Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.

Step#12

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La había jodido, la había jodido monumentalmente.

Akane rehuía de su presencia como si él incubara la peste. Cada momento que casualmente se encontraba con ella, por los pasillos o algún rincón de la casa, corría a salvaguardarse entre los pliegues del kimono de Nodoka, la falda de Kasumi, la prominente espalda de Soun, o el esponjado pelaje de Genma. Inclusive sentía mayor seguridad resguardándose en los aposentos de Nabiki, tan sólo por huir de su lado. Y él estaba que se moría de mortificación; ya no soportaba su indiferencia, ni la manera tan aterrada y dolida como lo miraba. Con sus enormes ojos avellana llenos de desconfianza y tristeza, como si él fuera la materialización de toda la maldad que cuentan en las historias de hadas, como si fuera el ogro que se disponía a arrebatarle su inocencia, como si con sólo verla la arrastrara al infierno. Todo había sido culpa de sus supuestas prometidas, más específicamente de Shampoo. Eso, y el terrible filo de su propia lengua que, como de costumbre, arremetía en contra de las virtudes y sentimientos de Akane. Insultándola, desmoralizándola, humillándola, denigrándola. La vieja Akane lo hubiera aporreado con feroz brutalidad, de paso lo hubiese mandado al infinito, pero la Akane que sostenía entre sus brazos -cuando "metió la pata" hasta el fondo- no podía defenderse. No podía lacerarlo hasta purgar su falta, ni regresarle los insultos con su usual cinismo.

¡Pero como siquiera pueden creer que me gusta esta niña tan horrible! —gritó con brío, asegurando el tono de repugnancia en cada palabra mencionada— ¡No me importa lo que le pase a una mocosa insufrible como ella!

Aquella ponzoña salió de sus labios como mera estrategia de defensa. No sólo por él, sino para evitar que Kodachi y Shampoo siguieran con el retorcido plan de atacar a una Akane indefensa con el propósito de desaparecerla de la faz del planeta. Pero la pequeña Akane no entendía de caretas; tembló en sus brazos al instante de lanzar su condena y lo miró anonadada, permitiendo que las lágrimas brotaran de sus orbes y vagaran morosamente por sus tiernas mejillas. Nunca olvidaría, nunca olvidaría el suplicio reflejado en sus grandes ojos. Tan profundo, tan desolador, tan tormentoso. Entonces la niña se soltó de su agarre, y cayó de bruces al suelo. Cuando Ranma hizo ademan de ayudarla a reponerse, ella se alejó de su tacto, con el miedo, la angustia y el desconsuelo vertidos en el rechazo de su mirada.

A partir de esa mañana, la confianza que se había desarrollado entre él y su infante prometida quedó hecha jirones. Akane ya no buscaba sus atenciones para jugar, ni el calor de su pecho para dormir. Ya ni siquiera se entretenía con su cabello, deshaciendo y tratando de hacer su trenza hasta el hartazgo; también dejó de ofrecerse para alimentarlo con sus pequeñas manitas, porque quería estar segura que comía lo suficiente. Y lo que más jodidamente echaba de menos, era el suave contacto de sus diminutas palmas con la dureza de sus pómulos. Porque la niña Akane tenía la manía de reclamar sus brazos, para que la cargase, y regalarle caricias a su rostro como si buscara llenarlo de consuelo. Y, con ese ínfimo gesto, él se sentía atesorado, amado, deseado, necesitado. Su corazón se henchía de añoranza, de ternura, de calidez. Y cada segundo se juraba protegerla; la protegería hasta que pudiese recuperar su estado normal, y los días subsecuentes. Cada momento de sus vidas, hasta que la muerte los reclamara seniles y arrugados. Porque, si el caprichoso karma lo permitía, él abandonaría esta vida en el mismo instante que ella lo hiciera. No antes, no después. Juntos. Por eso su corazón se constreñía con los evidentes rechazos de Akane que, si bien no lo hacía para herirlo sino para no volver a salir lastimada por él, igual dolían como brazas ancladas al pecho.

Su prometida llevaba poco más de dos semanas en esa condición. Una tarde Shampoo visitó la casa de los Tendo para buscarle bronca a Akane y, en un descuido de él, la amazona logró que tragase un extraño panecillo con alguna especie de magia incluida. Cuando, al parecer, no surtió el efecto que esperaba, se marchó maldiciendo a comerciantes chinos estafadores y les juró la muerte; después del extraño incidente la tarde transcurrió tranquila. Hasta la mañana del día siguiente que todo el drama comenzó.

De pronto, la casa despertó de su letargo con el estruendoso y pueril llanto de un infante. Un ser que los residentes recordaban no habitaba allí. Ranma fue el primero en detectar su ubicación, llegando hecho un manojo de nervios a la habitación de Akane. Sin pensar, y falto de información para poder conjeturar nada en ese momento, abrió la puerta con una patada, decidido a aclarar la extrañes. Y lo que observó le exilió el alma del cuerpo. De pie sobre la cama, y mal envuelta en el pijama de su prometida, se encontraba una niña de aproximadamente cuatro o cinco años, llorando a todo pulmón con los pequeños puños apretando sus ojos. Era muy, pero muy, similar a Akane. Con su cabello corto y azulado, la piel pálida y tersa a la vista. No, no podía ser... Buscó con desesperación a su prometida en todos los rincones de los aposentos, rogando al Universo que lo que comenzaba a intuir no fuese verdad. Sin embargo, cuando la mayor de las Tendo evocó el nombre de su pequeña hermana al instante de entrar al umbral, Ranma tuvo que aceptar la insólita realidad que se ceñía sobre su futura esposa. Y sobre él. Sobre todo.

Los primeros días Akane lo miraba con desconfianza, frunciendo su gesto en un adorable puchero que no hacía más que enternecerlo. Cabe mencionar que aquel embrujo no sólo afectó el físico, también influyó su mente; Akane era completamente una niña. Tal vez, el que lo avizorase de esa forma era culpa suya, pues cada que regresaba de un infructífero intento por sacarle a Shampoo la cura o alguna información que le sirviera para remediar la condición de su prometida, no podía evitar estar de mal humor y tratarla con indiferencia. En honor a la verdad le era difícil interactuar con ella sin sentir frustración, ya que la culpa y la constante sensación de impotencia calaba duramente en su orgullo. Y, por si fuera poco, la probabilidad que Akane permaneciera así por el resto de su vida parecía cada vez más latente. Le había fallado, y no tenía cara que plantarle a su párvula compañera. Aunque no por eso era inmune a su encanto infantil, se moría por alzarla en brazos, arrullarla, mimarla, hacerla reír. Akane despertaba en él una ternura que jamás creyó que pudiese sentir, y deseaba pasar todo el tiempo a su lado, en cualquiera de sus formas. Fuese niña o mujer. De igual manera se sentía atado a ella. Pero no sabía cómo enfrentarla, como implorarle perdón por algo que no comprendería. Entonces fue Akane, como casi siempre, quien dio el primer paso para acercarse a él.

Un día, mientras entrenaba, sintió la pequeña presencia observándolo en el acto. Decidió ignorarla en un inicio, pues se encontraba particularmente cabreado por su ineficiencia. Cuando hubo terminado las katas, su infantil prometida alabó con aplausos sus maniobras y sonrió para él; Ranma quedó pasmado, observándola incrédulo mientras la niña se le acercaba a paso apresurado, cargando una toalla y un termo demasiado grande para sus diminutas manos. Al detenerse cerca de él, Akane extendió sus cortos brazos ofreciéndole la toalla para secar su sudor y agua para calmar su sed. Debió figurar un hosco gesto ante tal acción, pues la niña desvió la mirada hacia un lado con las mejillas repentinamente sonrojadas y las facciones compungidas. El ojiazul parpadeó desconcertado al comprender la oferta de tregua, ruborizándose furiosamente. Se sentó de nalgas al sentir que las rodillas le fallaban y cruzó las piernas.

—Gracias —murmuró azorado, tomando el ofrecimiento de su prometida. Bebió un poco de agua.

—Eres fuerte. —Akane giró el rostro para confrontarlo. Aquello, más que sonar como un halago, pareció la resolución de una decisión tomada con determinación y coraje.

—Y apenas lo notas... —mencionó en un intento de ironía, secando el sudor de su frente con indiferencia. Mas debía admitir que, esas dos palabras sumadas a la repentina mirada analizante de la pequeña Akane, lograron acelerarle el pulso y atontarlo como de costumbre. ¡Por todos los cielos!, era sólo una niña. Pero era Akane.

—Por eso te lastimarás, porque eres fuerte —aseguró frunciendo el ceño y apretando los labios.

— ¿Eh? —Ranma detuvo su acicalamiento.

—Así que yo te cuidaré —confesó con el rostro pintado como la grana, empuñando las manos a sus costados—. Yo te cuidaré porque todos saben que eres fuerte. Pero puedes lastimarte, y yo no quiero.

— ¿Qué demonios estas...?

Akane se acercó más a él, ajena de toda vergüenza y con un brillo resoluto en sus ojos. Le tomó el rostro, y Ranma percibió un escalofrío recorrer su espina dorsal, erizándole la piel. Todos sus sentidos se alertaron.

—M-me... me gusta mirarte —habló con total franqueza, acariciando sus pómulos parsimoniosamente, contemplándolo con candor en sus irises avellana. Presumiendo el terso bermellón de sus mofletes—. Me gustas —sentenció, sonriendo encantadora.

Ranma enrojeció hasta la punta de los pies, casi desorbita los ojos por el asombro; dejó de respirar unos largos instantes y el corazón por poco le explota al captar su inocente confesión. La pequeña Akane gustaba de él. ¡Akane gustaba de él! No lograba comprender en qué matiz o intención lo decía, pero... ¡Akane gustaba de él!

Su mente dejó de funcionar con elocuencia.

— ¡Maldición, Akane! —Ya no lo soportó, ya no soportó estar ni un segundo más lejos de ella. La tomó entre sus brazos, abrazándola como si fuese a morir lejos de su calor. Esperaría por ella. Joder que sí. Si el destino se empecinaba mantenerla en aquella condición, él esperaría por ella; la cuidaría como un hermano receloso hasta que fuese una mujer, y si lo escogía nuevamente, pese a la diferencia de edades y su maldición, entonces sería suyo como hombre. Porque era claro que, estando Akane como estaba, no existía prioridad alguna más que protegerla. La cura de su maldición quedaría relegada, quizá por siempre. Pero si Akane decidía continuar su vida lejos de él... si eso pasaba... maldita sea, ni siquiera podía imaginarlo. Prefirió abrigarse de esperanza.

A partir de ese momento, Ranma se negaba a separarse de la peliazul, salvo para asistir al colegio. Pues estaba seguro que, si Akane recuperaba su verdadero estado, lo molería a golpes por no tomar los apuntes y dejarla que se atrasase en las clases. Sus ausencias las excusó con un duro entrenamiento en las montañas, y nadie indagó nada más. Cuando regresaba de clases la pequeña Akane siempre lo esperaba, en el umbral del portón, de la mano de Kasumi o Nodoka y corría hasta alcanzarlo al avizorarlo cerca de la entrada. Ranma la recibía con los brazos abiertos, elevándola sobre su cabeza y girándola en el aire; robándole sonrisas sólo para él. Así, rápidamente, la familiaridad entre ellos creció. El azabache se acostumbró, sin problemas, a las infantiles atenciones de su prometida a la par de cumplir y ceder a todos sus caprichos. La camaradería, complicidad y el deseo romántico que sentía por ella se vieron complementados por un profundo cariño fraternal recién descubierto gracias a las inconcebibles circunstancias. La amaba. Y estaba seguro que nunca podría amar a otra mujer de todas las formas en que la amaba a ella. Porque las extrañas situaciones a las que lo exponía el destino le permitían conocer los diferentes matices, etapas y caretas del sentimiento llamado amor. Aunque era muy cabeza bruta para la materia, Akane le ayudaba a resolver los enigmas. Y la respuesta siempre era ella. De una manera u otra, siempre ella. La amaba y admiraba de muchas maneras: como amiga, como rival, como peleadora, como colega, como cómplice, como prometida, como mujer y, más recientemente, como una hermana. Esperaba algún día poder amarla como esposa y amante.

Lamentablemente todo se fue al traste aquella tarde en que su incapacidad para controlar a las locas que se autoproclamaban sus prometidas por poco le cuesta la integridad de Akane. Fue una de esas extrañas coincidencias, una de esas irónicas jugarretas del destino para joderte la existencia y mostrarte que eres un insignificante títere en las manos de alguna torcida deidad o la macabra voluntad del cosmos; Kodachi y Shampoo concordaron en sus visitas para importunarlo con la exigencia de darle a probar sus nuevas creaciones culinarias cuando lo encontraron bobaliconamente jugando con una mini-Akane. La amazona de inmediato reconoció el embrujo y se lanzó al ataque. Kodachi le siguió el trote por inercia, pero al entender de qué iba el asunto arremetió con verdaderas intenciones asesinas. Todo se convirtió en un caos, y proteger a Akane era un asunto aún más delicado por su condición. Entonces, en su desespero, el azabache dijo lo que dijo y pasó lo que pasó. Él y su estúpida boca.

Ranma exhaló un susurro de añoranza en el mutismo de su habitación, extrañando los escasos días pasados donde la infantil Akane se aferraba a él, exigiendo su compañía a cada momento. Cuatro días habían pasado, cuatro días desde que lastimó los sentimientos de su pequeña futura esposa. Aquella noche no podía dormir, ninguna estratagema había funcionado para obtener el perdón de su prometida y él jugueteaba en las garras de la locura. No podía más. Si su madre pudiera verlo en la intimidad de sus noches habría cometido seppuku sin titubear. Echado sobre el futón y revolviéndose en su agonía Ranma percibió el sonido seco y ligero de erráticas pisadas; agudizó su oído al instante, extrañado de percibir esas frecuencias tan entrada la madrugada. Dos pasos firmes y uno vacilante, dos pasos firmes y uno vacilante. Cuando reconoció a la emisora de aquellas perturbaciones saltó como un resorte de su reposo, apresurándose hacia el pasillo. Indispuesto a perderse una oportunidad.

— ¿No puedes dormir? —preguntó en tono conciliador. Consciente que, cualquier sonido amenazante que saliera de su boca, podría atemorizar a la chiquilla.

Akane detuvo sus pasos y viró su cabeza, claramente sorprendida por ser pillada escabulléndose de la habitación de Nabiki; el predilecto e infalible refugio contra Ranmas que la pequeña Tendo usaba con mayor frecuencia. Ni siquiera la arpía de Nabiki pudo negarle nada a su hermanita. Aunque Ranma sospechaba que lo hacía únicamente para regocijarse en su sufrimiento, sustituyendo el chantaje por la tortura.

— ¿Tuviste un sueño feo? —insistió, acercándose sigilosamente a su objetivo.

La infante peliazul lo miró con sus orbes extendidos y desconfiados; parecían gritarle que se alejara, que no la molestara, que no la lastimara. Las brasas en el pecho del azabache se encendieron rabiosas. Maldición.

—Akane, yo...

Akane se giró sin responder, preparada para una ágil huida. Ranma podía interceptarla fácilmente, usar la fuerza contra ella y obligarla a que lo escuchase, pero no deseaba forzarla de ninguna forma. No a ella, no a Akane. La niña caminó unos apresurados pasos hacia las escaleras, deteniéndose justo al inicio de estas; figurando contemplar la oscuridad que engullía la planta baja. Pasaron unos largos segundos y otros más, quizá fueron minutos. El heredero Saotome permaneció estático, concentrando cada uno de sus sentidos en predecir el siguiente movimiento de su pequeña martirizadora, esperando pacientemente el veredicto final para su infructuoso intento de redención.

—Quiero leche. —La aguda vocecilla se filtró por el tenso silencio como susurro de los vientos nocturnos en los tiempos de verano. Sutil, ligera, vaporosa, casi imperceptible para los que no desarrollaban un buen oído. Sin embargo, para Ranma fue un bramido de absolución.

—A-ka... Aka-ne... ¡Akane! —El azabache transfiguró del estado catatónico a la exaltación demasiado rápido como para poder controlar el timbre de su voz. Quiso alcanzarla.

—Quiero leche. —Finalmente la peliazul lo encaró, con sus diminutas manos empuñadas a los costados, el gesto ceñudo, los labios apretados y las mejillas sonrosadas—. Quiero leche, por favor.


N/A: Bueno... interesante... ¿no? Nuevamente espero no confundirlos mucho con la redacción. Una de mis añoranzas frustradas, mientras leía el manga como por tercera vez XD, fue tener algún capítulo donde Ranma cuidara de una pequeña Akane así cómo ella cuido de él y Ryoga en los capítulos de la seta del tiempo. ¡Se veían tan lindos con apariencia de niños!

Haruri Saotome: ¡Ya lo sé!, a mi también me frustran con su obstinación. Pero, como tu dices, no serían ellos de actuar de otra forma.

ivarodsan: Me alegra poder leerte y mucho más que disfrutes con las extrañas ideas que perturban mi mente. (Ok, eso si se leyó muy perturbador O/O) Gracias por tus opiniones y estar al pendiente de este espacio.

ka-chan: ¡Muy buena tu idea!, disculpa que no sea en este Step, puesto que ya lo tenía planeado. Pero trataré de incorporarlo de alguna forma.

flakita: ¡Gracias a ti por estar al pendiente!

Andy-Saotome-Tendo: Gracias, gracias, gracias a ti por leerme. Espero te siga gustando.

Megumitasama: ¡Siempre me emociona que te guste un capítulo!

paulayjoaqui: Ya era hora que Ranma reaccionara un poco más, aunque creo que también lo hizo porque sentía que lo hacían a un lado. Ya sabes cómo es el orgullo.

Gracias a todas las almas anónimas que lleguen a esperar una nueva actualización.

Buena vida

ºPenBaguº