Volar:No confundir con lo que hacen los pájaros, Birdramon y los unicornios voladores. Se trata de vivir el momento sin pensar en lo que pasará y mucho menos en lo que ocurrió en un pasado que poco tiene que ver con el ahora. Propuesta por Dunnik


Kenyako e hijos


El tiempo pasaba volando. Eso era un hecho.

Ayer sus niños parecía que gateaban como si nada. Su mayor, tan parecida a ella y con los cabellos de él. Había gateado siempre de una forma particular y muy rápidamente comenzó a andar. Su hermano había tardado algo más y ahora, el tercero babeaba una pieza de un puzzle mientras se empujaba con la cabeza y levantaba el trasero.

—Vaya, éste va a ser de los que lo harán todo difícil —bromeó Ken arrodillándose junto a ella—. ¿Qué piensas?

—En que el tiempo se nos va volando, Ken. Hace nada nosotros éramos los niños. Los que corríamos por las calles para salvar el mundo. Y ahora mira, nuestros hijos son los que están corriendo. Solo nos queda este pequeño y seguramente cuando tenga la misma edad que Takeru por entonces, querrá unirse a sus hermanos.

Ken entendió el dilema de su esposa. Le pasó una mano por los hombros y sin borrar la sonrisa, se llevó una dedo al mentón.

—Siempre se pueden hacer más.

—¡Ken! —exclamó ella azorada—. No digas tonterías. Ya este pequeño nos llegó por sorpresa.

—Fue tu culpa realmente. Tú te empeñaste en hacerlo en la cocina y ni siquiera me dejaste coger un preservativo —recordó con una sonrisa pícara en los labios.

—Me da que debes de dejar de unirte tanto con Takeru. Antes con Daisuke te veía venir, pero desde que estás con él no hace más que sacarme los colores. Antes era yo la que te avergonzaba.

—Esos eran otros tiempos —puntualizó él poniéndose en pie.

El niño se había acercado a ellos y estiraba la pieza babeada hacia su padre. Ken la cogió con cierto deje de asco y la sacudió para quitar la baba.

—Gracias, hijo. Por… tremendo detalle. Sí. Sigue jugando anda.

Miyako sonrió y le quitó la pieza para ir a lavarla. Ken la siguió y tras lavarse también las manos, la observó.

—Es cierto que el tiempo pasa volando. Hace nada que siempre que te miraba la espalda me parecía la espalda de una guerrera. Una chica increíble que soltaba lo que pensaba cuando quería. Realmente sigues siendo así, pero la forma en mirarte ha cambiado.

Miyako le miró con curiosidad.

—¿Te parece más curvada? Es por culpa de estar tanto tiempo agachada con los niños. ¿Sabes?

Él alargó una mano y le acarició la mejilla.

—No. Me parece más fuerte. Más increíble. Y también me dan ganas de ciertas cosas que no podría pronunciar con un bebé cerca.

—Diablos, el bebé todavía no sabe lo que dices —protestó.

Ken alargó la mano hacia el bote del castigo.

—Tu dinero, mamá —picó.

Miyako bufó y tuvo que ir a su bolso para no incumplir su palabra. Si no daba ejemplo, qué clase de madre sería. Cuando metió la moneda él la felicitó con un beso. Se desvió hasta su oreja y tras susurrar las palabras adecuadas, Miyako enrojeció.

—¡Serás cochino! —protestó azorada.

Luego corrió a por su hijo, que jugaba ahora con una pelotita a la que daba mordisquitos. Ken se la quedó mirando y pudo verla de nuevo, joven con el cabello ondeando.

De lo único que podía quejarse del paso de tiempo, es que le quedaba mucho menos para vivirla con ella y sus hijos. Pero lo haría al máximo que pudiera.