ACTO III
Miedo. El sentimiento primigenio.
El distintivo por excelencia de todo ser vivo consciente, desde el momento mismo en que una bocanada de vida llena su existencia, y da sus primeros y trémulos pasos en el mundo. El miedo mantiene alerta a los prudentes, y es desestimado por los incautos que no miden los azares ocultos entre las traicioneras luces de los callejones lúgubres, una señal de alerta o de la gentileza eventual e injustificada de un extraño.
¿Quién podría juzgarnos ante el temor a lo desconocido? ¿A tierras indómitas e inexploradas que nos alejan de la seguridad de la inquebrantable, confiable y cómoda rutina que dábamos por sentada?
El miedo nos mantiene con vida.
Sin cambios. Sin riesgos.
Todo de acuerdo al plan.
Pero dejar que el miedo consuma tu voluntad y te paralice, sólo estancaría las aguas. Impedir que la vida fluya y recorra aquellos recovecos improbables, acabará con ahogarte por el cúmulo del torrente turbia y sin salida. Negándose a pozos sin fondo, vertientes más rápidas o poder encontrar nuevas aguas que se unieran a su cauce.
Arriesgarse, desoyendo al miedo, nos permite cambiar. Avanzar. Transformarnos.
Y ahí estaba yo, enfrentando a lo desconocido y con el miedo asentado en mi pecho. Frente a la mano espectral extendida hacia mí, pidiendo ayuda en una súplica silenciosa. Frente a mí estaba mi querido amigo. Desnutrido, débil, agonizante. Esa mano era mi invitación a una senda sin retorno. Un rayo de esperanza improbable, que se me ofrecía con misericordia, y, aun así, sentía miedo de tomarla.
"Esto…" Rosie tuvo que tragar para esconder el temblor de su voz. "¿Esto es normal?"
Y en un susurro que parecía más un suspiro que contenía todo mi aliento retenido, apenas pude hablar.
"Hola."
El brazo fantasmal serpenteó hasta mi dedo pulgar y comenzó a tirar de él. Con poca fuerza, pero insistente.
"¿Te mandó Alastor?" Dije apremiante. "¿Sabes cómo está él?"
No dejaba de jalarme.
"Él necesita ayuda para despertar, ¿verdad?" Susurré con la esperanza muriendo en mi voz.
"Charlotte, ¿qué es esta cosa?" Preguntó Rosie mucho más despierta.
Observé a la sombra, con dolor.
"¿Qué te pasó, Sombra?" Musité con el corazón encogido. "Te ves tan débil. ¿Acaso es que Alastor también está…?"
La perspectiva de que la vida de Alastor estuviera pendiendo de un hilo, me remeció las entrañas. La sombra se vibró en respuesta.
"Me alegra tanto verte." Dije con la garganta apretada de angustia. "Pero no sé qué puedo hacer para ayudarlo. Ni siquiera puedo salir de esta cama todavía."
La sombra ondeó con lentitud, pero no soltó su agarre de mi dedo.
"¿Esa cosa puede entenderte?" Indagó Rosie, confundida. "¿Es alguna clase de espectro?"
"La verdad no sé si es una sombra como tal." Confesé. "Pero sé que está vinculado a la magia de Alastor y sigue sus órdenes, la mayoría del tiempo."
Rosie lo contempló con reservas.
"No recuerdo haberla visto en todos mis años de conocerlo." Inquirió sorprendida. "Recordaría ver a una sombra merodeando a Alastor."
"No la tiene hace tanto y casi siempre se esconde." Dije, vagamente.
"¿Y qué clase de cosas tuvo que hacer para obtener algo así?" Quiso saber Rosie.
Entendía su necesidad de respuestas, pero no podía concentrarme en ellas. La sombra seguía firmemente aferrada a mí.
"Alastor me dijo que apareció el día en que yo llegué." Respondí.
"Ah, bien." Dijo Rosie, abriendo mucho los ojos con exasperación. "Claro. Llega una chica desnuda a tu casa y, de pronto, aparece un espectro sombra que te obedece. ¡Qué conveniente! El mejor día de la vida de ese idiota."
De haber sido otro momento, incluso me hubiera reído.
"No sé los detalles, Rosie." Le dije exhalando, mientras me pasaba la mano por los ojos con frustración. "¿Podemos enfocarnos en esto?"
Rosie se cruzó de brazos y se dejó caer en la silla, dando un sonoro suspiro. Su semblante adusto no podía encubrir su preocupación.
"Bien, entonces el hechizo del silencio no funciona." Dijo, mientras movía el pie y su tacón repiqueteaba en el piso de madera. "Alastor no despierta. Y ahora aparece su pequeño espectro sirviente que también está débil."
Miré a Rosie con los labios fruncido.
"Entonces, habrá que movernos rápido." Dictó, como si fuera lo más obvio. "Eres la única otra usuaria de magia que conozco. Tiene que haber algo que puedas hacer."
Bajé la mirada, derrotada. La frustración y el miedo me estaba revolviendo las tripas. No estaba lista para esto.
"N-No lo sé." Dije tropezando con mis palabras. "No sé lo suficiente."
"¡Vamos, Charlotte!" Exclamó, poniéndose de pie de golpe. "Piensa. Algo se nos tiene que estar pasando. Si la vida de Alastor se está debilitando tan rápido, debe ser por culpa de algo más."
"Yo…" Musité sin saber cómo continuar.
Todo era demasiado.
Rosie. La dulce e inteligente Rosie perdía la compostura. Rogándome por ayuda.
"Por favor, Charlotte." Suplicó Rosie, tomando mi mano libre. "Dame una esperanza. Dime que estoy equivocada. Dime que Alastor aún puede salvarse. Dime que aún hay algo que podemos hacer."
Mirar a Rosie era doloroso. Ella estaba al borde de las lágrimas, expectante, con sus ilusiones a punto de derrumbarse.
Deseaba tener más entrenamiento. Deseaba haber tenido más tiempo para mejorar. Incluso de haber tenido accedido a las páginas que Miguel Magne tenía de…
Me detuve.
"El grimorio." Concluí.
Volví a observar lo frágil que se veía la sombra. Pasé mi mano libre por mi boca, intentando pensar.
"El hechizo del silencio no funciona." Dije lentamente. "Y la sombra está así, porque los hechizos del grimorio no funcionan."
Rosie soltó un suspiro contenido y se dejó caer sentada en el borde de la cama.
"¿Entonces mi hechizo del silencio tampoco funciona?" Preguntó ella, con los ojos con pánico.
"Podemos hacer una prueba." Dije, frunciendo el entrecejo. "Rosie, di: 'Alastor Leblanc es El justiciero'."
"Alastor es…" Rosie se detuvo, se aclaró la garganta y lo intentó, nuevamente, con más ahínco. "Alastor no… Él no…"
Se volvió a poner una mano en la boca, con los ojos muy abiertos.
"No funciona." Dije. "No completamente."
"Madre mía." Dijo ella, poniendo una mano su pecho. "Si me interrogan, no tendré ese respaldo. Y no sé qué tan creíble sea mi testimonio para la policía."
Miré la mesita de noche. Troné los dedos y la lámpara encendida se balanceó en su lugar, pero no voló a mi mano. Lo intenté un par de veces más y nada pasó. Siguió meneándose, pero sin levantarse del mueble.
"¿Qué debería pasar?" Preguntó Rosie, después de recuperarse de su impresión inicial.
"Se supone que debería venir a mi mano." Dije, mientras lo intentaba con la silla. Pero la silla apenas se movió de su lugar.
"¿Tu magia tampoco funciona si Alastor está inconsciente?"
Respiré profundamente y suspiré.
"No es eso." Musité lentamente. "La magia que yo uso es del grimorio. Alastor no influye en mi propia magia. Hay algo más. Algo que no hemos considerado…"
Mis ojos vagaron hasta el tazón metálico que descansaba en el mueble de noche, junto a la lámpara. Ese recipiente se lo habían dejado a Rosie en caso de que yo volviera a toser sangre y evitara manchar la cama. Miré mis uñas y pequeñas medias lunas de sangre se habían agolpado en ellas, como remanente de lo que había ocurrido esa mañana.
Mi mente estaba a todo lo que daba.
Quizás…
Troné los dedos y la sangre entre mis uñas se evaporó sin problemas. Las examiné con cuidado, corroborando que, en efecto, no quedaba rastro de sangre en ellas.
"Pero éste hechizo sí funciona." Susurré, confundida.
El cuerpo de un niño lleno de sangre frente a su madre llegó a mi mente. Un relato que Alastor compartió conmigo hace semanas atrás.
"¿Me enseñarías a hacer eso?
"Te enseñaré todo lo que quieras, mi amor."
Reposé mi mano sobre mi pecho, con el miedo comenzando a agolparse y sintiendo el frenético palpitar de mi corazón.
"Este hechizo no estaba en el grimorio." Dije, haciendo memoria. "Es magia de la madre de Alastor. Es diferente."
"¿La madre de Alastor también era… una bruja?" Inquirió Rosie.
"Sé que sí." Dije siguiendo el hilo de ideas. "Ella le enseñó otras cosas desde niño y, si funcionan, eso significa que…"
Volví a mirar el tazón de metal para mi sangre.
"¿Qué otros hechizos que no conozco del grimorio dejaron de funcionar?" Susurré, sintiendo cómo se me erizaban los pelos de la nuca.
"Charlotte, ¿sabes qué está pasando?" preguntó Rosie, impaciente.
"Rosie, no creo que esta tos con sangre sea una coincidencia." Anuncié en tono lúgubre. "Sólo los hechizos del grimorio no están funcionando bien…"
Miré a Rosie, con el terror asentándose en mi cuerpo.
"Y estoy casi segura que esa noche pasó algo que afectara la magia del libro."
Rosie abrió la boca para cerrarla otra vez. Sacudió la cabeza, como intentando mantenerse enfocada.
"Espera." Preguntó con desconfianza. "¿Cómo puedes dañar a la magia?"
Dudé un momento, buscando las palabras adecuadas a algo que ni yo misma entendía del todo.
"¿Hay alguien a quién podamos preguntarle sobre ese libro de magia?"
"No lo sé."
"Fantástico." Soltó Rosie con fastidio.
La frustración me hizo masajear mis sienes con mi mano libre.
"Mira. Se supone que soy la dueña actual de ese grimorio, Rosie." Intenté explicar, tratando de darle orden a mis ideas. "O eso es lo que me dijeron. No sé qué significa en su totalidad, pero se supone que debería ser capaz de tener más poder que antes. Que es una herencia."
Rosie me miró atenta, invitándome a continuar.
"Es lo que dijo Miguel." Dije, reviviendo los angustiantes momentos de esa noche en el incendio. "Él me dijo que necesitaba ser el dueño para acceder a poderes que estaban fuera de la mano de cualquiera que no sea el heredero. Que papá quería que el siguiente dueño fuera yo. Pero Miguel quería ser el siguiente dueño, y papá no iba a cederle eso. ¡Qué cosas horrendas habría hecho ese maniático con todo ese poder!"
Rosie soltó un resoplido de alivio, elevando las cejas.
"Luego vino la pelea." Continué.
La imagen de un niño pálido, flaco y de mirada triste vino a mi mente.
"Y, entonces, apareció ese niño." Entrecerré mis ojos, forzando mi memoria. "Y me dijo que mi herencia ya estaba lista. Hacía mucho frío y, en un parpadeo, desapareció."
"¿Sabes quién era ese niño?"
Negué con la cabeza.
"Lo siguiente que supe fue que Miguel gritó que el grimorio ya tenía dueño. No sé qué pasó. No sé qué pude haber hecho."
Miré a la sombra tomando mi mano.
"Entonces…" Dijo Rosie, lentamente. "¿Necesitas tener esos documentos para que funcione la magia? Ahora mismo debe tenerlos la policía."
"No, no." Expliqué impaciente, con la certeza de que algo se me escapaba. "Aún sin tener esas hojas a mano, la magia funciona mientras tenga el conjuro y la práctica. Mientras exista ese compilado, supongo, cualquiera puede hacer magia con él. Algunos con mejores resultados que otros, pero cualquiera puede."
"¿Y dices que eres la dueña ahora?" Soltó Rosie, algo exasperada. "Perdón, Charlotte, pero ya de por sí es difícil seguirte el ritmo en la explicación. Pero no entiendo una cosa: ¿la magia no debería funcionar contigo mejor que con nadie?"
"Sí." Afirmé, ladeando la cabeza con incomodidad.
"¿Y que no necesitas tener esas ridículas hojas para que funcionen los hechizos?" Continuó, impasible.
"Así es."
"Entonces, ¿qué está pasando?" Preguntó Rosie, elevando las manos y abriendo mucho los ojos. "¿Incluso cuando tienes derecho hereditario no puedes usar esa magia? Esto es simplemente fantástico. No sé quién escribió esos dichosos archivos, pero, francamente, quisiera golpearlo justo ahora."
Un pesado silencio tensó la habitación. Rosie movía su pie con impaciencia y los ojos cerrados. Yo indagaba en mis memorias, esperando encontrar algo que me ayudase a encontrar una respuesta.
"¿Alastor nunca te explicó por qué la magia… ¡POOF!" Preguntó Rosie abriendo y cerrando una mano. "…deja de funcionar de repente?"
"Rosie, hablamos de Alastor Leblanc." Dije, intentando mantenerme serena, pero con la frustración latente. "No es, realmente, alguien que da respuestas claras. Y menos con todo lo que corresponde a una reliquia familiar que ni siquiera debería haber usado en primer lugar. Si estuviera despierto, estoy segura que ni él sabría qué está pasando ahora."
"Es cierto." Murmuró Rosie, pensativa. "Dudo mucho que él te haya dejado a la deriva con algo tan importante."
"No es como si todos los días la magia dejara de funcionar sin motivo aparente." Concordé, frunciendo la boca.
Rosie se giró hacia mí y me miró con seriedad.
"Nos está faltando algo. Tiene que haber algo más que no estamos considerando. Piensa, Charlotte. ¿Qué más pudo pasar esa noche para que el grimorio dejara de funcionar? ¿Qué pudo pasar que afectó tanto a la magia?"
Suspiré, exasperada. Cerré mis ojos con fuerza y comencé a enumerar con los dedos, con un tono de impaciencia.
"Bien. Ya. Miguel fue poseído. Alastor y él pelearon. El señor Pentious intentó arrollar a Miguel con el auto…"
"¡Vaya!" Dejó escapar Rosie, sin poder ocultar la sorpresa.
"Liberé a Alastor, apareció el niño, Miguel enloqueció, el perro me comió, y cuando salí del perro de sombras…"
Un momento.
"Creo que lo tengo."
Sí había algo con lo que no había considerado.
"Esto es una consecuencia por usar 'El nombre de Dios'." Concluí, sin salir de mi estupor.
"¿Estamos hablando de blasfemias en un momento así?" se quejó Rosie masajeando su frente.
"Así se llama ese hechizo." Le rebatí. "Se llama 'El nombre de Dios'. Se supone que es un poderoso conjuro que… que… puede expulsar seres del más allá."
La nebulosa de mi mente se fue dispersando ante esa respuesta.
"Y eso debió espantar a los espectros que ayudaban a Miguel Magne y ese poder debió afectar el funcionamiento del grimorio." Indiqué, sintiendo la electrizante emoción de resolver ese enigma. "Por eso la magia está tan débil. Es como si se hubiese quedado sin fuerzas."
Rosie parpadeó un par de veces y me miró con desconfianza.
"¿Tienes un hechizo que expulsa seres del más allá también?" Tanteó.
Elevé los hombros, cansinamente.
"No por gusto." Dije, exhausta. "Al parecer, se vino conmigo del otro mundo cuando mis papás me revivieron cuando era niña."
El peso de esa confesión pareció tomar a Rosie con la guardia baja.
"¿Apple Daddy usó magia para revivirte?" Susurró contrariada.
Asentí, cansinamente.
"Habían… habían dicho que habías muerto en el viaje." Comentó, forzando su memoria. "Pero cuando te vi viva el día del entierro que tus tíos habían preparado para ti, en el cementerio, fue maravilloso. Y todo quedó como un gran y feliz malentendido."
Recordaba ese día. Bajando del auto, luego de un gran viaje en barco, antes de ir a mi casa. Yo estaba cansada, pero papá insistió en que fuésemos al cementerio. Mucha gente vestida de negro estaba en la entrada del cementerio. Muchas caras conocidas. Al verme, todos se precipitaron hacia mí. Yo saludaba a todos, con cordialidad, pero recibiendo muchos abrazos y lágrimas de alegría. Creía que todos me habían extrañado mucho y me sentí muy importante. Recuerdo haber visto a Rosie entre la multitud. Y prometiéndome un vestido de regalo por mi regreso, que me entregó unas semanas después y me había encantado.
"Entonces, sí moriste." Murmuró Rosie, aún asombrada.
No era algo agradable de pensar.
"Los espectros han intentado devorarme más de una vez, antes de que si quiera supiera que algo así existía en mí." Dije. "Alastor dice que es porque mi alma es rara."
"Charlotte…"
"Yo no decidí nada de lo que me ha pasado, Rosie." Dije, sintiéndome abrumada. "Nunca tuve la opción de elegir. Soy presa de lo que otros han designado para mí a lo largo de mi vida. Nunca pedí nada de esto. Nunca decidí nada para mi vida. Y, aun así, estoy aquí."
Rosie miró al techo unos momentos antes de volver a hablar.
"Wow." Comentó, girándose hacia mí. "Puedes usar magia negra y exorcizar al mismo tiempo."
La miré, haciendo un mohín y encorvándome. Ella resopló sonoramente.
"Suena bastante problemático, linda." Concluyó con sencillez, tocando mi antebrazo con suavidad y dedicándome una sonrisa condescendiente.
"Lo es." Concordé.
"Y has aguantado todo eso sin derrumbarte." Comentó animadamente. "¡Yo habría colapsado! Me habría cambiado el nombre. ¡Hubiese puesto una tienda y ganado dinero fingiendo ser una médium!"
Una media sonrisa se escabulló por mis labios.
"Mira, sé que nada de lo que has pasado es fácil." Dijo, en tono más serio. "¡Madre mía! ¡No puedo ni imaginarme a alguien con una vida con la mitad de los problemas que tienes que lidiar! Pero, si de algo sirve, Charlotte, has demostrado ser capaz de tomar tus propias decisiones. Ya no eres esa pequeña niña. Y me alegra que estés aquí."
Suspiré otra vez, con las lágrimas amenazando con aparecer nuevamente. Tragué y me aclaré la garganta antes de continuar.
"Pero yo no sé cómo invoqué ese hechizo esa noche, y ni siquiera puedo recordar algo de eso con claridad. Todo era luz y silencio denso como una pared. Todo volvía a su cauce y Miguel Magne…"
La boca se me secó.
"Ese hechizo mató a Miguel…" Dije, con la voz estrangulada.
La tensión de una revelación que no había podido sacar de mi pecho y en lo que había estado tratando de evitar:
Esa noche murió Miguel Magne.
El hechizo mató a Miguel Magne.
Yo había matado a Miguel Magne.
Indirectamente.
Pero había encendido la chispa que desencadenó en su deceso. No era menos culpable por haberle dado un golpe certero a un hombre moribundo y que sucumbió a poderes que excedían a sus fuerzas.
"¿Charlotte?" Dijo Rosie, con preocupación.
"No quería ser yo quien lo matara." Comenté en voz triste y ajena. "Sólo… Sólo quería que nos dejara en paz. Quería que se fuera y no verlo nunca más. Que ya no lastimara más ni a Alastor, ni a mí. No sé cómo invoqué ese hechizo. Pero cuando ya estaba en marcha, fue como soplar sobre una estatua hecha de polvo. Y Miguel sólo se desplomó."
Rosie guardó silencio ante mis palabras y puso una mano se apretó más en mi antebrazo. Cuando elevé la mirada sus ojos rebosaban en determinación.
"Charlotte, no fue tu culpa." Dijo ella, con convicción. "Eran ustedes o él. Y él les hizo cosas horribles a ustedes dos. No tuviste otra opción. Actuaste en defensa propia y nadie puede señalar lo contrario."
"Pero aun así…" Intenté rebatir. "Es difícil de asimilar. Nunca pensé en ser capaz de matar a alguien y ahora…"
"Él decidió cosas, Charlotte." Insistió Rosie. "Él quiso decidir por tu futuro. Y peleaste por defender lo que a ti te importa. No puedes pretender ser responsable de las decisiones de otros. Sólo puedes hacerte cargo en qué grado te afectan. Y gracias a que las cosas ocurrieron como ocurrieron, es que estás aquí y Alastor también. Y él no."
Las palabras e Rosie me remecieron.
"¿Cuándo es justo llamar a alguien un asesino?" Escuchaba a mi propia voz de niña, preguntándole a papá luego de escuchar un cuento sobre una muchacha, un lobo y un cazador.
No sabía cómo sentirme, en verdad. Me había vuelto una asesina para proteger a personas a las que amaba. Por querer proteger mi propia integridad. Por querer darnos a Alastor y a mí un nuevo amanecer. Gracias a eso podía pensar en cómo ayudar a Alastor a despertar. Gracias a eso es que el señor Pentious había llevado los beignes para comer de regalos. Gracias a eso es que yo podía estar sentada frente a Rosie, con la sombra tomando mi mano.
El lobo era un asesino. El cazador mató al lobo. El cazador también era un asesino.
Cerré los ojos con fuerza, y sacudí la cabeza para alejar esos pensamientos.
"Ahora tenemos cosas más importantes de las que ocuparnos." Dije, incorporándome.
Rosie me sonrió con ánimo.
"Bien." Concordó. "Te ayudaré en todo lo que pueda para salvar a ese idiota de su propia cabeza."
Le dediqué una tenue sonrisa y luego miré a la sombra, que aún aferraba su largo brazo espectral a mi mano.
"Alastor sigue con vida, y no puede despertar." Dije, concentrándome en la información que tenía a la mano. "La magia del grimorio no está funcionando, así que podemos descartar que sea un hechizo que Miguel le haya lanzado a Alastor antes de morir, para dejarlo en ese estado."
"Y lo que chismean las enfermeras es que las heridas que él tenía al llegar no podrían haberlo dejado ese estado." Continuó Rosie, pensativa. "Tenía gran mordedura en la pierna y algunos cortes, pero nada como una contusión importante en la cabeza. ¿Dijiste que Miguel Magne transformó su sombra en un perrote? ¡Uf!" Resopló "Tal vez Alastor sólo está agotado por enfrentarse a eso."
"¿Puedes comunicarte con él?" Le pregunté a la sombra.
La sombra ondeó con lentitud.
"Es un "no", ¿verdad?" Inquirió Rosie.
"Pero sabes que él necesita ayuda para despertar." Insistí.
La sombra ondeó con más fuerza.
"No tenemos ni el grimorio, ni la magia de nuestro lado." Señalé con pesar, pasando mi pulgar por la comisura de mi boca con brusquedad. "Y tampoco hay nada que podamos hacer desde aquí."
Hice una pausa y miré a Rosie.
"Entonces, sólo nos queda llegar a él." Dicté de súbito. "Tenemos que ir a su cuarto en el hospital."
"¿Qué?" Preguntó ella, con seriedad. "¿Y qué piensas hacer estando allá? ¿Hablarle y pedirle que despierte?"
Le di una mirada significativa. Ella se frotó los ojos con los dedos.
"¿En serio ese es tu plan?" Preguntó, escéptica.
"La otra opción es quedarnos aquí y esperar sin hacer nada." Rebatí, molesta.
"Es una locura."
"Quizás lo sea." Dije, menos segura. "Pero, tal vez, si tan sólo nos escuchara, sabrá que estamos esperándolo. Si oye una voz familiar, podría ayudarlo a salir de su cabeza y encontrar el camino de vuelta."
"No sé, Charlotte." Dijo conflictuada. "¿Esperas que hablándole será suficiente?"
"¿Tienes un mejor plan?" Respondí, elevando una ceja. "Al menos hay que agotar esa opción."
Rosie, luego de unos momentos de considerarlo, mirando severamente al piso mientras su pie se agitaba con impaciencia; soltó todo el aire que tenía contenido en un poderoso resoplido.
"Es mejor que nada." Se rindió.
"No digo que vaya a funcionar." Dije, con poco entusiasmo. "Pero es lo mejor que tenemos ahora."
Ella marcó la forma de su fino mentón con sus dedos índice y pulgar, mientras pensaba.
"Bien." Murmuró mirando a la nada. "Si ese es el caso, tendremos que actuar con precaución…"
La miré absorta, mientras casi podía ver sus siniestras maquinaciones mentales tomar formar. De pronto, Rosie se puso de pie tan de prisa que di un respingo por el susto.
"Bien." Dijo, con convicción. "Vamos."
La miré, asombrada.
"¿A-Ahora?" Dije, descolocada. "Pero es muy precipitado. Hay que pensarlo bien y..."
"Mira, Charlotte." Comenzó Rosie, con un tono autoritario tan maternal que me puso nerviosa. "Lo que menos tenemos es tiempo. Y si hay una remota posibilidad de que Alastor despierte por esta idea, vamos a tomarla. ¿Quedó claro?"
"Pero, Rosie…" Intenté detenerla.
Sin esperar más, ella salió, con paso firme, de la habitación y me dejó sola con la sombra.
Me sentí inquieta. Rosie se estaba aferrando a una posibilidad tan vaga, que había sido capaz de aceptarla y arriesgarse por ella. Pero también un brote de confianza renovada creció en mi pecho: estábamos haciendo algo. Valía la pena el riesgo.
"Tú tranquila." Le dije a la sombra. "Quédate conmigo. Nos encargaremos de esto. Sólo te pido que nos hagas de guía para encontrarlo, por favor."
Ella se aferró más a mí y su cuerpo delgado se ocultó por completo dentro mi propia sombra. La única forma en que podría describir lo que sentí cuando la sombra hizo eso, fue el de un peso adicional que se había pegado a mi cuerpo, como una cobija delgada.
Rosie volvió al poco rato con ímpetu, trayendo consigo una gastada silla de ruedas de madera, que chirreaba ligeramente con cada vuelta.
"¿De dónde la sacaste?" Le pregunté, con asombro.
"El vecino no la usará hasta mañana." Explicó, ubicándola a un costado de mi cama. "Es la ventaja de no tener cerrojo en las puertas de los pacientes."
"¿La tomaste sin permiso?" Exclamé con una oleada de pánico en el pecho.
Ella me miró con desaprobación.
"¿Importa eso ahora?" Me reprochó.
"¿Qué tienes en mente?" Pregunté, confundida.
"Mira, a estas horas no hay mucho personal. Esta es área de internos y la mayoría de las enfermeras se fue a dormir a algún rincón o están en el área de urgencias."
"¿Estás segura?"
"Ya he salido a caminar para estirar las piernas por la noche, Charlotte." Me recordó. "Y no vi a un alma en varios pasillos."
"Y si lo que he escuchado es cierto, lo único que nos separa de Alastor son algunos pasillos y el guardia de turno que lo custodia."
"¿El guardia?" Dije con pánico. "No podemos empezar una pelea, Rosie. Y no tengo cómo usar magia. Él de seguro está armado y…"
Rosie tomó los dos beignés que estaban en la bolsa de papel y se los metió al bolso.
"¿Para qué es eso?" Quise saber.
"Tú sígueme el juego." Me interrumpió. "Lo distraeré lo suficiente para que pases a ver Alastor. Pero tendrás que ir caminando sola adentro. Esta silla no te permitirá desplazarte bien."
La idea hizo que mis músculos adoloridos temblaran.
"¿Crees que puedas hacerlo sin apoyo?" Tanteó Rosie.
Moví mis piernas hasta el borde de la cama y toqué el suelo con los pies descalzos. El desuso por casi una semana hizo que sintiera mis piernas hechas de cemento. Las balanceé tentativamente, sintiendo cómo cada fibra se estiraba con cada movimiento, como pequeños calambres.
"Aquí voy." Susurré.
Tomé impulso y me puse de pie, agarrándome del brazo de Rosie para evitar caer. Una vez me estabilicé, me solté de ella y di unos pasos trémulos por la habitación. Cada músculo de mi cuerpo se quejó por no haberse recuperado del entumecimiento. Pero me mantuve concentrada en conservar el equilibrio y el ritmo de mi andar. Después de días, volvía a caminar. Y me sentía como una anciana con las piernas débiles.
Finalmente, después de un par de vueltas rodeando la cama, me dejé caer sin mucha gracia en la silla de ruedas, lanzando un sonoro quejido. La silla apestaba a madera húmeda, y los años de uso no habían sido amables con ella.
"¿Y bien?" Preguntó Rosie, ansiosa. "¿Podrás resistir hacerlo sola?"
"Creo que sí." Dije finalmente, lanzando un resoplido. "Esto va a doler mañana, pero creo que puedo."
"Bien." Aprobó Rosie, poniéndose una pañoleta sobre su cabello y cubriendo su cuello.
"Por favor, guíanos." Susurré a la sombra.
A pesar de su debilidad, la sombra logró elevar mi mano y apuntar hacia adelante. Rosie me cubrió mis hombros con una frazada, ella se puso un grueso chal y salimos con cautela.
El frío pasillo constaba sólo de unas débiles farolas que iluminaban tímidamente el camino. Los tacones de Rosie resonaban con eco en las paredes y me apegué más a mi frazada, para sentir su calor. A cada paso que dábamos me sentía más ansiosa. Temía que nos topásemos con alguien en el camino y sin una razón creíble por la cual estar merodeando en plena madrugada. Rosie caminaba dando zancadas y nos manteníamos en alerta a cualquier ruido. En la primera bifurcación del pasillo, mi mano se movió a la izquierda y le hice la señal a Rosie. Ella siguió el rumbo y apuró el paso. Un largo trecho, seguido por otra vuelta a la derecha, nos permitió llegar a la habitación de Alastor a la vuelta de una esquina.
Desde nuestra posición, notamos que la habitación contaba con una puerta con el número 207 y el guardia de seguridad frente a ella, sentado en una silla de hospital y dormido, con la cabeza colgando sobre su pecho, roncando sonoramente.
"Tú espera aquí hasta que me lo lleve lejos." Susurró Rosie, arreglando su chal hasta cubrirse la cabeza. "Lo distraeré lo que más pueda. Procura haber regresado a la silla antes de que vuelva."
Rosie se acercó al guardia con cautela, y le tocó el hombro.
"Disculpe, señor." Dijo, Rosie, mientras sacudía al policía. "Necesito que me ayude, por favor."
El hombre se sobresaltó y miró a todos lados, exaltado. Enfocó los ojos en Rosie y se irguió, carraspeando.
"Buenas noches, señora." Dijo, con voz áspera. "¿Qué se le ofrece?"
"Buenas noches, oficial." Respondió Rosie, con una suave voz. "Disculpe las molestias a estas horas. Pero había ido en búsqueda del baño, y me perdí."
"Oh, está a tres pasillos a la derecha." Le dijo el oficial con simpleza, indicando con su brazo.
"¿Podría acompañarme, por favor?" Dijo Rosie, en un perfecto tono de desamparo.
"Lo siento, señora, pero no se me permite dejar mi puesto y…"
"Perdí mis lentes esta mañana y veo muy poco." Interrumpió Rosie, mortificada. "Pero, claro, pude distinguir la gallardía de los colores de su uniforme a kilómetros. Y me alegró tanto poder encontrarlo por aquí, oficial."
El hombre de mediana edad parecía muy complacido por esas palabras y su disposición cambió.
"Bueno, no digo que sea muy gallardo lo que esté haciendo ahora." Comentó con modestia, pero con una gran sonrisa complacida. "De hecho, mi única misión en estos días ha sido vigilar a este sujeto que sólo duerme." Concluyó haciendo un gesto con la cabeza, hacia la puerta detrás de él.
"Oh, entonces, no habría problemas si me acompaña a encontrar el camino del baño." Dijo Rosie, apremiante. "Sólo será unos minutos. Usted verá, la urgencia…"
"Claro, claro." Dijo el hombre poniéndose de pie lentamente, con un quejido, y mirando por un momento la puerta. "No hará daño si la acompaño hasta donde necesite, señora. Puedo aprovechar la ocasión también."
"Muchas gracias." Dijo Rosie, encantada.
"Un momento." Se detuvo el policía. "¿No será usted uno de esos periodistas que han estado molestando?"
"Para nada, señor." Dijo Rosie, abriendo su bolso frente al hombre. "Como puede ver, sólo tengo un par de pañuelos y un bocadillo de media noche."
Y rebuscó en su bolso.
"¿Gusta un beigné?" Le ofreció ella, con cortesía.
"Oh, muy amable." Dijo él, encantado. "Cené muy ligero."
El oficial escoltó a Rosie por el oscuro pasillo.
"¡Qué delicia!" Exclamó el oficial, zampándose el bizcocho. "¿Los hizo usted?"
"Algo así." Respondió Rosie, incómoda, pero siguiendo el juego. "Me alegra que le gusten. Por cierto, me interesa saber sobre sus uniformes. Son realmente imponentes."
"Oh, señora." Se escuchaba al oficial, feliz. "Somos servidores públicos y nuestro deber es vestir según la ocasión y..."
Su alegre perorata se perdió por el pasillo, a medida en que se alejaban.
Me dispuse a levantarme de la silla apoyándome en mis brazos. Me estaba incorporando lenta y dolorosamente, cuando mi mano fue empujada hacia adelante, dándome un repentino impulso que me ayudó a ponerme de pie, pero necesité apoyarme en la pared para no caer.
"¡Sombra!" Susurré, molesta, con las rodillas temblando. "Ten más cuidado."
La sombra vibró a mis pies, y sentí un súbito frío que me subía desde el talón hasta los muslos. No entendí qué pasaba y me quedé expectante.
De pronto, estar de pie ya no costaba tanto. Me levanté la bata y vi partes de mis pálidas y amoratadas piernas, cubiertas con retazos negros de la sombra que las envolvía.
"Sombra..." Dije, sorprendida.
Era lo mismo que había hecho con Alastor durante la batalla con Miguel. Mucho más débil e ineficaz que antes. Pero me permitió estar de pie.
"Gracias."
Caminé descalza, lo más rápido y sigilosamente posible, por el pasillo. Sintiendo el entumecimiento de mis piernas en cada paso, pero seguí sin flaquear.
Con una honda respiración, empujé la puerta de la habitación de Alastor y entré.
Bajo la luz de la lamparita de noche, pude ver a Alastor acostado en una solitaria cama. Me acerqué a él, sin pensar en mis pasos y con la mirada clavada en su rostro. Estaba más delgado y pálido de lo que jamás lo había visto. Sus heridas de días atrás estaban vendadas y limpias. Un tubo delgado entraba por su nariz, uniéndolo a una bolsa que colgaba junto a él. Bajo sus ojos, aún tenía unas ligeras ojeras y su barba, de varios días, crecía sin control.
Él respiraba tranquilamente, como si estuviera teniendo un sueño reparador. Y parecía que en cualquier momento abriría los ojos, como todas las mañanas, para dedicarme la más grandes de sus sonrisas, y pidiendo compartir un café y una buena charla.
Mi corazón se contrajo de dolor. Mi querido Alastor estaba en ese estado por mi culpa. Después de haber peleado con Miguel Magne, usando hasta la última gota de magia de su cuerpo.
Me apegué a su cama y tomé su mano con delicadeza. Estaba muy fría. Besé sus nudillos en un sollozo, y apegué el dorso a mi mejilla.
"Alastor." Musité, mirando su cara, luchando contra el llanto. "Estoy aquí, cariño. Esperándote."
Apreté más su mano contra mi cara.
"Por favor, por favor, despierta." Supliqué. "Tienes que abrir los ojos. Miguel ya no está. No volverá a molestarnos nunca más."
Tomé un momento, crispando mi cara, para no ceder a las lágrimas.
"Aún hay muchas cosas que tenemos que hacer tú y yo, todavía." Continué, con voz temblorosa. "Tenemos que ir al festival del Mardi gras el próximo año, como prometiste. Y tengo que mostrarte todo lo que aprendí a hacer en mis ensayos de canto."
Los segundos se hacían eternos.
"Rosie, me pasó el anillo." Comenté, fingiendo una sonrisa. "Dijo que tú ibas a entregármelo. Me encanta. No te enojes con ella, ¿sí? Tuvo la mejor intensión. Ella me ha ayudado mucho estos días."
Besé la palma de su mano, sintiendo el pulso de su sangre contra mis labios.
"No puedes irte aún." Dije sin poder evitar sentir cómo la impotencia me invadía el pecho. "Sé que ya no hay una casa a dónde volver. Pero ya nos encargaremos de eso. Ahora quiero tenerte a mi lado. Vivo."
La esperanza moría rápidamente.
"No sé qué más hacer." Dije con voz llorosa, comenzando a perder la poca fe que me quedaba. "Ya no tengo más ideas. El grimorio no funciona y el tiempo se acaba. Me siento tan inútil."
No podía terminar así.
"Por favor, Alastor, despierta."
Mis hombros temblaban. Sollozaba intentando no hacer ruido, sin soltar la fría mano de Alastor. No podía terminar así. No podía ser verdad.
"Despierta." Susurré, derrotada.
Agachando la cabeza. Me quedé inmóvil. El peso de la cruel realidad me estaba aplastando.
Fue, entonces, que sentí sus dedos moverse contra mi mejilla. Fue apenas un pequeño tic. Me quedé inmóvil, temiendo que hubiese sido mi imaginación. Pero ocurrió otra vez. Mi corazón dio un salto.
"Alastor." Susurré, expectante. "Cariño, despierta. Sigue mi voz. Estoy aquí."
Los párpados de Alastor vibraron y se abrieron lentamente.
Quería gritar de emoción. La felicidad se expandió en mi pecho. Sus ojos miraron el techo, como intentando entender dónde estaba. Luego guío su mirada hacia un costado, para luego encontrarse con mis ojos.
"Alastor." Repetí, maravillada. "Volviste."
La mano de Alastor, firmemente atrapada entre las mías, se agitó. Le solté la mano y él, con las yemas de sus dedos acarició mi mentón, subió por mi mejilla, rozó mi frente, hasta descansar en el nacimiento de las raíces de mi pelo.
"Soy yo, Alastor." Dije, extasiada, sintiendo su caricia como un regalo de la vida. "Soy Charlotte."
Pero, de pronto, crispó su mano con fuerza, agarrando la parte frontal de mi cabeza, clavando sus uñas en mi cuero cabelludo. Me moví hacia atrás, espantada, pero el agarre fue más fuerte. Miré su rostro, esperando una explicación. Pero él no me estaba mirando a mí. Sus ojos estaban perdidos en el vacío.
Y mi cabeza vibró. El silencio ya no era silencio. Y todo a mi alrededor se desdibujaba con la realidad.
El cuarto del hospital se perdía entre risas de niño, aromas a comida casera, canciones entre dos personas, juguetes guardados bajo la cama, hierba fresca y el sonido de la lluvia de días de invierno. Felicidad, amenazada con el miedo al sonido de unas llaves y zapatos de vestir en el vestíbulo, y culminaban con un portazo.
Todo era agobiante. Me abrumaba la nostalgia. Eran recuerdos. Pero no eran míos.
"¡Alastor!" Dije con dificultad, intentando sobreponerme a esas fuertes sensaciones.
¿Qué estaba pasando?
"¡ALÉJATE!" Escuché fuerte y claro, retumbando en mi cabeza.
Pero no era la voz de Alastor.
"¡DÉJALO EN PAZ!"
Alguien. Alguien que no era Alastor estaba ahí. Latente. Temeroso. Desesperado.
"¡¿Quién eres?!" Exclamé, desafiante.
"¡SÓLO HAN SIDO DESGRACIAS PARA ALASTOR DESDE QUE SE ENCONTRÓ CON TU FAMILIA!"
Y las risas de niño y los olores a un hogar llenaron mis sentidos con más fuerza. El aire frío acarició mis mejillas. Casi podía sentir el tacto de las hojas y la madera crujiendo bajo mis pies.
Eso era lo suficientemente poderoso como para manifestarse así.
"¡ALASTOR ESTÁ MEJOR SIN TI!" Rugió.
Eso quería rechazarme. Quería alejarme de Alastor. Pero yo tenía que pelear. No podía perder la oportunidad de contactarme con él.
"¡¿Tú eres quién no lo deja despertar?!" Le rebatí. "¡Eres tú quién debe dejarlo tranquilo!"
"¡NO VOY A DEJARLO IR!"
"¡Estamos esperándolo aquí!" Le increpé. "¡Él tiene una vida aquí! ¡Él tiene que abrir los ojos!"
"¡EL MUNDO YA NO ES SEGURO PARA ÉL! ¡SERÁ CONDENADO COMO UN CRIMINAL! ¡SÓLO VA A SUFRIR SI DESPIERTA!"
Eso se estaba alejando.
"¡POR MISERICORDIA, VOY A DEJARLO MORIR!"
"¡NO!" Grité.
La mano de Alastor cayó y sus ojos volvieron a cerrarse, al sueño tranquilo e imperturbable, como si nunca hubiese despertado.
Pero yo estaba ahí, de rodillas en el suelo. Con el corazón golpeando en mis oídos. Sintiendo que me faltaba el aire y con la coronilla de mi cabeza palpitando como si hubiese estado en quemada. No cedí el agarré de mi mano sobre la tela mi pecho. Mis lágrimas caían libremente mis mejillas y el sudor helado empapaba mi espalda.
Algo custodiaba a Alastor.
Alguien custodiaba a Alastor.
Y no lo dejaba despertar.
Necesité unos momentos para calmarme, tomando fuertes y sonoras bocanadas de aire. Miré a mi alrededor. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuánto ruido había hecho?
Detrás de mí, por la ventanita de cristal nebuloso de la puerta, no se veía la silueta del policía en su puesto.
Me apoyé en la cama para ponerme de pie, con dificultad. Miré el rostro tranquilo de Alastor otra vez, en un sueño profundo del cual alguien lo tenía cautivo. Alguien estaba eligiendo por él. Alguien que no quería que Alastor despertara, por misericordia. Algo aterrado que no iba a dejarlo a ir tan fácilmente. Y eso era lo único que impedía que él volviera a estar conmigo.
Me limpié las lágrimas y el sudor de la cara, torpemente, con mi antebrazo y miré al hombre dormido frente a mí.
"El mundo ya no es seguro para Alastor." Dije, juntando valor. "Entonces me encargaré de hacerlo seguro otra vez."
Si esa era la condición para que pudiese volver, tendría que pensar en algo y rápido. Porque su cuerpo y su mente no resistirían mucho tiempo más en ese estado.
Las risas exageradas de Rosie resonaron en el pasillo. Era la señal de retirada.
Me incliné para besar fugazmente el pómulo de Alastor.
"Volveré pronto." Aseguré.
Caminé a pasos rápidos e incómodos hasta llegar a la puerta. Me asomé por el pasillo. Las risas de Rosie se escuchaban cada vez más cerca. Salí, para dejar la puerta inmóvil detrás de mí. Y atravesé el pasillo hasta llegar a la bifurcación, aguantando la respiración. Me senté en la silla de ruedas y me cubrí hasta la cabeza con la manta. Me quedé muy quieta escuchando los pasos aproximándose.
"¡Oh, pero qué anécdota más divertida sobre el mono del circo!" Escuché a Rosie decir, sin tapujos.
"Sí. Costó bastante atraparlo." Le respondía el guardia. "Se había subido al tejado de una casa y…"
"¡Oficial!" Escuché a un hombre decir. "¿Qué es todo ese ruido? ¡Me asustaron! ¡Debo mantener reposo! ¡Tuve un infarto hace una semana!"
"Lo lamento mucho, señor." Comentó la voz del oficial. "Por favor, no se altere. No sabía que estábamos hablando tan alto."
"¡No es eso!" Exclamó el hombre, molesto. "¡¿Qué ha sido todo ese escándalo con esa mujer gritando?!"
"¿Qué?" Respondió el policía, confundido.
"Yo no fui." Dijo Rosie, rápidamente.
"¡No estoy loco!" Rebatió el hombre, molesto. "Escuché fuerte y claro a una mujer gritando y me despertó de un salto."
"Oh… Eh…" Balbuceó incómodo el oficial.
"Yo no escuché nada." Dijo Rosie, de inmediato. "Y el oficial no se ha apartado de su puesto de trabajo."
"E-Es verdad." Concordó el policía. "He estado aquí todo el tiempo. ¿Qué irresponsable dejaría de lado sus deberes?"
"¡Pero yo la escuché fuerte y claro!" Reclamaba el otro hombre.
"¿Contradice a un oficial?" Exclamó Rosie, horrorizada. "Tal parece que usted tuvo un mal sueño. Vuelva a su cama. Que bastante falta le hace para estar escuchando cosas."
"Puede volver a su habitación y relajarse." Le tranquilizó el oficial. "Si hay algún peligro, estaré aquí."
No vi al hombre, pero murmuró estar de acuerdo y lo escuché alejarse.
"Muchas gracias, señora." Dijo el oficial. "Me habría metido en problemas."
"No se preocupe. Su secreto está a salvo conmigo." Aseguró Rosie. "Espero que… a quien esté cuidando esté bien."
Escuché el roce de una puerta abierta.
"Todo en orden con el dormilón." Suspiró de alivio el oficial.
"¿Debería ser de otra forma?" Comentó Rosie, como si fuera lo más obvio del mundo.
"Bueno, no se sabe. Aunque a este tipo no le sacarán el ojo de encima hasta que prueben que sí es 'El justiciero'."
"¡No me diga!" Dijo Rosie, con falsa intriga. "¿Es él? Pero creí que sólo habían pruebas muy vagas para juzgarlo. Eso dicen los periódicos."
"Nah." Le dijo el oficial, dándose aires. "Hace como cinco días éramos tres montando guardia. Ya por hoy me dejaron sólo a mí, porque no parece que vaya a salir de esta. Todos en el cuartel están apostando. Algunos creen que sí es 'El asesino', otros que no. La verdad, me parecería increíble que un hombre como él se cargara a los temidos 'Hermanos Smith', al grandote que violó a tres chiquillas en el puerto o al asesino de la familia de Ferrara."
Resopló.
"Personalmente, fue un alivio cuando notificaron que encontraron los cuerpos. Habían estado prófugos por semanas y vaya a saber uno lo que puede hacer toda esa escoria suelta por ahí. Aunque es un verdadero misterio en cómo lo hace. Encontrar criminales tan rápido y todo. Pero si no hubiese sido porque actúa fuera de los márgenes de la ley, hubiese sido un buen informante para la policía."
Rosie hizo un vago sonido.
"En fin, mientras más días pasen, más probable será que este tipo sí sea el asesino de New Orleans." Comentó el oficial, desperezándose. "Y, si despierta para cuando hayan juntado pruebas suficientes, se va a la silla."
"Ya veo." Musitó Rosie.
"Por cierto, si necesita que la escolte a…"
"¡Oh, mire nada más!" Exclamó Rosie de pronto. "¡Qué torpe soy! ¡Acabo de recordar que traigo mis lentes aquí en mi bolso!"
"Ah. Qué bien."
"Puedo ver perfectamente ahora. Siga en su fantástico trabajo, oficial. Buenas noches."
"B-buenas noches, señora…"
Y escuché sus pasos aproximarse hacia mí, con rapidez. Dobló la esquina, y sin perder el ritmo, empujó la silla de ruedas por el pasillo. Me mantuve en absoluto silencio y cubierta con la manta durante todo el trayecto, confiando en que ella recordara el camino. Pasaron un par de largos minutos, hasta que escuché una puerta abrirse y cerrarse detrás de mí.
Me descubrí el rostro y sentí que podía respirar otra vez.
"¡Por fin llegamos!" Exclamó Rosie, dramáticamente, mientras se servía un vaso de agua de la jarra en la mesita. "Háblales del uniforme y no se callarán nunca."
Ella llevaba un par de gafas de montura redonda que nunca la había visto usar. Rosie bebió de su agua, con un evidente temblor en sus manos, y suspiró.
"Estaba nerviosa." Continuó. "Te di todo el tiempo que pude. Espero que hayas podido descubrir algo."
"Fue tiempo suficiente." Dije, llevando mi cabello hacia atrás con mis manos, mientras comenzaba a sentirme mareada por todo lo que había pasado. "Y, sí, creo que ya sé qué le está pasando a Alastor."
"¿Qué pasó ahí?" Dijo, apremiante, mientras me ayudaba a ponerme de pie. "¿La de los gritos fuiste tú?"
"Creo que sí." Dije, débilmente, mientras me sentaba en el borde de la cama. "Al menos los míos."
Le expliqué todo a Rosie con detalle. Los gritos. Las visiones. La forma en que Alastor seguía vivo, pero cautivo por alguien que decía que era mucho más misericordioso que muriera a permitirle enfrentarse al mundo otra vez.
La mandíbula de Rosie caía más a cada momento.
"Entonces, ¿él está rehén en su propia cabeza?" Dedujo Rosie.
"Por un alguien." Puntualicé.
"¿Alguien más está viviendo en la cabeza de Alastor?" Se horrorizó, Rosie. "¿Tiene personalidad múltiple o algo así?"
"No." Descarté, negando con la cabeza. "Era la voz de una mujer. Estaba enojada conmigo. Y quería alejarme de Alastor. Dijo que sólo le he hemos traído problemas mi familia y yo."
"Eso es ridículo." Dijo Rosie, molesta. "Tu presencia en su vida sólo lo ha hecho más feliz de lo que jamás vi a Alastor."
"Pero ese ser no lo cree así." Comenté, incómoda. "Me culpa de todo lo malo en su vida."
Rosie cruzó una pierna y se acomodó, con aire reflexivo.
"¿Quién podría ser tan retorcido?" Dijo. "¿Quién podría considerar que es mejor que Alastor esté muerto?"
Me quedé callada unos momentos. Pensaba en las sensaciones que tuve mientras hablaba con esa entidad. Los olores. Sabores. Las texturas. Y las poderosas sensaciones a las que Alastor estaba expuesto.
"A pesar del rechazo de esa voz..." Dije, mientras intentaba recordar. "Fue como si se hubiese abierto un portal a la mente de Alastor. Y todo eso en lo que está envuelto lo mantiene… feliz."
Rosie me miró, con el semblante serio.
"La felicidad. La tranquilidad. La nostalgia. Todo eso lo estaba sintiendo él. No está siendo atormentado. Ni teniendo pesadillas. Está cautivo, pero no lo mantiene en malas condiciones."
Me detuve un momento.
"Alguien cree que lo está protegiendo." Continué, uniendo puntos. "Alguien que no quiere que Alastor sufra. Alguien se preocupa muchísimo por él…"
"Alguien que lo ame." Declaró Rosie.
"¿Alguien que lo ame?" Farfullé.
"Piensa, Charlotte." Dijo, más segura. "Por lo que me cuentas ese ser quiere que Alastor muera, tranquilamente, en un sueño profundo y feliz, ¿no?"
"Sí."
"No quiere que tenga que enfrentarse a todas las consecuencias que quedaron pendientes en este mundo. Debiste escuchar al policía de guardia. ¡Se irá a la silla eléctrica en cuanto junten pruebas y despierta! ¡Por como lo dice, se están esforzando por incriminarlo!"
Tenía sentido. Si había que elegir, la muerte en un sueño agradable era mucho mejor que morir en la silla. Donde volvería a estar bajo el ojo público, esta vez, quedando en los registros de que era un asesino.
"Sólo puedo pensar en que un inmenso amor sería capaz de provocar una locura tan irresponsable como un secuestro." Señaló Rosie.
Alguien que ame a Alastor con esa intensidad.
"Además, por lo que dices, quiere alejarlo de ti." Acotó.
"Eh… Dudo que Alastor haya tenido a alguien tan intensa en su vida." Medité, algo incómoda con la perspectiva. "¿O acaso tuvo alguna novia que nunca mencionó?"
Rosie resopló.
"Sólo a la loca de Mimzy, si es que cuenta." Comentó Rosie. "Antes de ti, ya había perdido la esperanza de verlo con alguien. Puedes olvidarte de esa opción."
Suspiré.
"¿Quién amó tanto a Alastor como para desafiar a la propia muerte por cuidarlo?" Pregunté al aire.
Un amor tan fuerte que pudiese desafiar los límites de la vida. Alguien que deseaba el bien de la persona que deseaba proteger de malas influencias y peligros. Alguien que daría su vida por amor.
Sólo conocía una respuesta.
"Es su madre." Declaré, elevando la vista.
Rosie parpadeó.
"¿Constance?" Dijo.
"¿Así se llamaba?" Comenté, sorprendida.
"¿De verdad podría ser ella?" Inquirió Rosie. "Pero ella murió hace como diez años."
"¿Conoces a alguien más que pudiese hacer algo así?" Pregunté, elevando los hombros. "Protegerlo de lo que cree que está mal. Esto es algo que alguien podría hacer por su hijo."
"Pero esa dulce mujer…" Dijo Rosie, tocando su mejilla, consternada. "Recuerdo haberla visto un par de veces, antes de que muriera de forma tan horrible."
"De gripe española." Coincidí. "Alastor me contó que murió de eso."
"Sí." Siguió Rosie, con pesar. "Recuerdo haberle llevado algunos víveres en el hospital. No tenían más familia. Y eran muy pobres. No les alcanzaba para una enfermera a domicilio. Y fue terrible cuando se contagió cuidando de Alastor cuando él estaba tan delicado. El hospital estuvo colapsado por semanas. Había escenas horribles por los pasillos. Moribundos. Personas llorando a sus muertas que no pudieron lograrlo."
La angustia cubrió la mirada de Rosie.
"Ella vino a mi local, para preguntarme si podía darle un pan para Alastor." Continuó. "Sabía que yo le daba monedas a veces, cuando él trabajaba lustrando zapatos. Y me contó de su delicado estado de salud. Ella sólo cubría su rostro con un trozo de tela viejo. No le importó exponerse a estar en el hospital, esperando día y noche, por no separarse de su hijo. Pero no había ni medicina ni doctores disponibles, y Alastor necesitaba atención urgente."
Un momento.
"¿Alastor tuvo fiebre española?" Dije, elevando la vista.
"¿No te contó eso?" Preguntó Rosie, frunciendo el entrecejo.
"No." Dije, moviendo la cabeza. "Sólo me dijo que su madre se había enfermado. ¿Por qué omitiría algo así?"
"Él fue quien estuvo muy grave por la gripe española. Estuvo al borde de la muerte. Recuerdo haber llorado una noche entera, porque me sentía impotente de no poder ayudarle. De verdad creí que le había llegado la hora por cómo lo vi."
Los puños de Rosie estaba temblando sobre su pecho.
"Esta es la segunda vez que veo a ese idiota de Alastor al borde de la muerte." Susurró, dolida. "Su madre había ido un par de días antes a pedirme un pan y me dijo dónde estaban. Y esa tarde sólo pude llevarle un par de sándwiches a su madre y una botella de leche al hospital. Los encontré en un pasillo, mientras él estaba tirado en el suelo, por el colapso en las camas de urgencias. Franklin me prohibió ir a verlo al hospital otra vez. No quería que me expusiera y dejara desatendido el local."
Miré a Rosie con pesar. Podía entender su afán por intentar ayudar a Alastor ahora que tenía la oportunidad.
"Pero se recuperó." Explicó Rosie, mirándome a los ojos. "Aunque su madre se enfermó y decayó muy rápido, y murió en cosa de pocos días. Fue terrible. Alastor despertó cuando todo ya había pasado, sólo para enterarse de que su madre había muerto y su cadáver retirado y enviado a una fosa común. Nunca pudo saber dónde estaba. Estaba devastado."
"Esa parte me la contó." Dije, nerviosa. "Pero, eso significa que Alastor se recuperó del todo en poco tiempo, cuando la salud de su madre empeoró tanto, y repentinamente, que la mató en un par de días."
"Fue todo muy confuso." Dijo Rosie. "Y que Alastor se recuperara, tirado en el suelo del hospital lleno de enfermos durante días, sin alimentarse bien, después de estar tan grave y sin ningún tratamiento fue casi…"
"Mágico." Terminé.
La palabra quedó flotando en el aire.
"Murió de gripe española y fue enterrada con muchos otros para evitar propagar la, ya declarada, pandemia." Me había dicho Alastor.
"¿Ella falleció de gripe española?" Dije, horrorizada.
"Oh, fue espantoso." dijo sin dejar de sonreír y tomando la fotografía de su madre en sus manos "Murió en cosa de tres días. Tuvo 40° de fiebre, diarreas y vómitos violentos durante dos días, hasta que murió durante el sueño ahogada en su propia sangre en un hospital comunitario. No me avisaron hasta que ya se habían llevado su cadáver con todos los que murieron ese día. Así que su cuerpo descansa con muchos otros en una de las tantas fosas comunes del cementerio."
"Alastor se recuperó cuando su madre falleció." Dije, lanzándome hacia atrás, dejándome caer en las almohadas.
"No creerás que…" Dijo Rosie, con los ojos muy abiertos. "¿Ella habría sido capaz de sacrificarse por su hijo usando magia?"
Cerré mis ojos un momento. Pensé en mis padres, usando su propio tiempo de vida por darme una segunda oportunidad.
"Sí, lo creo." Dije, suspirando.
Rosie se quedó callada un momento, con la mirada contemplativa.
"Aunque, todo indica, que es diferente al caso de mis padres." Continué. "Alastor nunca murió, y no lo revivieron como a mí. A él le evitaron la muerte. Pero el precio fue el mismo."
Vida por vida.
"Alastor estuvo muy afectado después de eso." Dijo Rosie, removiendo sus memorias. "Estaba sano, pero lucía terrible. Franklin no me permitió que se quedara en casa, porque no era decoroso tener a un hombre mucho más joven que yo bajo nuestro techo." Mencionó, molesta. "Así que le di algunas cosas para que comiera, y se fue a su casa."
Pensar en Alastor, callado y sentado en su sofá, mirando la fotografía de su mamá. Misma fotografía que se había quemado en el incendio de la casa, junto a la de mis padres.
"Tal vez, no sólo fue el gran dolor de perder así a su madre lo afectó tanto, sino que, también, la culpa." Comentó Rosie.
"Pero no fue culpa de Alastor lo que ella decidiera hacer para ayudarle, sin consultarle." Salté, molesta. "Ella decidió por él. Estoy segura que, si él hubiese podido, habría intentado negarse. Pero ni siquiera tuvo oportunidad de despedirse de ella. ¡Alastor no pidió lo que ella hizo por él!"
Estaba respirando agitada, por la repentina oleada de ira que me invadía. Rosie estaba sorprendida.
"Tranquila, Charlotte." Comentó. "No estoy culpando a Alastor."
Me cubrí el rostro con las manos, sintiéndome repentinamente abrumada.
"Quizás Alastor no quería que ella dispusiera de su propia vida por salvar la de él." Susurré, con la cabeza gacha. "Talvez se sentía impotente, porque hubiese deseado la oportunidad de elegir. De buscar opciones. De que ella no saliera lastimada. Él no querría que ella se sacrificara por él."
Rosie se mantuvo en silencio. Desde el rabillo del ojo podía ver las primeras luces de la madrugada apareciendo entre las persianas de la ventana. Me sentía exhausta y la cabeza comenzaba a dolerme.
"Ya no estamos hablando de Alastor, ¿verdad?" Preguntó Rosie, con delicadeza.
Negué suavemente con la cabeza y descubrí mi rostro.
"Duele." Dije, con voz quebrada. "Me quema como el infierno saber que tus padres te salvaron sacrificando algo tan importante como su vida propia vida. Era su tiempo. Su futuro. Todo por amor sus hijos."
Me limpié una lágrima con el dorso de mi mano, batallando con el llanto.
"V-vi a mi padre entre las memorias de mi tía Magda." Continué, trémula. "Estaba ahí. Tan vivo y claro, tal y como lo recordaba. Pero sólo era un recuerdo. Jamás volveré a ver su rostro, ni el de mamá, más que en una foto o en algún sueño ocasional, si tengo algo de suerte. Y duele. Sientes una culpa tremenda de saber que todo ese amor que sintieron por ti, terminó matándolos."
Rosie me miraba, en respetuoso silencio.
"Sé que no es culpa mía ni de Alastor el hecho que sigamos con vida." Dije, en voz baja. "No somos responsables de lo que ellos hicieron por nosotros. Pero ni siquiera tuvimos oportunidad de reclamarles, disuadirlos o agradecerles antes de que lo hicieran. Y no puedes evitar sentirte terrible."
Hipé. Era difícil pensar en eso. Pensar en no verlos nunca más y ser el motivo por el cual ya no estaban en este mundo.
"Si yo estuviera en un sueño feliz con mis padres vivos, tampoco tendría apuro en despertar." Comenté, en voz baja. "Creo que puedo entender lo que siente Alastor ahora. El mundo real, estar vivo, duele."
Rosie rebuscó en su bolso y sacó un pañuelo para darme. Lo tomé en silencio y me sequé la cara. Había sido especialmente difícil tener que decirle eso a alguien.
"¿Pensar así me hace una malagradecida?" Dije, dando un suspiro.
Rosie se tomó unos momentos, arreglando su bolso, antes de empezar a hablar.
"Recuerdo el día en que Apple Daddy me pidió hacer tu vestido." Dijo, con reservas. "Yo le dije: '¡Es demasiado pronto para eso! ¡Tiene apenas 12 años!'. Pero él me pagó bastante bien. Más de lo que le pedí, incluso, por si el dinero perdía valor con los años. Decía que quería asegurarse de las cosas importantes para ti, desde antes, por si algo le llegara a pasar a él. Me parecía una exageración en ese entonces."
Me dedicó una pequeña sonrisa, antes de continuar.
"También me hablaba de ti y sobre el futuro, mientras hacía sus trajes a medida. Que esperaba que pudieras usar hermosos vestidos cuando te convirtieras en toda una mujer. Que agradecía siempre que tenía oportunidad para estar contigo. Nunca dudé en que eras su mayor orgullo y su tesoro más grande."
Miré a Rosie.
"Eso no responde mi pregunta." Dije, afligida.
Ella negó con la cabeza.
"No, Charlotte." Me tranquilizó, Rosie, poniendo su mano en mi antebrazo. "No creo que seas una malagradecida. Al contrario. Pensar en que hubieses deseado que tus padres no tuviesen que acudir al último recurso por ti, demuestra cuánto los amas. Tanto tú como Alastor se enfermaron, como a cualquiera pudo pasarles. Pero tuvieron una segunda oportunidad. Y eso es algo que no todos tienen. Y han sabido aprovechar sus vidas, desde el día en que ustedes pudieron escapar de la muerte."
Los momentos con todas las personas que me importaban y todo lo que había hecho se agolparon en mi cabeza. Desde el momento en que abrí los ojos, con mis padres abrazándome, mientras lloraban.
"Los cuatro años que pude estar con ellos fueron inmensamente felices." Dije. "Me dedicaron más tiempo que nunca. Me consintieron y me enseñaron todo cuanto pudieron. Creo que sabían que en cualquier momento podrían morir."
"¿No es así con todos nosotros?" Comentó Rosie, sabiamente. "Nunca sabes cuándo te va a llegar la hora. Si se te atora un pedazo de pan en la garganta o si caes del tejado y te partes la cabeza. A veces vivimos pensando en que nunca vamos a morir. Pero tus padres supieron aprovechar cada momento contigo."
"El tiempo nunca parece suficiente." Susurré.
Rosie dedicó una dulce sonrisa.
"Apple Daddy deseaba que vivieras, Charlotte." Dijo Rosie, con tono suave. "Deseó que vivieras tu vida. Que pudieras crecer. Que pudieras encontrar a alguien a quien amar. Que pudieras ser tú. No supe lo que tuvo que hacer para que estuvieras aquí, con nosotros, hasta hace muy poco. Pero, en sus palabras, nunca hubo arrepentimiento de sus acciones para poder salvarte."
"¿Qué no tuviste dudas?" Respondió Miguel, adolorido y exasperado. "¡¿QUÉ RESPUESTA DE MIERDA ES ESA?!"
"¡ES LA QUE TE DICE UN PADRE QUE AMA A SU HIJA!" Explotó mi padre, dando un golpe a algo y hubo un ruido de cristal estrellándose contra el suelo.
Asentí. Mi padre también lo había dicho.
"Aunque sigue siendo egoísta hacer las cosas sin preguntar. Y mucho." Aclaró Rosie, con más soltura. "Pero me dieron la oportunidad de hacerte tu vestido de novia y haré mi mejor trabajo cuando todo esto se resuelva. Pero ahora tenemos que encargarnos de salvar al novio, que está en coma secuestrado por, aparentemente, su madre."
Rosie suspiró, agotada, masajeando sus sienes.
Alastor había sacado provecho a la vida que su madre logró otorgarle. Trabajando duro y convirtiéndose en un locutor radial reconocido en la ciudad. En el criminal más buscado por matar delincuentes. De ser un poderoso practicante de magia.
Y yo misma había crecido y avanzado. Nos habíamos encontrado. Y nos habíamos elegido.
"Saber aprovechar las oportunidades." Susurré, tomando valor. "Eso es algo que 'El justiciero' sabe muy bien."
Rosie parpadeó de la impresión, y me dedicó una sonrisa cómplice.
"Y la muerte no es opción ahora, Charlotte." Acotó.
Estuve de acuerdo, con una sonrisa.
"¿Y tú, Charlotte?" Comentó Rosie, con seriedad y ojo brillantes. "¿Qué elijes hacer ahora?"
Miré mis manos, iluminadas por los primeros rayos de sol de un nuevo día. A pesar de todo lo vivido, y las emociones que aún tenía a flor de piel, yo tenía la respuesta a esa pregunta.
"Voy a continuar." Dije, con determinación elevando la cabeza. "Voy a hacer que Alastor vuelva. Haré que el tiempo que nos dieron a ambos valga la pena."
Rosie me dedicó una orgullosa mirada.
"Así se habla." Dijo. "¿Tienes algo en mente?"
"Sí." Dije, pensativamente. "Pero necesitaremos ayuda."
Rosie se retiró apenas había llegado la enfermera de la mañana. Su semblante cansado y las fuertes bolsas en sus ojos por pasar la noche en vela, afinando detalles y organizando todo, no la detuvieron en cumplir su misión. No sin antes dejar la silla de ruedas tirada a mitad del pasillo y olvidándose de ella.
El plan ya estaba en marcha.
Yo sólo podía ver la mañana avanzar, lentamente. Moviendo mi pie inquieto, repasando lo que habíamos acordado, rogando a un ser superior que todo se alineara a nuestro favor.
"Ve a esta dirección y busca a estas dos personas." Le había dicho a Rosie, anotando algo en un papel y dándoselo. "Pídeles que vengan hoy."
Rosie leyó el papel y asintió, sin poder ocultar su preocupación.
"¿Estás segura de que puedes confiar en ellos?" Preguntó.
"Tengo que correr el riesgo." Le respondí. "No puedo pensar en nadie mejor para el trabajo."
"Y a él también." Dije, entregando otro papel.
"Bien. Es tu plan."
A las tres de la tarde comenzaba el horario de visitas. Mi corazón saltó al escuchar el golpeteo de la puerta.
"¡Pasen!" Dije.
Una enfermera se presentó, bastante incómoda.
"Tiene visitas, señorita…" Comenzó.
"¡CHARLOTTE!" Escuché a coro a Vaggie y a Angel, mientras entraban a la habitación de forma estrepitosa y torpe.
"Hola." Dije, sinceramente feliz de verlos otra vez.
"Les daré privacidad." Comentó la enfermera, cerrando la puerta.
"¡Oh, por Dios!" Exclamaba Vaggie, escandalizada. "¡ESTÁS TODA MALHERIDA!"
"Muñequita, te ves peor que cuando me dieron mi última paliza." Comentó Angel, rodeando la cama para ubicarse junto a mí.
"¡¿QUIÉN MIERDA TE HIZO ESTO?! ¡YO LO MATO!"
"Pero si ya está muerto." Comenté apenas, mientras Angel metía sus pulgares entre mis labios para revisarme los dientes a la fuerza.
"Bien, parece que no te tumbaron ningún diente." Dijo, más tranquilo. "Eso sería una verdadera desgracia para 'El ange blanc'."
"¿Te preocupas por eso?" Le objetó Vaggie. "¿No ves que lo importante ahora es ver su estado emocional?"
"Las emociones son pasajeras." Dijo Angel, desestimando el comentario. "Pero los dientes adultos no tienen reemplazo. A menos que tengas bastante dinero. El cual no tengo."
"Tranquilos, por favor." Intervine. "Están en un hospital. No querrán que los echen."
Vaggie le dedicó una última mirada de molestia a Angel, antes de dirigir su atención a mí, sentándose en el borde de mi cama.
"¿Cómo te sientes?" Dijo Vaggie con preocupación. "Hemos estado muy preocupados por ti."
"Todos nosotros." Comentó Angel, abriendo su bolso y la cabeza de Fat Nuggets se asomó.
El cerdito dio un salto a la cama y se sentó en mi regazo.
"¡Hola!" Exclamé, acariciando su regordeta papada. "Qué gusto verte."
"No iba a quitarle la oportunidad de visitarte." Comentó Angel, con una sonrisa traviesa.
El pequeño cerdo se acurrucó, resoplando y se quedó tranquilo. Acaricié su lomo con avidez.
"No nos dejaron venir a verte en estos días." Comentó Vaggie, con seriedad. "Vino una dama a nuestra casa con un mensaje de tu parte. Que necesitabas vernos."
"Ella es Rosie." Expliqué. "Ella es la modista que me ha hecho los trajes para mis presentaciones."
"¿Ella es la que te fabricó el leotardo blanco, con plumas y encajes?" Exclamó Angel, fascinado y soltó un silbido de admiración. "Tendré que ir a hablar con ella para mejorar mis atuendos."
"Ella es la que te ha estado cuidando todos estos días, ¿verdad?" Preguntó Vaggie.
"Sí." Afirmé, con una pequeña sonrisa. "Rosie ha sido una maravillosa ayuda."
"Me alegra que hayas estado en buenas manos." Dijo Vaggie, más tranquila. "Nos dijeron que ya tenías asignado a un cuidador, por eso no tenías más visitas."
"Después de un secuestro, cualquiera necesitaría descanso." Acotó Ángel.
"¿Se enteraron por la prensa sobre el secuestro?" Pregunté.
"No." Contestó Vaggie, en tono sombrío. "Estuvimos en el Mimzy's Palace el día en que te secuestraron."
"Escuchamos por la puerta del despacho de Mimzy." Dijo Angel, tranquilamente. "Ella y Katie estaban discutiendo cómo moverte de ahí en un saco de ropa sucia."
Parpadeé.
"¿Estuvieron escuchando todo lo que pasó?" Dije, confundida.
"En nuestra defensa, no sabíamos que eras tú." Dijo Angel, cruzándose de brazos. "Katie se fue antes de poder detenerla y enfrentamos a la señora Mimzy para que confesara."
"Y ahí comenzó a actuar muy raro." Continuó Vaggie frunciendo el entrecejo. "La llamaron por teléfono a su habitación. La puerta se cerró y quedó encerrada. Parece que tuvo alucinaciones y se puso a llorar a gritos. Confesó el crimen e intentó lanzarse por la ventana."
"Quizás qué se metió ese día para pasar el despecho." Agregó Angel, mirando sus uñas. "Cualquier combinación de sustancias que hiciera, le hizo muy mal."
Mi sombra vibró. Bien. Creía tener una vaga idea de qué pudo haber pasado con Mimzy.
"Entonces, Hu… Digo, el 'Oficiaaaal John Husker'." Dijo Angel dando rimbombancia al cargo y al nombre completo. "Él se encargó de esposar y llevarse a la estación de policía a esa asquerosa cómplice."
"No puedo creer lo bajo que cayó." Dijo Vaggie, enojada. "Hacerte algo así, cooperando con esa reportera de mala muerte, sólo por despecho."
"Husk llamó por refuerzos. Mimzy ni siquiera quiso cooperar en un principio. Quería llamar a su abogado y toda esa mierda."
"Supongo que por esa razón la policía tardó tanto en llegar hasta donde estábamos." Comprendí.
"Está presa de momento." Dijo Angel, con soltura. "Al menos hasta que le hagan su respectivo juicio."
"Y, bueno, estamos sin trabajo ahora." Resopló Vaggie. "Ha sido una semana caótica."
"Yo me quedé como apoyo emocional a esta chica, estos días." Comentó Angel, señalando a Vaggie con el pulgar. "No iba a dejarla en su peor momento."
"Te fuiste a quedar a mi casa, porque tu casero te sacó de la habitación que rentabas con Cherry, y a ella le dio asilo el tipo con el que está saliendo." Objetó Vaggie, elevando una ceja.
"Está bien si Cherry puede tener a su 'benefactor'." Comentó Angel. "Pero que el casero nos haya botado sólo por cinco meses de renta impagas, fue muy grosero. Ni siquiera aceptó un par de 'favores' a cambio de dejarnos vivir ahí un poco más. Lo bueno es que Vaggs tiene un corazoncito dulce, debajo de tooooodo ese exterior áspero y amargo. Y nos dejó estar en su departamento a Fatty y a mí."
"Comienzo a replanteármelo." Dijo Vaggie, malhumorada.
"Oh, dime que no te has encariñado con estas caritas." Indicó Angel con un puchero, mientras acercaba su rostro al de Fat Nuggets. "Además, hemos espantado tu inminente soledad en esa cajita de fósforos que es tu departamento."
"No presiones." Le advirtió Vaggie, malhumorada. "Sé más agradecido con la que te está dando un techo."
Me conmovió verlos preocupados por mí, estando presentes en la habitación. Pero también notaba cuánto les había afectado bastante todo ese asunto a ellos.
"Pero nos alegra verte viva y casi completa." Dijo Angel, revolviendo mi cabello juguetonamente.
Vaggie se secó, discretamente, un par de lágrimas.
"De verdad nos asustó lo que podía hacer esa mujer." Dijo ella, intentando mantener la compostura. "Y pensarte en ese saco. De verdad no sabíamos que era tú. ¡De haber sabido, yo hubiese peleado con dientes y garras pasa salvarte!"
"Vaggie, tranquila." Dije, con congoja. "Lo siento tanto por haberlos preocupado."
"Con todo el tema de tu secuestro y la clausura del local, ya se me estaba cayendo el cabello de los nervios." Dijo Angel.
"Lo siento." Dije, con tristeza. "Y lamento lo del Mimzy's Palace. Me dijeron que había sido cerrado por graves problemas de mantenimiento."
Vaggie y Angel se miraron con pesar por un momento.
"Eso es poco decir." Dijo Angel, con desagrado.
"El abogado de Mimzy se presentó en local al otro día, con un rematador y un montón de viejos pomposos y señoras con sirvientes." Explicó Vaggie. "Fue con autorización de Mimzy y pidió a unos empleados que sacaran todas las cosas que estaban adentro. Le pregunté qué estaba pasando. Y nos dijo que Mimzy se había se declararía en bancarrota y que debía rematar todas las pertenencias del local para obtener todo el dinero que pudiera."
"Fue horrible ver cómo sacaban todo lo que encontraban, como hormigas." Comentó Angel, con pesar. "Se llevaron hasta la ropa y las pelucas de utilería."
"Y fueron rematados ahí mismo, en la calle, al mejor precio." Dijo Vaggie, con tristeza.
"¡Compraron diez pelucas en un dólar!" Exclamó Angel, horrorizado.
"Nos entregaron $5 dólares como compensación económica a todos los empleados. Otro porcentaje se irá a los inversionistas, y lo demás para pagar su fianza, supongo."
"Ah, sí." Dijo Angel, cansinamente. "Y la propiedad pasó a ser propiedad del banco. Ya no podemos poner un pie ahí."
Imaginarme a todas las cosas Mimzy's Palace siendo subastadas, hizo que se me encogiera el estómago.
"Esto es horrible." Susurré.
"Al menos Mimzy actuó rápido." Comentó Angel.
"¿Y el banco ya se hizo presente?" Quise saber.
Angel soltó una risa irónica. De su chaqueta sacó un trozo de papel de diario doblado y me lo entregó. Era la noticia del Mimzy's Palace un gran letrero de "Clausurado" en las puertas de entrada. En el titular decía:
"POPULAR CENTRO DE EVENTOS CLAUSURADO: ESCÁNDALOS, DEUDAS, EXCESOS, POCA HIGIENE Y BANCARROTA."
Por Tom Trench
Mi rostro se deformó en desagrado cuando leí quién lo había escrito.
"El local completo ya está en manos del banco." Explicó Angel. "Nos hizo creer a todos que estaba todo en orden todo este tiempo. Pero sólo estuvo estirando lo que, obviamente, no iba a funcionar. Nadie le gana a los bancos."
"Aún si nada de esto hubiese pasado, iban a clausurar el lugar por la higiene." Comentó Vaggie. "Encontraron nidos de ratas en los almacenes de comida. Cuando le pregunté a Niffty, resulta que era algo de lo que siempre estuvo enterada. Sólo que Mimzy le dijo que se limitara a limpiar el excremento y espantar a las ratas que encontrara. Y para comprar su silencio, le daba permisos a faltar los días que quisiera, mientras no se lo dijera a nadie. Y como ya no trabaja para Mimzy, contó todo sin culpa."
Hice una mueca de asco. Me alegraba llevar siempre algo preparado por mí misma a los ensayos.
"Además…" Comenzó Angel.
Angel sacó otro recorte del periódico y me lo pasó. Este era mucho más grande y parecía abarcar toda una portada. En letras negras, gruesas y enormes se presentaba el encabezado.
"ESCÁNDALO.
CONOCIDO LOCUTOR RADIAL INVOLUCRADO EN EL SECUESTRO DEL ANGE BLANC Y EL HOMICIDIO DE DOS PERSONAS"
Por Tom Trench
Me llegó a doler ver ese titular.
"La prensa hizo lo suyo contigo, muñequita." Declaró.
Había otros pequeños artículos referentes a ese, en la misma plana, que decían:
"DESCOMUNAL INCENDIO.
LOS BOMBEROS NO HAN SIDO CAPACES DE CONTROLAR EL INCENDIO EN MÁS DE 12 HORAS. PÉRDIDA TOTAL."
Por Tom Trench
Tuve que poner el pedazo de papel boca abajo. No quería leer las estupideces que había escrito ese hombre. La realidad ya era lo suficientemente mala, como para escuchar mentiras.
"Leímos el periódico al día siguiente del secuestro." Dijo Vaggie. "También algunas cosas que se fueron alimentando con los rumores. Vinimos a verte en cuanto pudimos. Pero ese día la entrada del hospital estaba repleta."
"Vimos una pelea entre un señor, que gritaba a todo pulmón." Comentó Angel, en tono más sombrío. "Decía que era el padre de una chica asesinada y que 'El justiciero', si es que era el señor sonrisas, merecía ser considerado un héroe y no un criminal. Entonces, el hermano de uno de los ejecutados por 'El justiciero', se puso a pelear con él a los puñetazos. Pronto se sumó más gente y la policía se llevó a varias personas. Fue terrible."
Acaricié las orejas de Fat Nuggets con avidez.
"Ninguno de ustedes sabía, ¿verdad?" Pregunté, con seriedad. "Que Husk estaba de policía encubierto en el Mimzy's Palace."
Ambos negaron con la cabeza.
"¡Fue toda una revelación!" Comentó Angel, abanicándose dramáticamente con la mano.
"Se encargó de toda la investigación de tu secuestro desde ese punto." Dijo Vaggie, angustiada. "No lo vimos hasta el sábado, cuando fue a mi casa a hacernos preguntas. Aunque no se veía feliz."
"¿Cuándo lo has visto feliz?" Acotó Angel, elevando los hombros con desdén.
"No nos quiso dar detalles." Dijo Vaggie, pensativamente. "Pero nos dijo que él estaba al tanto de lo que pasaba en el local, y tu secuestro fue lo que hizo que tomara acciones."
"¿Les hizo preguntas?" Quise saber, sintiendo el miedo en mis entrañas. "¿Qué le dijeron?"
Vaggie se removió inquieta en su asiento.
"Quería saber sobre tu apellido." Dijo Vaggie con reservas. "Y sobre algunas cosas que habías escrito en tu diario."
"¡¿QUÉ?!" Exclamé, indignada.
Fat Nuggets se espantó y saltó a los brazos de Angel.
"¡¿CÓMO ES QUE ÉL TIENE MI DIARIO?!" Dije, horrorizada.
"¡Nosotros no se lo dimos!" Aclaró Vaggie, rápidamente.
Me cubrí el rostro de vergüenza. Imaginé a Husk indagando en mi diario. Leyendo todo lo que tenía ahí. Mimzy era una cosa, pero… ¡¿Husk?!
"Dejé caer mi cuaderno en el despacho de Mimzy del día del secuestro." Dije, afligida. "Debió tomarlo de ahí."
"Lo siento mucho." Dijo Vaggie, angustiada. "De haber sabido, lo hubiese ocultado."
Me masajeé los ojos, suspirando de frustración.
"Y, sí, sobre tu apellido…" Comenzó a tantear Vaggie.
Ya no había motivos para seguir ocultándolo.
"Magne." Dije, derrotada. "Charlotte Magne."
Nos quedamos en silencio un momento, antes de que Vaggie tomara la palabra.
"Entonces sí eres la última de los Magne." Dijo sorprendida.
"¡Pero eso explica muchas cosas!" Comentó Angel. "Del por qué tienes todos esos hábitos de niña rica. La costura, escribir tus pensamientos, ¡clases de canto y piano! La educación que te dieron no es usual en una chica común que ha sido empleada en una casa."
"¿Por qué no nos dijiste?" Comentó, dolida. "De habernos dicho que tu tío estaba buscándote, te habríamos ayudado a mantenerte a salvo."
"No quería involucrarlos más." Dije, suspirando. "Sabía lo peligroso y loco que estaba mi tío. Ya ven en qué estado estamos Alastor y yo. Mi amigo, el señor Pentious, se vio involucrado sin querer y terminó con una bala en el hombro. Y Katie Killjoy, como secuaz de Miguel Magne, está muerta ahora. No me perdonaría que ustedes también se hubieran terminado mal también."
Ambos me miraron, preocupados.
"Tranquila, linda." Dijo Angel, con una sonrisa conciliadora. "Todos tenemos un pariente que no está bien de la cabeza. Yo tengo un primo segundo que se come la cera de sus oídos."
Angel intentaba aligerar la situación, pero no funcionó del todo.
"Si te hace sentir mejor, le dijimos que no sabíamos nada." Repuso Angel, muy serio.
"No es como si fuera mentira." Repuse. "Lamento todo esto, chicos. Siento que por lo que pasó con todo este tema del secuestro, Husk tuvo oportunidad de apresar a Mimzy y a clausurar el local."
"Oye, no es tu culpa que Mimzy hiciera todo el tema del fraude." Dijo Angel, con convicción. "Tarde o temprano esto iba a explotarle en la cara."
"Charlotte, ¿qué es la sombra?" Preguntó Vaggie, de pronto, con el ceño fruncido.
Me saltó el corazón. La sombra se movió inquieta.
"¿D-de qué me hablas?" Dije, nerviosa.
"Husk dijo que mencionabas a una sombra en tu diario." Repuso ella, más decidida.
Escribí mucho sobre la sombra desde que la conocí. De cómo hacía me compañía y cómo era protectora tanto con Alastor, como conmigo.
"Es un gato." Dije, rápidamente. "Es un gato negro. Así se llama."
"Pensé que el señor sonrisas no tenía mascotas." Preguntó Angel, acariciando a Fat Nuggets.
"Es un gato que en verdad no es de la casa." Dije, sin mirarlos. "Llegó ahí y se acomodó. Pero no es realmente de Alastor o mío. Pero es buena compañía cuando aparece."
"Husk decía que… tiene mucho poder." Inquirió Vaggie.
"Es bueno cazando." Puntualicé, con rapidez.
"¿A eso se refiere con 'atrapa a sus víctimas'?" Insistió Vaggie.
"¿Es tan importante la sombra?" Dije, con frustración. "Es una mascota sin dueño que merodeaba en la casa de Alastor. Caza alimañas y aparece cuando lo llaman. Punto."
Vaggie frunció la boca, contrariada.
"Supongo que tiene sentido." Dijo, lentamente.
"No podía ser una sombra literal, Vaggs." Le rebatió Angel. "Te lo dije."
Vaggie asintió con reservas.
"También preguntó por si habías mencionado algo acerca de 'El justiciero'." Dijo Vaggie. "Dijo que en tu diario manifestabas estar de acuerdo con su actuar."
Bajé la vista, molesta. En mi diario las veces que hablaba de 'El justiciero', se limitaba a comentar una noticia que saliera en la radio o en el periódico.
"Me alegra que 'El justiciero' atrapase a la mujer que asesinó de sus hijos." Escribí un día.
"No sé hasta cuándo 'El justiciero' piensa en seguir con horas extra. Es ridículo cómo espera atraer la atención haciendo eso." Anoté al cuarto día de la ola de homicidios de Alastor.
"Como si lo conocieras." Insistió Vaggie.
"Vaggs." Dijo bruscamente Angel, dirigiéndole una mirada dura.
Vaggie bajó la vista, molesta.
"No la agobies con tus dudas." Dijo él, con severidad.
"Tú también las tienes, hipócrita." Le recriminó ella.
Antes de que dijeran algo más, me erguí.
"Chicos." Dije con seriedad. "Por eso los mandé a llamar."
Ellos me dedicaron total atención. Mojé mis labios y tragué, esperando mantener la calma.
"Ya deben estar enterados de todo lo que se dice sobre Alastor." Dije, con determinación. "Sobre su estado actual. Y sobre que quieren acusarlo de ser 'El justiciero'."
"¿De verdad no se despierta?" Susurró Angel, con curiosidad y asombro.
"Me defendió de mi tío." Dije con congoja. "Puso en riesgo su vida para protegerme y ahora no despierta."
"¿Qué le pasó para que quedara así?" Preguntó Vaggie.
Me quedé callada.
"Charlotte, por favor." Dijo Vaggie, con amabilidad, pero impaciente. "Si no sabemos qué pasa, no podremos ayudarte. Sé sincera con nosotros."
Bajé la vista, preocupada. No iba a decirles la verdad. La verdad no era opción y sin el hechizo del silencio, debía cuidar cada palabra. Pero sentía tanta culpa de tener que mentirles para conseguir un favor a cambio. Uno lo bastante arriesgado para meternos a todos en muchos problemas.
En medio de mis divagaciones, pude sentir a la sombra reptando por mi espalda, y unos frías y fantasmagóricas extremidades abrazando mi pecho. Y me sentí mejor. La idea tener que recurrir a artimañas no era agradable, pero si con eso salvaba a Alastor, bien valía la pena el riesgo.
"Bien, voy a contarles qué pasó." Mentí sin culpa.
Procedí a contarles una versión desfigurada de lo que ocurrió con el secuestro, omitiendo eventos y cambiando descaradamente algunos detalles. Como que golpeé a Miguel con una silla, en vez de con el piano, o cambiando el hechizo que mató a Miguel, como una convulsión espontanea que tuvo por exceso de alguna sustancia que debió meterse en el cuerpo.
"¿Entonces el tipo, que ya se estaba muriendo, quería que le dieras acceso a tu herencia?" Resumió Angel, "Un momento, ¿tienes herencia?"
"Aparentemente." Dije, elevando los hombros. "Quería un libro viejo que era de mi abuelo y mi papá me dejó en su testamente. Seguramente quería venderlo para ganar dinero. Es viejo."
"¿Todo esto por un libro?" Se extrañó Angel. "Ugh. Estaba más loco de lo que pensé."
"Alastor me salvó de morir de manos de mi tío." Dije, con congoja. "Si no fuera por él, estaría muerta ahora mismo."
Vaggie tenía la cabeza gacha.
"Y ahora él no despierta." Dije en voz baja. "Y seguirá así hasta que su cuerpo sucumba. Y si, despierta, lo van a condenar a muerte por ser un asesino. La policía atrapó a alguien y si obtienen suficientes pruebas, lo podrán llevar a la silla eléctrica."
Ambos me miraron nerviosos.
"Bien… Nadie puede decir que ese tipo no se divierte." Comentó Angel, lanzándome una mirada de incredulidad.
"A menos de que yo haga algo al respecto." Dije mirándolos a ambos. "Por eso necesito que me ayuden. Tengo un plan."
"¿Nosotros?" Saltó Vaggie, alterada.
"Pero, ¿qué podemos hacer nosotros?" Dijo Angel, confundido.
El abrazo de la sombra se apretó ligeramente en mis costillas.
"Yo sé quién es 'El justiciero'." Dije con convicción. "Y sé dónde puedo encontrarlo."
"¡¿QUÉ?!" Exclamaron al unísono.
"Sólo necesito que me den tiempo para ir a buscarlo." Continué, decidida. "Si lo convencerlo de llamar la atención y eso hará que Alastor esté libre de sospecha."
"Espera. Espera. Espera." Dijo Angel, dejando a Fat Nuggets en la cama. "¡¿Qué?!"
"¿Qué tú conoces a 'El justiciero'?" Preguntó Vaggie, intentando sobreponerse a su sorpresa.
"¿Y cómo pretendes hacer eso?" Inquirió Angel.
"Necesito salir de aquí." Expliqué. "Pero me tienen bastante vigilada. Hay policías en la entrada."
"Oh, sí, los vi." Dijo Angel, con una pícara sonrisa.
"Necesito un reemplazo por hoy. Vaggie, ahí es donde entras tú." Dije, mirándola. "Te quedarías aquí, fingiendo ser yo, hasta que vuelva. La enfermera sólo viene tres veces al día."
"Ah." Fue todo lo que Vaggie logró decir.
"Y, Angel, necesito que me ayudes a salir." Dije mirándolo. "Necesito que generes una distracción lo bastante grande para que nadie me note."
En este punto, la mandíbula de Angel estaba colgando.
"Si todo sale bien, volveré esta noche." Continué, sin perder el ímpetu. "Y habré convencido a 'El justiciero' para que actúe otra vez, para librar a Alastor de las sospechas."
Ambos me miraban con los ojos como platos.
"¿Te volviste loca?" Dijo Vaggie. "No podemos hacer eso. Estaríamos incumpliendo con… no sé ¿Unas quince leyes?"
"Bueno… No es como si tuviéramos una vida completamente limpia." Le dijo Angel, alzando una ceja. "Literalmente, estuvimos trabajando en un local que cerró por eso."
"¡Pero no fue nuestra culpa las cosas que hizo Mimzy!" Explotó Vaggie. "¡Aquí nos lo pide explícitamente a nosotros!"
"Porque somos de confianza." Puntualizó él, elevando su dedo índice con propiedad.
"No tienen que hacerlo." Comenté, nerviosa. "Sé que es algo precipitado."
"Nah, un poco de roce con la ley en tu historial te hace ver más interesante." Comentó Angel, haciendo un ademán con su mano. "Cuenta conmigo, muñequita."
"¡¿QUÉ?!" Exclamó Vaggie.
"¡Gracias, Angel!" Dije, emocionada.
"¡¿Estás consciente de lo que estás diciendo?!" Le reclamó Vaggie.
"Si." Dijo, molesto. "No vamos a perpetrar un secuestro o robar millones de dólares. Te está pidiendo que la suplas unas pocas horas, para poder salvar la reputación de su amado. Ella lo haría por mí."
"Por supuesto." Dije, con convicción.
"Dices que vas a ir a ver a un asesino." Me dijo Vaggie, con gravedad. "Te acompañaré."
"No." Le corté. "Voy a ir yo sola. Necesito que te quedes aquí y finjas ser yo."
"Es muy peligroso, Charlotte." Dijo ella, suplicante. "Si todo sale mal, no sólo nosotros estaremos en problemas, sino que tú también. Y no puedo imaginarte en la cárcel. Siempre haces cosas por él. No entiendo qué pasa por tu mente a veces. De verdad… De verdad que él era 'El justiciero'."
La miré, con dolor en mi pecho.
"Creí que todas las actitudes raras de ese tipo calzaban con el actuar de 'El justiciero'." Dijo. "Creí que con el tiempo te olvidarías de él y seguirías adelante. Pero volvieron a estar juntos y pasa todo esto. No sé si vale la pena este plan, Charlotte."
Se abrazó a sí misma.
"No puedo dejar que te arriesgues así." Susurró, con pesar.
Elevé los brazos y los puse en sus hombros. Ella me miró, angustiada.
"Por favor, Vaggie." Le dije, al borde del llanto. "Esta es mi última oportunidad de hacer algo por él. Quiero que despierte. Pero quiero que despierte en un mundo donde no sea apuntado y condenado a la silla eléctrica. Tengo la oportunidad de hacer algo por él. No quiero que él muera, Vaggie."
Un par de lágrimas cayeron a mi cobija.
"Y, teniendo tu apoyo, podré lograr lo que sea." Le dije, desconsolada. "Por favor, Vaggie."
Ella levantó, con cautela su mano, hasta alcanzar la mía. De inmediato la retiró, como si hubiese tocado brasas ardiendo. Ella tomó mi mano y la miró con detenimiento. Sus ojos se posaron en el anillo de mi dedo.
De la sorpresa a la comprensión. Vaggie suspiró.
"Ya veo." Murmuró. "Así de importante es."
Pasó su pulgar por el anillo y cerró los ojos, para tomar aire.
"Siempre fue una batalla perdida." Dijo con una sonrisa triste.
Entonces, ella tomó mi rostro entre sus manos, y me dio un sonoro y brusco beso en la frente.
"¡AUCH!" Dije apartándome y mirándola atónita. "¿Qué…?"
Ella se restregó los ojos, con el antebrazo y suspiró.
La miré, confundida.
"Para que nunca digas nunca que no te apoyé en una locura, Charlotte." Declaró, con los ojos llenos de lágrimas. "Ni pienses que te voy a dejar que hagas una tontería como esta tú sola, ¿entendido?"
La miré, asombrada.
"¿Eso significa que me ayudarás?" Dije, con esperanzas.
"Sí." Dijo, con avidez. "Pero si le cuentas a alguien, lo negaré."
"¡Gracias, Vaggie!" Exclamé y la abracé.
"¡Abrazo de grupo!" Dijo Angel alegremente, apretándonos a las dos con sus largos brazos.
En ese momento, golpearon a la puerta, y la enfermera entró con una charola con una taza de leche y unas galletas saladas.
"Con permiso." Dijo. "Le traigo una merienda, señorita Charlotte. En cinco minutos tendrán que retirarse. Ya acabó la hora de visitas."
"Muchas gracias." Dije, separándome de los chicos.
"¿Su tía aún no regresa?" Preguntó.
"Volverá más tarde." Le dije. "Tuvo que ir a hacer unas diligencias. Pero me las podré apañar sola hasta que vuelva."
"Perfecto." Dijo la enfermera, satisfecha. "Procure comer esto, por favor. Otra vez casi no comió nada de su almuerzo."
"Me lo comeré." Mentí.
"Hasta pronto." Dijo ella. Y se retiró.
"Bien, tenemos cinco minutos." Me dijo Angel, con precaución. "Así que habla rápido."
Acto seguido, me empecé a quitar la bata del hospital.
"Está bien." Dije, con el torso superior desnudo. "Vaggie, sácate la ropa."
La cara de Vaggie y Angel no tenía precio.
"¡ATRAPEN A ESE CERDO!" Se escuchó en los pasillos.
Fat Nuggets iba a todo lo que daban sus patitas, siendo perseguido por enfermeros, pasando hábilmente entre los pacientes y haciendo tropezar a un hombre con muletas que empezó a lloriquear en el suelo.
"¡¿QUÉ HACE UN MALDITO CERDO EN EL HOSPITAL?!" Gritó un hombre abrazando a su hija, que se veía encantada de ver al animal correr.
"¡AHÍ ESTÁ!" Gritó una enfermera. "¡POLICÍA! ¡POLICÍA!"
Los policías de la entrada dejaron su puesto, rápidamente, para sumarse a la persecución del puerquito.
Angel se asomó por el pasillo, para mirar el alboroto.
"Andando." Ordenó y salió primero, conmigo, pisándole los talones.
Había cubierto mi cabello, tal y como lo hizo Rosie horas atrás. Pasamos por la salida, manteniendo el paso rápido y firme, para no levantar sospechas.
El aire gélido de febrero me llegó a las mejillas y el cielo, comenzaba a teñirse de naranjo. Intentamos mezclarnos entre las familias que estaban saliendo en ese momento.
"¿Debería estar en la esquina ahora?" Dijo Angel en voz baja.
Al llegar a la acera, a lo lejos, vi el inconfundible Bentley verde estacionado ahí.
"Ahí está." Comenté.
"Bien." Dijo Angel, satisfecho. "Suerte."
"Nos vemos después." Dije.
Angel puso los dedos en sus labios y dio un melodioso silbido. Él se fue por la izquierda y yo por la derecha, con trote ligero, con dirección al Bentley.
"¡Hola!" Dijo el señor Pentious con alegría, asomándose por la ventanilla del conductor.
Me subí al auto y cerré la puerta. Había un potente olor a comida caliente, que hizo a mi estómago rugir.
"Buenas tardes." Dije, agitada.
"Pensé que me había equivocado en la hora." Dijo aliviado.
"Lamento haberle pedido manejar con un brazo vendado." Comenté, al ver su estado.
"¡No es ninguna molestia!" Dijo, orgulloso. "Además, es un favor para ti y esa elegante dama. Ella fue a mi restaurante esta mañana y me dijo si yo podía venir a buscarte, porque ella tenía una urgencia. Me alegra que te dieran el alta. Y yo, obviamente, no iba a dejarte desamparada."
Vi cómo, a lo lejos, Fat Nuggets salió a toda velocidad hasta los brazos de Angel, que se había subido a un tranvía e iniciaba la marcha. Un grupo de enfermeros y policías lo siguieron, impotentes, con la vista.
"Llegó justo a tiempo, señor Pentious." Dije, más aliviada.
"¿Vamos al local de la señora Rosie?" Preguntó él, poniendo en marcha a su auto.
"La verdad, ella es señorita." Le corregí.
"Oh, ¿de verdad?" Comentó, intentando disimular una enorme sonrisa.
Llegamos al local de Rosie en pocos minutos. Apenas estacionamos, el señor Pentious, sacó un paquete, pulcramente armado, que tenía en la guantera. Se bajó, deprisa, de su lado para rodear el auto y ayudarme a bajar. Apenas me recargué en él al verlo tan cargado.
"Llegaste sana y salva." Comentó con ánimo. "Si me permites, voy a saludar a la señorita Rosie antes de marcharme."
"Ah, claro." Comenté, mientras lo veía soplar unas pelusitas de las solapas y hombros de su traje.
Toqué cinco veces en la puerta, que tenía el cartel de "cerrado" colgando. Rosie salió en unos momentos, algo despeinada y con el fuerte aroma a café que venía desde el interior.
"Por fin llegaste." Dijo ella con alivio y me abrazó.
"Lamento haberte hecho preocupar." Dije, conmovida.
"Buenas tardes." Dijo Pentious, cortésmente.
Rosie levantó la vista y lo miró.
"Le agradezco mucho que fuera a buscar a Charlotte al hospital, señor Pentious." Le agradeció Rosie. "Y lamento que mi petición fuera tan precipitada Le prometo que el siguiente mantenimiento de su sombrero corre por cuenta de la casa."
"Oh, es muy amable." Dijo él, con un ligero sonrojo en sus mejillas. "Fue un verdadero placer poder serles de ayuda."
"Bueno. Muchas gracias." Dijo Rosie, con propiedad.
"Oh, y quería aprovechar la oportunidad de darles un pequeño presente." Dijo Pentious, de buena gana.
Y le ofreció el paquete envuelto y Rosie lo tomó, sorprendida.
"Sin ningún tipo de compromiso." Comentó él con una gran sonrisa, mirando a Rosie. "Tómelo como una atención de mi parte, para que puedan reponer algo de energía después de todos estos días en el hospital."
"No debió haberse molestado." Dijo Rosie, sin salir de su estupor. "De verdad es muy amable."
"No es problema." Dijo él, complacido. "Es la ventaja de ser dueño de un restaurant.
"Bueno, muchas gracias, otra vez." Dijo Rosie, con una pequeña sonrisa.
Mi mirada pasó de uno al otro, varias veces.
"Bueno, me retiro." Dijo él, cortésmente. "Les daré espacio para que puedan estar a solas. Pero recuerden que pueden contar conmigo para lo que necesiten."
"Gracias por todo, Señor Pentious." Dije, sonriendo y haciendo señas con la mano.
"Señorita Charlotte. Señorita Rosie." Dijo él mirándonos respectivamente, con una gran sonrisa. "Que tengan buena tarde."
El señor Pentious hizo una reverencia con su sombrero y se dio media vuelta para volver a su auto. Lo vimos partir y perderse entre los automóviles.
"Rosie." Dije. "Rosie."
"Oh, ¿qué?" Dijo, distraída.
"Hay que entrar." Puntualicé.
"Ah, sí." Murmuró reaccionando y cerrando la puerta detrás de nosotros.
Me saqué el chal rojo de la cabeza. Me levanté el vestido y vi a la sombra abrazando mis piernas.
"Es suficiente por ahora." Le dije. "Muchas gracias."
Ella se deslizó hasta el suelo y mis piernas flaquearon al instante. Me tuve que sentar en el sofá de los clientes.
"Creí que no llegaría." Comenté, pasándome la mano por la cara.
"¿No tuviste inconvenientes?" Preguntó Rosie.
"Nada como un cerdito en un hospital para distraer al personal."
Rosie llevó el paquete a la mesita del café y lo desenvolvió. Había un gran plato con gamba criolla, una generosa ración de patatas salteadas y unos cuantos beignés estaban adentro. Era suficiente para unos tres platos, muy contundentes. Olía maravilloso.
"Él es muy atento." Dije, sin poder evitar sonreír.
"Y qué bien me cae algo para comer ahora." Dijo Rosie, con entusiasmo.
"Es momento de la siguiente etapa del plan." Dije, nerviosa.
Miré a la sombra.
"En la siguiente fase del plan entras tú, linda." Le dije. "¿Crees que puedas ayudarme a encontrar a ese tipo?"
La sombra, vibró a mis pies y se deslizó por debajo de la puerta principal. Me la quedé mirando preocupada.
"Será mejor que comamos antes de que se enfríe." Dijo Rosie, tocando mi hombro. "Voy a traer unos cubiertos. Necesitas comer algo."
Comí distraídamente, sin degustar realmente la comida. Mi estómago era un manojo de nervios. Aunque era agradable comer algo que no fuera la insípida comida del hospital.
"¿Encontraste algo adecuado?" Le pregunté a Rosie.
"Sí." Dijo, comiendo con rapidez, pero sin perder la elegancia. "Me quedaron varias cosas del Mardi gras. Y pude combinarlos y darles una forma bastante buena. Ojalá tuviera más tiempo. Oh, esto está delicioso."
Miré el reloj. Ya eran las cinco de la tarde.
"Es lo que menos tenemos ahora." Dije, dejando mi plato a medio comer en la mesita.
"¿Alguna novedad?" Dijo ella, con seriedad.
Negué con la cabeza.
"Sólo espero que tenga la suficiente fuerza como para hacer esto." Dije, preocupada.
"Si eres la dueña del grimorio, debería obedecerte hasta sus últimas fuerzas." Comentó, limpiando su boca con una servilleta.
La siguiente hora fue insoportablemente lenta. La prematura noche de invierno llegó. Y sentía que podría haber hecho un agujero en el suelo, con el golpeteo constante de mi talón. Rosie se veía tan tensa como yo, intentando mantenerse ocupada peinando todo mi cabello hacia atrás.
"Espero no haya salido de la ciudad." Comenté, nerviosa.
"Lo dudo." Dijo ella, haciendo una coleta baja y afirmándola con una cinta. "No saldría de la ciudad cuando todo está en ascuas."
Pasó otro rato más, donde miles de horrendas posibilidades invadían mi cabeza. Hasta que, finalmente, la sombra llegó a mis pies.
"¡Sombra!" Exclamé, aliviada. "Ya me estaba preocupando. ¿Lo encontraste?"
Ella vibró. Eso era un sí.
"Bien, ehm." Dije incómoda, acercando mi mano al piso "¿Cómo lo hacía Alastor para…?"
La sombra me miró, sin entender.
"Para que le digas dónde está." Dije, algo nerviosa. "¿Puedes mostrármelo, por favor?"
La sombra se quedó quieta, esperando.
Al momento de tocar a la sombra con mi mano, unos flashazos de imágenes, lugares y rostros se vino a mi cabeza. Y el lugar exacto llegó a mí.
"Eres increíble." Le dije a la sombrea, con entusiasmo. "Muchas gracias."
Ella vibró emocionada.
"Ya sé dónde está, Rosie." Dije poniéndome de pie con dificultad.
La sombra se deslizó por mis piernas para darme estabilidad.
Me paré frente al espejo de cuerpo entero, para mirarme. Y una desconocida me devolvía la mirada. Tomé aire y suspiré, mientras me pasaba las manos, ansiosamente, por el chaleco.
"Hay que darse prisa, para no perderle el rastro." Le comenté a Rosie.
"Un momento." Dijo ella tomando una gruesa capa negra del perchero.
Miré otra vez mi reflejo. Era mi rostro, sin duda, pero llevaba puesto un traje de hombre. Camisa roja, corbata negra y unos gemelos dorados en las mangas. Mi cabello estaba recogido hacia atrás, dejando mi rostro despejado. Curiosamente, sentía que me venía bien. Era la primera vez que me ponía un traje de tres piezas.
Rosie me acomodó una larga capa negra, sobre los hombros y comenzó a abotonarlo, mirándome con solemnidad. La capa era elegante y lo bastante gruesa para protegerme del frío, dejando a mis brazos con libertad de acción.
"Esta noche tengo el honor de vestir a nada menos que a 'El justiciero'." Dijo orgullosa. "Tienes que quedar perfecta."
Inspeccioné el resultado en el espejo.
"Sólo espero que todo salga bien." Dije, muy nerviosa.
"Ya no hay marcha atrás." Dijo ella, con determinación. "Sólo te falta algo."
Mientras me ponía los guantes de cuero negro, Rosie abrió el viejo armario donde estaba el sombrero de mi padre. Pero, esta vez, sacó una caja de madera. Me la trajo con una gran sonrisa y, con una seña entusiasta de la cabeza, me indicó que la abriera. Había un cuchillo de taxidermia en él. Una filoso y curvo.
Le miré confundida.
"Esta daga es la que usó Alastor para ayudarme a desmembrar el cuerpo de Franklin." Dijo, emocionada. "Le pedí que me lo obsequiara, como recuerdo. ¿No es fantástica?"
La tomé y observé mi reflejo en la hoja.
"Es perfecta." Dije, sonriéndole de vuelta.
Rosie se cubrió el rostro con su chal y yo hice lo mismo con una bufanda negra y me puse un sombrero gris para cubrir mi cabello.
Rosie le dio un último vistazo al interior de un gran bolso azul y murmuraba para si misma.
"¿Llevas todo?" Pregunté, ansiosa.
Asintió, mientras lo cerraba con fuerza.
"Andando." Susurré.
"¡Pero claro que puedo hacer que conozcas a un productor de cine!" Decía él, con su voz molesta, resonando por la calle. "Tuve la fortuna de entrevistarlo hace unos meses y nos hicimos muy amigos."
"¿De verdad?" Decía una sensual voz femenina. "¡Mi sueño siempre ha sido ser actriz!"
"Pues, es tu día de suerte." Decía él, con picardía. "Porque podría presentártelo. Sólo, ya sabes, necesitaría algún favor a cambio."
"¡Lo que sea!" Decía la muchacha, entusiasmada.
"Acepta una invitación a comer conmigo." Le dijo él, sin disimular sus intenciones en su tono.
"Ay, pero por supuesto." Contestó la muchacha, coqueta. "Lo que sea por una oportunidad así."
Entonces, Rosie caminó hacia ellos, y chocó contra Tom Trench, con brusquedad. Eso lo hizo trastabillar y casi caer.
"¡Oiga! ¡¿Qué le pasa?!" Dijo indignado.
"Lo siento, tengo prisa." Dijo Rosie fingiendo la voz, con su rostro cubierto por su chal. "Mi hijo está enfermo. Y tengo que ir rápido al hospital."
"Ah, bien." Dijo Trench, aún molesto.
"Con su permiso, señor." Se disculpó Rosie y se metió al callejón, a toda velocidad.
"¡Oiga!" Dijo Trench, tomando un guante del suelo. "¡Oiga! ¡Se le cayó esto!"
Él entró al callejón, persiguiendo a Rosie.
"¡Señora! ¡Espere!"
Pero Rosie siguió su camino sin voltear. Y salió del otro lado del callejón, a la calle. Trench llegó a medio callejón y lanzó un gruñido.
"Vieja tonta." Dijo, despectivamente, arrojando el guante a un rincón.
Se dio media vuelta, para volver junto a su acompañante, pero estaba exactamente dónde lo necesitaba.
"Atrápalo." Susurré.
Tom Trench se quedó paralizado a mitad de camino.
"¿Qué…?" Dijo asustado, intentando moverse, sin resultado. "¿Qué está pasando?"
La chica que iba con él me miró, cubrió boca con horror y salió corriendo dando un grito de espanto.
"¡Espera!" Gritó Trench, paralizado.
Fue, entonces, cuando me notó. Me acerqué a él con calma, mientras su rostro se desfiguraba en el terror más puro. Podía ver mi reflejo en sus gafas de montura gruesa.
"Tú eres…" Murmuró aterrado. "No puede ser."
Tomé hilo y aguja, y comencé el trabajo.
Llegué a la parte trasera del Mimzy's Palace, con el corazón desbocado y sin aliento.
No podía creer lo que acababa de hacer. Fue desconcertante. Aterrador. Y moría de nervios.
Desde atrás de del gran contenedor de basura, vi a una figura moverse. Me puse a la defensiva de inmediato.
"¡Charlotte!" Exclamó Rosie, preocupada. "Me alegra que estés bien."
"Ay, Rosie." Le reclamé, con la mano en mi pecho. "No me asustes así."
"¿Cómo ha ido todo?" Dijo, ansiosa.
"B-bien." Tartamudeé en voz baja, con la boca seca. "Ya está hecho."
Apoyé mi espalda contra la pared, aun respirando agitada. Miré al suelo, y un par de ojos curiosos y brillantes me miraban entre las sombras.
"¿Nos ayudas a abrir la puerta?" Dije a la sombra, en voz baja y entrecortada. "Por favor."
Los ojos de la sombra se escabulleron debajo de la puerta trasera del Mimzy's Palace. Le tomó un momento deslizar los seguros de metal y la puerta de metal se entreabrió. Miramos a nuestros alrededores con precaución, y entramos.
Adentro estaba en penumbras. A tientas, busqué los fusibles en la pared y elevé la palanca de la luz. Todo el backstage se iluminó. Se me apretó el corazón al verlo abandonado y vacío. Con algunas ampolletas rotas, zapatos sin par y papeles estaban regados por el suelo. Donde alguna vez todas las bailarinas se preparaban para sus números musicales, el maquillaje se compartía, y los trajes y brillo llenaban de música cada rincón, ya no quedaba nada.
"No podemos quedarnos mucho tiempo aquí." Dije, aún conmocionada. "No sé qué tan rápido se entere la gente."
Me saqué los guantes de cuero, con las manos temblando y manchadas de sangre. Rosie me ayudó a sacarme la capa negra y comenzó a doblarla. Se detuvo y rebuscó en su interior. Tomó la máscara que yo había usado mientras cometía el crimen y la quedó mirando.
"Sólo habrá que esperar a ver qué pasa." Dijo ella, con seriedad, metiendo la máscara, los guantes y la capa dentro de un saco de tela, que había sacado de su bolso." "Rápido, cámbiate."
Saqué un vestido blanco con flores rosas de la bolsa que traía Rosie, y procedí a cambiarme de ropa, lo más rápido que pude. Rosie me ayudó a subirme el cierre de la espalda, mientras, me soltaba el cabello.
"Ahora hay que volver al hospital." Dije, arreglando el vestido a la altura de mi busto.
Rosie me entregó un par de botines de dama, que me puse de inmediato. Rosie también metió el traje y los zapatos en el mismo saco de género. De una pequeña botella de alcohol barato, vertió el contenido dentro de él. Hizo un nudo y lo agarró con fuerza.
"Vamos." Dijo Rosie, apagando el interruptor de la luz.
Cubriéndome con un chal, desde la cabeza a los hombros, abrí la puerta.
Al salir, vimos a muchas personas correr por la calle, al extremo del callejón. Todas iban en dirección a donde yo había dejado a Trench.
"¿Qué está pasando?" Preguntó un hombre a un anciano.
"¿No supiste?! "Respondía el otro, con temor y emoción. "¡Hay una nueva víctima de 'El justiciero'!"
"¡¿Apareció?!"
Y ambos se unieron a la estampida de curiosos.
Con Rosie nos miramos. Y aprovechamos el pánico para ir en sentido contrario.
"Cierra la puerta, sombra, por favor." Le dije a mis pies.
El chasquido de los seguros llegó a mis oídos Ubicamos el basurero del callejón y Rosie metió el saco con las cosas que había usado dentro. Encendió un cerillo y lo lanzó encima.
"Ignis." Susurré.
A pesar de la poca potencia que tenía la magia. El hechizo fue suficiente para que avivara la llama, y tomara todas las prendas regadas con alcohol. Rosie bajó la tapa del basurero, y seguimos nuestro camino a paso rápido hacia la calle principal, sin siquiera mirar la enorme estala de humo que empezó a elevarse detrás de nosotras.
Seguimos a paso firme. Alejándonos de todo el tumulto, intentando no llamar la atención. En la entrada de un hotel, un taxi estaba estacionado. Rosie me tiró del brazo.
"¡Taxi!" Gritó Rosie, elevando un brazo a la calle. "¡Taxi!"
Vimos cómo una señora con Maletas intentó tomarlo. Pero Rosie se le adelantó, dándole un empujón.
"Emergencia." Dijo Rosie, con seriedad, metiéndome al auto. "Mi sobrina tiene síntomas de una rara enfermedad amazónica muy contagiosa,y tenemos que ir al hospital."
Fingí una tos.
La mujer miró horrorizada a Rosie y se apartó. Rosie cerró la puerta, le dio la indicación al taxista y el auto arrancó.
"Disculpe, señora." Dijo el taxista nervioso, mirándonos por el retrovisor. "¿Qué tan contagioso es lo que tiene la chica?"
"Sólo se le contagia a los que hacen muchas preguntas." Dijo Rosie, malhumorada.
El taxista no dijo nada más el resto del camino, pero por la velocidad que tomó desde ese punto, estaba segura de que íbamos a una velocidad al límite de lo establecido.
En el asiento del taxi, me removí inquieta. Miré a Rosie, sentada junto a mí. Ella mantenía sus ojos cerrados, con una expresión tensa en su rostro. Aún faltaba la parte más difícil de todo el plan y, sin duda, era lo que más le preocupaba a Rosie también.
En un tiempo increíble, llegamos al hospital. Rosie le pagó al taxista y bajamos del auto. Hasta ese momento no había notado que había mensajes escritos en las paredes. Algunos de apoyo y otros de repudio hacia 'El justiciero'. Los manifestantes ya se habían retirado a esa hora. Pero no dudaría en que estarían ahí la mañana siguiente.
Tragué saliva.
"Vaggie debe estar en la habitación todavía." Dije, acomodándome el chal.
"Bien." Dijo Rosie, mirando a los alrededores. "Y tal parece que llegamos antes ellos."
Asentí.
"Valió la pena el susto al pobre taxista." Acordé
"Ya son más de las nueve. Tu amiga no llegará al desayuno, sin que la descubran. Habrá que ir a la habitación primero."
"Bien, pasa a recepción." Dije. "Sigamos como lo conversamos. Ellos no deben tardar en llegar."
Rosie tomó aire y se arregló el bolso al hombro. Caminó hacia la entrada, fingiendo un aire despreocupado, y ensayando una sonrisa. Yo la seguí varios pasos atrás con la cabeza gacha, pasando entre los oficiales que estaban en la puerta, haciendo guardia.
Rosie entró con mucha seguridad y habló con la recepcionista. Y yo me senté en una de las últimas sillas, donde una pareja dormía dos filas adelante, y una anciana envuelta permanecía inmóvil en primera fila.
"Buenas noches, señora Rosie." Dijo la mujer al reconocerla. "¿Tan tarde?"
"Buenas noches." Respondió Rosie, lo más natural posible. "Sí, tenía un par de pedidos en mi boutique desde la semana pasada, y tuve que hacer las entregas hoy."
"Oh, sus trabajos son famosos en la ciudad." Dijo la recepcionista con admiración. "Bendito sea quien tiene uno de sus trajes."
"Me halaga." Contestó Rosie, moviendo su mano con elegancia.
Troné los dedos.
Las luces parpadearon.
"¡Oh!" Exclamó Rosie, con exageración. "¿Es una baja en el voltaje?"
Troné los dedos otra vez. Las luces titilaron un poco más hasta apagarse por completo. Todas las personas que estaban pasando por ahí miraban confundidas, entre la oscuridad.
"¿Qué pasó?" Dijo alguien.
"¿Será sólo en este piso?" Dijo otro más.
Troné los dedos otra vez, y las hileras de luces de los pasillos también parpadearon, hasta apagarse totalmente.
"¿Y este apagón?" Escuché a Rosie, bastante alto.
"Llamaré a mi supervisor." Escuché a la recepcionista, tomar el teléfono.
Fue cuando el sonido de las sirenas de una ambulancia, llegaron a nuestros oídos. Pero no sólo eran sirenas de ambulancia, se entremezclaban con sirenas de patrullas de policía. La ambulancia se estacionó en la entrada, junto con dos patrullas, justo detrás. Los paramédicos bajaron, a toda prisa, para abrir las puertas de la parte posterior. Y aunque estábamos a una distancia considerable, se escuchaban los gritos histéricos y agudos de un hombre herido.
"¡ES EL JUSTICIERO!" Gritaba, mientras lo trasladaban en la camilla, acompañado a cada lado de policías. "¡EL JUSTICIERO ANDA SUELTO POR NEW ORLEANS Y ME HA ATACADO!"
"¿Qué está pasando?" Dijo la recepcionista.
"No lo sé." Dijo Rosie, fingiendo inocencia.
"¡YA LO SABRÁ TODA LA CIUDAD!" Gritaba a medida que llegaba a recepción a oscuras. "¡EL JUSTICIERO ATACÓ A UN SERVIDOR PÚBLICO! ¡PERO SOBREVIVÍ! ¡PORQUE ME DEBIÓ RECONOCER Y SABER QUE NO ERA UN CRIMINAL Y NO FUE CAPAZ DE HACERLE DAÑO A UN HOMBRE DECENTE Y JUSTO COMO YO! ¡USABA UNA MÁSCARA CON DOS CARAS, COMO UN SER DEL OTRO MUNDO!"
"¡Por favor, atiendan a este hombre!" Hay que ingresar a este hombre, dijo un paramédico, claramente hastiado del hombre en la camilla. "¡Tiene heridas de costuras en los labios y una herida punzante poco profunda en el pectoral izquierdo!"
"¿Qué pasa con las luces?" Alguien dijo.
"Por favor, necesitamos atención de urgencias." Escuché a otra persona hablar.
Una linterna se encendió y apuntó al rostro de la recepcionista. Ella cerró los ojos con fuerza y puso una mano sobre su cara, para evitar quedar cegada.
"Hubo un ataque y un sobreviviente de un intento de asesinato, que puede dar testimonio." Dijo el oficial que llevaba la linterna.
"Si." Dijo la recepcionista incómoda. "Haré el ingreso. Necesitaría los datos del paciente para…"
"¡TOM TRENCH!" Exclamó Trench, fuerte y claro. "¡SOBREVIVIENTE A UN ATAQUE DE 'EL JUSTICIERO'!"
Apuntaron a la cara de Trench con la luz de la linterna. Las horrendas pústulas de Trench, no disimulaban lo hinchados que tenía los labios, con restos de hilos cortados.
"¡Señor, no sea irresponsable!" Le recriminaba otro oficial. "¡No tiene pruebas de que fue 'El justiciero' quien lo atacó!"
"¡¿QUÉ?!" Gritó Tom Trench, molesto. "¡NO VAN A SILENCIARME! ¡SÉ DE LO QUE HABLO! ¡SOY LA PRUEBA VIVA DE QUE 'EL JUSTICIERO' SIGUE ALLÁ AFUERA! ¡Y ME RECONOCE COMO UN MIEMBRO IMPORTANTE DE LA SOCIEDAD QUE MERECE ESTAR CON VIDA!"
Rosie se había acercado a mí, en medio de todo el jaleó en el vestíbulo. Ela, me palmeó el brazo dos veces.
"Vamos." Susurró.
Era nuestra oportunidad.
"Guíame hasta mi habitación, por favor." Ordené a la sombra.
Mi mano se disparó, con fuerza, hacia adelante. Con la otra mano, tomé la mano de Rosie, y nos escabullimos por el pasillo que daba a las habitaciones de los hospitalizados. Los pasos se convirtieron en un trote, y, pronto, comenzamos a correr. Pasábamos entre las enfermeras que no podían verme por la penumbra de los pasillos.
"¡LO SABRÁN TODOS!" Seguía gritando Trench, a todo pulmón, haciendo eco en los pasillos. "¡EL JUSTICIERO VIVE Y ESTÁ LIBRE! ¡LO ESCUCHARON BIEN!"
Nunca pensé que algo que diría Tom Trench me haría sentir tanto alivio. Ya no importaba el dolor de mi cuerpo, ya no importaba el cansancio. No pude evitar sonreír, mientras corría.
Había logrado mi objetivo.
La ciudad se enteraría de que 'El justiciero' había actuado cuando Alastor seguía en cama. Todos sabrían que Trench había sido sobreviviente.
No habría forma en que pudieran culpar a Alastor.
La sombra me guió, en medio de la oscuridad, hasta llegar a mi habitación. Rosie estaba sin aliento junto a mí.
"No estoy…" Decía, lentamente. "Ya no estoy para estas cosas."
Troné los dedos y las luces volvieron a iluminar los pasillos.
Abrí la puerta, con cautela.
"Vaggie." Susurré. "¿Estás aquí?"
"¡¿CHARLOTTE?!" Exclamó la voz de Vaggie, aliviada.
Entramos junto a Rosie. Las luces de la calle eran lo único que iluminaba la pequeña habitación. Rosie se sentó en la silla, apenas pudo, dando un suspiro de cansancio.
Procedí a prender la lamparita de noche, e iluminando el rostro expectante de Vaggie.
"Casi me pilla la enfermera esta tarde." Comentó, nerviosa.
"Ay, no." Dije, preocupada, sacando el chal de mi cabeza. "¿Sospechó algo?"
"¡Tuve que estar cubierta bajo las sabanas todo el día!" Dijo, con resignación. "Y creo que me duele la espalda. Me comí tu cena. Lo siento."
"No hay problema."
"¿Qué pasó?" Dijo, con interés.
"Me fue bien." Dije, emocionada.
"Pero, ¿lo encontraste?" Dijo Vaggie, sorprendida. "¿A 'El justiciero'? ¿De verdad?"
"Si." Dije con orgullo, comenzando a quitarme la ropa. "Ven, cámbiate y ponte esto."
"P-pero, ¿qué va a hacer?" Insistió Vaggie. "¿Hará una presentación pública? ¿Un llamado a las autoridades?"
"Pude convencerlo de volver a actuar." Dije, entregándole el vestido. "Y todo indica que 'El justiciero' volvió de su receso."
"¿Lo incitaste a que saliera a asesinar gente?" Dijo Vaggie, nerviosa. "Creí que lo convencerías de mandar una carta a la policía o algo así."
"Eso no hubiera sido suficiente." Le rebatí, quitándome los zapatos. "La policía atiende hechos, no amenazas."
"Matar gente no es precisamente bueno, Charlotte." Me indicó Vaggie, con dureza. "¿De verdad fuiste a hablar con un asesino para que siguiera asesinando?"
Me quedé quieta un momento y fruncí el ceño.
"No hice más que hacer lo que era necesario, Vaggie." Dije, con seriedad. "Si cometer un crimen es lo que hace 'El justiciero' para hacerse notar, no había otra cosa que pudiera hacer."
Vaggie me quedó mirando unos momentos. Inspeccionando mi cara y mi cabello.
"Charlotte, ¿qué fue lo que hiciste exactamente?" Dijo, repentinamente tensa.
"Será mejor que te vayas, Vaggie." Le corté, sentándome en la cama. "Ya mañana tendrás una idea de lo que 'El justiciero' hizo en las noticias."
Vaggie me quedó mirando, con sospecha. Pero evitó decir algo más mientras se quitaba la bata del hospital y me lo entregaba. Se puso el vestido que había usado yo y tuvo problemas con el cierre.
"Déjame ayudarte." Le comenté.
"No hace falta." Dijo, tajante. "Siempre lo hago sola en casa."
Estiró su brazo hasta lograr subir el cierre. Lo miró con más detalle.
"Es un lindo vestido." Comentó. "Te lo devolveré cuando pueda."
"Es tuyo." Dijo Rosie, con desinterés. "Es lo menos que puedo hacer por haber ayudado a Charlotte con todo esto."
"Se lo agradezco mucho." Dijo Vaggie sorprendida, a Rosie.
"Ten cuidado." Dije. "Con todo el corte de luz, puedes decir que te perdiste si es que te encuentran. En la entrada habrá un gran alboroto. Así que no creo que te noten."
Vaggie me quedó mirando.
"Ese apagón fue… conveniente." Dijo, de pronto.
"Sí." Contesté, con fingida indiferencia. "Qué suerte, ¿no?"
"Sí, demasiada." Murmuró.
Me dio una mirada furtiva antes de ir hacia la puerta.
"Vas derecho y al llegar al ventanal con una pequeña virgen." Le indiqué. "Ahí estará el letrero que indica la salida."
"Gracias." Dijo.
"Muchas gracias por tu ayuda, Vaggie." Le dije, con sinceridad. "No lo habríamos hecho sin ti."
"No hay de qué." Dijo ella, sin mirarme. "Y, Charlotte…"
"¿Sí?"
"Ten cuidado en lo que sea que te estés metiendo." Dijo, tensa. "Nos vemos."
Ella salió y dejándonos a mí y a Rosie en un incómodo silencio.
"Ella sospecha algo." Dijo Rosie, con seriedad.
"Lo sé." Concordé, preocupada. "Pero no es algo que pueda arreglar ahora."
Rosie se sirvió un vaso de agua de la jarra de la mesita de noche. Soltó un suspiro largo y tendido. Sirvió otro vaso de agua y me lo entregó. No sabía cuánto me hacía falta.
"Descansemos un poco." Dijo, sentándose otra vez. "Ya el mundo es seguro para Alastor otra vez, pero él ni su madre lo saben."
Era cierto. Aún quedaba una parte importante del plan por concretar. Jugueteé con el vaso entre mis manos, nerviosa.
"Sólo queda ir a enfrentarte a tu suegra." Comentó Rosie, haciendo chocar su vaso con el mío. "Debo decir que no te envidio en este momento."
"Tampoco yo." Murmuré.
La idea no era, en ningún sentido, agradable.
Luego del apagón, las enfermeras fueron a hacer una ronda de emergencia, visitando cada habitación de los pacientes y viendo si no habían sido afectados. Cuando entraron a mi cuarto, mencionaron que debía dormir un poco, por mi aspecto, antes de marcharse.
Luego de muchísimo ruido en el pasillo por culpa de Tom Trench, y quejas entre los hospitalizados del por qué tanto escándalo, poco a poco el edificio cayó en el silencio típico de la noche.
A eso de las dos de la mañana, miraba la espesa bruma, de pie frente a la ventana. Ya debía haber sido más de las dos a ese punto. Me volteé a ver a Rosie, quien estaba dormida en la cama. Había sido resistente a mi ofrecimiento a que se recostara a descansar un rato la espalda, pero una vez aceptó, se quedó dormida más rápido de lo esperado.
"Estoy nerviosa." Le comenté a la sombra, que abrazaba mis piernas. "Sólo espero que todo lo que hicimos haya valido la pena, para que ella nos escuche."
La sombra me apretó un poco más las piernas.
"Ya es hora." Susurré.
Tomé el chal y me lo puse sobre los hombros y la cabeza. Caminé de puntillas hasta la salida.
"Charlotte." Escuché a la voz somnolienta de Rosie, detrás de mí.
Me quedé muy quieta, con la mano sobre el picaporte.
"¿Irás tú sola?" Dijo, sin reproche.
"Ya has hecho bastante, Rosie." Dije, girándome a mirarla. "Déjame encargarme de esto."
Ella me quedó mirando, sin levantar la cabeza de la almohada.
"Trae a ese idiota de vuelta, linda." Dijo, con convicción. "Confío en que puedas hacerlo."
Le sonreí.
"Nos vemos luego, Rosie." Le dije y salí de la habitación.
Nuevamente estaba en el pasillo. La sombra me acompañó en la marcha, por los pasillos, hacia la habitación de Alastor. A paso rápido. La sombra me guiaba. Y, llegando a la esquina, pude ver al policía de guardia de la noche anterior, sentado tarareando una canción.
No contaba con que el guardia estuviera despierto. Apreté el chal con frustración.
Entonces, escuché las voces de unas mujeres. Debían ser enfermeras, viniendo de pasillo.
"Buenas noches." Dijo el oficial, con cordialidad.
"Buenas noches, oficial." Dijeron las enfermeras.
"¿Supieron qué había pasado con la luz?" Preguntó el oficial.
"No." Contestó una. ""Habrá que hablar con la compañía de luz."
Si las enfermeras seguían su camino, me verían.
Me congelé. No había forma de correr de vuelta sin que me vieran.
Entonces, mi chal fue tirado al piso y arrastrado hasta el pasillo, dejando una estela espectral por el suelo. Miré cómo la sombra llevó el chal cerca de los pies de las enfermeras.
"¿Eso es de alguna de ustedes?" Preguntó el oficial.
"No." Dijeron ambas mujeres confundidas.
"Qué raro." Dijo el oficial. "He estado vigilando todo el tiempo y no lo había visto."
El grito de las enfermeras resonó en todo el pasillo. El chal rojo se había arrastrado sólo hasta la pared, subió por ella y llegó al techo, dejándolo colgando.
"¡¿Qué es eso?!" Gritó el oficial, aterrado.
"¡Debe ser el espíritu de un paciente en pena!" Gritó una enfermera asustada.
"¡Haga algo, oficial!" Gritó la otra.
"¿Qué puedo hacer yo?" Respondió el oficial, nervioso. "¡Es un maldito fantasma!
Entonces, tuve una idea. Troné mis dedos y las luces de los pasillos volvieron a parpadear. Y la sombra comenzó a mover el chal por el techo. Las enfermeras y el oficial lanzaron un grito de horror y saliendo corriendo por el pasillo, con la sombra persiguiéndoles con el chal fantasma.
Aproveché el momento y fui con esfuerzo hacia la puerta. Sin la ayuda de la sombra se me dificultó más avanzar. Pero, finalmente, entré a la habitación de Alastor.
Ahí estaba otra vez. Tendido y respirando con tranquilidad. Completamente absorto en su cabeza, e ignorando al mundo. Me acerqué a él, con el corazón en la garganta y puse mi mano sobre la suya.
"Hola." Susurré, nerviosa. "Tengo que hablar con usted. Sé que no tiene malas intenciones y quiere proteger a Alastor, pero tiene que dejarme explicarle algo muy importante. Y necesito verla para eso."
Alastor se mantuvo quieto.
"Déjeme entrar." Supliqué. "Déjeme tener la oportunidad de ver a Alastor otra vez, por favor."
Lentos momentos pasaron. Creyendo que no me escucharía. Que todo había sido en vano.
Pero, de pronto, la mano de Alastor dio un tic. Se elevó, suavemente, hasta tocar mi frente.
Todo se volvió blanco.
Parpadeé. La ilusión invadió todos mis sentidos, dándole los sabores vivos de antaño. Una película de detallada del ayer. Un sueño vívido de Alastor.
Parecía una mentira, pero el hecho era que estaba frente a mis ojos. Mis oídos, incluso mi olfato. Podía sentir la realidad creada y transformada a mi alrededor. Y tuve que cubrir mi boca para ahogar una expresión de asombro y emoción. Todo era real y nada era real. Excedía los límites de la lógica. Un insulto a lo que yo creía razonable.
La única solución a lo inverosímil de aquella situación era que, en efecto, Constance me había permitido entrar a la mente de Alastor.
Miré a los alrededores con detenimiento. Como si fuera un territorio inexplorado. Pero el caso era… que no lo era.
Todo el lugar era dolorosamente familiar. Los árboles desnudos, acariciados por el frío aire invernal, el cielo plagado de nubarrones grises y la fragancia de la tierra mojada por la reciente lluvia, me dolían en el pecho. Pero, sobre todo, no podía quitar los ojos de la estructura que se alzaba en el centro de un claro de árboles, con la calma hogareña que la caracterizaba. Todo seguía igual, pero todo era diferente. Se veía joven. Revivida en sus glorias pasadas. La pintura de la baranda del pórtico no estaba carcomida por la humedad, como yo la recordaba. La lustrosa madera de las vigas principales no sufría del desgaste natural de los años. Y no había una mancha en la suave pintura de su fachada.
Solté un suspiro trémulo, mientras contrastaba mis memorias.
No estaba aquel el aire denso y caliente, contaminado con el hollín y el humo, ni el grito de los recuerdos llorando sus cimientos calcinados. No estaban las cenizas de la madera manchando la tierra, ni los restos de la madera quemada y débil, sucumbiendo a su propio peso, dejándola irreconocible.
No.
La casa de Alastor estaba intacta. Completa. Resplandeciente y orgullosa. Sin un vestigio de las llamas que la habían destruido días atrás. Rodeada de narcisos amarillos plantados y perfectos, creciendo en los alrededores, como nunca antes los vi.
Todo era seguridad. Todo era nostalgia pura, como un perfume sutil que te invitaba a sentir la calidez de días mejores. Y, supe entonces, que todo era una hermosa mentira.
Desde el rabillo de mi ojo izquierdo, noté cómo alguien se acercaba a la escalera principal, a paso rápido, por el camino de tierra. Llevaba su gorra a rebosar de hongos silvestres y no despegaba la vista de su preciado tesoro, apenas levantando la vista para verificar su ruta.
Su rostro infantil y su entusiasmo eran reconocibles aún desde la distancia.
"¡Mamá!" escuché que gritaba y me sobresalté.
Me oculté tras el árbol, por inercia y lo observé, en silencio, hasta que atravesó la entrada. Esperé un momento, y corrí lo más rápido que el suelo resbaladizo me lo permitía, con el lodo haciendo succión en mis botas. Rodeé la casa, hasta la parte trasera. Me palpitaba el corazón. No sabía qué pasaría si me veían. Pero no quería correr ningún riesgo. Sólo había una oportunidad.
Cuando llegué a la parte trasera de la casa me asombró ver que todo estaba completamente diferente. El corral de las gallinas no había sido construido todavía. Pero, en su lugar, había un cobertizo de madera, con un pesado candado en la puerta. El suave sonido del canto de un ave llamó mi atención, y divisé un par de cabezas de codornices que sobresalían de una caja de madera, junto a la escalera que daba a la cocina.
Me acerqué con sigilo y me ubiqué bajo la ventana, ligeramente abierta, de la cocina. El sonido de ollas y el aroma al sofrito de ajo se escapaba por la rendija.
"¡Mira, mamá!" Escuché a la misma emocionada voz de un muchacho. "¡Conseguí muchos hongos!"
El corazón volvió a darme un salto. No moví un solo músculo y agucé mi oído al máximo de su capacidad.
"¡Oh! ¡Qué bien!" Una mujer, cuya voz no reconocí, le respondía con entusiasmo "Quedarán perfectos para hacerlos rellenos esta noche."
Fruncí el entrecejo, intentando comprender mejor toda la situación. Claramente estaba en una especie de recuerdo de Alastor. Pero… ¿por qué? ¿No se suponía que debía llegar a su conciencia? ¿Al Alastor adulto con el que podía dialogar? El Alastor que acababa de ver no podía superar los doce años. ¿Algo había salido mal en el hechizo al ingresar? Miré a mis alrededores, con la esperanza absurda de que hubiese algo similar a una puerta de salida que me permitiera avanzar a donde debía llegar.
Me masajeé las sienes intentando no desesperarme. El tiempo corría y no sabía qué camino tomar. ¿Qué pasaría si no encontraba a Alastor? No tenía más oportunidades. Él estaba muriendo, y yo estaba perdiendo el tiempo. ¿Qué pasaría conmigo si alejaban mi cuerpo de Alastor y me atraparan antes de encontrarlo?
"Mierda." Espeté, intentando calmar el súbito temor que trepaba por mi pecho.
Tragué saliva.
"Cálmate." Ordené, con severidad, abriendo los ojos. "Puedes manejarlo, Charlotte."
Pudo haber sido por efecto de la luz, pero me pareció ver cómo una ligera niebla comenzaba a formarse entre los árboles. Parecía tarde para que fuese el remanente de una niebla matutina que no noté al llegar, pero no podía pedir precisión si estaba dentro de la cabeza de Alastor.
En la cabeza de Alastor. Parecía una locura sólo pensarlo.
Pero, lo pensaba a detalle, no era suficiente pensar que merodeaba por su mente como un fantasma. Los sonidos, los olores, las sensaciones que percibía, eran más reales de lo que pensé debería sentir. Era como estar sumergida en Alastor. Y todo lo que él recordaba, lo experimentaba como si fuese mío.
Entonces, me sobresalté en el instante que escuché el sonido de algo que se precipitaba y se rompía en pedazos en el suelo. Aquel estruendo venía de la cocina, y agucé mi oído.
"¿Mamá?" Escuché a la infantil y preocupada voz de Alastor. "¿Se te ha caído un plato?"
Pero su madre no respondió de inmediato.
"Mamá." Insistió. "¿Estás bien?"
"No… Digo, sí…" Balbuceó la mujer. "Sólo se me resbaló."
"¿Quieres que vaya por la escoba?"
"No te preocupes." Replicó ella, rápidamente. "Yo me encargo de esto."
"Pero yo puedo…"
"Dije que no, hijo." Dijo, sin poder ocultar el apremio en su voz. "Quiero que me ayudes a seleccionar las patatas más grandes."
Me moví lo suficiente para asomarme discretamente por la ventana.
"Oh, está bien." Respondía Alastor, más animado. "Pero antes, iré por la caja de las codor…"
"No salgas." Le cortó su madre, con un tono autoritario cargado de temor.
Carraspeó ante la mirada asombrada de su hijo.
"Eso no es lo que debería pasar ahora…" Susurró él, lentamente.
Los ojos de la mujer se abrieron en pánico, pero forzó una sonrisa y se inclinó para poner una mano en el hombro del niño.
"Yo lo haré." Recalcó ella. "Ya me has ayudado mucho, amor."
El silencio entre ambos se prolongó.
"Uhm… Bien." Dijo Alastor, sin ocultar la disconformidad en sus palabras.
Fruncí el ceño, confundida. Me agaché nuevamente. Era realmente extraño el repentino cambio de actitud de la madre. El tintineo de cerámica siendo golpeada llegó a mis oídos.
"Y, ehm…" Prosiguió la madre. "No quiero que estés aquí cuando las mate. ¿Podrías ir a limpiar tu habitación mientras yo termino de decapitar a las codornices?"
"Oh, pero podría ayudarte." Dijo Alastor, con entusiasmo. "Podría mantenerlas quietas mientras las degollas."
"No, mi hermoso niño." Le rebatió ella con súbito cariño. "No quiero que te manches las manos con cosas que mamá puede hacer por ti. Y es un espectáculo bastante desagradable… Oh, no me mires así." Rebatió.
"Pero, ¿cómo podré aprender a ser tan metódico como tú si no me dejas hacer el trabajo sucio?"
"¿Metódico?" Dijo ella, entre risas. "¿Otra vez te pusiste a leer palabras rebuscadas en el diccionario?"
"No son tan rebuscadas." Rebatió Alastor, claramente avergonzado. "Mi maestro dijo que es bueno aprender muchas palabras. Así nunca me quedaré sin nada que decir."
Me arriesgué a asomarme nuevamente.
"No necesitas demostrar nada a nadie, amor." Comentó ella, con cariño. "Las personas adecuadas sabrán apreciarte por lo que eres."
El pequeño se quedó mirando a su madre, en un debate interno. Hasta que, después de unos segundos, hizo una dolorosa pregunta:
"¿Y por qué papá no me apreciaba por lo que soy?"
La mujer se vio descolocada ante esa pregunta, pero se mantuvo tranquila.
"Él no es la persona adecuada para nadie." Susurró, sin mirarlo. "Pero este año no va a estar con nosotros en la cena de navidad. No tenemos vamos a estar incómodos en la cena y la pasaremos muy bien tú y yo juntos, ¿verdad?"
Ella lanzó un suspiro de derrota al aire al notar la tristeza en el rostro de su hijo.
"Haremos lo siguiente." Dijo ella, recobrando el buen ánimo en su voz. "Este cuchillo es muy grande para ti y las codornices son escurridizas. Pero el próximo año ya habrás crecido unos centímetros más y serás mucho más fuerte. Para la próxima navidad te encargarás de degollar a las codornices tú solito. Y, mientras, podemos practicar con un pollo del mercado. Compraré par de polluelos el domingo y criaremos algunos."
"¿En serio?" Decía Alastor, esperanzado. "¿Lo prometes?"
"Te lo prometo, amor." Aseguró su madre.
"Bien." Dijo el niño, satisfecho. "Entonces, iré a ordenar mi habitación."
Y sus pasos resonaron saliendo de la cocina. Esperé unos momentos y la mujer caminó, dando fuertes pisadas, a la puerta trasera de la casa. Sentí miedo, pero no había a dónde correr. Me vería. Ella bajó las escaleras con tranquilidad y tomó la caja que tenía a las dulces codornices, ignorándome completamente. La loca idea de ser invisible pasó por mi cabeza.
Sin embargo, ella levantó su rostro para observarme, completamente erguida y con el semblante molesto, directamente a los ojos.
La miré como hipnotizada. Era ella. La madre de Alastor. La reconocí, de inmediato, por las innumerables veces que había limpiado la vieja fotografía en la chimenea de la sala. Pero la fotografía no le hacía justicia. Era muy joven y guapa. Su cabello negro y liso, recogido con un tirante moño, hacían que su piel tersa y ligeramente tostada se viera, un poco más tirante en sus fuertes pómulos. Tenía poderosas cejas que no opacaban sus ojos almendrados. Tenía una nariz, curiosamente, fina y su labio inferior era ligeramente más grueso que el superior. Calculé que debía apenas superar los treinta años.
Sabía que la nitidez de todo lo que ahí se encontraba era producto de la mente y recuerdos de Alastor. Pero algo extraño estaba pasando. El peso de su presencia era intimidante, pero se sentía completamente diferente. La claridad de sus facciones le daban una densidad resaltante. Todo en ella parecía fuera de lugar. Casi como si fuera lo único ajeno en todo ese escenario.
Nos quedamos mirando unos segundos, en completo silencio, mientras ella me inspeccionaba de pies a cabeza. No sabía qué esperaba encontrar, pero el silencio se prolongó unos momentos más. Y yo no me atrevía a mover un solo músculo. No sabía en qué estaba pensando y mi primer instinto fue prepararme para un ataque. Pero era ridículo. Eso era un recuerdo. Nada más que un espejismo de una vivencia pasada. No había forma en que yo pudiera intervenir en algo que debía seguir de forma ininterrumpida, tal y como había ocurrido años atrás.
Miré sobre mi hombro, rápidamente, para asegurarme de que no estaba mirando algo a través de mí. Pero no. Ella me miraba directamente a mí. Y la carga pesada de energía que transmitía me dificultaba mantener la conexión visual con ella.
Un recuerdo no debía cambiar. Pero, si la persona frente a mí podía interactuar conmigo, eso significaba que ella era algo diferente.
Estaba frente a Constance Leblanc. O lo que quedaba de ella.
Finalmente, y luego de observarme con detenimiento, equilibró el peso de la caja de madera, me dio la espalda y se dirigió a la escalera.
"Ven." Dijo. Era una orden.
Definitivamente no había nadie más que yo en toda el área.
Solté el aliento que había estado conteniendo y la seguí con la mirada, hasta que cruzó la puerta y entró a la cocina, llevando la caja con ella.
Me pasé las manos por la cara con fuerza y luego me toqué el pecho para calmarme, mientras me recargaba en la pared externa de la casa.
Un fantasma. Así era como se debía sentirse al ver a uno. Una entidad sin cuerpo que se manifestaba ante mí. Ella, ciertamente, tenía más presencia que los árboles, la tierra y la misma casa que sentía húmeda bajo mi mano. Algo había más vivo en ella que en todo ese paisaje.
Cerré los ojos con fuerza, intentando recobrar la compostura. Había ido con una misión y ella parecía el único ser que podría proveerme de respuestas. Lancé un resoplido, y, armándome de coraje, me precipité a subir los escalones y entrar a la cocina, sin mirar atrás.
Todo el aroma de la comida caliente que ella preparaba llegó a mí, como una bendición a mi corazón. El olor al ajo, la cebolla y las especias fue muchísimo más potente que desde afuera, llenándome de la maravillosa sensación de un hogar vibrante y cálido. Pero aquella magnífica bienvenida del ambiente desentonaba con la única otra persona que estaba en la cocina conmigo.
Sobre la mesa había un enorme y precioso ramo de narcisos amarillos, y un plato roto, con sus piezas en una pila. Reconocí aquel plato del juego de platos y tazas, con intrincados patrones de enredaderas azules, que Alastor solía usar en cenas especiales y días festivos. Generalmente éramos sólo nosotros dos, por lo que la cantidad impar de cada pieza no resultaba un problema.
La madre de Alastor movió la sartén con la cebolla que se estaba sudando y luego se dirigió a tomar un cuchillo carnicero y revisar su filo, pasando ligeramente el dedo por la hoja. Me puse nerviosa al instante.
"Disculpe." Dije, con voz trémula, dando un paso adelante.
Ella siguió mirando el cuchillo, sin inmutarse.
Tragué saliva y me aclaré la garganta. Seguía estando aturdida, pero debía intentar controlar mis nervios.
"Disculpe." Intenté decir nuevamente con más fuerza. "¿Señora Leblanc…?"
"Constance, por favor." Dijo cansinamente y sin mirarme.
Su tono, definitivamente, no era una bienvenida. Tomó una tabla para cortar que colgaba de la pared y se giró para ponerla sobre la mesa. Se agachó hasta la caja de madera en el suelo, y la abrió para sacar una codorniz inquieta, que intentó emprender el vuelo frenético hacia la libertad, pero la señora Leblanc la tenía agarrada con fuerza de las patas. El ave graznaba, atemorizada, pero la señora Leblanc estiró el brazo, la dejó colgando cabeza abajo y le sopló en la cara. El ave, de inmediato se tranquilizó, como si hubiese caído en un estado de somnolencia repentino.
"Tranquila, no pienso hacerte daño." Dijo, sin dejar su labor. No sabía si era a mí o al ave a quien se dirigía.
Recostó al ave, ya tranquila, sobre la tabla de cortar sobre la mesa y comenzó a acariciarla.
"Eso." Dijo, con aprobación. "Si estás tensa, tus fibras serán más duras."
La codorniz se mantuvo dócil, aceptando las caricias con calma. Y, de un movimiento rápido, su cabeza había sido separada de su cuerpo por el certero corte del cuchillo carnicero. La cabeza salió volando y cayó a mis pies. La sangre borboteó hasta un recipiente que ella, hábilmente, puso en el cuello decapitado del animal.
Había visto el proceso de primera mano de Alastor, cuando era momento de sacrificar una gallina del corral. Y siempre había admirado su manera de calmar al pollo cuando era momento de cortar su cabeza. Sin dudas, un truco mágico que había aprendido de ella.
La señora Leblanc tomó al cuerpo de la codorniz y comenzó a desplumarlo, con avidez.
"Así que te atreviste a venir." Dijo, con tranquilidad, mirándome finalmente. "Supuse que serías valiente, pero no lo suficientemente hábil para llegar a este punto."
Remojé mis labios secos con mi lengua.
"Tuve un poco de ayuda." Fue lo único que se me ocurrió decir.
"Oh." Dijo agarrando las plumas del pecho del ave y tirando.
La miré, intentando mantenerme firme, con la mandíbula tensa.
"Espero que entiendas que no te quiero aquí." Repuso, de forma severa.
Su hostilidad no iba a intimidarme.
"Logré lo que le prometí." Dije, con seguridad. "Desvié la atención de la policía y las investigaciones hasta un nuevo foco. Me hice pasar por 'El justiciero', y lo que hice va a resonar en toda la ciudad. En unos días, Alastor estará libre de sospecha, porque aún está durmiendo en su cama mientras todo pasó."
"Y tuviste que recurrir a esa magia pútrida, ¿verdad?" Dije, con desdén, sacando, con fuerza, las últimas plumas de la codorniz.
"¿Habla de la magia del grimorio?" Dije, al instante.
"Esa maldita magia asquerosa." Espetó, con rabia. "Apestas a ella. Alastor estuvo contaminado con ella por demasiado tiempo, pero finalmente ha desaparecido su presencia aquí. Alastor ya entró en razón."
"Ya hice lo que me pidió." Repuse, molesta. "El mundo es seguro para Alastor otra vez. ¡Ahora debe dejarlo libre!"
"¡Lo único que te pedí es que nos dejaras en paz!" Gritó, colérica.
"¿Qué?" Dije, indignada. "¿Aun así prefiere que Alastor muera? ¡¿Cómo puede ser tan egoísta?!"
Constance acostó al ave muerta y desplumada sobre la tabla de cortar, con fuerza. Ella tenía los labios fruncidos y apretados. Parecía tener problemas para contenerse.
"Fui contra los deseos de mi marido, en su momento, para poder enseñarle las artes mágicas." Comenzó a decir, con dientes apretados. "Soporté golpes, malos tratos, hasta logré hacer entender a Alastor que valía la pena que aprendiera, aunque su padre lo mirara con malos ojos. Quería enseñarle algo que pudiera serle de provecho en su vida, para que esas enseñanzas no se perdieran. Pero mi hijo tuvo la mala fortuna de verse seducido por otro tipo de fuerzas que lo llevaron a estar como está ahora: al borde de la muerte, con su reputación manchada, sin hogar y sin un futuro honorable."
Ella me dedicó una mirada acusatoria.
"No voy a dejar que lo expongas a ella otra vez a otra humillación." Susurró, con voz cargada y trémula. "No voy a dejar que mi hijo esté con alguien como tú."
Esperaba el primer intento de repelerme, cuando ella levantó la mano.
"¿Tenemos una invitada?"
Constance se giró tan rápido que perdió el equilibrio. El horror en su rostro al ver al niño detrás de ella se intentó disimular con una sonrisa ensayada.
"Alastor, tesoro." Susurró conciliadora. "No me asustes así. No hay nada que ver aquí, amor."
Se limpió sus manos ensangrentadas en su delantal, con demasiada fuerza.
"¿Y-ya limpiaste tu habitación?" Comentó ella, rápidamente. "¿Qué tal si vas a buscar más deliciosos hongos al bosque?"
Pero el pequeño Alastor me estaba mirando fijamente. Con una expresión de infantil fascinación.
"Hola, señorita." Dijo él, dando un paso adelante, con sus ojos inocentes llenos de anhelo.
Me quedé paralizada. Verlo así me
"¿La he visto de alguna parte?" Comentó entrecerrando los ojos, pero sin perder la sonrisa. "Me resulta familiar. ¿Es una maestra de escuela?"
Mi corazón se encogió al verlo así. Dulce, frágil y curioso. Esa expresión no la había perdido.
"Alastor…" Musité con esfuerzo.
"Sí, así me llamo." Dijo él, con orgullo. "¿Y cómo se llama usted?"
"Charlotte." Respondí de inmediato.
La luz que entraba por las ventanas volvió a iluminar un poco más la habitación. La neblina que había visto y confundido con bruma, se presentó dentro de la cocina.
Alastor me quedó mirando. Abrió la boca para decir algo.
"Hijo, deja a los adultos hablar." Le interrumpió Constance, con una sonrisa nerviosa. "Ve a jugar a tu cuarto.
Alastor no me quitaba los ojos de encima, con la expresión perdida y brillante.
"Quiero quedarme aquí." Dijo Alastor, lentamente.
"Alastor." Repuso su madre, con un tono más severo. "A tu cuarto."
"No." La voz de un pequeño Alastor, aun siendo tranquila, resonó por todas partes.
Me quedé impávida y asustada. Alastor se acercó a mí y tomó mi mano.
"Vamos a jugar." Dijo, con una gran sonrisa. "Le mostraré unas canicas geniales que gané en la escuela."
Le di una mirada fugaz a Constance, quien se veía claramente alarmada. Me dejé guiar por el pequeño Alastor a la sala. Misma sala donde, yo recordaba, había curado las heridas de un Alastor adulto herido, donde toqué melodías con un piano viejo, donde me contó la verdad de mi primera muerte, donde sellamos un pacto de silencio y, sobre todo, donde hicimos el amor por primera vez.
"Ven, siéntese aquí." Me indicó el pequeño Alastor con una gran sonrisa, señalando la alfombra frente a la chimenea encendida.
Él se sentó en el suelo, sacando una bolsita de canicas de su bolsillo. Y yo me senté en la alfombra junto a él, sin quitarle los ojos de encima.
"Quiero mostrarle estas canicas que gané el otro día en la escuela. Conseguí las dos mejores de Jim Thompson."
Me mostró una canica metálica y una con una pequeña con brillantes dentro del cristal.
"Se puso a llorar después de que se las gané." Dijo, orgulloso. "Pero no pudo hacer nada, porque las apostó solito."
Entonces, con un susurro confidencial dijo:
"La verdad es que hice algo de trampa. Pero se merecía lo que le hice, por burlarse de Ezra Pratchett por ser más bajito que él y empujarlo al lodo. Es un bravucón. Así que fue justo."
Él me miró, algo incómodo, y se inclinó un poco hacia mí.
"¿Me guardarías el secreto?" Susurró en tono confidencial. "No se supone que deba hacer trampas."
No pude evitar sentir que se me saltaban las lágrimas. Pasé mis dedos índice y pulgar, de punta a punta en mi boca, simulando un cierre de ropa. Luego giré la mano como cerrando un candado imaginario, y lancé la llave invisible hacia el fuego.
"Cuidaré tu secreto." Le respondí, dedicándole una sonrisa.
Él me sonrió, radiante.
"Sabía que era digna de confianza desde que la vi." Exclamó.
Me conmovió escucharlo decir eso. Él comenzó a mirar con detenimiento las canicas.
"¿Te gusta estar aquí con tu mamá?" Pregunté, teniendo cuidado de seleccionar las palabras adecuadas.
"Sí." Dijo, sin mucho interés. "Ella me enseña muchas cosas. Pero algunas no me las puede enseñar cuando papá está en casa. Cuando papá está trabajando o de viaje, son los únicos momentos donde me siento en verdad tranquilo. Él es muy estricto y no le gustan las cosas que me enseña mamá. Así que paso la mayor parte del tiempo en casa, en mi habitación."
"¿Y no te gustaría hacer otras cosas?" Pregunté, inclinándome un poco.
"Me gusta cocinar con mamá." Respondió el pequeño Alastor con entusiasmo.
"¿De verdad? "Dije, intentando retener las lágrimas. "¿Y qué otras cosas te gustan?"
"Pues me gusta leer libros." Dijo, mientras miraba una canica a contraluz. "Y jugar con mis canicas. Y también…"
"Cantar." Dijimos al unísono.
El me miró sorprendido y sonrió.
"¡Sí!" Exclamó. "¡Me gusta cantar! ¿Y a usted le gusta cantar?"
"Soy cantante." Asentí, sonriendo.
"¿De verdad?" Preguntó entusiasmado. "¿Me cantaría algo? ¡Por favor!"
Miré sus grandes ojos brillantes y no pude resistirme a decirle que no.
"Claro, Alastor." Dije, cerrando los ojos.
La nana. Aquella nana que había cantado en la noche de cierre del Mardi gras en el Mimzy's Palace, y también la que había cantado para él la noche en el hotel, antes de quedarse dormido, brotó por mi boca.
Y canté con todo mi corazón.
Look at the sky
All the bright stars are kissing us goodnight
And it's there in your eyes
And it's there in your smile
Tonight you're mine
Hold my hand
Feel the love that i have to share
Let me take away your tears
Let me take away your fears
Tonight you're mine
This mystic night i will always remember
Like the first – the first time ever
I saw your face
Oh, my demon
Look into my eyes
And you'll see all the happiness i need
'Cause i have you by my side
And with this beautiful sight
Tonight you're mine
Al abrir los ojos, vi que el pequeño Alastor me había estado mirando embobado, casi como en trance. Respiraba pausado. Extasiado y en paz.
"¿Qué opinas?" Dije, con cautela.
Parpadeó un par de veces. Salió de su estupor y suspiró.
"Wow." Dijo, avergonzado. "Usted es muy buena."
No pude evitar reírme.
"Gracias." Dije. "Trabajaba en un salón de eventos."
"¡Eso es increíble!" Dijo, feliz. "¡Su talento debe ser mostrado al mundo!"
Puse una mano en mi pecho. Él era completamente adorable.
"¿Va a quedarse a cena?" Dijo él, con una gran sonrisa ansiosa. "¡Me encantaría pasar más tiempo con usted! ¡Y hablar de muchas cosas más! ¡Y escucharla cantar!"
"Ella no se quedará a cenar." Escuchamos a la voz severa de Constance detrás de nosotros. "Ya tiene que irse."
Nos sobresaltamos al escucharla. Pero Alastor se puso de pie, consternado.
"¿Pero por qué se tiene que ir, mamá?" Dijo él, angustiado. "Yo no quiero que se vaya. ¡Acaba de llegar!"
"Ella no tiene nada que hacer aquí, hijo." Dijo con dureza, lanzándome una mirada mordaz. "Ni siquiera debería haber venido. Así que ya se va."
"No." Dijo Alastor, firme, mirando a su madre. "Yo no quiero que ella se vaya."
"Alastor, tesoro." Dijo, Constance, mirando a su hijo. "Ya debes irte a tu cuarto y ella se va a ir."
"No quiero." Enfatizó Alastor, desafiante. "Ella va a quedarse conmigo. Y tú no puedes echarla de la casa. ¡No tienes derecho a querer alejarla de mí!"
"Ella no es buena para ti." Dijo Constance, comenzando a alterarse. "¡Tú te mereces una buena vida, Alastor!"
"¡NO QUIERO QUE ME SEPARES DE ELLA!" Gritó Alastor, enfurecido.
"¡VAS A OBEDECERME! ¡AHORA VETE A TU HABITACIÓN!"
"¡NO!" Resonó la voz de Alastor en toda la casa.
Todo comenzó a temblar. Y cubrí mi cabeza, por instinto. Miré a Alastor, quien no se inmutaba al temblor de la casa, y seguía de pie, con furia, mirando a su madre. Extendí el brazo y agarré el antebrazo del niño.
Él pareció reaccionar y me miró, confundido.
"Tranquilo, Alastor." Dije, en tono conciliador.
Su rostro se crispó en dolor.
"No quiero que me dejes." Dijo, acongojado.
"No me pienso ir de donde tu lado, Alastor." Le dije, con seguridad.
El temblor cesó, y solté su brazo.
Cerró los ojos un momento. Y elevó su rostro para ver a su madre.
"¿Qué otras cosas quieres decidir por mí?" Dijo Alastor.
Constance parecía aterrada de su propio hijo.
"¿Por qué no hiciste nada antes?" Dijo Alastor, con años de dolor en cada palabra. "¿Por qué no te atreviste a defenderme de papá?"
Y, en un parpadeo, el niño se había convertido en un adulto ante mis ojos. El Alastor adulto estaba de pie en medio de la sala, observando a su madre.
Sin su sonrisa. Sin máscaras. Sólo dolor crudo. Se veía tan frágil, y tan inquebrantable al mismo tiempo.
"Yo era… un niño." Hizo una pausa antes de continuar. "¿Cuántas veces dejaste que mi papá me pegara sin hacer nada? ¿Cuántas veces dijiste que íbamos a escaparnos de él, pero preferías quedarte aquí al final?"
Me puse de pie, mientras veía atónita a Alastor.
Él se estaba enfrentando a su madre.
"Tuviste que esperar a que él me golpeara hasta dejarme el cuerpo marcado de forma permanente. A que me encerrara en el cobertizo con ese perro. Tuviste que esperar a que casi me matara para hacer algo, en vez de sólo observar, como lo hiciste por años."
Le estaba reprochando en pasado. Su historia. Sus motivos.
"¿Cómo puedes hablarme así?" Le recriminó ella. "¿No ves todo lo que hice por ti? ¡Ni siquiera estarías vivo ahora si no fuera por todo lo que he hecho por ti!"
"Lo sé." Dijo Alastor, con pesar. "Puedo imaginar lo que tuviste que hacer para salvarme cuando estuve enfermo."
"¿Lo ves?" Dijo ella, con una sonrisa nerviosa. "Sé lo que es mejor para ti, Alastor. Si no vives bien, no vale la pena. Que no tengas que pasar malos momentos o incomodidades."
Ella dio un paso tentativo hacia Alastor. Él seguía con la cabeza gacha y con los puños cerrados.
"Nunca quise que la pasaras mal, hijo." Continuó. "Sí, preferí que recibiéramos los golpes de tu padre, a tener que pasar hambre. Y cuando por fin fuimos libres de él, nos faltaba el pan constantemente. Tuvimos que pasar por trabajos terribles para poder contar los centavos y elegir qué comidas comer. Y por eso, quería que vivieras una buena vida, sin importar el costo. Que ya no pasaras hambre. No sabes cómo deseaba que pudieras estar con una mujer a la que no le faltaran los recursos, para asegurarte una vida cómoda y tranquila."
Constance deseaba que su hijo tuviera una buena vida. Donde no importaban las consecuencias. La imagen de Mimzy vino a mis recuerdos.
"Un momento." Interrumpí, indignada. "¿Eso es todo? ¿Que él viva bien significa' no morirse de hambre' para usted?"
Ambos me miraron.
"Usted dice que quiere lo mejor para él." Continué. "Pero lo único que repite es que lo que usted quiere para él, y lo que usted espera para vida es lo mejor. Pero sin dejarle arriesgarse a algo nuevo."
Tantas veces que Alastor huyó de lo que deseaba hacer.
"¿Cuántas veces le hizo esto?" Dije, enojada. "¿Cuántas veces lo convenció de cambiar de idea? ¿De retractase de lo que él quería, para acomodarlo a lo que usted creía que era lo correcto?"
"¡Tú cállate!" Me gritó Constance, furiosa. "¡No has sido más que una espina para la vida de Alastor desde que llegaste! ¡Desde que te encontró no ha hecho otra cosa que vivir sin medir las consecuencias! ¡Se ha mantenido fuera del hombre en el que debería haberse convertido!"
La quedé mirando, mientras su rostro, una vez sereno, mostraba toda su frustración.
"Usted tiene miedo." Dije, desafiante. "Usted vivió toda su vida con miedo y espera que Alastor haga lo mismo."
"¡¿Quién te crees que eres?!" Me dijo, iracunda.
"¡No puede intentar vivir a través de él!" Exclamé, exasperada. "¡Usted tuvo su vida! ¡Y debe dejar que Alastor viva según lo que a él le parezca! ¡Y debería respetarlo!"
"No has hecho más que confundir a mi niño." Dijo ella, entrecerrando los ojos. "Él iba rumbo a tener una buena vida, hasta que te cruzaste en su camino. Tú y tu magia pútrida, no han hecho que mal influenciarlo."
Alastor se había mantenido callado, hasta que, frunciendo el entrecejo, se quedó mirando a su madre.
"Estás equivocada, mamá." Dijo, dolido y molesto.
"¿Me estás desafiando, Alastor?" Dijo ella, indignada.
"Yo decidí aprender de la magia del grimorio. Yo decidí aceptarla en mi casa. Yo decidí convertirme el 'El justiciero' para que ella siguiera viviendo."
Lo miré, sorprendida. Era la primera vez que veía a Alastor así.
"No puedes culparla de cosas que yo he decido hacer. Ella no me obligó a nada de lo que he hecho por ella."
Suspiró.
"Y tú tampoco deberías intentarlo." Sentenció.
Ella lo miró horrorizada.
"Amor, hijo." Dijo Constance suplicante, tomando a Alastor por los hombros. "Escúchame, por favor. No tienes que volver a despertar. Podemos quedarnos aquí. Juntos otra vez, hasta que todo termine. Nadie interrumpiría nuestra felicidad. Seguiremos viviendo el mismo recuerdo feliz. Puedes volver a recoger setas en el bosque ahora. Como lo hemos estado haciendo hasta ahora. Y quedarnos felices en este pequeño momento de dicha."
El sonido de pasos en las escaleras de la casa y el sonido de unas llaves llegaron a nosotros.
Alastor se giró hacia la puerta, y la miró como si fuera un espanto.
"Pero el recuerdo no llega hasta aquí." Dijo Alastor, mirando cómo el picaporte comenzaba a moverse.
Detrás de la puerta, se empezaron a escuchar los ladridos fuertes de un perro grande, junto con los rasguños desesperados en la madera.
"Ese día, papá llegó antes. Su viaje se canceló. Y yo estaba en mi habitación. Y me vio con las cosas que había ganado a mis compañeros de salón. Entonces, sacó el cinturón y…"
La puerta se abrió y una fría brisa de invierno entró a la casa, apagando el fuego de la chimenea. No había nadie.
"No. No. No." Dijo su madre con desesperación, tomando el brazo de su hijo. "No tienes que recordar esa parte. Sólo piensa en los momentos bonitos. Lo bueno. Nunca lo malo. Es más fácil vivir así, hijo. Vamos. Reiniciemos el recuerdo y…"
"Me dejaste solo." Dijo Alastor, herido. "Ese día dejaste que me pegaran hasta que mi espalda estaba irreconocible. Dejaste que te golpearan a ti, otra vez. Tuvo que pasar eso…"
Alastor tragó, con dificultad.
"Entonces, lo mataste." Dijo Alastor cerró los ojos con pesar.
Constance llevó sus manos a la boca, con la angustia y en su mirada.
"Desde ese punto estuvimos solo tú y yo. Y cuando enfermé, me recuperé sin motivo lógico. Y cuando tuve fuerzas, me encontré en que ya estabas muerta y enterrada entre un montón de cadáveres sin identificar."
"Hijo…" Dijo Constance, abrumada.
"Me dejaste solo." Dijo. "Ni siquiera me dejaste un mensaje. Fue como si un día sólo decidiste irte, sin avisar. Sin decirme a donde. Y sin volver nunca más."
Alastor suspiró, cansado.
"Aún tenía tantas cosas que decirte." Dijo en voz baja. "Tantas cosas que quería compartir contigo. Y, de pronto, sólo, desapareciste de mi vida. Ni siquiera pude decirte que no quería que drenaras tu propia salud para dármela. Nunca te diste suficiente importancia. Pero eras lo más importante para mí."
Yo estaba llorando en ese punto. Era Alastor, sin esconderse detrás de su sonrisa. Herido y con la cruel verdad acompañando todo lo que decía.
Sus palabras dolían.
Constance se mantuvo quieta.
"No estaba listo para decirte adiós todavía, mamá." Dijo Alastor, con pesar.
"Yo tampoco estaba lista." Susurró su madre, con el sonido amortiguado de sus manos.
Me sentí como una intrusa. Esa conversación era tan potente y cargada, que no creí que era algo que debiera incumbirme.
"Estuve solo por años." Dijo Alastor, en voz pausada. "No quería volver a sentir miedo de perder a alguien. A alguien que me importara tanto. Pero, a pesar de todo, llegó alguien a mi vida y supo arreglárselas para hacerme compañía."
Fue cuando Alastor me miró a los ojos, y mi corazón se apretó. Una sonrisa sincera adornó su rostro. Ofreció su mano y yo la tomé, sonriéndole, emocionada, con lágrimas en mis mejillas.
"Charlotte." Susurró.
Y la casa y todo nuestro alrededor se esfumó en una fuerte brisa que se lleva la neblina matutina.
Un campo de narcisos amarillos se extendía a nuestros pies hasta donde alcanzaba la vista. Los nubarrones de las memorias comenzaron a alejarse, dejan un vasto cielo claro y luminoso.
Sin soltar mi mano, Alastor miró a su madre.
"Fue muy difícil seguir, desde el día en que te fuiste, mamá." Dijo. "Pero ya no puedo permitir que los miedos que infundiste en mí en el pasado, me sigan afectando en mi presente..."
Me volvió a mirar.
"O en mi futuro." Dijo, mirándome.
Constance cayó sentada entre las flores.
"Pero, hijo…" Dijo ella, comenzando a llorar. "No sabes lo que puede pasarte si sigues viviendo esta vida. No sé qué cosas vendrán y no poder estar yo ahí para ti."
Alastor soltó mi mano y se agachó para tomar las de su madre.
"Tengo miedo de que algo te pase." Susurró Constance, con la voz estrangulada.
"No tengo la culpa de tus errores pasados, mamá." Dijo, lentamente. "No tengo la culpa de las decisiones que tomaste. Y no puedes culparme por intentar tomar las mías."
"Alastor…" Dijo ella, tocando la mejilla de su hijo.
"Agradezco todo lo que hiciste por mí." Dijo Alastor, con seriedad. "Y nunca voy a dejar de amarte. Pero no estoy listo para perdonarte algunas cosas que me siguen afectando, y tengo que aprender a vivir con eso."
Constance gimoteó.
"Creciste. Te volviste un hombre y me lo perdí." Dijo, sollozando, acariciando con el pulgar la mejilla de su hijo. "No quería que sintieras culpa por haberte dado mi salud, Alastor. Pero, si me daban la opción, daría mil vidas por salvar la tuya. Y no me arrepiento de eso."
Ella tragó, mirando a su hijo con nostalgia y ternura.
"Yo, lo único que siempre he querido, es que estés bien. Y que seas feliz." Dijo, con convicción.
"Tengo la oportunidad de construir mi felicidad ahora." Dijo Alastor.
Ella le sonrió y abrazó a su hijo, con fuerza.
"Te amé, te amo y te amaré, como no he amado a nadie, hijo." Dijo, con voz llorosa.
"Y yo a ti, mamá." Susurró Alastor. "Pero ahora, ya eres sólo un recuerdo."
Él se separó de ella y la ayudó a ponerse de pie. Constance tomó ambas manos de Alastor y le sonrió
"Siempre he estado orgullosa de ti." Dijo ella. "Sólo ten cuidado."
Me miró un momento, y volvió a mirar a su hijo, con preocupación.
"Tengo una buena compañera." Dijo Alastor. "Sabe cuándo decirme cuando voy por mal camino."
Constance sonrió, con las lágrimas en sus mejillas.
"Adiós, mamá."
Y se desvaneció, como la bruma en el viento y un montón de pétalos de narcisos, perdiéndose en el cielo.
Nos quedamos mirando el cielo, con la brisa fresca moviendo nuestros cabellos.
Alastor se cayó de rodillas, con la cabeza gacha y suspiró. De espaldas a mí, restregó sus ojos con el dorso de su mano. Me acerqué a él y me arrodillé para que quedáramos de frente.
Y Alastor sólo se derrumbó, apoyando su frente en mi hombro. Abracé sus hombros y su cabeza, mientras acariciaba su cabello. Sollozó en silencio un poco más.
"Creo que es de las cosas más difíciles que he tenido que hacer." Susurró, en voz baja. "Pero necesitaba hacerlo."
"Lo sé, cariño." Dije, con pesar.
"¿De verdad estás aquí?" Dijo, sin levantar la cabeza. "Temo que mi mente sólo te haya creado como una mentira para poder despertar."
Me separé de él y apoyé mi mente sobre la suya.
"¿Cómo sé que estarás viva cuando despierte?" Susurró, casi suplicante.
Tenía que alejar sus inseguridades. Debía decirle algo que pudiera convencerlo de que, al despertar, yo estaría ahí.
Algo que sólo Charlotte Magne sabría.
"Pues… sé que mi loción de lavanda no desapareció sola del cajón junto a la cama." Dije, cerrando los ojos. "Que te escondiste de un cachorrito la noche en que cantamos en el parque. Y que olvidaste que el miércoles del secuestro era San Valentín, por estar tan cansado. Pensaba molestarte cuando salieras del trabajo ese día."
Lo escuché dejar de sollozar.
"Y, también, tengo el anillo que le pediste a Rosie." Dije. "Eligió una sortija de plata con flores grabadas. Me dijo que confiabas en su buen gusto, y quiso que combinara con mis trajes."
Alastor elevó la vista, sorprendido.
"Y, de verdad, me encantó." Le aseguré, sonriendo.
Entonces Alastor me besó. Me besó una y otra vez. En mis mejillas, en mi frente y otra vez en mis labios.
En medio de pétalos de flores y una luz brillante que lo envolvió todo, sólo pude escuchar la voz de Alastor resonando en mi cabeza.
"Te amo, Charlotte."
La mano de Alastor descansaba junto a la mía, cuando abrí los ojos. Miré alrededor, en la oscura habitación. Aún era de madrugada.
Me erguí apoyándome mis brazos en la cama y miré el rostro de Alastor, con detenimiento.
Él dio un par de quejidos y abrió, lentamente, los ojos. Parpadeó, mirando el techo, confundido. Volvió a gruñir y resopló por la nariz.
Entonces, sus ojos se posaron en los míos, y el atisbo de una sonrisa apareció en sus labios.
Una sonrisa sincera, de alivio y felicidad, floreció en mi rostro. Me acerqué a él y acaricié su mejilla.
"Buenos días, Alastor." Susurré.
Y llegamos aquí, mis queridos lectores.
Muchísimas gracias por todo el apoyo que me han brindado estos años, con sus palabras, dibujos y apoyo monetario.
Aún queda el verdadero capítulo final, que vendría a ser el epílogo. Así que esto aún no acaba.
Ha sido muy catártico y me ha servido mucho a nivel personal escribir esta historia.
Les mando un gran abrazo a todos y espero que lo hayan disfrutado 3
