le dejaban un intenso sentimiento de desespero y profundo dolor. Tal parece que, la primera vez que invadió su habitación en plena madrugada, había tenido pesadillas del segundo tipo, pues se sentía profundamente ansiosa y desorientada... perdida, de algún modo. Y no recordaba nada de lo que fuera que estuviese soñando.
—Por favor... por favor no te alejes —pidió entre sollozos, cuando él trató de terminar el abrazo.
La súplica le partió el alma y, sin razonar mucho las consecuencias o circunstancias, Ranma arrastró a Akane hacia su futón. Para su sorpresa, y agradecida integridad, no opuso resistencia, ni siquiera objetó o cuestionó nada. Ella se dejó hacer, tan dócil y manejable. Eso permitió que constatara lo mucho que le afectaban aquellos sueños. La arropó y le prometió esperar hasta que ella se durmiese; le dijo, bobaliconamente, que él espantaría sus pesadillas. Y ella le sonrió, le sonrió tan sincera y dulcemente que las mejillas le ardieron y sus sentidos se desorientaron. Nuevamente quedó hechizado por ella. Él podía aniquilar todo el mal del mundo sólo por ella. ¿Cuándo tendría las agallas suficientes para decírselo sin olvidarlo?, mejor dicho, sin retractarse. No lo sabía, pero esperaba que fuera en esta vida.
La anterior situación transcurrió de una manera tan natural, lejos de malos entendidos y equivocadas suposiciones, que prontamente se convirtió en una especie de costumbre, entre los dos, cada vez que Akane sufría alguna pesadilla. Hasta tenían un tipo de tácita tregua, y ninguna de las partes intentaba insultarse en aquellas ocasiones, pues Akane estaba demasiado emocional y él demasiado sobrecogido. Por fortuna, su madre había logrado que Happosai les cediera la habitación principal a ella y a su padre, a saber cómo lo logró. Aunque no le extrañaba, Nodoka Saotome podía ser muy amenazante a veces, incluso esbozando una simple sonrisa. Así entonces Ranma pernoctaba solo en aquellos aposentos, exceptuando las noches que su prometida irrumpía en el lugar. Y cuando eso ocurría, él no dormía.
—Ya lo sé. —La peliazul interrumpió sus remembranzas—. Quiero decir, tienes un lado amable y toda la cosa —bromeó taciturna.
—Y tú tienes un lado lindo y todo e-eso... —¡Mierda!, ¿en verdad dijo aquello? ¡Joder! ¡¿Cómo podía retractarse?! ¡¿Cómo?!
Una tintineante risilla refrenó su creciente histeria.
— ¿Seguro que estas despierto? ¿No estarás en modo "automático"?, o algo así. Es decir, ya que interrumpí tu renovador descanso. —Akane se salió por la "tangente" de una manera tan excelsa que pensó ponerle un altar. Fue mejor así, estuvo a punto de decir una imprudencia... bueno, una imprudencia muy grosera.
—Bueno yo... creo que sí, sigo un poco adormilado. —Optó por seguir la corriente. No deseaba ahondar en temas tan delicados, no todavía. Y mucho menos quería arruinar la atmósfera de complicidad que los rodeaba—. ¿Cómo estuvo ésta vez? —indagó interesado.
—Nada bonito, créeme.
— ¿Quieres hablar de ello? —Ranma suavizo su voz; venía haciéndolo últimamente para calmarla y transmitirle seguridad. Algunas veces, Akane entraba a su habitación extremadamente alterada y asustada, hablando extrañas incoherencias, que nunca alcanzaba a comprender, y temblando en demasía. La única manera que se le ocurrió para sacarla de ese estado fue aferrase a ella y susurrarle, en tono muy bajo, palabras que la tranquilizasen; cual animalillo asustadizo. Afortunadamente, esa noche, no parecía estar muy alterada. Bueno, afortunadamente para ella, pues él, en honor a la verdad, disfrutaba cuando tenía que abrazarla. El pensamiento le ganó un ardiente rubor. ¡Maldición!, se supone que él tenía que mantener la cordura por los dos.
—Pre-preferiría so-sólo dormir, estoy agotada —respondió repentinamente ruborizada, mirando hacia el suelo. ¡Mierda!, ¿acaso le leyó el pensamiento?, ¿se percató de su sonrojo? ¡Oh, qué estúpido!
— ¿Las primeras o las segundas? —preguntó un tanto brusco, aclarándose la garganta. Su corazón latía errático y frenético, podía sentir el retumbar en su pecho, y comenzaba a faltarle el aire para evocar cualquier oración larga.
—Las segundas —declaró arrugando el entrecejo y apretando los labios.
Se veía tan... tan linda.
—Se están haciendo más recurrentes, ¿no lo crees? —meditó analítico. Forzando sus pulmones al máximo para hablar e intentando desviar el comprometedor rumbo de sus pensamientos—. ¿Recuerdas algo?
Akane negó con la cabeza.
—Menudo inconveniente —declaró chasqueando la lengua. No tenía nada más elocuente que decir, de repente, su cerebro estaba adormecido. Sentía un extraño picor en las manos, de ese que exquisitamente sube hasta tu nuca y te eriza la piel. Quería... quería tocarla, aunque fuese en la mejilla. Sólo un poco, sólo...
«¡No!, ¡maldición!», negó vehementemente con la cabeza. «¡Concéntrate Saotome!, Akane te necesita en tus cinco sentidos», se reprendió.
—Quizás sólo sigo alterada por lo de Jusenkyo —confesó su prometida con aire meditabundo, ajena al tempestuoso tomento que él sufría—, y mi cerebro sencillamente esta desechando las imágenes que considera más traumáticas. Por eso únicamente me quedo las sensaciones.
—Quizas... —secundó ausente. Cerró los ojos un momento y exhaló con pesadez, cruzándose de brazos en el acto. Debía reactivar sus neuronas. Lo que decía su prometida tenía lógica, pero no deseaba confiarse. En el siguiente chequeo de Akane le comentaría a Tofú y pediría su opinión. No quería que las pesadillas llegaran al punto de mermar, por completo, las horas de sueño de la peliazul. Si de algo estaban conscientes los dos, como devotos artistas marciales, era que tanto el cuerpo y la mente tenían que obtener su merecido descanso. Dormir, las horas adecuadas, era imperativo para mantener la buena salud.
Cuando abrió los párpados, vio a su prometida bostezar por el rabillo del ojo y se encaminó al objetivo de la situación.
—Basta de charlas —puntualizó bajando los brazos y arrastrándose a la orilla izquierda del futón—. Es hora de dormir. —Palmeó el lugar vacío.
—Sí. —Akane se acomodó en la colchoneta abrigándose hasta la barbilla.
Ranma, por otro lado, dimitió del calor reconfortante de las sábanas, pues no quería destapar a Akane. Además, ya estaba lo suficientemente acalorado. Se dejó caer con tosquedad sobre el futón y permaneció contemplando el techo con los brazos tras la nuca, resignado a pasar otra noche en vela.
—Buenas noche, Ranma —murmuró mientras bostezaba, adorablemente a los ojos de Ranma.
—Buenas noches, Akane —susurró con ternura, agradeciendo a todos los Dioses por permitirle disfrutar momentos tan cándidos con su prometida. A él también llegaron a agobiarlo lacerantes pesadillas, donde ella moría en sus brazos, como casi sucede en Jusenkyo. Al igual que Akane se despertaba entre la noche, con el corazón "en la garganta", los nervios de punta y sudores fríos. En ocasiones incluso claudicaba ante sus ansias y, furtivamente, entraba en la habitación de ella para asegurarse que seguía respirando. Extrañamente, esos sueños terminaron cuando Akane comenzó a buscar su compañía para poder amodorrarse.
—Ranma...
—Mmm...
—Me despiertas temprano, vale —pidió adormilada—. Tu sabes, para regresar a mi habitación y evitar malos entendidos si es que alguien entra sin aviso a tu cuarto.
«Cómo tú», ironizó para sí.
La peliazul liberó un último bostezo y se acomodó perezosamente en la almohada.
—No seas hipócrita, Akane —respondió luego de un rato, sabiendo que su prometida había dejado de escucharlo—. Sabes que siempre te llevo hasta tu cama.
