MANZANA NEGRA
NOTA DEL AUTOR - ¡Saludos, camaradas! Esta vez voy a ser un poco más breve.
…
¡A disfrutar de la historia!
AVISO LEGAL – Lo mismo de siempre.
CAPÍTULO 4 – LO QUE SEA NECESARIO
Publicado originalmente el 9 de mayo de 2015, con una extensión de 4.189 palabras.
Perspectiva de La Choza.
"Qué he hecho, Eren… Qué he hecho."
Mikasa agarró aún con más fuerza su bufanda; la bufanda que él le había dado en el momento más oscuro de su vida, cuando la salvó de un destino peor que la muerte.
¿Y cómo se lo había pagado ella? Arrojándole a él a un destino peor que la muerte.
"O quizás no sea tan malo," trataba de convencerse, angustiada. "Pero por cómo está comportándose Sasha, parece grave… ¿O son otra vez exageraciones suyas?"
Marco, a su lado, sereno y sin perder la calma, observaba atentamente al inconsciente Eren y a la nerviosa joven.
–Se tomó una manzana negra, pues –preguntó el chico a la cazadora.
–En una noche de luna llena –Sasha asintió con vehemencia, asustada.
–¿Qué es lo peor que puede pasar? –Marco la miró muy serio, solemne.
Durante el breve silencio que se hizo, hasta que ella dio su respuesta, Mikasa no apartó la vista de Eren. Parecía dormido, pero la observadora oriental se fijó en su palidez casi plateada, la ausencia prácticamente de respiración y movimiento, los ojos cerrados en una "paz" que realmente no era tal… Una delgada superficie de "calma tensa", que en cualquier momento podía romperse y dejar paso a aquello que había dentro de él.
–Lo peor que puede pasar… –susurró Sasha, aunque de manera claramente audible en mitad de la noche–. Eren… Todos tenemos un lado oscuro, y el suyo está dominándole. Lo peor que puede pasar es que, cuando se despierte, sea más él mismo de lo que haya sido jamás… y al mismo tiempo completamente distinto. Lo peor que puede pasar es que el Eren al que todos conocemos desaparezca para siempre.
A Mikasa le fallaron las piernas; sus rodillas se doblaron de repente.
–Muy sutil, Sasha, muy sutil –oyó decir a Marco, algo irritado.
Cuando ya creía que iba a caerse al suelo, su cuerpo reaccionó por su cuenta y volvió a erguirse, firme, como si no hubiera pasado nada; como si cada músculo, cada nervio, cada célula, supiera que flaquear era un lujo que no se podía permitir ahora.
Tenía que solucionar el desastre que ella misma había provocado.
Parecía haber transcurrido una eternidad desde entonces… y sin embargo, había sucedido ese mismo día.
Después de terminar unos ejercicios matutinos, Eren estaba de mal humor. El periodo de tres años de instrucción iba tocando a su fin y se oían rumores sobre las posiciones que ocuparía cada uno en el "top ten". Todo indicada que Mikasa o Reiner quedarían en el primer puesto; su hermano adoptivo no se lo había tomado muy bien… ni eso, ni la posibilidad de que Kirstein terminase superándole, algo que le sacaba todavía más de quicio.
Casi había podido sentir su disgusto, como si fuera algo físico… Ese estado, con el que ella estaba tan familiarizada, en el que Eren ladraría como perro rabioso ante cualquier cosa que Mikasa intentase decirle. ¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo ayudar a quien se niega a recibir ayuda alguna, a quien incluso veía la mano tendida como una afrenta a su orgullo y a todos sus esfuerzos?
Y entonces la había visto… Una manzana negra, hermosísima, que prometía un sabor jugoso y refrescante a aquél que la probase. Había llegado rodando hasta sus pies, casi como si tuviera vida propia; había topado levemente contra sus botas y luego se había quedado allí parada, como esperando. Mikasa la había recogido del suelo, la había limpiado con la manga de su camisa… A pesar del extraño color, parecía tener buen aspecto, refulgía a la luz del sol; la había olfateado y no se trataba de un exceso de maduración, al contrario, su aroma era fresco y agradable.
Era como si aquella manzana le estuviera diciendo "cómeme"… pero Mikasa tenía claro quién necesitaba más que ella ese pequeño empujón; un discreto apoyo, para darle ánimos a la persona que más le importaba en el mundo.
Así que le entregó la manzana negra a Eren.
Le había observado, complacida, mientras él la aceptaba silenciosamente y luego le pegaba un buen mordisco, crujiente, placentero. Las facciones del chico se habían iluminado con aquel sabor tan dulce e inesperado. "¡Está buenísima!" Lo había dicho con alegría sincera; sin esa rabia suya casi permanente, ni resentimiento por haber aceptado aquella pequeña ayuda.
Verdaderamente, en ese momento y a pesar de tratarse de algo tan sencillo, Eren había parecido feliz… y Mikasa también lo había sido con él.
Pero en realidad, todo había sido un espejismo.
En realidad, quizás ella le había condenado… quizás le perdería para siempre.
No era temor, o pánico, lo que la invadió. Fue desesperación.
–¡Mikasa! –oyó que la llamaban.
La chica casi dio un salto; despertó de su lúgubre ensoñación y volvió a aquel presente que no era mucho más luminoso.
Estaba en la enfermería, Eren seguía en la cama; la luna le iluminaba a él y a sus otros dos compañeros, alternando la plata con las sombras, con intensidad bastante para poder ver sus expresiones. Marco y Mikasa, dos pares de grandes ojos castaños, la observaban atentamente, con preocupación bastante expresiva.
Sin embargo, fue la cazadora de Dauper quien la sorprendió al agarrarla de los hombros… La zarandeó una sola vez, como para asegurarse de que tenía toda su atención; luego la miró directamente a los ojos, con una fiereza y una determinación que pocas veces había visto antes en ella, como si estuviera atravesándola con aquella mirada.
–Mikasa –dijo muy seria–. ¿Robaste la manzana?
Algo en la forma en que pronunció la palabra le hizo sentir temor por un momento, pero se controló enseguida.
–No –contestó con calma, sin intentar zafarse del agarre de su compañera–. Me la encontré en el suelo.
–¿Seguro? –susurró la otra, con un brillo en los ojos que revelaba la trascendencia de la pregunta.
–No miento –Mikasa frunció el ceño y fulminó a Sasha con la mirada, como había hecho antes cuando se dio cuenta de que había sido ella quien golpeó a Eren.
Sasha no cedió. Mikasa tampoco.
–Braus, la manzana negra no tenía tu nombre, ¿verdad? –trató de mediar Marco, con una sonrisa algo incómoda–. No es como si nos estuvieran matando de hambre, pero si uno se encuentra comida como caída del cielo, lo lógico es…
–Cállate –dijeron las dos chicas al mismo tiempo, mirándole de reojo; el muchacho tragó saliva y levantó las manos, haciendo como que se rendía.
–Vale, segunda pregunta y también muy importante –continuo Sasha sin dejar de mirarla, más seria todavía–. ¿Tú odias a Eren?
Se oyó un pequeño grito de sorpresa… que se le había escapado a Marco. Mikasa no dijo nada en absoluto. Su furia asesina había desaparecido por completo, reemplazada por el terror… de que Sasha pudiera tener razón. ¿Acaso una parte de ella había sospechado lo que era en realidad la manzana negra? ¿Acaso se la había dado a propósito a Eren para…?
–Quizás querías hacerle pagar, ¿hmm? –intervino entonces Bott.
El moreno pecoso se había movido silenciosamente hasta colocarse detrás de ella; no podía verle la cara, pero algo en su voz la hizo temblar… cierta cualidad implacable y despiadada, la misma que había visto antes, que aún veía en los ojos de la cazadora.
Mikasa se dio cuenta de que esas dos personas la habían rodeado, de que había una parte de ambos que no conocía… de que tenía miedo de ellos. Y cuando Marco volvió a hablar, parte de ella creyó sentir cómo le iba clavando lentamente un puñal por la espalda.
–No te culpo, sé lo que es eso… Preocuparte por alguien y que ese alguien te tire tus preocupaciones a la cara. Que la persona a la que intentas ayudar te desprecie por ello, cuando es esa persona la que merecería desprecio. Mikasa… –un silencio breve, intenso; de repente, hacía más frío–. ¿De verdad que nunca has querido… hacerle sufrir, del mismo modo que él te hace sufrir a ti? Dejar que él comparta un poco contigo esa carga, que por un momento pueda comprender…
–No –interrumpió ella, en voz baja pero firme.
De nuevo silencio, pero ya no tan tenso. Al mismo tiempo, algo cambió en Sasha; volvió a parecer un poco más la chica atolondrada de siempre, la que solía actuar antes de pensar. Le soltó de los hombros y, por un momento, Mikasa creyó que se derrumbaría… pero supo que entonces no podría ayudar a Eren, así que se forzó a seguir de pie. "Por él".
Marco volvió a entrar en su campo visual. A la luz de la luna, su tez era mucho más pálida y sus pecas destacaban en sus mejillas como grandes puntos negros. Su expresión culpable, aun sin pronunciar palabra, decía claramente "lo siento".
–Teníamos que estar seguros –se disculpó.
–En realidad, la cosa ahora ya no pinta tan mal –trató de animarla Sasha–. No robaste la manzana negra y sólo querías ayudar a Eren… No te equivoques, esto todavía puede terminar muy mal, pero si tus razones eran ésas y actuaste sin maldad, entonces aún tenemos una posibilidad.
–A todo esto… –Marco se rascó la barbilla, pensativo, observando con atención a Eren–. ¿A qué se supone que nos estamos enfrentando, exactamente? Es decir, te tomas la manzana negra en una noche de luna llena y qué, ¿un demonio intenta apoderarse de ti?
Mikasa no dijo nada; se limitó a escuchar, tratando de asimilar todo lo que estaba pasando… e intentando mantener a raya ese temor helado que aún seguía rondando cerca, acechando; casi podía notar un aliento frío en la nuca.
–Nadie está seguro –contestó Sasha, mientras miraba también a la víctima–. Puede que sea un demonio. Puede que sea él mismo, esa parte que cada uno de nosotros tiene escondida en el fondo… Todos guardamos secretos.
Aquí Marco tragó saliva discretamente; Mikasa se dio cuenta.
–Sería tan sencillo, ¿verdad? –musitó el moreno–. Poder decir "yo no fui"… Echarle la culpa a algo extraño a nosotros, algo malvado que nos posee y nos obliga a hacer todas esas cosas horribles… Y en realidad siempre hemos sido nosotros.
Quizás fuera por el juego de luces y sombras que causaba la luna, pero por un momento, sólo por un momento, Mikasa realmente creyó ver… sólo la mitad de la cara de Marco; una parte iluminada por el brillo nocturno, la otra sumida en las tinieblas… como devorada por la oscuridad.
Y aunque su vista pudiera engañarle, en la voz del chico había remordimiento.
Sasha seguía observando a Eren, pero por cierta tensión en su postura se notaba que ella también se había dado cuenta, aunque trataba de disimularlo.
–Bueno… –Marco sonrió de manera algo forzada–. ¿Y ahora qué hacemos?
Silencio.
–Hum… ¿Sasha?
–No lo sé –contestó la chica, agachando la cabeza y entrelazando los dedos, nerviosa.
–No lo sabes –replicó él a su vez.
La incredulidad del muchacho fue dando paso a una leve irritación; cruzó los brazos y observó a su compañera con el ceño fruncido, mientras desaparecía aquella sonrisa forzada.
–Preguntaste específicamente por nosotros –continuó Marco–. Reiner nos buscó a Mikasa y a mí, a nadie más. Luego nos encontramos con Shadis en el camino y él nos dijo que tú nos lo explicarías todo. Pues bien, explícate.
Otro instante de tenso silencio.
–Mikasa siempre está al lado de Eren –respondió al fin Braus, titubeando–. Siempre intenta protegerle… Es mejor que ella esté aquí, ¿no?
Bott se llevó una mano a la cara, frustrado.
–Pero Sasha, si ya has visto cómo la trata… –gruñó–. Acabas de decir que la manzana negra saca lo peor de cada uno de nosotros. ¿De verdad pensaste que sería buena idea…?
–No lo pensé –interrumpió la chica–. Lo supe.
La cazadora miró a sus compañeros, con aquellos ojos castaños enormes, que ahora estaban al borde de las lágrimas; en su rostro, una muda súplica desesperada, con las manos cruzadas a la altura del pecho. Y sin embargo…
A la luz de la luna, de algún modo, Sasha parecía al mismo tiempo vulnerable y… poderosa.
Fue entonces cuando Mikasa se dio cuenta de una cosa más.
–Tú puedes hacerlo –no lo preguntó; lo afirmó.
–¿¡De verdad!? –contestó la cazadora, pasando en un instante de la zozobra a la alegría, como sólo ella era capaz.
La oriental no pudo evitar sonreír, al ver brillar de felicidad aquellos ojazos marrones. Movida por algún impulso, extendió el brazo y acarició la mejilla de Sasha suavemente con su mano derecha; la misma en cuya muñeca, cubierta por una fina venda de seda blanca, descansaba en secreto el símbolo de su familia materna.
"Todo saldrá bien," habría querido decir; pero se le adelantó alguien.
–Entonces, estamos aquí por una razón… –Marco parecía ya más tranquilo, más él mismo, aunque algo en su expresión no terminaba de encajar–. El destino, el azar, las diosas… Llamadlo como queráis, pero cada uno de nosotros va a tener que cumplir un papel esta noche.
Luego miró detenidamente a Mikasa, que levantó una ceja y se apartó de Sasha, encarándole, con su poderosa mano apretada en un puño; el chico estaba actuando de manera extraña, en aquella noche todavía más extraña, y ella no iba a bajar la guardia. Naturalmente, Marco no hizo ningún movimiento brusco y se limitó a hablar con tranquilidad; el efecto de su voz era casi sedante.
–Si Eren está en guerra consigo mismo, lo mejor contra lo peor que hay en él… Entonces, esa parte "oscura" suya estará tratando de controlar el resto, ¿no? Así que, de algún modo, tendríamos que intentar ayudar a la parte "luminosa"… Mikasa, lo que haya de bueno en Eren podrá reconocer todo lo que has hecho por él durante años –Marco sonrió–. Y si hay alguien capaz de ayudarle ahora, capaz de salvarle de sí mismo, eres tú.
Mikasa dejó escapar un suspiro, mezcla de alivio y resignación, mientras relajaba el puño.
–Ya me dirás cómo –contestó–, porque por más que lo intento no hay manera…
–Con esa actitud no vamos a llegar muy lejos –replicó él, otra vez alzando las manos como si se rindiese, aunque ya parecía de mejor humor.
Sasha, mientras tanto, observaba con atención a Eren; la expresión de la Chica Patata era de concentración, pero al mismo tiempo parecía algo ausente, como si estuviera intentando limitarse a mirar sin pensar en nada.
Marco, en cambio, sí empezó a rascarse la barbilla pensativo, con tanta fuerza que Mikasa creyó que terminaría arañándose la cara. Entonces, los labios del chico moreno se curvaron como diciendo "oh" y dejó caer las manos; parecía haberse dado cuenta de algo que estaba escondido justo delante de él, en realidad a plena vista.
–Su espíritu se debate contra sí mismo, como partido en dos –murmuró, aunque de forma audible–. Si queremos ayudarle, tenemos que llegar hasta…
No supo cómo concluir, pero tampoco hizo falta, porque de repente Sasha se dio la vuelta y le miró entusiasmada; había sido la primera en comprender (quizás recordar) algo de vital trascendencia.
–¿El mundo de los espíritus? ¡Claro! ¿Cómo no se me ha ocurrido antes? Pero… –su entusiasmo se enfrió–. No estoy segura de cómo llegar…
–Siempre se ha dicho que los sueños son una puerta a otro mundo –Marco asintió ahora, más confiado–. Quizás si nos dormimos al lado de Eren… Ninguno de nosotros ha probado la manzana negra, pero es noche de luna llena, puede que no haga falta que…
–Entonces… –intervino Mikasa, recuperando la esperanza–. ¿Bastará con dormirnos para aparecer en ese mundo?
–No puedo garantizarlo, sólo es una suposición –Marco se encogió de hombros–. Pero creo que merece la pena intentarlo. Por ahora no se nos ocurre otra cosa, y si así podemos ayudarle…
Y justo en ese momento les interrumpió un sonoro ronquido. Los dos se quedaron callados, perplejos, y miraron a la tercera compañera.
Sasha no se lo había pensado dos veces y, tan directa como siempre, se había acostado en la misma cama que Eren, tumbada sobre el costado derecho, a la izquierda del chico. La cazadora apoyaba la cabeza sobre el hombro izquierdo de Eren, cual improvisada almohada; se había echado encima el brazo izquierdo del muchacho, como si fuera una manta protectora. Sasha había pasado su brazo derecho por debajo de la cabeza de Eren; el brazo izquierdo reposaba, con la palma abierta, sobre el pecho del joven.
Sus respiraciones se habían acompasado casi al instante. Los dos parecían brillar a la luz de la luna, tranquilos, en paz, sin preocupación alguna.
Mikasa tuvo que hacer un esfuerzo supremo para controlarse y no poner en órbita a Braus de una patada.
"Cómo se atreve."
Una parte de ella trataba de convencerse a sí misma de que no era para tanto; que la sorpresa (casi indignación) venía por lo inesperado, no por los celos (¡ni mucho menos!); que su compañera no tenía mala intención y sólo intentaba ayudar como podía…
No ayudaba que Marco se hubiera dado la vuelta, llevándose las manos a la boca y conteniendo a duras penas la risa. El chico debió de notar su "mirada de la muerte", porque enseguida se tranquilizó y, cuando volvió a girarse, simplemente sonreía como de costumbre; aunque sus ojos brillaban, divertidos.
–Al menos tienes que reconocer que es diligente –consiguió decir, refiriéndose a "la bella durmiente"–. En cuanto ha averiguado lo que había que hacer, se ha lanzado de cabeza, sin dudarlo –la contempló admirado–. Sólo ella sería capaz de algo así, ¿verdad? Aunque quizás ahora esté sola en ese lugar… Deberíamos ayudarla.
Mikasa volvió a sentir aquella punzada de no-son-celos; la idea de que, de algún modo, Sasha estuviese dentro de Eren… Por un momento, verdaderamente contempló la posibilidad de quitarse la bufanda, colocarla alrededor del cuello de su compañera y apretar hasta que…
–Hum… ¿Mikasa? –la llamó Marco, con cuidado; debió leer en su rostro aquellos sentimientos encontrados–. En esa cama también hay sitio para ti.
Si antes se había puesto roja de ira, ahora en cambio debía de estar igual de colorada… pero por otra razón bien distinta.
"Hace mucho tiempo desde la última vez que Eren y yo… Éramos muy pequeños, ni siquiera sabíamos…"
–Piensa que es necesario –la animó Marco, como si hubiera adivinado sus pensamientos–. Ésa es la manera de ayudarle. Si Sasha puede, tú también, ¿no?, y con más motivo todavía –contuvo la risa de nuevo al oírla gruñir–. Creo que va a ser importante, imprescindible incluso, para lo que vendrá después. Eren y tú habéis pasado por muchas cosas juntos.
El moreno pecoso se fue sentando en una silla que había cerca; estiró las piernas, cruzó los brazos y trató de encontrar una postura cómoda para coger el sueño.
–Precisamente, el vínculo que existe entre vosotros dos podría ser lo que le salve –dijo en voz baja, con los ojos cerrados, su rostro cada vez más apacible–. O podría terminar condenándonos a todos. Pase lo que pase, recuerda que no estás sola –Marco, ya a punto de entrar en ese otro mundo, sonrió–. Estoy seguro de que lo harás bien, Mikasa. Haz como Sasha, confía en tu instinto…
Las últimas palabras casi no salieron de sus labios. Después ya no dijo nada más. No roncaba tanto como su compañera, pero por la forma en que su pecho subía y bajaba lentamente, él también se había quedado dormido.
"Hace que parezca tan fácil…"
Mikasa miró con nerviosismo a su alrededor, temiendo que en cualquier momento alguien fuera a aparecer de repente, señalándola con un dedo acusador y gritando "¡ajá!"; pero pasó el tiempo y nadie salió de ningún escondite. Estaban solos, los demás dormidos: Sasha, Marco… Eren.
"¿Y ahora qué hago?"
Pero las dudas eran un lujo que ya no se podía permitir: se estaba librando una batalla, sus compañeros estaban luchando, la esperaban… y el alma de Eren estaba en juego.
"Así que confiar en mi instinto, ¿eh?"
Volvió a fijarse en Eren; se sintió enrojecer todavía un poco más, pero no apartó la mirada. Se acercó a él y se quedó de pie junto a la cama, a su derecha. Pasó delicadamente los dedos por sus desordenados cabellos negros. Ahora parecía tan tranquilo… y sin embargo, ella misma había visto antes, en el comedor, que algo le estaba corroyendo por dentro. Incluso Shadis se había tomado en serio el asunto; si no, no les habría dejado a los cuatro solos, en la enfermería, para intentar solucionarlo. Todo aquello era real… para bien o para mal.
Siguió acariciando a Eren suavemente con las uñas; fue bajando por su sien, su oreja, su mejilla, hasta apenas rozar sus labios entreabiertos. Sintió en la punta de los dedos su aliento cálido; nada que ver con aquel frío siniestro que la había invadido antes. Se le veía tan en paz… y ella temía que ésa fuera la última vez.
Mikasa no pudo evitar imaginarse la peor situación posible: su hermano adoptivo, su familia, todo lo que le quedaba… convertido en una sombra de sí mismo, consumido por su propia oscuridad; aquella ira siempre latente, llevada al extremo, regada por un odio que ahogaría todo lo que de bueno había en él. Perder para siempre, de esa forma tan terrible, a alguien a quien amaba…
Entonces se llevó una mano a la boca, tapándosela para que no escapase un grito por aquella sorpresa, pero así era: le amaba como a su familia, como a su hermano aunque no lo fuera… y como algo más, bastante más.
Se prometió a sí misma que le traería de vuelta. Haría lo que fuera necesario. No le fallaría a él, ni a sus compañeros.
Fue aquella súbita determinación, la que le permitió superar la parálisis momentánea y seguir de una vez su instinto. Porque sabía lo que tenía que hacer.
Mikasa se quitó lentamente la bufanda. Dudó todavía un poco más, pero al final tomó la decisión "correcta", no la que ella habría preferido. Se sentó con cuidado en la cama, a la derecha de Eren; con movimientos suaves, para no perturbar su sueño, pasó la bufanda alrededor del chico y también de Sasha. Dejó suficiente espacio, de modo que luego ella pudo tumbarse y meter la cabeza dentro de aquel lazo que ahora unía a los tres. Al fin y al cabo, estaban todos juntos en esto; para mejor o para peor, compartirían un mismo destino.
Pero había una cosa que no compartiría con su compañera. Una cosa que se reservaba sólo para ella misma… y para Eren.
Con movimientos pausados y precisos, igual que cuando usaba el equipo de maniobras, terminó de tumbarse cuan larga era, de espaldas, a la derecha del joven. Hizo una pausa, porque notaba que el corazón le latía con fuerza, y su cuerpo temblaba un poco; inspiró y espiró lentamente… una, dos, tres veces.
Ya más relajada, Mikasa tomó la mano derecha de Eren en la suya, y colocó ambas sobre su regazo. Sintió que, con aquel contacto, su piel ardía; tuvo que esperar un poco más, antes de poder hacer el siguiente movimiento.
Después, con su mano izquierda, deshizo delicadamente la venda que cubría su muñeca derecha. Luego volvió a colocársela hábilmente, pero dando vueltas más amplias… de modo que la muñeca derecha de Eren quedó unida a la suya propia. Un lazo que compartirían sólo ellos dos.
Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para relajarse lo bastante como para conciliar el sueño; era imprescindible, si quería entrar en aquel mundo de los espíritus y salvarle.
Mikasa se dio cuenta de que estaría más cómoda de lado, así que se colocó tumbada sobre su costado izquierdo. Delante de ella, muy cerca, podía ver el perfil de Eren; como una hermosa montaña nevada, a la luz de la luna. Las manos derechas de ambos, unidas, las dejó sobre el regazo de él. Dobló el brazo izquierdo debajo de la cabeza, con cuidado de no darle al chico con el codo; notó, al rozarla levemente, la mano derecha de Sasha… y la tomó con su mano izquierda.
Los tres, juntos… aunque no pudo evitar pensar que Marco, en aquella silla, estaba un poco solo, como abandonado a su suerte. Ella habría preferido saber con certeza que los cuatro se encontrarían en lo que, quizás, fuera un campo de batalla; la mayor batalla que hubieran librado hasta la fecha.
Estuvo tentada de volver a acariciar el rostro de Eren, pero se contuvo; si seguía así, no se dormiría nunca. No obstante, sólo la idea ya le hizo ponerse colorada otra vez. Tuvo que aplicar todas las técnicas de relajación que conocía, para poder relajarse lo suficiente.
Su respiración se fue acompasando a la más tranquila de sus compañeros. Fue sintiendo cómo el dulce sueño, quizás preludio de algo no tan dulce, iba apoderándose de ella. Sus párpados pesaban cada vez más, sus ojos se iban cerrando involuntariamente. Notaba como que estaba en dos sitios a la vez, dormida y despierta al mismo tiempo.
Finalmente, Mikasa partió al mundo de los espíritus con una sonrisa en los labios.
