MANZANA NEGRA

NOTA DEL AUTOR – ¡Segunda actualización en 48 horas! Antes de continuar, aseguraos de haber leído el capítulo anterior.


CAPÍTULO 12 – ASUNTOS PENDIENTES

[Publicado el 25 de octubre de 2015, con una extensión de 4.890 palabras.]


Sasha quedó completamente ciega y sorda por unos instantes, que se le hicieron eternos; pero incluso antes de recuperar la vista, ya temía lo que iba a aparecer delante de sus ojos.

Habían empezado a caer de repente montones de rayos por todas partes, con los truenos retumbando sobre sus cabezas; como si un terremoto sacudiese el mundo y la tierra fuera a abrirse bajo sus pies en cualquier momento.

Y ella había visto, o más bien sentido, que la mayoría de los rayos caían sobre Eren.

Cuando por fin volvieron a responderle los ojos… pudo confirmar sus peores temores.

El muchacho ya no estaba. Había desaparecido, sin dejar ni rastro; como si no hubiera estado allí hablando con ellos, tan sólo un momento antes.

La sorpresa que se había apoderado de Sasha, fue transformándose poco a poco en terror. Lo tenían tan cerca… y se había ido, ¿a dónde? Antes dijo que había otros lugares, otros mundos, y era muy importante que avanzasen juntos; aunque él mismo se había excluido, ahora ella se daba cuenta.

"Eren estaba nervioso, decía que se le acababa el tiempo… ¿Sabía lo que iba a pasar, pero no pudo hacer nada para evitarlo? ¿Forma todo parte de un plan, o son las reglas propias de este mundo, que él no puede controlar?"

Por otro lado, también resultaba inquietante lo que había insinuado Marco: que Eren ya tenía algo dentro de él, algo que la Manzana Negra no provocó sino liberó; una especie de oscuridad, que había escapado de su interior…

Sasha apretó la mano contra su frente; con tantas preguntas, empezaba a dolerle otra vez la cabeza.

"Seguir mi instinto, debo seguir mi instinto… Pues ahora mi instinto no me dice nada. ¿Qué se supone que tenemos que hacer?"

Observó a Marco, delante de ella, y al menos tuvo el consuelo de verle igual de confundido; una expresión entre incrédula y desconcertada, con los ojos clavados en el último punto donde Yeager…

"Un momento," se interrumpió Sasha a sí misma. "¡Sus ojos!"

El pecoso volvía a tener los írises castaños de siempre, en su sitio, como debía ser; desde luego, así resultaba mucho más sencillo leer su expresión, que cuando sus ojos eran completamente blancos. Por lo demás, el joven seguía con el mismo aspecto de antes: gabardina negra, camisa roja, pantalones y botas oscuras… y esas espadas que parecían luz sólida, una en cada mano.

Su aspecto ya no le resultaba a Sasha tan imponente; después de un rato, se había ido acostumbrando. Aun así, Marco seguía teniendo algo de amenazador, una presencia peligrosa; la Cazadora le miraba y no veía una presa… sino un rival.

"Menos mal que todavía tengo mi lanza. Presiento que voy a necesitarla."

Los rayos seguían cayendo, los truenos restallando; pero ya no con la misma intensidad abrumadora de antes, ni tan cerca. La sobrecogedora claridad iba iluminando las llanuras; los oscuros nubarrones formaban un opresivo techo sobre sus cabezas. El viento soplaba casi con furia, agitando sus cabellos castaños, su capa gris, su falda negra. Se mantenía la tensión en el ambiente, como si aún tuviese que pasar algo.

Y entonces se acordó de Mikasa; o más bien, no pudo seguir evitando pensar en ella, tratando de apartar de su mente el temor que le inspiraba su amiga… y su posible reacción, cuando viese lo que acababa de pasarle, justo delante de ella, a la persona que más le importaba.

Sasha se atrevió al fin a mirar a su compañera; por el rabillo del ojo, pudo ver que Marco, inquieto, también hacía lo mismo.

Y allí estaba.

Mikasa no se había movido de su sitio. Ahí seguía, igual de grande que antes, con esos dos metros de altura, que representaban mejor su poder y su fuerza… aunque en ese momento, no parecía ni muy fuerte ni muy poderosa. Volvía a tener un aire como de niña pequeña, asustada por haberse perdido de repente y no saber qué hacer.

Y la Cazadora volvió a sentir algo muy parecido a la rabia, al ver a su amiga en aquel estado; catatónica, paralizada como si le hubieran caído a ella todos esos rayos.

Ella no debería estar así!"

Su mayor tamaño, que antes imponía aún más respeto, ahora sólo reforzaba esa sensación de desamparo. Sasha tenía ganas de darle un abrazo e intentar animarla, pero se contuvo al ver que sus ropas volvían a ser completamente negras; botas y pantalones, camiseta, incluso la bufanda que agarraba con su mano derecha, también la venda en torno a esa misma muñeca… y nada de aquello podía ser buena señal.

"Al menos sus ojos siguen siendo blancos… por completo. ¿No se le han vuelto normales, como a Marco? ¿Qué se supone que…? Tal vez, como ella es su propia arma, resplandece como lo hacen las espadas de él, o mi lanza. Sus ropas son negras y eso es mala señal, pero mis guantes también son negros… ¡Arg! ¿¡Qué significa!? Y ni siquiera sé todavía cuál es el siguiente paso. ¿Cómo avanzamos por este mundo? Eren habló antes de asuntos pendientes, ¿se referiría a esto? Quizás debo animar a mi amiga, o quizás debo ayudarla a enfrentarse a su oscuridad…"

Y entonces la voz de Marco, tan amable como siempre (y le odió aún más por ello), volvió a golpear contra esas esperanzas, con la misma sutileza que un martillo.

–Oye, Mikasa. ¿Qué se siente al perder una y otra vez lo que más te importa, sin que puedas hacer nada para evitarlo?

Y la Cazadora lo supo en ese mismo instante.

"Ya está, me da igual todo lo demás. Voy a acabar contigo, Bott."

Varios rayos cayeron justo en ese momento por los alrededores. Sin embargo, a pesar de la cegadora claridad, la visión de Sasha se volvió completamente roja; sus brillantes ojos resultaban más ominosos todavía que la tormenta.

No malgastó tiempo ni energías en gestos fútiles, como rechinar los dientes o apretar los puños; concentró toda su atención sobre el pecoso, su rival en aquel duelo que aún tenían a medias… y que, en realidad, habían iniciado en circunstancias muy parecidas.

Toda su determinación, toda su fuerza y velocidad, todo su poder, se centró en un único objetivo: destruir al Bastardo Rojo.

Sasha se impulsó con tanta potencia que la tierra cedió bajo sus pies, causando un pequeño cráter; como si tuviese alas, voló hacia su oponente, blanca lanza en ristre, sin nada que envidiar a una carga de caballería.

Y una vez más, viendo la expresión del muchacho, pudo sentir su miedo; casi podía olerlo, saborearlo, alimentarse de él… como un dulce néctar en aquellos labios, curvados en una feroz sonrisa.

Para bien o para mal, la Cazadora ya había despertado por completo… y no se detendría hasta derramar sangre. Su mundo entero se reducía a aquel duelo, todo lo demás olvidado de momento.

Sin embargo, no iba a ser una victoria tan sencilla.

Marco se recuperó casi al instante; su expresión aterrada dio paso rápidamente a otra mucho más decidida. Sus ojos brillaron con una determinación ardiente; en aquellos orbes castaños, también parecía verse un fulgor rojizo…

…aunque eso no detuvo a Sasha, que le atravesó con su lanza.

O al menos lo intentó.

De nuevo, Marco saltó a un lado, esquivando por los pelos la brutal embestida. Sin embargo, la Cazadora no hizo exactamente lo mismo que antes; se le daba bien improvisar, seguir su instinto… y cuando se marcaba un objetivo, ya casi nadie podía superarla, por muy rápido que fuese.

El Bastardo Rojo no pudo apartarse a tiempo para evitar la patada que Sasha lanzó por detrás, todavía en el aire; la suela de su bota se incrustó en la espalda del moreno, que perdió el equilibrio y cayó hacia delante con un grito ahogado.

A pesar del dolor y (seguramente) cierta dificultad para respirar, el pecoso siguió aquel impulso y rodó sobre sí mismo, hasta volver a quedar de pie; quizás un poco mareado, pero todavía con una espada en cada mano.

"¡Haberte ensartado en una de ellas, nos habríamos ahorrado tiempo!"

La Cazadora frenó enseguida, se dio la vuelta y cargó de nuevo contra Marco, antes de que éste pudiera girarse; dispuesta a presentarle la punta de su lanza a esos riñones. En aquel momento, ni siquiera recordaba que la derrota, simplemente, significaría sumirse en una especie de letargo; ella iba a matar.

No obstante, Bott era uno de los mejores cadetes de su promoción. Pudo darse la vuelta justo a tiempo; en su rostro no había una máscara demoníaca, pero sí una determinación furiosa, casi sobrecogedora… aunque eso no fue lo que detuvo a Braus.

Fue otra cosa.

El pecoso no se echó a un lado sino que saltó al encuentro de su atacante, cruzando las espadas hacia abajo; atrapó la lanza con aquella especie de tijera y consiguió desviar el formidable golpe. La Cazadora, llevada por su propio impulso, terminó clavando firmemente en tierra la punta.

Aquel contraataque sorprendió incluso a Sasha; tuvo que retroceder, mientras soltaba el arma, para evitar que Marco le diese un "tijeretazo" con sus espadas gemelas, después de continuar su primer salto con otro. El Bastardo Rojo se atrevió a usar el asta de la lanza como punto de apoyo, apenas tocándola con los pies; su gabardina negra, ondeando al viento, parecía ocultar unas alas.

El pecoso dejó de volar y, conforme caía, pegó otro tajo tan controlado como feroz, obligando a la Cazadora a seguir retrocediendo; de momento prefería renunciar al arma… y conservar la cabeza.

Sasha, respirando agitadamente, iba recuperándose de la sorpresa. Su corazón latía con fuerza, bombeando sangre a todo su cuerpo; sus músculos vibraban con una energía ardiente que parecía pedir más. Sonrió con alegre ferocidad; nunca se había sentido tan viva.

Observó a su rival, que también se recuperaba del breve pero intenso encuentro, apretando los dientes; aún debía dolerle la patada que ella le sacudió antes en la espalda… Sasha se había sentido de maravilla al hacerlo; no era fácil conseguir algo así, no contra Marco.

Ambos permanecieron en silencio, quietos por un instante, cada uno mirando y valorando al otro.

Aunque ella solía hablar por los codos y él siempre tenía a punto una palabra amable, ahora en cambio no se decían nada; ni insultos ni burlas, ni dudas ni quejas; no hacía falta. Podían comprenderse mutuamente, como ya había ocurrido antes, cuando Marco le hizo la promesa a la Cazadora y luego Sasha despertó. Los dos entendían lo que estaban haciendo: terminar su combate.

En cierto modo, intuían que ése era uno de los asuntos pendientes que debían solucionar para poder seguir adelante; pero justo en ese momento, no había nada más importante para ellos que alzarse con la victoria sobre su oponente.

Y porque se examinaban mutuamente con tanta intensidad, Sasha supo que el Bastardo Rojo no iba a empezar a actuar justo ahora como un caballero, dejándole recoger su lanza; no se sintió decepcionada, porque ella tampoco pensaba concederle ventajas a su adversario, en aquel combate real… además de que a los reclutas les entrenaban para luchar a vida o muerte, sin demasiada consideración por la etiqueta.

Ciertas señas sutiles, en el lenguaje corporal de Marco, predijeron un nuevo estallido de energía y movimiento… que ocurrió cuando el pecoso volvió a cargar contra la Cazadora, espadas en alto.

Durante unos segundos fugaces y eternos, el Demonio con pecas fue dando feroces tajos con sus espadas, implacable, mientras ella seguía retrocediendo. Él no hablaba, no pedía disculpas, no se burlaba; sólo se oían sus gruñidos, más animales que humanos, con cada nuevo golpe. Sus ataques, en vez de la brutal precisión que les habían enseñado en el Cuerpo de Cadetes, mostraban una furia salvaje… casi demoníaca.

Una incesante tormenta de espadas, un tajo detrás de otro; como si el muchacho (parecía mentira que fuese él) quisiera vengarse del aire y se lo estuviera haciendo pagar con cada golpe. Desde fuera, podría resultar un espectáculo fascinante; desde dentro, aterrador.

Sin embargo, Sasha no pensó; simplemente actuó, llevada por su instinto. No tuvo ocasión de contraatacar; si lo hubiera intentado, desarmada, habría terminado perdiendo un brazo o una pierna… o la cabeza. Se centró por completo en esquivar esos golpes, sin limitarse a seguir los pasos de su compañero en aquella danza mortífera; en realidad, era ella quien marcaba el ritmo, adelantándose la mayoría de las veces a los ataques.

La Cazadora iba decidiendo sobre la marcha hacia dónde iba el combate. Sólo tenía que esquivar, con un veloz salto e incluso a veces una voltereta (casi volando), para que su adversario avanzase en la dirección que ella había escogido; como un perro persiguiendo una pelota o un palo… aunque bastante más cabreado y con muy mala leche.

Llegó un punto en el que Sasha ya le tenía en la palma de su mano; le hacía moverse por donde ella quería, cual maestra titiritera. Marco también se dio cuenta; y eso, unido a la frustración de no acertar ni un solo golpe, explicaría su creciente furia… sobre todo porque pocas personas desarmadas habrían podido resistir sus ataques durante tanto tiempo, con esa facilidad aparente.

–Pero quieres… dejar de moverte… ¡estáte quieta! –gruñó el Bastardo, hecho casi una bestia, mientras seguía dando tajos tan brutales como inefectivos; ahora sí, su rostro se iba convirtiendo en una máscara demoníaca, con un fulgor rojizo cada vez más intenso en sus ojos.

Y la Cazadora, a pesar de todo, rió con ganas; una risa bella y alegre, sin maldad. ¡Se sentía tan viva! Poder moverse con aquella libertad, sin nadie gritándole "¡así no se hace!"… y más aún, después de haber alcanzado aquella armonía entre instinto y cuerpo, convirtiéndose en pura agilidad.

Naturalmente, aquello no le hizo ni pizca de gracia a Marco, que ni de lejos compartía el éxtasis de su compañera; aunque en esa misma situación, cualquier persona lo habría tenido difícil para controlar su frustración, su ira, su rabia.

Hasta cierto punto, era de esperar que el muchacho terminase lanzando sus espadas… contra Sasha.

La joven se había confiado en exceso; tan centrada estaba en esquivar golpes, tajos y estocadas… que no se esperaba aquella respuesta, incluso si debería haberlo hecho.

Tuvo que saltar, contorsionándose de una manera que habría sido imposible para alguien que no fuese ella. Por un instante, quedó suspendida en el aire, en paralelo al suelo, como tumbada sobre una litera invisible; una espada le pasó por arriba y otra por debajo, rozando su capa gris y algunos de sus cabellos castaños.

Fue precisamente su melena suelta la que le impidió ver a tiempo al Bastardo Rojo, que saltó en el aire con más rapidez aún, enseñando los dientes como un lobo… y con una pierna por delante.

Por un momento, como si se hubiese detenido el mundo, la suela de aquella bota pareció quedarse a unos centímetros de su cara. Sasha sólo tuvo tiempo de pensar una cosa.

"Esto va a doler".

Y no le faltó razón.

Fue tal la fuerza del impacto, que la Cazadora giró en el aire, aún en paralelo al suelo, como un molinillo de papel. El impulso del golpe la hizo volar varios metros, hasta caer en tierra; todavía rodó un par de veces, antes de quedarse quieta, tumbada boca abajo.

Le dolía todo.

Se había quedado aturdida, sin aire. Sintió como si le fuese a estallar la cabeza y, por extensión, el resto del cuerpo. A pesar de todo, consiguió apoyar las manos sobre la tierra; se levantó un poco, no sin esfuerzo… y entonces el dolor regresó con fuerzas redobladas. No llegó a ponerse en pie, aunque sí de rodillas, todavía mirando al suelo. Los cabellos caían en un velo desordenado que le cubría el rostro; su cuello extendido, inadvertidamente, en la posición perfecta para una ejecución.

Lo que sí advirtió, por el rabillo del ojo, fue que Marco estaba otra vez a su lado… con los brazos levantados sobre la cabeza y una resplandeciente espada en cada mano; no había perdido ni un instante regodeándose, sólo recuperó las armas lo antes posible para dar el golpe de gracia.

Y de nuevo, antes de que las hojas gemelas se abatiesen sobre su nuca, Sasha tuvo tiempo para un último pensamiento.

"Así acaba todo, me matan como a un titán."

Pero su cuerpo, convertido en uno con su instinto, volvió a reaccionar por sí solo; aunque en el fondo ella sabía lo que hacía y por qué lo hacía.

La Cazadora levantó una mano por encima de su cabeza, en lo que pareció un acto reflejo…

…y antes de que las espadas llegasen a tocarla, se estrellaron contra una barrera invisible.

La cabeza le dolió aún más a Sasha, que apretó con fuerza una de las manos enguantadas contra su frente; pero la otra seguía extendida en el aire, creando aquel muro protector en torno a ella. A pesar del dolor y el aturdimiento, casi sin aire, pudo ver que Marco retrocedía por el choque inesperado; en su rostro, incredulidad que rápidamente dio paso a una furia que no se molestó en contener.

El muchacho, en la que quizás no fue su decisión más racional hasta el momento, se abalanzó otra vez contra su enemiga y volvió a atacar con las espadas, poniendo aún mayor ferocidad en sus golpes. Sin embargo, conforme aquella barrera absorbía los impactos, Sasha estaba cada vez más convencida de que le iba a explotar la cabeza; también empezó a sentir fuego en su mano levantada, como si dentro del guante se hubiera desatado un pequeño incendio.

Así que, cuando Marco se detuvo apenas un instante, todavía de pie pero cansado, con cierto aire pensativo entre toda su sed de sangre y la furia del combate… a la Cazadora ya le costaba sólo mantenerse a cuatro patas, mientras trataba de recuperar el aliento; queriendo creer que, al menos, estaría protegida contra las espadas del pecoso.

Por desgracia, tenía razón. Estaba protegida contra las afiladas hojas… pero no otras cosas.

Cuando el Bastardo Rojo le pegó una brutal patada en el estómago, Sasha expulsó el poco aire que había conseguido meter en sus pulmones.

Fuego… eso sintió extenderse por todo su cuerpo. Abrió la boca, pero no pudo gritar; habría vomitado, pero hacía tiempo que no tomaba nada y tenía el estómago vacío.

Se protegió el estómago con los brazos, mientras volvía a caer de cara al suelo… pero no antes de soltarle una formidable patada a Marco, justo en la rodilla, cuando el pecoso se disponía a intentar de nuevo el golpe de gracia; contuvo un grito de dolor, retrocediendo unos pasos para mantener el equilibrio… pero eso fue todo.

Sasha supo que ya era el final. Así acababa… y no tenía manera de saber si volvería a abrir los ojos, en alguno de esos mundos de los que Eren había hablado antes.

Su instinto de supervivencia se rebelaba ante la idea de dejarse matar… pero el dolor era tan intenso, que ya se sentía incapaz de hacer nada más; aquella patada sólo había sido un último gesto de desafío.

Sobre ella volvió a caer la sombra del Bastardo Rojo… y la luz llameante de sus espadas.

No dijo nada, porque no había nada más que decir.

Y de pronto, ya no sintió nada.

En ese momento, desapareció todo su dolor y todo su cansancio.

Fue como si pudiera verse a sí misma desde fuera… y también a él; ambos, a punto de concluir aquella danza mortal.

No había nada más en el mundo, eso era todo lo que importaba…

…además de la lanza que continuaba clavada en tierra a unos metros de distancia.

Por un instante, Sasha se sintió maravillada; veía lo que tenía que hacer, su instinto se lo mostraba con asombrosa claridad. Casi sintió como si estuviese haciendo trampas… casi; y aunque así fuera, tratándose del Bastardo Rojo, no habría culpa ni remordimiento.

Justo cuando las espadas caían sobre su cuello… ella reaccionó.

Rodó a un lado y dio varias vueltas, cada vez más cerca de su objetivo: la lanza. No tardó en oír de nuevo los gruñidos exasperados del implacable pecoso, persiguiéndola furiosamente con sus espadas… fallando una y otra vez, pero por muy poco; la capa gris debía de estar hecha ya trizas.

Aunque eso le dio otra idea…

Sin dejar de rodar, Sasha fue quitándose la prenda con una mano mientras extendía la otra, concentrando todo su voluntad en esa lanza que aún estaba tan lejos… y a la vez tan cerca.

De pronto, el arma pareció cobrar vida propia; empezó a vibrar, como una ondulante serpiente blanca… y se desclavó por sí sola del suelo, volando cual estrella fugaz hasta la mano de la Cazadora.

Y cuando al fin volvió a tener entre sus dedos aquel fragmento de energía celestial, latiendo con poderosa fuerza… tomó una forma muy concreta, tan sólida como flexible: un látigo.

Sasha se incorporó de rodillas, giró sobre sí misma y concentró toda la potencia de sus veloces movimientos en un devastador ataque contra Marco, que ya casi estaba otra vez encima de ella.

La Cazadora le soltó tal latigazo al Bastardo, que su restallido superó con creces los truenos.

El Demonio con pecas frenó en seco; no pudo evitar llevarse una mano a la cara, dejando caer esa espada. En lo que aún se veía de su rostro, apareció una expresión más desconcertada que dolorida; en vez de dientes apretados, su boca se quedó abierta por la sorpresa. De entre los dedos que tapaban la herida, escaparon algunas gotas de sangre; en su otro ojo, se había apagado aquel resplandor rojizo.

Sasha no se detuvo a contemplar el resultado de su obra; no sonrió, no se relamió, no dijo nada. Seria y determinada, con una furia tranquila; Marco debió de saber que era el final… su final.

Y después de eso, el muchacho ya no vio nada más; porque con un solo gesto del otro brazo, aún más rápido que el anterior, la Cazadora le lanzó su capa gris, tapándole la cabeza y los brazos.

Al mismo tiempo, la joven volvió a domar el rayo que sostenía grácilmente en la otra mano; esta vez, bastó con un leve esfuerzo de su voluntad. La luminosa energía que vibraba entre sus dedos, adquirió una consistencia mucho más sólida… y se transformó en algo tan sencillo como efectivo: un palo, de considerables dimensiones.

Y el primer golpe que descargó contra Marco, con una fuerza y velocidad brutales, impactó en el brazo que aún sostenía la otra espada; se oyó un crujido estremecedor y esa última arma cayó al suelo… al mismo tiempo que le llegaba a Sasha un grito ahogado de dolor.

Luego el palo volvió a cruzar el aire, estrellándose esta vez contra la sien de aquella cabeza cubierta con la capa. El pecoso se tambaleó con el nuevo impacto, tan formidable como el anterior; pero a la Cazadora aún no le pareció suficiente.

Un tercer impacto, brutal, propinado con uno de los extremos romos del bastón, justo en la entrepierna, hizo que su víctima cayese de rodillas; pero a la Cazadora aún no le pareció suficiente.

Se movió rodeándole rápidamente, como si volara, y estampó el palo contra la espalda de su enemigo, que cayó de cara al suelo, todavía atrapado en aquella capa que le ahogaba… o al menos ahogaba sus gritos; pero a la Cazadora aún no le pareció suficiente.

No se detuvo a apreciar la ironía de que Marco estuviese en la misma posición que ella antes; tampoco se regodeó con insultos, ni se detuvo a pensar en algo ingenioso que decir. Sasha simplemente siguió atizándole con el palo, en la espalda y la cabeza, una y otra vez; gruñía como un animal con cada golpe, igual que él cuando la atacaba.

Y de pronto, cuando ya llevaba más de una docena de impactos (había perdido la cuenta), descubrió que una parte de ella… estaba disfrutando.

Fue eso lo que la detuvo, horrorizada.

¿En qué se había convertido?

Dejó caer el palo, que se desvaneció en pequeñas motas de luz; sus guantes negros las absorbieron suavemente, aunque ella no lo vio en ese momento, al estar sumida en otras preocupaciones.

Una cosa era librar un buen combate y disfrutar con la emoción de esa rivalidad, el intercambio de golpes y habilidades que servían para aprender más; pero seguir golpeando una y otra vez a alguien que ya estaba en el suelo y no podía defenderse, y disfrutar con ello, sería algo propio de Eso.

–Sasha…

Eren ya se lo había advertido antes: en aquel lugar, siempre se corría el riesgo de caer y ahogarse en la oscuridad… la propia oscuridad. ¿Cómo podía estar segura de que seguía siendo ella y no se había transformado ya en otra versión más siniestra de sí misma?

–Sasha…

¿Y si ella también había traído su propia oscuridad a aquel lugar, y corría el riesgo de que aquélla terminase despertando y devorándola, y luego devorando a todos los demás, y…?

–¡Sasha!

La muchacha dio un pequeño salto. Esta vez sí lo oyó con claridad; incluso cayeron varios relámpagos más por las cercanías (aunque quizás había seguido ocurriendo durante todo el combate y ella no se había dado cuenta). Volvió en sí y miró a quien había hablado.

Marco seguía tumbado en el suelo a sus pies, boca abajo, con la capa gris cubriéndole la cabeza y la espalda. Sasha fue a recoger su prenda…

–Por favor, no lo hagas –le pidió el pecoso, con un gemido.

La chica se quedó paralizada… y se alegró de ello; empezaba a temer lo que podría encontrar debajo de la capa, el aspecto que tendría su compañero después de que ella le hubiese molido a palos. Con cada palabra, podía oír su dolor.

"Yo he hecho esto. Yo he disfrutado con esto." Sasha tragó saliva, sintiendo crecer de nuevo algo oscuro en su interior.

–H-has hecho lo que debías hacer… –Marco, con voz dolorida, pareció leerle una vez más el pensamiento–. S-si al final conseguimos resolver todo esto, será no poco gracias a ti… Es importante que lo recuerdes, Sasha.

La joven asintió con la cabeza, aunque él no podía verla… y ella todavía dudaba.

–Y-y es importante… que también recuerdes… quién eres, y todo lo que puedes hacer… lo que aún no has descubierto que eres capaz de hacer…

Sus palabras se perdieron en un silencio tenso. Sasha volvió a tener la impresión de que la tormenta contenía sus rayos, en vez de dejarlos caer; y la última vez que ocurrió, Eren había desaparecido.

"¿Ahora le tocará a Marco?"

En el inusitado silencio, podía oír la respiración del muchacho, semejante a la de un anciano; como si al entrar y salir, el aire raspase sus pulmones. Aun así, él tenía ahora una misión de la que nada le apartaría, un propósito: aprovechar el tiempo que le quedaba, decir lo que debía, guiarla… cumplir esa promesa que ella misma había recordado recientemente.

"Acompañarla, darle indicaciones, al menos en ese trecho del camino… Prometo que haré todo lo que pueda para ayudarla, ayudarte… ayudaros. A pesar de todo. Por muy difícil que sea."

–Todo ocurre por un motivo –susurró Marco–. Y todo lo que yo he dicho, todo lo que he hecho… –debajo de la capa, su cuerpo tembló–. Lo siento, Sasha, lo siento por ti… y también por ella.

Y entonces la chica de Dauper sintió una punzada de culpa y miedo en el pecho, como si le atravesaran el corazón.

"¿¡Cómo he podido olvidarme de Mikasa!?"

Pero todavía no la miró. En la voz de su compañero, había una nota de desesperación; como si él necesitase a toda costa que prestara atención a sus palabras.

–Has despertado ciertas habilidades, las necesitarás… –Marco tosió, dolorido–. Y ella te va a necesitar a ti ahora. Lo siento, pero no había otra manera, en tan poco tiempo…

–Lo entiendo –Sasha le interrumpió con suavidad.

No estaba segura de comprenderlo todo; pero intuía que, sin aquel combate a vida o muerte (o eso le pareció), ella no habría descubierto ni la mitad de esas cosas de las que era capaz. "No, si todavía tendré que estarle agradecida," pensó frunciendo el ceño.

–¿Por eso trataste de provocar a Mikasa? –preguntó la joven–. ¿Para despertarla, para que aprendiera a usar habilidades que necesitaremos más adelante?

Un silencio culpable.

–Marco… –le advirtió la muchacha, con un gruñido de amenaza.

–Y-ya es demasiado tarde para ella… Hay que buscar otra solución… Dependemos de ti, Sasha. Confío en ti, por favor

–¡Está bien, está bien! –la Cazadora empezaba a sentirse cada vez más inquieta–. La ayudaré, ¿de acuerdo? Si hace falta, la venceré en otro duelo como he hecho contigo…

Y justo en ese momento, se atrevió a mirar a su amiga.

Se quedó paralizada por el terror.

Porque al lado de Mikasa, había una figura susurrándole al oído; una figura siniestra, demoníaca, de cabellos oscuros y negro uniforme.

Y justo en ese momento, los ojos de la oriental, completamente blancos… se convirtieron en una oscuridad total y absoluta.

Unos ojos negros que la miraban a ella.

Se desató de nuevo la tormenta, como si el mundo entero volviese a estallar.

Y justo en ese momento… Sasha supo que iba a morir.