Lo que Mikasa vio fue cómo Connie perdió el control de su equipo de maniobras cuando sonó el disparo y se estampó con la viga de la que estaban sostenidos sus arpones.
Armin alcanzó a aterrizar, desubicado y confundido sobre por qué Connie no tocó el suelo a su lado. Luego alzó la vista, aterrado al ver el cuerpo colgante de su amigo. Se elevó y llegó junto a Connie al mismo tiempo que Jean para entre los dos tratar de desatarlo.
Otro disparo sonó, pasando la bala a pocos centímetros de la cabeza de Armin. Esta vez Mikasa pudo ver al responsable entre la gente. Se lanzó hacia el frente y en un rápido movimiento le tiró a los chicos su cuchillo, que previamente había tenido seguro bajo la pretina de su pantalón. No estaba segura de que fuera a poder cortar las correas, pero si en algo ayudaba era mejor que lo tuvieran ellos.
Entre el público, Mikasa ubicó a su objetivo: un hombre larguirucho y de cabello corto al que vio guardarse el arma. Los edificios aledaños le sirvieron de soporte y lo persiguió, causando gritos e histeria entre la gente de abajo cuando la vieron moverse a toda velocidad sobre sus cabezas.
Su enemigo la vio acercarse, los ojos inyectados de miedo y vio como un segundo hombre le tiró del brazo para animarlo a correr. Claro que no pudo moverse más que pocos metros antes de sentir las botas de Mikasa hundiéndose en su espalda, al aterrizar la mujer sobre él. No muy lejos estaba el acompañante al que acababa de ver. A él le disparó con su equipo de maniobras, enterrando el arpón en el muslo del infeliz. Ese se sacó una pistola del abrigo, pero se le salió de las manos cuando Mikasa activó el equipo y tiró del hombre hacia ella, dejando un rastro de sangre en el pavimento.
Con ambos hombres retorciéndose de dolor a sus pies, se permitió mirar en dirección a sus amigos. Connie estaba libre de sus ataduras y descendía, pero en los brazos de Jean. No estaba despierto.
—¡Quiero a los mejores cirujanos para que se encarguen de esto! De dónde haya que traerlos, pero que estén aquí para ayer —se escuchaba la vocecilla de Historia fuera de la habitación—. Los quiero aquí para cuándo terminen de revelarse las radiografías, ¡ya!
Mikasa se sentía con náuseas. Además de la sangre que le acababan de quitar, antes de que Armin y lady Kiyomi la hicieran venir aquí para hablar había estado sosteniendo a Pieck junto con Reiner al tiempo que Jean le tiró del brazo con toda su fuerza para acomodarlo en su sitio. Bastaron dos tirones, pero los gritos de dolor de su amiga le retumbaban todavía en los oídos.
Ahora esto. La que se suponía que era su única familia, y su mejor amigo la habían vendido a la familia de uno de los hombres que se debatían por su vida allá afuera. Los Azumabito querían deshacerse de su hija pródiga y era ahora cuando decidían decírselo, a mitad de esta crisis.
—Si Hiromu muere, la opción disponible que dejó el clan es Armin —le dijo Kiyomi con voz grave. El rubio agachó la mirada.
—Pero, ¿y Annie? —se le quebró la voz a Mikasa.
Armin solo suspiró y se encogió de hombros. Mikasa quiso entender. No era decisión de él, nunca nada lo era.
Al salir de su charla con Armin y Azumabito, Mikasa no quería más que esconderse de todos, pero no había ningún sitio a dónde ir. Las puertas de la casa de gobierno estaban cerradas, obviamente, y no tenía humor para estar en su cuarto. Terminó por ir a sentarse en las ramas del árbol del centro del jardín.
Al subir, se sobresaltó cuando se topó con la mirada de Annie, oculta entre las ramas. Estuvo a punto de bajar, pero la mujer le habló desde arriba.
—Está bien, puedes subir. No me molesta —se escuchaba más fría y ausente que de costumbre—. Me puedo quedar callada si quieres fingir que no estoy.
Aún así, no pasó mucho tiempo antes de que Annie rompiera el silencio.
—Siento lo de Hiromu, y lo de Connie, y lo que te acaban de decir.
—Yo también —dijo Mikasa. Se quedó callada otro rato antes de hablar—. ¿Te lastimaron?
—No, todo el daño se lo llevaron entre tu hizuruano y Pieck. Reiner y yo solo nos quedamos ahí, inútiles y débiles. Que claro, él desarmó al hombre que le disparó a Hiromu y le buscó ayuda, yo solo me quedé para tomarle la mano mientras esperábamos.
—Qué bueno que no lo dejaste solo.
—Sí, no creo que le hiciera mucha gracia de todas formas, ¿ya te dijeron cómo están? —Mikasa negó con la cabeza, ansiosa por noticias de ambos—. Hiromu ha perdido un montón de sangre. Solo Jean y yo podemos donarle, así que me sacaron media pinta hace rato y él se dejó sacar dos. He visto ese tipo de heridas en el campo de batalla y todo lo relacionado con las tripas es un caos, si se rompen y se llena el abdomen de mierda la gente se muere de una infección.
Mikasa sintió un escalofrío. Hiromu no era su mejor amigo ni nada por el estilo, pero le fue doloroso escuchar un mal pronóstico sobre él.
—¿Y Connie?
—Le dispararon en el hombro. Supongo que chocó con la viga porque no pudo mover ese brazo. A él ya le controlaron la hemorragia. Lo están estabilizando con fluidos y transfusiones, ¿tú le puedes donar a él, no? —Mikasa asintió. Fue lo primero que hizo después de que le arreglaron el brazo a Pieck. El turno de Reiner había sido después de ella—. Sí, me imagino que en un rato van a ver cómo sacarle la bala, pero también hay que hacerle cirugía porque tiene fracturada una pierna y la cadera. Dijeron que iban a pegarlo con clavos.
»Y claro, Pieck está durmiendo, pero a parte de lo del brazo no tiene nada más.
—Perdón por lo de Armin —dijo Mikasa después de un rato.
—Ni lo menciones. Sirve para recordar que hay familias peores que la mía. Que bueno, por lo menos a ti te va a tocar una buena dote, imagino, para que valga el deshacerse de ti. —Annie también se quedó callada un rato—. Perdón por no poder hacer más por tu hizuruano. Ya me di cuenta de que soy más bien inútil si tengo miedo a morir. Me apuntaron un arma y quedé paralizada porque en donde fuera que me disparara no iba a estar ilesa al cabo de una hora. No estoy acostumbrada a ser tan vulnerable, ni todas mis llaves de lucha me ayudaron.
—Yo también siento que pude haber hecho más.
—¿De qué hablas? Los dos que los atacaron a ustedes están llorando y sangrando en alguna celda esperando que les arreglen las costillas y les cierren las heridas.
—Pues sí, pero tantas veces los protegí antes de que sufrieran algún daño.
—No creo que hubiera sido humanamente posible, pero a veces se me olvida que eres una bestia —dijo Annie sin el desdén que había caracterizado ese apodo durante su adolescencia.
—¿Crees que puedas enseñarme las llaves nuevas que has aprendido?
—Creo que tú y yo teníamos una pelea pendiente. Sin trampas ni poderes.
Mikasa contempló a la mujer y vio que la oferta no era en serio. Tenía la mirada gacha y columpiaba los pies de forma distraída. Pero a Mikasa no le pareció mala idea, ¿qué más se suponía que hiciera el resto del día? ¿Esperar sentada noticias sobre la salud de Connie y Hiromu?
De un salto bajó del árbol y buscó la mirada de Annie.
—¿Qué pretendes?
—¿No dijiste que querías pelear? Muéstrame lo que aprendiste yendo a esas peleas callejeras en Stohess.
Annie puso los ojos en blanco, pero bajó también y se puso frente a Mikasa. Frente a frente, Mikasa dando la espalda al árbol, se pusieron en guardia al mismo tiempo.
—¿Hay reglas? —preguntó Annie.
—No mandar a la otra al hospital porque los médicos están ocupados.
—Muy bien.
Pasaron un par de segundos y luego ambas se lanzaron contra la otra. Mikasa intentó pegar desde arriba al pecho de Annie, mientras que Annie atacó las piernas de Mikasa. Se esquivaron mutuamente, Annie agachándose a tiempo y Mikasa saltando con rapidez.
Parecía una danza más que una pelea. Las dos mujeres se escurrían de los intentos de golpe de la otra. Un rodillazo de Mikasa acertó por fin en las costillas de Annie, y la rubia tuvo a bien tomar la pierna que la hería para tirar de ella con fuerza.
Se separaron para tomar aire. Annie palpándose el sitio golpeado y Mikasa frotándose la cadera.
—¿Todo bien? —preguntó la más alta.
La otra asintió, así que siguieron. Pasó el tiempo. Annie tenía un lado de la cara y las costillas magulladas, Mikasa un fuerte golpe en el pecho y las piernas débiles. Ambas respiraban agitadamente.
—¿¡Mikasa!? ¿Qué diablos se supone que haces?
La mujer se sobresaltó al escuchar una voz llamándola, malamente. Perdió tan solo un minuto, pero con eso sintió un gran peso sobre los hombros y la cintura antes de caer de bruces, aterrizando con la frente sobre una gruesa raíz. Vio estrellas un segundo y luego sintió unas manos que la jalaron por el cuello de la camisa. Un bebé lloraba a la distancia.
—No se suponía que me cayeras encima —se rió Annie todavía desde el suelo.
Mikasa cayó de sentón, sintiendo que todo se movió a su alrededor cuando impactó.
—¿Qué demonios están haciendo? —Era Jean el que se alzaba por encima de ambas mujeres, con expresión furiosa.
—Calmado, niño bonito, solo es una práctica —respondió Annie.
—¿Una práctica? Mírate la cara, unas horas la vas a traer morada, y tú Mikasa, ¡estás sangrando! Dios, toma.
Mikasa recibió un pañuelo y se lo pegó a la frente, que era lo que más le dolía en ese momento. Al retirarlo y mirarlo se dio cuenta de que sí, en efecto sangraba. No era demasiado, pero aplicó algo de presión a pesar del dolor para que se detuviera.
—No puedo creer lo infantiles que se comportan, ¿están estresadas? Todos nosotros también, pero vamos a tener que mostrar la cara después y no puede parecer que intentamos sacarnos los ojos unos a los otros, ¿por qué no vas a besar a Armin o…? —Jean no terminó la oración, dándose cuenta de la estupidez que acababa de decir, pero el daño ya estaba hecho. Annie se levantó y les dio la espalda, caminando fúrica a su habitación—. No, Annie, perdón. Se me olvidó, disculpa, no fue mi intención.
Mikasa se quedó sentada, mirando la escena.
—Eso no fue amable.
—Yo sé, ¿necesitas ayuda para levantarte?
Estuvo a punto de decir que no, pero le dio la mano a Jean en vez de eso. Cuando el hombre tiró de ella su visión se barrió y se sintió a punto de caer otra vez, pero su amigo la sujetó del brazo. Todo le daba vueltas.
—Ven, apóyate en mí. Vamos por Irina y luego quiero hablar contigo.
Mikasa caminó lentamente, sintiendo el pecho de Jean a un costado. Sentía presión en el estómago, pero caminó en dirección de los berridos de bebé. Estaban a mitad de camino cuando la mujer se dobló donde estaba y vomitó todo lo que tenía en el estómago. Estuvo a punto de caer, pero unos dedos se le enterraron en brazo y la mantuvieron flotando sobre el charco de vómito que quedó en las botas de Jean.
—No pasa nada —dijo Jean entredientes—. Sigue, vamos a recostarte.
Acostada en su cama y con una taza de té de jengibre en las manos, el mundo todavía giraba a su alrededor. Jean pidió ayuda a uno de los médicos que estaba descansando después de trabajar con Connie y se sintió más relajado cuando le dijo que no parecía que hubiera un daño verdadero en la cabeza de Mikasa. El vómito, el mareo y el dolor se debían solamente al fuerte golpe y le haría bien descansar hasta mañana y tomar tés para asentar el estómago.
—Perdón por tus botas —dijo ella. Jean estaba sentado en la silla del escritorio frente a la cama, los pies solo cubiertos por calcetines negros.
—No es nada, perdón por hacerte bajar la guardia allá afuera. —Se incorporó, cambiando a su beba de lugar en los brazos—. Sobre lo que vine a decirte…
—¿Sí?
—Quería que me devolvieras los dibujos que tomaste de mi portafolio. —Mikasa se atragantó con el té que tenía en la boca. Tosió un par de veces, sintiendo que el cerebro le rebotó en la cabeza—. Sé que tú los tienes desde hace meses, pero no los había necesitado. Ahora quiero verlos, por favor.
Mikasa lo miró como si le hubiera robado el aire. Hacía días que no los abría para mirarlos, pero no soportaba la idea de extrañar a Eren y no poder ver su rostro antes de dormir.
—No me veas así, Mikasa, por favor. Actúas como si ese idiota hubiera hecho algo para merecerse que lo admires así. Sí, nos salvó usando la vida de literalmente el resto de la humanidad, pero la forma en la que te trató los últimos años… Eres demasiado para sufrir así, y la única que parece no querer darse cuenta eres tú. No es justo… —Jean tomó aire y vio el rostro herido de Mikasa. Suspiró—. Siempre me he esforzado por respetar lo que hay entre ustedes, perdóname, no es de mi incumbencia lo que sientas. Solo los quiero como referencia, pero te puedo hacer copias si quieres.
—Mañana te busco para dártelos —dijo Mikasa con un hilo de voz—. Quie-quiero decirte un secreto. Ven.
Jean se levantó y se colocó junto a la cama, luego acercó el rostro a la boca de Mikasa para poder escuchar el secreto. Mientras hizo esto, Mikasa levantó la cabeza de la almohada.
La habitación pareció doblarse sobre sí misma en un segundo, y al siguiente sus labios se toparon brevemente con los de Jean. Apenas un roce. Eran tan suaves.
Exhausta, dejó caer la cabeza de vuelta a su almohada. Se sentía abrumada, el dolor no era solamente por el golpe en la frente. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no sollozó frente a Jean.
Él se quedó helado, con el rostro rojo y sin saber qué hacer. Terminó por dirigirse torpemente a la salida atropellando la silla en su camino y abrazando a su bebé muy cerca al pecho.
—Buenas noches… Mikasa.
Había sido a propósito, claro que sí. Solo le tocaba deshacerse de la idea de que con esto ofendía la memoria de Eren.
