MANZANA NEGRA


NOTA DEL AUTOR – Recordad que, si queréis empezar a leer directamente, la historia comienza después del "salto".

¡Gracias por el buen recibimiento! Veo que mi nuevo fic ha despertado algún interés. Y esta vez ha habido suerte: los borradores no van muy desencaminados y no estoy tardando tanto como otras veces en convertirlos en "la versión definitiva"… aunque no siempre puede ir uno tan rápido como quisiera, por circunstancias de la vida (afortunadamente nada grave).

Además, por alguna razón, me cuesta menos escribir sobre los cadetes de la 104; también ayuda que esto sea más humor que drama, el tono ligero suele facilitar las cosas.

Volviendo al tema de la "rapidez": tengo listos los borradores de los capítulos 3 y 4, con una extensión similar a la de éste; intentaré publicarlos lo antes posible, pero con el capítulo 5 y los siguientes tardaré un poco más porque tengo pendientes otros proyectos anteriores… y, naturalmente, "Manzana Negra" ha terminado convirtiéndose en algo mucho más grande de lo que había imaginado a principio, así que me llevará un tiempo continuar como es debido.

Esto no pillará por sorpresa a quienes ya me conozcan; suele pasarme lo mismo prácticamente con todas mis historias, je je…

Por último, diré lo mismo de siempre: respondo con gusto, por PM, a todas las reviews; se agradecen comentarios, críticas y sugerencias.

¡Hasta pronto y que disfrutéis con la lectura!

AVISO LEGAL – Ver Capítulo 1.


CAPÍTULO 2 – MANZANA NEGRA

Publicado originalmente el 5 de mayo de 2015, con una extensión de 5.015 palabras.

Empieza con una perspectiva algo general, que luego se concreta en la de Connie Springer.


"Pánico" sería una palabra apropiada para describir el estado en que se encontraba Sasha Braus en aquel momento.

A pesar de que su estómago parecía estar hecho a prueba de bombas, en ese instante lo tenía tan revuelto que… había perdido el apetito; algo que sólo había ocurrido antes en contadas ocasiones.

Normalmente, la cazadora de Dauper tenía la voracidad de un titán; y a pesar de todo lo que comía, la chica se mantenía tan delgada y en buena forma como sus compañeros, seguramente porque aquellas energías luego las derrochaba en el torbellino de actividad frenética e imparable que era su día a día.

En general se la consideraba, puede que no hermosa, pero sí bonita. Destacaban sus grandes ojos castaños, que observaban todo a su alrededor con una sorpresa y una fascinación permanentes; como si cada mañana, al levantarse, estuviera descubriendo de nuevo un mundo lleno de posibilidades. Los cabellos castaños, que llevaba recogidos en una cola de caballo, parecían saltar con cada uno de sus movimientos, tan alegremente como ella misma.

Por otro lado, y a pesar de las apariencias, Sasha solía dudar de sí misma: marcharse del pueblo y dejar a su padre atrás, ir a un lugar nuevo y distinto con un montón de gente a la que no conocía… y enfrentarse cada día a alguien como Shadis, que le gritaba constantemente por cometer faltas que ella ni siquiera conocía.

La chica trataba de compensar su falta de confianza, y su acento "de pueblo", con un lenguaje algo rebuscado; en ocasiones excesivamente artificioso, sobre todo cuando se ponía nerviosa. Sin embargo, aquella "estrategia" (ella no estaba segura de si ésa sería la palabra) daba resultado, porque los demás en general y los oficiales en particular se quedaban perplejos al oírla hablar con tanta formalidad, prefiriendo creer que se trataba de una muestra de respeto y no de cachondeo.

Eso sí, con Connie Springer a su lado, compañero de correrías, ni tenía miedo ni tenía que disimular. Cuando estaba con el chico de Ragako, podía ser simplemente ella misma.

El chico era prácticamente su hermano, incluso su alma gemela; como si se hubieran separado al nacer y luego los azares de la vida les hubieran reunido de nuevo. Al igual que ella, Connie venía de un pueblo pequeño y tampoco estaba seguro de si conseguiría un puesto, no ya en la Policía Militar, sino incluso en las Tropas Estacionarias. Como a ella, también le costaba superar los exámenes escritos; también tenía cierta afición a las bromas, a moverse y buscar por todas partes, a aprovechar la "comida gratis" mientras pudiera, a usar el equipo de maniobras no sólo para lo básico sino para volar…

Con él a su lado, Sasha se sentía capaz de volar, de conseguir cualquier cosa, completamente libre; libre de toda preocupación, de todos sus temores y dudas… aunque no justo en ese momento.

Connie, más bajito incluso que Armin, llevaba la cabeza rapada casi al cero; su cabello, si se lo hubiera dejado crecer, sería más oscuro que el de su compañera. Sus ojos, de un marrón bastante más claro, observaban con atención… hasta que ésta se desviaba a cualquier otra cosa (en ocasiones era cuestión de segundos). Sus labios solían formar una sonrisa burlona, como si recordase algún chiste que sólo él pudiera comprender; bueno, quizás Sasha también.

Sin embargo, el muchacho no sonreía en aquel momento. Seguramente era la persona que podía entender mejor a su amiga… y sus temores, si bien una parte de él todavía se resistía a creer que la situación fuera tan catastrófica; más que incredulidad, tenía miedo de que todo aquello fuese verdad.

–A ver, sólo para asegurarme –Connie tragó saliva, nervioso–. Encontraste una manzana negra.

–¡Sí! –contestó Sasha, sin dejar de mirar a su alrededor, temiendo que en cualquier momento algo pudiera saltar sobre ella desde la oscuridad.

Los dos deambulaban por el Campo de Entrenamiento, iluminados por la luna llena en una noche despejada, con el cielo tachonado de estrellas. El chico agradecía toda aquella luz, pero su compañera observaba el gran cuerpo celeste con rencor mal disimulado, como culpándole de todos sus males.

A veces, les daba el alto algún instructor que hacía su ronda; pero enseguida veía de quiénes se trataba y les dejaba marchar a regañadientes, recordándoles que faltaba poco para el toque de queda y que, si se les ocurría hacer cualquier trastada, pagarían por ello. Sin embargo, los dos jóvenes tenían en aquel momento otra preocupación bien distinta…

–Y… es muy raro encontrar una manzana negra, ¿verdad? –continuó Connie, rompiendo un silencio que (para él) empeoraba todavía más la situación.

–¡Una entre un millón! –exclamó Sasha, abandonando por unos instantes sus temores y maravillada de nuevo por aquella causalidad–. No conozco a nadie que haya visto una y vivido para contarlo…

–¿¡Tan peligrosas son!? –preguntó el chico, nervioso, con gotas de sudor en la frente.

–¡No, no! Lo digo porque el último que encontró una fue un vecino muy mayor, muy simpático… Se murió hace ya varios inviernos, el pobre, antes de la Caída.

–Pero no le mató la manzana…

–¡No, no! ¡Su sabor es exquisito! Y él era un señor muy bueno, muy amable. La compartió con todos los del pueblo…

–¿Una sola manzana para todo un pueblo?

–¡Calla, que esa no es la cuestión! Decía que la compartió con todos, incluso celebramos un pequeño festival. Tuvimos una cosecha estupenda aquel año, también plantamos luego las semillas y nos han salido unos manzanos magníficos, ¡qué sabor! No dan más manzanas negras, pero aun así…

Eso era lo habitual: Sasha se ponía a disparar una ocurrencia detrás de otra y pocos podían interrumpir aquel torrente de palabras; sin embargo, a Connie no le hacía falta, él era capaz de cabalgar sobre ese torrente, e incluso dirigirlo un poco hacia donde le interesaba.

–Vale, entonces una manzana negra es motivo de celebración… a no ser que sea noche de luna llena.

–¡Exacto! –confirmó ella, asintiendo vehementemente con la cabeza–. Si la encuentras en una noche así, debes custodiarla con tu vida y rezar a tus ancestros para que te protejan hasta que llegue el alba.

–Y… la has perdido –Connie no sabía si reír o llorar.

–Pues sí –Sasha agachó la cabeza, abatida.

–Vamos, no te pongas así –trató de animarla–. ¿Qué es lo peor que podría pasar?

–¿Que qué es lo peor que podría pasar? –contestó ella exaltada, irguiéndose otra vez–. ¿¡Que qué es lo peor que podría pasar!? ¡Pues que alguien se coma la manzana negra! ¡En una noche de luna llena!

–Vale… Entonces, si alguien hace eso… ¿Qué ocurriría?

Sasha se detuvo y miró a Connie con una seriedad pocas veces antes vista en ella. El chico empezó a sentir miedo; como si su amiga fuera la profetisa de alguna antigua divinidad, a punto de anunciar el inminente fin del mundo.

–Debes saber que todos tenemos un lado oscuro. Todos. No hay excepciones. Independientemente de nuestras circunstancias al venir a este mundo, todos podemos dar rienda suelta a esa oscuridad que hay dentro de nosotros… dejar que crezca, hasta el punto de que nosotros nos convirtamos en oscuridad.

Connie no recordaba haber estado más aterrado en toda su vida. Su amiga había cambiado por completo: parecía más grande, más… poderosa; como si, de repente, las cosas a su alrededor empezaran a volverse más reales, más sólidas. Sus cabellos castaños se agitaban levemente, como movidos por una brisa… que sin embargo él no era capaz de sentir.

Creyó ver un brillo rojizo en los ojos de Sasha; prefirió creer que su imaginación le estaba jugando malas pasadas.

–Algunas personas se sumergen en la oscuridad y consiguen salir, incluso se vuelven más fuertes con la experiencia –continuó ella, con una voz que no parecía la de una chica de quince años–. Otros, no. Depende de cada persona, del camino que siguieron, de ciertas decisiones que tomaron. Para algunos, hay ida y vuelta. Para otros, sólo un descenso gradual… o una caída directa al más profundo de los abismos, del que jamás podrán escapar.

Entonces Sasha, poco a poco, sin dejar de mirarle, fue convirtiéndose otra vez en ella misma.

Esto, Connie –concluyó–. Esto es lo peor que puede pasar, cuando alguien se come una manzana negra, en una noche de luna llena.

El chico se acordó de volver a respirar y tomó una gran bocanada de aire, como si la vida le fuera en ello. Su corazón latía a toda velocidad, con tanta fuerza que creyó que se le saldría del pecho. Quizás otra persona habría dudado, pero él… sabía que Sasha no estaba mintiendo.

–Entonces, al final… –se forzó a decir–. Te conviertes… ¿en un demonio?

Ella miró a lo lejos, hacia el cielo estrellado; la luna iluminó su cara y la bañó en un aura plateada, dándole un aspecto pacífico y solemne. En ese momento, le pareció que Sasha era más que humana. A Connie le extrañó pensar así en su compañera… pero le gustaba lo que veía.

–El sol, la luna… –la chica pronunció las palabras con una voz suave y al mismo tiempo nostálgica, triste–. Todos los astros brillan por igual sobre justos y pecadores. Nos guste o no, todos vivimos en este mundo. Todos estamos conectados.

El chico sonrió, ya algo más tranquilo, al recordar que Sasha le había dicho algo parecido a Reiner, cuando los tres habían salido de caza por el bosque que había cerca de Trost, en un descanso durante las maniobras en aquel distrito.

–Es normal, prácticamente inevitable, ver el mundo en términos de "o ellos o nosotros" –continuó su amiga, sonriendo tenuemente, con calma–. Primero nos preocupamos por nosotros mismos y luego vienen todos los demás. Como si creyéramos que el mundo nos debe algo, cuando en realidad es el mundo el que ya estaba aquí mucho antes que nosotros…

–Y si alguien se convierte en "oscuridad"… –se atrevió a intervenir Connie, para que Sasha no se fuera demasiado por las ramas–. Entonces, ¿se rompe esa conexión de la que hablas?

–En realidad… –su compañera siguió mirando hacia lo alto, pensativa–. La conexión no puede romperse. Ignorarse sí, pero quien lo hace termina causándose más daño a sí mismo que a los demás. Inspira más lástima que otra cosa…

De repente, se puso muy seria, como si hubiera visto entre las estrellas alguna amenaza invisible salvo para ella.

–El problema es que alguien mantenga conscientemente esa conexión con el mundo y se sitúe por encima de los demás, dispuesto a usarlos como peones, como fichas o monedas con que pagar para cumplir todos sus deseos, a cualquier precio.

Entonces movió la cabeza con suavidad y observó a su amigo atentamente.

–Conseguir que de una semilla crezca un árbol, y de un árbol un bosque, dar vida… eso es poder. Crear un bosque es mucho más difícil que quemarlo. El problema es quienes caen en la oscuridad, quienes se convierten en oscuridad, se conforman con causar un incendio… porque, a veces, lo único que les interesa es ver el mundo arder.

Connie, atónito, no despegaba la vista de los grandes ojos castaños de Sasha.

–Y todo esto por una manzana… –murmuró él, sin terminar de creérselo, a pesar de la detallada explicación de su compañera.

–Una manzana negra –puntualizó ella, levantando un dedo que luego se llevó a la barbilla–. En una noche de luna llena. Claro que también depende de quién se la tome. Si es alguien que sabe lo que se hace, que ya está familiarizado con sus propios demonios, puede llegar a contener o incluso neutralizar los efectos.

–Y dime, Sasha… De los nuestros, ¿quién crees que podría conseguirlo?

–¡Buena pregunta! –asintió ella con aprobación–. A ver si me explico… Supongamos que alguien bondadoso se come la manzana negra y está sobre aviso, o al menos intuye lo que está pasando. En ese caso, su luz interior disiparía las sombras y mantendría a raya la amenaza de su oscuridad.

–Hum… ¿Alguien como Krista?

–¡Exacto!

A pesar de la gravedad de la situación, Connie no pudo evitar ensimismarse, pensando en su adorada diosa de cabellos rubios; no fue el único que sonrió, a Sasha le pasó lo mismo.

–¡Oh! –continuó su compañera–. Ymir también podría.

–¿Ymir? –replicó el otro, perplejo.

El chico siempre había envidiado el hecho de que la cazadora de Dauper pudiera estar tanto tiempo junto a Lenz, sin que la celosa morena se opusiera a ello. Ymir, de algún modo, incluso había terminado encariñándose con Braus; solía verse a las tres juntas durante la instrucción. En cambio, cada vez que Springer intentaba acercarse, aquel demonio con pecas le soltaba un bufido; estaba seguro de que, si no fuera por su habilidad para poner tierra de por medio rápidamente, ella ya le habría sacado los ojos.

Naturalmente, no le hizo ninguna gracia que Sasha colocase a Ymir y a Krista al mismo nivel.

–A ver, explícamelo –refunfuñó Connie–. ¿Por qué ella es digna…?

–No es lo mismo –replicó su amiga, mirándole con severidad–. Si Krista es luz pura, Ymir en cambio conoce esa oscuridad como la palma de su mano. En vez de disiparla, sería capaz de controlarla, incluso de domarla. Es algo con lo que ella está familiarizada, no me preguntes cómo… pero lo sé.

–Casi lo dices como si fuera algo bueno… –contestó a su vez el joven, sin mucha convicción.

–No sería malo, exactamente –puntualizó Sasha–. El problema es que tus demonios te pillen por sorpresa, pero si ya les conoces de antes e incluso te sabes sus nombres… Cuando te toque luchar contra ellos, al menos serás consciente de que hay una batalla, de cuáles son los bandos y las reglas. No puedes enfrentarte contra un enemigo que ni siquiera sabes que existe.

–Bueno… Oye, ¿quién más crees que sería capaz de superar esa prueba? –Connie verdaderamente sentía curiosidad.

–Pues… Je je, como ya te lo he explicado, creo que tú también podrías. Sí, creo que te he enseñado bien, joven aprendiz.

–Gracias, oh maestra –respondió él, con el mismo tono socarrón.

–Luego tenemos a gente como Mikasa, Armin, Jean, Marco, Bertolt, Reiner… Annie también, creo.

–Es decir, todo el mundo… –Connie levantó una ceja, escéptico.

–¡La 104 es una promoción muy buena! –se defendió Sasha–. Todos saben mucho, todos son capaces de ver… Algunos dudan, pero seguro que al final ellos también se darían cuenta y podrían reaccionar a tiempo.

–Entonces no es tan grave… –el chico dejó escapar un suspiro de alivio–. Total, si resulta que cualquiera de nosotros…

–¡Ah ah ah! –Sasha meneó un dedo delante de la cara de su compañero–. No tan rápido, joven aprendiz. Se trata de tener fuerza, sí… pero también de saber cómo usarla y ser consciente de tus debilidades. Imagínate que alguien se encuentra la manzana negra y se la come por accidente. Imagínate que esa persona es fuerte, pero cree equivocadamente que sólo con eso ya podrá conseguir cualquier cosa que se proponga, por muy absurdo o difícil que sea… Alguien que ni siquiera admite la posibilidad de estar equivocado, que lo ve todo en términos de "o blanco o negro", que no acepta la ayuda de los demás porque lo considera una muestra de debilidad.

De pronto se hizo el silencio; serio, solemne, tanto como lo estaba ella. Por un momento, la luna pareció brillar con menos intensidad. Les llegó una racha de viento frío que agitó los cabellos de Sasha; en sus grandes ojos castaños, Connie pudo ver miedo.

–Me refiero a alguien que no se lo pensaría dos veces–continuó la chica, en voz muy baja–. Alguien que aceptaría con gusto ese poder, confundiéndolo con el suyo propio, creyendo erróneamente que uno y otro son lo mismo. Si alguien así se comiese la manzana negra…

–Ya veo –intervino su compañero, intentando tomarse aquello como un juego para calmarse–. Me pregunto quien podría reunir todas esas condiciones. Tendría que ser, no sé… alguien como…

–Eren –susurró ella, de forma casi imperceptible.

–¡Ay, es verdad! Jo, Sasha, podrías haberte callado. Seguro que yo lo habría resuelto enseguida y…

Y de pronto se calló; paralizado, petrificado.

Porque la expresión de Sasha ya no reflejaba simplemente miedo o inquietud, ni siquiera pánico.

Era terror. Terror auténtico, en estado puro.

Su cara se había convertido en una máscara pálida, con la boca abierta en un mudo grito, ojos que parecían querer escapar desesperadamente por su cuenta…

Connie también estaba aterrado. Aterrado como reflejo por lo que le pasaba a su compañera… que miraba a algo justo detrás de él.

"Igual no es para tanto," trató de razonar, aprovechando que su mente todavía funcionaba. "A veces ella se toma las cosas a la tremenda… ¡Venga, si además se supone que yo soy el hombre! Me daré la vuelta, veré de qué se trata y luego nos reiremos de todo esto."

Giró sobre sí mismo y se enfrentó a lo que había a sus espaldas. No hubo risas.

Delante de él, apareció el Mal.

Todas las fuerzas que le quedaban, las empleó para no orinarse encima. No gritó, ni salió corriendo; no fue capaz de hacer nada más. Al menos, moriría con dignidad.

Porque la figura que había surgido delante de él… prometía muerte.

Era Yeager y, al mismo tiempo, no lo era; de ahí el terror de Connie. El "idiota suicida" no parecía ser otra persona completamente distinta, sino más él mismo de lo que jamás había sido en toda su vida; como si aquella parte de él, que ahora podía verse de una manera tan intensa y difícil de soportar, en realidad siempre hubiera estado allí… aunque no hubiese querido darse cuenta antes.

Bajo la luna llena, la piel de Eren se había vuelto mucho más pálida… pero en vez de reflejar aquella luz plateada, parecía absorberla; como si, a su alrededor, un aura apenas perceptible pudiera devorar cualquier cosa con vida. Sus cabellos eran aún más negros que la noche misma; tanto, que sugerían la idea de un vacío, del que no podía escapar calidez alguna. Y sus ojos…

Si se hubieran vuelto completamente negros, habrían sido menos terroríficos. No, en aquellos ojos grises claro había… llamas, una especie de fuego oscuro, que parecía pugnar por salir de un cuerpo que a duras penas las contenía.

Aquella presencia resultaba aún más imponente por lo que Armin llamaría "su lenguaje corporal". Si Yeager hubiera sonreído en ese momento, mostrando unos colmillos afilados de los que chorrease sangre… habría sido de esperar; en cambio, Eren estaba tranquilo, mucho más de lo habitual… demasiado. Como si no tuviera nada que temer; como si ya hubiera desentrañado los misterios del universo… y pudiera ponerle fin a todo con un solo gesto.

Del joven Eren Yeager, que ahora parecía mucho mayor, emanaba poder… un poder oscuro y temible.

Connie sabía que él no era un genio; pero tampoco le hacía falta, para darse cuenta de quién se había comido la manzana negra, en una noche de luna llena.

"Y ahora qué hago…"

No le quitaba el ojo de encima a su compañero; temía que, en cuanto se despistase un momento, aquello saltaría sobre él y le devoraría por completo, sin dejar ni rastro. Sin embargo, usando la misma visión periférica que le permitía manejar con habilidad el equipo de maniobras, miró un poco hacia atrás, donde se suponía que estaba Sasha…

…y vio que la chica había desaparecido.

La cazadora podía ser sigilosa, cuando se lo proponía. Ni la había oído salir corriendo, dejando detrás de ella apenas una nubecilla de polvo, que ya casi se había desvanecido por completo.

Un destino que quizás él compartiría pronto.

"En serio, ¡qué hago ahora!"

Trató de recordar las viejas historias y leyendas que él también había oído a la luz de la hoguera, en su pueblo; o las que su madre le había contado para entretenerle, cuando él se ponía enfermo y tenía que guardar cama. Recordó que, en muchas de aquellas historias, el intrépido protagonista conseguía derrotar a su temible rival con una sencilla adivinanza… y Connie actuó en consecuencia, sin pensárselo demasiado.

–Oro parece, plata no es –susurró.

El Eren que había enfrente de él parpadeó un par de veces, desconcertado; pero no tardó mucho en recuperarse de su confusión.

–Eso no te salvará –contestó con una voz que, como todo lo demás en él, se había vuelto más oscura y a la vez más nítida… más poderosa.

Connie tembló, pero no retrocedió ni un solo paso; sus "conversaciones" con Ymir no solían ser tan distintas, así que él ya estaba algo familiarizado con aquel horror. Claro que, en esas ocasiones, él siempre podía salir corriendo… pero no iba a hacerlo en este caso.

Confiaba en Sasha, creía en ella. Sabía que su amiga no le abandonaría, así sin más; supuso que, si se había marchado con tanta rapidez, sería para buscar refuerzos o algún antídoto que sólo ella conocía.

Tenía que ganar tiempo. Su intuición le gritaba que, si no era capaz de contener (al menos por el momento) aquella oscuridad con forma humana, quizás luego ya sería demasiado tarde para todos. Tenía que aguantar; no sólo para ayudar a Eren, sino también para evitarle ese peligro a los demás.

No le fallaría a Sasha, ni a sus compañeros. Tampoco a Krista, naturalmente; pero, qué curioso, había pensado primero en la chica de Dauper…

–¿De verdad crees que tienes alguna posibilidad? –Eren pronunció las palabras lentamente, mientras iba apareciendo en sus labios una sonrisa siniestra.

–Vas a tener que especificar un poco más… –consiguió desafiarle Connie, manteniéndose entero de algún modo; aunque temía a qué podía estar refiriéndose el otro.

–Krista Lenz está fuera de tu alcance –contestó Yeager, sin piedad.

El chico de Ragako tembló como si le hubieran dado un golpe en el estómago; la sonrisa de su adversario iba haciéndose más amplia.

–Ese ángel, esa diosa, es… tan. Tan guapa, tan leal, tan amable, tan… bondadosa –Eren pronunció la última palabra con un rictus en los labios, como si le disgustase–. Ella no muestra mucho interés, pero si quisiera podría conseguir a cualquier chico, o chica, con sólo chasquear los dedos.

El "idiota suicida", que ahora no tenía nada de idiota, se fue acercando lentamente a Connie, quien tragó saliva y tembló más aún… pero no retrocedió ni un solo paso.

–Dime –Yeager ladeó la cabeza y le observó con curiosidad–, teniendo todo eso en cuenta… ¿Todavía crees que tienes alguna posibilidad?

Eso le dolió; casi sintió aquel "tú" como un salivazo en la cara. No era la primera vez que el chico de pueblo dudaba sobre sus capacidades; pero oírlo en boca de alguien así, con tanta crueldad, regodeándose… ya era demasiado para él.

No podía responder; apenas podía respirar. Notó un escozor en los ojos; se esforzó para contener las lágrimas, no le daría esa satisfacción al cabrón. De pronto, sintió que, si no le salían las palabras… era por la rabia que empezaba a consumirle, como un fuego ardiente.

Pero aquella sensación tan intensa pareció causar una reacción igual de fuerte en Eren… y éste atacó. No se movió, ni siquiera habló; le bastó con seguir mirando fijamente a Connie para apagar aquel fuego en un instante, haciéndole sentir en su lugar un frío que le heló el alma.

El tenso silencio se prolongó todavía unos segundos más. Yeager parecía estar disfrutando… mientras Springer se daba cuenta, horrorizado, de que ya ni siquiera podía salir corriendo; como un animal que hubiera caído en una trampa imposible de evadir. Supo que le devoraría y no podría hacer nada para evitarlo.

–Eres… patético –susurró Eren, con una voz que sonaba como un cuchillo arañando metal–. Jamás conseguirás un puesto en la Policía Militar. Tampoco en las Tropas Estacionarias. Ni siquiera superarás la instrucción. ¿Y sabes por qué? Porque esta noche, aquí y ahora, vas a…

¡CLONC!

Aquel ruido metálico, un golpe sordo, sonó como un disparo en mitad de la noche, con un leve eco. Connie saltó hacia atrás instintivamente. Eren, en cambio, no se movió; se quedó allí donde estaba, aturdido, sin haber terminado de asimilar aún lo que acababa de pasar.

Entonces Yeager se dio la vuelta… y se encontró con Sasha Braus.

La cazadora de Dauper le miraba con fiereza y determinación, enseñando los dientes como una loba a punto de lanzarse al ataque. La brisa nocturna agitaba sus cabellos castaños, confiriendo a la chica un aura de poder tan luminosa como oscura era la de su rival.

Connie observó sorprendido a su salvadora; no por el hecho de que hubiera venido a rescatarle (sabía que lo haría), sino porque en sus poderosas manos Sasha sostenía… una sartén de buen tamaño. Eren parecía tener tantos problemas como él para creérselo.

–No lo entiendo… –murmuró la criatura de la oscuridad–. ¿De verdad esperas que…?

¡CLONC!

Braus le soltó otro sartenazo, como si aquella arma improvisada fuese un martillo de guerra y no un simple utensilio de cocina. Springer creyó sentir en sus huesos las vibraciones del tremendo impacto; pero Yeager parecía más irritado que otra cosa.

–En serio, déjalo ya –gruñó amenazador, con un tono que hizo temblar a la chica–. No vas a…

Pero eso no la detuvo.

¡CLONC!

Otro sartenazo, en toda la cabeza.

–¡Cazadora de Dauper, no eres consciente de lo que estás haciendo! ¡Estás jugando con fuerzas cuyo alcance escapan a…!

¡CLONC!

–¡Insolente mortal! –bramó Eren, haciendo que la oscuridad a su alrededor se volviese todavía más intensa–. ¡Cómo te atreves a…!

¡CLONC! ¡CLONC! ¡CLONC!

Y, finalmente, aquella criatura de la oscuridad en que se iba transformando lentamente Eren Yeager, que albergaba en su interior un poder inconmensurable, prácticamente imposible de controlar… cayó abatido a sartenazos.

El chico quedó tendido en el suelo, de espaldas, con los brazos abiertos, cuan largo era. En su frente tenía una gran marca roja que parecía echar humo. Los ojos se le quedaron en blanco, los labios entreabiertos y la punta de la lengua fuera. Con aquella tez tan pálida a la luz de la luna, casi no parecía seguir vivo.

–¿E-está muerto? –susurró Connie, tratando de recuperar la compostura.

Luego miró a Sasha. Aquella diosa de la guerra (armada con una sartén) había desaparecido; en su lugar, sólo quedaba una chiquilla asustada por lo que acababa de hacer, mirando alternativamente sus propias manos y a su víctima en el suelo, como preguntándose qué había hecho.

Al final, fue su amigo quien se arrodilló junto a Eren y le tomó el pulso, colocando un par de dedos sobre el cuello; sí recordaba esa parte de las lecciones de primeros auxilios.

–Vale, sigue vivo –suspiró aliviado, pero no demasiado; temía que en cualquier momento aquello volviera a despertar.

–¡Menos mal! –exclamó su compañera, que también parecía haberse quitado un peso de encima–. Creí que le habría roto algo…

–Je, con esos golpes lo que me extraña es que no te hayas cargado la sartén –Connie palpó cuidadosamente la frente del caído y después el resto del cráneo–. Vale, sigue de una pieza.

–Bien –asintió Sasha, mordiéndose los labios–. Aunque con esto sólo hemos conseguido retrasar lo inevitable…

–Oye, ¿tenías que usar específicamente una sartén?

–¿Eh?

–Que si la sartén forma parte de las leyendas. ¿O acaso es algún tipo de sartén legendaria? Forjada en frío, o templada con la sangre de demonios o lágrimas de ángeles, o algo por el estilo…

–Hum… pues no. Es una sartén normal. Fui a la cocina y… –la chica tragó saliva al ver la mirada fulminante que le echó su compañero–. ¡N-no me mires así! ¡Fui a buscar ayuda, en serio!

–A la cocina –Connie levantó una ceja escéptico, algo enfadado ahora que el peligro había pasado (al menos por el momento).

–Bueno… –de algún modo Sasha se las apañó para seguir sujetando la sartén, mientras juntaba los dedos un poco avergonzada–. Sí, en parte fue porque de repente me entró tanta hambre que me dolía, pero es que en la cocina casi siempre hay alguien, por eso me pillan cada dos por tres y luego Shadis me castiga. Creí que encontraría ayuda, pero nada, ¡justo hoy no había nadie! Así que eché mano a lo primero que vi…

–Je, seguro que también aprovechaste para comer algo… –esta vez fue el chico quien tragó saliva al ver cómo le miraba ella, más aún recordando lo que acababa de hacer–. C-claro que necesitarías fuerzas para esto. ¡Madre mía, qué golpes! Recuérdame que no me meta contigo…

La admiración del cadete, sincera, hizo que el rostro de la muchacha se iluminase con una sonrisa.

–Es lo que tú decías antes, lo raro es que no se haya roto la sartén –Sasha examinó con interés su arma–. Fíjate, ni siquiera está abollada. ¡Tengo que preguntarle al cocinero, a ver cuánto cuesta una de éstas!

–¿Sabes? –Connie se puso en pie, rascándose la nuca–. Lo que me extraña es que, con tanto ruido, no haya venido nadie a…

–En realidad ha venido alguien–interrumpió de pronto otra voz, completamente distinta, que ambos conocían muy bien.

Los dos cadetes se dieron la vuelta y vieron… algo que les hizo comprender que aquella noche tenebrosa no había terminado, ni mucho menos; acababa de empezar.

Porque erguido frente a ellos en todo su esplendor, con una presencia casi tan imponente como la de Yeager antes y una expresión implacable en el rostro, se alzaba el Instructor Jefe Keith Shadis. Sus ojos claros, rodeados de oscuridad incluso en mitad de la noche, parecían prometer… dolor.

La situación sólo podría haber empeorado si Sasha, siguiendo su instinto de "luchar o huir", le hubiera sacudido un sartenazo al oficial. Afortunadamente para todos, no hizo nada de eso.

Cuando el hombre volvió a hablar, lo hizo con el tono del juez que está a punto de dictar sentencia.

–Tenéis diez segundos para explicarme qué cojones ha pasado aquí. Y empiezan ya.