MANZANA NEGRA

NOTA DEL AUTOR – Una actualización algo más corta esta vez, para no dejaros a todos demasiado tiempo con la intriga del capítulo anterior. No sé cuándo voy a publicar la segunda parte, pero en cualquier caso seguiré trabajando en esta historia durante el mes de agosto. ¡Espero que lo disfrutéis!


CAPÍTULO 15 – CONVERSACIÓN ENTRE DIOSAS (I)

Publicado el 17 de agosto de 2017 con una extensión de 3.182 palabras.


Sasha se dio cuenta de varias cosas al mismo tiempo.

Para empezar, todo parecía haber cambiado de repente a su alrededor. Ya no sentía sobre ella el azote de la tormenta, el viento y la lluvia; y en vez de un oscuro cielo encapotado, a menudo rasgado por fugaces pero frecuentes relámpagos, ahora se veía rodeada de una luz plateada, casi sumergida en un suave resplandor que provenía simultáneamente de todas partes.

Podía oír las gotas de agua golpeando contra algo encima su cabeza; el persistente sonido de los truenos llegaba amortiguado a sus oídos. Notaba una calidez reconfortante, familiar; como cuando salía de acampada y montaba la tienda de campaña, o buscaba algún otro refugio, a resguardo del inclemente mal tiempo.

"¡Hum! Supongo que no es lo más extraño que ha ocurrido en este lugar."

Porque tenía la certeza de que, de algún modo, su preciada capa gris (tan sólo recientemente obtenida) se había expandido hasta envolverle por completo, con espacio de sobra; además de que no era la única que se encontraba allí, protegida de la furia de los elementos…

Mikasa también estaba ahí con ella.

Otra cosa que había cambiado era la diferencia de tamaño… o más bien, la ausencia de la misma, porque la muchacha oriental había recuperado ahora su estatura habitual.

"O quizás soy yo la que de pronto se ha hecho más grande, aunque no me noto como si midiese cuatro metros. Por otro lado, hace un momento sentí que me caían todos esos rayos encima, igual que a Mikasa antes, al principio… y fue entonces cuando ella creció, ¿no? Con toda la energía que había en mi interior, rebosando, acaso tendría sentido que me pasara lo mismo. Desde luego, me siento bien…"

Su rostro también había regresado a la normalidad; o al menos, sus ojos ya no eran completamente blancos y volvían a tener un bonito color negro, en realidad mucho más cálido. El antifaz de pura oscuridad en torno a sus bellas facciones se había desvanecido sin dejar rastro.

En aquella mirada brillaba ahora una expresión entre desconcertada y dolorida; detalles sutiles, en esos bonitos ojos negros, que Sasha era capaz de apreciar sin problemas a tan corta distancia.

Porque la joven cazadora de Dauper prácticamente estaba encima de su compañera, que había terminado tumbada de espaldas en el suelo; tan cerca de ella, que podía sentir sobre su rostro el tímido y agitado aliento (cual revoloteo de mariposa) que escapaba por entre aquellos delicados labios.

En vez de descargar su peso sobre Mikasa, Sasha había apoyado el codo izquierdo junto al costado derecho de la morena; y las rodillas, a uno y otro lado de su cintura, clavándolas sobre una tierra que no parecía desnuda y embarrada, sino también cubierta por aquella misma superficie que emitía un acogedor resplandor plateado.

La chica castaña acariciaba suavemente con su mano izquierda la sien derecha de Mikasa. Los cabellos lisos y sedosos se enroscaban en torno a los dedos enguantados de la Cazadora, de tal forma que el cuero negro casi se fundía con aquellos mechones.

Los movimientos de Sasha eran lentos y pausados, con un aire apacible, entre relajado y ausente; notable contraste con el combate que acababan de librar, tan sólo un momento antes.

Y precisamente, en su mano derecha, la tiradora aún sostenía la inusitada arma con que había lanzado su ataque especial; el mismo objeto cuya punta oscilaba ahora con un leve temblor, rozando la fina barbilla de la oriental y la inconfundible bufanda en torno a aquel cuello pálido.

No había duda de que, vista desde fuera, la situación debía resultar un tanto surrealista, pues en realidad el arma especial de Sasha no era ni más ni menos que…

Una barra de pan.

Quien no la conociese seguramente se habría extrañado con aquella decisión, pero sus compañeros de la 104 sabían lo importante que era la comida para ella. La cazadora de Dauper consideraba que compartir con alguien la pitanza venía a ser como decir "tranquilo, no hay nada que temer, vamos a llevarnos bien".

Aunque claro, el tiro le había salido por la culata el primer día en el Cuerpo de Cadetes, cuando el Jefe Shadis la pilló comiéndose una patata justo al principio de la Instrucción.

Aun así, ahora Sasha no dudó en hacer lo mismo con Mikasa; de hecho, tuvo especial cuidado al partir la barra por la mitad, procurando que los dos trozos fuesen exactamente iguales.

Se trataba de un pan tierno y blanco; el color de los otros objetos que ya había ido creando antes, como la cinta para el pelo o esos pantalones que tan oportunamente habían aparecido cuando perdió la falda.

La chica castaña acercó uno de los trozos a los labios de la morena, con una sonrisa en los suyos, alegrándose de que su corazonada hubiese sido acertada; al menos, su compañera ya había dejado de considerarla una amenaza.

Aquellos ojos negros, brillantes e intensos, iban recuperando su habitual serenidad estoica; no como máscara forzada con la que ocultar sus verdaderas emociones, sino más bien expresión de su auténtico ser.

"Bueno, parece que ya no me va a tratar con tanta hostilidad, je… Si no, seguramente ahora estaría ardiendo con esas llamas oscuras."

Lo cierto era que, incluso al abrigo de la tormenta, protegidas por aquel improvisado refugio, los cuerpos de ambas aún brillaban con una suave luz; no de color blanco, ni negro, sino del mismo gris claro que les rodeaba, como si sus auras también estuviesen emitiendo ese resplandor plateado. "¿Habrá sido por combinarse las dos, o acaso…?"

–Sasha.

La susodicha casi saltó al oír su nombre en aquel discreto susurro. "¡Caramba! Hacía tiempo que no me llegaba su voz, es decir, fuera de mi cabeza… Hum, vaya, la verdad es que pensar en eso sigue sonándome raro."

Bajo aquella tersa luz de plata, con su íntima claridad, la pálida piel de Mikasa parecía aún más la de una preciosa muñeca de porcelana; en sus mejillas se distinguía perfectamente un tenue rubor, tan leve como inconfundible.

–¿Me dejas un poco más de sitio? –preguntó la oriental en tono neutro, con voz tranquila y sosegada, disimulando por entero cualquier tipo de nerviosismo.

Sasha, en cambio, no tenía problemas para notar un creciente sonrojo, fruto de su propia vergüenza. "¡Pues es verdad! Visto así, ahora que lo dice, podría parecer otra cosa completamente distinta…" Quizás fuese algo ingenua para ciertas cuestiones, pero no tanto; así que se apartó poco a poco de su compañera, con movimientos cuidadosos, apañándoselas para (de algún modo) continuar sosteniendo un trozo de pan en cada mano, sin permitir que tocasen el suelo.

Al final la Cazadora se echó a un lado, colocándose con las rodillas hacia delante y el peso apoyado en los talones. Mikasa también se incorporó a medias, moviéndose con suave precisión hasta quedar sentada de frente con las piernas cruzadas.

–Bueno… –fue todo lo que consiguió decir la chica vestida de negro, tras un breve instante de silencio, con la mirada perdida en algún punto lejano; sus dedos largos y finos, que aquellos guantes dejaban al descubierto, tamborileaban con cierta agitación sobre las rodillas revestidas de oscura tela.

Sasha se fijó entonces en la muñeca derecha de su amiga; suspiró aliviada, al ver que la venda seguía siendo gris. "Bien, creo que vamos por buen camino…" Volvió a ofrecer el trozo de pan, que Mikasa tomó entre sus manos con tranquilidad, sin vacilación aparente, inclinando ligeramente la cabeza en señal de agradecimiento.

La oriental separó un pedazo con la punta de sus dedos y se lo llevó delicadamente a los labios, que se curvaron en una leve sonrisa conforme iba masticando. Esta vez sí miró directamente a los ojos a su compañera castaña.

Sasha sintió una gran alegría y, con el mismo entusiasmo, se puso a devorar su trozo de pan, pegándole tan voraces bocados que se lo zampó en apenas unos segundos.

"¡Ah, qué rico estaba!" Braus eructó con relativa discreción (al menos para ella) y se pasó por la boca el dorso de una mano enguantada. "Si luego me despierto y resulta que en el mundo real también puedo crear mi propia comida, ¡sería estupendo! Aunque por otro lado… Creo que en algunas de las clases teóricas nos explicaron no-sé-qué de la conservación de la energía, o algo así, ¿no? Es decir, en teoría no voy a ser capaz de reponer fuerzas, a base de alimentos que genero con esas mismas fuerzas, sería como hacer trampas… Pero si puedo utilizar esa habilidad para darle a Mikasa una parte de mis propias energías, ¡entonces que merecerá el esfuerzo la pena!"

Volvió a mirar a su amiga; una agradable calidez se extendía de nuevo por todo su cuerpo, desde el pecho, y supo que no era solo por el pan. Se preguntó si ella también estaría sintiendo lo mismo…

Y de pronto le vino a la mente la imagen de un temible recuerdo: la joven Ackerman, atravesada por una resplandeciente flecha blanca, apagándose lent-

–¿Sasha? –preguntó Mikasa en voz baja, con una expresión preocupada en sus brillantes ojos negros.

La chica de Dauper se llevó una mano a la frente y cerró los ojos, cabizbaja. "Vaya, debe de habérseme notado en la cara… ¿Y qué le digo yo ahora? ¿Cómo vamos a continuar a partir de aquí, pretendiendo que no ha pasado nada? Lo de antes, entre nosotras… No. Algunas cosas, simplemente, no se pueden olvidar. No deberían olvidarse. Me conformo con que ella sea capaz de perdonarme."

Sasha dejó escapar un hondo suspiro, abrió los ojos y levantó de nuevo la cabeza, descansando las manos sobre las rodillas; devolvió aquella mirada con toda la entereza que pudo reunir. Ella era la primera en reconocer que nunca se le habían dado bien las sutilezas.

–Siento haberte disparado antes.

Su voz sonó clara, sin un sólo temblor, pero sintió el peso de cada palabra como una losa en su interior; como si, por el mero hecho de decirlo en alto, volviese a vivir todo aquello de golpe.

Esta vez no se le escapó la reacción de Mikasa, la discreta tensión que iba apoderándose lentamente de sus músculos… aunque al final, con una inspiración breve y silenciosa, tras contener el aire un instante, la muchacha morena exhaló ya mucho más relajada; permitiendo que la tranquilidad volviera a invadir su cuerpo, con unas cuantas respiraciones profundas y prolongadas, hasta poder hablar de nuevo con la misma calma de antes.

–No eres la única que tiene que disculparse, yo también… –su voz sosegada pareció perderse durante unos largos segundos; luego prosiguió tras un leve suspiro–. No recuerdo con exactitud qué fue lo que me dijo aquella especie de Sombra, pero…

Sasha sintió un escalofrío en todas las fibras de su ser, al oír mencionar a Eso; tan terrible había sido su experiencia con aquella infernal criatura, la forma en que la había desollado con tan sólo palabras. Pensar demasiado en ello casi le hacía volver a padecer la misma angustia espiritual; en comparación, el daño que podría haberle hecho Mikasa habría sido meramente físico.

Y seguramente fue para escapar de la agonía de aquellos recuerdos, que la cazadora de Dauper se lanzó de cabeza contra otro desafío distinto, con la intrepidez que a veces daba el miedo; dispuesta a afrontar un peligro que, en aquel momento, parecía mucho menos terrorífico.

Quizás también influyó, en un segundo plano, el deseo de ayudar a su compañera de algún modo. "¡Y no será porque las cosas no han sido difíciles para ella! Nada más llegar aquí, se encontró con el cuerpo de Eren tendido a los pies de Marco, después de que éste le hubiera cosido a puñaladas, por no hablar de lo que luego dijo el maldito Bastardo con pecas… ¡La verdad es que ahora me alegro de haberle dado aquella paliza! Por lo menos después sí apareció Eren, aunque sólo fuese por un instante, y se le veía bastante más relajado que de costumbre… Pero claro, si luego resulta que vuelve a desaparecer tan rápido como había venido, ¡pues así casi es peor todavía!"

–Y supongo que lo que ese demonio te susurró al oído, también sería algo relacionado con Eren… –Sasha terminó conectando sus pensamientos con lo que quería decir en voz alta; Mikasa aún guardaba silencio–. Esa especie de Sombra, como tú la llamaste antes, sabe construir expertamente sus mentiras, a partir de algunas verdades bien escogidas… retorciéndolas a su antojo para cumplir sus propósitos, ¡incluso haciéndote creer encima que de algún modo todo es culpa tuya! Así que no hagas mucho caso de lo que sea que hayas oído.

–Dices que no es culpa mía… –esta vez fue la joven oriental quien agachó la cabeza, ligeramente abatida; hablaba más bien para sí misma, aunque la chica castaña lo oía sin problemas–. Entonces, ¿de quién se supone que es? ¿Tuya, acaso?

No había en realidad ninguna acritud ni acusación en aquel susurro; y Sasha sabía que algo como "obviamente es culpa del Bastardo" habría sido una respuesta apropiada… pero también era consciente de la diferencia entre meramente "apropiada" y la mejor respuesta posible.

Además, todavía recordaba la mayor parte de lo que Mikasa le había dicho antes; o más bien, lo que Ella había pensado durante el combate, con tanta potencia que le llegaba incluso sin necesidad de palabras. Y eso, unido a todo lo anterior, hizo que fuese mucho más fácil dar el salto y pasar ya directamente al otro lado, superando con arrojo la barrera de sus miedos… para decir lo que sabía que tenía que decirse.

–Creías que ibas a perder a Eren para siempre, ¿verdad? Y peor aún, que era yo quien te lo iba a quitar.

Mikasa volvió a levantar la cabeza, despacio, y observó a Sasha con especial intensidad. Fue un gesto fluido, para nada brusco u hostil… y aun así, por alguna razón, todo pareció quedarse paralizado a su alrededor; incluso los sonidos llegaban de repente más amortiguados, como si la tormenta hubiese empezado a remitir en el exterior.

"Cada vez estoy más convencida de que verdaderamente ella es capaz de parar el tiempo, detener el mundo… aunque mirándolo por el lado bueno, ¡así al menos ahora tengo toda su atención!" La cazadora tragó saliva discretamente; se pasó la lengua por los labios resecos, pero no tardó en recuperar el valor necesario para continuar, con más determinación todavía. "No importa cuánto me cueste. ¡Superaré mis temores para desmontar también los tuyos, Mikasa!"

–Debo reconocer que cuando vi aquí a Eren por primera vez… y no me estoy refiriendo al siniestro reflejo que tomó forma, sino a nuestro Eren, el de verdad… ¡Bueno! Para qué nos vamos a engañar, el uniforme de legionario le quedaba muy bien, je je… ¡Vaya! Creo que lo que pensé en ese momento fue exactamente: un chico así, ¡quién lo pillara! Porque no sólo era guapo, también se le veía amable y gentil, atento, caballeroso… Y la idea de que todas esas cualidades podrían atemperar, quizás, ese entusiasmo suyo tan agresivo que a veces resulta un poco demasiado, pues…

Crac.

De pronto Sasha oyó el inconfundible sonido (al menos para ella) del pan que aún sostenía Mikasa en sus manos, triturado entre sus poderosos dedos, formando ahora apretados puños; y aunque la oriental no dijo nada, ni cambió un ápice su expresión atenta y neutra, su compañera estaba segura de que la temperatura allí dentro había bajado varios grados de golpe.

"Y sin embargo, sus ojos siguen brillando tan bonitos como siempre…"

En la improvisada tienda de campaña ya no se escuchaban más ruidos, ni siquiera el sonido de su respiración; como si la morena estuviese conteniendo el aire en sus pulmones, en un intento de mantener la calma.

Sasha volvió a fijarse en aquellas manos delgadas, parcialmente cubiertas por el cuero negro; los dedos finos y fuertes ya habían desmenuzado el trozo de pan por entero. La crujiente masa blanca se desintegraba en motitas de luz blanca, que a su vez absorbía el aura gris clara de la muchacha; el mismo color de la venda que llevaba en torno a la muñeca derecha.

"Y sin embargo, quizás en realidad prefiero el negro…"

Y recordó de nuevo el combate que habían librado, la curiosidad por saber qué se sentiría entre esas poderosas manos; y una reconfortante calidez volvió a extenderse por todo su pecho, transmitiéndose también a sus posteriores palabras.

–A veces tienes la suerte de encontrarte con alguien especial –continuó Sasha, con voz suave, tono amable y una leve sonrisa en los labios, mirando a su amiga directamente a los ojos–. ¿Verdad, Mikasa? Una persona en la que ves reflejada aquélla en la que te gustaría convertirte, todo cuanto querrías llegar a ser. Una persona que te inspira, te anima a crecer y mejorar, a ser más: más rápida, más fuerte, más grande, poderosa. Una persona a la que admiras y que te hace creer en ti, que tú también serás capaz de alcanzar todas esas cualidades, transformarte en más de lo que ya eres, en todo lo que podrías llegar a ser.

La voz de Sasha vibraba cada vez con más intensidad, tomada por una emoción que iba contagiándose lentamente a su compañera; se notaba en la expresión de Mikasa, en sus ojos un tanto más abiertos, en sus labios ligeramente despegados, revelando con todo ello la atención que prestaba a tales palabras.

La Cazadora estaba convencida de que, si la oriental hubiese dicho algo en ese momento, ya no habría sido con la misma gelidez que antes parecía haber invadido su entorno; aunque ella ahora apenas la sentía, gracias a la cálida protección que le brindaba su propia aura plateada.

–Y no sólo por ti misma –prosiguió Sasha, decidida, con más convicción todavía–. También es algo que haces por esa persona que tanto te inspira. Porque en el fondo sabes que merece la pena esforzarse por ella. Porque si vais a estar juntas, si vais a compartir todas esas experiencias… ¡Vaya! No sé si me explico, lo que quiero decir es que, bueno… –la muchacha de Dauper suspiró, sin dejar de sonreír, y se pasó una mano enguantada por su cola de caballo–. Si esa persona ya te aporta tanto, con su mera presencia, ¿cómo no vas a querer ser digna de ella, si permaneces a su lado? Porque algunas cosas, no basta con darlas por hecho, hay que ganárselas.

Mikasa volvía a contener ahora el aliento, fruto de la misma anticipación que provocaba un tenue rubor en sus habitualmente pálidas mejillas. Sus bonitos ojos negros, como poderosos lagos oscuros, parecían brillar aún con más fuerza. Sus hermosas manos habían ido subiendo lentamente, hasta rozar con delicadeza la bufanda enroscada en torno a su delgado cuello, dando suaves tirones para cubrirse con ella los labios.

En realidad, las dos sabían perfectamente cuáles eran las palabras que vendrían a continuación; quizás ni siquiera habría hecho falta pronunciarlas.

Pero claro, a Sasha nunca se le habían dado bien las sutilezas.

–Y esa persona… No es Eren. Eres tú, Mikasa.