¡FELIZ AÑO 2012!
Hola a todos, este capitulo es mi regalo de año nuevo y espero les guste :)
Agradezco los reviews de ekida, master.-helga, Anillus, SandraPullman-Pataki, letifiesta, Datyi, Ritsuko-nee, isabel20, Mimi Star, rickhunter17, Melody of Perdition, darkangel1326, paulaGramirez los cuales no voy a poder responder mas que por MP (después, claro esta) Sigan disfrutando del primer dia del año y ya saben mis mejores deseos.
Disclaimer: Hey Arnold y sus personajes son propiedad de Nickelodeon y Craig Bartlett. A excepcion de los creados por mí para este fanfic.
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EL EFECTO DEL SOL DE MEDIANOCHE
Papá Shortman
– Aquí tiene su ensalada, señorita.
– mmmh… gracias – responde María, rodando los ojos hacia la puerta principal del restaurante, después baja la vista a su celular y de nuevo marca el número de Arnold – Arnold por Dios ¿Dónde te metiste?
Cuando María llego al laboratorio, el personal de guardia le comento que hacía tiempo el Dr. Shortman se había marchado. En el piso de pediatría, la enfermera encargada le confirmo que el pequeño Philip Gerald Pataki había sido dado de alta, y que en ningún instante había visto al Dr. Shortman. Todo esto la tranquilizo y se fue con calma a la cena de gala, donde creía que Arnold la estaba esperando, sin saber que el rubio estaba en el área de urgencias pediátricas.
– Señorita, le manda el caballero de aquella mesa – le indica el mesero, al tiempo de entregarle un papel, doblado a la mitad.
"¿Dónde diablos está ese idiota del doctor Shortman? ¿Cómo vas con el asunto que nos concierne a todos? Necesitamos que continúe con lo que estaba haciendo en México… o lo convences tú por las buenas… o sabrás de lo que soy capaz"
María levanto los ojos y vio al médico que le mando el mensaje, doblo el papel y lo acerco a la lumbre de una pequeña vela, dejándolo sobre el plato vacio de la ensalada para que se terminara de consumir. La joven morena se puso de pie y decidió que era hora de irse a casa; esos sujetos la estaban haciendo sentirse incomoda y sin Arnold cerca, desconocía hasta que punto podían llegar.
Antes de atravesar la puerta principal, una persona se acerco a ella por atrás y la tomo del brazo con rudeza – no se te olvide, linda María – fue lo único que dijo antes de soltarla y desaparecer entre las sombras.
– Arnold, espero me perdones por esto – pensó María y abriendo su paraguas, se fue rumbo a su vehículo, que había sido traído por el valet parking.
–…y se contar hasta el veinte, y también se escribir la mayoría de las letras del abede… adecebedaaario, además… – volteo en varias direcciones, y con cuidado tomo el oído de Arnold para susurrarle – no le vayas a decir a Harriet que te dije, pero a mí me sale mucho mejor el número ocho dibujado.
Arnold escuchaba encantado, las infantiles platicas de su recién reconocido hijo (a tal grado, que no sentia el vibrar de su celular, que intencionalmente habia silenciado) A Phil lo tenía sentado en las piernas y de vez en cuando, le daba un furtivo beso en la frente o en la mejilla, acariciaba sus alborotados cabellos castaños o le daba uno que otro abrazo, aunque ya lo tuviera en su regazo – prometo no decirle nada a Harriet – le dijo con una tierna sonrisa.
– gracias papá, se enojaría mucho conmigo si se entera – respondió Philip, dándole un pequeño abrazo.
Esa palabra tan simple, y quizás tan común para la mayoría de las personas, hacia brincar de gusto al corazón de Arnold; sentía como si tuviera un pequeño colibrí dentro del mismo – ¿no quieres abrir el juguete que Harriet te compro?
– Solo si mi mamá me da permiso, no quiero que se enoje – le dijo Phil, mirando fijamente a su padre.
Al escuchar esto, Arnold sintió que aquella felicidad que lo embargaba, se transformaba en una amarga pena. Levanto la vista y la dirigió en dirección del cubículo donde aún permanecían Harriet, Phoebe y por supuesto Helga. Sintió que su corazón se congelaba y una fuerte rabia lo invadía de a poco. Cualquier cosa o problema que hubiesen tenido, no sería jamás justificante para que ella le privara de sus hijos, y eso era algo que tal vez nunca le perdonaría.
De repente y como si con el pensamiento la estuviera llamando, Helga abrió la puerta y se asomo, cruzando miradas con él.
– Harriet quiere ver… – queda en silencio por un instante, evitando la mirada de Arnold – Harriet quiere ver a su papá… Gerald.
El moreno se giro hacia Arnold y viceversa, observándolo con reserva y discretamente preocupado. Lentamente Gerald se puso de pie, dispuesto a acudir al llamado de su "hija adoptiva". No obstante a esto, Philip tomo con fuerza la mano de Arnold y dando un brinco desde su regazo, lo jalo hacia donde se encontraba Helga – Te equivocas mamá, es a mi papá a quien quiere ver.
Helga enmudeció, al igual que el resto de las personas que ahí esperaban. La rubia, al ver a su pequeño hijo tan decidido, (además de notar toda esa felicidad, en su carita) no tuvo más remedio que hacerse a un lado, para que el mencionado pudiera pasar.
– ¡Señor doctor Shortman! – Grito la menor al verlo, y se acerco a la orilla de la mesa de exploración, abriendo sus brazos – ¡quieren inyectarme y yo no quiero!
El rubio pronto se acerco a ella, y aprovechando que esta le extendía sus brazos, la rodeo en un gentil y fraternal abrazo, soltando de nuevo un gran grupo de lagrimas – nena… discúlpame… no sabía que eras alérgica a las fresas.
Una vez más, pudo percibir el dulce olor a vainilla que ahora desprendían los mechones dorados de la pequeña, sintiendo ternura al pensar que los mellizos compartían el mismo shampoo. Harriet por su parte, empezó a sentir su mejilla humedecida y como reflejo, se separo de él lo suficiente, para ser testigo del llanto de su padre – No… no llore señor doctor Shortman por favor… si me voy a dejar inyectar, pero no llore.
Abrazándola de nuevo, Arnold intento controlarse una vez más, pues la preocupación que le causaba a su hija el verlo llorar, a tal grado de dejarse inyectar para evitarlo; le conmovía de sobremanera – gracias pequeña, snif… te lo agradezco… te quiero mucho.
Phoebe veía la conmovedora escena al igual que la rubia, y ninguna se animaba a interrumpirla, con todo y el disgusto que la misma les causaba – acomódate cariño, solo es un piquetito – le dice Helga, desviando la vista hacia Phoebe.
– No te preocupes Harriet, a mi me han picado muchas veces y estoy bien – le confirma el hermano.
Con mucho miedo, Harriet se desabrocho su overol y se acostó, pero antes de que Phoebe le bajara la parte del pantalón, miro a Arnold con seriedad – no me vea mis pompas, señor doctor Shortman.
Arnold esbozo una gran sonrisa – no amor, yo mejor esperare afuera.
– ¡NO! – Harriet sujeto su mano con fuerza – tengo miedo quédese, pero no me vea mis pompas.
Helga esperaba recargada en la puerta, cruzada de brazos y sintiéndose incómodamente ajena a todo lo que estaban pasando sus propios hijos. Tener tan cerca a Arnold realmente la perturbaba. Seguramente él había estado charlando con Philip de muchas cosas, y la manera tan dulce de como abrazo a Harriet, la inquietaba. Como quiera que sea ¿Cómo actuaria el cabeza de balón después de todo esto? se preguntaba – Phoebe ¿ya terminaste?
– Si Helga – acomoda de nuevo el overol de Harriet – ya nena tranquila.
– Snif… estoy bien tía Phoebe, snif – responde, sobando el lugar de la inyección y tratando de contener el llanto – no me dolió tanto.
– Me alegro cariño – Phoebe sintió como una mano la tomaba de la muñeca.
– Espero que estés mejor hija, ven conmigo Phoebe, necesito hablar contigo – Helga jala a la oriental y la saca del cubículo, para llevarla a otro que se encontraba algo retirado.
Mientras, Phil se acerco a Harriet y le hablo en voz baja – ¿Por qué le dices "señor doctor Shortman"? ¿Qué no sabes quién es él?
Harriet que seguía acostada, elevo ojos al cielo – Ay Philip, claro que se quien es, es el doctor de la escuela, amigo de la maestra y de Makena… la niña esa te manda saludos por cierto.
– Gracias – el niño bajo la mirada y la volvió a elevar hacia Arnold – ¿en serio no sabes quién es? ¿No te recuerda a alguien ese señor?
La pequeña negó enérgicamente con la cabeza – ¿Qué rayos me quieres decir Philip? ¡Criminal! se más entendido, porque no te entiendo.
– Phil, creo que yo debería ser… – Arnold trato de adelantarse a las intenciones del niño, pero era demasiado tarde; Phil se acerco al oído de su hermana y le susurro la impactante verdad.
En cuanto a Harriet, antes que nada miro molesta a su hermano, pero al ver que este no mentía, desvió sus ojos verdes hacia Arnold, observándolo con detenimiento por un largo rato, hasta que ella misma rompió el silencio – no puede ser, si eso fuera verdad Philip, él… –de nuevo quedo en silencio, al comparar los rasgos de su hermano con los de Arnold – pues si se parecen… pero él tiene a su enfermera, o ¿Por qué esa señora te estaba besando, eh? – se sienta rápido, acomodando manos a la cintura y frunciendo el ceño.
– ¿besando? – Phil miro desconcertado a su padre, sin entender muy bien lo que decía su hermana.
Un repentino sentimiento de culpa llego a él – No ella, bueno es… ella es una amiga… una buena amiga, pero no es mi esposa.
En el otro cubículo, Helga estaba al borde de la histeria, dando vueltas en círculos – a ver Phoebe, estoy sintiendo que mi cabeza va a estallar… pero empecemos por el principio ¿desde cuándo tú sabes…?
Antes de terminar la pregunta, la joven oriental le respondió – Lo siento muchísimo Helga, Arnold fue nombrado doctor del kindergarten, pero nunca pensé que llegaría aquí.
– ¿¡QUE! ¿Arnold ha estado en el kindergarten con mis hijos?
Afirmando con la cabeza, Phoebe continuo – Veras, cuando lo vi en el congreso de Chicago, él era parte de los médicos extranjeros y supuse que regresaría a México, no que…
– ¿Lo viste en Chicago la semana pasada? ¡Criminal Pheb's! ¿¡Cuándo pensabas decírmelo!
– Helga, yo pensé que lo mejor era que no lo supieras.
La rubia llevo ambas manos a su rostro, de ahí las dirigió a sus dorados cabellos, poso los ojos en un lavabo que tenía el cubículo y se acerco a este, para mojarse la cara. No le preocupaba su aspecto, o su maquillaje, o si la playera/polera quedaría arruinada por no remojarla a tiempo para retirarle los restos de comida, solo quería refrescarse para asimilarlo todo – Por cierto Phoebe… en realidad te preguntaba sobre la enfermedad de Bob.
Abriendo enormes los ojos, Phoebe se encogió de hombros – oh… ups, jeje.
El silencio continuaba en el cubículo, donde Arnold permanecía con sus hijos – ¿es verdad o es mentira tuya Philip Gerald Pataki?
– Philip Gerald Pataki… que bonito nombre – pensó Arnold, y con algo de inseguridad, se aproximo a Harriet y cogió su mano. No sabía a ciencia cierta cómo iba a reaccionar, y conociéndola como lo había estado haciendo días atrás, estaba al tanto de su personalidad Pataki. Temía averiguar qué tan mal lo tomaría, pero su hija necesitaba saberlo – Es cierto Harriet, yo soy tu papá de verdad.
Al principio, la niña bajo la mirada y se mantuvo en silencio. Su boca se abrió en algunas ocasiones pero de igual forma la cerraba, analizando la nueva y reveladora noticia.
– ¿Por qué no me lo dijo antes, señor doctor Shortman?
– Nena… yo… – El rubio no sabía cómo responder a esta pregunta, le daba vergüenza el hecho de que sus hijos si sabían de él, mientras que él desconocía de su existencia – perdóname hija.
– mmmh… pruébalo y dele un beso a mi mamá.
– ¡Harriet! No puedes pedirle a mi papá que pruebe que es mi papá, mi mamá te va a regañar.
– ¡Es todo Phoebe!, voy a tomar a mis hijos y me voy a ir a… a tu casa – antes de salir del cubículo, Helga miro con el entrecejo fruncido a la oriental – ya hablaremos de esto.
– ¡Helga espera! – La rubia salió rápido del pequeño consultorio, dejándola con la palabra en la boca – lo siento mucho Hel.
Helga se dirigió con temor, al cubículo donde la aguardaban sus hijos – ¡rayos Helga! Arnold está ahí con tus hijos ¿y eso qué? Yo soy Helga, Helga G. Pataki. Pude con un embarazo gemelar sola y aun así logre publicar un exitoso libro de poesía y he sabido enfrentar una demanda, junto con la enfermedad de mi bebé.
Deteniéndose a unos cuantos pasos de la puerta, Helga miro a las personas que la estaban esperando. Bob, Miriam, Olga con su esposo David y Gerald junto a su hijo Andrew. La rubia sonrió, frunció el ceño y apretó los puños – Me prepare mentalmente para este momento, y no hay nada para lo que no esté lista – y dando pasos decididos, abrió la puerta del cubículo y entro.
Quizás Helga si estaba preparada para escuchar gritos, reclamos, malas caras, amenazas, e inclusive algún intento de golpe por parte de Arnold, pero jamás habría pasado por su mente, el recibimiento del cabeza de balón.
– Harriet, dice tu tía Phoebe que con la inyección… – Antes de que entendiera lo que estaba pasando, Arnold la había tomado de su delineada cintura y con impaciencia, le dio un forzoso beso en la boca, dejándola sin aliento, con un fino temblor, y con una indescriptible sensación en sus labios. Su sorpresa fue tal, que nunca habría adivinado la duración de ese inesperado beso.
– Esto… no se acaba aquí, Pataki – le dice en un susurro tan cerca, que Helga casi pudo percibir el movimiento de los labios de él, sobre los suyos, así como el intercambio de alientos; hecho que estuvo a punto de arrebatarle un discreto suspiro que seguramente, no era de amor (o por lo menos, creía estar segura de eso)
El pequeño Phil levanto su mentón, mirando orgulloso a su hermana – ¿ves que si es mi papá? – Le acerca un banco a Harriet y le ayuda a bajarse – ¿ahora si me crees a mí y le crees a mi papá?
Antes de dirigirse a sus hijos, Arnold le sostuvo una congeladora mirada a Helga, estremeciendo de nuevo a la pelirrubia. La atención de Arnold se desvió hacia su mano derecha, al sentir unos pequeños deditos tomando los suyos – señor doctor… Shortman… ¿es real usted?
La menor, veía con reserva al rubio cabeza de balón; este se arrodillo y con cariño la acerco para sí – si princesa, soy tu papi de verdad.
– Ah – respondió la pequeña y ambos se abrazaron, pero Arnold sintió que la niña lo hacía en forma superficial. Harriet pronto se soltó y se aproximo a Helga – ¿mami ya nos vamos? Quiero cenar con papá Gerald, ¡me prometió crepas con zarzamoras!
– ¡sí, tengo hambre! – Phil se acerco a Helga, pero tomando la mano de su padre – ¿a qué hora nos vamos?
De nueva cuenta, Arnold levanto su vista hacia Helga – a la hora que quieras, hijo – respondió viéndola directo a los ojos, lanzándole una mirada llena de cólera al tiempo que sujetaba con fuerza la mano de su hijo. Hasta Helga reconocía el contenido de ese rostro, sabía que Arnold no pensaba separarse de sus hijos. Y aunque los niños no lo sintieran, el ambiente dentro del pequeño consultorio era demasiado denso.
Helga aun no sabía porque Arnold la había besado de esa forma tan espontanea cuando entro, pero todavía mostraba un pequeño temblor en su cuerpo por la sensación que le dejo el volver a tocar los suaves y gruesos labios del rubio. Se puso lo más derecha posible, saco su mejor rostro de seguridad y le hablo a Arnold – mis hijos han pasado por mucho este día, cabeza de… – se detiene antes de terminar su conocida frase, y ve la forma de las pequeñas cabezas de sus hijos – Arnold.
Antes de responder, el rubio se inclina y toma en brazos a Philip, dándole un beso en su mejilla – Tú decides Pataki… irnos juntos o irme por mi lado, pero te aseguro… que no me pienso ir solo… – finalizo y abrazo con fuerza a su hijo sin dejar de observarla.
En realidad, Arnold sentía mucha rabia por dentro, y estaba convencido que esto no se lo iba a perdonar jamás a Helga; pero también comprendía que por ahora no podía hacer una escena, por lo menos no delante de los niños.
– mamá, tengo hambre – ahora es Harriet quien le habla, tomando su playera/polera – ¿nos vamos?
– ¿Qué diablos quieres aquí Arnoldo? Con esas ínfulas de "yo soy mejor que tú", vistiendo ese costoso traje italiano color negro, y ese maldito porte que te hace ver tan atractivo… un momento, ¿yo pensé eso? – se pregunto Helga, bajando su mirada para ver su arrugada ropa, con manchas de comida.
– ¡Yo no dije que era atractivo! – Exclamo Helga en un grito, sin percatarse de que estaba hablando sola, y llamando la atención de las personas que esperaban afuera. De inmediato, Bob Pataki entro a la habitación, seguido de Gerald y David – ¿todo está bien aquí? – pregunta el gran Bob, fijando la vista en Arnold.
– Estamos todos bien abuelito – interviene Phil – ya tenemos a mi papá, y yo y mi hermana les demostramos a esos idiotas matasanos que nos recuperamos y no nos vencieron ¿verdad mamá? – cuestiona el niño, rodeando con sus bracitos el cuello de su padre.
De repente, todas las miradas estaban sobre Helga, quien a su vez, había quedado boquiabierta.
– ¿idiotas matasanos? – pregunta Phoebe detrás de Helga y con cierto tono de ironía, todo indicaba que había escuchado las palabras de Philip.
– bueno yo, ¿Quién sabe en donde habrá escuchado eso? Jejeje estos niños de ahora – dice Helga tratando de librarse de aquello; sin embargo, el hijo de Gerald interviene.
– pero tía Helga, anoche nos dijiste que si cenábamos bien, les demostraríamos mmmh… – rápidamente, Helga se apresuro hacia el niño y le tapo la boca – N-no Andy como crees, y-yo te dije que cenaras bien, solo eso – finaliza con una sonrisa nerviosa.
Gerald aprovecho la distracción y se acerco a Arnold – viejo, creo que por hoy ha sido suficiente.
– Gerald, ¿estás tratando de decirme…? – Ambos voltearon a ver al niño, que estaba quedándose dormido en los brazos del rubio – ¿estás tratando de decirme, lo que creo que quieres decirme? – menciono en voz baja.
Después de un suspiro, el moreno también bajo el tono de su voz – Arnold, ¿en serio quieres tener un enfrentamiento ahorita? Piensa en los niños.
Arnold recorrió la pequeña habitación, que ahora estaba llena de gente – está bien Gerald, pero seguiré de cerca a Helga para saber donde vive.
– Es lo mejor que puedes hacer por ahora Alfred – le comenta Bob, en tono serio.
– ¿papá, no vendrás con nosotros? – Pregunta Phil, restregando sus ojitos y recargando su ovalada cabeza en el hombro de su padre – ¿A dónde vas?
– Los llevare a casa pequeño, yo tengo algunos pendientes que atender – lo abraza con ternura y se encamina a la salida con Philip en brazos. Antes de salir, siente un peso extra en una pierna.
– ¡No, no se vaya señor doctor Shortman! Me deje inyectar – dice Harriet, abrazando la pierna del rubio y soltando alguna lágrima – me deje inyectar y me dolió, no se vaya.
La situación no podía ser menos favorecedora para Helga; pero como alguna vez lo dijo, por sus hijos era capaz de cualquier cosa y sentía que le debía algo a Harriet – amor, este… él nos va a acompañar a casa y… – exhala un suspiro, y medita sus palabras antes de continuar – mañana lo verán saliendo de la escuela.
– ¡SÍ! – Fue el grito de los niños, y después de brincar de los brazos de Arnold; Phil, y Harriet junto con Andy, salieron corriendo del pequeño cuarto – venga rápido señor doctor Shortman, le voy a enseñar mis juguetes.
Sin mirar a su alrededor, Arnold salió del cuarto para acompañar a los niños.
– Bueno Helga, será mejor que nos retiremos, Olga necesita descansar – le dice su cuñado David, apoyando su mano en el vientre de Olga.
Olga le da un abrazo a Helga – Tienes mi número Hel, por si las cosas se salen de control – le susurra cerca del oído.
Bob se acerca a su hija menor – Helga, quisiera que vayas a casa cuando tengas tiempo. Vámonos Miriam, la niña va a estar bien.
– Hasta pronto cariño, cuida bien de mis nietos – Miriam se despide de Helga, dándole un abrazo – si necesitas algo, puedes marcarnos a la hora que sea.
– si Miriam, gracias – Helga rueda los ojos hacia Phoebe y Gerald. El moreno pasa una mano a su nuca y se acerca a la rubia – se supone que tu hija los compro, o por lo menos eso cree Harriet – le extiende el ramo de rosas, junto con el juguete.
– Gracias – los tres quedan en silencio y así se dirige al estacionamiento, donde Phoebe y Helga abordan su automóvil y antes de irse, Gerald se acerco a su hijo y le pidió que guiara a Arnold a la casa.
– De todas formas, voy a manejar detrás de ustedes – confirmo Arnold.
El moreno solo asintió y se fue con Phoebe, ya que su coche seguía en el taller.
– ¡Demonios, esto no me puede estar pasando! ¿Cómo rayos llego este idiota a Hillwood? Se supone que debería de seguir viviendo en México, ¿Qué les voy a decir a los niños ahora? ¡Criminal! Esto debe ser una pesadilla – ese era el pensamiento de Helga durante el trayecto, siguiendo de cerca el automóvil clásico del cabeza de balón.
En el Ford Mustang '65 de Arnold, se desarrollaba una animada plática infantil, que a la vez, revelaba más de lo que la rubia hubiese querido – mi mamá me dijo que íbamos a estar viviendo con mi tío Gerald y la tía Phoebe, hasta que mejorara la situación ecoanímica.
– ¿mejorara la situación económica? – Pregunta Arnold con cierta molestia – ¿Qué tan mal esta su situación económica? – cuestiona de nuevo, enarcando una ceja y viendo a su hijo por el retrovisor.
El pequeño cabeza de balón se encoje de hombros – no lo sé, mi mamá nos dijo que no podía pagar los medicamentos de mi enfermedad y que por eso nos mudamos de New York. Pero a mí no me molesta, mientras mi mamá este con nosotros, todo ha estado bien, así que puedes estar tranquilo papá, porque yo también la he cuidado, además que los tíos Gerald y Phoebe son muy amables, y me hice un nuevo mejor amigo – Andy al escuchar esto, se volvió hacia Phil e hicieron su saludo con los dedos.
– ya tiene su propio saludo, definitivamente Phil se parece a mí – analizo por un instante con enorme sonrisa. Pero a pesar de las tiernas palabras de Phil, Arnold no se sentía tan convencido. Es decir, sus hijos, de los que no conocía su existencia, ¿han estado viviendo de "arrimados" con los Johanssen? ¿El niño ha estado enfermo y Helga no tenia para su tratamiento? Y él, su padre, dándose la gran vida y teniendo esas jugosas cuentas bancarias mientras que sus propios hijos, esos adorables y tiernos pequeñitos, estaban padeciendo. ¿Pues qué rayos pasaba por la cabeza de Helga? se preguntaba – y dime princesa, ¿tú también estas a gusto con los Johanssen?
Al no recibir respuesta, Arnold vio a la niña por el retrovisor y se percato de que esta, mantenía sus ojos soñadores sobre el pequeño Andrew, quien iba en el asiento del copiloto para que le diera las indicaciones. No pudo evitar esbozar una sonrisa, al entender cuál era la pequeña "prioridad" de su hija.
– Harriet, tu papá te dijo una pregunta – le dice Andy, que se volteo al ver que ella no respondió.
La niña frunció el entrecejo y se cruzo de brazos, haciendo un ligero puchero – ¿y a ti quien te pregunto? niño cabellos de esponja.
Phil y Andy se vieron entre sí, para después alzarse de hombros – si Harriet, lo que digas.
– Como me lo suponía, es igualita a ella – fue la idea que llego a la ovalada cabeza de Arnold.
Al fin, la caravana de coches llego a la residencia Johanssen – es la casa azul, señor papá de Phil y de Harriet.
– Gracias Andy, eres un niño muy listo y también muy agradable – lleva su mano a los encrespados cabellos del hijo de Gerald y los revuelve – me dio mucho gusto conocerte.
– A mi también señor – se quita el cinturón y baja del auto, al igual que Phil, pero Harriet no puede desabrocharse.
– Permíteme amor – Arnold rodea a la pequeña y le ayuda – listo, el broche se había atorado.
Despacio, la menor desciende del coche, baja la vista y comienza a jugar con sus manos demostrando un poco de timidez – señor doctor Shortman ¿me podría cargar usted?
La sonrisa no cabía en el rostro de Arnold, con cuidado se inclino y tomo en brazos a Harriet – ¿así princesa?
La niña asintió y rodeo el cuello de Arnold, recargando su cabeza en el hombro – Andy me dijo que huelías muy rico y si cierto, hueles como a cosas limpias.
– Gracias hija – el rubio hundió su redondeada nariz en el cuello de Harriet, y pudo percibir otro aroma, que era como a talco de bebé – tu también hueles bonito como a bebé, porque eres mi preciosa bebé.
– mph, mph – Arnold eleva sus ojos y ve que Helga esta delante de él, con las manos en la cintura – ¿terminaste? Es tarde, cabeza de… – da un suspiro y continua – Es tarde Arnoldo, mis hijos no pueden brincarse la hora del sueño, además que no han cenado.
Cada interlocutor, tenía una mirada de inmenso odio sobre el otro. Phoebe tomo el brazo de Gerald y lo empujo hacia ellos – ¿Quién quiere crepas con zarzamoras? – el moreno les cuestiono a los niños.
– ¡Yo! ¡Yo quiero, yo! – Arnold bajo a Harriet, quien se unió a su hermano y a Andrew, y siguieron en un jolgorio de alegría a Gerald.
– Helga, te esperamos adentro – dijo Phoebe, sin quitar la vista ceñuda de Arnold.
Una vez que quedaron solos, Arnold se aproximo serio a la furiosa rubia, recibiéndolo con una fuerte bofetada.
PAFF
– Esto es por el beso, cabeza de balón – pasa el antebrazo sobre sus labios, como si se estuviera limpiando el beso de Arnold.
Aun con la cabeza volteada por el golpe, Arnold sonrió en forma sarcástica – ouch, sí que golpeas duro Pataki – toma su recién golpeada mejilla y se acerco más a Helga, retándola con la mirada – y no te preocupes, no pienso besarte.
– ¿Por qué Arnold? ¿Por qué regresaste ahora que las cosas estaban bien?
– ¿¡Las cosas están bien! ¿BIEN? – elevo los brazos y puso ambas manos tras su nuca, apreciando el firmamento nocturno, como si las oscuras nubes le fueran a dar la respuesta – Philip me dijo que no tienen casa, Pataki… ¡Por amor al cielo Helga, viven de arrimados con Gerald y Phoebe! Apenas te alcanza para los tratamientos de mi hijo.
Después del reclamo, la rubia dirigió sus zafiros hacia la ventana, y distinguió las siluetas de dos pequeños espías cabezas de balón – quieres bajar la voz, mis hijos nos están vigilando.
Acortando más la distancia, Arnold abrazo en forma sorpresiva a Helga para hablarle en el oído – también son mis hijos Pataki, que no se te olvide.
Esa voz tan profunda y fría, el embriagante aroma a perfume francés, el suave y cálido aliento alrededor de su cuello, y la gran cercanía que tenía con el cuerpo de Arnold, en serio tensaban a Helga, que una vez más se petrifico y de nueva cuenta no supo cómo reaccionar.
– mamá, mi tío Gerald ya hizo las crepas con zarzamora y crema batida, vamos papá – les interrumpe Phil, abriendo la puerta de golpe.
– Esto no termina aquí Pataki – le vuelve a hablar en la cercanía y se separa para dirigirse al niño – Lo siento mucho pequeñito, pero papá tiene algo que hacer.
– Pero… ¿mañana vas a ir por nosotros a la escuela verdad? – interroga Phil.
Arrodillándose para quedar a su nivel, Arnold le mueve sus alborotados cabellos y le da un tierno beso en la frente – claro que si hombrecito, ahí estaré.
– Adiós señor doctor Shortman – le dice Harriet, que corrió a la entrada, con crema batida en sus labios.
Mojando su dedo pulgar, Arnold retiro la crema batida de Harriet – nos vemos mañana princesa – le da también un beso en la frente, se puso de pie y camino a su automóvil sin voltear a ver a Helga.
Los niños entraron felices a la residencia Johanssen, pues el entusiasmo de conocer a su padre y saber que al día siguiente lo verían de nuevo, los llenaba de dicha. Helga en cambio permaneció de pie, en la oscura noche y bajo la suave llovizna que empezaba a caer.
– ¿Helga, estas bien? ¿Piensas hacer algo al respecto? – le cuestiona Phoebe, llegando junto a ella con un paraguas.
– Con respecto a Arnold, no se… pero mañana tendré que ajustar cuentas con una persona.
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Durante la noche, Helga apenas dormito una hora, antes de que la mañana la sorprendiera. Se levanto temprano, llevo a sus pequeños al kindergarten, y fue al banco para revisar el depósito de ese mes, antes de irse al trabajo.
– ¿¡Donde diablos se encuentra esa Pataki! Son las 9:40 y aun no ha llegado, es una malagradecida – gritaba Anne Lois a los cuatro vientos.
– Susan, ¿todavía no te contesta Helga?
– No Betty, y la bruja esta histérica. Compadezco a nuestra amiga rubia cuando llegue.
Inesperadamente, Susan y Beatriz escucharon la voz de Helga a sus espaldas– ¿compadecerme? ¿Por qué Susan?
– ¡Helga! Gracias a Dios has llegado pero ¿y tu uniforme de almacén? – cuestiona la pelirroja de Beatriz.
– Cierto Helga, ¿Qué estás loca? de por sí que la bruja ya se dio cuenta de que llegaste tarde, ahora Anne Lois va a matarte cuando te vea vestida de vendedora – comenta la morena, preocupada.
Enarcando una ceja, Helga aprieta los puños – la que va a morir hoy, es otra – apenas finalizo y como mera coincidencia, la "bruja de las novias" entro al almacén.
– Así que aquí te encuentras, rubia engreída. Llegas tarde, esto te lo voy a descontar… – enmudece unos segundos, al ver la vestimenta de Helga – vaya, vaya, pero que atrevida andas hoy tonta rubia… ya veo a quien salió tu hija malcriada.
En un brusco movimiento, Helga se giro hacia la Anne Lois y tomo el cuello de su blusa – puedes insultarme, humillarme, decirme todo lo que se te venga en gana estúpida niña consentida, pero meterte con mi hija y hablar mal de ella, fue una malísima idea.
Lo siguiente que vio Anne Lois, fue el violento encuentro de los cinco vengadores con su rostro, seguido de una lluvia de estrellas multicolor para finalmente, perder la conciencia.
– ¡PERO HELGA! ¿Qué has hecho?– espeta Betty a gritos, viendo a la rubia que se tronaba los nudillos – Anne Lois te va a despedir.
– No le voy a dar el gusto amiga, con esto presento mi formal renuncia – se acomoda el vestido al igual que la coleta de su pelo, y sale del almacén para ir directo a la caja registradora.
– Helga, ¿estás segura de lo que haces? – Le insiste Susan – Tu hijo está enfermo y puede que necesites el dinero.
– Se los agradezco mucho chicas, pero no podía quedarme con los brazos cruzados, esa idiota se metió con mi hija, y nadie se mete con Harriet Cecil Pataki sin recibir su merecido – se apoya en la barra de la caja registradora, y alcanza la caja que contenía los restos de la cajita musical que supuestamente, Harriet rompió.
– trescientos dólares… – Helga permanece en silencio, con la vista fija en la caja de cartón y de reojo, nota un impreso que esta adherido al vidrio de la barra.
– "Línea de maquillajes 'Honey Moon', invita a las damas a participar en el certamen de belleza, que se llevara a cabo el último fin de semana del mes, en las instalaciones del teatro circular. Tu puedes ser la ganadora de un contrato exclusivo más 10,000 dólares para que te compres lo que tú quieras. Anímate" – Helga cruza miradas con sus amigas y continua – "Como requisito, es necesario presentar fotos de estudio, de cuerpo entero y de rostro…"
– Quédate con el panfleto Helga – le dice la gran Patty, que sin querer, había escuchado todo y de la cual Helga no había percibido su presencia – y tal vez esto te pueda ayudar, es una sesión de fotos gratuita y quién sabe, quizás tengas una oportunidad de ganar algo extra.
La gran Patty le entrego a Helga un certificado para una sesión simple de fotos – Gracias Patty, pero no se…
– Creo que cumples con el perfil, "it girl" – le da un pequeño golpe en el hombro, en señal de apoyo.
Desde el almacén, sale Anne Lois, despeinada y con un enorme ojo morado – ¡PATAKI! ¡Estas despedida! ¿Me escuchaste? ¡DESPEDIDA!
Si prestar mayor atención a la enloquecida joven, Helga se abrazo de Patty – Gracias Patty, lo pensare.
– Sabes que Helga, yo también renuncio – expone Susan, tomando la pequeña placa con su nombre y entregándosela a Anne Lois, haciéndola enfurecer más. La morena se acerca a Helga y la toma del brazo – ¿Qué? Yo también quiero participar en el certamen, siempre quise ser modelo.
– Estoy segura de que lo lograran y me uniría a ustedes, pero necesito el dinero – comento Betty, recibiendo muestras de gratitud por el apoyo, de parte de Helga y Susan.
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Al otro lado de la ciudad, Arnold llego temprano al nosocomio, reviso los pendientes y puso a los residentes de medicina interna a trabajar en sus labores, mientras que él salió del hospital.
María apresuro el paso, para encontrarse en el lugar que Arnold le dijo por celular – No entiendo que pasa, Arnold nunca pone a otras personas a realizar su trabajo, él siempre ha sido responsable – entra veloz al enorme centro comercial y ve salir al rubio de una tienda.
– ¡Arnold, Arnold! – la morena corrió, agitando una mano para llamar su atención.
– Hola María, me da gusto que vinieras, dime ¿te gusta esta muñeca o esta otra?
La joven asistente de Arnold, abrió grande los ojos – ¿A esto es a lo que te has dedicado toda la mañana? ¿A comprar juguetes? ¡Arnold, se que eres pediatra, pero…! – María quedo estática, pues solo podía existir una explicación lógica por la que Arnold comprara todos esos juguetes de niño y de niña – Arnold… ¿acaso ya sabes de tus…?
Como reflejo, Arnold frunció el entrecejo y se dirigió cortante a María – ¿Es que acaso tu ya lo sabías, María?
Aun en shock, María cae en cuenta de que abrió la boca de más – No bueno, tal vez… es que en realidad…
– María, dime la verdad – le exige el rubio, tomándola de los hombros.
La morena baja la cabeza – si Arnold, pero yo pensé que tal vez, esa mujer se había metido con otro hombre con cabeza en forma de balón… por eso no te dije nada, en serio.
Entrecerrando los ojos y juntando las cejas, Arnold miro a María – ¿lo dices en serio? ¡Maldita sea, María! Si los niños son iguales a mí, tienen… – levanta sus manos y las comienza a mover en el aire, a la altura de la cabeza – tienen la forma de mi cabeza de balón, y si eso no fuera suficiente, los niños tienen cinco años… el tiempo que tiene desde... tu sabes.
Un empleado de la tienda donde salió Arnold, se aproximo a él – señor, me podría repetir sus datos.
– oh sí, permítame le entrego mi tarjeta, ahí viene el domicilio y por favor, no lo entreguen antes de las tres de la tarde.
El empleado tomo la tarjeta de presentación de Arnold, y se regreso a la tienda, dejándolos solos. María acorto distancia con el rubio y lo rodeo del cuello – Arnold mi amor, entiende tú no estás listo para la paternidad, y te puedo jurar que esa rubia hará todo lo que este a su alcance para volver a alejarlos de ti.
– ¿A qué te refieres exactamente?
La sonrisa maliciosa de María, demostraba que se le ocurría una despiadada idea – cariño, si esa mujer tuvo el corazón para quitarte a tus hijos; ahora que sabes de ellos, Helga no dudara en volver a esconderlos con tal de que no los veas, solo es cuestión de días, quizás horas para que vuelva a escapar como la cobarde que es.
– No… Dios no puedo vivir sin ellos María, tenemos que hacer algo.
Complacida, la morena tomo la mejilla de Arnold y le dio un pequeño beso – tu déjalo en mis manos amor, los papeles van a cambiar – acaricio su mejilla una vez más, y se alejo de él.
Cabe decir, que Arnold no entendió muy bien cuando María dijo "los papeles van a cambiar" pero en realidad no quería pensar en ello. El pasaría por sus hijos al kindergarten y tendría una maravillosa tarde con ellos, y así fue. Cuando fue por ellos a la escuela, Harriet y Phil lo esperaban junto con Helga, quien solo hizo una mueca al verlo.
– Pataki.
– ¿Qué hay Shortman?
– ¡Papá! ¡Señor doctor Shortman!
– ¿nos vamos niños? – un par de sonrisas, con piezas dentarias faltantes, fue la respuesta que Arnold obtuvo y los tres se fueron a su coche.
– ¡Arnold espera!
Con indiferencia, Arnold se gira hacia la rubia – ¿sí?
Los ojos de Helga se posaron en las caritas de sus hijos – que lleguen antes de las siete, Philip también es alérgico a las fresas, y por ahora no puede comer helado.
– Pero mamá – exclama Phil, molesto y cruzándose de brazos, demostrando parte de su herencia Pataki.
– Nada de peros Philip, sino te van a volver a inyectar y para que te lo veas que te cuidamos, yo no voy a comer helado tampoco – menciona Harriet, puliendo su lado Shortman al mostrar preocupación por su hermano.
Ambos padres sonrieron y sin querer, cruzaron miradas – este… nos vemos a las siete.
– Cuídalos mucho ¿quieres? – responde Helga, bajando la mirada.
Ante la respuesta afirmativa por parte de Arnold, este arranco y se fue, dejando a la pelirrubia afuera del kindergarten.
– Estas haciendo lo correcto, Helga – le comenta la pelirroja, que permaneció a cierta distancia.
Abrazándose a sí misma, Helga se dirige a Lila – No lo sé Lila, no lo sé.
La tarde padre e hijos fue una increíble y nueva experiencia, tanto para Arnold como para los niños. Phil se acercaba a él, cada vez con más confianza, mientras que Harriet aun guardaba cierta distancia, situación que Arnold no paso por alto; sin embargo, supuso que solo tenía que darle tiempo a la niña para que se acostumbrara a él, y dejara de decirle "señor doctor Shortman". Empero a esto, la niña tenía sus momentos de "amor paternal"; como pedirle que le ajustara sus zapatos, que la cargara para alcanzar algún objeto, o que ella misma repitiera la acción de limpiar su rostro, mojando su pequeño dedo pulgar y pasándolo sobre sus labios, para retirar el excedente del algodón de azúcar de su padre.
Dieron las siete y media, y Arnold junto con los niños arribaron a la residencia Johanssen, siendo las fuertes risas lo que anunciaron su llegada. Los niños llevaban algunos de los regalos que Arnold les había comprado, y los tres traían su rostro pintado con figuras infantiles.
Antes de tocar la puerta, esta fue abierta por Phoebe, recorrió a los tres con rostro serio y fijo sus ojos en Arnold – niños, entren a la casa – dijo en tono de mando.
– tía Phoebe, déjanos que entre mi papa ¿sí? – solicito el pequeño.
– Entren a la casa – volvió a insistir la oriental en voz alta, con cara de pocos amigos.
Harriet y Phil abrazaron con fuerza sus regalos y entraron corriendo a la casa – mira Phoebe, si es por haber llegado tarde, la culpa es mía.
– Helga quiere hablar contigo – le dice sin más, cerrando la puerta en su cara.
La extraña actuación de Phoebe desconcertó un poco a Arnold, pero recordó la forma como lo encaro en el congreso y supuso que esa reacción, era de esperarse. Se abrió la puerta y Helga bajo el pórtico, empujando bruscamente a Arnold con una mano – ¡eres un maldito desgraciado! ¿Lo sabías?
Esta acción tomo por sorpresa al rubio – ¿y tú me lo dices a mí? – respondió aun mas enojado que ella, en tono acido – ¿a qué se deben tus "dulces palabras", Pataki?
– Debí verlo venir, ¡Como siempre solo te preocupas por ti y no piensas en nadie más! Pero nunca creí que serias capaz de arrastrar a los niños en esto… pensé que los querías un poco… o aunque sea te simpatizaban.
– ¡Rayos Helga! No sé de qué me estás hablando ¡amo a esos niños, son mis hijos! Y a pesar de lo que pienses, no quiero meterlos en nuestros asuntos.
La rubia apretó los dientes, arrugo la frente y acerco su rostro al de Arnold – creo que esto refrescara tu memoria, cabeza de balón – termina y le enseña un papel notariado.
Con algo de desconfianza, Arnold tomo el papel que le estaba mostrando y lee en voz alta – "Suprema Corte de Hillwood, Washington D.C. De acuerdo al código de lo civil y en base a las leyes del estado de Washington, se extiende el siguiente citatorio para presentarse el día de mañana a las 8:00 am, a la ciudadana Helga Geraldine Pataki, para responder a la demanda efectuada por el abogado del ciudadano Arnold Philip Shortman, sobre el cuidado y la custodia permanente de los menores Philip Gerald Pataki y Harriet Cecil Pataki…" ¿Demanda de custodia? Pero si yo no… – abriendo grande los ojos, recuerda las palabras de María – ay no…
Fuera de sí, Helga le grito a Arnold – ¡Eres un desgraciado! ¡Me quieres quitar a mis hijos! ¡MIS HIJOS! pero no creas que me voy a quedar con los brazos cruzados – sube el pórtico y de un fuerte golpe cierra la puerta.
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ConTinUarA...
La interacción entre Arnold y Helga es demasiado intensa. Cada uno siente algún grado de desprecio por su contraparte, cosa que intentaron disimular delante de los pequeños; pero ahora, María ha hecho algo que creara más caos entre ellos. ¿Qué pasara ahora que Helga y Arnold acudan a los tribunales? ¿Quién conservara la custodia de los niños?
Por otro lado, la rubia le ha dado su merecido a Anne Lois, sin saber que probablemente no sea la última vez que sepa de ella.
El que quiera ver la escena del beso, la subí a mi cuenta de DevAT :)
De nueva cuenta, quiero externar mis sinceros deseos de dicha y prosperidad, a todos aquellos que detienen un instante sus actividades, para leer estas humildes líneas. Les mando un abrazo.
MaRyMoRaNTe:)
