La culpable
Una escena de horror, Emma delante del padre muerto, un padre al que apenas tuvo oportunidad de conocer, el hombre que estuvo casado con el amor de su vida. Jamás le diría cuánto lo amaba, ni siquiera tendría la oportunidad de aprender a quererlo. Haberlo matado era el acto más cruel inimaginable que habían cometido con ella, muy diferente de hasta lo que Belle pudiera imaginar con sus teorías fantásticas sobre su jefe.
El olor a sangre que se derramaba de su pecho producía náuseas a la muchacha, un dolor de cabeza sin límite y un nudo atravesado en la garganta. Ya no aguantaba mirar hacia el cuerpo tirado en el suelo, un peso muerto y aquellos ojos grises, abiertos de par en par, sin vida alguna. Una imagen con la que cargaría el resto de su vida. Emma se tapó sus ojos con las manos. Quería abrir la boca y gritar, pero cuando lo consiguió no escuchó la voz gritando de dolor por la pérdida.
‒ ¡Pobre hombre! ¡Pobre!
Alguien entró en la estancia y retiró a la muchacha de dentro, diciendo cosas que ella solo comprendió después, fuera de la casa.
‒ Señorita, no puede estar ahí dentro, es la escena del crimen, no puede estar ahí‒ dijo el policía que la condujo y la sentó en uno de los escalones de la escalera de la entrada de la casa.
Ahora Emma entendía la agonía en el rostro de Belle cuando hubo llegado, la desconfianza explícita en la cara de Graham y la conmoción del agente de policía que estaba tomándoles declaración.
Después de hacerle beber un vaso de agua con azúcar, los policías cerraron el taller, prohibiendo a cualquier persona entrar antes que el forense. Algo más tarde, no se sabe cuánto, un equipo con monos azul oscuro apareció trayendo maletines, guantes, cámaras y cosas que Emma nunca había visto, ni en una serie de televisión. Pasaron por su lado como bultos y cuando salieron cuchicheaban algo como "A quemarropa"
Emma agarraba el vaso vacío, pensando en el padre muerto y la expresión en sus ojos. El mismo agente que la había sacado se acercó de nuevo.
‒ ¿Más tranquila?‒ preguntó con cuidado. Ella asintió, pero no alzó el rostro ‒ ¿Puedo hacerle algunas preguntas referentes a la víctima?
‒ Puede‒ su voz salió muy de dentro
‒ ¿Qué era usted para la víctima?‒ comenzó el policía de la forma más sutil posible.
‒ Su hija
‒ ¿Cuándo fue la última vez que estuvo con él?
‒ Ayer, por la noche
‒ ¿Se acuerda de la hora precisa?
‒ Cerca de las ocho, me quedé casi una hora conversando con él y cuando me marché aún estaba vivo.
El policía asintió como si hubiera acabado de comprobar la coartada de la muchacha. Lo que Emma le había dicho era exactamente lo que la empleada y el enfermero le habían comentado poco antes de ella aparecer. Se apartó y Emma miró hacia la calle. Algunos vecinos, antes invisibles en el barrio, ahora se apretaban tras la cinta policial que los separaba de la casa.
La muchacha había perdido la noción del tiempo que había pasado sentada en la escaleras, pero vio el momento exacto en que un coche fúnebre apareció para recoger el cuerpo del padre. Dos hombres altos entraron en la mansión y ella se levantó. Se dio cuenta de que estaba mareada y débil, recordaba el olor de la sangre. Ahora quería irse a casa, pero no se marcharía tan pronto, no antes de que la policía acabara de hablar con ella. Belle y Graham ya se habían ido en un coche con un agente y los otros esperaban el levantamiento del cadáver.
‒ La señorita debe acompañarnos‒ dijo uno de ellos.
Una mano apretó la de Emma, dándole apoyo. Regina estaba allí, tan asustada que se mantuvo callada hasta que vio la camilla cubierta con el cuerpo de su ex marido. Fue todo tan rápido que Emma pensó que estaba delirando. Regina la giró suavemente. Agarró el mentón de la rubia con dos dedos y alzó su rostro hacia el de ella.
‒ Fue ella, Regina. Estoy segura…
‒ ¿Es verdad? ¿Es él el muerto de ahí?‒ preguntó la sra. Mills en un mezcla de horror y duda.
‒ Sí. Es él, muerto. Fue ella, Regina, fue ella…‒ Emma repitió y se tapó el rostro con las manos otra vez, escondiéndose en el apretado abrazo de la mujer.
Los hombres y la camilla con el peso muerto de Daniel dejaron la mansión en el coche forense. Habían pasado tres horas desde el descubrimiento impactante del cuerpo del pintor.
A aquella hora la ciudad entera ya había escuchado por la radio y por muchas bocas lo que había ocurrido en la mansión de la calle St. Barbara Bay. En la comisaría de policía, cuando Emma llegó, Belle salía de una sala donde Graham entraba a continuación. Ella corrió hacia Emma y la abrazó, menos tensa y emocionada. Se apartó de la amiga brevemente, mirando hacia ella y hacia Regina, al lado, tenía algo que decir.
‒ Lo siento mucho, Emma
La muchacha asintió en medio de un suspiro, un sollozo reprimido.
‒ Sé quién hizo esto y se lo voy a contar todo a la policía
‒ ¿Tu madre?
‒ Estoy segura, Belle, solo puede haber sido ella.
‒ Si fue ella, debió aparecer después de que Graham y yo saliéramos de la casa.
‒ ¿Qué otra persona tendría interés en ver muerto a Daniel? Ella ha hecho esto porque lo odiaba, mucho más después de que él se enterara de la verdad.
Belle se llevó las uñas a los labios y comenzó a morderlas. Aún llevaba el uniforme de empleada, se sentó para esperar al novio.
‒ Graham está ahí dentro y le van a preguntar qué piensa sobre el asesino, quién era Daniel y cuándo nos marchamos.
‒ ¿Fuiste tú quién descubrió el cuerpo?‒ preguntó Regina
‒ Sí, fui yo. Abrí con la copia que tengo de la llave, pero me extrañó ver la puerta entreabierta, por eso llamé al sr. Colter, pensando que estaba despierto, entonces vi el taller abierto y el cuerpo en el suelo. Graham llegó después, él vio otros detalles porque tiene más sangre fría y entró durante más tiempo. Dios mío, sus ojos…Los ojos de Daniel, nunca voy a olvidar la manera en que estaban, parecía vivo. No aguanté seguir mirando.
‒ Tuve la misma sensación‒ dijo Emma ‒ Pensé que estaba vivo cuando lo vi por primera vez, después parecía muerto y de nuevo parecía como si suplicase.
‒ No estés recordando, no te hace bien‒ Regina atrajo a Emma hacia ella, las arrugas en su frente señalaban cuánto la perturbaba todo aquello. Su ex marido muerto, asesinado, aún era difícil absorber tanta crueldad. Ni cuando deseaba su muerte, pensó en algo así, no sería capaz de matar a nadie, a no ser en sus libros y cuentos. Pero el arte imitaba a la vida, y ahí estaba la escritora teniendo un flash de una de sus historias, había escrito algo parecido no hacía tanto tiempo.
Menos de media hora después, Graham dejó la sala del sheriff. No parecía estar bien, estaba pálido y asustado. También llevaba la ropa del trabajo, pantalón y camisa blancas. Belle se levantó de pronto y corrió hacia él.
‒ ¿Qué querían saber?‒ preguntó ella ansiosa
‒ Lo mismo que nos preguntaron en la mansión y me enseñaron algunas fotos. Uff, el señor Colter estaba horrible en ellas, peor que en la realidad.
‒ Graham, Emma está aquí, más cuidado con lo que dices‒ Belle pellizcó su brazo
‒ Ah, discúlpame, Emma‒ dijo el muchacho al ver a la muchacha.
El silencio se mantuvo lo suficiente como para que en la cabeza de Emma pasara toda una película. ¿Cuántas veces había visto a Daniel con vida? ¿Cuántas palabras habían intercambiado sin saber que eran padre e hija? Emma recordó vagamente el día en que se lo encontró en la puerta de la mansión cuando él todavía caminaba. Pero también pensó en cómo sería su reacción si nunca hubiera descubierto la verdad y él simplemente fuera el ex marido de Regina. Quizás no sintiera tanto como estaba sintiendo en aquel momento. ¿Cómo podía echar de menos a alguien con quien nunca había convivido?, se preguntaba en los brazos de Regina, quien no estaba diferente a ella, un dolor de pérdida semejante a la pena. La escritora reposaba su mirada en los cabellos castaños de la muchacha y pensaba que todo habría sido diferente si no hubiera instigado a Ingrid a abrir la boca. En parte, Regina creía que tenía parte de culpa en lo que le había sucedido al ex marido, por otro lado no estaba tan segura de si lo que sentía era pena o tristeza. Tarde o temprano, Daniel iba a morir, si no por la enfermedad sería de cualquier otra forma, solo que ser asesinado de esa manera parecía muy cruel hasta para el mayor de los enemigos.
Emma observó a la mujer y el silencio entre ellas, y por primera vez eso la incomodó.
‒ Di algo, Regina, por favor, habla. ¿Qué estás pensando? Puedes gritarme, llorar, soltarlo todo, solo habla conmigo un poco. Estoy preocupada por ti‒ susurró la muchacha ‒ Él era tu marido, no es posible que no sientas nada.
‒ Estoy bien, Emma. Realmente no sé describir cómo me siento‒ respondió Mills, se apartaron del abrazo, pero se miraban con mucha intimidad.
‒ No viste cómo él estaba, ¿verdad? Fue horrible.
‒ No me gustaría verlo, es como si no tuviera derecho. Fue parte de mi vida, fue el hombre con quien decidí vivir y al que amé en algún momento, sin embargo, dejé de amarlo igual de rápido. Vivir los últimos años con él fue una carga e imagino que él se decepcionó cuando supe que, en algún momento, deseé su muerte‒ se desahogó ella.
‒ Una de las últimas cosas que me dijo fue que quería noticias tuyas, pues te respetaba. Aún te amaba. Aquello con mi madre era solo un remedio para la soledad que temía. Perdónalo, pero también perdónate a ti misma.
‒ No tuve tiempo de despedirme correctamente de él‒ Regina agachó la cabeza
‒ Nadie lo tuvo‒ Emma suspiró
‒ ¿Cómo ha pasado esto?‒ era una pregunta y una afirmación
‒ No te culpes, ha sido mi madre
‒ Podría haber escogido matarme a mí, ¿por qué no yo en su lugar?
Emma tragó en seco, angustiada.
‒ Porque ella ya no podía enfrentarse a ti, ¿te has olvidado de que Ingrid Swan es una cobarde? Decidió matarlo porque estaba enfermo. Y quizás porque…Porque si te mataba a ti, me mataría a mí también. Literalmente soy capaz de morir por ti. Si te hiciera eso, yo me quitaba la vida al momento.
Regina sacudió la cabeza.
‒ Emma, no digas esas cosas
‒ Pero es la verdad y espero que entiendas que será así de aquí en adelante. Si te pasa algo, no respondo de mí.
‒ ¿Tan grande es tu amor para llegar a ese punto?‒ preguntó Mills
‒ Más grande de lo que piensas, y ya hemos hablado mucho sobre eso‒ Emma extendió una mano hacia el rostro de la escritora y enjugó una lágrima sucia de maquillaje ‒ Sé que odiaste a Daniel, mucho más después de descubrir la traición, pero su muerte puede significar que no era para ser, él nunca sería un padre para mí, nunca un marido perfecto para ti.
‒ Creo que tienes razón, mi amor‒ dijo Regina, admirando sus palabras ‒ Me sorprende mucho tu madurez al percibir esas sutilezas.
Emma volvió a abrazarla cómodamente, respirando aquel perfume de mujer. Necesitaba decir que había aprendido mucho con ella, con el amor, con la forma en que se sentía amada.
‒ Quien me ha enseñado lo que sé has sido tú‒ dijo Emma, ahogada en el abrazo.
Belle y Graham se dieron las manos, sentados uno al lado del otro, apoyándose mutuamente. Ella miró para la amiga, abrazada por Regina, y viceversa, esperando alguna orden de la mujer para que regresara a la mansión, ya que con la muerte del señor Colter, Regina volvía a tener derecho sobre la casa. Sin embargo, no dio tiempo a que Regina se acordara de ese detalle. Un segundo después, el sheriff, al que se le reconocía por la estrella pegada en el pecho, salió de su sala.
‒ Emma Swan, nos gustaría tomarle declaración‒ dijo el hombre y Emma tuvo que apartarse de la comodidad de Regina para levantarse.
Dentro de la sala, Emma se quedó sola con el agente que le había hecho las preguntas en la mansión y con el sheriff. Fue él quien adelantó los hechos para ayudar a la muchacha.
‒ Killian, ella dice que es la hija de la víctima. Se quedó muy impresionada cuando vio el cuerpo‒ dijo el hombre, de pie, de brazos cruzados, al lado de la mesa del sheriff. Solo entonces Emma vio un distintivo de asistente prendido en su cinturón.
‒ Según la declaración del enfermero y la de la empleada, la señorita fue la última persona en tener contacto con el señor Daniel Colter la noche de ayer. Imagino que ha sido muy desagradable encontrarse con el cuerpo de su padre hoy por la mañana, ¿qué nos puede decir?‒ preguntó el sheriff, alzando una de sus cejas hacia ella.
‒ No tengo mucho más que decir, señor‒ Emma murmuró ‒ Pero sé quién lo hizo
El sheriff y el agente intercambiaron una mirada.
‒ ¿Lo sabe?
Emma alzó la mirada y respiró hondo.
‒ Hace dos días descubrí que Daniel Colter era mi verdadero padre. Ayer por la noche, él me invitó a cenar con la finalidad de conocernos. Me marché de la mansión poco después de las nueve. Regina Mills puede confirmar que estuve en casa durante toda la madrugada‒ paró un poco y observó a los dos hombres ‒ Si hay alguien a quien le gustaría ver muerto a Daniel Colter, esa persona es mi madre, Ingrid Swan. Fue Ingrid quien lo mató.
‒ ¿Cómo está tan segura de que Ingrid Swan tiene que ver con el caso?‒ el sheriff se masajeó el mentón.
‒ Mi madre y ese hombre estaban comprometidos, él pretendía casarse con ella en cuanto se confirmara el divorcio, pero el hecho de haberle mentido sobre mí durante tantos años, hizo que cambiara de idea. Antes de dejar la mansión anoche, me reveló que ya no había nada entre los dos. Conozco a Ingrid, poco, pero suficiente para tener la convicción de lo que estoy contando. Fue ella. Todo lo malo que les ha pasado a las personas que la conocen es por culpa de ella.
El sheriff sacó algunas fotos de un sobre y las repartió sobre la mesa.
‒ ¿Puedo pedirle que se acerque? Estas son algunas imágenes que los forenses hicieron esta mañana. Como puede ver, se ha encontrado una pistola al lado del cuerpo, es probablemente el arma usada contra Daniel. ¿Me sabría decir si Ingrid Swan, por casualidad, posee algún arma?
‒ No, señor‒ Emma estiró el cuello y vio las fotos de Daniel. Graham tenía razón, Daniel parecía aún peor de cómo fue encontrado. Emma volvió a sentir náuseas y cayó sentada sobre la silla, aferrándose el estómago para no vomitar todo el desayuno ‒ Pobre‒ repitió en voz baja.
‒ ¿Sabe lo grave que es esa acusación?
‒ Pues claro que lo sé. Pregunte lo que sea, nada me saca de la cabeza que ella es la culpable de la muerte de Daniel‒ afirmó Emma
‒ Necesitamos una prueba contundente para detenerla.
‒ Estoy dispuesta a conseguirles algo‒ dijo Emma, prestándose voluntaria.
No se podía resumir una historia como esa, y Regina fue la que comenzó a contarlo todo. Los tíos de Emma miraban de forma pesarosa a la muchacha por todo lo que sabían que ella había pasado y por lo que tendría que estar sintiendo. David y Mary apenas tocaron las tazas que contenían el té hecho por Emma, estaban más atentos a lo que más se parecía a un guion de cine. Habían llegado a media mañana, después de que Emma tomara la decisión de llamarlos e invitarlos a tener una conversación. La muchacha no había podido conciliar el sueño, era cerrar los ojos y ver el cadáver del padre tirado en el suelo. Cuando consiguió dormirse, no pudo hacerlo más de dos horas con la idea metida en la cabeza de tener que hablar con las únicas personas en que confíaba de la ciudad. Finalmente, Emma iba a confirmar quién era la persona de la que estaba enamorada, la mujer que les había comentado y la razón por la que de repente tantas cosas habían pasado en la familia. Fue un shock, especialmente para Mary, saber que Emma había sido fruto de una traición, pero era aún peor pensar en la coincidencia que había colocado a la sobrina frente a Regina. Parecía demasiado complicado para ella aceptar que todo lo que estaba escuchando era verdad. David, por otro lado, estaba preocupado por la hermana o decepcionado, que era lo que más bien aparentaba.
Cuando llegaron a la casa, algo torpes, saludaron a Regina, sabiendo que vivía con la sobrina y respetando a la mujer que, según Emma, representaba todo para ella. Con el mismo respeto escucharon la historia hasta el presente momento.
‒ Ahora necesito demostrarle al sheriff que mi madre es la culpable. Lo único que me dejará en paz es verla encarcelada‒ dijo Emma, buscando los ojos de Regina.
‒ Si tu madre lo ha hecho, tiene que pagar, hija‒ comentó David ‒ Pero, ¿qué la conduciría a matar a tu padre?
‒ Venganza. Él la abandonó, le pidió que saliera de su vida‒ replicó Regina, de pie, al lado de Emma.
‒ Mi opinión es esta: si Ingrid fue capaz de hacer estragos en la vida de tantas personas, había una razón. Daniel puede haber sido solo la chispa para el resto de problemas que ella ha causado. Estoy de acuerdo en que ha sido ella la que lo ha matado‒ se manifestó finalmente Mary
‒ ¿Y si tu padre tuviera algún enemigo por causa de ella, hija? ¿Entiendes lo que te digo? Puede que él no haya muerto por su mano, aunque sí por su culpa‒ David juntó las manos mientras se expresaba.
‒ No, tío, no creo que Daniel haya peleado con nadie por causa de mi madre, nadie sabía de la relación de los dos, incluso Regina lo descubrió cuando él se lo contó‒ gesticuló la muchacha
‒ David, siempre te he alertado sobre lo que tu hermana era capaz. Lo siento mucho, Emma tiene razón‒ Mary apretó el muslo del marido.
David tuvo que concordar con todas las opiniones. Miró a la sobrina y a Regina y asintió.
‒ ¿Qué podemos hacer entonces para que Ingrid sea encarcelada y pague por el crimen que ha cometido?
‒ Los crímenes, porque no ha cometido uno solo, si hubiera podido la habría metido antes en la cárcel‒ refunfuñó Emma
Regina posó una mano sobre su hombro, diciendo
‒ Deja ese rencor un poco de lado y di lo que tienes en mente
‒ Antes de Daniel morir, yo quería hablar con ella, dejarle bien claro que ya no le guardaba rencor, así que pienso en ir tras ella, hablaremos y conseguiré un cabello para el sheriff.
‒ ¿Te refieres a conseguir una muestra de ADN?‒ preguntó Mary
‒ Uhum‒ balbuceó Emma, asintiendo enseguida
David y la esposa asintieron también de acuerdo.
‒ Sí, parece lo correcto. ¿Cuándo vas a la pensión?
‒ Estoy pensando en ir esta tarde
‒ Te llevaré‒ dijo Regina
‒ Yo puedo hacerlo, si quieren‒ sugirió David
‒ No es necesario, David, tengo que ir al centro de la ciudad a resolver la situación del cuerpo de Daniel. Al ser, más o menos, la única pariente de él en esta región, soy responsable del transporte del cuerpo a San Francisco, con su familia.
‒ Siendo así, si hay algún problema, ya sabes dónde encontrarnos, hija, y tú también, Regina‒ David le sonrió a la sobrina, y Mary también ‒ Cuidado con tu madre, y buena suerte.
Emma, extraño en esos días de tormenta, sonrió dulcemente. Miró hacia arriba, encontrándose con Regina, suspiró y añadió
‒ Suerte ya tengo‒ se aferró al brazo de la amada y se quedó ahí, aprovechando un poco de la calma que allí había y que tanto deseaba desde hacía meses.
Mary y David observaron a las dos con expresión de ternura, como si entendieran lo que era estar enamorados, y vaya que sí lo entendían.
Cauteloso, el sr. Gold entró en el despacho del alcalde, dos días después, sin saber exactamente cómo le daría la noticia. Llevaba un periódico en las manos y se lo pasó al amigo, mostrándole una noticia que decía lo siguiente: "Crimen en Blue Hill. Asesinado el famoso pintor"
Leopold se levantó de la silla y abrió el reportaje con inmenso asombro.
‒ Entonces es verdad
Gold parecía no estar bien, caminando de un lado a otro como gallo sin cabeza, mientras se rascaba la nuca por detrás del nido que formaban sus largos cabellos.
‒ Parece que sí. No hay persona en esta ciudad que no lo esté comentando.
‒ Pero qué locura…¿Cómo debe estar sintiéndose Regina?‒ balbuceó el alcalde mientras leía la noticia que, de hecho, no aclaraba nada de lo sucedido. El hombre miró al amigo y tuvo que preguntar ‒ ¿No has sido tú, no?
El concejal se detuvo y estrechó los ojos
‒ Pues claro que no, Leopold. Pero sospecho quién ha sido.
El alcalde aún no se lo podía creer y tuvo que leer el titular del periódico unas cinco veces. Iba a preguntar a Gold lo que sabía, pero algo lo detuvo antes de tiempo. Alguien entró abruptamente por la puerta doble del despacho, con la secretaría pisándole los talones.
‒ ¡Leopold, tengo que hablar contigo!‒ Ingrid llegó con una prisa inesperada.
Gold hizo salir a la secretaría, asegurándole que todo estaba bien con la presencia de Swan en el despacho, sin embargo Ingrid tenía algo extremadamente particular que confesar.
Ella se apoyó en la mesa y jadeó. Leopold sospechó que algo malo había sucedido.
‒ A solas, por favor‒ Ingrid giró el rostro por encima del hombro mirando a Gold, que no se opuso a dejarla a solas con el amigo. Cuando él cerró la puerta, Swan se dejó caer en la silla frente a la mesa ‒ ¡Ha ocurrido una tragedia! Tengo que dejar la ciudad ahora mismo, antes de que me relacionen con esa historia.
‒ ¿De qué estás hablando?‒ preguntó el hombre, rodeando la mesa
‒ No puedo explicarlo ahora, tengo que marcharme, debo salir de aquí en este instante, pero necesito ayuda. Préstame algo de dinero, no tiene que ser mucho, solo ayúdame ahora y te prometo que después te lo compenso‒ pidió Ingrid y Leopold frunció el ceño.
‒ Jamás me negaría a ayudarte, Ingrid.
‒ Entonces, ¿harás esto por mí?
‒ Solo explícame lo que ha pasado y haré lo que sea necesario por ti.
Ella se echó a reír con ironía, deprisa.
‒ No, no, querido, es más complicado de lo que piensas‒ con la mano trémula agarró su brazo ‒ Has sido tan amable conmigo, ¿por qué sencillamente no me ayudas ahora y preguntas después? Quizás nunca más regrese aquí, es un caso de vida o muerte.
‒ No comprendo‒ él también la tocó ‒ ¿Qué has hecho?
Ingrid temblaba, sus ojos estaban vidriosos y encendidos, preparados para convertirse en cascadas de lágrimas arrepentidas.
‒ ¡Por el amor de Dios, ayúdame!‒ suplicó con un hilo de voz, agarrándose a la chaqueta del hombre.
Sus ojos, brillando de miedo, se posaron en el periódico abierto en la mesa. Vio la foto de la mansión y lo que había escrito. Se asustó.
Leopold White se dio cuenta, vio a Ingrid retroceder dos pasos y enloqueció.
‒ ¿Fuiste tú?‒ la agarró por el brazo otra vez ‒ Ingrid, ¿fuiste tú la que has hecho eso?
Ella sacudió la cabeza, de un lado a otro.
‒ ¡No!‒ gritó ‒ ¡No! ¡No! Juro que no
Se escucharon golpes en la puerta y los dos se asustaron.
‒ Ingrid Swan‒ los dos giraron el rostro para ver quién entraba en el despacho. Dos hombres, el sheriff y su ayudante ‒ Con su permiso, Sr. Alcalde, debemos cumplir una orden. La señora tiene que venir con nosotros.
Leopold quiso tranquilizar a los agentes, pero era tarde para cambiar la opinión de los investigadores.
‒ Señores, les aseguro que esta dama es inocente.
‒ No…No…¡No dejes que me lleven, Leopold! ¡Haz algo!‒ no había para dónde correr. Ingrid miró para todos lados, estaba pensando en huir. Miró hacia atrás, había una ventana, pero era demasiado alto.
‒ Señora, cálmese‒ dijo el sheriff, acercándose, el alcalde solo seguía los movimientos con la mirada ‒ Desgraciadamente debe venir con nosotros a la comisaría. Está detenida, acusada del asesinato de Daniel Colter.
‒ ¿Pero esto qué es? Yo no he dado permiso para que el sheriff detenga a nadie dentro de mi despacho. Este es un sitio privado, Jones‒ reclamó Leopold.
‒ Solo estoy cumpliendo con la ley, Alcalde‒ el sheriff Jones sacó las esposas de dentro de la chaqueta y esposó a Ingrid.
‒ ¡Leopold, haz algo, por el amor de Dios!‒ gritó Ingrid, mientras se la llevaban ‒ No les dejes, Leo, no pueden llevarme, no fui yo…‒ casi la estaban empujando, luchaba, su mirada se perdía, la escena era contemplada por todos en el ayuntamiento.
Leopold casi había creído en ella, en sus gritos y en sus súplicas, afirmando su inocencia y, aunque estaba convencido de lo contrario, tenía que hacer algo para ayudarla.
