Hola a todos, este capitulo se lo dedico con mucho cariño a Esmeralda, esperando que la anime un poco y que se sepa que cuenta con mi amistad.

En esta ocasion, no voy a responder los reviews, más que por mensaje privado. No dejen de escribirlos :)

Disclaimer: Hey Arnold y sus personajes son propiedad de Nickelodeon y Craig Bartlett. A excepcion de los creados por mí para este fanfic.

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EL EFECTO DEL SOL DE MEDIANOCHE

Me Llamo Harriet

– Miren quien acaba de llegar… – dice Gerald entusiasmado, abriendo la puerta y dejando pasar a la mujer de su vida.

– ¡Helga! – grita la oriental, entrando corriendo al interior de su hogar en dirección hacia la rubia, quien esperaba junto con sus hijos y el pequeño Andrew, el regreso de su mejor amiga y Gerald, que fue a recogerla al aeropuerto.

– ¡Phoebe! – Ambas mujeres se abrazaron emocionadas, soltando algunas lagrimas de felicidad; permaneciendo así por algunos minutos, hasta que fueron interrumpidas por el pequeño Andrew, que jalaba en forma insistente el saco de su madre – mamá… ¿no me vas a abrazar a mi también?

– Perdóname mi amor – Phoebe se arrodilla ante su pequeño hijo y le da un fuerte abrazo, mientras ella misma se retira los lentes, secando con cuidado las lagrimas de sus ojos.

– ¿mamá, quien es esa señora? – Pregunta el pequeño Phil, en voz baja, mirando extrañado a la mujer que continua abrazando a su nuevo mejor amigo – ¿ella es la mamá de Andy?

– Así es mi cielo, Phoebe es la mamá de tu amiguito.

La pequeña Harriet puso ojos enormes al escuchar esto, desviando la vista para ver como Andy se sujetaba en forma tierna del cuello de su mamá, mostrando en su rostro una bella sonrisa. Sin que nadie lo notara, la pequeña se escabullo, escondiéndose detrás de la puerta de la cocina y saco del interior de su overol azul, una pequeña foto de Andy, que tomo sin permiso de un álbum de fotos que encontró – ¡oh por Dios…! Pero si ella es la mami de mi amor… – se asoma y ve que el niño le da un pequeño beso en la frente a su madre – si tan solo me dieras un beso en mi frente… awww… eres el niño más tierno del mundo… oh Andrew… Andrew…

– ¿Harriet? – se asoma el mencionado, puesto que su mamá lo mando a buscar a la hija de Helga.

– ¡Ah! – La menor pego un agudo grito, escondiendo rápido la foto del niño y llamando la atención de los adultos que se encontraban ahí – ¿Pero qué te pasa niño tonto?, ¿no sabes que es de mala educación oír a escondidas? ¡Me asustate!

Phoebe se asoma junto con su hijo, alcanzando a ver parte de la reacción de la niña, enarcando una ceja y sintiendo esa escena extrañamente familiar – Andy, no asustes a la pequeña – se inclina y toma en brazos a Harriet, que al voltearse, le muestra un ojo y le saca la lengua.

– Así que tu eres Harriet… estas mucho más grande de cuando te vi la ultima vez, y mucho más bonita.

– Gracias señora mamá de Andy – responde la pequeña, un poco sonrojada.

– ¿Qué le pasa a tu hermana, Phil?

El pequeño, encogiéndose de hombros, le responde a su mejor amigo – No lo sé… desde que llego ha estado actuando muy extraño… pero así es Harriet – termina sonriendo, mirando con cariño a su hermana.

la mamá de mi amor huele muy rico – pensaba la niña, apoyando su cabecita en el hombro de Phoebe.

– Chicas, será mejor que no se pongan cómodas – comenta Gerald, que ingreso de nuevo, cargando las maletas de su esposa – tenemos una cena en casa de la familia Berman.

– ¡Helga, esto es perfecto!, podremos convivir con nuestros amigos mientras platicamos, todos se van a sorprender en cuanto te vean.

Helga puso una mano en su brazo, sintiéndose un poco incomoda – no lo sé Pheb's, aun no me siento lista para verlos a todos… ellos me van a recordar a…

– ¿mi papá? – Pregunta el pequeño Phil, tomando la mano de Helga, mirándola con esos tiernos ojos azules, que aunque no fueran del mismo color de su padre, el contenido de su mirada lo decía todo – ¿es eso mamá?

Helga se inclino hacia su pequeño hijo – no mi amor, es que no sé donde podríamos dejarlos…

– por eso no hay inconvenientes Helga, Harold me dijo que también los niños están invitados, allí cenaran y podrán dormirse en el cuarto de su hijo Harold, hasta que nos los traigamos de regreso – responde Gerald, con la intensión de darle ánimos a su amiga.

– Harold hijo de Harold, mmmh – bajo la vista y miro fijamente los sinceros ojos de Philip – ¡qué diablos! Vamos a refrescarnos un poco.

Así, la familia Johanssen junto con la familia Pataki, se arreglaron y dirigieron sin escalas rumbo a la residencia Berman, donde ya los esperaban.

– ¡Helga por Dios, estas igualita! – Rhonda se acerca con gran emoción, abrazando fuerte a su amiga de la infancia.

– Hola princesa, tu tampoco no has cambiado nada – Helga llevaba un sencillo vestido color rosa, de tirantes delgados y corte recto, con un suave estampado blanco. Su cabello lo llevaba sujeto en un alto chongo y su maquillaje, aunque era sencillo, la hacía ver elegante.

– Definitivamente no puedo creerlo, ese vestido te queda muy bien; tu estilo sí que mejoro en New York City… ¿sabías que a todos mis amigos de Aspen les he platicado que te conozco? No pueden creer que conozca a la exitosa autora del libro: "Besos a la Luna". Acompáñame querida, vamos a saludar a Nadine, ¿sabías que se caso con Lorenzo? bla, bla, bla…

Rodando sus bellos zafiros, Helga mira a Phoebe, lanzando desesperadamente un silencioso grito de auxilio.

– Creo que voy a acompañar a Helga – le dice Phoebe a su esposo y después se inclina hacia Harriet, Phil y Andy – niños ¿Por qué no se reúnen con los demás pequeños? Andy tu sabes dónde se encuentra la habitación de Harold, tómense de las manos para que no los empuje ningún adulto.

El pequeño Andy, que ahora viste una camisa color vino y pantalón de vestir negro, asiente con la cabeza y toma a Harriet de la mano – vamos Harriet, te vas a divertir mucho.

La pequeña luce un vestidito blanco, con borde azul en las mangas, al igual que la falda, y un listón del mismo tono azulado, rodea su cintura; junto con sus inseparables moños del cabello – ¡Ash! Está bien… solo porque lo dice tu mamá – Harriet toma a Phil (que lleva puesto una camisa azul cielo y pantalón azul marino) y los tres se encaminan hacia el dormitorio del niño gordo, donde al llegar, fueron recibidos por el pequeño Harold (el cual se parecía en demasía a su padre, solo de su madre tenía el tono de piel y el cabello)

– Hola Andy bienvenido, llegas en el justo momento de la comida.

– Harold, te quiero presentar a Phil, es un buen amigo.

– Mucho gusto Harold – Phil y Harold se dieron la mano, sintiéndose Harold gustoso, de tener un niño más para jugar.

– ella es Harriet, es su hermana y ahora están viviendo conmigo en mi casa.

Los niños que se encontraban ahí, comenzaron a reír, señalando las manos de ambos niños, ya que Harriet aun no soltaba la mano de Andy – ¿y están viviendo como esposo y esposa? Jajajaja – dice Harold, juntando sus manos y poniendo ojos soñadores, para molestar.

Andrew y Harriet cruzaron miradas, esta última frunció el ceño, soltó en forma brusca la mano de Andy, se giro hacia Harold y le dio un fuerte empujón, tirándolo al piso – síguete riendo niño gordo y te voy a dar una patada hasta la luna.

– ¿Cómo dices? ¿Hasta la luna? Eso nadie lo puede hacer.

Furiosa, la pequeña Harriet mira en el piso la pelota azul con estrella amarilla, la misma que vio en el parque. Se acerco a paso decidido y le dio una fuerte patada, haciendo que la bola rebotara por toda la habitación, siendo seguida por los impresionados ojos de todos los asistentes, rompiendo a su paso a cuanta cosa se encontrara; para finalmente, llegar al rostro del pequeño Harold, golpeándolo y dejándolo semiinconsciente – ma-má… uuh…

– Yo soy la jefa aquí – se sube a lo alto de la cama de Harold, mirando a todos los niños en forma desafiante – si no quieren que les pase lo mismo, deberán seguir mis reglas – gira la vista y ve que tanto Andy como Phil la miran sorprendidos.

– Harriet, nos puedes meter en problemas – le dice su hermano, en voz baja – eso que hiciste no estuvo bien.

– cállate Philip, mejor vamos a jugar con esos videojuegos.

Desviando su mirada hacia el piso de arriba, Rhonda se despide momentáneamente de Helga, Nadine y Phoebe – disculpen amigas, esos ruidos no me dan buena espina, será mejor subir a ver que hacen los niños.

– Yo te acompaño Rhonda – se despidió también la chica de cabello rizado, dejando solas a Helga y Phoebe.

Poniendo una mano en su frente, Helga agradece la valiosa intervención de Phoebe – cielos hermana, no veía la hora en que la princesa Rhonda Berman Lloyd se callara la boca, sino hubieras estado aquí, no sé que le habría hecho.

– jajaja ay Helga, en serio que extrañaba tus comentarios, por cierto, hoy fue tu primer día en tu trabajo verdad ¿Cómo te fue?

Poniendo una mano en su rostro, Helga lanza un cansado suspiro – ni me lo recuerdes Pheb's, hoy me di cuenta de lo mucho que necesito el empleo… porque a pesar de todo, no renuncie.

Flashback…

Helga llego a las nueve en punto, casi al mismo tiempo que la presumida de Anne Lois – llegas tarde Pataki.

– ¿Tarde? ¡Pero si tú también vas llegando! Además que la tienda abre a las nueve.

– ¡Error!... yo voy llegando porque prácticamente soy la dueña del local y todas las empleadas de almacén llegan a las siete, además – mira de nueva cuenta la vestimenta de la rubia, que consta de blusa gris claro, falda rosa pastel y zapatos de tacón alto – creo que te equivocaste de uniforme.

La rubia, baja la mirada revisando su vestimenta, después ve al grupo de chicas que ya subieron la cortina y entran al local – pero si todas están vestidas como yo… no entiendo por qué dices…

Señalando al costado de la tienda, Helga dirige su mirada hacia donde le indica la castaña, y alcanza a ver, un par de mujeres que salen por la parte trasera de la tienda, para vaciar un bote de basura – Mira a esas dos empleadas, ellas están en el almacén, ¿ves que andan vestidas de pantalón de mezclilla y camiseta/polera blanca? Bueno, así es como vestirás, por ahí entraras, tu horario será de siete a siete y tu lugar de trabajo será el almacén.

La rubia quedo en silencio, sintiendo como una intensa ira crecía en su interior, frunciendo fuerte el entrecejo. Estar en otra área de trabajo no le molestaba, sin embargo, el extenso horario le iba a disminuir tiempo de calidad con sus hijos, además que estaba casi segura que ese cambio, era idea de la sobrina de Charlotee.

Helga estaba a punto de responderle, cuando la voz de Charlotee la distrajo – Helga querida, te ves tan hermosa… siempre lo he dicho, el rosa te queda muy bien, ven que tu puesto en la sala privada, te está esperando.

– Claro Charlotee – se gira hacia la castaña, que la mira con ojos asesinos.

Fin del Flashback.

– cielos Helga, esa tal Anne Lois es una pesada… deberías de darle una lección.

– amiga, tu sabes que necesito el trabajo, y lo peor vino después…

Flashback…

Una vez que se fue Charlotee (para mala suerte de Helga) Anne Lois llevo a la pelirrubia, a la parte trasera de la tienda – por cierto rubia consentida, este uniforme y el de almacén lo vas a pagar con tu salario – finalizo y cerró la puerta de golpe.

– Tienes que tener cuidado con Anne Lois muchacha, ella es capaz de cualquier cosa cuando se quiere deshacer de una persona – comenta una joven chica, afroamericana, alta como ella, de hermoso cabello negro, delgada figura y unos bellos ojos verde grisáceos – me llamo Susan y ella es Beatriz.

Beatriz era otra hermosa joven, de largo cabello rojizo, piel muy blanca y ojos azules – mucho gusto, tu eres…

– Soy Helga, Helga G. Pataki – al fin, la rubia se pudo sentir un poco más tranquila, al darse cuenta de que no todo en la tienda era tan malo – las dos son muy bonitas, me imagino la razón por la que están aquí.

Sonriendo la pelirroja, se acerca a Helga – es el precio que se paga por la belleza jajaja.

– jajaja… ¿y aquí que es lo que hacen?

– pues como veras – comenta Susan – es la parte trasera de una tienda de novias, aquí hay maniquís, vestidos guardados, zapatos, etc. Nosotras nos encargamos de sacar los vestidos, mover y vestir a los maniquís, contabilizar la mercancía que ingresa, barrer, sacudir, tirar la basura, cosas como esas. Del otro lado están las cuatro costureras, que son las que ajustan los vestidos, y como podrás darte cuenta, también portan el uniforme de las vendedoras.

– un momento, son tres vendedoras – aunque deberían ser cuatro conmigo… dice la rubia para sus adentros – hay cuatro costureras, tres chicas en almacén y la diseñadora, gerente y dueña, obviamente es Charlotee… ¿Qué diablos hace Anne Lois aquí?

– ella a veces atiende a las mujeres adineradas, que llegan por vestidos de noche; pero en general solo modela los trabajos de su tía, así como la línea de maquillaje de Charlotee "Honey Moon"

como lo supuse… es una completa bruja – Helga se acerca a Susan, que le proporciona una tabla junto con unas hojas, para explicarle el método de contabilización, cuando de pronto se volvió a abrir la puerta – que bueno que ya están "desquitando" su salario chicas, pero tengo un trabajo más importante para ustedes.

Durante toda la mañana, Anne Lois puso a las pobres mujeres del almacén, a limpiar y cambiar por completo los cinco aparadores con los que contaba la tienda, dos enormes a cada lado de la puerta principal, y uno mediano, circular, que se encontraba a unos metros pasando la puerta, con espacio para un solo vestido (en el cual se mostraba, casi siempre, el más costoso), junto con sus accesorios.

– Cielos… pensé que esto era más fácil – comenta Helga, pasando una mano por su frente en señal de cansancio.

– Anímate amiga, ya vamos a terminar – menciona Beatriz, metiendo su mano en una bolsa del pantalón y sacando un juego de llaves que le pasa a Helga – toma, ve abriendo el aparador de en medio.

Helga obedece a su nueva compañera, se baja del último aparador y se encamina hacia el fabuloso aparador de en medio, deteniéndose un instante para apreciarlo – ese vestido es muy ostentoso, creo que aquí se vería mucho mejor uno más sencillo – prueba algunas de las llaves, hasta que da con la que abre el aparador; abre la puerta pero una mano se posa sobre la misma, cerrándola de un fuerte golpe.

– ¡Ni se te ocurra tocar este aparador Pataki, tu quedaste salada al ser abandonada en el altar! – grita Anne Lois a los cuatro vientos, llamando la atención del personal de la tienda, así como de algunas clientas que se encontraban ahí.

Helga abrió grande los ojos, enmudeciendo al instante; no porque no tuviera nada que decirle a la prepotente mujer, sino todo lo contrario, pero era de esa furia silenciosa que nos quita las palabras de la boca y deja un amargo sabor, la que sentía Helga en ese momento. Muy despacio, la rubia se giro y salió corriendo rumbo al almacén.

Beatriz y Susan cruzaron miradas, dejaron su trabajo a la mitad y apresuraron su paso hacia el almacén, donde hallaron a Helga, golpeando un enorme rollo de crinolina, como si fuera un saco de boxear.

– ¡Helga, Helga cálmate! – dice Susan, tomando un brazo de la rubia – no permitas que esa víbora te haga sentir mal.

Helga apenas pudo detenerse un momento, cuando sintió las manos de Susan sujetando su brazo derecho, después (y a pesar de que la morena la mantenía sujeta), la rubia continúo masacrando el rollo de tela.

– Se ve que eres una mujer muy fuerte Helga, pero está bien si lloras de vez en cuando – Beatriz tomo el otro brazo de la rubia, y entre las dos calmaron a la mujer; sentándola en la única silla que tenía el lugar. Susan le facilito un vaso de agua, el cual bebió hasta el fondo.

Los ojos de Helga se veían bastante enrojecidos, sin embargo, la rubia no soltó ni una lágrima. Claro estaba que Helga, no iba a llorar solo para darle gusto a esa mujer – gracias Susan, Beatriz.

– llámame Betty, aquí todas somos amigas.

– Helga, Helga cariño – Anne Lois ingresa al almacén, haciendo su voz melosa y sorprendiendo a las tres chicas – no quiero que te sientas mal por lo que dije, es solo que en tu posición, creo que ha de ser muy doloroso estar tocando vestidos de novia, como ya no te vas a poner uno propio… además que lo único que quiero es evitarte esa pena, querida.

La intensa ira se podía leer en los ojos de Helga – no te preocupes "querida" yo no siento pena alguna, al contrario de lo que tu pienses.

Detrás de Anne Lois, apareció Charlotee – ¡Helga querida! Qué bueno que te encuentro, necesito que me ayudes con un vestido que… Helga… ¿Por qué estás aquí en el almacén?

Cuando Anne Lois entro a "disculparse", Helga por un momento no entendía la razón de este increíble cambio, dejándola con la duda sobre que "bicho le había picado" a la presumida veinteañera, pero en cuanto vio a Charlotee, entendió que solo estaba fingiendo, como cuando la conoció.

– oh tía, es que tu amiguita Helga es tan dulce, que se ofreció a ayudar a las chicas del almacén.

– Helga eres tan dulce – se acerca la amable señora, toma a la rubia de los hombros y la conduce fuera del sitio – necesito que me ayudes con un vestido Helga, la cliente tiene tu complexión y tenemos que ajustarlo, espero no te moleste probártelo.

– No te preocupes Charlotee, me siguen gustando los vestidos de novia y aunque tal vez no vaya a usar uno propio, quizás si los pueda llegar a modelar – comenta sonriendo en forma maliciosa y mirando de reojo a Anne Lois, que furiosa, le voltea la cara.

Fin del Flashback.

– Helga… eso es horrible… tienes que hacer algo, esa tonta no pude salirse con la suya.

– No te preocupes Pheb`s, Helga G. Pataki no va a dejarse amedrentar por una idiota – comenta mostrando su puño – en cuanto salga de los problemas financieros, va a conocer quién es Helga.

– Oh Helga… snif… eres tan fuerte… – con grandes lagrimas, Phoebe abraza a su amiga, quien irónicamente termina consolándola por lo que ella misma estaba viviendo

– gracias Phoebe, me da gusto poder contar contigo y con pelos de borrego.

– jajaja oh Helga.

– No puedo creerlo, ¿Helga eres tú? – La rubia escucha una voz a sus espaldas, no siendo otra persona, sino Lila la que se encontraba de pie, mirándola con sorpresa – ¡Helga que gusto me da verte!

– ¡Lila! Tanto tiempo sin verte… – ambas mujeres se abrazaron con sincera alegría – creo que no te había visto desde que nacieron los mellizos.

– Cielos Helga, te ves tan joven… quien diría que eres madre de mellizos, por cierto ¿donde están?

– Subieron al cuarto del pequeño Harold, y dime amiga ¿Cómo te va? ¿A qué te dedicas?

– Ella trabaja de maestra en la escuela de educación preescolar 116, y le da clases a Andrew – interviene la oriental, contenta de haberse reunido con sus dos mejores amigas de la escuela – lo más seguro es que también va a enseñarle a tus hijos, Helga.

Ante la noticia, Helga se sintió un poco más tranquila; el simple hecho de regresar a Hillwood en si ya era estresante, desconocer quien estaría a cargo de la educación de Harriet y Phil, le sumaba ansiedad – Caray Lila, no tienes idea del enorme peso que me quitas de encima, porque bueno; Phil es un niño muy tranquilo, pero esa Harriet es todo un caso…

– ¿Quién sabe a quien salió? Jajajaja – comenta Phoebe, provocando la risa de Lila.

– ja-ja-ja muy graciosa doctora Johanssen – Helga se cruza de brazos mirando de reojo a sus amigas, dibujando en su rostro una sonrisa porque al fin, se sentía como en casa – vengan, vamos a ver que están haciendo la pandilla de engendros.

Al otro lado de la ciudad, Arnold junto con María, arribaron a la casa de huéspedes.

– ¡Arnold, María, que gusto me da verlos de nuevo! – Stella entusiasmada, abraza a la morena y toma su equipaje de mano – ¿te piensas quedar aquí en la casa de huéspedes?

– Gracias señora Shortman, pero me quiero quedar con mi familia, tiene mucho tiempo que no regresaba a casa – ambas ruedan la vista hacia Arnold, que entra cargando su equipaje, junto con el de su asistente – vamos a estar por un tiempo en Hillwood, y Arnold quiere ir a ver… usted sabe...

– Pero mi amor, este es tu hogar… no tienes porque ir a esa casa.

Arnold se acerca a su madre, dándole un gran abrazo – mamá no te preocupes, como quiera que sea, es una inversión que hice hace mucho, tengo que ir a ver si aun sigue en pie.

– Tu padre, junto con los inquilinos, van cada mes a darle una vuelta; pero eso no es lo que me preocupa – Stella cruza los brazos, mirando a ambos – lo que me preocupa es cuando le vas a pedir a María que sea tu novia, porque ya quisiera que sentaras cabeza y me dieras un nieto.

Los recién llegados cruzaron miradas, con las mejillas encendidas – ¡mamá! Por favor, luego hablamos de eso…

– ¡Miren, pero si es Arnold! – Señala el señor Hyunh, saliendo de la cocina con el mandil puesto – vengan, les hice una sabrosa cena de bienvenida.

– Hola Arnold, ¿Qué dicen las hermosas enfermeras latinas? ¿Te has ligado a alguna? – pregunta el señor Potts, guiñándole el ojo al joven rubio y dándole pequeños codazos.

– Ernie, ten más respeto a María, por favor – reclama Stella, acomodando manos en la cintura y mirando con reproche al diminuto hombrecito.

María por su parte frunció un poco el entrecejo, pues conocía muy bien la vida amorosa de Arnold – Esta bien Stella, de todas formas, Arnold solo tiene ojos para una mujer.

Las miradas de todos se entristecieron, Helga en verdad era amada por todos los miembros de la casa de huéspedes y sabían que ella amo con todo su ser al cabeza de balón. Durante esos cinco años, nunca llegaron a alguna conclusión de la causa de su partida, y a pesar de que le había roto a Arnold, todos deseaban que volvieran a estar juntos, aunque esto era casi imposible.

– Oye Arnold, creo que estas camisas que me trajiste, me quedan grandes – refiere el señor Kokoshka, que aprovecho la distracción de todos y abrió las maletas de Arnold.

– ¡Ay no Oskar!, deja ahí – sale Suzie, tomando al señor Kokoshka y quitándole la camisa que de seguro le pertenecía a Arnold.

Miles, Phil y Gertie llegaron con un gran pastel – ¡Hijo ya llegaste!, todos cooperamos y fuimos a comprarte un pastel – comenta Miles, sonriendo con entusiasmo y abrazando a su hijo.

– Todos menos Kokoshka, te lo puedo asegurar.

– Retira lo que has dicho Ernie – reclama Oskar, iniciando una pequeña disputa entre los inquilinos.

El rubio con cabeza de balón sonríe en silencio, mirando complacido a todas esas personas; amigos, parientes, todos los que siempre han formado parte de su peculiar, extraña y también única familia, sintiendo de repente la nostalgia y deseos de ya no regresar a México.

– Arnold, creo que es hora de que me lleves a casa – María toma el brazo de su jefe, y al mismo tiempo acomodo su cabeza en el hombro – a mí también me ha entrado la nostalgia.

– claro María, vamos para tu casa.

Arnold llevo a su asistente a casa y de regreso, paso por una tienda a comprar un café. Cuando arribo a casa, se dio cuenta que llegaron más invitados del vecindario, entre ellos: el señor Green, Harvey el cartero, la señora Vitello, etc. Al recorrer con la vista a todas esas personas se sintió afortunado, ya que a pesar de la distancia, era recordado con cariño en su hogar.

Pero muy en el fondo, aun sentía que faltaba algo, o más bien dicho alguien…

c – c – c – c

El fin de semana concluyo, así como el diminuto descanso de la joven escritora y el apuesto médico. La mañana del lunes comenzó fresca, nublada y con pronóstico de lluvias, dándole a los recién llegados, un delicioso amanecer.

Arnold y María se reportaron muy temprano en el hospital de especialidades de Hillwood, el cual constaba de dos edificios, uno ligeramente más alto que el otro (siendo el primero, el que correspondía al área de hospitalización; el segundo, pertenecía a la consulta externa, laboratorios, enseñanza y por supuesto el departamento de investigación)

Pasada una hora, Arnold se encontraba en la jefatura de investigación, junto con otros tres médicos, que también participaban en el trabajo de los laboratorios Carvagio.

– Bien colegas – menciona el médico encargado – como ya les hemos explicado, el fin de este estudio es comparar la efectividad del nuevo antibiótico, con las penicilinas y las cefalosporinas en la población pediátrica, y para esto necesitaremos de un grupo control – baja la vista y revisa la tabla de apuntes que trae en su mano – Doctor Shortman, según el sorteo, usted se hará cargo del grupo control.

Haciendo una mueca de fastidio, Arnold recibe en un enorme paquete, la documentación que tiene que llenar – está bien doctor Blair.

Una vez saliendo de la sala de juntas, María se acerca a su adorado jefe – Arnold, ¿Por qué pones esa cara? ¿Estás molesto por algo?

– Sabes que me gusta la investigación María, pero llevar el grupo control, pues…

– Anímate amor, tómalo como un descanso para tu cerebro, además así tienes mucho tiempo libre, y podrás trabajar con tu proyecto de México.

Afirmando con la cabeza, el rubio le sonríe a su fiel secretaria – tienes razón María, además como quiera que sea, me lo van a tomar en cuenta… y me lo van a pagar.

María toma la carpeta que sobresale del enorme paquete – Bueno cariño, será mejor empezar con esto… según los acuerdos, tenemos que reportarnos hoy en un kindergarten… veamos… la escuela de educación preescolar 116.

No muy lejos de ahí, Helga y Phoebe llevaban a sus hijos al preescolar.

– Recuerden niños, que su madre está orgullosa de ustedes, demuestren de lo que estamos hechos los Pataki – dijo Helga a sus pequeños, antes de que entraran a la escuela; sin sospechar, de que sus vidas iban a cambiar por un juego del destino.

– Si mamá – ambos niños se acercaron y le dieron un beso en cada mejilla a su madre, se despidieron de ella al escuchar la campana, y entraron corriendo a su nueva escuela, donde Lila ya los esperaba.

– ¿Crees que estarán bien? – pregunta Helga a su pelinegra amiga.

– claro Helga, tienen tu carácter fuerte y noble corazón, ¿que más pueden necesitar?

– gracias a Dios Lila esta aquí, y sé que cualquier cosa que se atraviese, la señorita perfección me va a marcar.

En el interior de la escuela, Lila llevo a los nuevos estudiantes a su aula – Niños, les quiero presentar a dos nuevos integrantes del salón, ellos son Philip y Harriet C. Pataki, son mellizos, vienen de New York y estoy segura que los harán sentir como en su casa.

– ¡me niego rotundamente a estar en el mismo salón, con esa niña! – grita Harold a los cuatro vientos, cruzándose de brazos.

Sonriendo con malicia, Harriet le muestra el pie al gordo, que en respuesta se esconde bajo de la mesita de trabajo – mamá…

– Calma niños… Phil, Harriet, ¿por qué no se sientan junto con Andy y Debbie?

Las murmuraciones se empezaron a escuchar mientras los niños se dirigían a sus asientos, ya que algunos de los niños que estaban en el salón, habían conocido a Harriet y a Phil en la pijamada en casa de Harold – Silencio niños, también recuerden que hoy vienen del hospital de especialidades, a hacerles un examen médico a todos.

Las protestas y abucheos por parte de los pequeños no se hicieron esperar; como quiera que sea, a ningún niño le gusta ir al médico.

Apenas pasaron un par de horas, cuando la directora ingreso al salón de clases de Miss Sawyer, acompañando a conocida asistente del joven médico a cargo.

Esa mujer… la he visto en algún lado, pero ¿en dónde? – se preguntaba María, observando con cuidado a Lila, quien sentía lo mismo que ella.

Esa chica de piel morena… se me hace conocida... – piensa Lila, tratando de hacer memoria, para recordar de donde conoce a la mujer, que ingreso al salón de clases, acompañando a la directora.

– ¡niños, niños, pongan atención!, les presento a la señorita Donovan, ella los va a llevar en forma ordenada hacia la enfermería, tómense todos de las manos y síganla – puntualiza la directora.

Con enormes ojos, Harriet mira a Andrew, que le extiende la mano – solo porque la maestra directora me lo pide, voy a tomar tu mano, sino nunca, jamás, jamás de los jamases lo haría, Andrew.

– eh… como digas Harriet.

Los preescolares fueron llevados hasta la puerta de entrada de la enfermería, donde había una hilera de sillas pegadas a la pared – bueno amiguitos, aquí traigo una lista con todos sus nombres, los voy a ir llamado de uno por uno, así que estén atentos para cuando los mencione; mientras que los demás esperaran sentados en esas sillas – termina de explicar la morena y entra a la enfermería.

El pequeño Harold comenzó a temblar, mordiéndose las uñas – tengo miedo… ¡yo no quiero que ese doctor me inyecte!

– calma Harold, solo nos van a tomar nuestros nombres… y nos van a ver las lenguas… y… nos van a escuchar nuestro corazón… y… – Andrew se detiene, poniendo un dedo en su boca, tratando de descifrar que tanto se hace en una revisión, pues aunque su mamá es doctora, a veces se confundía – ¿Qué más se hace en un examen médico?

– ¡Yo les voy a decir que es un examen médico! – exclama Harriet, poniéndose en pie sobre una de las sillas – el doctor les va a poner un pedazo de madera muy amarga, en sus lenguas, hasta que les dé bastante mucho asco, después les va a echar una luz muy fuerte en sus ojos para dejarlos ciegos, después de eso, la esposa del doctor o sea la enfermera, les va a quitar la camiseta/polera para que les dé mucho frio, y les van a poner una cosa de acero mucho más fría sobre su piel del pecho y cuando creen que eso fue todo, llega el doctor y dice: "te voy a dar un regalito" y terminan siendo muchísimas inyecciones.

– Todos los niños escuchaban aterrados, la espeluznante explicación de la pequeña rubia de dos coletas y moños azules, entre ellos Andy – t-tú hermana esta e-exagerando ¿verdad?

– No Andy, los doctores adoran picarte con agujas – responde el pequeño cabeza de balón, basándose en la experiencia que había vivido debido a su enfermedad y por lo visto, Harriet también se apoyaba, en la dura vida intrahospitalaria de su hermano.

La puerta de la enfermería se abrió, siendo María la responsable, llamando al primer niño – bueno niños, creo que empezaremos con… Berman, Harold.

– ¡no, yo no quiero entrar, no! – Harold empezó a llorar desesperado – ¡ese extraño doctor me va a poner miles de inyecciones!

– claro que no niño, el doctor Shortman solo… ¡NIÑO ESPERA! – Harold salió corriendo y María le siguió los pasos, persiguiendo al niño obeso y dejando la puerta abierta, desde donde salió la voz del joven doctor – ¿María…? ¿Por qué gritaste? ¿Estás ahí…? ¿María?

Harriet seguía sobre las sillas, llamando la atención de todos – ay sí, ay sí, soy el doctor "Showman" – acomoda un mechón de su cabello rubio bajo la nariz, a modo de bigote, e inicia una infantil imitación del supuesto doctor; sin percatarse que estaba siendo observada por el mencionado – mírenme todos, soy el doctor "Showman", soy el doctor que los va a inyectar a todos, porque mi mamá no me deja jugar en la computadora, mírenme.

Los compañeros de clases reían a carcajadas, por la curiosa caracterización que estaba haciendo Harriet, por lo menos hasta que una voz llamo la atención de todos – jeje mi apellido es Shortman, no "Showman" – dijo Arnold, mirando con ternura a la pequeña, que le recordaba a esa persona, cuando tenía su edad.

Al escuchar la voz detrás de ella, Harriet se giro tan rápido que tropezó con sus propios pies y termino cayendo al piso desde la silla, raspando sus codos. Levanto sus asustados ojos verdes hacia el médico, que ya había corrido junto a ella para auxiliarla, tomándola en brazos – ¡Dios mio! ¿Pequeñita estas bien?

– yo… yo… ¡BUAAAA…! – Harriet pego un enorme grito, al tiempo que abundantes lágrimas resbalaban ya por sus sonrosadas mejillas.

– Ya, ya… ya paso – ingreso de nuevo a la enfermería, con Harriet en brazos, y antes de cerrar la puerta, busco con la vista a María, sin lograr localizarla – venga señorita, le voy a curar sus heridas.

Phil y Andy cruzaron miradas – ¿hay alguna forma de asomarse a la enfermería? – pregunta Phil, sintiéndose preocupado por su hermana.

– si Phil, hay una ventana que da al patio, vamos – toma el brazo de su amigo y lo lleva hacia el exterior del edificio.

En el interior de la enfermería, Arnold ya había terminado de curar las heridas de Harriet – bueno pequeña, para terminar solo tienes que escoger las banditas para tus raspones: tenemos corazones rosas, pelotas amarillas y estrellas azules ¿Cuál quieres?

Sin responder, Harriet señala con el dedo las banditas color azul con forma de estrella.

– eso imagine… ¿sabes? el azul también es mi color favorito – con cuidado, Arnold acomoda las banditas en los codos de la niña – y dime pequeña ¿Cómo te llamas?

Harriet veía con algo de temor a Arnold y entre discretos sollozos, la niña solo se cruzo de piernas.

Los ojos verdes de Arnold se cruzaron por primera vez, con las bellas esmeraldas de Harriet. Arnold se sentía un poco inquieto con la asustada mirada de la niña, pues sus rasgos, su pequeña cabecita en forma de balón, el color de sus ojos… definitivamente esa niña le recordaba mucho a alguien, pero no ubicaba a quien – parece que a cierta personita, le comieron la lengua los ratones.

Negando enérgicamente con la cabeza, Harriet se tapa la boca, siendo inentendibles sus palabras – mm mmm mdj nm hmlr mm mmtrms

Rascando su cabeza, Arnold retiro con cuidado la mano de Harriet – tienes que hablarme sin taparte la boca, porque la verdad es que no te entiendo.

– mi mamá me dijo que no le hablara a los extraños – apenas finalizo y se volvió a tapar la boca.

– tu mamá es una mujer muy sabia… mmmh… – puso una mano en su mentón y desvió la mirada por unos segundos – Entonces me presento: soy el doctor Arnold Philip Shortman, pero tú puedes llamarme Arnold.

De nuevo, la cabecita en forma ovalada de Harriet se movió en forma de negación – mi mamá me dijo que es de mala educación, hablarles a los adultos por sus nombres suyos – vuelve a cubrir su boca con sus manitas.

Dando un suspiro, Arnold pasa una mano por los dorados cabellos de Harriet – Esta bien, dime como te sientas más cómoda… ¿tú eres?

– Harriet.

– Mucho gusto Harriet – Arnold le extiende la mano, esperando paciente a que Harriet la tomara, cosa que hizo después de un par de segundos – tienes un nombre muy bonito, ¿de qué parte de Hillwood eres?

La niña se alzo de hombros – no sé.

– quiero decir, que me platiques en que vecindario vives.

Jugando con sus manitas, Harriet bajo la mirada y se volvió a alzar de hombros – no lo sé.

– Eres de aquí ¿cierto?

– mi mamá y mi hermano y yo nos mudamos de New York.

La puerta se abrió de repente en el consultorio, siendo María junto con Lila, las que ingresaron, llevando a Harold de la mano y casi remolcado – ¿Arnold?

– ¿Lila? – El rubio se quedo sorprendido al ver a la pelirroja entrar junto con María – ¡Lila que gusto me da verte!

– Estoy segura que encontrarte aquí, sí que es una verdadera sorpresa, Arnold – Lila y Arnold se abrazaron, delante de los ojos celosos de María.

Pasando en medio de los dos, María comienza a regañar al cabeza de balón – ¡Arnold! Te dije que me esperaras, ¿qué hace esta niña en el consultorio?

La gran felicidad que le dio a Lila por ver a su amigo de la infancia, se esfumo de inmediato, cuando vio que Arnold había estado platicando a solas con Harriet, su hija – este… no se preocupen… yo… ¡Harriet ven conmigo! – toma a la pequeña en brazos y está a punto de salir cuando la voz de Arnold la detiene.

– ¿Podemos empezar con ella, María? solo es cuestión de localizar sus datos, su nombre es Harriet – Sin saber a ciencia cierta la razón, Arnold quería seguir conviviendo con la pequeña de ojos verdes.

María se dispuso a localizar el nombre de Harriet en sus documentos, cuando Lila le arrebata la tabla a la morena, tirando algunas hojas al piso – oh perdón, permíteme te ayudo.

– ¿Pero qué rayos te pasa pelirroja? – María se inclina a ordenar sus documentos.

– ¿Lila estas bien? Te veo un poco pálida – Arnold se acerca a ella, mientras que la pelirroja rápido se puso de pie, poniendo detrás de ella a la pequeña niña.

– Arnold no tengo nada, solo que necesito que la niña me acompañe… porque… es nueva y aun no está registrada.

Poniendo una mano en su nuca, Arnold entiende lo dicho por su amiga – bueno, eso es cierto, Harriet me acaba de decir que llego junto con su mamá de New York.

– ¿a-ah sí?... ¿s-solo te dijo eso v-verdad?

El nerviosismo de Lila, ya era bastante evidente como para que Arnold no lo notara – Lila, en serio te…

Con los celos hasta el cielo, María interrumpe a los viejos amigos – ¡Arnold! Tienes que decidirte ahora, tenemos muchos niños por delante y sabes que esto va para largo… o te apuras o te apuras, no hay de otra.

– Discúlpame María – baja la vista hacia Harriet, que permanece oculta detrás de Lila, fijando su mirada en su nuevo "amigo". Mete la mano a una bolsa de su bata y saca una paleta de caramelo sabor limón – toma Harriet, nos veremos después.

Lentamente, en el rostro de Harriet se dibujo una sonrisa. Una sonrisa que dejo a Arnold con una sensación de felicidad plena, una dicha tan pura, que tenía tiempo no experimentaba; inclusive podría jurar que jamás se había sentido así, aunque no entendía la razón exacta del porque se sentía de esa manera – gracias señor doctor Shortman.

Asustada, Lila salió corriendo con la niña en brazos, regreso a su salón de clases y tomo el teléfono celular, marcando uno de los números guardados – si soy yo… ¡Dios mio ni sé como decírtelo…! Arnold está aquí… si aquí… en el kindergarten… y ya conoció a Harriet…

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ConTinUarA...

Dios mio, Arnold ha conocido a su hija… ¡Y no la reconoció! (a pesar de que tiene sus ojos, y el mismo cabeza de balón sienta que la niña le recuerda a alguien) si que es un obtuso ese cabeza de balón. Lila esta al borde de la histeria... ¿A quien le habrá marcado? ¿Le habrá marcado… a Helga?

Por otra parte, la pobre rubia va a tener que soportar a la insoportable de Anne Lois, aunque a estas alturas, eso es lo que menos debe preocupar a la rubia.

Una vez más, les mando un enorme agradecimiento a los que siguen mi Fic, disculpen las faltas de ortografia que encuentren (menos, claro esta, las escritas a proposito para el dialogo infantil).

MaRyMoRaNTe:)