NOTA:

¡Desde octubre! ¡Cielos! Espero que me disculpen, pero ni cuenta me doy de cómo pasa el tiempo…

To Guest: I really like your enthusiasm! Thank you very much!


A partir de entonces, Kyoko hizo lo que ya había hecho antes. Lo evitó. Con renovados bríos, con más empeño que antes, si cabe. Y en una casa tan grande y tan poblada, uno pensaría que era cosa hecha, pero tal propósito resultó mucho más difícil que las otras veces. En parte por culpa del invierno, que reducía sus movimientos y los confinaba prácticamente al interior, en parte por las obligaciones de ambos —y que misteriosamente los hacían coincidir ahora mucho más de lo habitual—, pero el caso es que —también como antes— Kyoko no tenía forma alguna de evitarlo durante sus lecciones diarias. Pero ahora ni siquiera era capaz de ignorarlo. No podía. Él se sentaba allí, con los demás, mirándola tan fijamente que Kyoko quedaba atrapada en su mirada y sentía que podría estallar en llamas en cualquier momento delante de todo el mundo.

Así que ahí estaba ella, debatiéndose entre salir huyendo y morirse de la vergüenza. Pero sobre todo, le inundaba el miedo a estas emociones nuevas, veloces y desconocidas, que le suscitaban una sensación de vértigo en la boca del estómago, como si se asomara a un precipicio de ojos verdes que la tentara con palabras de miel.

Kuon, por su parte, procuraba respetar la distancia que Kyoko había puesto entre los dos. Bueno, más o menos… Pero sí que lo intentaba. Él entendía que ella probablemente se sintiera nerviosa (diantres, ¡él sí lo estaba!), pero también estaba decidido a continuar con lo que había empezado. Así que, generoso él, había decidido concederle a Kyoko la merced de tres días de relativa paz antes de lanzarse de cabeza a lo que su corazón gritaba cuando la veía (y cuando no, también). ¿Que quería distancias? De acuerdo. ¿Que quería formalidades? Pues formalidades iba a tener…

Así las cosas, tres días después (es decir, la cuarta mañana después de aquella infausta cita que no llegó a ser digna de tal nombre), Kuon se presentó en el taller de las mujeres, donde las señoras trabajaban en sus tintes y telares, mientras Kyoko cosía uno de sus exitosos patrones y María, su ayudante oficial, bordaba.

Él se plantó ante ella, con un carraspeo sonoro que hizo que Kyoko levantara la cabeza de su labor. Pillada por sorpresa, ella se ruborizó, pero se obligó a mantenerle la mirada. Y luego él se inclinó levemente hacia ella y con un gesto elegante (más propio de caballero que de mercader) le ofreció una rosa. Una preciosa rosa roja confeccionada con retales cosidos y bordados. A Kyoko le dio un vuelco el corazón, y puede que este se saltara un latido o dos, pero la tomó y la sostuvo en sus manos, y creyó advertir en ella las artes de María. Cuando la miró, la niña agachó la cabeza con demasiada rapidez como para una negación plausible.

Suspiró entonces, y acarició con ternura los delicados pétalos de esta rosa eterna e inmarcesible. Volvió a suspirar, perdida en sus pensamientos y en la belleza de la flor, la primera flor que alguien le regalaba como gesto de cortesía o de afecto, y tan diferente, en intenciones y significado, a aquellos otros 'regalos' que había recibido.

—Kyoko —la llamó la voz de Kuon. Ella alzó el rostro hacia él, los ojos aún llenos de ensoñación arrobada, apenas empañada por la comparación amarga—, si me lo permites —continuó él, haciendo una pausa e inspirando hondo—, quisiera cortejarte.

—¿Pe-Pero qué haces? —alcanzó a preguntar ella. La pregunta de Kyoko sonó más alta de lo que realmente era, principalmente porque desde el instante en que Kuon ofreció su rosa, se había hecho un escandaloso silencio en el taller, y todas las mujeres (de todas las edades) los observaban con la respiración contenida. Si Kyoko hubiera mirado (cosa que no hizo, porque para variar no podía apartar los ojos de los de Kuon) podría haber visto en los de María y Julie el brillo inconfundible de la expectante alegría.

—Pues evitar confusiones y hacerte saber de mis intenciones —le respondió él, como si fuera lo más lógico del mundo (y, en cierta forma, sí que lo era).

—¿¡Tus qué-é-é!? —casi graznó Kyoko, fallándole la voz, con los pensamientos a más velocidad de lo que su boca pudiera ser capaz de articular y expresar.

—Quiero conocerte mejor —explicó él. Las aparentes firmeza y convicción de su declaración fueron traicionadas prontamente, pues Kuon se llevó las manos a la espalda, ocultándolas, y basculaba el cuerpo, cambiando el peso de un pie a otro repetidamente—. Y que tú me conozcas a mí —concluyó.

Kyoko se sentía abrumada y desbordada, desde luego, pero por encima de todo, se sentía avergonzada de sí misma. Todas esas eran las mismas cuestiones que ella le había echado en cara aquella otra noche. Y aquí estaba él de frente, tratando de hacerlo todo a la manera que Kyoko exigía, siendo transparente y honesto. Sí, Kuon se conducía con mucha más honestidad que la que ella le había mostrado a él, que no había hecho otra cosa más que rehuirlo y evitar el tema, como si no existieran, en la creencia vana de que si no los aceptaba, se desvanecerían por sí solos.

—¿Tengo tu permiso? —insistió él, y cuanto más tardaba Kyoko en responderle, mayor se hacía el agujero de la inseguridad en su interior.

—Kuon, yo… —empezó a decir Kyoko, pero luego calló.

—¿Sí? —dijo él y cerró los ojos, tratando de que su inquietud no se le notara demasiado, aguardando su respuesta con un punto creciente de ansiedad, porque era una sensación horrible estar en esa tierra entremedias de la ignorancia y la indefinición, del no saber, como estar vivo y muerto al mismo tiempo…

Kyoko entonces exhaló un suspiro de rendición y se puso de pie, haciendo a un lado su labor, se alisó las faldas, enderezó la espalda y se llevó las manos al frente del regazo.

—Lo tienes —dijo al fin. Luego ejecutó una breve pero educada reverencia, y agregó, con toda la formalidad debida—: Me honra usted con su cortejo, señor Hizuri.

Kyoko estaba bastante segura de que esa sonrisa de Kuon —franca, amplia, radiante y absolutamente nueva— era de naturaleza divina, y capaz de exterminar a las criaturas maléficas de la oscuridad.

—Pues hasta esta noche en la cena —le dijo él, correspondiendo a su reverencia con una propia. Luego la miró largamente —aún con esa sonrisa-exterminadora-de-demonios en la cara y salió por fin del taller.

Kyoko volvió a suspirar y fingió no escuchar las risitas femeninas a sus espaldas, en absoluto disimuladas.


La nueva 'primera' cita no tardó demasiado, claro está. Bueno, no tardó nada. Unas horas, si acaso.

Esta vez, siendo plenamente consciente del objeto y fin del encuentro, Kyoko se había aseado especialmente para la ocasión ¡sin ser domingo! La madre de Kuon le había prestado un prendedor de madera y le había recogido el cabello (y si bien era muy raro que la madre del otro implicado en la cita la ayudara a prepararse para salir con su hijo, Kyoko prefirió no darle muchas vueltas a eso), nada demasiado complicado ni elaborado, pero tan diferente a su aburrido y ordinario yo, que casi la hacía parecer otra persona. Además, había cambiado su sobrevesta de diario por otra nueva y limpia, una prenda que María acababa de terminar, bordada con pequeñas flores amarillas (que Kyoko reconoció como dientes de león) en todo el vuelo de las faldas. Kyoko no era vanidosa, desde luego, pero no pudo evitar admirarse ante el reflejo de la joven que le devolvía el viejo espejo, uno de metal bruñido*, con marcas de óxido en los bordes y un tanto deformado por el tiempo, herencia de alguna de las matriarcas de la casa Hizuri, y que se guardaba en uno de los dormitorios comunes.

Y esta vez, Kyoko y Kuon no fueron solos. Siendo el suyo un cortejo formal y bastante público, se precisó de la asistencia de carabina, como mandaba la tradición —tradición que fue omitida con anterioridad por pura ignorancia y falta de comunicación—. Y por aquello de no ser la tercera rueda, se acordó que fueran acompañados de Kanae y Yashiro.

—¿No se supone que deberías hablar con él? —le susurró Kanae a Kyoko—. ¡Es tu cita, por Dios!

—Shhh, baja la voz, por favor —le protestó Kyoko, echando una mirada rápida hacia atrás, hacia donde los dos varones conversaban en similares confidencias y formas—. No sé, me da vergüenza.

—¿Vergüenza a estas alturas? —replicó Kanae, poniendo los ojos en blanco.

—Sé que Kyoko adora a Kanae —susurraba Yashiro—, pero, Kuon, es tu cita —enfatizó, repitiendo, sin saber, casi las mismas palabras que su esposa—, y que, en teoría, no deberías 'compartir' con nadie…

—Está bien, no te preocupes —le replicó él, interrumpiéndolo y agitando blandamente una mano en el aire—. Me gusta que tenga amigas propias. No tienen que gustarme a mí, sino a ella —le dijo. Y luego añadió, alzando las manos en ademán apaciguador—: Sin ofender. No quise insinuar nada raro sobre Kanae.

—Lo entiendo, hombre… —le aseguró Yukihito—. Ni te preocupes.

—Además, me hable o no me hable —continuó Kuon—, esto sigue siendo una cita-cita-verdadera que forma parte de un cortejo formalmente aceptado por la otra parte implicada…

—¿Y eso significa…? —preguntó, esperando una aclaración.

—Progreso, Yuki… Significa progreso —concluyó Kuon, alzando el mentón, todo ufano y orgulloso de sí mismo.

Con buen criterio, esta vez había sido elegida para el paseo la ruta menos pintoresca —y menos lúgubre—, sin desvíos ni vericuetos para ver rarezas o anomalías arquitectónicas. Cruzaron la casa, subiendo escaleras y recorriendo pasillos bien iluminados en los que se cruzaban con gente de verdad, y acabaron llegando a aquel sitio con el puente exterior cubierto, el que unía dos buhardillas.

Junto a la puerta, dejaron los candiles y Kuon les pasó unos bultos de ropa que había allí.

—He traído ropa de abrigo —les dijo.

Secretamente complacida, a Kyoko le había agradado la idea de que él hubiera recorrido previamente todo el mismo camino solo para preparar esta 'salida', y quizás —ejem— fue esa la razón por la que le permitió ayudarla a ponerse el pesado chaquetón de piel —ni que ella no supiera hacerlo sola, pero en fin…—. Si sus manos (las de él) se demoraron sobre sus hombros (los de ella) un instante de más, Kyoko fingió no darse cuenta. Después, cuando todos estuvieron listos, abrieron al fin la puerta y sintieron la acerada mordida del frío en el rostro. Kuon dio el primer paso afuera solo para detenerse junto al dintel y ofrecerle la mano a Kyoko para que no resbalara —Un hombre tenía que aprovechar la oportunidad cuando se le presentaba—. Ella lo miró, recelosa (y con una punzada de pánico a la que se negó a sucumbir), como si la fuera a morder —quizás no aquí ni ahora, pero sí algún día—, pero finalmente tomó su mano. Kuon volvió a sonreírle, igual que esa misma mañana, y Kyoko tuvo que cerrar los ojos, deslumbrada y encandilada.

Cuando volvió a abrirlos, constató que en el puente —más bien pasarela con ínfulas de grandeza— alguien de la casa realizaba tareas de mantenimiento, porque la techumbre soportaba intacta la agresión de los elementos y daba impresión de cierta solidez, aunque, a pesar de ello, los pies se les hundían hasta los tobillos en la nieve acumulada en el suelo. Afortunadamente, el pretil era bastante alto y a Kyoko le llegaba a mitad del pecho.

A mitad del puente se detuvieron. Yashiro tomó a Kanae de los hombros y la atrajo hacia él, para que no pasara frío. Kuon, por su parte, no se atrevió a hacer lo mismo, porque estaba bastante seguro de que Kyoko le arrancaría la cabeza, o, como mínimo, le cruzaría la cara de un guantazo si lo hiciera. Así que, en vez de eso, se colocó junto a ella, sin tocarla, pero muy cerca, irguiéndose en una especie de muro humano que le brindaba resguardo de los elementos.

Una vez Kyoko dejó de preocuparse por su seguridad, las vistas le robaron el aliento. Era una noche de luna, silenciosa y callada, con el cielo estrellado alzándose sobre el valle y más allá de las imponentes montañas. Reflejos de plata danzaban sobre la nieve virgen y a Kyoko, convencida de estar viviendo un momento mágico, le recordó las historias de su infancia, en las que las hadas de la nieve salían a jugar con la luz de la luna, que desafiaba a la oscuridad del invierno.

Algo parecido —quizás no tan feérico o solemne— debieron de sentir los demás, porque, por un buen rato, nadie habló, extasiados ante el espectáculo de la naturaleza. Pero era una noche de invierno en las montañas —una preciosa noche de invierno, ciertamente, pero invierno al cabo—, y el frío acabó ganando. Cuando Kanae y Yashiro empezaron a moverse para regresar al interior, Kyoko alzó el rostro hacia Kuon. Y él creyó morirse de la más deliciosa de las muertes cuando Kyoko le sonrió. Una sonrisa cálida, auténtica. No esa de cortesía, tan habitual en ella, no. Una sonrisa que parecía deshelar pedazos intactos de su corazón, nunca antes alcanzados por nadie, y que tornaban a la vida porque ella le sonreía así. A él, por él, a causa de él…

—Gracias, Kuon —le dijo ella, con las estrellas del firmamento brillando en sus ojos dorados. A él el corazón le brincó enloquecido dentro del pecho.

¿Se puede acaso morir de felicidad?


La mañana siguiente amaneció luminosa y clara. El sol invernal, aún débil, poco hacía por calentar las tierras sobre las que se cernía. Mientras, al otro lado del valle, una alta figura caminaba en silencio y revisaba las trampas. Un par de conejos y tres perdices nivales habían caído en ellas.

Se acercó después a un claro removido y sucio, y, según las huellas que allí había, frecuentado por los lobos y otros animales. Del pobre desgraciado cuya cabaña ocupaba no quedaban más que los huesos, desperdigados por el claro, mancillando de un carmesí oscuro y viejo la nieve.

Miró al cielo y luego a sus nuevas presas. Sonrió. Entre lo que quedaba en la cabaña y lo que cazara de tanto en tanto, podría sobrevivir sin dificultad a lo que quedaba del invierno. Y luego…

Luego volvería a ella. Y la encontraría.

—Kyoko —susurró al aire de la montaña. Y su nombre le trajo el recuerdo del delicioso sabor metálico de su sangre en los labios…

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NOTA:

* Los espejos de cristal y azogue no se inventaron hasta el siglo XIII, pero eran claramente un fragilísimo artículo de lujo, así que convivieron con los espejos de metal hasta el siglo XVIII, en el que se abarató el proceso de fabricación de los azogados que desterró a los metálicos.