MANZANA NEGRA
NOTA DEL AUTOR - ¡Bienvenidos de nuevo! Si queréis empezar directamente con el capítulo, saltad hasta la siguiente línea, donde termina la cursiva.
Una vez más, gracias por vuestros comentarios y el interés con que seguís la historia, siempre es un estímulo para seguir trabajando en ella. Me alegra haber podido publicar este capítulo con rapidez, me gustaría hacer lo mismo con el siguiente.
Como de costumbre, os invito a pasar por el foro Cuartel General de Trost; podéis presentaros, participar en los distintos juegos, leer teorías más o menos disparatadas… ¡de todo un poco!
Para terminar, recordaros que siempre contestaré por PM a vuestros comentarios, críticas y sugerencias; a partir del capítulo 4, no tengo tantos detalles fijados, así que… ¡quién sabe!, quizás pueda incorporar a la historia alguna de vuestras ideas (pero no prometo nada, ¿eh?).
Que os vaya todo bien. ¡Hasta pronto! ;)
AVISO LEGAL – Pues eso.
CAPÍTULO 3 - TRAICIÓN
Publicado originalmente el 8 de mayo de 2015, con una extensión de 5.311 palabras.
Perspectiva de La Chica Patata.
Sasha Braus acababa de enfrentarse con éxito al terror que había venido de otro mundo, la oscuridad que incluso ahora seguía intentando apoderarse de Eren Yeager, alimentándose de sus propias fuerzas… algo que el chico parecía desear en el fondo, a pesar de las consecuencias si llegaba a completar el proceso.
La joven había luchado contra aquel compañero y el monstruo en que se estaba transformando, había defendido heroicamente a Connie… usando para ello una sartén, pero eso era lo de menos.
La cazadora de Dauper, tanto por las tradiciones de su pueblo como por su desarrollado instinto, sabía que todo aquello podía terminar muy mal; el miedo que le daba esa idea, precisamente, fue lo que la motivó a actuar… con contundencia.
Sin embargo, ahora se enfrentaba a un terror mucho más sencillo, más cotidiano: el Instructor Jefe Keith Shadis, delante de ella, dispuesto a convertir su vida en un infierno… otra vez. Que aquel hombre hablase "normal", en vez de dejarla sorda a base de gritos, era señal de que estaba cabreado; al menos, más de lo habitual (él siempre estaba cabreado).
Ese "terror cotidiano" la había paralizado; no pudo reaccionar y quizás fue mejor así, porque su primera opción habría sido sacudirle un sartenazo… pero ya había repartido suficiente, en aquella noche siniestra que acababa de empezar.
Su indecisión ya le había costado cinco segundos, de los diez que le había concedido el oficial.
"Quizás podría darme un golpe a mí misma y olvidarme de todo esto…"
Pero, tan pronto como se le ocurrió la idea, supo que no sería capaz; había provocado aquella situación, era su responsabilidad… y estaba segura de que ella podía solucionarlo, de que era la única que podía. Supo que, si cerraba los ojos y se desentendía del asunto, estaría cometiendo la peor traición de todas.
Así que, una vez más, siguió su instinto y aprovechó el último segundo que le quedaba para pronunciar tan sólo dos palabras.
–Manzana negra –susurró.
Desde luego, no se esperaba aquella reacción.
Apenas duró un instante, pero el ex Comandante de la Legión abrió tanto los ojos, sorprendido, que la oscuridad que parecía rodearlos permanentemente desapareció. Por un momento, la pesadilla de Sasha se convirtió simplemente en un hombre ya mayor, cansado… y asustado.
"Él también lo sabe."
Fue extraño, atisbar por un instante a quien quizás era el verdadero Shadis; como si su actitud de instructor duro e implacable fuese sólo una máscara, que se forzaba a llevar todos los días, a todas horas. Por un momento, sólo por un momento, Sasha se compadeció del Jefe Keith; sin embargo, eso le bastó para disipar sus dudas. La chica decidió que haría lo que fuera necesario, para evitar que la sombra que iba creciendo en el 104º Cuerpo de Cadetes les arruinase a todos, incluyendo su oficial al mando.
"Somos los mejores," gruñó para sus adentros, reforzando su determinación.
En cualquier caso, aquella verdad oculta a plena vista, o acaso sólo un espejismo, desapareció rápidamente. Shadis volvía a ser el mismo de siempre… pero la mirada de sus ojos claros ya no era tan amenazante; Sasha supo que, si esa noche tenía que enfrentarse a algún peligro, no vendría del instructor.
–Supongo que, si se trata de una manzana negra… bueno, eso explica unas cuantas cosas –murmuró el hombre, mientras observaba al cadete caído en el suelo, algo ensimismado; como perdido en sus propios recuerdos.
–Hum… ¿Señor? –se atrevió a preguntar la chica, con timidez–. ¿Había oído usted hablar antes de la susodicha leyenda?
El Jefe asintió con la cabeza, ya acostumbrado al lenguaje algo rebuscado de la joven, que afloraba sobre todo cuando se ponía nerviosa. Después miró a Connie, que aún seguía conmocionado tras su enfrentamiento con "el Mal", breve pero intenso; la súbita aparición de Keith, que también solía tomarla con él, no había ayudado precisamente. El chico siguió en silencio, sin moverse, hasta que por fin Shadis le hizo reaccionar.
–Cadete Springer –dijo el instructor en "voz baja" (al menos para él)–, ¿ha notado usted algo fuera de lo habitual en el cadete Yeager, recientemente?
–Que si he… –murmuró el muchacho, de forma casi inaudible; luego tembló un poco, conteniendo a duras penas una risilla más bien histérica–. ¿Que si he notado algo…? Eren ha intentado destruirme, señor.
Shadis todavía le miró durante unos largos segundos; Connie aún temblaba, tratando de asimilar todo lo que estaba ocurriendo. Y fue justo en ese momento…
…cuando detrás del oficial apareció una sombra gigantesca.
Sasha no lo vio venir, no directamente; lo primero que vio fue la cara de su amigo, que se convertía de pronto en una máscara pálida, con los ojos bien abiertos y la mandíbula desencajada en un mudo grito de terror. Tuvo la sensación de que eso ya lo había vivido antes… y entonces sintió el pánico, incluso antes de seguir la mirada de Connie.
Detrás del Instructor Jefe, perfectamente visible a pesar de que éste casi medía dos metros, había surgido una figura aún más imponente, inmensa, implacable; parecía observarles desde las alturas, juzgando que no eran dignos.
Pero en cuanto la chica controló su miedo y parpadeó un par de veces, se dio cuenta de que aquella sombra tan amenazadora…
…era Bertolt.
En realidad, la luna llena le iluminaba lo suficiente; los temores de Sasha habían extendido sobre sus ojos un velo oscuro, rasgado en cuanto ella consiguió dominar sus instintos, todavía alarmados por el asunto de la manzana negra.
Sin embargo, se había llevado una buena sorpresa. Normalmente, a Bertolt Hoover se le veía venir desde lejos, dado que era con diferencia el cadete más alto de la 104; resultaba extraño que hubiera aparecido así de repente, sobre todo porque solía ir acompañado de su amigo Reiner, que era mucho más escandaloso.
En aquel momento, Bertl tenía algo revueltos los cabellos, negros y cortos. Sus ojos, marrones con un matiz verdoso que fascinaba a la chica (más aún a la luz de la luna), reflejaban cierta incomodidad que se extendía por su rostro alargado (aunque no tanto como el de Caracaballo) de manera casi permanente, tanto como la gota de sudor que parecía caerle siempre por la frente; en realidad, a pesar de ser tan grande como fuerte y hábil (uno de los mejores cadetes), el chico era muy introvertido y solía andar con el aire tímido de quien teme romper algo delicado en un descuido.
Naturalmente, Shadis se dio cuenta del cambio en las expresiones de Sasha y Connie; frunció el ceño y se dio la vuelta para mirar al recién llegado. El instructor seguía manteniendo su actitud impasible y amenazadora aun sin proponérselo, como un cepo listo para saltar a la más mínima provocación.
–Cadete Hoover, no esperaba verle por aquí a estas horas –se limitó a decir–. ¿Tiene algo que aportar a lo que ha ocurrido?
Bertolt se puso aún más nervioso, con cara de "tierra trágame"; pero debió de concentrar todas sus vacilaciones en esos primeros momentos de silencio incómodo, porque luego habló y lo hizo sin titubear, con claridad y concisión que merecerían la aprobación del Jefe.
–Señor, me encontré con la cadete Leonhart y me contó lo que había ocurrido con Yeager en el comedor, señor. Estaba claro que no se encontraba bien, así que nos dividimos para buscarle antes de que le pasara… algo –concluyó mirando a su compañero, todavía inconsciente en el suelo.
Shadis siguió su mirada y luego se fijó en Sasha, que aún sostenía la sartén en sus manos.
–Así es, cadete Hoover, ocurrió algo… –mientras hablaba, el oficial fue observando lentamente a cada cadete, uno por uno, haciéndoles tragar saliva–. El cadete Yeager, aquí presente, se olvidó por un momento de que no somos amigos, ni mucho menos. Se tomó demasiadas confianzas, hizo una broma de mal gusto que además no venía a cuento… y pagó el precio por ello.
Cuando terminó de hablar, extendió una mano hacia Sasha; la chica, tras unos instantes de perplejidad, comprendió al fin y le pasó al instructor la sartén, tratando de disimular un suspiro de alivio al quitarse de encima aquel peso, tanto literal como figuradamente.
"No sé qué habrá pasado entre Shadis y Eren, pero si se comió la manzana negra pudo decirle unas cuantas cosas, de esas que duelen… El Jefe asume la responsabilidad para que todos crean que les pasará lo mismo si se meten con él. ¡Mejor para mí!"
La idea de que Mikasa se enterase de que, en realidad, había sido ella quien molió a sartenazos a su "hermano"… Sasha sintió un escalofrío.
Connie también debió de darse cuenta, o al menos lo intuyó, y guardó silencio; Bertolt hizo lo mismo, mirando con algo más de aprensión a Shadis, ahora que el instructor estaba "armado" con la sartén.
–Cadete Hoover –ordenó el oficial–, aquí no hay nada más que hacer. Regrese a los barracones, ya es tarde y no quiero a nadie fuera, a estas horas.
Entonces el Jefe se dio la vuelta y miró fijamente a Connie.
–A nadie –repitió, aunque al final su fiereza se mitigó–. Bueno, usted sí, cadete Braus.
El joven de Ragako observó a su amiga con inquietud, pero Sasha le hizo con la mano un gesto de "todo saldrá bien"; Connie entendió y se quedó más tranquilo. Bertolt también pareció relajarse; como si hasta entonces hubiera temido que el instructor fuera a hacerle algo, en cuanto se quedase a solas con ella.
Pero Sasha no tenía miedo; al menos, no del oficial. Más aún, intuía que iba a ser un aliado en su enfrentamiento con la auténtica amenaza, en aquella noche de luna llena. Volvió a mirar a Eren, que todavía estaba tirado en el suelo, inconsciente, con la piel tan pálida…
–Ah, y dejen esto en la cocina –Shadis le pasó la sartén a Bertolt–. Lávenla antes de guardarla.
El cadete moreno no se lo esperaba y se hizo un lío con las manos; casi se le cayó la sartén al suelo, pero al final consiguió cogerla. Después de aquel imprevisto, que le sacó una sonrisa a Sasha, los dos chicos se despidieron de ella silenciosamente, haciéndole señas de ánimo.
Cuando los perdieron de vista, Keith se giró hacia Braus, muy serio; la miró con una expresión preocupada en el rostro.
–Sólo he oído hablar alguna vez de la leyenda –confesó en un susurro–. Desconozco cuál puede ser la cura o el remedio, si es que hay alguno.
La chica parpadeó dos veces, aturdida, antes de que el pánico volviera a invadirla.
"¿Me está preguntando a mí qué hacemos ahora? ¡Estamos perdidos!"
Además, ver así al Instructor Jefe le causaba un gran desasosiego; él era alguien que no parecía dudar nunca, que daba órdenes a todo el mundo como si siempre supiera lo que había que hacer. Sintió por un momento que el suelo cedía bajo sus pies, al perder aquel apoyo que hasta entonces (equivocadamente) había creído firme y sólido como una roca.
"¡Buena la hemos hecho! Pensé que él… Vale, ya es tarde para eso. ¡Céntrate, Sasha! Cuando antes se lo estabas explicando a Connie, no dudabas. Sé que, en el fondo, tengo las respuestas… Quizás sea mejor no darle tantas vueltas y seguir mi instinto, no suele fallarme."
–Hum… –titubeó un poco–. ¿Empezamos por llevarle a la enfermería?
Shadis asintió en silencio, pero se quedó mirándola sin hacer nada más.
"Ya veo… Por 'nosotros', en realidad se entiende 'yo'. Bueno, no creo que Eren pese tanto…"
Suspiró quedamente y, no sin cierto temor, se cargó al chico inconsciente a sus espaldas, "a caballito" como hacía de vez en cuando con Connie… o más bien lo intentó. Era difícil sujetar al mismo tiempo los brazos y las piernas de alguien a quien había dejado K.O.; cada extremidad parecía ir por su lado, terminó haciéndose un lío con ellas y las suyas propias y poco le faltó para estamparse la cara contra el suelo.
Por fortuna, Shadis intervino a tiempo, gruñendo con exasperación mientras agarraba a Eren por el cuello de la camisa; le bastó una de sus poderosas manos. Sasha temió que el instructor fuera a llevar así al muchacho durante todo el trayecto, pero el oficial se lo echó al hombro con pasmosa facilidad, como si no le pesara nada. Así, Yeager parecía un saco de patatas…
"Hum, patatas… ¡No Sasha, céntrate! Esto es más importante."
No le costó mucho recordar la gravedad de la situación, todo lo que estaba en juego. Se quedó paralizada unos segundos, mientras el Jefe echaba a andar sin molestarse en mirar atrás; ella no tardó en seguirle pero mantuvo cierta distancia, temiendo lo que pudiera pasar si el otro despertaba… y sin saber todavía cómo iba a solucionar aquello.
Sasha caminó detrás de Shadis, sumida en sus pensamientos, sin prestar demasiada atención a lo que pasaba a su alrededor. Le pareció oír que el instructor se cruzaba un par de veces con otros oficiales, susurraba algo sobre "un accidente" y enseguida reanudaba la marcha.
Trató de imaginar qué habría hecho el señor Braus en su lugar; pero, para empezar, su padre nunca habría cometido la torpeza de extraviar una manzana negra en una noche de luna llena. Seguía sin saber qué hacer; por otro lado, al menos antes se le había ocurrido la idea de llevar a Eren a la enfermería. Quizás, si conseguía dejar de pensar tanto las cosas y se limitaba a actuar por instinto…
Fue justo entonces cuando llegaron a la enfermería, ubicada en un barracón algo apartado de los demás, para que los convalecientes pudieran tener un poco de tranquilidad. El edificio, a oscuras, estaba vacío; últimamente no se habían producido accidentes graves, ni contagios por alguna enfermedad, así que los médicos se habían tomado un merecido descanso, creyendo que sus servicios no serían necesarios aquella noche.
Sin embargo, en realidad, la enfermería no estaba completamente vacía…
–No esperaba encontrarme a nadie por aquí –oyó decir a Shadis.
Sasha contuvo una exclamación de alegría al ver a Reiner, que en ese momento salía por la puerta; se limitó a saludarle con una mano, ya más animada, a lo cual contestó su compañero de la misma manera.
Desde el primer día, la chica se había dado cuenta de que su camarada, puede que incluso su amigo, era algo especial. Prácticamente inseparable de Bertolt, Reiner Braun no llegaba a ser tan alto, pero sí bastante más atlético y robusto; una presencia imponente, quizás como la de alguno de aquellos héroes de las leyendas. El pelo rubio lo llevaba corto, a lo cepillo; su mandíbula era cuadrada, poderosa. Tenía un carácter excepcional: modesto pero sin falsa humildad, jovial aunque también sabía tomarse las cosas en serio; siempre dispuesto a aprender y dar ejemplo, siempre listo para ayudar a los demás y cubrirles las espaldas.
Para los instructores, era el soldado modelo, un líder que seguramente quedaría el primero de su promoción; para los cadetes era un ejemplo a seguir, alguien a quien imitar, algo a lo que aspirar. Para Sasha, Reiner era como un hermano mayor.
Sin embargo, en sus ojos relativamente pequeños, había algo que no encajaba. Normalmente eran brillantes y cálidos, casi dorados, rebosantes de esa confianza que sentía en él mismo y los demás, como si pudieran ver lo mejor de cada uno; pero a veces… A veces, aquellos ojos parecían oscurecerse, como si estuvieran hechos del mismo metal que las espadas reforzadas; los ojos de alguien dispuesto a acabar con cualquier obstáculo en su camino.
No era algo que ocurriera muy a menudo y Sasha procuraba no darle importancia. Quería creer que eran imaginaciones… pero en realidad sabía que su instinto le gritaba en aquellas ocasiones "¡cuidado!"; y su instinto no solía fallar.
Por un momento, allí en la puerta de la enfermería, le pareció ver en los ojos de Reiner ese brillo metálico e implacable; sin embargo, se fue tan rápido como había venido, sustituido por aquella calidez doraba que le resultaba mucho más familiar, mucho más cómoda.
El muchacho se dirigió al Instructor Jefe, con la debida seriedad pero sin nerviosismo alguno, explicándole la razón de su presencia.
–La cadete Leonhart nos avisó, al cadete Hoover y a mí, de que el cadete Yeager parecía… –aquí su reconfortante voz de barítono dudó un poco– intoxicado con algo, señor. Nos dividimos para encontrarle rápidamente y asegurarnos de que no le había pasado nada. No tuve mucho éxito, así que decidí comprobar si le habían traído ya a la enfermería…
Al terminar, Reiner enarcó una ceja y observó discretamente la carga que el oficial portaba al hombro, pero no dijo nada; sabía que, en aquel momento, le tocaba a él contestar las preguntas, no hacerlas. Era otro rasgo que Sasha admiraba en él: su capacidad para dominar cualquier impulso, pensar antes de actuar… algo en lo que la chica solía fallar estrepitosamente.
Shadis se dignó a contestar, aunque por el tono quedaba claro que era más un favor que un intento de justificarse.
–El cadete Yeager… cometió un error.
El silencio que siguió fue bastante más elocuente que cualquier otra cosa que pudiera haber dicho el instructor, pero éste continuó al cabo de unos segundos, mirando de reojo a la cazadora de Dauper.
–La cadete Braus ha estado implicada, en cierto modo, así que pasará la noche en la enfermería con Yeager y se asegurará de que su situación no empeora. Quién sabe, quizás haya suerte y por fin se le meta en esa cabezota suya la idea de la responsabilidad por los propios actos. Cada decisión, cada acción u omisión, tiene sus consecuencias.
Sasha bajó la cabeza, abatida y avergonzada; a Shadis no le costaba mucho hacer que se sintiera así… y era aún peor cuando ni siquiera tenía que gritar para conseguirlo.
"¡Pero es que es culpa mía! No habría ocurrido nada de esto si yo no hubiera…"
–Con el debido respeto, señor… –intervino Reiner, casi gruñendo–. No creo que sea buena idea que una camarada pase toda la noche a solas con…
–Lo que usted crea o deje de creer me importa bien poco, cadete Braun –le contestó el oficial, con un susurro que helaba la sangre.
Y Shadis nunca susurraba; eso sólo podía ser el anuncio de una catástrofe inminente. La chica se temió lo peor, sobre todo porque vio cómo Reiner parecía convertirse otra vez en aquella versión más siniestra de sí mismo; apretaba la mandíbula con fuerza, tenía el ceño fruncido y sus ojos volvían a brillar con la intensidad de un cuchillo afilado.
Sasha se temió que su compañero fuera a soltarle de repente un cabezazo al instructor. Así era Reiner: él podía aguantar todas las bromas e insultos, pero no dudaba en defender con fiereza a sus compañeros, incluso… no, especialmente cuando sus compañeros no estaban dispuestos a defenderse por sí solos.
Otra vez empeoraba la situación, porque otra vez ella tomaba las decisiones equivocadas. Era como acababa de decir el Jefe: tan malo podía ser hacer algo equivocado, como no hacer nada en absoluto; y ella sabía que, si seguía quedándose quieta y callada, ya no tendría excusa para todo lo que pudiera venir después.
Sasha decidió, en ese mismo momento, que ya estaba bien. Tenía que coger el toro por los cuernos. Y si no sabía cómo hacerlo, entonces seguiría su instinto.
Así que, cuando se le ocurrió una idea disparatada, no se lo pensó demasiado antes de hablar.
–Hum… Señor, ¿puedo solicitar la presencia de la cadete Ackerman, para que me haga compañía?
Shadis no dejó de mirar a Reiner, que tampoco apartaba la mirada, desafiante pero si llegar a faltarle al respeto (todavía); a juzgar por la expresión levemente concentrada del instructor, estaba pensando en lo que ella había dicho. Tras unos instantes de tenso silencio, el oficial asintió con la cabeza.
–Cadete Braun –dijo–, tenga la amabilidad de ir a buscar a su compañera.
Era una orden… y también una oportunidad para resolver aquella situación con elegancia, sin derramamiento de sangre; una oportunidad que el bueno de Reiner, ya bastante más tranquilo, aceptó de inmediato.
–A sus órdenes, señor Instructor Jefe.
Shadis se echó a un lado para dejarle el camino libre al cadete, que empezó a andar a paso ligero para encontrar a Mikasa lo antes posible.
–¡Espera! –Sasha se sentía inspirada y dejó que su instinto hablase otra vez–. Busca también a Marco, por favor… –miró dubitativa al oficial–. ¿Puede venir él también? Sé que es importante.
"Aunque no sé cómo," pensó sin llegar a decirlo en voz alta.
El hombre, que todavía llevaba a Eren sobre un hombro como si nada, no pareció muy desconcertado y volvió a asentir con la cabeza.
–Hágalo, cadete Braun.
Reiner sí parecía, en cambio, algo más extrañado, pero no dijo nada; se limitó a despedirse haciendo el saludo reglamentario, mientras le dedicaba a Sasha una sonrisa breve pero sincera, antes de seguir su camino.
La chica volvió a quedarse a solas con Shadis (Eren todavía estaba inconsciente y no contaba) y el instructor la miró con una expresión poco habitual en él; como si, por un momento, encontrara aquello bastante divertido y estuviera tratando de disimularlo.
–Puedo comprender lo de Ackerman, de hecho lo más seguro es que ella también se entere y termine infiltrándose en la enfermería de todas formas, pero… ¿y el cadete Bott?
De nuevo, el problema de tratar de justificar lo que no era más que una corazonada; Sasha esperaba que, al menos, fuese de las buenas.
–Él… –la chica dudó, buscando las palabras–. Él me centra, señor. Voy a necesitar su ayuda, para lo que tengo que hacer ahora.
"Aunque todavía no tengo ni idea de qué es," añadió para sus adentros.
El hombre no parecía muy convencido, pero se limitó a encogerse de hombros y entró en la enfermería, cargando con Eren. Sasha fue detrás de él y le vio dirigirse a una de las camas del fondo. En efecto, aquel barracón estaba vacío; aunque no había luces encendidas, la luz de la luna atravesaba las ventanas y hacía brillar el interior como su fuera plata, con tanta intensidad que incluso creaba sombras aún más oscuras que la noche. No pudo evitar sentir otro escalofrío.
Sin embargo, Shadis era mucho más pragmático; sin demasiados miramientos, soltó (casi lanzó) a Eren en la cama más apartada. Luego se quedó quieto, mirando primero al herido y después por una ventana; en sus ojos, Sasha sí pudo leer entonces el desconcierto y la rabia, la impotencia por estar enfrentándose a un enemigo al que no sabía cómo derrotar. Aquella visión reforzó la determinación de la muchacha.
–Señor –dijo con una solemnidad que no tenía nada de forzada–, le prometo por mi honor como cazadora de Dauper que haré todo cuanto esté en mi mano para traer a Eren Yeager de vuelta con nosotros, tal y como era… tal y como es.
El oficial se giró lentamente hacia ella y la observó con atención, valorándola a ella y a sus palabras.
–Le creo –contestó al fin, con algo en su tono que podría ser aprobación, sin dejar traslucir fatiga alguna en su voz; aunque su cara ya contaba otra historia bien distinta.
El instructor no dijo nada más y se dirigió a la puerta, después de que Sasha se apartase para dejarle pasar por el estrecho pasillo; pero antes de salir, Shadis se detuvo, dándole la espalda… y ella supo que lo que iba a decir ahora preferiría no oírlo.
–Tienen lo necesario para pasar aquí la noche, usted y sus compañeros. Daré aviso a los otros oficiales, para que sepan que cuentan con mi autorización. Lo mejor será que no salgan de la enfermería antes del amanecer.
"Oh, bueno, no ha dicho nada malo… Quizás mi instinto está exagerando…"
–Braus –continuó el Jefe, con una voz baja y dura que encerraba una advertencia–. Si la mitad de lo que he oído sobre la leyenda de la manzana negra es cierto… Haré lo que sea necesario para proteger a aquellos bajo mi mando, ¿entendido? Especialmente si la amenaza viene de alguien del que también soy responsable. Si me veo forzado a sacrificar a uno para salvar a todos los demás…
"…lo haré." No lo dijo, pero estaba implícito; esas dos palabras flotaron en el aire, pesadamente, y por un momento a Sasha le costó un poco más respirar.
"Ya es tarde para echarse atrás."
–No fallaré –dijo al fin, con una seguridad que aún estaba bien lejos de sentir.
Sin embargo, debió de ser suficiente para Shadis, porque el instructor afirmó una última vez con la cabeza y salió de la enfermería, cerrando la puerta detrás de él con cuidado.
Y Sasha se quedó allí dentro, sola, con Eren; tenía ganas de que los demás llegasen cuanto antes. Miraba al chico y, a la luz de la luna, a veces parecía simplemente eso, un muchacho durmiendo (con algo de "ayuda") a pierna suelta; pero, en otras ocasiones, su piel se volvía demasiado pálida, como si estuviera más muerto que vivo… o algo todavía peor.
La chica tragó saliva cuando creyó ver que algunas sombras se movían por su propia cuenta, de forma completamente antinatural. Lo achacó a su nerviosa imaginación y empezó a andar de un lado a otro para intentar calmarse, aunque sin mucho éxito.
–Ni siquiera sé cómo ayudarte… –de algún modo, esperaba que sus palabras le llegasen a Eren–. Creo que por eso pedí que avisaran a Marco, ¿sabes? A él se le da bien ayudar a los demás… Je, no sé si lo sabías, pero el otro día me ayudó con los exámenes teóricos. Adivina qué pasó después… –un instante de silencio en el que no obtuvo respuesta, obviamente–. ¡Saqué más nota que él!
Se le escapó una risilla algo histérica, se dio cuenta y se pasó una mano por la cara, tratando de contenerse; luego se rascó la nuca, incómoda, mientras seguía hablando, en voz más baja.
–Y encima se lo restregué… Pero incluso alguien como yo no iba a tardar en darse cuenta de que… En realidad, si no me hubiera ayudado a estudiar, él habría sacado una nota mucho más alta. Se sacrificó por mí… ¿Cómo se lo pago yo ahora? Metiéndole en todo esto. Soy alguien horrible y en cambio Marco es una buena persona, de las que no pueden negarse si les pides ayuda. Ya ves cómo sigo aprovechándome de él… Pero es que estoy asustada, ¿sabes? Antes hablé con Connie, muy confiada, pero ahora no tengo ni idea de qué hacer, sólo sé que… Yo sola no puedo. No puedo. No soy lo bastante fuerte…
–Bien. Al menos reconoces que eres débil. Algo es algo.
Se quedó paralizada… no, congelada en el sitio, sintiendo tanto frío como gélido había sido aquel susurro perverso y cruel; parecía venir de todas partes y de ninguna a la vez, como si sonara en su mente.
–Quieres poder. Necesitas poder. Eso está bien… y tiene una solución muy sencilla.
Poco a poco, aterrada, fue girando la cabeza; vio que Eren seguía tumbado en la cama, su piel plateada a la luz de la luna…
Y le estaba mirando.
En sus ojos danzaban llamas negras. Sus labios se movieron como si tuvieran vida propia y dejaron al descubierto una sonrisa temible, de dientes blanquísimos que parecían mucho más afilados de lo normal.
Aquella boca no se movía, pero Sasha podía oír sus palabras.
–Sólo tienes que aceptarlo. Sólo tienes que decir que sí.
Entonces alguien abrió la puerta.
El repentino sonido hizo que la chica diese un buen salto, casi hasta el techo. Miró en aquella dirección…
Marco y Mikasa acababan de entrar en la enfermería, cerrando la puerta detrás de ellos. ¡Nunca se había alegrado tanto de verles! Pero siguió montando guardia junto a Eren y dejó que fueran sus compañeros quienes se acercasen a ella; al menos, aquellos rasgos demoníacos habían desaparecido y el chico volvía a tener una expresión más normal, más… humana.
Marco también parecía el mismo de siempre, con esa actitud tranquila y amable que tanta calma transmitía a quienes le rodeaban. Sin embargo… Mikasa, a su lado, no parecía muy calmada; esto hizo que Sasha tragase saliva.
Su relación con la hermana adoptiva de Yeager era bastante buena. Cierto que a veces, en el comedor, ella le acusaba ante Shadis de haberse tirado un pedo, para proteger a Eren después de que éste se hubiera peleado (otra vez) con el tonto de Caracaballo; pero luego Mikasa le daba parte de su cena para compensar, así que Sasha no tenía demasiados problemas con eso. En su lista mental de "gente que se ha portado bien conmigo", solía poner una cara sonriente al lado de quienes compartían con ella su comida.
Pero en ese momento Mikasa tenía cara de estar a punto de golpearla.
Todo su cuerpo estaba en tensión; la mandíbula apretada, los dientes ligeramente visibles que revelaban su furia… y sus ojos.
En ellos no bailaba ningún fuego negro, ni falta que hacía; como Shadis en sus mejores momentos, la oriental parecía tener una máscara de oscuridad pura en torno a sus ojos, y éstos… incluso en mitad de la noche, brillaban con una intensidad que sólo surgía cuando alguien le había hecho daño a su Eren, como prometiendo devolver todo ese dolor multiplicado por diez. Mikasa había mirado así alguna vez a Annie, cuando ésta entrenaba aparte con el chico y le dejaba bastante magullado.
Y ahora Mikasa estaba mirando así a Sasha.
"¡Lo sabe!"
La cazadora volvió a ser presa del pánico. Daba igual que Shadis hubiera intentado "llevarse el mérito"; era como si Ackerman pudiera oler que había sido Braus quien molió a golpes a Yeager. Aquellos ojos negros implacables la atravesaban; aquel brillo rodeado de oscuridad revelaba un poder sobrehumano… que Sasha preferiría tener de su parte, ¡no en contra!
–Je je, puede que hayas oído alguna cosilla… –empezó a explicarse, nerviosa, tratando de imitar la actitud confiada de Marco (sin mucho éxito)–. Oficialmente, Eren insultó al Instructor Jefe y éste le dio una paliza. Fin de la historia.
Mikasa seguía mirándola, sin piedad, como diciendo "la paliza te la voy a dar yo a ti". Sasha intentó tragar saliva pero ya no pudo; tenía la garganta completamente seca, a pesar de que por su frente le caía sudor a chorros. Intuyó que, si aún seguía viva, era sólo porque Marco también estaba allí presente.
–E-extraoficialmente… –continuó a duras penas, cada vez más nerviosa–. Sí, bueno, puede que yo le haya metido un sartenazo, o dos, o media docena… ¡P-pero fue por una buena causa! ¡Iba a atacar a Connie, no podía dejar que…! Sí, tú me dirás ahora que Eren jamás haría algo así, y normalmente yo te daría la razón… ¡P-ero es que hoy no es él mismo, porque se ha comido una manzana negra en una noche de luna llena, y yo creía que todo el mundo sabía que eso no debía hacerse pero luego resulta que nadie lo sabía, y supongo que es culpa mía porque encontré la manzana y luego la perdí y…!
Y entonces se detuvo. Cómo no hacerlo.
Porque la expresión de Mikasa, en un instante, había cambiado por completo.
Ya no apretaba con tanta fuerza la mandíbula; su fiera mueca de depredadora había quedado oculta tras un ligero temblor. Pasó con nerviosismo una mano por su inseparable bufanda. Y sus ojos… había algo muy distinto a aquella promesa de dolor y muerte que Sasha había visto antes; no, ahora veía en ellos otra cosa, con la que estaba bien familiarizada.
En aquellos ojos negros había culpa.
Y entonces lo supo.
–Fuiste tú –musitó–. Tú cogiste la manzana negra. Tú se la diste a Eren. Fuiste tú.
