Disclaimer: El Potterverso no me pertenece, por desgracia. No me haría mal ser millonaria.
Capítulo dedicado a mi amigo punto-punto-punto, que no sólo me dejó el primer (y único) review en el fic, sino que me insistió por dos semanas para que siguiera escribiendo.
Antes de dejarlos con el capítulo: voy a hacer un concurso. Al final de cada año en el fic (o sea, cuando pasemos de La piedra filosofal a La cámara de los secretos, y así por cada año en Hogwarts), sorteraré un fic a la carta entre quienes dejen reviews. ¿El truco? Pues, con cada review que dejen, su nombre entrará en el sorteo. O sea, mientras más reviews dejen, más posibilidades tienen de ganar. ¿Suena bien? Yo diría que es un win-win.
Sabiduría sin límites
Capítulo 2
Hogwarts
Sally despertó con el sol acariciándole el rostro. Se había quedado dormida mirando las estrellas desde su cama y no había cerrado las cortinas. Perezosamente, sacó una mano de entre las sábanas, para mirar el reloj de pulsera que le había regalado su madre para su último cumpleaños —rosa y de plástico, como los de todas sus amigas del colegio—. Las seis de la mañana.
Cerró los ojos, calculando que aún tenía unos minutos más para seguir durmiendo antes de que tuviera que levantarse para ir a desayunar.
—¡Buenos días! —La cabeza morena de Mandy se asomó entre las cortinas que cerraban el rincón de Sally, que escondió la cabeza entre las almohadas—. Penelope vino a decir que el profesor Flitwick viene a hablarnos en la Sala Común en un rato, así que tienes que levantarte.
—Son las seis de la mañana —se quejó Sally, volviendo a cerrar los ojos.
—Sí, levántate.
—Cinco minutos más.
—No, venga. ¡Arriba! —exclamó Mandy, cerrando las cortinas nuevamente, seguramente para ir a despertar a otra pobre alma.
Sally gruñó y se cubrió la cara con las mantas, contó hasta diez y se levantó lentamente. La noche anterior no había desempacado su maleta, así que tuvo que abrir el baúl para sacar ropa limpia y una toalla para el baño.
—¿Dónde está el baño? —preguntó saliendo de su rincón. La única levantada era Lisa, que se estaba haciendo una trenza en su cabello rubio, ya vestida con la túnica que ostentaba un águila en azul y bronce.
—Justo afuera. Es sólo para nosotras —respondió la niña.
Padma salió de detrás de sus cortinas, con el cabello oscuro atado en un medio moño impecablemente ordenado. Saludó a sus compañeras con un gesto de la mano.
—¿Morag no se ha levantado? —preguntó a Mandy, que acababa de despertar a Sue, ganándose un gruñido a modo de respuesta.
—No. Y ya le dije que lo hiciera—. La aludida se dio media vuelta y abrió las cortinas de la pelirroja de par en par—. ¡Venga, arriba! ¡Hora de levantarse!
—¡Por el amor de Morgana, cállate! —bufó la otra, lanzándole una almohada a la cabeza. Morag la esquivó ágilmente y puso los brazos en jarras. Morag, aún en su cama, le devolvió una mirada exasperada.
—¿Quieren dejar de hacer ruido? —Sue apareció restregándose los ojos y sosteniendo sus cosas de aseo—. Es demasiado temprano para esto —añadió con una mueca.
—Que sepas que te odio —gruñó Morag en dirección a Mandy mientras se levantaba de la cama y se dirigía al baño a grandes zancadas, sacudiendo su melena pelirroja y murmurando una serie de insultos dedicados a su compañera.
—Buenos días a ti también —respondió Mandy con una sonrisa, a la que no parecía importarle demasiado el mal humor del que hacía gala su compañera.
Sue y Sally siguieron a Morag hacia el baño, una habitación luminosa, con espacio para tres duchas separadas, cubículos con inodoros y un enorme espejo sobre un mostrador mármol. También había una banqueta sobre la que podían poner sus cosas mientras se bañaban. El agua salía a la temperatura perfecta, y Sally salió de la ducha sintiéndose un poco más despierta. Tras asegurarse de que sus trenzas estuvieran en orden, volvió a la habitación. Ahí estaba Penelope junto a sus compañeras.
—Las estamos esperando para irnos —dijo con una sonrisa—. ¿Quién falta?
—Morag y Sue. Están en el baño —respondió Lisa.
No bien hubo dicho eso, las dos niñas aparecieron en la puerta. Sue parecía más animada que al levantarse, pero el ceño de Morag parecía estar permanentemente fruncido bajo su desordenada melena pelirroja.
—Bueno, ya que están listas, ¿subimos?
En la sala común ya estaban los chicos, acompañados por Robert Hilliard.
—¿Estos son todos los de primero? —preguntó a Penelope, que asintió con la cabeza y les indicó a las chicas que se sentaran dónde quisieran en el círculo de sillones que ocupaban un rincón de la sala común. Sally se sentó junto a Kevin, con quien había hablado la noche anterior durante la cena, descubriendo que tenían mucho en común—. El profesor Flitwick debe estar por llegar —añadió Robert, mirando su reloj. Apenas dijo eso, la puerta de la Sala Común se abrió, dejando ver a un hombrecillo pequeño con una túnica azulada.
Sally recordaba haberlo visto la noche anterior en la mesa de los profesores. A primera vista se veía como un hombre amable. Alguno de los alumnos mayores había comentado que se suponía que el profesor era medio goblin o algo así. Sue era la más pequeña de la clase y Sally estaba segura de que el profesor no podía llegarle más arriba de los hombros.
—Buenos días a todos —los saludó Flitwick aclarándose la garganta—. Espero que hayan pasado una buena primera noche en Hogwarts. Como ya deben saber, soy el profesor Flitwick, el jefe de la casa Ravenclaw, además de enseñar Encantamientos. Quiero que sepan que estoy disponible en mi despacho en el segundo piso para hablar de cualquier cosa que necesiten.
—Siempre tiene pastelitos bailarines para animarnos —agregó Robert Hilliard, que era casi el doble de alto que el profesor a su lado.
—Pero es más divertido cuando es una sorpresa —dijo Flitwick, y el prefecto bajó la mirada—. Durante el desayuno recibirán sus horarios y un calendario con las fechas importantes del año. Como miembros de la casa de Rowena Ravenclaw, sepan que espero que den siempre lo mejor de ustedes. No olviden que todo lo que hagan aquí puede proporcionar puntos para la Copa de las Casas. Llevamos muchos años de segundos y la verdad es que Severus empieza a ponerse un tanto pesado con el tema. —El profesor dijo esa última frase con un tono muy serio, aunque tanto Penelope como Hilliard parecieron divertidos ante lo último—. Ahora, vayan a desayunar, que las clases no tardan en comenzar.
Después de que el profesor se fuera, Penelope y Robert se ofrecieron a acompañarlos al Gran Comedor, no fuera a ser que se perdieran.
—Es un poco complicado moverse por aquí, pero seguro que se acostumbran muy rápido —dijo Robert a Sally mientras caminaban por los pasillos rodeados de cuadros móviles. Kevin iba a su lado y dio un respingo cuando el mago en uno de los cuadros dio un violento estornudo—. Sí, a veces hacen eso —comentó el prefecto, sin poder evitar una risita al ver la expresión del muchacho.
—Ya.
El desayuno fue casi tan abundante como la cena de la noche anterior, mientras los jefes de cada casa repartían los horarios de sus alumnos. Por supuesto, no había tanto ruido como la noche anterior, porque un buen porcentaje de estudiantes estaba sentado con cara de haber sido arrollados por un camión. Los lunes por la mañana siempre eran difíciles. Sally cogió un jarro lleno de un líquido naranja, asumiendo que sería jugo de naranja como el que siempre tenían en casa, pero se trataba del mismo jugo de calabaza que había probado la noche anterior. No estaba mal, pero no era lo mismo que de naranja.
—¿Cuál es la obsesión de esta gente con las calabazas? —protestó Kevin tras dar un sorbo al contenido de su vaso.
—No está tan mal.
—Pero es raro.
—Todo es raro aquí. Pero me gusta.
—A mí también. —Kevin le dio un mordisco a una tostada, que había cubierto generosamente con una capa de mermelada de frutillas—. Por cierto, ¿qué tenemos a la primera hora?
—Defensa contra las Artes Oscuras, a las nueve—respondió Sally—. Y no traje mis libros, ni nada. ¿Me acompañas a la torre?
—Vale, yo también tengo que ir a buscar mis cosas.
Después de que Kevin terminara de devorar de dos bocados el plato de cereales que tenía al frente, los dos chicos se levantaron para dirigirse a la torre.
—¿Sabes cómo llegar? —preguntó Kevin mientras subían las escaleras que llegaban al Gran Comedor.
—Me fijé en el camino mientras veníamos —dijo Sally, haciendo un esfuerzo por recordar todos los recovecos que habían recorrido—. Creo que es por aquí.
Por supuesto, no se tardaron mucho en darse cuenta de que estaban completamente perdidos. Sally estaba segura de que habían pasado al menos tres veces al frente del cuadro del mago de túnica azul.
—¿Y si vamos por el otro lado? —preguntó Kevin, que parecía ligeramente preocupado. Si se tardaban mucho más, no llegarían a su primera clase.
—No lo sé. —Sally miró a su alrededor buscando con la mirada a alguien que pudiera ayudarlos. Pero el pasillo estaba completamente vacío.
—¡Novatines, novatines! —gritó una voz incorpórea, justo por encima de sus cabezas. Los dos niños se acercaron el uno al otro, tratando de encontrar al dueño de la voz—. ¡Asquerosos y ridículos novatines!
La voz parecía acercarse a ellos, pero aún no había rastros de su dueño. Sally podía sentir cómo la sangre abandonaba sus mejillas y de reojo vio que Kevin se veía más pálido. ¿Los fantasmas se podían volver invisibles? Sally no sabía nada de ellos, así que podía ser eso.
—¿Los novatines quieren jugar? —insistió la voz, un momento antes de que una figura apareciera flotando frente a ellos. Un hombrecillo pequeño, con ojos rasgados y naranjos, y vestido con ropa que no combinaba. Una sonrisa traviesa atravesaba su rostro, cargada de malicia.
—¿No? —fue la respuesta dubitativa de Kevin. Sally estaba segura de que no se trataba de un fantasma, porque no parecía estar hecho del mismo humo perlado que los que habían visto la noche anterior.
—¡Peeves! —una nueva voz resonó en el pasillo. Un chico mayor, vestido con una túnica de Hufflepuff, estaba al fondo con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido—. Al barón no le hará gracia saber que estás desobedeciendo sus órdenes.
Bastó con pronunciar esas palabras para que el hombrecillo se desvaneciera en el aire. El Hufflepuff se acercó a ellos, preguntándole si estaban bien.
—Peeves es molesto, pero no suele hacer daño —explicó, tras presentarse como Cedric Diggory—. El Barón es el único que lo controla, pero no siempre está cerca, así que basta con nombrarlo. Es un poltergeist muy cobarde.
—Gracias —dijo Kevin, que parecía estar recuperando el color en las mejillas—. Por cierto, ¿tienes idea de cómo llegar a la torre de Ravenclaw. Íbamos a buscar nuestras cosas y nos hemos perdido.
—Oh, no te preocupes. Si doblas al final de este pasillo, ve a la derecha y llegarás a la escalera.
—Muchas gracias —dijo Sally, dándose cuenta de que el chico era muy guapo.
—De nada, para eso estamos los mayores, para echarles una mano a los pequeños.
-o-
Terry arrugó la nariz. Estaba seguro de que habían pasado frente a esa estatua de la bruja gorda al menos tres veces. Michael tenía un pésimo sentido de la orientación y lo estaba demostrando en esos momentos.
—Hombre, ¿tan difícil es?
—Podrían habernos entregado un mapa.
—¿Esa puerta estaba ahí la última vez que pasamos?
Una de las gracias de Hogwarts era que las escaleras y los pasillos estaban llenos de magia y a veces se movían por voluntad propia. Para mala fortuna de los estudiantes nuevos, eso significaba que los caminos a sus clases y la Sala Común estaban en constante cambio.
—Ni idea. ¿Dónde se supone que tenemos Historia de la Magia?
—En el tercer piso. Y estamos ahí —respondió Terry, que estaba intentando descubrir dónde se encontraban y por dónde habían venido—. Creo.
—¡Tony! ¿Qué estás haciendo aquí? —Una chica rubia, con túnica de Hufflepuff, se acercó a ellos, seguida por unos amigos.
—Estamos buscando el aula de Historia de la Magia —dijo el aludido y Terry se dio cuenta de que la chica tenía el mismo color de cabello y la nariz de Anthony. Seguro que era la otra de sus hermanas, la que no estaba en Ravenclaw.
—Pero por Morgana, Tony, están al otro lado del castillo —dijo Leah, que obviamente estaba intentando contener la risa—. Vayan por este pasillo hasta la estatua de Rigbert el Obeso. La sala está junto a ella.
—¿De verdad? —Anthony miró a su hermana con los ojos entornados.
—Hermanito, tienes que dejar de ser tan desconfiado. —Leah despeinó a su hermano con una mano—. Ahora vayan, no quieren perderse la primera clase de Binns, ¿no?
La chica y sus amigos se alejaron de ellos.
—¿Entonces hay que ir por aquí? —preguntó Terry, pensando una vez más en lo genial que sería tener hermanos mayores en Hogwarts, para ayudarlo a navegar por los pasillos del colegio.
—No sé, Leah es muy dada a las bromas… —Anthony parecía dubitativo ante lo que les había dicho su hermana.
—Creo que es nuestra mejor alternativa, la verdad. —Michael, que había estado callado durante casi toda la conversación—. A menos que tengas una mejor idea.
—No —admitió Anthony.
Los tres chicos echaron a correr por el pasillo de piedra, hasta llegar a una estatua de un mago gigantesco. No era tan grande como Hagrid, pero era casi tan ancho como alto era el guardián de las llaves del colegio.
—Supongo que esta es la estatua.
—Si esta no es la estatua de Rigbert el Obeso, francamente no sé si quiero ver esa.
Justo en ese momento, Padma, Lisa y Morag aparecieron en el pasillo.
—Gracias a Merlín —dijo Padma al verlos—. Al menos si nos hemos equivocado, no hemos sido las únicas.
—Esta es —dijo Morag, metiendo su cabeza pelirroja en la sala para ver si estaban en el lugar correcto—. Agh, ese chico Malfoy ya está aquí. Con sus gorilas —añadió—. Qué imbécil es.
Terry recordó al chico rubio de la noche anterior y no pudo evitar estar de acuerdo con su compañera. Malfoy tenía toda la pinta de que iba a convertirse en un grano en el trasero de todo el mundo.
Las chicas entraron y ellos las siguieron.
—Mi hermana dice que las clases de Binns son muy aburridas —comentó Anthony.
—Entonces nos sentamos al fondo, donde podamos distraernos mientras habla, ¿no? —sugirió Michael, dirigiéndose a la última fila de asientos. Lisa, Padma y Morag estaban sentadas en una de las primeras, mientras que Sally y Kevin (que parecían haberse hecho íntimos desde esa mañana) estaban junto a la ventana. Malfoy y sus gorilas se habían sentado en una esquina, y un chico muy pálido se había sentado junto a la pared, con cara de pocos amigos.
Los tres se dejaron caer en los puestos del final de la clase, junto a la ventana.
—¿Qué más te han dicho tus hermanas de Binns? —preguntó Terry a Anthony.
—No mucho, la verdad. Parece que nadie aguanta mucho sus clases —respondió el chico—. Eso y que es un fantasma. Dicen que se murió y no se enteró, sólo se levantó de su sillón y se fue a dar clases. Según Leah, nadie le ha dicho que se ha muerto.
—¿Estás bromeando?
—Es Leah, probablemente sea un chiste —replicó Anthony.
Los demás alumnos ya habían llegado y todos estaban esperando a que empezara la clase. De un momento a otro, un fantasma cruzó la pizarra, provocando ruidos de admiración por parte de los niños. Sin embargo, el profesor no pareció darse cuenta de eso, sino que se acomodó tras el escritorio y empezó a hablar de los orígenes de la magia en un tono de voz muy bajo y monocorde.
—A esto se refería Leah —musitó Anthony para sus amigos, sacando su pergamino y una pluma. Michael parecía dudar acerca de si intentar o no tomar apuntes de lo que el profesor fantasma decía.
—Apenas se escucha —dijo en dirección a Terry, ya que Anthony parecía haber decidido que se concentraría, tomando apuntes sobre su pergamino. Terry no estaba seguro de qué era lo que estaba escribiendo, ya que él era incapaz de escuchar al profesor.
Michael cortó con la mano una esquina de su pergamino, trazó cuatro líneas y se lo pasó a Terry, susurrando:
—Tú empiezas.
Para el final de la clase, los dos chicos habían completado varios juegos de tres en línea. Terry estaba seguro de haber descubierto la estrategia de su amigo, y los últimos juegos los había ganado sin mucho esfuerzo.
—Deberíamos apostar —dijo Michael, riendo.
—Me deberías bastante —replicó Terry.
Anthony, a su lado, estaba guardando sus cosas en su mochila. De una forma que Terry era incapaz de explicar, el chico se había dedicado durante toda la clase a tomar notas, a pesar de que Michael había intentado distraerlo con un juego de tres en línea.
—Si quieren, puedo prestarles mis notas para estudiar —dijo, echándose al hombro la mochila—. Aunque deberían tomar las suyas, es mejor así.
—Yo habría tomado apuntes —dijo Michael, cogiendo sus cosas—. Pero es imposible escuchar a Binns con ese volumen.
—Y que lo digas. ¿Cuánto tiempo llevará así?
—Ni idea. ¿Cien años?
—O más —apuntó Terry, que no estaba seguro de qué época era la túnica que llevaba el fantasma, pero estaba seguro de que sus abuelos la hubieran considerado anticuada.
—¿Qué tenemos ahora? —preguntó Michael, que se había colgado la mochila de los hombros y estaba caminando por el pasillo de la clase, que había quedado vacía rápidamente después de que el profesor
—Una hora libre antes de almuerzo.
—¿Les parece si vamos al lago? Dicen que hay un calamar gigante y cuando hay un día cálido se puede ver.
—¿Seguro que podemos estar ahí? ¿No está prohibido? —El chico arrugó la nariz.
—No, Anthony. Lo prohibido es el bosque, no el lago. Te doy mi palabra de honor que no nos meteremos en líos —dijo Michael—. Terry, ¿te apuntas?
—Claro que sí. El calamar gigante debe ser genial.
Los dos se giraron hacia Anthony, que aún parecía dudoso ante el plan.
—¿Vienes?
—Vale, pero después tengo que ir a la biblioteca a buscar un libro.
—Es el primer día de clases, hombre. Creo que puedes relajarte un poco.
-o-
Sólo había visto a Parvati en las clases de encantamientos y transformaciones, que eran compartidas con Gryffindor. Pero su hermana ni siquiera le había ofrecido sentarse con ella durante esas horas. En lugar de eso, se había sentado con su nueva amiga, Lavender Brown. Padma las había visto riendo durante ambas clases, incluso cuando la profesora McGonagall les había advertido que Transformaciones eran parte de la magia más complicada y peligrosa que aprenderían en Hogwarts y que cualquiera que hiciera tonterías en su clase sería expulsado inmediatamente de estas.
Acto seguido, había convertido su escritorio en un cerdo, provocando que Morag —que unos momentos antes parecía aburrida por la charla de la profesora—, se inclinara hacia adelante en su escritorio, súbitamente capturada por la magia delante de sus ojos.
El resto de la lección los había devuelto a la realidad: aún se tardarían mucho en transformar muebles en animales. En lugar de eso, McGonagall los había hecho copiar una serie de diagramas muy complejos e intentar transformar un fósforo en un alfiler. Al final, la única que había logrado hacer un cambio en su fósforo había sido una chica de Gryffindor con mucho cabello y dientes largos, que se había ganado una sonrisa de la profesora.
—Padma, ¿vamos?
Lisa estaba junto a ella, recogiendo sus cosas de la mesa que habían compartido con Morag.
—¿A dónde?
—Tenemos clase teórica de Astronomía —dijo la rubia.
—Oh, ya.
Por el pasillo, Parvati se alejaba cogida del brazo con Lavender, las dos hablando muy despacito y riendo entre ellas. Padma no pudo evitar sentir una punzada triste en el pecho. Antes era ella la que caminaba con su hermana del brazo. Y ahora ella tenía a alguien más.
—No puedo creer que no pudiera hacer nada con mi estúpido fósforo —protestó Morag mientras las tres se echaban a caminar por el pasillo hacia donde se suponía que estaba la sala de astronomía.
—Al final estaba un poco puntiagudo —dijo Lisa, intentando consolarla.
—Ya, pero no era metálico.
—Es cosa de práctica, ¿verdad, Padma?
La aludida se encogió de hombros.
—Supongo.
—¿Pasa algo? —Lisa ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos—. Estás muy callada.
—Estoy bien —musitó la chica, aunque sabía que su tono de voz no iba a convencer a nadie. Lisa se detuvo en medio del pasillo—. Déjalo, Lisa. Vamos a llegar tarde.
—¿Es por tu hermana? —Lisa volvió a caminar junto a ella—. Ayer dijiste que nunca se habían separado.
—Oh. —Morag las miró con las cejas alzadas.
—No es eso… —dijo Padma, bajando la mirada—. O sea, no es sólo eso… es que… no sé, siempre estábamos juntos y ella ahora tiene a su amiga…
—Y tú nos tienes a nosotras —dijo Lisa, sonriendo y pasando su brazo por el brazo de Padma, al tiempo que le indicaba a Morag que hiciera lo propio con su otro brazo—. ¿No dijo McGonagall que nuestra casa es como nuestra familia en Hogwart? Pues aquí estamos nosotras.
Morag asintió con la cabeza para darle apoyo a Lisa.
—Gracias —musitó Padma.
La profesora Sinistra era una bruja delgada y seca, pero la forma que tenía de hablar sobre las constelaciones era absolutamente fascinante. Padma se encontró a sí misma totalmente absorta en sus explicaciones, al igual que el resto de los niños de Ravenclaw y Slytherin. Incluso el insoportable de Draco Malfoy no interrumpió la clase con alguna de sus tonterías. El único que parecía aburrido era el Slytherin pálido y de pelo oscuro que estaba sentado detrás de ellas. Padma no sabía qué, pero había algo en ese chico que le daba mucha pena. Y al parecer Lisa pensaba lo mismo, porque más de una vez Padma pilló a su amiga dándose vuelta para mirarlo con una expresión que se parecía mucho a la que había usado en el pasillo al hablar con ella.
Cuando la clase terminó, el chico recogió sus cosas muy rápidamente y salió del aula a toda velocidad.
—Pobre chico —comentó Lisa al verlo pasar a su lado—. Siempre está solo y siempre parece triste.
—¿Lo conoces? —Morag levantó la mirada.
—No, pero me lo encontré en el tren y estaba solo. Y en Historia de la Magia también se sentó solo. Me da pena.
—No sé si él quiere hablar con nadie —señaló Morag—. Me cuesta creer que nadie haya intentado hablarle o algo así. A lo mejor lo intentaron y los mordió.
—No creo.
—Bueno, no sé ustedes, pero tengo hambre y es casi la hora de la cena.
—¿Con todo lo que comiste al almuerzo? —preguntó Padma, mirando a la pelirroja. Al mediodía había visto a Morag tragar montañas de puré de patata y salchichas, de una forma que nunca había visto en una chica de su edad.
—Estoy en crecimiento —respondió la otra—. Vamos, que muero de hambre y necesito comer algo o voy a empezar a arrancar cabezas.
Recordando la escena de esa mañana, Padma y Lisa decidieron sin palabras que les convenía seguir a Morag al Gran Comedor.
Sí, es mucho más corto que el capítulo anterior. Pero ya lo advertí, porque no sé si soy capaz de escribir esos giga capítulos cada dos semanas. Además, quiero que cada capítulo se enfoque en distintos personajes para mostrar una perspectiva amplia. No sucede mucho, pero siento que todavía estoy preparando el terreno y presentando a los personajes (que son muchos). Además, para los magos que no eran Harry Potter y cia, el mundo mágico todavía estaba tranquilo.
¡Hasta el próximo capítulo!
Muselina
