Aqui les traigo la segunda parte del Fic. Agradezco los Reviews de Anillus, letifiesta, Datyi y Mimi Star, los cuales respondo al final.

Espero lo disfruten.

Disclaimer: Hey Arnold y sus personajes son propiedad de Nickelodeon y Craig Bartlett. A excepcion de los creados por mí para este fanfic.

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EL EFECTO DEL SOL DE MEDIANOCHE

Regresando a Hillwood

Al día siguiente, muy temprano en la mañana; María sale de su habitación, ya arreglada y se dispone a tocar la puerta de la habitación conjunta, pero esta se abre desde el interior, sorprendiendo a la morena que quedo con la mano levantada.

– ¡Arnold por Dios! Casi me matas de un susto.

Sonriendo de lado, Arnold se asoma ya listo, con una camisa de manga larga, de finas rayas azul cielo y fondo blanco, corbata azul oscuro y pantalón negro. Se hace a un lado y deja pasar a su secretaria – ahora sabes lo que se siente.

– Que gracioso amaneció esta mañana, doctor Shortman – responde cruzándose de brazos.

– buenos días a ti también, María – se voltea hacia el espejo, que esta junto a la puerta y arregla el nudo de su corbata.

– también es extraño verte levantado tan temprano, después de un viaje tan largo, y una noche de "diversión".

La mirada en el rostro del rubio cambio, siendo esta triste con ligeros toques de nostalgia – no pude dormir bien anoche.

Enarcando una ceja, María se recarga en la puerta – Supongo que esto tiene que ver con el suceso del restaurante, ¿o me equivoco?

El silencio sello por un instante los labios de Arnold, haciendo que su fiel secretaria se le adelantara – La doctora con la que discutiste ayer, ¿era Phoebe Heyerdahl no? La mejor amiga de tu exnovia.

– Es curioso… – comenta el cabeza de balón – no es mi primer congreso en Estados Unidos, tampoco el primero de infectología al que asisto y siendo ella médico igual que yo, era lógico que algún día teníamos que coincidir en uno… aun así me sorprendió mucho habérmela encontrado y más aun lo que me dijo…

Flashback…

Lila acababa de darle la desagradable noticia a Arnold, además del velo de Helga y el anillo que él le entrego – Esto tiene que ser un error… – comenta cabizbajo.

– ¡Vamos Arnie! Tu solo da la orden y yo les hablo a mis amigos del servicio secreto… aun podemos hacer algo – insiste Gerald, poniéndose delante de él y sacudiéndolo por los hombros, esperando a que reaccionara.

El rubio levanta la mirada hacia Gerald, y de reojo, alcanza a ver la silueta de la persona que conduce el automóvil de los Pataki – ¿Helga?

– ¿Dónde? – cuestiona Gerald, girando los ojos hacia todas direcciones.

– En el coche… Helga esta en el coche… – como abeja que es atraída por la miel, Arnold corre hacia la salida de la iglesia, con el corazón a punto de salir de su pecho y con la esperanza de encontrar a su dulce novia dentro de aquel vehículo.

– ¡Helga!, ¡Helga! – abriendo de golpe la puerta del conductor, Arnold mira atónito a la mujer que conducía el automóvil de los Pataki.

– oh… Arnold… yo… buaaa… – del interior, sale corriendo Olga Pataki, cubriéndose el rostro para ocultar su llanto – lo siento tanto…

Con gran decepción e inmenso dolor en su corazón, Arnold suelta el velo que lleva en la mano, así como el delicado anillo de compromiso; cayendo de rodillas casi al mismo tiempo, que las primeras lagrimas en su rostro – Dios mio… Helga…

Muy despacio, la pelirroja junto con Gerald, se acercaron a su amigo – Arnold… sé que no debería preguntártelo en este momento, pero… ¿le hiciste algo a Helga que pudiera…?

Los ojos enrojecidos por el llanto y el dolor, se elevaron hacia el pecoso rostro de Lila – Amarla como yo la amo ¿es ofenderla?

– oh… snif… perdóname Arnold – de inmediato, Lila comenzó a llorar y se inclino hacia el joven de cabellos dorados, abrazándolo y consolándolo en el piso.

Fin del Flashback.

María acerca sus manos hacia el apuesto rostro de Arnold, que quedo largo rato con la mirada perdida – corazón… no tienes porque deprimirte ahora… ¡eres un exitoso doctor! Y un gran hombre… aunque tus aventuras amorosas me pongan celosa, se que por dentro solo eres un tierno niño que tiene miedo de volverse a enamorar.

Arnold tomo con dulzura, la delgada cintura de su asistente – ¿será que en verdad exista esa persona especial para mí? Mi media naranja.

Con voz seductora, María pasa un dedo sobre los labios de Arnold – ¿Quién sabe? Tal vez esté más cerca de lo que tú crees.

En carretera interestatal, cierta joven rubia viajaba en un modesto convertible, a toda velocidad, con destino a Washington. Helga se había jurado a si misma que jamás regresaría, pues sentía que nunca había tenido un verdadero hogar allí, sumado al hecho de que le recordaba, uno de los momentos más tristes de su vida. La rubia amaba New York, pero los planes del destino discrepaban con sus deseos, viéndose en la necesidad de regresar a su ciudad natal; solo que a diferencia de hace cinco años, esta vez no viajaba sola.

– Phil ¿te sientes bien? No está el aire muy fuerte ¿verdad?

Negando con su pequeña cabeza ovalada, el pequeño niño de cabello rebelde, color castaño y ojos azules, camiseta verde con dos líneas verticales blancas en el pecho y pantalón de mezclilla azul; se acomoda en el asiento de atrás – el aire está bien mamá, gracias.

– si quieres puedo bajar la capota del coche, para que respires aire fresco.

Sintiendo un pequeño empujón en el respaldo de su asiento, Helga mira por el retrovisor a su hija, de cabellos dorados como ella y con ojos tan verdes como esmeraldas – ¡Harriet! No me vuelvas a empujar por favor, vas a hacer que nos estrellemos.

– Es que yo no quiero la capota baja madre, me voy a despeinar – comenta la pequeña niña, vestida de overol con pantalón azul aguamarina, blusa blanca de mangas cortas, abombadas y en su ovalada cabecita, dos pequeñas coletas sujetas con moños azules– además que Philip me está molestando – finaliza frunciendo el entrecejo.

– claro que no Harriet, solo te pedí que me prestaras mi videojuego.

Cruzándose de brazos, la pequeña le entrega de muy mala gana el videojuego a su hermano – ten tu tonto videojuego.

Helga continuaba viendo de reojo el pequeño pleito de sus hijos mellizos, sonriendo al darse cuenta una vez más, del carácter de cada uno. En definitiva la pequeña, aunque quisiera negarla como su hija, sencillamente no podía; la niña era idéntica a ella, en su forma de hablar, su forma de peinarse, su forma de expresarse, hasta las cejas estaban casi unidas (no tan gruesas como cuando ella de niña, pero el parecido era asombroso). En cambio, su pequeño Philip se parecía mucho a su padre; su mirada tierna, su compasión y sobreprotección por su hermana; hasta ella, siendo su madre, había recibido por parte del pequeño, sabios pero infantiles consejos.

Realmente su hijo se parecía demasiado a su padre.

– ¿mamá? – Los pensamientos de Helga son interrumpidos por la voz de su pequeño – ¿otra vez estas pensando en mi papá?

Levantando la vista al espejo retrovisor, cae en cuenta que una pequeña lágrima resbalaba por su mejilla – no mi amor, es que me lastima el reflejo del sol en el asfalto, es todo.

Viendo los dibujos de un libro para colorear, la pequeña Harriet se recuesta en el asiento trasero, cruzando las piernas – no tienes porque mentirnos madre… sabemos que estas pensando en mi papá.

– ¡Harriet Cecil Pataki! No deberías de hablarle así a nuestra mamá – la regaña su hermano.

Con cuidado, la pequeña Harriet deja su libro a un lado, se quita el cinturón de seguridad y se acerca a su mamá, abrazándola del cuello con sus pequeños bracitos – no tienes porque sentirte mal mami, mi papi nos cuida a todos desde el cielo.

Sonriendo de lado, Helga toma las diminutas manos de su hija, con la suya – gracias hija, te quiero mucho y estoy segura que tu padre, ama a su pequeña traviesa.

– jaja, yo creo que papá, a cada rato le ha de jalar las orejas desde el cielo jajajaja.

– ¡Argh! ¡Te voy a hacer cosquillas por eso Philip!

Con gran sonrisa, Helga no se podía sentir más orgullosa de sus hijos. Harriet podría haber heredado su mal carácter, terquedad e impulsividad, pero también heredo su noble y amoroso corazón, ese que pocos conocen de Helga G. Pataki – ¡Hey no se peleen! Si no, me van a obligar a salirme de la carretera y hacerles cosquillas a los dos.

– ¡Cosquillas! ¡Cosquillas! ¡Cosquillas!

Sacando el vehículo de la carretera, Helga detiene la marcha delante de una gasolinera, se quita el cinturón y baja del automóvil – ¡Se los advertí! ¡Ahí les va la furiosa Helga G. Pataki!

– ¡AAH! ¡NO! ¡Jajajaja! ¡Mamá! ¡AAH!

A unas millas de distancia, Gerald limpiaba un pequeño cuarto de huéspedes, junto con su pequeño hijo Andrew, de piel morena (siendo su piel un poco más clara que la de su padre) cabello negro ondulado y ojos castaños. Vestía camiseta beige con el número tres en rojo y pantalones cortos de mezclilla azules – vamos hijo, ayúdame con esto – le entrega una pequeña lámpara descompuesta, para después subirla al desván.

– papá… ¿puedo salir a jugar? Harold me dijo que estaría en el parque.

Obviamente Harold, era hijo de Harold y Rhonda. El pequeño Andrew lo conocía puesto que de vez en cuando, Gerald y él se los encontraban en los parques, albercas, jugueterías; además de los convivios por cumpleaños. Cuando ingreso al kindergarden, Harold y Andrew se veían a diario, por lo que su amistad creció más en la estancia infantil y el pequeño Andrew siempre quería convivir más con su amigo – ándale papá ¿Qué dices?

Pasando el antebrazo por su frente, Gerald mira con ternura a su pequeño hijo – dame oportunidad de terminar aquí y te llevo ¿sale?

Poniendo una mirada triste, el pequeño Andrew asiente con la cabeza, toma la lámpara y se la lleva al pie de la escalera del desván.

– ¡no vayas a subirla tu Andy!, te puedes lastimar.

Un fuerte ruido alerto a Gerald, que salió corriendo solo para encontrar al pequeño, llorando de pie al lado de la lámpara, la cual resbalo de sus manos, rompiéndose en varios pedazos – ¡por Dios Andrew, te dije que te esperaras!

– buaaa… lo siento… buaaa snif.

Con cariño, Gerald reviso que el pequeño no tuviera ninguna cortada y lo abrazo – no hijo, siento haberte gritado, pero tienes que tener más cuidado, que tal si te pasa algo malo. Mamá no está aquí para curarte tus heridas.

– ya… no… me vas… a llevar… snif… al parque… verdad… snif…

Sonriendo en respuesta, Gerald se pone de pie – está bien Andy, ve por tu chaqueta.

– ¡yupi! – sin pensarlo dos veces, el niño corrió escaleras abajo en búsqueda de su chaqueta roja.

– ¡solo ten cuidado hijo! – acomodando una mano en su nuca, Gerald se desespera un poco al ver los restos de la lámpara, ya que los huéspedes estaban a punto de llegar, y llevar a Andy al parque le iba a quitar tiempo – y ahora tengo que recoger los restos… vaya…

En la estación de gasolina, Helga compra unas botellas de agua – ya estamos en la entrada de Hillwood… ¡Criminal! ya quisiera haber llegado y darme un buen baño.

– mamá, ¿me das una botella de agua?

– Claro cielo, solo no bebas mucho, porque luego te van a dar ganas de ir al baño – le extiende la botella a Phil.

Desde el vehículo, Harriet se adelanto para subirse y apresurar a su mamá – ya vámonos mamá, quiero conocer la ciudad donde vivía mi papá.

– Ok… ¡tropa Pataki! abróchense los cinturones, que su madre va a ir a toda velocidad.

– ¡sí! ¡A toda velocidad! – gritan los menores en una sola voz.

La rubia reanudo el camino hacia Hillwood, sintiendo un poco de temor por regresar al lugar donde todo comenzó.

Mientras tanto, Gerald llegaba al parque junto con su hijo Andy, encontrándose en la entrada a una vieja amistad – ¡Rhonda! Gracias a Dios que estas aquí ¿vas a estar mucho tiempo?

– De hecho Gerald, acabamos de llegar ¿porque lo preguntas?

– ¿Te puedo dejar encargado a Andy? Solo me tardaría media hora.

– ¡Claro Gerald! puedes dejar al pequeño Andrew con nosotros. Si se te hace tarde, Harold y yo lo llevaremos a tu casa.

– ¡Gracias! En serio te lo agradezco muchísimo – Gerald se inclina hacia su hijo y le sube el cierre de la chaqueta – hazle caso a todo lo que te diga la señora Berman.

Afirmando con la cabeza, el niño se despidió de su padre, con un tierno beso en la mejilla y corrió hacia donde estaba el pequeño Harold.

– Avísame cuando llegue Pataki ¿sí?, quisiera pasar a saludarla.

– Claro Rhonda – se despide de la pelinegra y sube a la camioneta, apresurando el paso, pues el tiempo no estaba de su lado.

Pasada una hora, Helga por fin ya andaba manejando por el vecindario de su infancia – si que han cambiado algunas cosas.

Tomando su estomago, el pequeño Phil siente que no puede aguantar más – mamá… quiero ir al baño… tengo muchas ganas.

– ¿No te puedes aguantar?

Viendo por el retrovisor la negativa del niño, Helga no ve otra salida más que buscar un lugar que contara con un sanitario. Doblando en una esquina, observa el parque de su infancia y se estaciona enfrente – ven Phil, por aquí hay un minisúper… Harriet, no te vayas a bajar del automóvil.

Harriet en un principio obedeció a su mamá, pero una pelota azul con una estrella amarilla, cayó muy cerca del carro, llamando la atención de la menor. La pequeña abrió la puerta, bajando curiosa a ver la colorida bola, tomándola con sus manitas.

– ¡miren todos! Una niña vestida con colores de niño jajajaja.

Bajando la vista para ver su overol, Harriet se empieza a incomodar – soy una niña, vestida como niña.

– ¡Niña vestida de niño! ¡Niña vestida de niño! –gritaba Harold, señalándola y riendo, hasta que reconoció el objeto que Harriet llevaba en las manos.

– ¡Hey suelta eso! – se acerca el pequeño niño, obeso como su padre, y le arrebata la bola, tirando a Harriet al piso – las niñas no juegan con juegos de niños.

– Uy Harold, la hiciste llorar jajaja – comenta otro niño, similar a Sid que corrió también por el balón.

– mejor vámonos de aquí jajajaja.

Harriet permanecía quieta, mirando a los alrededores sin encontrar algún rostro conocido. Sentada en el piso, junto sus piernitas y se abrazo de ellas, soltando un par de lágrimas hasta que una voz la distrajo.

– yo creo que el azul te queda bien.

Levantando su asustada mirada, vio al pequeño moreno, de cabello negro ondulado, con chaqueta roja y camiseta beige – y los listones de tu pelo se ven muy lindos – comenta con una tierna sonrisa.

– ¡Andrew, es hora de ir a casa!

– ¡Adiós! – moviendo su manita, se despide de su nueva amiga.

La pequeñita aun miraba impactada al niño que se le acerco y le sonrió – Andrew…

– ¡Harriet! Te dije que esperaras en el automóvil – sin que lo notara, llego Helga cargando a su hermano – metete por favor.

Asintiendo con la cabeza, la pequeña subió rápido al coche y una vez que arrancaron, busco con la mirada al niño, pero ya no lo encontró.

A pesar que Helga y Gerald fueron por sus respectivos hijos al parque, casi al mismo tiempo; la primera en llegar a la residencia Johanssen fue ella. Helga se canso de tocar el timbre de la entrada, así como de golpear la puerta – ¡Buenas tardes! ¿Gerald? – la rubia encontró un pedazo de papel doblado, metido con cuidado entre la puerta y el marco de esta.

– "Helga, si llegas antes que nosotros, debajo del tapete hay una copia de la llave, pasa y siéntete como en casa"… ¡Valiente jefe del servicio secreto!, puede descifrar los códigos de diversas fuentes, abrir distintos tipos de cajas fuertes, hasta mantener segura el área circundante de todo un edificio gubernamental… y no puede cuidar mejor su casa – toma la llave debajo del felpudo, y entra a la residencia.

– ¿Cuánto tiempo vamos a estar en esta casa mamá? – pregunta el pequeño.

Dando un cansado suspiro, Helga se tiende en el primer sofá que encuentra – No se hijo, yo creo que hasta que juntemos el dinero suficiente para rentar un departamento, o se solucione lo de la demanda.

La situación financiera por la que estaba atravesando Helga no era de las mejores. Había publicado dos libros en New York; del primero, recibía regalías cada mes, sin falta; sin embargo, el segundo se lo adjudico un ex trabajador de la editorial, tipo sin oficio ni beneficio, por lo que la rubia se vio orillada a demandarlo por plagio. Y como la obra estaba en litigio, no podía recibir ninguna compensación hasta que ganara la demanda.

Por otro lado (y como si eso no fuera suficiente) el pequeño Phil enfermo grave el año pasado; los especialistas aseguraban que era una extraña bacteria de la sangre, de la cual se aliviaba y volvía a enfermar (entiéndase, de difícil erradicación) por lo que gastaba mucho dinero en hospitales así como en médicos, medicinas, etc. Phoebe le ofreció su ayuda, ya que ella como doctora, podía conseguirle muestras de medicamentos sin costo, consultas a bajo precio, etc. Helga no pudo encontrar otra salida a su predicamento, que viajar hasta Hillwood y hospedarse en la casa Johanssen, porque regresar a su hogar de crianza, no estaba a discusión.

A cientos de millas de ahí, en Chicago; Arnold y el Doctor Torres se mantenían en medio de un fuerte debate.

– si revisamos bien las últimas publicaciones científicas, podrán comprobar que el nuevo antibiótico "Lominestina" derivado de las "Minesteminazas" tiene muchos efectos dañinos para la salud: como nauseas, vómitos, dolor abdominal, dolor de cabeza; y poca eficacia farmacológica, siendo superado por cualquier otro medicamento para infecciones.

Con enfado, el Dr. Zellker, supuesto descubridor de esa nueva droga, se pone en pie, golpeando la mesa de debate con el puño – ¿De qué publicaciones científicas está hablando doctor Shortman? ¿Acaso de las de un sucio país tercermundista?

El Dr. Smith, presidente de la mesa directiva, de la asociación de enfermedades tropicales, se puso pronto de pie – ¡No le permito que hable así de otros países, doctor Zellker! Discúlpese con los médicos extranjeros de inmediato.

Bastante molesto, Arnold puso en las diapositivas de su presentación, los encabezados de diversas publicaciones de renombre, en el ámbito médico – estoy hablando de trabajos del England Medicine Magazine, British Medicine Journal, The American Journal Disease, ¿las conoce, doctor Zellker?

– Las conozco doctor Shortman… y ofrezco mis sinceras disculpas. – el galeno se levanta de la mesa, acomoda su costoso traje marca "Chanele" y se baja del pódium, enfurecido.

El Dr. Torres, que permanece detrás de Arnold, se baja también del pódium – bien hecho muchacho…

– bueno colegas, creo que ya no hay mucho que argumentar; démosle un fuerte aplauso a la exposición del doctor Shortman – finaliza el Dr. Smith, acercándose al rubio y entregándole una constancia de participación – mañana hablaremos del impacto sobre la detección temprana, de las enfermedades infectocontagiosas.

– ¡Estuviste excelente Arnold! – se acerca María, emocionada al ver como Arnold defendió su punto de vista, sin llegar a ser grosero como el Dr. Zellker.

– Gracias María, yo… – se escucha el sonido de un celular; llamando la atención del cabeza de balón, quien busca con la vista a la persona dueña del aparato y observa a Phoebe contestando la llamada.

– ¿Gerald? apenas estoy saliendo de una conferencia, que te parece si te marco…

Al otro lado de la línea se escucha una voz femenina – ¿señora Johanssen? le hablo para decirle que quiero que deje en paz a mi amante… el no quiere saber nada de usted…

Estas palabras pusieron a la oriental como volcán en erupción – ¡¿Quién habla!... ¿y porque estas usando el celular de mi esposo?

jajajaja que optimista eres para decirle todavía "mi esposo" jajaja.

Phoebe salió corriendo del salón donde se dio la conferencia, para no crear otro escándalo – ¿Por qué no me dices quien eres? ¡Comunícame con Gerald, ahora mismo!

¿y quién cree usted, que me dio el teléfono para hablarle? Jajajaja.

Al fondo de la llamada, se escucha la voz del moreno – ¡Hey! ¡Suelta ese teléfono de inmediato!

¡Olvídalo cabeza de cepillo!, es hora que Phoebe sepa lo nuestro jajajajajaja.

Exhalando un largo suspiro de alivio, la oriental comienza a reír en silencio cuando, sin querer, la mujer al otro lado de la línea "hablo de más". Gerald toma la bocina y se escucha su voz temblorosa, al otro lado de la línea – ¿Mi amor? No le hagas caso a Helga… porque fue Helga la que te marco mi amor, te lo juro, tienes que creerme.

– En serio Gerald… se que tenemos problemas… snif… pero esto…

no, no llores mi vida… te juro que es Helga, fue Helga la que tomo mi celular sin decírmelo… veras cuando me metí a bañar…

– ¿¡Te estuviste bañando con esa mujer!... snif… Gerald… ¡quiero el divorcio!

En casa de la familia Johanssen, Gerald daba vueltas en la cocina, que fue donde hallo a Helga con su celular haciéndole una broma pesada a Phoebe – ¿DIVORCIO?... nena por favor… te juro que fue Helga, Helga G. Pataki…

Unos minutos atrás, Helga reía a carcajadas al escuchar la voz enojada de su mejor amiga, pero las risas se apagaron cuando oyó que Phoebe le hablaba de divorcio – ¡Demonios! Trae acá ese aparato – se lo arrebata a Gerald y empieza a hablar con Phoebe – Phoebe por Dios soy yo Helga, yo te marque para hacerte una broma.

se que Gerald te convenció para que me dijeras eso… ¡pero me voy a divorciar de él y me voy a quedar con la custodia de mi hijo!

– ¿Convencerlo a él? ¿Divorcio? ¿Custodia? ¿¡Acaso estas demente! Phoebe soy yo Helga, Helga G. Pataki, solo estaba jugando contigo maldita sea.

¡Ni creas que voy a caer en tus trucos, mujerzuela!

– ¿MUJERZUELA?... ¿yo?... ¡Argh! ¡Phoebe cuando regreses a Hillwood y te ponga las manos encima…!

jijiji… jajajaja – sin poderse ya contener, Phoebe ríe libremente al escuchar la histérica voz de su mejor amiga, al otro lado de la línea, dándole un zagas revés a su juego.

– un momento… ¡Phoebe! Todo este tiempo supiste que era yo ¿no es así?

jajaja… no creas Hel… al principio si me asustaste… jajaja ¿cómo les fue en el viaje?

– Estamos cansados, pero sobreviviremos… – responde Helga, alzándose de hombros y sentándose en una silla de la cocina.

La joven doctora se sienta en un sillón del lobby, sin darse cuenta de que un médico curioso, tenía toda su atención sobre ella, que la veía a cierta distancia – me alegra mucho que hayan llegado con bien… ¡estoy tan emocionada de que voy a volver a verte!, que terminado el congreso voy a tomar el próximo vuelo a Hillwood.

¿volver a verte?... estoy casi seguro que Phoebe dijo Hel… será acaso… – pensaba Arnold, sosteniendo una revista médica que le había proporcionado un laboratorio (fingiendo que la leía), junto con dos bolsas llenas de propaganda farmacéutica.

– Oye Arnold, lo que dijiste allá en tu presentación estuvo magnifico – comenta el Dr. Céspedes, botánico del instituto donde trabaja Arnold – por fin tendremos los argumentos suficientes para retirar ese medicamento del mercado. Vamos a cenar todos en el restaurante ¿quieres venir?

Phoebe rueda la vista al escuchar el nombre del cabeza de balón – luego les marco – termina la llamada, se levanta del sillón, toma sus bolsas de publicaciones medicas y se retira, mirando con el ceño fruncido al rubio.

Arnold se negó, sin despegar los ojos de la oriental – muchas gracias doctor Céspedes, pero voy a cenar más tarde.

– ¡Arnold! Estuve hablando con la representante de laboratorios Carvagio, dice que hay un estudio de campo en… ¿Arnold me estas escuchando?

Sacudiendo su cabeza con forma de balón, Arnold dirige sus ojos hacia su asistente – disculpa María ¿me decías?

– Te digo que hay un estudio de campo por parte de laboratorios "Carvagio", este sería en varios hospitales del país y te darían una beca junto con un certificado de participación con validez oficial. El programa abarca pacientes pediátricos ¿Qué dices?

– Te respondo mañana… ¿no quieres cenar?

– ¡Claro! Me muero de hambre – María comienza a caminar hacia el restaurante, cuando Arnold la toma de la mano.

– Me refiero a que si quieres salir a cenar, fuera del hotel.

El rubor comenzó a invadir las morenas mejillas de María – me gusta la idea doctor – responde en forma picara, tomando el brazo que Arnold le estaba ofreciendo para posteriormente, salir del hotel y cenar en un fino restaurante.

Casi simultáneamente, en Hillwood, Helga estaba ayudando a Gerald a preparar la cena de los pequeños – mamá… tengo hambre.

– En un segundo mi amor, ve a jugar con tu hermana – responde la rubia, que estaba cocinando unos hot cakes.

Harriet, por primera vez desde hace mucho tiempo (y probablemente, la primera vez en su corta vida) se mantenía en silencio. Desde que llegaron los Johanssen, parecía que le habían comido la lengua los ratones, pues al ver a Andrew entrar por la puerta, lo reconoció de inmediato como el niño que vio en el parque; el primero que le hablo cuando llego a esa extraña ciudad y sobre todo, el primero que la animo y sonrió cuando estaba llorando. Gerald tomo a la pequeña y la sentó en la mesa de la cocina, desde donde vigilaba a Andy, con un ligero toque de rubor en las mejillas, y una sonrisa delatadora.

– ¡Harriet! Te estoy hablando.

Sacudiendo su cabeza, la menor dirige su mirada hacia Phil – ¿Qué quieres Phil? ¿No ves que estoy ocupada?

– Andy dice que podemos subir a su habitación y jugar videojuegos mientras esta la cena.

– Vamos, será divertido – comenta Andy, que se acerco por un costado y tomo su pequeña mano.

Aventado la mano del niño, la pequeña frunce las cejas y se cruza de brazos – ¿Para que luego no me lo presten? Ni en un millón de años.

Ambos niños cruzaron miradas y se encogieron de hombros – entonces vamos nosotros Andrew – grito Phil y apenas iban saliendo de la cocina, cuando la voz de la niña los hizo voltear.

– ¡Ash! Está bien, no tienen porque ponerse en ese plan ¡criminal! – la niña intenta bajarse de la mesa, pero Gerald se le adelanta.

– A ver muñeca, yo te cargo – con cuidado, Gerald toma a Harriet y la baja.

Los tres pequeños salieron de la cocina y corrieron escaleras arriba. Helga se había quedado boquiabierta al escuchar la última expresión de la niña.

– No puedes negar que es hija tuya Pataki – comenta Gerald con una gran sonrisa en su rostro.

– ¡Rayos! Cientos de veces he hablado con ella, para que no se exprese de esa manera, ¡Crim…! – la rubia se detiene en el acto, cuando está a punto de pronunciar las mismas palabras que salieron de la boca de la niña. El moreno se percata de esto y tapa su boca, pero aun así, Helga escucho la risa que salía de la misma.

– ¡Cállate cabeza de cepillo! Y pásame más mantequilla.

Una vez que terminaron de cenar, Gerald durmió al pequeño Andy; y Helga, después de tomarse un baño junto con sus hijos, los arropo y acostó, para que pudieran descansar.

– Parece que el baño les cayó bien, han quedado profundamente dormidos – comenta el moreno, mirando hacia el fondo de la habitación y viendo a los dos pequeños, que comparten una cama.

– El viaje también fue muy agotador para ellos Gerald, no creí que lo soportarían.

Gerald le muestra una lata de cerveza a la rubia – ¿gustas?

– Si, porque no – toma la lata de cerveza y baja junto con Gerald a la estancia.

Gerald se sienta delante de Helga, pasa una mano atrás de su cabeza, tratando de encontrar la forma de entablar "ese" tema con su amiga – Se que tal vez no quieras que formule la pregunta… ¿pero que les has dicho sobre..? Pues acerca de...

– Mi muy querido y amado esposo, falleció en un accidente cuando estaba embarazada de los dos – comenta Helga después de darle un gran sorbo a su bebida.

– vaya… y como lo tomaron.

– pues al principio no lo tomaron muy bien, pero ya me estaba cansado de que siempre me cuestionaran por su papá… no puedo decirles que él nos abandono, o que yo lo abandone, porque no lo entenderían y eso crearía más preguntas.

Afirmando con la cabeza, Gerald da un sorbo a su cerveza – pues siento que matar a Arnie no fue muy sensible de tu parte Pataki, creo que a la larga, les va a hacer falta su padre.

Sonriendo con ironía, Helga pone la lata de cerveza en la mesita de centro – ellos van a tener un padre, cabeza de cepillo… solo es cuestión de que le diga que si a… tu sabes… Phil y Harriet son tan felices cuando él está con ellos; en sus caritas se les nota cuanto lo aman.

– ¿lo amas tu? – pregunta Gerald, enarcando una ceja, esperando la respuesta de la rubia.

– él ama a mis hijos… con eso para mí es suficiente.

Negando con la cabeza, Gerald termina la bebida de su lata – mmh, mmh, mmh… creo que va a ser un sacrificio muy grande, Helga.

Helga también termina su cerveza de un solo golpe, limpiando con el antebrazo, sus labios – por los hijos… uno es capaz de cualquier cosa.

En Chicago, Arnold y María ya habían terminado de cenar, y ahora degustaban de un suave vino – dime Arnold, ¿no te gustaría regresar a Hillwood?

– Esa ciudad es muy importante para mí, y a pesar de la distancia, la sigo considerando mi hogar… sin embargo, no siento deseos de regresar.

Fijando sus ojos castaños en las bellas esmeraldas de Arnold, María se arma de valor para hablarle de nuevo sobre sus sentimientos – Arnold, tu sabes que te amo… y aunque no sé si algún día seré correspondida, si ese día llegara, quisiera hacer vida contigo en Hillwood.

El rubio bajo la mirada, un poco apenado, puesto que sabía desde hace tiempo, los sentimientos que María profesaba hacia él – María, la verdad yo…

Con vergüenza en su rostro, la joven mujer intenta corregir su comentario, para no escucharse tan obvia – Pero aunque no sea yo la elegida, debes tener en cuenta de que si quieres iniciar una relación estable con alguna persona, tienes que enfrentar tu pasado y dejar de huir de él. Una de las ciudades participantes en el estudio de los laboratorios Carvagio es precisamente Hillwood, nuestro Hillwood.

En la mesa, María mantenía su mano apoyada, cerca de la de Arnold. El rubio muy despacio acerco su mano hacia la de ella y entrelazo los dedos, recordando mentalmente, las últimas palabras que escucho de la oriental – "¡estoy tan emocionada de que voy a volver a verte!"

– ¿Qué dices Arnold?

– Tienes razón María, creo que es hora de volver a casa.

Con suma alegría, la morena levanta su copa de vino – ¡Por Hillwood!

– por Hillwood… – gustoso, choca su copa de vino para brindar con María, pero en cuanto la baja, fija su vista en el anillo que porta en su dedo meñique de la mano izquierda – por Helga… que al fin pueda sacarla de mi corazón – piensa Arnold, estrechando con la otra mano, los delicados dedos de su secretaria.

Sin que ambos lo notaran, uno de los asistentes al congreso vigila de cerca al cabeza de balón, mientras habla por teléfono celular – no se preocupe doctor, vamos a hacer que el doctor Shortman participe en esto, lo quiera o no.

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ConTinUarA...

Helga ahora esta de vuelta en Hillwood, sin saber que, el cabeza de balón tiene pensado tambien volver a su ciudad natal. Arnold desconoce el gran secreto que Helga le ha guardado durante esos cinco años, ¿porque Helga no le ha contado a Arnold de sus hijos? Y eso no es todo; Maria hara lo imposible para que Arnold se enamore de ella, y olvide a la que en su momento fue su prometida. Ademas ¿quienes seran las personas que estan vigilando de cerca al doctor Shortman? ¿y en que querran que participe?

Anillus: Hola amiga, pues me agarre como loca a escribir para que no se me fuera la inspiracion, y dime ¿que opinas de esto? jeje ya me ire recuperando del sindrome de Anillus porque bueno, estoy buscando una cura jaja que es escribir (asi que si te quieres curar, tienes que terminar toooodos tus fics, jajajaja ntc) Espero tu valioso Review amiga y estamos en contacto, te mando un gran abrazo :)

letifiesta: Gracias por tu Review, espero contar con tus reviews en mi fic :). Te mando un abrazo.

Datyi: Hola amiga, te agradezco mucho tu review, como veras, Arnold esta pensando en regresar a Hillwood y eso seguramente va a afectar a nuestra rubia. Saludos y espero tu Review.

Mimi Star: Hola amiga, la verdad siempre estoy esperando tus reviews, me dan animos para escribir (junto con los de Anillus y de EsGoHer) te lo agradezco con toda el alma.

Como veras, la vida ha cambiado mucho para Helga, que ha luchado por sacar a sus hijos adelante, pero ¿porque no le dijo a Arnold que estaba embarazada, si ya estaba a punto de casarse con él? ¿sera que hay algo más?. Espero tu valiosisimo review :)

Para terminar, les mando un enorme agradecimiento a todos aquellos que se toman el tiempo de leer este Fanfic.

MaRyMoRaNTe:)