Disclaimer: Los personajes que aparecen en esta historia, así como el universo donde se desarrolla la trama no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Hajime Isayama.
Advertencia: El siguiente capítulo contiene una narración explícita de abuso sexual. Leer bajo su propio riesgo.
Jean actúa como un idiota.
Capítulo 11
El motivo de la culpa
—Es tu oportunidad, Jean-bo.
El joven giró la mirada hacia el sitio que sus amigos contemplaban con intensidad: ahí, sentada en una de las mesas más alejadas del comedor, Mikasa Ackerman se disponía a disfrutar de su cena a solas.
Acababa de cortarse el cabello el día anterior, su longitud era menor en contraste a como lo había llevado desde los quince años. La excusa para el cambio iba adherida a la naturaleza de su trabajo y los peligros que acarreaba utilizar el equipo de maniobras tridimensionales, o al menos, eso era lo que recitaba cada vez que Sasha expresaba sentir pena por dicha situación.
Si bien, había escuchado a algunos de los chicos decir que el cabello corto no le favorecía, Jean pensaba lo contrario. Gracias a ello podía apreciar los rasgos definidos que conformaban su rostro; la mandíbula marcada, los pómulos altos, la nariz recta y sus brillantes ojos argénteos. Estaba seguro que, las palabras «fealdad» y «Mikasa» nunca irían en la misma oración.
—¿Vas a quedarte contemplándola como un idiota toda la cena?— escuchó decir a Connie en tono apurado.
—No voy a sentarme a conversar con ella— negó, dando una misera mordida a un trozo de patata—. Los dos deberían dejar de inmiscuirse en mi vida y concentrarse en sus propios asuntos— añadió luego de tragar.
—Jamás pensé que Jean Kirstein sería un cobarde— dijo Sasha en tono burlesco.
—Nuestros superiores no piensan lo mismo.
—Sabemos que no estoy refiriéndome a eso— contestó Sasha, apuntándolo con el cuchillo con aire indiferente—. La chica de tus sueños esta frente a ti, y tu ni siquiera eres capaz de aproximarte a ella.
Jean suspiró.
—Ya se los dije, mi enamoramiento con Mikasa Ackerman quedó en el pasado.
—Si, claro— bufó Connie.
—Lamento diferir en ello, pero, conociéndote, lo negarás hasta el final de tus días— secundo Sasha.
—Hablo en serio. Si yo fui capaz de superarlo, ustedes también pueden hacerlo— dijo Jean, se había encogido de hombros y continuó con su comida aparentando normalidad—. No estoy interesado en ella.
—¿Y qué pasaría si ella estuviera interesada en ti, Jean?— dijo Sasha.
Todos los ojos estaban fijos en él, y la broma fraterna no concedió tregua.
—Por Ymir, te estás ruborizando. La respuesta es clara: Jean Kirstein sigue enamorado de Mikasa.
—Tengo muchísimo calor, eso es todo. Ahora mismo deberíamos hablar de otros asuntos, por ejemplo, la próxima visita a Marley. Así que pásale la canasta de pan, Connie, y a lo mejor se calla.
….
Poco a poco, la escena desapareció entre el humo del cigarro y la mezcla de la música y las voces a su alrededor.
«Eres un idiota, Jean». Podía escuchar a Sasha decirle en el fondo de su cabeza. «Mira lo que tu inseguridad ocasionó». Dijo la persistente voz de su difunta mejor amiga.
El motivo que lo había llevado a refugiarse en una de las tabernas del pueblo era esa traicionera voz interior que insistía en que debía escapar de la situación, alejarse de Mikasa, empezar de nuevo; no habría momento mejor. Podía conseguir un trabajo en la embajada, solicitar una vacante en Hizuru o cualquier otro lugar al otro lado del mar, huir de aquella maldita y literal carrera de ratas.
Pero Mikasa se había mostrado tan sincera a la hora de exponer sus sentimientos… sus labios eran suaves y la calidez que emanaba de su cuerpo, embriagante. Jean se preguntaba cómo consiguió aunar las fuerzas necesarias para detener todo ese asunto, porque de haber continuado con las caricias y los besos, su buen juicio habría desaparecido por completo.
No quería enfrentarse a la desilusión en su rostro, pero tampoco deseaba experimentar los estragos del rechazo y un corazón roto.
Engulló otro trago, deseando olvidar todo lo que sentía por Mikasa Ackerman de una vez por todas.
—Parece estresado, señor…
El aludido alzó la vista cuando la almibarada voz de una encantadora joven llegó a sus oídos. La mujer le ofreció otro trago, que él tomó -tal cual venía haciendo con los anteriores- mientras le dedicaba una sonrisa seductora, que a esas alturas de la vida debían salirle de una forma, extrañamente, natural.
Aun lo recordaba todo: la declaración de Mikasa. El beso. Y él… él no sabía qué demonios hacer con todo eso. «¡Mierda!», pregonó entre dientes, ingiriendo de golpe un nuevo trago de su bebida.
—Kirstein— ratificó.
—Señor Kirstein— murmuró la chica, vertiendo más whisky en el pequeño vaso al mismo tiempo que se tomaba la libertad de postrar su voluptuoso cuerpo en el asiento desocupado—.Puedo ayudarlo a despejar su mente.
Jean enarcó una ceja, divertido.
—¿Ah, sí? ¿De qué manera?— quiso saber.
La joven inclinó el cuerpo hacia el frente; el escote de su vestido descendió unos cuantos centímetros, permitiéndole admirar los núbiles senos bajo la tela. Sus labios rojo cereza rozaron el oído del teniente, susurrando con lujo de detalle todo lo que quería hacerle. La delicada mano de la chica viajó por la extensión de su muslo, esperando generar el estímulo suficiente para que el hombre decidiera sumergirse en sus encantos.
Jean Kirstein quería ceder a la necesidad. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que sintió las paredes de una mujer aferrarse a su miembro. Tras el último fracaso amoroso, se resignó a brindarse consuelo con el calor de sus manos, proyectando recuerdos de encuentros pasados que lo habían marcado, sin embargo, nunca conseguía llegar al clímax: los rostros de aquellas mujeres pronto se veían sustituidos por la hermosa faz de cierta pelinegra, obligándolo a detenerse.
No era como si su antigua compañera de batallas le generara repulsión, al contrario, el respeto que sentía por ella era tanto que no se atrevía a terminar mascullando su nombre, aun cuando ella protagonizaba todas sus fantasías.
El aroma de aquel perfume femenino lo arrastró de nuevo al presente. Mikasa estaba fuera de su vista y por tanto, fuera de su mente. Atrapado en una nebulosa euforia alimentada por el alcohol, abrió los labios para dar una respuesta que se vio interrumpida por la modulación autoritaria de su superior.
—Teniente Kirstein— dijo el hombre en un bisbiseo silencioso, oteando con disimulado disgusto la escena.
—General Hegstad— saludó en respuesta. Estuvo sobrio al instante. Aquella sensación era como si alguien le hubiera dado un rodillazo en la boca del estómago.
—¿Tu esposa sabe que estás aquí?— cuestionó, subrayando el título que le correspondía a Mikasa con una mirada ardiente.
Jean negó a manera de respuesta.
Bajo la mirada atónita del joven teniente, el General se apresuró a rebuscar algo en los bolsillos de su saco; extrajo unos cuantos billetes y se los entregó a la chica, quien a duras penas comprendía lo que estaba sucediendo en ese instante.
—Gracias, ten una buena noche.
La joven tomó el dinero sin rechistar. Decepcionada, se levantó de su asiento y caminó a la trastienda, dejando a los dos hombres solos.
—La señora Kirstein llamó— miró la botella casi vacía—,sonaba muy preocupada. Mencionó que no habías regresado a casa, solo quería saber si continuabas trabajando en el cuartel.
Haciendo oídos sordos a la explicación del General, extendió el brazo con la intención de servirse otro trago.
—Jean, creo que…
Hegstad se detuvo y lo miró de hito en hito mientras sopesaba que tan prudente era contribuir al estado de aturdimiento en el que se encontraba.
—Discutimos— musitó Jean, dejando la botella sobre la mesa, abatido.
—¿Quieres hablar al respecto?— preguntó el hombre.
—Prefiero no hacerlo— respondió, devolviéndole una mirada aprensiva.
De todas las personas con las que tenía oportunidad de encontrarse esa noche, el General no era una de ellas.
—¿Viniste en tu propio auto?— inquirió. Jean asintió—. No es una buena idea dejarte conducir en este estado y tampoco abandonarte aquí el resto de la noche— expulsó un suspiro, cansado—. Vamos, te llevare a casa, tu esposa debe estar preocupada.
Contuvo las ganas de soltar una carcajada. Si tan solo esas personas supieran que él y Mikasa no estaban casados. Cualquiera tomaría con gracia la trágica historia entre los dos: él, el eterno enamorado de una chica que solo podía amar a un hombre muerto. Sería una historia popular, incluso mejor que la del mismo mártir Eren Jaeger.
«Maldito bastardo». Pensó mientras se ponía de pie, tambaleante. El alcohol había hecho estragos no solo con sus sentidos, sino también con sus habilidades motoras. Aun así, consiguió llegar al exterior en una sola pieza.
Con ayuda del General bajó los peldaños, caminó al auto e ingresó en el coche sin decir una sola palabra.
El mundo a su alrededor daba vueltas y todo lo que sus ojos percibían se veía alterado por la cantidad de alcohol en su sistema, los parpados pesaban tanto que le parecía una tarea sobrehumana mantenerse despierto en medio del vaivén del auto.
Fue así que, sin importarle lo que su superior pensara de él, recargó la cabeza contra el cristal y cerró los ojos, sumiéndose en el profundo mundo de los sueños, lejos de la realidad.
Jean debería haber sabido, cuando aceptó traer a Mikasa consigo, que le produciría un efecto desgarrador. Debería haber previsto que la convivencia iba a revivir lo que sentía por ella, como si no hubiesen pasado tres años. Y que también traería consigo una serie de problemas irremediables y otras cuestiones en las que prefería no pensar.
Se dijo a si mismo que no estaba sobrio en absoluto. Había bebido, pero nunca hasta el punto de emborracharse. Aquella tarde sentía la necesidad de echar un trago. Siempre pensó en la imagen del licor como una lubricación, una capa protectora contra todos los pensamientos dañinos que fabrica la mente.
Sin embargo, parecía que el exceso de licor generó el efecto contrario y, más allá de brindarle consuelo, una extraña sensación de angustia le estrujó el pecho cuando los gritos desgarradores de Mikasa reverberaron en su mente.
Abrió los ojos en un despertar mecánico, abrupto, violento.
—Llegamos— anunció el general.
Jean permaneció postrado en el asiento de cuero más tiempo de lo que se consideraría normal. No obstante, su superior le permitió estar hasta que reconoció la casa.
Con movimientos torpes, se desabrochó el cinturón y abrió la puerta; podría jurar que el piso bajo sus pies estaba hecho de algodón o algún material que brindaba poca sostenibilidad.
—¿Puedes caminar hasta la puerta, muchacho?— preguntó el consternado Hegstad.
—Sí— replicó con determinación. Ya había perdido su dignidad metros atrás, cuando lo ayudo a bajar las escaleras y montarse en el coche.
Apenado, Jean se inclinó ligeramente hacia el frente, aprovechando el espacio que le brindaba la ventana abierta.
—Gracias por traerme, General— bisbiseó—. Lo lamento— dijo arrastrando las palabras.
—No hay nada de qué disculparse, Kirstein— esbozó una sonrisa petulante mientras le observaba—. Yo también fui joven e impulsivo, no es nada que no haya visto antes— Jean dejó escapar un suspiro mortificado—.Descansa. Puedes tomarte el día libre, lo necesitaras.
Solo cuando el auto estuvo fuera del alcance de su vista, Jean se permitió expulsar, en una sola expiración, todo el aire que había retenido desde que se apeó del carro.
Con dificultad, consiguió abrir la puerta de la casa. Lanzó la gabardina al suelo y subió las escaleras, yendo directamente al cuarto de baño. Anadeaba al caminar, sobre todo cuando iba tan deprisa como en aquel momento.
Necesitaba una ducha fría para disipar un poco el estado de embriaguez, dejaría que el agua corriera por su cuerpo. Fue así que abrió la llave de la ducha, pero retrocedió cuando el agua gélida toco su piel, maldiciendo en voz alta:
—¡Mierda, mierda, mierda!— gritó al resbalarse en la bañera.
No transcurrió ni un segundo cuando Mikasa irrumpió por la puerta, envuelta en un vaporoso camisón de algodón que se pegaba a su cuerpo debido a las pocas gotas húmedas que consiguieron mojarla en su intento por ayudarlo a ponerse de pie.
—¿Estás bien, Jean?
El aludido soltó una carcajada.
Furiosa, Mikasa se apartó del borde de la bañera.
—Estas ebrio— espetó.
Las cosas iban de mal en peor, primero, el General lo encontraba en una situación comprometedora con una mujer que no era su esposa, para después llevarlo a rastras a su auto y dejarlo fuera de casa y, ahora, la temible Mikasa Ackerman lo miraba con nada más que absoluto despreció; con el ceño fruncido y los labios tan tensos que formaban una línea recta. ¡Por Ymir! Debía pensar que era patético y no podía contradecirla en eso.
Jean se incorporó, pero la habitación daba vueltas y, por lo que sabia, las lámparas del techo podrían haber sido un montón de explosiones.
Aun así y pese al inconveniente estado en el que se encontraba, fue capaz de notar las cálidas manos de Mikasa en su rostro, su única ancla a la realidad. Supuso que estaba arrodillada a su lado, y trató de enfocar su rostro.
—Y-yo puedo hacerlo solo— logró murmurar, su lengua se sentía pesada, entumecida.
—No voy a dejar que duermas en la bañera— dijo, revisando la cabeza y el rostro para asegurarse que no hubiese derramado los sesos a causa del golpe.
Su tacto era tan suave como la seda, y sus dedos tan diestros como los de cualquier médico. Jean comenzó a cerrar los ojos, la cortina de humo se hacía más espesa a medida que transcurrían los segundos.
Rió amargamente tras el velo en el que el alcohol lo había arrojado; que manera de finalizar el día, pensó cuando su cuerpo entro en contacto con la cama. Agotada, la pelinegra se tendió a su lado, procurando recuperar el aire que había perdido en el corto trayecto desde el cuarto de baño hasta la habitación de Jean.
Atrapado en la bruma que amenazaba con arrastrarlo a un estado de inconciencia, notó a Mikasa recostarse sobre su brazo y palmear la extensión de su pecho tímidamente.
De haberse encontrado en mejores condiciones la habría besado sin pensarlo, pero estaba demasiado ebrio para reaccionar y, en su lugar, decidió comportarse como un idiota, aun cuando ella estaba preocupada y lo había ayudado a llegar a la cama.
—Pobre Mikasa— suspiró—, se siente tan sola que decidió declararme sus sentimientos.
Fue un comentario irracional, estúpido e imprudente. Los ojos de Mikasa terminaron por llenarse de lágrimas y una miserable sonrisa alcanzó la comisura de sus labios.
—Sí, eso hice— masculló, ampliando la tristeza que crecía en su rostro.
Antes de que pudiese formular una respuesta, Jean se quedó dormido sin proponérselo y de una forma tan profunda que ni siquiera se percató del momento en que Mikasa se marchó de su lado o el violento sollozo que emitió al abandonar la habitación.
Eran las doce pasadas cuando despertó, con el estómago enroscado sobre sí mismo y un dolor atroz en las sienes de tanto beber la noche anterior. Maldito alcohol.
Tambaleante, consiguió salir de la cama. Lo primero que hizo, antes de recuperar los sentidos fue vomitar. Nunca le importó eso. De niño, cuando enfermaba, recordaba a su madre acariciarle la espalda y decirle con voz tranquilizadora: «Echa fuera toda esa porquería, cariño. No pares hasta que haya salido todo». Resuelto a disipar el malestar, pasó alrededor de cinco minutos vaciando todo el contenido de su estómago.
Una vez finalizado, se lavó los dientes y enjuagó su rostro con agua fría. El dolor de cabeza partía desde el oído izquierdo, pasaba a través del cuello y bajaba por toda la columna vertebral. Tenía los intestinos revueltos y apenas podía mantener los ojos abiertos por el dolor.
Tenía el corazón demasiado acelerado y no podía respirar. Necesitaba ir a ver si Mikasa se había enterado de lo ocurrido. ¿Lo habría visto en ese estado?. ¿Estaba metido en un lio? El pánico lo invadió. Algo horrible estaba a punto de suceder.
Avanzó por el pasillo arrastrando los pies; las articulaciones se desencajaban y volvían a encajarse, la zona occipital de su cráneo estaba hinchada por una razón que no era capaz de recordar. Mikasa ya se había levantado, podía escucharla en la planta baja, abriendo el grifo de la cocina.
Para ser sincero consigo mismo, recordaba muy poco los acontecimientos de la noche anterior. Pequeños fragmentos aparecían en su mente sin orden ni sentido. Era de esperarse. Había bebido una botella completa con la intención de olvidar el beso de Mikasa, el mismo que había sacudido su alma y sus sentidos. Vaya forma de intentar desbancarla de sus pensamientos, era patético.
Justo en ese preciso instante, recordó lo que aquel dañino mecanismo de adaptación lo había orillado hacer en Marley. Aquella noche conoció a la mujer que, pocos meses después, se convertiría en una persona significativa en su vida.
—¿Qué trago te apetece?— preguntó mientras contemplaba las distintas opciones en el mostrador detrás de la barra.
—Me des lo que me des, me gustará.
Aquella fue la frase que lo conquistó, su simpleza. La idea de que podía hacer feliz a una mujer de una manera sencilla. Después de pasar varios meses absortó en la agonía, sintió una abrumadora oleada de alivio. Y entonces supo que había dejado de amar a Mikasa.
«He dejado de amarla— pensó, dándose la vuelta para solicitarle al camarero dos tragos— He dejado de amarla por completo. No me queda ni una gota de amor, estoy seco».
Para su sorpresa, Jean descubriría, tres años después, que aquel pensamiento no fue nada más que una ilusión. Lo supo en el momento en que ella entró en su campo de visión la noche del baile; lo supo la tarde en la que ambos salieron a caminar por las calles de Mitras y hablaron sobre sus miedos; lo corroboró a medida que los días transcurrían y ambos se acostumbraban a esa vida doméstica fingida, fantasiosa, pero tan intima, tan real. Lo confirmó en la noche en que sus labios se encontraron con los suyos en un beso que expresaba absoluta devoción.
Al ingresar en la habitación, la razón de sus más turbios pensamientos se materializó frente a él con el ceño ligeramente fruncido y los labios tan apretados. Sin mirarlo ni de soslayo, continuó deambulando por la cocina, buscando cualquier tarea que la obligara a desviar la atención de él.
—Buenos días— la saludó con voz ronca, tratando de no traslucir su malestar.
—Tardes— lo corrigió mientras servía una taza de té de albahaca—; son las dos de la tarde— se limitó a señalarle el reloj que colgaba cerca de la puerta.
—¿Las dos?— el tono inquisitivo perdió fuerza tras corroborarlo con sus propios ojos—. ¿Por qué no me despertaste?— reprochó.
—El General Hegstad llamó para saber cómo estabas— ignoró por completo su pregunta y continuó con las labores imaginarias. Jean tenía la certeza de que había limpiado cada superficie más de dos veces—. El señor Rosenbald trajo el coche esta mañana.
—Mierda— farfulló Jean, en parte por la patética escena que protagonizó ante su jefe y en parte por el molesto dolor de cabeza—.Hablaré con él más tarde.
—El té, es un excelente paliativo para la resaca— aconsejó con un deje de voz cortante.
—Siento que la cabeza me va a estallar— concedió, en un susurro.
—Y no es para menos. Te golpeaste al caer en la bañera, tuve que ayudarte a llegar a la habitación.
Se quedó mirando al suelo, el mismos lugar al que miraba de niño cada vez que su madre lo obligaba a sentarse en el sofá para reprocharle que no hubiese estado a la altura de cuales fueran las circunstancias.
No era necesario ser un genio como Armin para percatarse que Mikasa estaba molesta. Había atestiguado esa furia silenciosa un centenar de ocasiones y, para ser sincero consigo mismo, era aterradora.
Sin embargo, Jean sabía que debían abordar cierta situación que los incomodaba, lo mejor era hacerlo de una vez por todas y no seguir evadiéndolo hasta que ambos se sintieran asfixiados.
—Mikasa— murmuró, deseando salir de allí cuanto antes—. Respecto a lo sucedido la otra noche y lo que dije después, yo…
—Guárdatelo— el hombre la miró con los ojos agrandados—. Fuiste muy claro con tus palabras.
Jean enterró la cara entre sus manos. Mikasa tenía todo el derecho a estar furiosa.
—Además, tienes razón, cualquier cosa que hay entre nosotros dos es un error— agregó ella con tono desdeñoso—. Regresare a Shinganshina en cuanto antes, iré a comprar el boleto de tren está tarde.
El chico apenas y levantó la mirada cuando ella se quedó de pie cerca de la ventana con una expresión mortalmente seria; el teniente no pudo evitar observarla de reojo, al hacerlo se encontró pensando que parecía enferma y que el era un verdadero idiota. Cuanto más la escuchaba hablar, más asco sentía. Le dolía verla en esa situación.
—Si quieres marcharte no voy a detenerte, pero al menos permíteme llevarte de regreso a casa— suspiró—. Armin no me perdonara si te dejo ir así.
Mikasa puso los ojos en blanco, tratando de no parecer dolida.
—Soy una mujer adulta, Kirstein. Cualquier promesa entre tu y Armin me tiene sin cuidado, tome una decisión.
Jean se quedó mirándola boquiabierto, sintiendo cómo aquellas palabras se le clavaban.
Había arruinado todo a causa de sus estúpidas inseguridades.
—¿Qué hay con Dreher?— preguntó el teniente, completamente perplejo.
—¿Qué hay con él?— respondió hastiada.
—Tan pronto como sepa que estas de regreso en Shinganshina ira a buscarte.
—No puedo ocultarme por el resto de mi existencia— volvió a sisear—. La ilusión de pretender ser esposos fue divertida, pero no es mi realidad, tú mismo lo dijiste.
—Maldición, Mikasa— ignorando el molesto dolor de cabeza, Jean se levantó del asiento para acercarse a ella. Tenía la impresión de que si no la tocaba, desaparecería de su vida para siempre—. Todo lo que dije esa noche fue un error, no estaba pensando.
—Claramente no— se mostró de acuerdo.
Se aproximó a Mikasa despacio y rodeó su muñeca con la mano, ligeramente. Ella intentó soltarse, pero él la apretó con fuerza, asegurándose de no causarle ningún daño.
—Detente un momento, necesito hablar contigo— insistió.
—No hay nada de qué hablar, Jean.
Mikasa continuó liberarse de su agarre.
Frustrado, el muchacho restregó una mano contra su rostro.
—¿Cómo puedes ser tan testaruda?— dijo entre dientes—. Estoy preocupado por ti.
—No lo estés, puedo cuidarme yo sola.
—¿Vas a enfrentar a los Jaegeristas por tu cuenta?
—Acabaría con ellos sin problemas.
Jean soltó otro suspiro de desaliento.
—Lo único que vas a conseguir es que Armin me asesine.
Mikasa lo fulminó con la mirada.
Sin decir una palabra, salió de la cocina. Su voz neutra no expresaba ni la cuarta parte de su mal ánimo, pero la tensión en sus hombros y el brillo irascible en sus ojos eran señales inequívocas de que realmente estaba furiosa.
—No puedes huir para siempre de tus problemas, Ackerman— la acusó sin pensarlo, siguiendo sus erráticos pasos por el pasillo principal.
—Lo que dices es gracioso ¿sabes? Considerando que tú haces lo mismo.
Jean volvió a maldecir en voz baja.
—Estás cometiendo un grave error— señaló.
Ella rodó los ojos. Pronto llegaría a su límite.
—Para con esa mierda, ¿quieres?— tomó el chal de perchero y lo echó sobre sus hombros.
—¿Cuál mierda?— quiso saber.
—No soy una damisela en apuros ni una princesa en sufrimiento, y tú, definitivamente no eres un príncipe, Jean.
—Jamás me jacte de ser uno.
—No, por supuesto que no— sonrió dolida—. Eres un verdadero dolor en el trasero.
Paso junto a él sin molestarse en mirarlo siquiera. Con la mano puesta sobre el picaporte, dudó.
No te vas, sopesó pedir Jean, aunque al final su inseguridad no se lo permitiera. No te vayas, ansió escuchar Mikasa, así fuera para darle una cucharada de su propia medicina. Pero ninguno de los dos recitó lo que deseaba.
—Dame un par de minutos para tomar una ducha. Te llevare al pueblo a comprar el boleto de tren— concluyó Jean.
—No es necesario— murmuró—. Y limpiate el rostro, olvidaste quitar la mancha de lápiz labial.
Para cuando el sonido estrepitoso de la puerta cerrándose violentamente resonó entre las paredes, Jean supo que el adiós era definitivo. Probablemente, esa sería la última vez que hablaría con ella.
—Jean parece un hombre decente.
Escuchó decir a Eren.
—¿De qué hablas?— preguntó frunciendo el ceño.
—Deberías intentar congeniar con él, es un buen tipo, insufrible pero honorable— agregó.
La mirada de Mikasa viajó hacia el chico en cuestión. Demasiado absorto en una acalorada conversación con Sasha para percatarse del meticuloso escrutinio de Ackerman.
Acababa de ser promovido a capitán una semana atrás. Jean Kirstein era el tema del momento entre los superiores y los soldados de menor rango. Tras la Operación de reconquista de la Muralla María se había convertido un héroe. Recibía atención masculina y femenina por igual, la suficiente para hastiarlo y optar por pasar los ratos libres acompañado de sus mejores amigos.
—Tal vez estoy alucinando, pero a duras penas y cruzamos palabra— respondió—. Además ¿por qué estás actuando como una casamentera?— quiso saber.
—Se que tu sueño es formar una familia. Todo esto no es parte de tu vida— señaló Eren moviendo las manos por el lugar para hacer énfasis.
Mikasa frunció el ceño con ahincó.
—Es parte de mi vida porque estoy aquí ahora mismo— contestó.
Eren no respondió. En su lugar, continuó limpiando el arma en silencio. Su rostro permaneció en un plano de oscuridad.
—Te uniste a la milicia porque no tuviste otra opción.
Rudo y áspero, una respuesta que congeniaba con su aura en los últimos meses. Estaba hastiado, como siempre, pero esta vez era unos cuantos niveles más preocupantes que de costumbre.
—Es cierto, pero no es como que los tres tuviéramos otra opción. Era eso o morir de hambre— Mikasa aparentó tranquilidad encogiéndose de hombros.
El la taladró con sus finos ojos verdes.
—Solo prometeme que cuando…— titubeó un instante—; cuando la maldición me obligue a cumplir mi destino, tú vivirás feliz. Formaras una familia y te alejaras de todo esto.
—Eren…
—Por favor, Mikasa— insistió—. Jean es el único que te merece. Es un buen hombre.
…
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle, señorita?— preguntó el afable hombre detrás del cristal de la taquilla.
—Un boleto con destino a Shinganshina, por favor.
Diligentemente, el hombre extendió por la superficie un ticket de cartón con un folio y numero de asiento asignado. Mikasa pagó la cantidad de dinero solicitada y agradeció al hombre por su servicio.
Observó el ticket durante un segundo o dos, preguntándose si había tomado la decisión correcta.
—¿Mikasa?
Escuchó una voz femenina llamarla a la lejanía.
Vio a la mujer de cabello castaño caminar en su dirección. Llevaba un vestido azul de verano con vuelo y sandalias de tiras, y le hizo un gesto encantador a la aludida a manera de saludo. Un rayo de sol dio en uno de los pendientes, que refulgió como si hubiera recibido un toque celestial.
Una chica resplandeciente. Menor que Mikasa, pero aún resplandeciente, desde luego. Mikasa había mirado a chicas como esa toda su vida con curiosidad cientifica. Puede que con cierta admiración. Incluso con cierta envidia. No eran necesariamente las más bonitas, pero se arreglaban muy bien, como los árboles de Yule, con pendientes largos, pulseras tintineantes y delicadas bufandas caladas.
—Me alegra encontrarte aquí— dijo una vez que consiguió alcanzarla, sonriente.— ¿Viniste acompañada de tu marido?
Mikasa sintió esa extraña sacudida que experimentaba en ocasiones cuando se hacía la desentendida y entonces algo (a menudo otra persona) la obligaba a recordar a tiempo la forma adecuada de comportarse de un adulto atento, normal y bien educado.
—¿Jean?— preguntó, «¿De qué otra persona estaría hablando?».—. Oh, no, se encuentra en casa, indispuesto.
Una mueca de horror deformó el bonito rostro de la Señora Hegstad.
—¿Está bien?— quiso saber.
—Sí, no es nada grave, una simple migraña— mintió.
—Espero mejore pronto.
—Le enviare sus buenos deseos.
Lo último que deseaba Mikasa era prolongar la interacción más tiempo del necesario. Tras la discusión con Jean, necesitaba un momento a solas para pensar objetivamente. Había pasado la noche en vela, repitiendo en su mente las crueles palabras de su compañero que daban fin a las ilusiones de solucionar las cosas entre los dos. Él no la quería cerca y ella no iba a negarle ese deseo.
—¿Sale de viaje?— cuestionó la señora Hegstad sacándola de sus pensamientos.
Mikasa intercaló la mirada entre el rostro de la mujer y el boleto en sus manos.
—Así es— suspiró—. Uno de mis familiares está enfermo— continuó mintiendo. No era necesario aplastar las ilusiones de Sif diciéndole la verdad—. Voy de camino a Hizuru.
—¿Por cuánto tiempo?— indagó la curiosa mujer.
—Probablemente lo que resta del año.
—¡Oh! Es bastante, ¿Qué fue lo que dijo el Teniente al respecto?
«Él fue muy claro con sus intenciones». Pensó Mikasa con cierto pesar.
—Jean fue quien lo sugirió— dijo.
—Parece un hombre comprensivo— secundó Sif.
—Lo es.
Transcurrieron un par de segundos y Mikasa agradeció el silencio.
La idea de marcharse a Hizuru parecía tentadora. Podría mudarse a un sitio nuevo, conseguir un empleo, empezar desde cero con su reputación intacta. Ahora todo se había vuelto demasiado complicado. La única solución era irse. Era lo que había que hacer. Lo mejor para ella.
Quizá había sido inevitable que su estancia en ese lugar acabara tan desastrosamente. Las auténticas e inconfesadas razones para buscar refugio allí eran tan peculiares, confusas y del todo extras que ni siquiera podía permitirse expresarlas como era debido.
Aunque, en realizad, quizás ir allí hubiera sido un paso extraño y necesario de algún proceso, porque en los últimos meses algo había sanado. Por mucho que hubiera estado sufriendo por la muerte de Eren, sus sentimientos hacia él habían experimentado un cambio sutil. Le daba la sensación de que ahora lo veía con más claridad.
Para cuando Mikasa expresó su tentativa de marcharse, la animada Sif la invitó a tomar una taza de té a una cafetería cercana.
Tomaron asiento cerca de la ventana que enmarcaba el pintoresco paisaje con sus colores elegantes, su inesperada nitidez y su carácter novedoso, componían un rico tapiz frente al que deambulaban los fantasmas de la imaginación de Mikasa, formas umbrías y misteriosas. Se le antojaban del todo irreales. Aquel sitio era como el lienzo pintado que representaba una ciudad en las antiguas obras de teatro. Las hermanas del orfanato, el General Hegstad y Sif, los señores Rosenbald eran personajes fantásticos en una mascarada, y el resto, la gente que se deslizaba furtivamente por las calles tortuosas, eran figurantes anónimos.
A Mikasa le parecía increíble que ella y Jean hubiera tomado parte en aquella puesta en escena caprichosa e irreal, y además hubieran interpretado papeles importantes. ¿Acaso se trataba de una broma? Quizás no fuera más que un sueño del que despertaría de repente con un suspiro de alivio. Se le figuraba que todo había ocurrido hacía mucho tiempo en un lugar lejano. Las personas de esa obra aparecían extrañamente borrosas en contraste con el soleado telón de fondo de la vida real.
—¿Te molestaría si expreso con claridad mis pensamientos?— escuchó decir a Sif con voz cautelosa.
—Adelante.
—Cuando le telegrafiaron a mi esposo para comunicarle que venías con el Teniente Kirstein me quedé estupefacta, pero luego pensé que quizás, por la naturaleza de su trabajo, estabas habituada a lidiar con situaciones como esa. Supuse que serías una de esas mujeres adustas que te hacen la vida imposible. Me quede de una pieza cuando entré en tu casa y te vi de pie bajo el umbral de la puerta. Parecías tan frágil, pálida y agotada…
—Bueno, Mitras está a más de siete horas de camino— se encogió de hombros.
—Ahora también se te ve frágil, pálida y agotada, y, si no te importa que lo diga, desdichada hasta la desesperación.
Mikasa se sonrojó sin remedio, pero consiguió soltar una risa nerviosa que sonó bastante alegre.
—Lamento que no te guste mi expresión. Desde los doce años soy consciente de que cargo cierto aire de nostalgia.
Sif fijó en ella sus brillantes ojos avellana, y Mikasa leyó en ellos que no creía ni una palabra de lo que decía, cosa que no le importaba siempre y cuando fingiera lo contrario.
—Estaba al tanto de que no llevabas mucho tiempo casada y llegue a la conclusión de que tú y tu marido estaban locamente enamorados. Me parecía impensable que el deseara que lo acompañaras, aunque cabía la posibilidad de que tú te hubieras negado en redondo a quedarte atrás.
—Es una explicación muy razonable— asintió ella con toda tranquilidad.
—Sí, pero no es la verdadera.
Mikasa aguardó a que continuara, algo temerosa, pues se había formado una idea bastante clara de la sagacidad de Sif.
—No me creo que estés enamorada de tu marido. Me da en la nariz que algo sucede entre ustedes y estoy casi segura de que le tienes miedo.
Ella apartó la mirada por un instante. No pensaba permitir que Sif se apercibiera de que lea afectaba lo que decía.
—Tienes una opinión muy fuerte respecto a nosotros— replicó con frescura irónica.
—Respeto a Jean, mi marido lo considera como un hijo: tiene cerebro y carácter, y eso, te lo aseguro, es una combinación muy poco habitual— dijo Sif—.Supongo que no estás enterada de lo que hace aquí, porque me da la impresión de que no es muy comunicativo contigo. Si hay alguien capacitado para acabar con la inminente guerra es él. Va a donde tiene que ir y hace lo que tiene que hacer sin la menor aprensión, arriesga la vida veinte veces al día, se ha metido en el bolsillo a mi esposo y lo ha persuadido para que ponga las tropas a su disposición, incluso ha dado un toque de atención al magistrado, y el viejo está esforzándose de veras por hacer algo. Las hermanas del orfanto, por su parte, creen ciegamente en él; lo consideran un héroe.
Por supuesto que era un héroe. Desde los quince años, el esfuerzo de Jean Kirstein lo había llevado a convertirse en una pieza clave en las filas de Paradis. Si bien, ella era considerada una diosa de la guerra, su compañero se posicionó como uno posible candidato para sustituir a cualquier capitán o alto mando de las diferentes facciones militares existentes antes del Retumbar.
—¿Tú no?
Sif suspiró.
—Después de todo no es su trabajo, ¿verdad?— sonrió—. Tu marido no está́ aquí́ porque le importe un carajo si el la guerra se lleva por delante a un millar de personas, ni está aquí́ en aras de la diplomacia. ¿Por qué́ ha venido?
—Eso deberías preguntárselo a él.
—Es interesante verlos juntos. A veces me pregunto cómo se comportan cuando están a solas. Siempre que está presente interpretan un papel, los dos, y que me aspen si no son los peores actores que conozco. Ni tú ni él obtendrían tres cuartas a la semana en una compañía teatral si eso es todo lo que son capaces de hacer.
—Honestamente, no sé a qué te refieres, Sif— Mikasa intentó sonreír, manteniendo una fachada d de frivolidad aun a sabiendas de que no conseguiría engañarla. Había subestimado a la esposa del General.
—Eres una mujer muy hermosa. Me extraña que tu marido nunca te mire. Cuando se dirige a ti es como si hablara otra persona, y no él.
—¿Crees que no me ama?— preguntó ella con voz ronca y queda, dejando de lado su aparente ligereza.
Mikasa sabía la respuesta a su cuestionamiento. Jean se lo dijo después del beso y acabó por confirmárselo la noche anterior.
—No lo sé— se encogió de hombros—. No sé si provocas en el tal desvío que se le pone la carne de gallina con solo estar cerca de ti o si lo abrasa un amor que por alguna razón no se permite demostrar. He llegado a preguntar si han venido aquí a suicidarse.
Mikasa no había reparado en la expresión de pasmo y posterior escrutinio a que los había sometido Sif durante la cena en su casa.
—Me parece que concedes demasiada importancia a unas cuantas interacciones— comentó ella recuperando su tono despreocupado y poniéndose en pie.
—En cualquier caso, tú no eres ninguna heroína. Estas muerta de miedo. ¿Segura que todo está bien entre ustedes?
—Todo esta de maravilla.
Esa noche Mikasa tuvo una pesadilla.
Se trataba de una miscelánea de sus peores recuerdos, uno tras otros, apilados en una discordancia de agonía y abatimiento; todos vinculados a su niñez. Era como si su mente hubiese optado por rebuscar en los rincones más recónditos de su inconsciente para crear un pérfido escenario con uno de los peores momentos de su vida.
Había olvidado gran parte de lo sucedido en esa casa. Pocas personas conocían la historia, se decía a sí misma que no era necesario contarla, cuanto más la resguardara el mal recuerdo se desvanecería por completo.
No obstante, se materializó en la forma de su antigua casa en las montañas, donde vivía con su padre y madre lejos del pueblo y de la sociedad en general. Aun así, cuando se encontraba de pie en el jardín frontal, no pudo evitar sentirse extraña, las cosas parecían mal encajadas y fuera de lugar.
Vislumbró la puerta entreabierta, incitándola a ingresar. Mikasa no quería hacerlo. De forma autómata, sus piernas la dirigieron hacia la entrada. Aun en la oscuridad, atisbó la alfombra mohosa. Lo que quedaba de ella amortiguaba el sonido de sus pisadas. Escuchó ruidos dentro de las paredes, como ratas que escarbaban y correteaban.
Cerró los ojos con fuerza al mismo tiempo que le imploró a su mente ser transportada a otro lugar. Al elevar los parpados se tropezó con el cuerpo inerte de su madre, asesinada de la manera más despiadada yacía en medio de un charco de sangre coagulada.
Asustada, levantó la mirada rápidamente, logrando ver al otro lado de la estancia el contorno de cuatro figuras.
El corazón comenzó a latirle en los oídos cuando la imagen cobró sentido. Escuchó las risas guturales y la conversación apagada de tres voces masculinas, mientras una pequeña e indefensa Mikasa yacía en el suelo; los desgraciados le habían atado las manos en un intento por frustrar cualquier tentativa de escape.
—Nos darán un buen precio por ella— dijo uno de los hombres con una sonrisa grotesca estirándole la comisura de los labios—. Conozco algunos clientes que tienen cierta predilección por las niñas pequeñas— agregó.
—Es una buena opción— coincidió una segunda voz—. Es una lástima que su madre haya muerto, probablemente habríamos obtenido más por las dos.
Mikasa comenzó a hiperventilar, presa del pánico de escuchar de nuevo aquellas voces.
Horrorizada por lo que sus ojos presenciaban, quiso gritar, pero al igual que la primera vez, la pesadilla dio un giro y al intentar moverse, se percató que era ella la que estaba atada.
—En verdad eres preciosa— dijo una voz gutural.
Sintió como la carrasposa mano avanzaba por la piel de sus muslos. Ella intento alejarse cuando ascendió lo suficiente hasta pasar por alto su ropa interior y detenerse en su vientre.
—No te resistas, será peor para ti— susurró; el nauseabundo olor de su aliento le bañó el rostro.
Una mano le rodeó un seno mientras la otra se abría pasó en los confines de su intimidad.
—¡Eren!— gritó. Él la había salvado aquella vez—. ¡Eren!— repitió.
—No te va a escuchar. Ya está muerto ¿no lo recuerdas?— dijo el extraño volviéndose hacia ella—. Y aunque quisieras hacerlo, te recuerdo que fuiste tu quien lo asesinó.
Procuró gritar una vez más, pero ningún sonido se produjo. El simple hecho de respirar dolía. Estaba hiperventilando otra vez, el miedo dominaba su mente y cuerpo. El sonido de la risa de aquel tipo la hizo palidecer. Podía sentir sobre ella el peso de su cuerpo desagradable, su sudor excitado…
Ahogó un gritó desgarrador al sentir el siguiente movimiento con demasiada claridad. El dolor era físico y mental. Horrible. Desagradable. Algo en su interior se rompía. Era tan grotesco que no lo soportaba, y cuando creyó que estaba a punto de mover, volvió a embestir.
Despertó empapada en sudor y respirando entre grandes bocanadas, buscando desesperadamente el aire que le faltaba, como si acabara de regresar a la superficie después de pasar largo rato sumergida en las profundidades del océano. Instintivamente se reincorporó en la cama, llevando las manos hasta sus muslos, revisando sus brazos en busca de heridas. La dolorosa sensación había desaparecido y tan solo una fina capa de sudor resbalaba por su cuerpo.
La sensación de tenerlo en su interior era un recuerdo que pesaría por el resto de su vida. Aunque nunca hubiese sucedido.
El ardor en su pecho no amainó cuando cubrió sus labios con una mano para contener el sollozo, tratando de controlar las lágrimas que deseaban abordar por sus mejillas.
Un relámpago iluminó la habitación. Había pasado mucho tiempo desde que tuvo una pesadilla. Era tal vez la peor de todas, más nítida de lo que esperaba, mucho más específica y grotesca.
Dispuesta a disipar las sensaciones de su mente su propia piel, salió disparada de la cama. Haciendo caso omiso a sus piernas débiles, caminó escaleras abajo hasta llegar a la puerta principal.
Sin saber muy bien cómo hacerlo, abrió la puerta. El cielo rugió como un titan partiendo la noche por la mitad con sus puños relámpago hasta que la lluvia cayó como sangre de una herida mortal sobre el suelo.
Mikasa necesitaba escapar. Notó el rostro húmedo y pegajoso del lodo bajo sus pies e ignoró el cosquilleo que generaba la hierba al acariciar su piel. En cuestión de segundos estaba calada hasta los huesos, pero eso no le importó. Presa de un impulso mayor, se desplazó hacia el frente sin rumbo alguno en medio de la tormenta.
…
Una brisa intrusa despojó al escritorio de algunos papeles sueltos, desperdigándolos por el suelo. Jean dejó escapar una maldición.
Hastiado, se levantó de su asiento para recogerlos, la una hoja que le importaba era aquella que tenía el retrato de Mikasa, mismo que había pasado toda la tarde dibujando. Soltó un suspiro de genuino alivio al darse cuenta que seguía intacto.
Logró mantenerse ocupado la mayor parte del día. Encontró miles de pequeñas tareas por hacer: se ocupó de limpiar el auto, reparó el techo y ordenó los libros de los estantes por orden alfabético, todo lo cual significaba que no tenía que mirar a Mikasa ni hablar con ella.
Y si, lo admitía. Se había comportado como un completo imbécil.
El imbécil más grande en toda la faz de la tierra.
Las primeras horas después del regreso de Mikasa, las dedicó a soltar una retahíla de maldiciones, todas dirigidas a si mismo. Había metido la pata. La hermosa chica tenía el orgullo y los sentimientos heridos a causa de su imprudencia, por su falta de insensatez y, sobre todo, por su inseguridad.
Debían pasar de las diez de la noche cuando se dio por vencido y, en vez de continuar con el dibujo decidió leer. Otra idea estúpida tomando en cuenta que el único pensamiento en su mente era nada más y nada menos que Mikasa Ackerman.
A las horas de hojear un centenar de páginas y no prestar atención, Jean solo podía recordar el sabor de los labios de su compañera. Lo que hubiese pasado si esa noche él no hubiera actuado de esa forma, si él hubiese sido lo suficientemente valiente como para terminar lo que había comenzado, si se hubiese atrevido a corresponder sus sentimientos y materializar lo que su imaginación deseaba con tanta intensidad.
Cerró los ojos y ahogo una maldición entre dientes.
Estúpido. Estúpido. Estúpido. Estúpido. Y mil veces estúpido.
Ignorar el problema sería una causa perdida, porque, cada vez que evadía sus pensamientos de ella, regresaba, apoderándose de su mente con el sonido de su voz, la curvatura de su sonrisa, el brillo en su mirada, el tacto de su piel contra la suya. Jean estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no dejarse llevar.
Era evidente que el tiempo de convivencia había cambiado las cosas entre los dos. Ahora Jean no la veía como parte de un enamoramiento adolescente. Algo dentro de él -que aún no podía nombrar- crecía lentamente, enroscándose en su pecho hasta estrujarle el corazón.
Al cabo de varias horas de ensimismamiento, decidió abandonar la habitación meditando cada movimiento. Los músculos le ardían, el cuello se le tensó como siempre y el golpe en su cabeza protestaba con cada respiración. No había motivo para seguir evitándola, lo mejor era hablar y arreglar todo ese asunto, aun si parecía no tener remedio.
Subió las escaleras con cierto pesar. No había ni un rastro de esperanza. Después de que regresase a casa con el boleto de regreso en mano, él se resguardó en el cuarto, torturado por el deseo de volver el tiempo atrás.
No tenía nada decidido, ni siquiera cuando llegó a la puerta de su habitación. A propósito, se demoró varios minutos bajo la lámpara del pasillo y la única polilla fiel que la rondaba, tratando de elegir la menos desastrosa entre dos pobres opciones. Llegó a la siguiente conclusión: entrar ahora y encarar la cólera y la repugnancia de Mikasa, dar una explicación que no sería aceptada y, lo más probable, que le rechazara: una humillación insoportable; o bien volver a su habitación sin decir una palabra, dejando la impresión de que sus palabras habían sido intencionadas, atormentarse rumiando toda la noche y los días siguientes, sin saber nada de la reacción de Mikasa: más intolerable aún. Y más pusilánime. Volvió a pensarlo, con el mismo resultado.
No había salida, tendría que hablar con ella. Golpeó la puerta. Persistía la tentación de huir. Podría escribirle una nota de disculpa desde la seguridad de su estudio. ¡Cobarde! La madera fría estaba bajo la superficie de sus nudillos, y antes de sopesar una vez más los argumentos, se esforzó a llamar por segunda ocasión.
Se retiró de la puerta como una hombre que acabase de tragar una píldora suicida: no había nada que hacer, salvo esperar.
—¿Mikasa?— decidió llamarla con voz fuerte.
Probablemente ella estaba dormida o tal vez lo estaba ignorando deliberadamente. Lo único seguro era que Jean no irrumpiría en el cuarto a menos que ella se lo permitiera.
Volvió a golpear la superficie obteniendo el mismo resultado. Abatido, presionó la frente contra la puerta y dejó escapar otro suspiro.
—Solamente hablare ¿de acuerdo?— espetó con la esperanza de que ella escuchara la confesión y cambiara de opinión—. Puedes elegir escucharme— comenzó a decir—; probablemente me odies y no puedo negar que me odio a mi mismo. Lo entiendo. No fui amable contigo y detesto cada segundo que transcurrió después de haberte lastimado con mis acciones y palabras.
Jean no había preparado nada que decir. Aprovechaba esa oportunidad para desahogarse y permitir que todos los años de frustración fluyeran en ese instante de sinceridad.
»No voy a negarlo, Mikasa, pero por un momento llegue sentí aversión por ti. Odiaba cuando seguías a Eren a todos lados, la forma en que lo procurabas y la manera en que lo mirabas. Estaba celoso porque sabía que no merecía estar a tu lado y, aun así… al final, me demostró que estaba equivocado.
Sonrió amargamente.
»Probablemente su fantasma regrese para asesinarme. Es justo. Puedes maldecirme y detestarme todo lo que quieras pero somos amigos y no pienso dejarte sola.
Tomó una enorme bocanada de aire antes de recitar la confesión final, la estocada definitiva. Tenía miedo de que no compartieran algo, de que todo lo que estaba ocurriendo fuesen suposiciones erróneas y de que con sus acciones se hubiese aislado aún más.
—Todavía estoy enamorado de ti, Mikasa. Yo.. quiero pasar el resto de mis días a tu lado, incluso si tu no me quieres de la misma forma en que yo te quiero a ti.
Jean estaba dispuesto a amarla, aun si ella continuaba atada al recuerdo de Eren.
Una vez más aguardó.
El tiempo transcurrió vertiginosamente. Debió haber previsto una tercera opción: ser ignorado y vivir con el peso de las consecuencias.
Rodeó el pomo de la puerta con una mano al mismo tiempo que se apartaba de la superficie.
—No tienes que darme una respuesta ahora mismo, sin embargo, voy a entrar para asegurarme que todo esté bien— anunció. El silencio comenzaba a asustarlo.
Al abrir la puerta se encontró con la cama deshecha y una habitación vacía; las cortinas se alzaban a causa del aire, permitiendo ingresar algunos vestigios de la tormenta por la ventana abierta de par en par.
—¡Mikasa!
Echó a correr, bramando su nombre. A través de la cocina, donde estaba la cena intacta, escaleras abajo, donde el cuarto para resguardar los granos seguía completamente vacío, para salir finalmente al exterior por la puerta principal.
El diluvio lo arropó, empapándolo de pies a cabeza en cuestión de segundos. Todo estaba oscuro y no tenía la menor idea de donde podría estar.
Asustado, comenzó a deambular por el terreno lodosos clamando su nombre. Las gotas le nublaban la vista y sus piernas se habían tornado trémulas al resbalar en más de una ocasión a causa del barro.
Un escalofrió le recorrió la espina dorsal. Su corazón se detuvo un segundo y contuvo el aliento. Busco la forma de tranquilizarse y buscar un rastro en la tierra.
Un relámpago surco el cielo. El tiempo transcurría con demasiada lentitud y todo estaba muy quieto.
Treinta segundos después, Jean no podía continuar con la agonizante espera. Su cerebro envió una señal a sus piernas para que le respondieran y dio un paso hacia al frente al mismo tiempo que sus ojos enfocaban una figura blanca tendida en el suelo.
Sin pensarlo dos veces, corrió hacia ella.
Cuando consiguió llegar a su lado lo primero que notó fue que estaba inconsciente. La tomo entre sus brazos; lo primero que hizo fue asegurarse que no estuviera herida.
—¿Mikasa? Mikasa, despierta.
La tomó de la mandíbula y comenzó a sacudir su rostro delicadamente.
Los parpados de la aludida temblaron un momento antes de revelar la belleza de sus ojos grises.
—¿Jean?— preguntó.
Le tomó un par de minutos reconocer donde se encontraba. Al hacerlo, la tristeza le nubló el rostro y sin pensarlo se aferró a él con toda la fuerza que le era posible.
—Oh, cielos, ¿qué…? Ven aquí— le rodeó la cintura con ambos brazos y la atrajo hacia su cuerpo—. No pasa nada. Respira hondo. Ven aquí. Respira.
Solo tardó unos pocos minutos en llevarla de regreso a casa. Mientras caminaba por el sendero de piedras, se prometió a si mismo nunca más darle la espalda a Mikasa. Sostendría su mano el tiempo que fuese necesario y la amaría sin reparar en su pasado.
Continuará
N/A: ¡Hola, hola, gente bonita! Una vez más estoy de regreso con ustedes luego de una pequeña pausa involuntaria.
Mis planes de actualizar la historia tanto como fuera posible se arruinaron cuando el cargador de mi laptop dejó de funcionar, por ende no pude escribir nada durante dos largas semanas. Espero que el capítulo sea de su agrado, como siempre, lo escribí con mucho cariño y dedicación para ustedes.
Hay algunos puntos del fic que me gustaría abordar.
Releyendo los comentarios veo que surgieron algunas dudas respecto a la vida romántica de Jean. Debo admitir que fue un error mío no ahondar del todo en el tema, cuando quise solucionar esto, me percate que si realizaba el cambio tendría un error de continuidad, así que intente enmendarlo. De todo corazón, les ofrezco una disculpa.
En cuanto a Mikasa, considero que su personaje posee uno de los pasados más turbios. El cruel asesinato de sus padres y lo que se nos presenta no es muy abordado en otras partes de la historia cuando tiene una vital importancia en su desarrollo, por lo tanto, me tome la libertad de explorar esta parte, fue muy incómodo escribir esa escena aun cuando se trata de un sueño.
Dicho esto, aún quedan nueve capítulos de drama, romance e intrigas políticas. Así que les pido paciencia, soy muy lenta para escribir :c el viaje continua.
Sin nada más que agregar, mil gracias por su apoyo. En verdad, gracias por los follows, favorites y sobre todo, muchísimas gracias por sus comentarios 3 estoy atenta a todos los reviews y mensajes que me envían. Su opinión es muy importante porque me ayudan a seguir escribiendo y mejorar algunos aspectos del fic.
Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren. Cuídense mucho y saludos.
¡Nos leemos hasta la próxima! ¡Bye, bye!
