¡Sorpresa!
Mary Morante les pide un millón de disculpas. Creanme que he leído todos sus reviews, y me han dado los ánimos necesarios para crear este capitulo.
Siento mucho la tardanza, intentare no volver a hacerlo, pero recuerden que mi profesión me ha absorbido mucho (de algo tengo que vivir)
Disclaimer: Hey Arnold y sus personajes son propiedad de Nickelodeon y Craig Bartlett. A excepción de los creados por mí para este fanfic.
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EL EFECTO DEL SOL DE MEDIANOCHE
En la Mira
– ¡Hey Alan! – el rubio alzo la voz, para demostrar su presencia.
Al escuchar la masculina voz, Helga y Alan se separaron de golpe, ambos elevaron la vista y notaron que ya no estaban solos. Por supuesto, la rubia se molesto, fue presa de los nervios y quedo estupefacta, todo al mismo tiempo – A-Arnold, pero… ¿cómo convenció a los niños? – se cuestionaba Helga.
Arnold descendió las escalinatas, cuyo final es la parte inferior del refinado estudio fotográfico; tomado de la mano de Harriet y con la otra cargando el saco a sus espaldas – que gusto me da verte, ¿hace cuánto tiempo que no coincidíamos?
– ¿Arnold? – al ver la pequeña compañía con la que llego, Alan abrió grandes los ojos. El pequeño Phil corrió hacia su mamá, sin embargo, antes de llegar con Helga se detuvo frente al desconocido, que la había estado abrazando – Hola, mi nombre es Philip Gerald Pataki ¿usted quién es? ¿cómo conoce a mi mamá?
Enarcando una ceja, Alan volvió la vista al frente. Ahora Arnold esta parado delante de él, extendiéndole la mano de forma "amistosa" – hola Arnold – le toma la mano con fuerza, sintiendo la sombría y simulada mirada, que el recién llegado le transmitía, oculta tras una cortina de cortesía – veo que vienes acompañado – expresa Alan.
– ¿Usted señor, también conoce al señor doctor Shortman? – a un costado, escucha el genio de la lente – porque él es el señor doctor de la escuela.
Siendo una persona bastante inteligente, el apuesto Alan Redmond sentía que algo no encajaba. Era más que obvio que los pequeños eran hijos de Helga y Arnold, pero ¿por qué no llevaban su apellido Shortman? (el pequeño se ha presentado como un Pataki) ¿por qué la niña se refería a él como "señor doctor Shortman"?. Tal parecía, que era como si Arnold fuese alguien ajeno en sus vidas. Y sobre todo ¿por qué Helga tendría que pedirle un favor a él?, seguramente el rubio, siendo médico especialista, no tendría ningún problema en solventar los caprichos, de la hermosa mujer.
No, algo definitivamente se le estaba escapando de las manos ¿pero qué era?, sea lo que fuera, él lo descubriría – si, si lo conozco pequeña, y estoy encantado de conocerte, ¿tú eres…?
– Mmmh… – con timidez, baja la vista y coge de nuevo la mano de su padre, antes de responder – Harriet Cecil Pataki.
– ¿Qué te pasa, Helga? – habla Arnold, con amargura mal fingida – ¿no me vas a saludar?
Helga da un paso hacia atrás, lleva manos a la cintura con ceño fruncido, se inclina hacia el pequeño Phil y con cuidado lo abraza para cargarlo (ignorando a Arnold todo el tiempo) – parece que te han comido la lengua los ratones – insiste el doctor Shortman.
– N-no me pasa nada melenudo, es solo que… – fija la vista hacia el niño en sus brazos – realmente NO esperaba encontrarlos aquí, ¿a que se debe esta inesperada sorpresa, Philip Gerald Pataki?
– Oh no, mi nombre completo… – asustado, Phil posa los ojos en sus pequeñas manos – b-bueno, es que mi papá quiere que pus… vayamos todos juntos por mantecado, los cuatro.
– ¡Philip dice la verdad mamá!, todo, todito fue idea del señor doctor Shortman ¿no estás emocionada? – comenta Harriet con gran sonrisa y Helga baja a su hijo – él nos convenció de que estarías muy feliz también.
– Claro que esta feliz – sisea Arnold cerca del oído de Helga, caminando alrededor de ella, como un feroz lobo intimidando a su presa. Helga da un respingo y pasa un amargo trago de saliva, al ver esa seductora y fría mirada sobre ella, que sin molestarse en disimular, la recorría de pies a cabeza, sintiendo su respiración casi a flor de piel, con una irresistible media sonrisa en sus labios, que de a pronto fue cambiada por una mueca de disgusto – o por lo menos, estabas muy alegre cuando llegamos.
– Mph, mph, disculpen – Alan se acerca a Helga, rodea su espalda y la jalá hacia él, como si la rescatara de Arnold – pero tenemos una sesión de fotos que empezar.
– ¡Oh es verdad, las fotos! – Arnold eleva una mano a su frente, como si realmente supiera de que están hablando – siento decirles esto niños, pero tendremos que ir nosotros solos por ese mantecado.
Pronto la reacción no se hizo esperar, y los pequeños Pataki abordaron a su madre con infinidad de quejas – ¡no, no, vamos mamá, anda vamos, la tropa Pataki no ha hecho nada desde que llegamos, vamos tenemos hambre, vamos!
Antes de lo pensado, Helga estaba siendo abrazada por sus mellizos, cada uno a un costado y con tierna mirada de suplica – ¡niños, niños, basta ya, me van a tirar! – una vez que la sueltan, elevan con tristeza sus caritas, provocándole fuertes sentimientos de culpa. Helga se hinca, para poder quedar a su nivel – bebés… entiendan que esto es muy importante, necesito quedarme aquí y prometo que se los compensaré, pero por ahora… – eleva el ceño fruncido hacia Arnold – Arnoldo los cuidará.
– Esta bien mamá – dicen al unísono, suspirando decepcionados.
Con triste sonrisa, Helga abraza fuerte a sus hijos – recuerden que los amo mucho, mis vidas – besa a cada uno en la mejilla.
– Nosotros también te amamos mamá – los dos le obsequian un beso a Helga, y cuando esta se levanta, siente que un fuerte brazo la rodea de la cintura, siendo impulsada hacia el pecho de esa persona, cuyo semblante no es muy amistoso, por así decirlo.
Ahogando un quejido, Helga siente como Arnold primero juega con sus labios, rozando de forma insistente, el lápiz labial de la pelirrubia – recuerda cariño… que cualquier conducta inmoral – habla entre susurros, con varonil y seductora voz. Le da un pequeño beso y enfoca sus furiosos ojos verdes, en los asustados zafiros de Helga – me dará la custodia permanente…
– ¿C-custodia p-permanente? – esa afirmación, le hizo pasar por alto el beso de Arnold.
Vuelve a rozar sus labios, la suelta y se gira hacia sus hijos – vámonos, que se nos hace tarde – dice con voz fuerte.
– ¡Ya vamos papá! – menciona Phil, pero antes de subir la escalinata, ve al desconocido amigo de su mamá – adiós señor, mucho gusto.
Alan solo alzo la mano, despidiéndose del niño – así que tienes hijos ¿eh Helga? – le pregunta una vez que salen, viéndola de reojo – y por lo que veo, también tienes marido.
Apretando los puños, aun tensa por la amenaza legal que Arnold le dio, Helga acorta distancias con Alan – ¡jamás me voy a dejar amedrentar por un estúpido cabeza de balón! y para tú información: él NO es Ni será mi esposo NUNCA – lo toma de las solapas de su finísimo saco – y si vuelves a decir una tontería así, te voy a borrar esa sonrisa estúpida de la boca.
– ¿Cuál sonrisa? – pasa un dedo por el relieve de sus labios, silenciando a Helga – ¿está?
– ¿P-pero que haces? – la rubia da unos pasos hacia atrás, tapando su boca.
– Te removieron el maquillaje, preciosa – le sonríe insolente – solo estaba arreglándolo un poco.
Aun con la boca cubierta, Helga retrocede, sintiendo escalofríos por volver a sentir un estímulo en sus labios – y-yo me voy… a retocar, vengo enseguida – gira sobre sus talones, y va directo a los camerinos.
– Así que no es tú marido, mi dulce Geraldine, mmmh… – se regresa y empieza a empotrar su cámara – y los niños se apellidan Pataki, que interesante. Veremos que tan cierto es el viejo dicho: "en la guerra y en el amor, todo se vale" – termina de ajustar las lentes – tomate el tiempo que quieras, querida mía – expresa con voz alzada – yo aquí te estaré esperando.
c – c – c – c
Afuera del estudio fotográfico, Arnold en serio estaba furioso. En vez de dejar una clara advertencia en ella, o marcar su "territorio" delante de Alan, termino por despertar al monstruo de los celos.
Si tan solo lo hubiera sabido, jamás la habría besado.
– ¡Maldición! – realmente estaba de pésimo humor –¡grrrr!
Por dentro, maldecía el día que la besó (él a ella) por primera vez en la jungla; porque en ese lluvioso y frío día, sus suaves y cálidos labios despertarían en él una fuerte adicción: a su sabor, a la sensación de su piel en la boca, a un fuerte deseo de propiedad, y desde ese momento (sin saberlo) no permitiría que nadie más tocase, lo que en ese país extranjero acababa de declarar como suyo.
Aunque Arnold y Helga no fueron novios todo el tiempo, en ese preciso momento, se había autodeclarado dueño de sus labios, de sus sentimientos, de toda ella.
Y ahora, dejarla con Alan Redmond, lo consideraba el peor de sus errores. Él conocía muy bien el pasado que ambos compartían (en su pubertad, Alan tuvo y aprovecho su oportunidad con Helga), y por la mirada que Alan sostuvo durante su fugaz visita, se percato de los claros intereses, que aún tenía para la bella Pataki; lo que a su vez, le revolvía el estomago.
Los niños observaban en silencio, como su padre daba vueltas en círculos, maldiciendo por lo debajo y peinando sus cabellos hacia atrás, una y otra vez. Cruzaron miradas un instante, siendo Phil quien se planta delante de él, interrumpiendo sus quejas internas – ¿papá? ¿y nuestro mantecado?
– ¿El mantecado? – Arnold sacude su cabeza, aquella rabia que sentía lo distrajo de tal suerte, que había olvidado la promesa de sus hijos. En ese instante, recapacito sus acciones, pues aunque quisiera continuar con su amargura, no podía expresarse de esa manera, delante de ellos – ¡es cierto! vamos a subirnos al… ¡HEY! ¡ALEJATE!
Un hombre desaliñado, con lentes de aviador, estaba intentando abrir el coche de Arnold. No obstante, por ser un modelo antiguo, no pudo forzar el seguro de manera "electrónica". Al ser descubierto, pronto soltó una especie de decodificador que llevaba en sus manos y huyo presuroso, siendo seguido por Arnold – ¡vuelve aquí rufián!
– ¡SEÑOR DOCTOR SHORTMAN! ¡PAPÁ!
Al escuchar el llamado de sus hijos, Arnold tuvo que detener su carrera – ¡los niños! – se regresa y los ve junto al carro, asustados – ¿están bien? – se arrodilla.
– ¿Qué fue eso? – Harriet se abraza de su hermano – tengo miedo, señor doctor Shortman.
– No se preocupen – los abraza con la intención de calmarlos, frotando sus espaldas – les prometo que los protegeré – alza la vista y ve que dentro del vehículo, están las flores que su padre le dio a Harriet – ¿será que querían llevárselas? – niega con la cabeza – no, no estamos en San Lorenzo.
Baja la vista y coge el aparato, cuyas características externas le recordaba una Palm antigua. Se incorpora y saca las llaves del auto – ya niños tranquilos, vayamos por ese mantecado que les prometí.
Ambos se entusiasmaron con la idea del mantecado, dejando atrás, el miedo provocado por ese extraño, que quiso entrar al coche de su padre – ¡sí señor Shortman! quiero un mantecado de vainilla.
– ¡Y yo de chocolate! – afirma Phil con gusto. Arnold abre el vehículo y los pequeños suben presurosos. Antes de ingresar, Arnold dirige su mirada en dirección hacia donde huyo el misterioso sujeto. Pone el auto en marcha, sin percatarse que media cuadra detrás de ellos, otro vehículo hace lo mismo, pisándoles los talones.
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Llegan al centro comercial, de la zona más acaudalada de Hillwood, el mismo donde días atrás, Helga había estado laborando, para desconocimiento de Arnold – ¿Harriet, vas a sacar las flores del abuelo?
– Sí señor doctor Shortman, no quiero perderlas de vista.
– Ah ya – asintió, sintiéndose extrañamente preocupado por las inofensivas flores, que ahora la menor portaba orgullosa en la bolsa de su overol, a nivel del pecho.
Ya en el enorme mall, ambos niños corrieron y entraron a la primera heladería que divisaron, la cual esta junto al más prestigioso restaurante de la zona. Antes de entrar a buscarlos, Arnold reconoce a una pequeña que solloza en silencio, junto a la puerta de dicho restaurante – ¿Makena?
– ¿Señor Shortman? – rápido seca sus ojos – ¿q-qué hace aquí?
– Bueno yo… – suspira y pasa una mano por sus cabellos. Si bien recordaba, Makena desconoce que es padre de Harriet, y ahora le causaba conflicto tal explicación a una menor de cinco años – vine con Harriet y con Phil a tomar un mantecado – soltó sin más, con la esperanza de no tener que esclarecer mucho, mientras pensaba como decir semejante noticia – ¿donde están tus padres?
Como si hubiera partido cebollas, los ojos color miel parduscos se llenaron de lágrimas. Hipando, Makena señalo al interior del restaurante – están discutiendo.
Siguiendo el dedo de la niña, Arnold pudo ver a través de los enormes ventanales, a un hombre vestido de chef, alegar con una hermosa joven, de cabello castaño. Enarca una ceja y entiende la razón del porque la encontró así – ¿gustas acompañarnos? – la invita para animarla. Al final de cuentas, él estaría al tanto, vigilando los cristales de la heladería, por si sus padres salen a buscarla.
La duda se presento en principio, pues no quería hacer enojar a su madre (si se perdía de su vista). Pero oír de buena fuente, que Philip estaba a unos pasos de ella, y sobre todo, que existía la posibilidad de compartir un mantecado con él, le dibujo una gran sonrisa en su rostro – ¡sí señor Shortman! – toma la mano de Arnold – sí quiero gracias.
– De nada pequeña – Arnold y Makena entraron al local, y Harriet ya lo aguardaba con desespero – ¡apúrese señor doctor…! ¿Makena?
– Hola Harriet – le habla a la rubia, pero sus ojos están fijos en el niño castaño – ho-hola Phil.
Philip estaba tan distraído, viendo las imágenes del menú en las pantallas promocionales, que no notó la nueva compañía de su padre – ¿eh? ah sí… tú… ¿Malina cierto?
Esta confusión, despertó la molestia en la otrora castaña – ¡Makena!, tonto niño cabeza de zepelín – aprieta la mano de Arnold.
Bastante avergonzado por el descuido, Phil eleva los azulados ojos a su padre, y Arnold siente que la escena le resulta bastante familiar – vamos niños no peleen, Philip discúlpate con Makena.
– Lo siento Makena – el niño baja la vista y al ver de reojo las flores de Harriet, rápido coge una y se la entrega – toma.
– ¡Hey! – Harriet pone manos en la cintura – esa flor me la dio mi nuevo abuelito a mí, Philip Gerald Pataki.
– Si pero… – rueda la vista a la castaña, que se gira escondiendo la flor a sus espaldas, sospechando que Harriet quisiera arrebatársela – Makena estaba triste, y las flores alegran a las niñas ¿verdad papá?
– ¿Papá? – un momento – Makena entrecerró los ojos, analizando a Phil y a Harriet – ¿el señor Shortman… es tu papá Phil? – rueda la vista hacia Arnold y Harriet – y ustedes son hermanos ¿no? o sea… ¿cómo? ¿del mismo papá?
– ¡Es cierto, es cierto! – Harriet emocionada la rodea de los hombros y la pone frente a Arnold – te presento a mi nuevo señor doctor papá Shortman – dice con orgullo.
Ante el rostro confundido de la niña, Arnold se arrodillo – es… algo difícil de explicar – lleva una mano a su nuca – pero sí, soy el papá de Harriet y Philip.
Todavía desconcertada, Makena asintió discretamente – ¿por qué no van pidiendo una especialidad de helado? – les anima Arnold, con la idea de cambiar el tema.
Los tres pequeños le secundaron y con emoción, Harriet tomo la mano de su amiga y la llevo con la dependiente – oye Phil – le habla a su hijo, tocándole el hombro.
– ¿Sí papá?
Una risa casi infantil salió de los labios de Arnold, pues aunque no estaba completamente seguro, esa fuerte interacción entre Phil y Makena le recordó sus tormentosos inicios con Helga, en especial, después de que la niña se enojara por no recordar su nombre, y como su rostro cambio casi en automático, al recibir de Phil la flor de "sol de medianoche", tiñendo las mejillas de la niña, todavía húmedas por el olvidado llanto – solo… ten paciencia con las niñas ¿quieres?, en especial con Makena.
En su interior, el apuesto médico sabía que Phil era muy pequeño, para poder charlar con él respecto a las chicas, y si era sincero consigo mismo, esperaba que el infante Shortman no fuera tan denso, como lo fue él durante muchos años – mmmh esta bien – Phil se encoge de hombros y se pone a un lado de las niñas. Al tener tal cercanía, Makena toco el hombro opuesto de Phil, él se giro y al no ver a nadie, dirigido sus bellas orbes azules a la amiga de su hermana, quien toscamente le reto – ¿qué quieres?
– No, nada – tan pronto como volteo, Phil ordeno un especial de chocolate, mientras que Makena junto sus manos, contemplando al niño a su lado, con discreta sonrisa.
– ¿Será posible? – pensó, riendo por dentro y apoyando una mano en la frente. Sí, definitivamente los Shortman tenían una maldición con las mujeres, una que solo se ha brincado la generación de su padre, ya que tanto él como su abuelo, fueron "atrapados" por un tipo de chica bastante peculiar, y ahora posiblemente su hijo correría con la misma… ¿"suerte" se le podría decir?
– ¿Van a ordenar algo más señor? – la voz de la cajera lo vuelve a la realidad. Baja la vista y ve a Harriet con un vaso de mantecado de vainilla, en tanto Phil y Makena esperan su pedido – oh si, me da una malteada de fresa por favor.
Los cuatro se sentaron cerca de la entrada. Arnold vigilaba de vez en cuando el ventanal, para no perder de vista a los padres de Makena, no quería que se preocuparan por ella – esta flor es muy bonita – dice la niña, suspirando y comiendo su helado – y hoele muy rico.
– ¡Es una flor mágica! – afirma Harriet, levantándose en el asiento, sujetando con entusiasmo su "sol de medianoche" – si la escondes en la oscuridad y le echas un foco, ¡brilla solita!
Makena busca la confirmación de Phil, quien apoya a su hermana – ¡WOW! es mágica – acuna la flor tornasol y la pega a su rostro.
– ¡MAKENA! ¡¿dónde diantres estás?! – la hermosa mujer castaña sale del restaurante, gritando a todo pulmón el nombre de la niña. Al verla, la mencionada se congelo, encogiéndose en su asiento con la esperanza de no ser vista – diantres no, horita no.
Esta acción no paso desapercibida por la familia Shortman, los tres cruzaron miradas y Arnold levanto la mano, llamando la atención del chef que salió tras la mujer, localizando a su hija – ¡Makena por Dios! pensé que te habías ido otra vez – eleva la vista y le extiende la mano a Arnold – disculpen si la niña los molesto.
– Para nada – Arnold le da la mano al chef – ella es amiguita de mis hijos Phil y Harriet, cursan juntos en el preescolar 116.
– Mucho gusto, mi nombre es Joseph Golher y soy el padre de Makena – la abraza – bebé, es hora de irnos, tu madre esta muy irritada – le entrega un infantil bolso de un personaje animado – toma.
Con susto, Harriet señala a la mujer que los espera en la entrada del local – ¿ella es tú mamá? – la pequeña castaña asiente, y Harriet baja la vista, observando la flor que aun conserva – necesitarás más magia – le extiende su flor.
La niña no puede evitar sonreír con gratitud, ante el gesto de su nueva mejor amiga – gracias Harriet – con cuidado, abre el pequeño bolso y guarda ambas flores.
– ¡Por todos los Santos, Joseph, Makena! no tengo todo el día – impaciente, la joven les muestra a los dos su reloj de pulsera.
El hombre de negra cabellera y ojos verdes toma a su hija en brazos – será mejor no hacer enojar más a tu mamá, despídete de tus amiguitos – se gira y Makena sacude su manita desde el hombro de su padre – Adiós Harriet, adiós señor papá Shortman… adiós Phil.
Extrañado por la pregunta de su hija, Arnold se inclina hacia ella – ¿conoces a esa señora?
La menor quedo unos segundos en silencio, primero negó con la cabeza, pero después se retracto y afirmo despacio – ella… ¡quiero la cereza! – rápido arrebata la cereza del postre de su hermano.
– ¡Hey! ¡esa cereza era mía! – sin pensarlo, Phil le jala una de sus coletas, molesto.
– ¡NO! ¡me jalaste mi cabellito! – responde lanzando un puñetazo con "ramona".
De inmediato, Arnold se levanto y los separo – ¡hey tranquilos! – toma la cereza que estaba sobre su crema batida (cerciorándose de que no contenga restos de fresa) y se la da a Philip – aquí hay otra cereza, no tienen que pelearse.
El niño le saco la lengua a Harriet, y ella abrió grande la boca, introduciendo la cereza con descaro frente a sus ojos – oye Philip – los dos voltearon a su padre – er… la primera vez que viste a Makena ¿hubo algo en su vestimenta, que te haya llamado la atención?
Por unos segundos, Phil recargo su cabeza en la mano, masticando de forma graciosa su cereza – ¡sus bolitas del pelo! ¡parecen canicas! – hizo la seña, como si tuviera una pequeña canica imaginaria en sus dedos.
– ¡Es verdad! – Harriet junta sus manos, imitando el movimiento de su hermano – no lo había notado.
– Ajá – Arnold apoya los codos en la mesa – ¿y se lo mencionaste?
– Sí ¿por qué?
Un palmazo en la cara, seguida de una sincera sonrisa, fue la respuesta de Arnold – solo tenía curiosidad – tal vez, esto no confirmaba sus sospechas, pero si su intuición era cierta, podía imaginar el resultado a corto, mediano y quizás largo plazo – vamos a casa, ya es hora de la comida.
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– ¡Demonios Alan!, si no hubiéramos ido a ese tonto centro comercial, ya habríamos terminado – se queja Helga, vistiendo un sensual traje de baño con estampado tropical y una apertura al costado.
– Helga, Helga, Helga – suelta la cámara, se acerca a la rubia y toma su mano (que portaba un sombrero playero) – si me hubieses aclarado desde un principio, que estas fotos eran para el concurso de "Honey Moon" habríamos ahorrado mucho tiempo – le pone el sombrero y se lo ajusta – las fotos de cuerpo entero y del rostro te sirven como presentación, pero los jueces normalmente buscan más allá de un simple vestido de noche.
Con el peor de sus gestos, la rubia asiente y se acomoda el sombrero a su gusto, pero él lo regresa a su lugar – no te muevas Geraldine, necesito iluminación en esta parte de tu cara – le sonríe y pellizca con ternura su nariz, encendiendo el rostro de la rubia.
Feliz por la reacción de Helga, Alan se regresa, la enfoca con su lente – sonríe preciosa, la cámara no te comerá – toma una foto.
– Te pagaré – aclara Helga.
– ¿Pagarme? – Alan río divertido, y se aproximo a una lámpara del estudio – que jocosa Geraldine, jajaja me matas.
– No estoy bromeando idiota – el castaño regresa a su cámara y le toma otra foto – te pagaré por la ropa… y la comida.
Como ambos tardaron en la selección de ropas para Helga, Alan compro comida para llevar en un lujoso restaurante y ambos comieron en el estudio, pues Alan quería tomarse su tiempo, para fotografiar a su máxima musa – tómalos como un obsequio mi estimada Geraldine – camina hacia ella y acomoda sus delgados brazos, para verse más natural – solo recuerda, que conmigo no te haría falta nada – esto se lo susurra cerca del rostro, cruzando sus hermosos ojos castaños, con los profundos mares de Helga.
Esta nueva declaración, le pone los ojos como platos y la boca discretamente abierta a Helga – ¿acaso él acaba de…?
– Preciosa Geraldine, ¿podrías sonreír para la lente? – le da una seductora sonrisa, antes de disparar con la cámara – perfecto, esta foto será para mi colección privada – se dijo para sus adentros, pues en está imagen, Helga se mostraba sorprendida y tímida por sus palabras – ahora vete a cambiar amor, que todavía faltan muchas fotografías.
Nerviosa, Helga se levanta y va a los camerinos – ya vengo.
– Estaré esperando con ansias, querida mía.
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Ya de vuelta en casa, Arnold empezó a preparar los alimentos – les voy a hacer mi especialidad mexicana niños, espero les agrade.
– ¡NO! ¡queremos jugar! – ambos niños jalaron los brazos de su padre, retirándolo de la mesa de la cocina.
– ¿Qué no tienen hambre? – la respuesta negativa de ambos, indico a Arnold que los dos estaban llenos de azúcar – creo que no debí llevarlos a esa heladería.
– ¡Voy a construir un fuerte! – Phil lo soltó, corrió y subió las escaleras.
– ¡Yo voy por maquillaje y joyas! – Harriet también lo soltó y se fue detrás de su hermano.
– Y yo – ve los ingredientes del caldo tlalpeño, que va a preparar – continuare con la comida.
Apenas iba a cortar las verduras, cuando escucha unos pasitos detrás de él. Se vuelve y ve a Harriet cargando dos cajas (enormes para ella) – venga, venga, doctor Shortman, es hora del maquillaje.
– Jajaja ¿maquillaje? – limpia el cuchillo y lo deja fuera de su alcance, se inclina y la ayuda a subirse en la silla – corazón, pero si yo no se nada de maquillaje ¿cómo te voy a maquillar?
Entretenida, Harriet abrió las cajas de los cosméticos – jijiji pero si yo no me voy a maquillar, señor doctor jijiji.
– ¿Entonces? – elevando las cejas, Arnold se levanta de la silla – ah no, no, no lo vas a hacer.
La menor frunció su ceño, cerro los puños y dio una gran bocanada de aire, Después inflo los cachetes, apretó los ojos y se dispuso a aguantar la respiración. En principio, Arnold no entendía todas esas acciones, pero cuando vio que las mejillas de Harriet se ponían coloradas, recordó ese tipo de rabietas que hacían algunos de sus pacientes, una muy peligrosa – ¡hey no! ¡no hagas eso, respira normal!
La niña negó con la cabeza – ¡Harriet, te ordeno que no aguantes la respiración!
De nuevo, Harriet le dio una respuesta negativa y sus mejillas aumentaron de coloración. La pequeña rubia abrió los ojos y mostró signos de mareo – ¡está bien, está bien! – su padre la sujeto de los hombros, para que no cayera de la silla – respira por favor.
Esas fueron las palabras mágicas, para que la niña recuperara el oxígeno. Sintiéndose mejor, Harriet fijo la vista en Arnold y sonrío con picardía – me voy a arrepentir de esto – pensaba el pobre rubio cabeza de balón.
– A ver, haga la boca así – Harriet hace la clásica "boca de pato". Sin más remedio, Arnold imita el gesto y la niña le aplica una generosa cantidad de lápiz labial – mmmh, no, creo que es mucho, habrá que quitarle un poco.
El rubio solo suspiro y rodó los ojos – aquí tengo unas servilletas – extendió la mano para alcanzarlas, pero unas pequeñas manos en sus mejillas, lo obligaron a mirar a su hija. Harriet acerco su boquita, otorgándole un fugaz y superficial beso a su padre – ¡mua! ahora si esta perfecto… veamos que más hay aquí… – con emoción, la rubia de dos coletas siguió buscando entre los cosméticos de Helga.
Taciturno, Arnold parpadeo un par de veces, hasta que comprendió el pequeño milagro que había pasado. Su pequeña y adorable hija, le acababa de dar uno de los regalos más hermosos, que cualquier padre amoroso atesoraría de su princesa.
El casto e inocente beso que Harriet le obsequio, fue como un anestésico para Arnold Shortman; pronto dejo a un lado las protestas internas, mientras la infante hace con su rostro lo que quiera.
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– Buenas tardes… – Gerald enarca una ceja y rasca su cabeza, confundido – disculpe señora, pensé que era casa de la familia Shor… – el moreno entrecierra los ojos, abriéndolos enormes al reconocer a su amigo, quien le abrió la puerta de su casa – ¿Arnold?
– ¿Gerald? – extrañado, Arnold no comprendía porque su mejor amigo, parecía haberlo desconocido; y no era para menos. Los labios de Arnold están apelmazados de labial, sus párpados muestran sombras de distintos colores, sus mejillas exhiben rubor en exceso y ni que decir de las pestañas, los aretes de fantasía y los moños que ahora lucen en su alborotado cabello. En fin, Arnold lucía un excéntrico cambio de imagen, gracias a su pequeña hija de cinco años, que se salió con la suya – eh… creo que tengo que explicar mi…
Sin poder aguantar más, Gerald suelta una carcajada – puaaajajajajaja, no no… jajajaja… no hermano – apoya una mano en el hombro de Arnold – no tienes que explicar nada jajajaja.
– Gerald… – Arnold toma la muñeca de Gerald, con la intención de retirar la mano de su hombro, pero el moreno se larga a reír – jajajaja, bonito esmalte de uñas jajaja.
Ahora Arnold estaba muy arrepentido, de haber sucumbido a las peticiones de Harriet. El galeno se hace a un costado, permitiéndole el paso a su mejor amigo y al hijo de este – ¿ya reíste suficiente Gerald?
– ¿Señor Shortman? – Andy le mira curioso y se dirige a Gerald – ¿qué le paso al papá de Phil, papá?
– El señor doctor Shortman quedo muy bonita – Harriet explica con orgullo, llevando en su cuello un par de collares con perlas de fantasía – son cosas que un niño tonto no entenderá – le asegura a Andy con firmeza.
– ¡¿Pero que le hiciste a mi papá?! – desde las escaleras, Phil ve a su padre maquillado y baja colérico. Corre hacia su hermana y la empuja – ¡ya lo echaste a perder!
Los adultos cruzaron miradas, Harriet se levanto del piso, solo para empujar de vuelta a Phil – ¡no me empujes Philip! – y sin más, ambos niños iniciaron una pelea.
– ¡No niños, cálmense! – Arnold trata de detener la pelea, pero es empujado por ambos – ¡niños, escuchen a su padre! – exclama Gerald e intenta detenerlos, mirando de reojo a Arnold, pues ya estaba perdiendo la paciencia.
– ¡Tú tienes a mi mamá Harriet, yo quiero a mi papá!
– ¡No es cierto, mi mamá te cuida más que a mí, yo quiero al señor Shortman conmigo!
– ¡Mi mamá y tú son niñas! – sin darse cuenta, los niños terminaron empujando una mesa con un jarrón de Centroamérica, el cual termino haciéndose añicos en el piso. El sonido del jarrón rompiéndose, fue como un botón de encendido para que Arnold se enfureciera, apretara los puños y alzara la voz – ¡¿PODRÍAN ESTARSE EN PAZ POR CINCO MINUTOS?! ¡MALDITA SEA!
El exabrupto tuvo el efecto suficiente, para que ambos niños se detuvieran y separaran, mostrando gran terror en sus rostros (hasta Andy se abrazo de su padre, y viceversa) El silencio impero durante unos segundos, hasta que Arnold comprendió su error – niños… yo…
– ¡BUAAAAAA! – Harriet y Phil salieron corriendo rumbo a las escaleras. Una suave lluvia empezó a caer, siendo el único sonido que acompañaba a los tres que estaban en el vestíbulo – Gerald… – cabizbajo, señala escaleras arriba – voy a…
El moreno afirmo con la cabeza – aquí te espero hermano.
Arnold subió las escaleras y se asomo en cada habitación, buscando a sus hijos. En la principal, escucho unos sollozos que provenían debajo de la cama, notando que arriba de esta, había una gran cantidad de almohadas – el fuerte que construyó Phil – pensó Arnold, dudoso de si estaban los dos, hasta que noto una pequeña silueta debajo de las cortinas (además de los zapatos de Phil)
Bien, ya los había encontrado ¿y ahora que hacía?. Mientras entraba a la habitación, escucho como aumentaban los sollozos, y la silueta de Phil se encogió más.
Realmente estaban asustados.
– Niños yo… en verdad lo siento – ninguno se atrevió a contestarle. Sintiéndose culpable, bajo la cabeza y fijo la vista en su armario, llamándole la atención su vieja guitarra acústica. De inmediato se le ocurrió una idea, cogió su guitarra y se sentó en la cama – espero funcione – comenzó a tocar el instrumento y sin despegar la vista de ambos escondites, empezó a cantar.
Que milagro tiene que pasar para que me ames
Que estrella del cielo ha de caer para poderte convencer
Que no sienta mi alma sola
Quiero escarparme de este eterno anochecer
El primero en asomarse con reserva es Philip, Arnold se inclino hacia él, le sonrío y siguió cantando.
Dice mucha gente que los hombres nunca lloran
Pero yo he tenido que volver a mi niñez una vez mas
Poco a poco, el pequeño castaño le fue perdiendo el miedo, se acerco y se subió a la cama, sentándose junto a Arnold.
Me sigo preguntando
Porque te sigo amando y dejaste sangrando mis heridas
Un discreto movimiento de las sabanas, le indico a Arnold que Harriet había salido debajo de la cama. Al igual que su hermano, mostraba un halo rojizo en los ojos, y un fuerte color carmín en su nariz (prueba de que ambos habían llorado mucho)
Dirigiéndose a su hija, continuo cantando.
No puedo colmarte ni de joyas ni dinero
Pero puedo darte un corazón que es verdadero
Ahora, se volvia hacia Philip.
Mis alas en el viento necesitan de tus besos
Acompáñame en el viaje que volar solo no puedo
Puso los ojos en Harriet, y ella se recargó en su regazo (en el espacio que dejaba entre la guitarra y su cuerpo)
Y sabes que eres la princesa de mis sueños encantados
Cuantas guerras he librado por tenerte aquí a mi lado
No me canso de buscarte, no me importara arriesgarte
Si al final de esta aventura yo lograra conquistarte
Y he pintado a mi princesa en un cuadro imaginario
Le cantaba en el oído susurrando muy despacio
Del otro lado, Phil apoyo su ovalada cabeza en el regazo de su padre.
Tanto tiempo he naufragado y yo se que no fue en vano
No he dejado de intentarlo, porque creo en los milagros
En ese momento, Helga llego a la entrada de la habitación, donde se detuvo. Los tres estaban tan distraídos, que no escucharon cuando la rubia subió las escaleras, ni sus pasos por el pasillo. La escena delante de ella era tan hermosa, que no se atrevía a interrumpirlos, y no lo haría.
Sigo caminando en el desierto del deseo
Tantas madrugadas me he perdido en el recuerdo
Viviendo el desespero
Muriendo en la tristeza por no ver cambiar ese destino
Al pensar en los años que perdió sin sus hijos, la voz de Arnold se quebró, bajando de sus ojos un par de lagrimas, que gracias a Dios, no vieron los niños. Ambos tenían los ojos cerrados, arrullados por la canción.
No puedo colmarte ni de joyas ni dinero
Pero puedo darte un corazón que es verdadero
Mis alas en el viento necesitan de tus besos
Acompáñame en el viaje que volar solo no puedo
Y sabes que eres la princesa de mis sueños encantados
Cuantas guerras he librado por tenerte aquí a mi lado
No me canso de buscarte, no me importara arriesgarte
Si al final de esta aventura yo lograra conquistarte
Philip bostezo, Harriet empezó a chupar su dedo pulgar y ambos se pusieron más cómodos. Bajando la voz, Arnold continuo cantando, con el fin de que se quedaran dormidos.
Y he pintado a mi princesa en un cuadro imaginario
Le cantaba en el oído susurrando muy despacio
Tanto tiempo he naufragado y yo se que no fue en vano
No he dejado de intentarlo, porque creo en los milagros
Con sumo cuidado (para no despertarlos), Arnold bajo su guitarra – aun tienes el toque, eh Shortman.
– ¿Helga? – el rubio baja la vista hacia los niños.
Intentando no hacer ruido, Helga se acerca a Arnold – no te preocupes, una vez que se quedan dormidos, nada los despierta – se inclina hacia Philip y lo toma en sus brazos.
Un enorme suspiro de alivio, sale de la boca de Arnold – jajaja se ve te cansaron, ¿no Shortman? – Helga recarga la cabeza de su hijo en el hombro.
Con delicadeza, Arnold carga a Harriet – por favor Helga, ¿podrías dejar de ser tan fría? deja de decirme Shortman.
– ¿Cómo podría negarle algo a una mujer tan bonita? – con burla, Helga pone una mano en la mejilla de Arnold.
– Ja-ja, que graciosa – apenas dan unos pasos fuera de la habitación principal, cuando Arnold nota que Helga lleva unas ropas distintas a las que se puso en la mañana – ¿no traías otra vestimenta?
Sin poder evitarlo, Helga se detuvo un instante – no – dijo en tono seco sin mirar a Arnold, y continuo caminando hacia habitación de los mellizos.
Obviamente, Arnold no creyó en su respuesta pero decidió permanecer en silencio, por lo menos hasta que acostarán a los niños. Una vez que los arroparon, prendieron una luz nocturna, salieron y cerraron la puerta sin hacer ruido – Helga, tu no…
– Arnold – la rubia bajo la vista – necesitamos hablar.
Esas palabras congelaron la sangre de Arnold y su respiración se detuvo. Toda su vida, ha sabido que cuando una mujer dice esas palabras, no indican nada bueno – deja despido a Gerald y si quieres…
– ¿Gerald? – extrañada, Helga enarca una ceja y pone manos en la cintura – ¿que tiene que ver Gerald en nuestros asuntos?
– Gerald estaba aquí – rasco su cabeza y se encogió de hombros. Arnold confiaba ciegamente en su mejor amigo y estaba seguro, de que Gerald había respetado su espacio con los niños – supongo que se fue sin despedirse.
– Ven Arnold – de manera inesperada Helga toma su mano, pero de inmediato la suelta – ¡criminal, me estresa hablar contigo maquillado así!
Mientras tanto, Gerald manejaba rumbo a su casa – papá ¿el señor Shortman es malo?
– No Andy – responde sin quitar la vista del semáforo, que esta en rojo.
Andy bajo la vista – entonces ¿porque los micrófonos?
Gerald no respondió, solo se escuchaba el sonido de la lluvia junto al limpiaparabrisas. La luz del semáforo cambio a verde, pero el moreno no se movió – Andrew, promete que no le contarás ni a Philip ni a Harriet, sobre los micrófonos.
Andy se sentía dudoso, algo en su interior no encajaba. Sentía que estaban espiando a su mejor amigo y eso no le gustaba – esta bien papá.
El sonido de los automóviles detrás suyo, no ayudaron a que Gerald moviera su vehículo, cambiando el semáforo a rojo. Gerald aprovecho y levanto la radio – listo Johnny, ya pueden activar los transmisores, cambio.
– "Entendido jefe Johanssen, cambio y fuera".
De nuevo, la luz cambio en el semáforo y esta vez, Gerald arranco su coche – perdóname, Arnold…
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ConTinUarA…
El secreto del sol de medianoche ha salido. Ahora, no solo la parte medica tenia un ojo sobre Arnold, ahora su mejor amigo lo espiaba.
¿Qué cosa le tendrá que decir Helga a Arnold?
Nos leemos después ;)
MaRyMoRaNTe:)
