Disclaimer: Ranma 1/2 y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.

Step#13

.

.

.

— ¿Estás satisfecha ahora? —preguntó el azabache con dulzura, mientras retiraba el vaso -ya vacío- de las pequeñas manos de su interlocutora.

La peliazul, por su parte, miró hacia el suelo azorada y asintió como tímida respuesta a la anterior pregunta. Pese a que Akane le permitió llevarla en brazos para bajar hasta la cocina, la niña aún parecía recelosa de su cercanía. Ranma agradeció a los dioses por el persistente miedo de Akane a la oscuridad, hacia cuatro días que se moría por cargarla, por estar cerca de ella. Pero no era suficiente.

— ¿Deseas algo más? —inquirió, anhelando prolongar el encuentro.

Akane negó con la cabeza, renuente a mirarlo e indispuesta a soltar palabra.

— ¿Tuviste una pesadilla? —Ranma se arrodilló a su altura con sumo cuidado, ansioso por saber lo que acontecía en la infantil mente de su prometida.

La niña cuadró su postura y apretó aún más los diminutos puños, se mordió el tierno labio en señal de contención. Ranma también agradeció ser capaz de interpretar aquel familiar gesto, al parecer muchas manías de la infante Akane persistían en su adolescencia.

— ¿Quieres dormir conmigo? —cuestionó con intención inocente. Aunque supuso que, de estar algún tercero presente, interpretaría de manera indecente su proposición—. Puedo patear los traseros de los malos sueños, ¿sabes? Yo te protegeré. —Finalizó su presentación con un tono de suficiencia y confianza, queriendo sonar lo más capaz ante el juicio de su párvula damisela.

Akane lo miró con sus pupilas llenas de confusión y el entrecejo fruncido, parpadeando varias veces en desconcierto; en segundos su gesto transmutó a compungido y la turbación comenzó a cristalizarle los ojos. Parecía que lloraría. ¡Mierda! A Ranma se le marchitó la bravuconería para ser azotado por el nerviosismo. Maldita sea, no quería hacerla llorar.

—A-Akane… —El azabache quiso consolarla, mas detuvo el avance de su brazo frente a la renovada y vehemente negación de su prometida. ¿Por qué?, por qué no podía congeniar nuevamente con ella. ¡Maldición!

— ¿Po-por qué? —Ranma percibió el sonido materializado de sus pensamientos a través de la voz infantil de Akane; fue como si ella pudiera leerle la mente—. ¿Por qué? —La peliazul hipó en esta ocasión, tratando de controlar el gimoteo.

— Por qué, ¿qué? —rogó con sedocidad, ocultando la desesperación por contener y erradicar las lágrimas que se avecinaban entre las iridiscencias avellanas.

Akane regresó la atención a sus pies, escondiendo los ojos tras el flequillo. Ocultando el inicio de su llanto. Tan orgullosa como siempre.

— ¿Es verdad…? —preguntó con la voz quebrada—, ¿es verdad que soy insufrible? ¿He sido una niña mala?

El azabache desorbitó los ojos y su corazón se constriñó en dolor y culpa, trastocado por la palpable aflicción inscrita en las inocentes preguntas. Nunca imaginó que la lastimaría tan hondo, jamás fue su intención atribularla a tal grado. Pero lo hizo, y merecía la muerte. Estúpido malnacido.

— ¡No! —Ranma la tomó suavemente de los delgados hombros, batallando en contener su agarre. No quería asustarla, utilizando mayor fuerza de la necesaria, mas debía evitar una posible huida. Le urgía explicarse—. He sido yo, Akane… he sido yo… lo siento...

—Por qué Ranma cuida de Akane y luego dice que no le importa. —El pueril sollozo se tornó más audible, y la niña cubrió sus ojos—. Akane no entiende… —hipó—, ¿por qué…?

El ojiazul sintió el menudo cuerpecillo temblar bajo sus manos, el esfuerzo por mesurarse agobiaba la firmeza de sus lozanos músculos. Ranma jamás se sitió tan vil y rastrero como en esos momentos.

—Akane, mírame… —imploró con desasosiego—. Mírame por favor. —El azabache intentó remover las manitas que escondían los espejos centellantes de aquella alma tan pura que tenía la osadía de reclamar como su prometida. Pero Akane restauró la fuerza de sus muñecas, evitando descubrir sus ojos.

—Por favor… —insistió, en un hilo de voz. Si la situación continuaba como hasta ahora, él también se echaría a llorar cual crío—. Por favor, por favor… Akane… Escúchame, por favor. Mírame… —Las palabras murieron en un susurro desgarrado, urgido de redención. Rogó al universo que Akane le permitiera explicase, que entendiera, que dejara de sufrir por su causa. Se merecía le infierno. Su pulso viajó errático y los pulmones dejaron de recibir aire mientras esperaba el dictamen de su salvación... o su condena.

Las anteriores súplicas parecieron enternecer la obstinación de Akane, quien con cautela destapó sus orbes, mirándolo sobre las lágrimas reprimidas. Con las mejillas ahora sonrosadas por el esfuerzo del llanto. Ranma no perdió la muda oportunidad de redención.

—Tú no eres insufrible, ni mala, ni nada que califique como molestia o indeseable. ¿Entiendes? Nunca —declaró con solidez, asegurando que sus ojos transmitieran la convicción de sus palabras y los sentimientos de su corazón.

—Pe-pero…

—Fue para protegerte de esas locas —confesó, interrumpiendo el reproche—. Fue estúpido, lo sé, tampoco sé si puedas comprenderlo. No me estoy excusando ni nada por el estilo. —El azabache comenzó a trastabillar—. E-entiendo que no era lo correcto, pe-pero nunca hago lo correcto tratándose de ti. Es decir —aclaró—, tú eres la correcta, pero yo no. ¡Espera!, ¡yo también soy el correcto para ti! —Aquellas palabras retumbaron por la habitación con mayor intensidad de la que le hubiese gustado, y por fin Ranma tuvo noción del rumbo que tomaron sus disculpas—. ¡Maldición! —Bajó la cabeza, abatido, y fue su turno para ocultar el rostro tras sus manos. ¡¿Qué demonios estaba diciendo?! ¡Mierda!, ¡mierda!, ¡mierda!

— Entonces, ¿no me detestas? —inquirió incrédula, sorbiendo por la nariz—. ¿Ranma no detesta a Akane?

—Como si pudiera… —ironizó tras el recoveco de sus palmas.

La cocina se empapó de silencio por largos minutos. Ranma estaba demasiado embrollado por el bochorno y la pequeña Akane continuaba asimilando las palabras de su amigo.

— ¿Ra-Ranma…? —susurró con timidez, limpiando los rastros secos de sus lágrimas con el dorso de sus manos.

— ¿S-sí? —respondió vacilante, sin atreverse a darle cara. Sentía las mejillas incinerarse por el sonrojo. Debía parecer patético.

—Te creo.

El ojiazul descubrió su rostro con un movimiento brusco, desbordando escepticismo en sus facciones. No podía creer que, al final, todo resultase así de fácil. Bueno, no fue fácil, fueron cuatro días al borde del tortuoso infierno. Más bien, no comprendía cómo es que la situación finiquitó así tan rotunda, sin más drama que no poder expresarse como una persona locuaz. Sin reproches o recriminaciones, ni exaltaciones a sus faltas. ¿Estaría soñando?, pellizcó con desmedida fuerza uno de sus pómulos y, cuando el dolor gobernó sus nervaduras sensoriales, rectificó que permanecía despierto. ¿Acaso Akane estaba jugando con él? ¡No!, por supuesto que no. Eso era improbable, ¿cómo siquiera se atrevía a plantearse aquello? La pequeña Akane carecía de malicia y sentimientos de venganza. Tenía pruebas de más para asegurar que su perdón era sincero; su expresiva y cándida mirada se lo confirmaba. Y la sincera sonrisa que le regalaba logró apaciguar la incredulidad de su desconfianza. Maldita sea, no la merecía.

—A-Akane, yo… —«¡Estoy loco por ti!», quiso confesarle, pero la voz figuraba haber perecido en su garganta. Tampoco se le antojo sonar como un pedófilo.

—Tuve un mal sueño. —La chiquilla -ajena a la efervescente devoción, por ella, que comenzaba a apoderarse de su musculoso cuerpo- admitió su tribulación, apesadumbrada, agachando la cabeza y suspirando profundamente—. Odio soñar —clarificó con congoja.

Los sentimientos de Ranma se enternecieron ante tal aceptación de su debilidad; aquello también constataba la veracidad de su indulto. Que compartiera con él la valiosa información de su flagelación era la prueba contundente que Akane lo había absuelto de toda falta para con ella, y de paso deseaba instaurar su relación. Era un jodido afortunado.

—Ven conmigo. —Ranma le ofreció sus brazos en un arranque de desmesurado júbilo. Ansió mostrarle lo agradecido que se sentía con ella. Le había devuelto el propósito a sus días sin más dictamen que un Te creo, y él compensaría con creces su misericordia—. Te mostraré mi lugar más preciado, ahí todos los miedos desaparecen.

El ovalado y níveo rostro de su prometida se iluminó de expectación, aceptando su protección con la naturalidad de la mutua pertenencia.

.

.

— ¿Por qué estamos en el tejado? —cuestionó la niña entre sus brazos. Ranma estaba sentado de nalgas con las piernas echas un ovillo. Teniendo la espalda de Akane resguardada contra su pecho. Se sentía tan poderoso con ella guarnecida en su protección, todo lo malo del mundo se diluía con su presencia. Ranma fue capaz de apreciar que, fuese la edad que tuviera, Akane siempre parecía emanar una fragancia a Jazmines. Y, siendo sincero consigo mismo, se estaba volviendo adicto a ella.

—Este es mi lugar favorito en todo el mundo —afirmó, alzando su vista hacia las brillantes estrellas. Dejando que el tenue vaivén del viento peinara el sedoso cabello peliazul, esparciendo la esencia de Akane hasta los más profundo de su mente.

— ¿El tejado?

—No —objetó con serenidad—. El sitio sobre tu habitación.

— ¿Estamos sobre mi habitación? —Akane buscó sus ojos.

—Sí. —Ranma la miró con afición, sonriendo de medio lado.

— ¿Por qué? —demandó extrañada, frunciendo el entrecejo.

—Por qué, ¿qué? —inquirió risueño, disfrutando el adivinar las intenciones en las preguntas de Akane. Quien, por cierto, se estaba acostumbrando a formular cuestiones inconclusas.

— ¿Por qué sobre mi habitación?, hay mucho espacio por allá. —Señaló, con su diminuto dedo índice, la zona sobre el comedor y el cuarto de huéspedes. Ranma desvió brevemente su atención en la dirección que su compañera le indicaba para concentrarse, al instante, en el semblante desconcertado de la peliazul.

—Porque así puedo protegerte cuando duermes —dijo sin miramientos. Siendo Akane como era ahora, el irse por las ramas la confundiría en mayor medida. Incluso podría provocar que, nuevamente, se alejara de él. Y eso ya no era factible. Joder que no.

—Pero Akane a veces duerme contigo —obvió, tratando de aclararse.

En efecto, la pequeña Akane había buscado el amparo de su cercanía en las noches de sus malos sueños, y él -por supuesto- no se atrevió a negarse a ella.

—Pero en las ocasiones que no lo haces te mantengo vigilada. —«O cuando tenemos una horrible pelea y no me dejas acercarme a ti», pensó para sí. Saber que Akane pernoctaba segura bajo aquel techo, aunque no pudiese mirarla o tocarla, tranquilizaba sus más grandes temores. Inclusive sentía como si lo acompañase en sus ratos de meditabunda soledad, pese a estar separados unos metros. Como si esperara fielmente por él, así como él por ella.

—Hablas como un policía. —Akane hizo un puchero con los labios que a Ranma le dejó momentáneamente embelesado.

—Soy más bien un guerrero que lucha por el amor y la justicia —habló, después de recuperar la cordura.

—Eso suena divertido. —Akane sonrió, impresionada.

— En ocasiones sí, otras tantas no tanto. —Ranma, astutamente, desvió su mirada hacia el cielo por segunda ocasión, antes de perder la ecuanimidad de sus palabras. Rememorando, de paso, alguna que otra hazaña donde logró rescatar a su prometida, con uno que otro desaire en el proceso.

— ¿Cómo hace este sitio para que todos los miedos desaparezcan?, ¿es mágico? —preguntó, retomando la razón inicial por la que la había llevado a ese lugar.

—No, pero hay magia a su alrededor. Las estrellas y la luna brillan más en este lugar.

— ¿Sí? —La infante viró el rostro hacia el manto azul, inclinando la cabeza de un lado a otro—. Yo las veo igual —decretó contrariada—, ¿por qué dices que brillan más aquí?

—Porque tienen que cuidar la integridad de una princesa.

— ¿Una princesa? —habló confundida, pero igualmente emocionada—. ¿Quién es?, ¡¿puedo conocerla?!

—Por su puesto, de hecho, ya la conoces. —El ojiazul la contempló con veneración.

— ¡¿En serio?! —Ranma asintió— ¡Qué emocionante!, ¿quién puede ser? —Akane aseveró sus facciones, al parecer concentrando sus memorias en identificar a la princesa que se supone debía conocer. Permaneció tiernamente retraía por unos segundos.

—Eres tú, pequeña despistada —El azabache acarició la coronilla de la pequeña cabeza, regresando a Akane de sus deducciones.

— ¿Eh?, ¿yo? —dudó, señalándose a sí misma.

— ¿Quién más si no? —reconoció con terneza.

—Kasumi parece más una princesa.

—Quizá —mencionó neutral—, pero no estamos sobre la habitación de Kasumi.

— ¿Entonces crees que soy bonita? —interrogó con los orbes destellando incredulidad y añoranza a partes iguales.

—No tienes idea… —aceptó en un susurro de anhelo.

— ¿Ranma…?

—Dime.

—Sí vengo aquí, ¿ya no tendré pesadillas?

La facilidad con la que Akane saltaba de una emoción a otra y la reflejaba en su rostro le simplificaba a Ranma saber cuándo la menor de las Tendo quedaba satisfecha con sus respuestas, y si estaba "metiendo la pata" o permanecía bien encaminado en sus palabras. Aquello también le ayudaba a hablar con mayor sinceridad y de manera más desinhibida ante ella.

—Sólo si vienes conmigo, ya te lo dije, yo te protegeré.

— ¿Me protegerás del mostro?, ¿puedes hacerlo? —preguntó maravillada.

—Por supuesto —presumió—. Soy el mejor luchador que existe en el mundo. Incluso derroté a un semi-dios.

— ¡Vaya, debes de ser muy fuerte! —exclamó, con ojos brillantes de alivio.

—Si no fuera así, no podría permanecer a tu lado.

—Mamá no pudo ser lo suficientemente fuerte. —Nuevamente Akane transmutó de emociones, saltando de un tema a otro sin prudencia. Ahora parecía rememorar algún recuerdo doloroso. A decir verdad, ni siquiera por asomo, pensó que la niña Akane tendría recuerdos de su madre.

— ¿Tu mamá? —indagó cauteloso.

—Sí… —Fue el turno de su prometida para contemplar el manto celeste—. Ella cantaba muy hermoso, ¿sabes? —suspiró sonoramente.

— ¿En serio? —Ranma apremió a su inteligencia para seguirle el hilo a las fortuitas divagaciones de Akane.

—Sí, ella asustaba al mostro que viene por mí. —Akane miró sus pies y frunció el gesto—. Pero se quedó sin fuerzas, se quedó sin fuerzas por asustar al mostro.

—Akane… ¿qué quieres decir con…?

—He aprendido a cuidarme sola, ¿sabes? —prosiguió con su monólogo, observando nuevamente el firmamento. Indiferente al gesto de preocupación que comenzó a dibujarse en el moreno rostro de Ranma—. A veces logro esconderme de él. Otras veces él me encuentra, pero no dejo que me despierte. Jamás —finiquitó, orgullosa de su hazaña.

—A-Akane… —Ranma se encontraba perdido, no vislumbraba coherencia en el relato de su pequeña prometida.

—Así que por favor, por favor… —La infante peliazul viró le rostro para encontrarse con el suyo, y lo miró con implorante determinación. A Ranma le saltó el corazón ante la profundidad leonada de sus ojos. Akane le tomo los pómulos, acercándolo a su altura. Impregnado solemnidad a su futura petición—. Por favor, cuídame del mostro. No dejes que me despierte, por favor.

Al ojiazul se le erizó la espina dorsal una vez proclamada esa particular solicitud. Aún vagando entre la consternación de las confusas palabras de Akane, dedujo que la pequeña Tendo debía temer seriamente a las pesadillas. Quizá por el fallecimiento de su madre o algún tipo de mala experiencia. Quiso preguntarle hacia cuánto su madre había abandonado este mundo, pero la niña se apoderó de la inusual plática para alguien de su edad.

— ¿Lo harás? —insistió ansiosa—. ¿Verdad…?

—Por supuesto —prometió por instinto. Sin embargo no le tomo mayor importancia que la de velar por el mal sueño de un mundo onírico que no es real.

—Bien. —Akane sonrió y soltó sus pómulos, mas permaneció examinándolo con intensidad. Ranma tragó saliva, no sabía qué decir. Era absurdo que, incluso como una niña, Akane tuviese el poder de aturdirlo y paralizarlo sólo con la disposición de sus ojos. Pero infiernos que así era, y dudada que nunca fuese a cambiar.

—Ranma... —Como si fuese atrapado mirando algo indebido, Ranma se estremeció ante la proclamación de su nombre.

—Di-dime.

— ¿Tú me quieres? —preguntó curiosa.

—Sí —confesó rotundo. Ni siquiera se detuvo a meditarlo, no había necesidad. Qué sentido tenía negarse a los sentimientos de su corazón, qué sentido tenía seguir engañándose. La amaba, a ella. Únicamente a ella.

— ¿Te quedarás a mi lado...? —Se interrumpió insegura. Akane desvió su mirada unos instantes, figuraba estar acomodando sus pensamientos. Como si tratara de recordar algo importante. Lo miró con certidumbre renovada—. ¿Te quedarías a mi lado el día de mañana?, ¿podrías quererme otra vez?

Ranma quedó enmudecido. Sus preguntas las saboreó como despedida. Tan profundas, tan llenas de significado, tan sagradas... melancólicas incluso. Akane presumía una madurez emocional poco normal en críos de su edad. Era como si su mente captara los detalles que escapaban al escepticismo desarrollado con los años. No entendía los motivos que la empujaban a preguntar aquello, pero sólo existía una eximie respuesta a sus interpelaciones.

—Para toda la eternidad —clamó solemne.

El brillo en los ojos avellanas destellaron complacidos entre la diáfana oscuridad de la noche; la niña esbozó una hermosa sonrisa asintiendo en convenio de su veredicto. Ranma decía la verdad, y ella lo entendía. Comprendía la profundidad del juramento sellado entre líneas.

—Bien —murmuró complacida. Saciada de sus respuestas, Akane exigió sus brazos para que la cargara, acurrucándose morosamente sobre su pecho. Exhalando un cálido suspiro de alivio.

Permanecieron unos minutos en absoluto mutismo; la respiración de Akane la percibía más pausada y rítmica, casi dispuesta a entregarse a Morfeo, mas continuaba consiente de los ruidos a su alrededor. Él, por otro lado, la deba vueltas una y otra vez a las singular conversación que mantuvo con su prometida momentos atrás, buscando encontrar alguna elocuencia. Sin embargo, su cerebro no alcanzaba a concretar nada más que una posible nictofobia. Al parecer, todo le embrollo de las pesadillas, no había iniciado en Jusenkyo. «Interesante dato», recapacitó para sus adentros. Sintió a Akane removerse entre sus brazos.

—Oye, Ranma... —murmuró amodorrada, interrumpiendo sus cavilaciones.

—Mmm... —contestó abstraído.

—¿Puedo enseñarle a mi amigo Ryoga este lugar?, sé que va a gustarle.

A Ranma se le rayó la cordura y se atragantó de coraje ante la idea. ¡Maldito, Ryoga! Mil veces maldito.

Dos días atrás, cuando su prometida persistía en la misión de evadirlo, el sucio cerdo milagrosamente había aparecido de la nada y logró hacer muy buenas migas con la niña Akane. Pasando a convertirse en su nuevo mejor amigo. Cretino aprovechado. Tenía que admitir que, el papanatas, tenía un don para con los niños; irradiaba un aire inocuo y pacífico que invitaba a confiar en él. La peliazul cayó fácilmente en sus garras y no se despegaba de él ni un instante; la hacía reír y jugueteaba libremente con el tonto, sin miedos o mosqueos. Se veía bastante contenta sin su prometido o, mejor dicho, sin su primigenio mejor amigo. Ryoga comenzó a jugar sucio cuando atinó a percatarse del evidente rechazo de Akane, para con él, al tratar de acercarse ella. Inmediatamente, Ranma detectó el brilló de malicia en sus ojos pardos. ¡Se quería aprovechar de la ingenuidad de su prometida, en sus narices! ¡Su prometida! Y Ranma Saotome no perdería frente al oportunista de Hibiki. Primero se helaría el infierno. Así entonces, con la frustración, el cabreó y la rabia acumulada en sus entrañas -cuando Akane fue solicitada por Kasumi para asearla-, el ojiazul no perdió la oportunidad de desaparecer a Ryoga del Japón por algunos meses. Fue una contienda fácil, Ranma estaba demasiado ansioso de venganza como para contenerse. Ryoga terminó siendo el perfecto desahogo de estrés que necesitaba. Más tarde le aclaró a Akane que Ryoga tuvo que regresa a su casa, y la niña -como evitaba cualquier tipo de contacto con él- no indagó nada más.

— ¡Rotundamente, no! —alegó en un tono tan ronco que Akane se desperezó de su comodidad y lo enfrentó resoluta.

— ¿Por qué? —preguntó, haciendo un puchero reprobatorio.

—Este lugar es sólo para nosotros dos —habló severo, utilizando las últimas reservas de paciencia que le quedaban. Fue sólo un mísero día… ¡no!, menos de un mísero día que Akane "conoció" al memo de Ryoga y ya lo quería llevar a su espacio privilegiado. Joder que no lo permitiría.

—Pero Ryoga también es mi amigo —reprochó curándose de brazos.

—Yo soy más que tu amigo, Akane. Este lugar es especial —siseó con recelo.

— ¿Eres como un hermano?

— ¡Por supuesto que no! —exclamó mosqueado. Cierto era que se había jurado mantenerse al margen de la hermandad hasta que ella fuese capaz de elegirlo a él como su pareja, porque egoísta y esperanzadoramente creía que sería así. No figuraba ninguna otra posibilidad en el caso que aquella condición se perpetuara indefinidamente sobre Akane, pero el factor Estúpido Cerdo-Hibiki no había sido contemplado en la ecuación, así que eso modificaba el resultado. Por tanto, no estaba de más abrir el panorama para encaminar la correcta decisión que Akane habría de tomar en un futuro.

—Entonces no entiendo… ¡¿Y por qué Ryoga no puede venir?! —demandó caprichosa.

Ranma respiró hondo, conteniendo las ganas de gritarle a su prometida por ser idiota e insistir tanto en traer al imbécil de Ryoga a la sacra intimidad de su lugar preciado. Qué solo debía ser para él, ¡porque era su prometido, maldición!

—Por dos sencillas razones, Akane…

El azabache la tomó por las axilas acomodándola en un nivel más elevado del inclinado techo, quedando él, de cuclillas, en un ángulo inferior. No había planeado revelar aquello, sin embargo le carcomía la insistencia de Akane por afianzar sus lazos con el imbécil de Ryoga. Y estaba seguro que, si Ryoga vislumbraba la oportunidad, se aprovecharía de ello como la sabandija rastrera que era.

—La primera, y más importante —levantó el dedo índice—, yo seré tu esposo —afirmó contundente, deleitándose con el descocado sonrojo que se apoderó de todo el rostro de la pequeña Akane—. Y la segunda, y supremamente más importante… —Ranma levantó su dedo medio, enfrentando los turbados ojos avellana con una convicción que nunca imaginó sentir al confesar sus siguientes palabras—. Tú serás mi esposa.


N/A: Espero les guste este Step, aquí se deja entre ver -un poco- la futura "maldición" que Akane vivirá en el otro fic. Podemos contemplar a una pequeña Akane vagamente consiente de su condición. Pero, como es de esperarse, pareciera ser las invenciones de una niña que teme profusamente a las pesadillas. Por eso Ranma no indaga más allá. Sin embargo, esta escena será supremamente importante en la otra historia. También nos da una pista de lo que la mamá de Akane le pregunta a Soun antes de morir (mencionado en el Step#2) pues son las mismas preguntas que la niña Akane le hace a Ranma en aquel momento de complicidad en el tejado; y curiosamente Ranma responde lo mismo que Soun.

Ya casi Akane regresa la normalidad, ojalá comprendan la necesidad de que Akane estuviese así, desprovista de cualquier habilidad para mentir y poco aferrada a su orgullo, tanto para dar algunas señales de futuros sucesos como para comprender la profundidad del amor que siente Ranma por ella (aunque eso ya lo sabemos todos, jejeje). Y la culpa tan onda que le pesará por haber olvidado esta específica promesa. Por otro lado, debo admitir, que se me hizo demasiado extraño escribir de un Ranma tan cariñoso. Espero no haberme sobrepasado.

Muchas gracias a: Andy-Saotome-Tendo, kitty, paulayjoaqui, Flynnchan, ka-chan, Megumitasama, Astron, flakita, rosefe-123, ivarodsan, Haruri Saotome, Rosi, Otokani. Sus palabras me llenan de gran motivación para encontrar algún tiempesillo robado de realidad para continuar escribiendo. Una disculpa por no personalizar los agradecimientos, prometo -sin falta- hacerlo la siguiente ocasión.

Igualmente agradezco a todas aquellas almas anónimas que siguen estas historias.

Buena vida.

°PenBagu°