Llega la noche,
palabras silenciadas.
Así te pierdo.
—PenBagu.
Disclaimer: Ranma ½ y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta obra fue creada sin fines de lucro.
Step#18
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Sentía la desolación apoderarse de cada recoveco de su cuerpo, el pecho clamaba desgarrado y tortuoso contra el vacío que lo embargaba. La felicidad, se le escapaba entre los dedos; frágil, vaporosa, efímera.
De cuclillas, aferrando su presencia en el marco de la ventana, contemplaba con devoción a la mujer que amaba. Por última vez. Sabía que sus alegrías se quedarían con ella. Su corazón, se lo dejaba. No se permitiría ser dichoso hasta regresar a ella.
Pero era por un bien mayor.
Se marcharía.
Esta noche.
Y es que ese sueño, ese maldito delirio, fue tan real.
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Despertó de golpe, cuando la noche ya había ocultado al atardecer, sobre lo que parecía ser una cama. El acelerado golpeteo de su corazón amenazaba con explotarle el torso. Un chirriante pillido le impedía discernir sobre cualquier otro sonido. El aire en sus pulmones era escaso. Demasiado aturdido para mesurar sus movimientos, giró violento sobre su espalda; encontrándose, segundos después, rendido sobre el suelo frío. El impacto fue indoloro, más sentía la sangre de sus venas transmutar en fuego. Avanzó sobre sus cuatro extremidades sin mirar la dirección, hasta que la cabeza golpeó un muro. Buscó consuelo en su firmeza, recargando el espinazo con un golpe seco. Pese a su atontamiento, apremió a la mente para determinar su ubicación. Le costaba respirar, el pecho escocía por el esfuerzo. Se ahogaba. Los ojos ardían, quería llorar. Y una libertina lágrima vagó por su mejilla.
Tenía miedo.
Entonces la vio. Frente a él.
Plácidamente abandonada a la utopía, bajo la tersura de las sábanas. Tan tranquila, despreocupada.
Reconoció donde se encontraba. La habitación de Akane.
Su cabello reflejaba los destellos platinados de la luna, camuflándose entre los variantes matices de las azuladas hebras. La nívea piel opacaba al diamante. Su cuerpo, escultura etérea de cánones perfectos. Relajado, apacible.
A salvo. Con él.
Sin embargo, las vívidas imágenes de las crueles pesadillas insistían en nublar su cordura.
Se sintió tan real, jodidamente real. Mortalmente devastador.
—El dolor
—La desesperación
—El frío
—La sangre
—La muerte.
Incapaz de detener la voluntad de sus lágrimas, lloró. Cubrió su boca, acallando los sollozos de alivio, de terror, de impotencia. Todo ello materializado en cristalinos senderos de desconsuelo líquido.
Estaba viva.
Respiraba.
A salvo.
Viva.
Y recordó. Recordó que, varias horas atrás, por poco pierde lo más importante que llenaba su mundo.
Akane estuvo a punto de morir.
Casi la pierde.
A nada estuvo de esfumarse su existencia.
Casi la pierde.
Por su maldita culpa.
Casi la pierde.
Por su incompetencia.
Casi la pierde.
Por su arrogancia.
Casi la pierde.
Y a manos de Cologne.
La realidad lo azotó.
Su razón fue oscurecida por la rabia y la sed de venganza. Olvidó la primigenia estrategia de pulir sus fuerzas hasta volverse competente de exigir la revancha. Se dejó manejar por el instinto. Terminaría con todo aquello, ahora.
Corrió.
Corrió poseído de bronca. Escupiendo injurias. Liberando demonios. Saboreando dolor ajeno.
Corrió, hasta encontrar al receptor de su furia.
— ¡Enfrénteme, maldita bruja!, ¡salga de dónde esté! —bramó colérico, empujando la puerta del local sin medir sus fuerzas. Ya no había comensales, la noche era profunda.
— ¡Ranma! —Shampoo emergió desde la cocina.
— ¡Oh!, ¡prometido! —exclamó la vieja momia, despojada de culpa—. Llegas más tarde de lo que esperaba.
La odió.
— ¡Cállese! —Arremetió hacia su víctima con intenciones mortíferas. Anticipando el delgado cuello arrugado rompiéndose entre sus manos.
Falló.
—No podrás vencerme si te dejas controlar por tus más primitivas emociones —declaró Cologne una vez lo tuvo sometido sobre sus rodillas—. Creí que eras más listo que eso. —Escupió despectiva, lacerando su férreo cuello con el extremo de su báculo. Ranma percibió el propósito asesino—. Quizá me equivoqué contigo.
— ¿Cómo se atrevió...? —profirió, rechinando los dientes. Subyugado quizá, pero con mirada homicida—. ¡¿Por qué se atrevió a lastimar a Akane?! —Ranma liberó el caldeado aliento de sus entrañas embravecidas. Las palmas de sus manos se laceraban por el cierre de su puño.
—Así lo aceptaste, tú. Te planteé mis exigencias y accediste. Es responsabilidad tuya, no mía —concluyó indiferente.
— ¡No! —El azabache reanudó el ataque, pero la anciana presionó algún punto en su garganta que le impidió respirar. Cayó de nalgas.
— ¡Abuela, no! —La joven amazona se arrodilló a su altura, interponiéndose entre él y su decrépita enemiga. Abrazándolo—. ¡Por favor, abuela! —suplicó con voz quebrada. Ranma avizoró los violáceos ojos llenarse de lágrimas. Pero no le importó. Su toque se le antojaba repulsivo. Sólo quería vindicar el dolor y las heridas infringidas a Akane. Quiso repelerla. Sin embargo... Se ahogaba.
—Ma-mal-maldita... —Logró articular con dificultad. La cabeza quería explotarle.
—Apártate, Shampoo. Esta no es tu pelea —ordenó Cologne, exaltando amenaza.
— ¡No lo lastimes! —chilló desesperada.
—Esa no es tu decisión. Ha sido él, quien así lo ha querido.
— ¡Pero yo lo amo!
Los diálogos y las imágenes se volvieron difusas. La negrura turbó su visión. Estaba perdiendo la conciencia. Tal vez, moriría. Y se lo merecía, por arriesgar a Akane.
Akane...
Akane...
«¡No!», juró en sus adentros. ¡Viviría!
El aire regresó.
Tosió con brusquedad, saboreando hierro en su garganta. La luz inundó sus ojos. Veía, escuchaba. Su juicio, lentamente, se asentaba.
—Debes sentirte afortunado por ser el receptor del profundo amor de mi nieta, prometido. —Ranma recibió la decadente voz con repulsión en sus oídos. Gruñó—. Si fuera de otra forma, te hubiese dejado morir. Después de todo, si fueses lo suficientemente digno de enfrentarme, me hubieras degollado. ¿Verdad?
— ¡Qué le den! —gritó furibundo, irguiendo su postura. Se tambaleó en el intento, aún estaba desorientado.
—Ranma, tranquilízate. —Shampoo le ayudó a estabilizarse.
—Escúchame, niño. Si no vienes a finiquitar tu deuda, entonces no me des problemas y márchate. —La mujer le dio la espalda, dispuesta a largarse, mas detuvo su intención y lo miró de soslayo—. Y, por si no te has dado cuenta, yo tampoco he finalizado mi parte del trato.
— ¿Qué... qué quiere decir? —inquirió pasmado. El miedo volvió a esparcirse por su sistema. No se atrevería...
—Esa chica, Akane. Sigue viva, ¿no? —habló siniestra—. Tal vez, deba ser yo quien termine con el pacto primero.
— ¡No le permitiré que...!
—Aunque si te comportas —interrumpió—, quizá reconsidere los términos.
Pese al furor de guerra que clamaban sus ansias, aceptó. Aceptaría lo que fuere que quitase a Akane de en medio.
—Tienes mucha fuerza oculta muchacho. —Lo alabó Cologne cuando estuvieron acomodados en una de las mesas—. Admito que me emociona presenciar lo que puedes ser capaz de lograr. Ese espíritu asesino puede ser certeramente mortal si es bien encaminado.
—Déjese de rodeos, anciana. Vaya al grano —rezongó, cruzándose de brazos. Shampoo les había servido té, y le valía un pimiento. Sólo quería que aquel circo terminase, Necesitaba garantizar la seguridad de Akane. Su cordura ya no lo soportaba.
Y lo hizo. Aunque nunca imaginó que terminaría siendo beneficiado es su más codicioso deseo.
— ¿Cuál es la trampa en esto, vieja? —cuestionó receloso, enarcando una ceja.
—Ninguna —musitó sorbiendo té.
—Me está ofreciendo lo que he sido incapaz de reclamar en el duelo. Perdí, ¿lo recuerda? —aclaró—. Creí que esa retribución quedaría descartada.
—Te he dicho muchacho, que me emociona ver qué tanto puedes lograr.
—Acepta, Ranma. Sería verdaderamente inconsciente de tu parte rechazar esta oportunidad invaluable —mencionó Shampoo, mas Ranma la ignoró.
—Y usted piensa que me voy a tragar el cuento sólo así —ironizó—. Cuándo hace unos momentos pretendía asesinar a mi prometida —recriminó con tono hosco.
—Ranma, ¿qué...? —A su lado, Shampoo desorbitó los ojos. Lo miró con gestos lastimeros. Incrédula. No podía importarle menos. Akane era su única prometida. ¡Joder!, estaba ahí por ella. Por su bienestar. Que se diera por enterada.
—No hay mucho que rebuscar. —Cologne ignoró la confesión entre sus líneas y contraatacó—. Estoy siendo magnánima por la felicidad de mi nieta.
Ranma gruñó.
—La decisión es tuya —continuó la vieja—. Te doy mi palabra de guerrea y líder amazona que renovaré el trato sólo si tú te comportas como requiero. Sin oponer resistencia o dar problemas. Hasta que sea necesario para tu bien y para el mío. —El azabache permaneció en silencio, meditando cada palabra.
La vida de Akane a cambio de un "favor", y además le facilitaría la cura a su maldición. La cura. Que fue el aliciente por el cual aceptó el estúpido duelo en primer lugar. Y había perdido, por tanto, no tenía derecho a ello. Pero si aceptaba el nuevo trato sería una especie de doble victoria para él. Demasiado bueno para ser verdad. No se fiaba. Para nada. Aun así...
—Tomar la vida o no de esa chica me es irrelevante —prosiguió Cologne con su persuasión—. Sin embargo, tengo todo el derecho de hacerlo ya que me fue prometida. Y puedes estar seguro que lo haré, a menos que cooperes. —Ranma se arrepintió, profundamente, por haber caído en su juego. Estúpido idiota.
Jamás imaginó que aquel embrollo adquiriera un cariz tan serio. Todo había sido una trampa, ahora lo notaba. Y se arrastró a ella cual abeja a la miel. Imbécil. La vieja lo estaba chantajeando, como nunca antes. Con lo más invaluable para él. Eso significaba que se traía algo importante entre manos. Algo más transcendental que una deuda de honor. Algo que requería una absoluta y entregada participación de su parte. Algo que aceptaría hacer, únicamente, por desesperación. ¡Maldita sea!
Las cartas habían sido lanzadas.
—Akane queda fuera de todo esto —rectificó—. No la lastimaría, no la tocará, no le arrancará ni un pelo. Nunca. Jamás. Cualquiera que fuere el resultado de mi contribución en sus planes. Ni siquiera se acercará a ella a menos que yo esté presente.
—Hecho.
—Entonces —suspiró resignado—, ¿cuál es ese favor?
La vieja amazona sonrió alardeando victoria.
—Iremos a China.
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Y allí estaba él, postrado en el umbral de la ventana. Tratando de absorber, hasta lo más profundo de su memoria, la pacífica imagen de su tesoro más preciado, de la existencia más preciosa, del amor de su vida.
Se sentía un traidor.
Le dejaría tantas promesas rotas. Tantas palabras silenciadas, tantas caricias interrumpidas, tantos momentos que no disfrutarían juntos.
Le dejaba lastimada. La dejaba herida por su primigenia estupidez. Por haber creído que aquel encuentro, con la anciana, sería tan banal como los tantos otros. Por un descuido. Por una decisión precipitada.
Oh, si pudiera regresar el tiempo...
Mas debía marcharse, esa misma noche. De lo contrario, jamás se iría.
Cologne incluso se ofreció a esperar, los días que él quisiese, para que arreglara sus asuntos. Pero ya nada podía ser arreglado, porque ya nada le importaba. Además, no tenía las agallas de enfrentar a Akane.
¿Era un cobarde?
Por supuesto que sí. Un jodido cobarde.
Si lo miraba una vez más, si le suplicase con esos hermosos ojos... se arrodillaría ante ella cual niño asuntado buscando amparo. Lo embrujaría, lo embrujaría con la hambrienta necesidad que tenía de ella. Y él se rendiría, porque no era tan fuerte. Y la arriesgaría, pues quedarse significaba faltar al segundo convenio.
Tampoco dudaba que, inclusive, ella quisiese defender su honor por propia mano, a pesar de conocer la inferioridad de sus habilidades. Probablemente a espaldas de él, para no preocuparlo. Y él no resistiría. La duda, la angustia, la inquietud. No soportaría saberla al borde de la muerte una vez más. Verla herida, lacerada, con la sangre profanado la pureza de su piel en ríos interminables de carmín, con el calor vital abandonado su cuerpo, con la oscuridad apoderándose de sus ojos, como en aquella maldita pesadilla, era algo que no podía permitir. Sin ella, la existencia no tendría sentido; el mundo perdería su brillo.
Sí, se marcharía.
Saberla viva, a pesar de estar separados, le daría el consuelo suficiente para sobrevivir. Para aferrarse a la esperanza de regresar a su lado. Porque haría lo imposible por volver. Carajo que sí. Ese era su íntimo pacto. Su secreto mejor guardado. De una u otra manera, volvería. Pues al fin de cuentas aún quedaba una promesa que no le correspondía a él romper. Una promesa, ajena a su voluntad, que lo seguía atando a ella. Más que en cualquier otro momento, se sentía agradecido con su padre por arrastrarlo a jurar su vida, en matrimonio, para honrar la perpetuidad del arte marcial estilo libre. Regresaría. Arribaría a casa siendo el hombre completo que Akane merecía, porque –dicho sea de paso- no deseaba perder la oportunidad de obtener su cura. Sería estúpido de su parte, ¿no?. Desaprovechar aquel fortunio, exento de interrupciones o enemigos que quisiesen asesinarlo, sería una inconsciencia. Y cuando fuese liberado de su maldición, lograría proteger a Akane de todo y ante todo. Nada lo limitaría. Y enmendaría su error. La reclamaría sin inseguridades.
Mientras tanto, ella viviría. Akane poseía un espíritu fuerte, y viviría. Pese a la decepción, la desilusión o la tristeza. Viviría. Sin peligros o amenazas que mermaran su subsistencia. A salvo.
Viviría.
El golpe de la brisa fresca estremeció la piel de Ranma, arrancándolo de sus túrbidas cavilaciones. Viró el rostro hacia el firmamento, el azul profundo comenzaba a aclararse. Pronto amanecería. Era hora de marcharse.
Colocó, cuidadosamente, bajo el soporte de la lámpara, la misiva que contenía las palabras de su ausencia, los secretos de sus tormentos, las esperanzas de su futuro. Sólo de ella necesitaba despedirse. Confiaba, egoístamente, en que Akane entendería sus motivos, que lo perdonaría. Que esperaría por él. Aunque, tal vez, ya nada fuese igual.
Se irguió en su altura, ajustando la escueta e improvisada mochila de viaje, y con una última mirada de soslayo hacía su prometida, Ranma se fue.
Dejando sus alegrías, abandonando su corazón.
Esa noche los árboles se movían violentos, impetuosos, desesperados. Justo como él se sentía. Esa noche no había estrellas, el cielo parecía entristecido, vacío, desolado. Tanto como él.
Cada paso que avanzaba era una espina hundiéndose en el vació de su pecho, punzante, rasgadora. Una a una, paso a paso, poco a poco. Hasta que no sintiese nada.
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Si alguien hubiese sido testigo de su partida, si hubiesen presenciado aquel ínfimo acto de redención, sí hubiesen visto aquella carta, quizá mucho dolor pudo ser evitado.
Sin embargo, la verdad fue arrebatada en jirones de papel esparcidos al viento. Trozos arrancados con odio y arrojados con rabia. Nuevamente, las confesiones entre los prometidos quedaron enmudecidas. Un silencio obligado por quien desea robar un amor.
A lo lejos, entretejido en una rama, renuente a obedecer a la ventisca, permanecía aferrado el último fragmento de devoción proclamado en firmes líneas de tinta. Cuyo secreto sólo podrá leer el sol.
—Y si llegas a odiarme, nunca olvides cuánto te amo.
N/A: Y bueno pues... ¿feliz año nuevo? Gracias por seguir esta historia y por todo su apoyo. Disfruté sobremanera escribirla, me divertí mucho. Gracias, gracias ,gracias.
Fue un gusto y una delicia leer sus reviews, siempre atesoraré sus palabras.
Espero nos volvamos a encontrar.
También un saludo y agradecimiento a todas aquellas almas anónimas que siguen las historias.
Buena vida.
ºPenBaguº
