Jacarandá: Árbol de flores azules o violetas.Propuesta por SkuAg


Takari


—¿De verdad has de irte?

Ella asintió y sonrió. Su sonrisa era hermosa como el mismo rayo de la luna. Algo que era creado por otro ser y que además, era incluso más bello que su causa. Siempre tan delicada. Siempre tan hermosa.

Estaba apoyada contra el árbol de Jacarandá y las flores violetas brillaban con intensidad. Como si fuera algo mágico. ÉL no dudó que lo fuera. Todo lo que estaba siempre cerca de ella parecía rezumar esa clase de sensación.

Su mano se posó sobre su mejilla en una tierna caricia. La sintió como si se la diera directamente a la parte del alma que estaba enlazada a ella. La parte que la amaba. Sus ojos azules se posaron sobre los de ella, castaños y tan claros que parecían incapaces de ocultar nada. De ese castaño que pocas personas existían.

—Has de ser fuerte. Ya te he enseñado todo cuanto sé. Ahora, has de llevarlo a cabo y explicárselo a otros.

Él negó.

—No niegues, Takeru. Porque si reniegas a esto es como si te negaras a que otra persona en tu mismo estado pudiera seguir adelante. Un niño no camina por sí solo y el viejo no siempre ha sabido lo que sabe. Tienes que ayudar a que el ciclo de la vida continúe y aportar un trocito de ti mismo en cada paso que des.

—¿Eso te haría feliz?

—No. Eso te haría a ti ser quien eres. Porque aunque yo te he ayudado, tú también me has enseñado algo que jamás podría haber aprendido en el lugar del que provengo.

Takeru la miró con curiosidad. ¿Él había logrado enseñarle algo a una Diosa como ella?

—Se trata del amor, Takeru. Podemos explicarlo, podemos suponer que es. Mas jamás hemos sido conscientes de lo que en realidad se siente y es hermoso. Mucho más de lo que crees. E importante.

—Pero no impide que te vayas —remugó.

Ella le sonrió y sus dientes parecieron estrellas. Pero era su silueta que estaba desapareciendo.

—Mi tiempo aquí no es eterno como me gustaría. Pero aquí. —Señaló justo su corazón—. Aquí seré eterna.

Se movió rápidamente hacia él. Un casto beso en sus labios antes de desaparecer. Takeru lloró aquel día, mirando hacia la copa del árbol.

Desde entonces se escucha una leyenda de la hermosa joven que venía a la tierra siempre que había alguien perdido y cuenta la gran sabiduría de los mayores, que un joven había seguido para siempre a rajatabla las creencias de la diosa del jacarandá.


Notas autora: Me basé en una leyenda que existe de este árbol que me resultó preciosa (l)