MANZANA NEGRA

NOTA DEL AUTOR - ¡Bueno! Ya ha pasado más de un año y medio desde que publiqué el último capítulo…

¡Da igual! Seguimos por donde lo habíamos dejado.


CAPÍTULO 13 – EL COMBATE DE LAS DIOSAS (I)

Publicado el 18 de junio de 2017 con una extensión de 2.062 palabras.


La aprensión que sentía Sasha en ese momento, la certeza de que su vida pronto terminaría, se vio considerablemente mermada por el estremecedor impacto de varios relámpagos que retumbaron simultáneamente a su alrededor, en ese mismo instante.

No era la primera vez que ocurría, pero eso no hizo que fuese más fácil acostumbrarse; durante unos largos segundos, la Cazadora volvió a quedarse completamente ciega.

Y sin embargo, por alguna razón, la muchacha también empezó a notarse con muchas más energías que antes, sin que le doliesen ya tanto los golpes que le había propinado Marco durante su particular duelo…

"Espera… ¡Marco!"

Se acordó entonces, también, de sus últimas palabras.

"Y-ya es demasiado tarde para ella… Hay que buscar otra solución… Dependemos de ti, Sasha. Confío en ti, por favor…"

El angustioso eco de aquella súplica hizo que la joven, aun sin ver nada todavía, mirase instintivamente hacia el lugar donde había caído su compañero. Sin embargo, cuando al fin recuperó la vista, Sasha comprobó que el pecoso ya no estaba ahí; al igual que Eren antes que él, Marco había desaparecido.

"Y parece que se ha llevado mi capa. ¡Pues vaya…!"

En aquel punto ya sólo quedaba la hierba, de un verde cada vez más oscuro; todo, en realidad, iba volviéndose más tenebroso por momentos, conforme pasaba el tiempo y crecían los negros nubarrones tapando el cielo cual siniestra cúpula.

El viento arreciaba, agitando con creciente furia las prendas de la Cazadora: su falda oscura, su blusa blanca, su chaleco negro. Sus cabellos castaños danzaban caóticamente en el aire, obstruyendo buena parte de su campo visual.

Sasha frunció ligeramente el ceño, con algo de fastidio. Sin pensar apenas en ello, hizo un leve gesto con una de sus manos enguantadas; y sobre el cuero negro que revestía su palma, surgió de pronto una pequeña esfera de luz blanca, que rápidamente se convirtió en una cinta para el pelo.

La muchacha tomó diestramente el blanco tejido entre sus dedos y, con movimientos rápidos y precisos, recogió su larga melena en algo ya más parecido a su característica cola de caballo.

"No me extraña que Mikasa se recortase el pelo durante los primeros días de entrenamiento, quizás yo también debería…"

Y entonces recordó.

"¡Mikasa!" Sasha se giró con tanta brusquedad, que sus botas hicieron saltar briznas de hierba, dejando pequeños surcos a su paso. "¿Cómo se me ha podido olvidar?"

Quizás su mente había intentado ignorar, aunque sólo fuese por un instante, aquella Sombra cuya mera visión ya inspiraba terror: la misma que había vuelto a aparecer fugazmente al lado de Mikasa, susurrándole al oído, justo antes de que cayesen todos esos rayos.

Y sin embargo, daba la impresión de que algo no terminaba de encajar en aquella siniestra figura, que luego se había desvanecido con la misma rapidez.

La única que aún permanecía allí era la joven oriental, con el mismo aspecto ominoso que antes; como la espléndida encarnación de alguna deidad oscura, con sus dos metros de altura.

Sus largos cabellos negros ondeaban al viento detrás de ella, de algún modo, sin que le estorbasen. Sus ropas, camiseta, pantalón, botas, su inseparable y preciada bufanda e incluso la venda que llevaba en torno a su muñeca derecha, todo era completamente negro. Y sus ojos…

Sus ojos seguían siendo, también, de un negro absoluto.

"¡Ya no hay nada de blanco en ellos! ¿Cambiaron con la tormenta? No… Fue antes, con lo que sea que le dijera Eso."

Sin embargo, las reflexiones de Sasha se vieron abruptamente interrumpidas, en cuanto se dio cuenta de que Mikasa le estaba mirando.

Justo en ese momento, cayeron varios rayos más a lo lejos, rasgando la oscura bóveda del cielo. Los truenos retumbaron en el aire, cual poderosos tambores de guerra, haciendo vibrar hasta la última fibra de su ser.

Y fue entonces cuando empezó a llover.

La expresión de Mikasa, a todo esto, se mantenía serena y estoica, impasible al menos en apariencia; pero también había ahí, en el abismo sin fondo de sus oscuros ojos, un matiz de algo mucho más inquietante y siniestro.

Y desde luego, aquella impresión se vio considerablemente reforzada por las llamas negras que empezaron a recubrir de pronto todo su cuerpo, cada vez con más fuerza, conforme arreciaba la tormenta. Las gotas de lluvia se evaporaban incluso antes de tocar aquella capa de oscuridad ígnea.

La joven oriental no se había transformado de pronto en una sombra o silueta sin otro color; más bien se trataba de una especie de aura que delineaba en negro su contorno, de apenas un centímetro de grosor, haciendo destacar aún más la palidez de su rostro y sus brazos, en contraste con lo oscuro de sus ropajes y el ambiente que les rodeaba.

"Y así es como un mal presagio se vuelve todavía más intenso…"

Quizás lo único que impedía que Sasha fuese por completo presa del pánico, justo en ese momento, era el hecho de que su cuerpo también había empezado a brillar, con una suave luz blanca; un aura resplandeciente, cálida y acogedora, que la protegía de la furia de la tormenta, evitando que se mojara.

Sin embargo, aun sintiéndose ahora algo más reconfortada, la Cazadora seguía teniendo miedo de su amiga.

"¿Qué puede haber más peligroso que Mikasa? Pues una Mikasa oscura que encima mide dos metros."

La chica de Dauper volvió a tragar saliva, tratando en vano de contener su nerviosismo; notaba como si se le hubiese encogido el estómago, le costaba respirar…

Porque cuando miraba a su compañera, Sasha estaba convencida de sentir el mismo temor que le inspiraría un titán.

"No hemos llegado a enfrentarnos a uno de verdad durante la Instrucción, sólo utilizamos blancos móviles… ¡pero no será porque a Shadis le falten las ganas! He oído que pidió autorización al Alto Mando para hacer prácticas fuera de los Muros, 'en condiciones más realistas', ¡menos mal que al final se la denegaron! Aunque por otro lado, también es cierto que si ya hubiésemos hecho algo por el estilo, quizás yo ahora no estaría tan asustada…"

Alguno de sus instintos de cazadora de Dauper le decía, o más bien gritaba en su interior: "¡Peligro! ¡Huye!"; y tentada estaba ella, de hacerle caso y salir corriendo…

"¡No! ¡Nada de eso!" Sasha meneó un instante la cabeza y luego continuó mirando al frente, con determinación. "Le prometí a Marco que ayudaría a Mikasa, mi amiga… ¡Y pienso hacerlo! Cumpliré mi promesa, cueste lo que cueste."

La muchacha frunció el ceño, con expresión concentrada. "La cuestión es… ¿Cómo? ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? Hum, a ver, antes Marco me provocó para que le desafiase a un duelo… Gracias a que libramos ese combate tan feroz, fui descubriendo de lo que yo era capaz."

Y como para demostrárselo a sí misma, Sasha extendió los brazos, con las palmas hacia arriba; y en cada una de sus manos, surgió nuevamente una pequeña esfera de cálida luz blanca, la de la izquierda algo más grande que la de la derecha.

Las dos esferas crecieron todavía un poco más, antes de extenderse y formar, respectivamente, un pequeño arco y una ligera flecha.

"Así que, quizás…" Sasha continuó reflexionando, mientras tomaba suavemente con sus manos ambos objetos y montaba la flecha en el arco, aunque sin apuntar a nada todavía. "¿Se supone que ahora debo librar un duelo contra Mikasa?"

La cazadora tensó levemente la cuerda de su arco; fue levantando poco a poco el arma contra su compañera.

La joven oriental aún permanecía quieta e impertérrita, pese al viento y a la lluvia, observándola sin pestañear; ojos completamente negros, que juzgaban con silenciosa intimidación… o al menos ésa era la impresión que tenía Sasha.

La muchacha de Dauper alzó un poco más el arco y terminó de tensar la cuerda; tragó saliva, todavía con más nerviosismo que antes.

"Entonces, qué… ¿Le disparo y ya está? ¿Le suelto un flechazo, a ver qué pasa?"

Dentro de ella volvían a agitarse sus instintos más primarios; si bien esta vez, más que el de huir, predominaba el de luchar… aunque una vocecita parecía susurrarle en su interior, advirtiéndole de que estaba a punto de cometer una terrible equivocación.

"No… Equivocación sería quedarme otra vez parada, sin reaccionar, como hice al principio cuando llegué a este lugar. Esa parte de mí misma, esa Cazadora, me atravesó de una lanzada… No esperaré de nuevo a que me ataquen. ¡No volveré a cometer el mismo error!"

Sin embargo, aquella vocecita seguía insistiendo: "¿Y otro tipo de error?"; pero Sasha ahogó aquella advertencia en un mar de justificaciones.

"Venga, ¡es Mikasa! Seguro que puede esquivarlo, o algo así. Simplemente lucharemos como si fuera un entrenamiento y luego nos reiremos de todo esto. Total, ¿qué es lo peor que podría pasar?"

Y si la respuesta a esa pregunta también se encontraba en su interior, la muchacha de cabellos castaños prefirió ignorarla por el momento; igual que ignoró la tormenta, el viento y la lluvia, que aullaban cada vez con más fuerza.

Tensó aún más la cuerda del arco; apuntó ya sin vacilaciones a su compañera.

La joven oriental seguía sin inmutarse, como si no temiese nada de lo que le pudiese suceder; lo cual reforzó nuevamente la determinación de Sasha.

El aura blanca de la Cazadora brilló con más intensidad todavía, transmitiéndose en el acto a su arco y su flecha; llegó un punto en el que el arma refulgió con potencia cegadora, casi como si fuese otro de aquellos relámpagos.

La tensión continuó aumentando, hasta que Sasha ya no se sintió capaz de aguantarla por más tiempo; contuvo la respiración…

Y soltó.

El vibrante zumbido de la cuerda recorrió todo su cuerpo al liberarse; prácticamente sonó como un trueno en sus oídos.

El luminoso proyectil surcó el aire dejando tras de sí una estela plateada, con la velocidad de un rayo.

Mikasa reaccionó con la misma rapidez: levantó un brazo y atrapó la flecha con su poderosa mano derecha, ésa en cuya muñeca llevaba una venda todavía negra.

Sasha, naturalmente, ya se esperaba algo parecido de su amiga, así que no se sintió tan sorprendida… al menos al principio.

La sorpresa vino después, mezclada con el horror.

Porque entonces la flecha continuó su camino, ignorando absurdamente la fuerza de aquel agarre…

Y atravesó a Mikasa.

La joven oriental se llevó una mano (la misma mano) al pecho, tanteando delicadamente con sus dedos las plumas del brillante proyectil incrustado en su carne. La luz de la flecha fue apagándose poco a poco, volviéndose cada vez más oscura; y sin embargo, sus ojos

Los ojos de Mikasa habían cambiado de nuevo; ahora tenían otra vez el blanco habitual en ellos, rodeando sus bellos írises negros conforme seguían abriéndose, con una expresión entre incrédula y asustada que también se reflejaba en su rostro. Sus labios entreabiertos y temblorosos no llegaron a articular ninguna palabra; pero aún así, Sasha estaba convencida de poder oír la voz de su amiga (a la que acababa de disparar) dentro de su cabeza.

"¿Por qué…? Yo… Creí que eras… No… ¿Acaso tú también…?"

Y por un instante, la Cazadora se sintió como si fuese ella a quien le hubieran atravesado el corazón; más aún al ver la expresión de Mikasa, más angustiosa todavía, mientras caía derrotada de rodillas: a la sorpresa y el miedo se unía ahora el desvalimiento, el dolor físico y espiritual de esa herida infligida por la chica de Dauper con su traición.

Al mismo tiempo, aquellos ojos negros, brillantes por las lágrimas a duras penas contenidas, no dejaban de observar a Sasha.

Las llamas oscuras que parecían recubrir el cuerpo de la muchacha oriental, y que aún habían continuado ardiendo, empezaron a mermar y apagarse, hasta que al final se desvanecieron del todo.

Mikasa sí se mojó ahora con la lluvia.

Los largos cabellos húmedos se le pegaron al rostro, tapando cual tupido velo negro la temible visión de aquellos ojos dolidos y desamparados; pero no taparon sus labios… y por eso Sasha pudo apreciar de inmediato el cambio que se produjo repentinamente en ellos.

Porque aquella boca, todavía entreabierta, mostraba ahora prietas filas de dientes blanquísimos, rechinando entre sí cargados de ira.

Y lo último que vio la cazadora, antes de que los rayos de la tormenta volviesen a cegarla, fueron aquellos labios torciéndose en una mueca repleta de oscuridad y odio.